domingo, 3 de mayo de 2015

Traduciendo un tema tabú


De forma similar a las traducciones que hice de los artículos del debate “¿Es tiempo de dejar atrás el Nuevo Ateísmo?” en New Humanist, la presente entrada es una traducción de una entrada de Skeptic Ink. Antes de comentar recuerde, señor lector, que ninguna idea es inmune a la crítica, y las posturas discutidas a continuación son susceptibles de debate como cualquier otra. Exprésese con la cabeza, no con la bilis.

Tropos* de los Justicieros Sociales (SJW) contra la humanidad: violación, un mal necesario

Por Rebecca Bradley.


Sí, creo que la violación es un mal. Y no, no creo que sea ni remotamente necesaria –excepto para los proveedores de la ideología de la cultura de violación, quienes la encuentran absