domingo, 17 de mayo de 2015

Por qué la extinción no es el problema

Nuevamente traigo una traducción de un artículo muy interesante, esta vez centrado en el tema de la biodiversidad y la conservación. No es infrecuente que escuchemos de especies animales que se dirigen poco a poco a su extinción, o de estimaciones estadísticas de una extinción en masa -aunque sin un referente temporal-. Sin embargo, creo que estamos de acuerdo en que los medios de comunicación suelen manejar con poca prudencia y menos conocimiento este tipo de temas. En Internet la cosa ocurre similar; decenas de personas han compartido una imagen sobre la extinción del leopardo nebuloso–cosa que ocurrió en 2011, pero siempre lo tratan como si recién hubiera ocurrido dos semanas antes-, creyendo que la especie entera desapareció, cuando en realidad se trata de la subespecie de Formosa.


De hecho, hace unos días me encontré con una galería de imágenes en la página de El Tiempo donde hablan de especies extintas en lo que va del siglo XXI. La falta de investigación y rigurosidad salta a la vista para quien conoce bien del asunto, pues muchas de las “especies” mencionadas –al menos tres son en realidas subespecies- desaparecieron antes de la primera mitad del siglo XX; sólo que la UICN suele ser cautelosa antes de declarar extinta una especie, pudiendo tardar décadas, como en el caso de la foca monje del Caribe y el lobo marsupial –visto por última vez en estado salvaje en 1930, y no en 1983 como dice El Tiempo-. De los animales de la lista, sólo el rinoceronte negro occidental y la cabra montés de los Pirineos (que son precisamente subespecies) se extinguieron en este nuevo milenio. ¿Se entiende por qué es conveniente meditar bien cuando se recibe una noticia de este tipo en los periódicos o los noticieros? (Nota: es curioso que no mencionen al baiji, un delfín dulceacuícola asiático que probablemente sí está extinto, y ocurrió en estos años).

Por ello me aventuré a traducir lo que un biólogo escribió acerca de estos confusos mensajes, mostrando que hay problemas de fondo más grandes en la conservación que simplemente la extinción. Como en las traducciones anteriores, abajo se encuentra un enlace al artículo original (Nota: sólo la imagen del gráfico pertenece al artículo original. Las demás imágenes son para hacer menos tediosa la lectura de un texto tan extenso).

Repensando la extinción

Por Steward Brand.

Título original: Rethinking extinction.

La forma en que el público escucha acerca de temas de conservación casi siempre es en modo de “(Animal querido) amenazado por la extinción”. Eso sirve para encabezados electrizantes, pero desorienta la preocupación. La pérdida de especies enteras no es el verdadero problema en la conservación. El verdadero problema es el declive en las poblaciones de animales silvestres, a veces a un grado radical, disminuyendo frecuentemente la salud de ecosistemas enteros.

Visualizar cada tema de conservación a través de los lentes del riesgo de extinción es simplista y usualmente irrelevante. Peor, introduce una carga emocional que hace que el problema parezca cósmico y abrumador en vez de local y resoluble. Es como si todo el campo de la medicina humana fuera tratado solamente como un asunto de prevención de la muerte. Cada sesión con un doctor iniciaría: “Bueno, está muriendo. Vamos a ver si podemos hacer algo para retrasarlo un poco”.

La medicina se trata de salud. Igual que la conservación. Y así como en la medicina, las tendencias para la conservación en este siglo parecen brillantes. Estamos re-enriqueciendo algunos ecosistemas que una vez mermamos y retrasando la reducción de otros. Antes de explicar cómo estamos haciendo eso, déjenme detallar cuán exagerado se ha hecho el enfoque en la extinción y cómo eso distorsiona la percepción pública de la conservación.

Muchos asumen ahora que estamos en medio de una “Sexta Extinción en Masa” causada por el ser humano que rivaliza con la que mató a los dinosaurios hace 66 millones de años. Pero no lo estamos. Las cinco extinciones masivas históricas eliminaron 70% o más de todas las especies en un tiempo relativamente corto. Eso no está ocurriendo ahora. “Si todas las especies actualmente amenazadas llegaran a extinguirse en unos pocos siglos y esa tasa continuara”, empezaba una reciente introducción de la revista Nature a un estudio de pérdidas de vida silvestre, “la sexta extinción masiva podría venir en un par de siglos o unos pocos milenios”.

El registro fósil muestra que la biodiversidad en el mundo se ha estado incrementando dramáticamente por 200 millones de años, y es probable que continúe. Las dos extinciones masivas en ese período (hace 201 y 66 millones de años) retrasaron la tendencia sólo temporalmente. Los géneros son el siguiente nivel taxonómico por encima de las especies y son más fáciles de detectar en fósiles. El Fanerozoico es el período de 540 millones de años en el cual la vida animal ha prosperado. Gráfico cortesía de Wikimedia.

El rango de datos en esa declaración refleja profunda incertidumbre acerca de la tasa actual de extinción. Las estimaciones varían un céntuplo –desde 0,01% al 1% de especies siendo perdidas por década. La frase “todas las especies actualmente amenazadas” viene de la indispensable UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), la cual mantiene la Lista Roja de Especies Amenazadas. Su más reciente reporte muestra que de 1,5 millones de especies amenazadas, y 76.199 estudiadas por científicos de la UICN, unas 23.214 se consideran amenazadas con la extinción. Así, si todas esas especies se extinguieran en los próximos pocos siglos, y la tasa de extinción que las mató se mantuviera por cientos o miles de años más, entonces podríamos estar en el comienzo de una Sexta Extinción en Masa causada por los humanos.

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Un caso demasiado estándar de un mal etiquetado de extinción ocurrió este enero en la primera página de The New York Times Magazine. “Vida oceánica enfrenta extinción en masa, dice amplio estudio”, decía el encabezado. Pero el artículo de Carl Zimmer no describía tal cosa. En su lugar era una pieza de noticias relativamente buenas señalando que aunque mucha de la vida marina está en problemas, es mucho menos que en la vida silvestre continental, y es tiempo de evitar los errores hechos en tierra. El artículo notaba que, en los siglos desde 1500, cerca de 514 especies se han extinto en tierra pero sólo 15 en los océanos, y ninguna de ellas en los pasados 50 años. El documento de Science sobre el cual Zimmer estaba reportando estaba titulado “Marine Defaunation: Animal Loss in the Global Ocean (Defaunación marina: pérdida animal en el océano global)” por Douglas McCauley, un ecólogo de la Universidad de California, Santa Bárbara, y sus colaboradores. Afirmaba: “Aunque los humanos han causado pocas extinciones marinas globales, hemos afectado profundamente la vida libre marina, alterando el funcionamiento y aprovisionamiento de servicios en cada océano”, y seguía para describir las causas de “arrecifes vacíos”, “estuarios vacíos”, y “bahías vacías”, con una disminución total de peces marinos en un 38%.

La extinción no es una forma útil de pensar acerca de las amenazas a los animales oceánicos porque pocos van a extinguirse allí. Los animales son altamente móviles en un vasto ambiente totalmente conectado donde casi siempre hay algún lugar para ocultarse, incluso de la caza a escala industrial. El bacalao atlántico solía ser una de las grandes pescas del mundo antes de que colapsara en 1992 tras décadas de sobrepesca. De acuerdo con Jesse Ausubel, uno de los organizadores del reciente e internacional Censo de la Vida Marina: “El estimado total de kilos de bacalao hoy en Cabo Cod probablemente pesa sólo un 3% de todo el bacalao en 1815” (A través del Atlántico en el Mar del Norte, sin embargo, la pesca de bacalao se está recuperando, gracias a la efectiva regulación). Nadie espera realmente que el bacalao se extinga, y aun así la Lista Roja lo describe en riesgo de extinción.


El mejor resumen que he visto de la situación actual viene de John C. Briggs, biogeógrafo en la Universidad del Sur de Florida, en una carta a la revista Science del pasado noviembre:

La mayoría de las extinciones han ocurrido en islas oceánicas o en localidades dulceacuícolas restringidas, con muy pocas ocurriendo en los continentes de la Tierra o en los océanos. El problema más grande del mundo para la conservación no es la extinción de especies, sino más bien el precario estado de miles de poblaciones que son los remanentes de especies una vez amplias y productivas.

Vale la pena examinar en detalle el punto de Briggs sobre las islas oceánicas. Comparados con los continentes, los ecosistemas de islas remotas son tan simples y restringidos, que una gran parte de lo que entendemos acerca de la ecología y la evolución ha venido de estudiarlos. (Australia es considerada una isla como tal a pesar de su tamaño, gracias a su gran aislamiento). La revelación de Darwin sobre los orígenes de la especiación fue inspirada por sus viajes a islas del Pacífico como las Galápagos. Uno de los principales textos de ecología y biología de la conservación es La teoría de la biogeografía de islas (1967) por Edward O. Wilson y Robert MacArthur.

Muchas especies nuevas emergen fácilmente en islas oceánicas debido al aislamiento, pero hay pocas especies que coevolucionen y por esto no tienen defensa contra competidores invasores y depredadores. Una especie endémica bajo ataque no tiene ningún lugar a donde escapar. El conservacionista de islas Josh Donlan estima que las islas, las cuales son sólo el 3% de la superficie de la Tierra, han sido lugar del 95% de todas las extinciones de aves desde 1600, 90% de las extinciones de reptiles, y 60% de las extinciones de mamíferos. Esos son números horripilantes, pero las pérdidas son extremadamente locales. No tienen efecto en la biodiversidad y la salud ecológica de los continentes y océanos que componen el 97% de la Tierra.

Las terroríficas estadísticas de extinción que escuchamos son mayormente una historia de islas, y mayormente una historia del pasado, porque la mayoría de las especies de islas que eran especialmente vulnerables a la extinción ya se han ido.

Los ecosistemas de las islas no han colapsado en su ausencia. La vida se vuelve diferente, y sigue adelante. Puesto que la mayoría de las especies invasoras son relativamente benignas, ellas se añaden a la biodiversidad total de las islas. El ecólogo Dov Sax de la Universidad Brown en Rhode Island señala que las plantas no nativas han duplicado la biodiversidad botánica de Nueva Zelanda –hay 2.104 plantas nativas en el medio, y 2.065 plantas no nativas. La Isla Ascensión en el Atlántico Sur, antes una roca estéril deplorada por Charles Darwin por su “fealdad desnuda”, ahora tiene un bosque de niebla completamente funcional compuesto de plantas y animales llevados por los humanos en los pasados 200 años (la historia de la Isla Ascensión abre un libro del periodista ambientalista Fred Pearce titulado The New Wild: Why Invasive Species Will Be Nature’s Salvation (El nuevo salvaje: por qué las especies invasoras serán la salvación de la Naturaleza)).

Pero las principales noticias desde las islas oceánicas son que nuevos métodos han sido encontrados para proteger las especies endémicas vulnerables de su peor amenaza, los depredadores invasores, y de esta forma disminuyendo dramáticamente la tasa de extinción para el futuro. Los neozelandeses son los héroes de esta historia, bellamente contada en Rat Island: Predators in Paradise and the World’s Greatest Wildlife Rescue (Isla de ratas: depredadores en el paraíso y el rescate de vida silvestre más grande del mundo) (2011) por William Stolzenburg. Cada isla oceánica en el mundo ha sido afectada con depredadores foráneos intensamente destructivos traídos por nosotros –ratas, ratones, cabras, cerdos, burros, serpientes arborícolas (Guam), zorros (Aleutianas), y muchas más. En los años de 1980, los conservacionistas de Nueva Zelanda estaban presos de la desesperación por la vulnerabilidad de criaturas amadas y únicas tales como el loro habitante del suelo llamado kakapo. Ellos decidieron hacer lo que fuera para eliminar cada rata en la isla refugio del kakapo. Tomó muchas temporadas de implacable envenenamiento y captura, pero cuando se hizo, realmente se había hecho. Los kakapos podían finalmente reproducirse con seguridad, y lo hicieron. La técnica fue probada en otras islas con otras especies en peligro y otros depredadores problema, y funcionó allí también.


Más de 800 islas en todo el mundo han sido ahora limpiadas de su peor amenaza de extinción, con más por venir. Algunas son un tanto espectaculares. Donlan, citado arriba, estuvo en medio de la batalla para librarse de todas las cabras que estaban destruyendo las islas de Santiago, Pinta e Isabela en el archipiélago de las Galápagos. Tomó años de trabajo con rifles de alto poder, perros de caza, helicópteros y “cabras de Judas” para matar a cada una de las 160.000 cabras en las islas, pero cuando se logró, la cura fue permanente. Y ahora, según Elizabeth Kolbert en The New Yorker este diciembre, los neozelandeses están subiendo a una escala mucho mayor. Una organización llamada Predator Free New Zealand está coorganizando un esfuerzo masivo a nivel nacional para erradicar cada rata, armiño, comadreja y gato invasores, y de esta forma hacer al país entero un refugio para sus nativos kiwis, wetas (insecto gigante), kakapos, albardados (ave), tuataras (lagarto extraño), y más.

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De acuerdo, son buenas noticias para las islas. ¿Qué hay del mundo entero que está enfrentando el cambio climático? Eso realmente se ve como un evento de extinción masiva en proceso.

Cualquiera que dude de la realidad del calentamiento global sólo necesita hablar con unos pocos biólogos de campo. Todos los que están haciendo investigación de campo está descubriendo cuán sensibles son los organismos que estudian a ligeros cambios en la temperatura promedio, en la extensión de la estación de crecimiento, en patrones de precipitación. Pero sólo porque los organismos son sensibles al cambio no significa que estén amenazados por él. Cualquier criatura o planta enfrentando un ambiente cambiante tiene tres opciones: mudarse, adaptarse o morir.

La evolución es mucho más rápida y penetrante de lo que la mayoría de la gente se da cuenta. La actividad de todos los organismos todo el tiempo está resumida en el título Relentless Evolution (Evolución implacable) (2013) de John Thompson. Como Chris Thomas, un biólogo conservacionista en la Universidad de York en Reino Unido, le dijo a New Scientist el año pasado: “Es sólo recientemente que hemos llegado a darnos cuenta cuánto cambio evolutivo está ocurriendo”. Lo que podríamos estar viendo en respuesta al cambio climático, sugirió, “está empezando a parecerse mucho a una aceleración global de tasas evolutivas”.

Un motor principal de la adaptación y evolución aceleradas, resulta, es la hibridación. “Es probable que la especiación por hibridación sea una firma del Antropoceno”, escribió Thomas en Nature en 2013. Él dijo a New Scientist: “Los genes están brincando. La genética molecular está descubriendo que la hibridación entre especies es más común de lo que anteriormente se sospechaba. Darwin hablaba sobre un árbol de la vida, con especies ramificándose y separándose. Pero estamos descubriendo que es más una red, con genes desplazándose entre ramas cercanas mientras especies relacionadas se cruzan. Esta hibridación abre rápidamente oportunidades evolutivas”.

Mudarse, adaptarse o morir. Cuando los organismos retados por el cambio climático responden adaptándose, evolucionan. Cuando se mudan, con frecuencia encuentran primos distantes y se hibridan con ellos, a veces evolucionando en nuevas especies. Cuando mueren, dejan un nicho abierto para que otras especies migren o se adapten a él, y un clima cálido tiende a abrir el camino para más especies en lugar de menos. En el mismo ensayo de Nature, Thomas escribió: “Los gradientes de diversidad global dictan que más especies adaptadas al calor están disponibles para colonizar nuevas áreas que especies adaptadas al frío retirándose de dichas áreas mientras el clima se calienta”.

A través de 3,8 mil millones de años de evolución en la Tierra, la inexorable tendencia ha sido hacia una variedad siempre más grande de especies. Con los pasados dos eventos de extinción masiva pronto hubo más especies vivas después de cada catástrofe que las que estuvieron allí antes.

No hay razón para ser sanguíneo acerca del cambio climático. Es el problema más serio que enfrentan actualmente la humanidad y la Naturaleza. Podría conducir a la pérdida de algunas especies que lamentaremos enormemente, pero también dará paso a nuevas especies, y a menos que haya un cambio climático extremadamente “abrupto”, es improbable que la biodiversidad neta disminuya dramáticamente. Escenarios con cambios abruptos han estado saliendo de los modelos climáticos últimamente, gracias a los datos siempre mejorando y el creciente conocimiento acerca de las dinámicas del clima. Mi propia predicción es que el cambio climático será considerado intolerable para los humanos mucho antes de que dispare las tasas de extinción, e incluso si tienen que darse pasos radicales para encararlo, serán dados.

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El peligro que es claro y presente permanece en lo que Briggs ha llamado “el precario estado de miles de poblaciones que son los remanentes de especies una vez amplias y productivas”. El término emergente para el fenómeno es “defaunación”. En su estudio sobre las pérdidas de vida silvestre, publicado en Science el año pasado, Rudolfo Dirzo, un biólogo en Standford, y sus colaboradores, reportaron que los vertebrados terrestres están mostrando “un descenso promedio del 25% en abundancia” y que “los patrones de invertebrados son igualmente temibles: 67% de las poblaciones monitoreadas muestran un declive del 45% en la abundancia media. Tales descensos animales caerán en cascada sobre el funcionamiento de los ecosistemas”.

La preocupación sobre “el funcionamiento de los ecosistemas” refleja un énfasis creciente entre los profesionales de la conservación. Como la nueva ciencia de la biología de la conservación llegó por sí misma en los ochentas y noventas, el enfoque pasó de la preocupación por el destino de especies individuales hacia la salud general de ecosistemas enteros. ¿Qué tan seria es la “cascada trófica” que resulta de un superdepredador siendo ausente o escaso? (Restaurar lobos al Parque Nacional Yellowstone después de un siglo de ausencia probó el poder de ese concepto cuando una rica gama de cambios saludables vinieron con los lobos). ¿Qué pasa cuando los insectos polinizadores terminen tan reducidos por los pesticidas que la flora de una región sufra? ¿Cuán importantes son los grandes animales para dispersar nutrientes con sus excrementos? ¿Qué hay de los removedores de carroña (buitres), limpiadores de corrientes (anfibios) y criaturas que dispersan semillas comiéndolas o animales con pezuñas que ayudan a las plantas pisoteando el suelo? ¿Cuál es el papel de los grandes animales de pastoreo en mantener un saludable mosaico de bosques y praderas?


La vulnerabilidad a la extinción de una especie vulnerable podría ayudar a atraer la atención pública hacia un ecosistema dañado, y en los Estados Unidos podría activar mecanismos de protección del Acta de Especies en Peligro, pero en la mayoría de los casos es cuando mucho una señal indirecta de lo que está marchando mal. El hecho más relevante acerca de la actual población de bacalaos en Nueva Inglaterra no es su relación a cero (extinción), sino que sólo es el 3% de su tamaño histórico y por lo tanto probablemente escape de golpear su ecosistema.

Parte del problema es la forma en que clasificamos los grados de amenaza. Las categorías de la Lista Roja se leen, en orden: extinto; extinto en estado silvestre; en peligro crítico; en peligro; vulnerable (esa va para el bacalao del Atlántico); casi amenazado y preocupación menor. “Preocupación menor” es un lenguaje extraño. Lo que significa es “haciéndolo bien”. Aplica a la mayoría de las 76.000 especies investigadas por la UICN, la mayoría de los 1,5 millones de especies descubiertas hasta ahora, y la mayoría de los estimados 4 millones o más de especies por ser descubiertas. En la analogía médica, etiquetar a una especie saludable como “preocupación menor” es como etiquetar a cada persona saludable “aún no está muerta”. Es cierto, pero es una forma de pensar. (La UICN está consciente del problema, y para su gran crédito está desarrollando una “Lista Verde” que reportará sobre aquellas especies cuya situación está mejorando. Categorizará de acuerdo con grados de esperanza, por un cambio, en lugar de confiar únicamente en grados de temor).

De los muchos millones de especies por ser descubiertas, hay un argumento muy razonable de que muchas son muy raras y por tanto extra vulnerables a la extinción, pero el argumento común de “las especies se extinguen más rápido de lo que podemos descubrirlas” no resiste el escrutinio. De acuerdo con el artículo en Science “Can We Name Earth’s Species Before They Go Extinct? (¿Podemos nombrar las especies de la Tierra antes de que se extingan?)” (2013) del ecólogo marino Mark J. Costello y colaboradores en la Universidad de Auckland, la tasa de documentación de nuevas especies era de 17.500 por año en la década pasada, elevándose a más de 18.000 por año desde 2006. Hay más taxónomos profesionales (actualmente cerca de 47.000) haciendo el trabajo, junto con multitudes florecientes de taxónomos aficionados recientemente habilitados por la Internet. Con una tasa realista de extinción de menos del 1% de especies por década y una tasa de descubrimiento de algo así como 3% por década, los autores concluyen: “La tasa de descripción de especies sobrepasa enormemente las tasas de extinción”.

Idealmente, junto con el nombramiento vendrá información detallada sobre la información ecológica y prospectos de cada especie recientemente descubierta. La investigación escrupulosa conducida por voluntarios de la UICN en cada una de sus especies estudiadas desarrolla excelentes datos sobre asuntos importantes tales como las poblaciones reducidas, la disminución de área y la fragmentación de área, pero poco contexto de ecosistema es dado. ¿Es el animal una especie clave esencial para el bienestar de muchas otras especies, de la forma en que las nutrias marinas son esenciales para la salud de los bosques de quelpo y todo lo que dependa del quelpo? ¿Es el animal un ingeniero de los ecosistemas capaz de modificar el ambiente entero de la forma en que los castores crean estanques que proporcionan un hogar para muchas otras especies y también embargan el agua en profundos acuíferos?

¿O podría el animal amenazado ser sólo una de varias subespecies que efectúan aproximadamente la misma función ecológica? En ese caso su extinción podría ser inconsecuente. Esa era la realidad cuando la tortuga gigante de las Galápagos “El Solitario George” murió en junio del 2012 y fue llorada en todo el mundo. Apodado “la criatura más rara con vida”, él era (probablemente) el último de su subespecie. Los ecólogos se encogieron de hombros. Los taxónomos se encogieron de hombros. Hay 10 subespecies más de tortugas de las Galápagos. Su población se ha incrementado de cerca de 3.000 en 1974 a más de 19.000 ahora, gracias a librar sus islas de todas las cabras y la mayoría de las ratas y proteger a las tortugas de la cacería. La Isla Pinta, donde la línea del Solitario George evolucionó, está ahora ocupada por otras tortugas que lo hacen bien, continuando con su viejo trabajo de comer el exceso de vegetación de sotobosque y ayudando a restaurar la isla a su anterior salud ecológica (Las tortugas son tan buenas en esto, que se ha convertido en una práctica estándar. Para ayuda con la restauración de ecosistemas, tortugas gigantes de la isla de Aldabra, en la costa este de África, han sido introducidas a Madagascar, las Seychelles, Mauricio, Reunión, Rodrigues, y a un parque en Kauai).


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Tales “translocaciones” animales son un desarrollo apasionante en conservación. Ellos se han hecho progresivamente más comunes y exitosos, de acuerdo con el estudio de Science: “Reversing Defaunation: Restoring Species in a Changing World (Revirtiendo la defaunación: restaurando especies en un mundo cambiante)” (2014) por el zoólogo Phillip Seddon y sus colaboradores en la Universidad de Otago en Nueva Zelanda. Antes de 1992, se habían dado 124 translocaciones de especies de vertebrados; para 2005 el número se elevó a 424. Entre los 424 hay algunas especies una vez declaradas como extintas en estado silvestre, como el cóndor de California y el hurón de patas negras, los cuales han sido exitosamente reproducidas en cautividad y reintroducidas a sus antiguas áreas. Otras, tales como los lobos de Yellowstone y los castores siendo restablecidos en Suecia y Escocia, son animales salvajes translocados de su área actual para reocupar tierras de las que fueron extirpados hace mucho tiempo. Y aún otros son una importante categoría nueva llamada “reemplazo ecológico”. Las tortugas de Aldabra en Kauai están allí para reemplazar un pato no volador de “pico de tortuga”, hace ya tiempo extinto.

“El reconocimiento del reemplazo ecológico como una herramienta válida de conservación”, anotó Sheddon, “representa una salida del enfoque de especie única que una vez caracterizó las translocaciones de conservación y se ajusta más estrechamente al actual énfasis de la conservación global en restaurar procesos naturales en lugar de señalar sólo el riesgo de extinción”. Llegó a darle la bienvenida al prospecto, habilitado por recientes progresos en la tecnología genómica, de algunas especies extintas siendo traídas de vuelta a la vida y regresadas a la vida silvestre (Esto es algo en lo que espero estar trabajando a tiempo completo estos años).

Las herramientas biotecnológicas que podrían permitir unos pocos casos de des-extinción podrían también ser empleadas para ayudar a prevenir la extinción en algunas especies que están atrapadas en cuellos de botella genéticos o que están afligidas con enfermedades no nativas como el hongo quitridio en anfibios o la malaria aviar que está amenazando a las aves nativas de Hawai’i. Paralelo con la llegada de “medicina precisa” para humanos, donde el tratamiento puede ser específico al genoma de pacientes individuales (e incluso tumores individuales), podríamos ver el desarrollo de técnicas de “conservación precisa” basadas en ajustes minimalistas en los pools genéticos de la vida silvestre. Algunos científicos conservacionistas se refieren a ello como “adaptación facilitada” y lo ven como una forma de “biología evolutiva aplicada”.

Una temprana historia de éxito es estelarizada por un árbol glorioso –“el árbol perfecto”, según sus muchos fanáticos en la American Chestnut Foundation. Estos árboles componían una vez un cuarto de todo el bosque caducifolio oriental antes de que un hongo invasor de Asia matara millardos de ellos y redujera la especie a la extinción efectiva temprano en el siglo XX. William Powell y Charles Maynard en la Universidad Estatal de Nueva York tuvieron un ingenioso toque de ingeniería genética para introducir un gen resistente al hongo del trigo, creando un castaño americano a prueba de roya que puede comenzar a ocupar su anterior papel crucial en el bosque oriental, tan pronto como el gobierno de los Estados Unidos lo apruebe como un organismo genéticamente modificado benigno.

¿Cómo deberíamos calibrar la salud de los ecosistemas? La biodiversidad –el número puro de especies presentes- es una medida importante, ampliamente usada. El regreso de los castaños americanos incrementará la biodiversidad de los bosques orientales por una especie. Pero hará mucho más. Podríamos necesitar agregar otra medida de riqueza de los ecosistemas que podríamos llamar “bioabundancia”. A diferencia de los robles, los cuales generan bellotas de sabor amargo con poca frecuencia, los árboles de castaño lloverán un diluvio de nueces dulces cada año, alimentando un sinfín de animales salvajes (y más de un humano feliz). Ellos hacen el bosque más abundante.


La bioabundancia es el mejor argumento para dos de los proyectos de des-extinción en los que estoy involucrado –palomas migratorias y mamuts lanudos. Ben Novak, un joven científico en la Long Now Foundation, está dirigiendo el trabajo para revivir y restaurar a la especie extinta más icónica en los Estados Unidos, la paloma migratoria. Su investigación en la ecología del ave sugiere que su antiguo nicho como una paloma de bosque permanece abierto de par en par, y el bosque oriental que ocupaba ha vuelto a crecer a la mayor parte de lo que era antes de que la deforestación severa ayudara a llevar al ave a su extinción en el siglo XIX. Su regreso en cantidad –solían ser miles de millones- podría traer de vuelta la estimulación forestal que su denso posado provisionaba antes a través de la apertura de áreas de bosques de dosel cerrado y enriqueciendo localmente el suelo con cantidades de excremento. En A Sand County Almanac (1949), Aldo Leopold, el fundador de la biología de la conservación, describía a las palomas migratorias como “una tormenta biológica… Anualmente la tempestad emplumada rugía arriba, abajo y a través del continente, aspirando las frutas cargadas de bosques y praderas, quemándolas en una ambulante explosión de vida”. Las palomas migratorias eran como el fuego –buenas para los bosques. Y a diferencia del fuego, también buenas para comer.

En cuanto a los mamuts lanudos, su retorno a la vastedad de la América del Norte y Eurasia subártica y el Ártico podría ayudar a restaurar los pastizales de la “estepa de mamut” y los forblands* floridos que una vez componían el más grande bioma del mundo y uno de los más ricos. El científico ruso Sergey Zimov, el creador en 1988 del experimento “Parque del Pleistoceno” en el norte de Siberia, estima que antes de que los humanos aniquilaran la mayor parte de la megafauna en el extremo norte, “en cada kilómetro cuadrado de pasto vivía un mamut, cinco bisontes, ocho caballos y 15 renos. Bueyes almizcleros, ciervos americanos, rinocerontes lanudos, antílopes, ovejas de las nieves, y alces también estaban presentes. Lobos, leones de las cavernas, y glotones ocupaban el paisaje como depredadores. En total, más de 10 toneladas vivían en cada kilómetro cuadrado de pasto –cientos de veces más altas que las modernas densidades animales en el musgoso paisaje del norte”. Eso es bioabundancia.

Algunos proyectos de conservación, como proteger a los elefantes africanos o reintroducir a los cóndores de California, requieren un esfuerzo heroico, pero hay un sorprendente número que no. En muchos lugares, animales silvestres hace tiempo desaparecidos se han translocado a sí mismos. Gracias a la limpieza de la polución en ríos europeos, el salmón ha regresado al Rin, al Sena y al Támesis. A lo largo de toda Europa, tierras de cultivo abandonadas se están reforestando y enlazando con corredores impromptu de vida silvestre, incluso en ausencia de enormes áreas formalmente protegidas. Los europeos le dan la bienvenida de vuelta a aventureros lobos, linces, osos pardos, glotones, y chacales –todos depredadores importantes.




En la conservación de los océanos la mejor noticia es el repentino y rápido incremento en áreas marinas protegidas, extendiéndose desde las 34.000 millas cuadradas del Santuario Marino Pelagos a las 409.000 millas cuadradas del Monumento Nacional Marino de Islas del Pacífico Remoto cuya expansión fue proclamada por el presidente Barack Obama en septiembre pasado. Tales refugios no sólo permiten que la vida marina se recupere, generan un excedente que puede mantener surtidas a las pesquerías cercanas indefinidamente. Ahora hay 6.500 sitios así, agregándose al 3,4% del área total de los océanos. El objetivo de la global Convención sobre la Diversidad Biológica es lograr que suba hasta 10% para 2020. Las áreas terrestres protegidas, las cuales eran del 4% de la tierra total en 1985, ahora están al 15,4% y se dirigen hacia el 17%.

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Las tendencias son favorables. Los esfuerzos de conservación frecuentemente aparecen en los medios como una serie de derrota y retiradas, pero tan pronto como miras por encima de la crisis del mes, te das cuenta que, en un agregado, la conservación está ganando. El ecologista Stuart Pimm en la Universidad de Duke en Carolina del Norte clama que los conservacionistas ya han reducido la tasa de extinción en un 75%. Devolver la tasa de extinción mundial de vuelta a la normalidad es un logro razonable para este siglo. Restaurando la bioabundancia natural completa en la mayor parte del mundo tomará tiempo, sin embargo. Significaría traer las poblaciones de vida silvestre de vuelta al maravilloso nivel de riqueza ecológica que existía antes del impacto humano. Esa podría ser una meta de dos siglos.

Pero un problema de percepción se pone en el camino.

Consideren el lenguaje de estos encabezados de noticias: “Provocando la extinción: el presupuesto de Obama es asesino de especies en peligro” (Huffington Post, febrero de 2015). “Acelerando la extinción”. “Suena la alarma sobre las criaturas en peligro en los océanos” (NBC News, enero de 2015). “Crisis de extinción: 21.000 especies del mundo en riesgo de desaparecer” (Common Dreams, julio de 2013). “Mamíferos australianos en el borde de una ‘calamidad de extinción’” (BBC, febrero de 2015). “La sexta extinción está aquí –y es nuestra culpa” (Re/code, julio de 2014). Los encabezados no son sólo inexactos. Mientras se acumulan, enmarcan nuestra entera relación con la Naturaleza como una de incesante tragedia. El núcleo de la tragedia es que no puede ser arreglada, y esa es una fórmula para la desesperanza y la inacción. El romanticismo perezoso sobre la inminente perdición se convierte en la visión por defecto.

Sinfines de problemas específicos en la vida silvestre permanecen para ser resueltos, pero describirlos demasiado frecuentemente como crisis de extinción ha conducido al pánico general de que la Naturaleza es extremadamente frágil o ya está rota sin esperanza. Ese no es ni remotamente el caso. La Naturaleza como un todo está exactamente tan robusta como alguna vez lo fue –quizás más, con los humanos por ahí para interceptar eras de hielo y asteroides asesinos. Trabajar con esa robustez es como los objetivos de la conservación son alcanzados.

¿Cómo funciona en realidad la prodigiosa robustez de la Naturaleza? ¡Aún no lo sabemos! No en detalle. Por ejemplo apenas comenzamos a vislumbrar cómo trabajan los microbios, y cómo funciona el océano. La ecología aún no es una ciencia predictiva, y la biología de la conservación todavía es una disciplina joven. Con cada incremento de mejora en las herramientas, datos y teorías científicas, y cada único proyecto expandiendo la amplitud de la práctica de la conservación, aprendemos más acerca del genio de la Naturaleza, e incrementamos la habilidad de la humanidad para mezclarse con la Naturaleza, para el perpetuo beneficio de ambos.

*N.T: no encontré ni traducción ni definición alguna para esta palabra, aunque es obvio que se refiere a un tipo de paisaje.

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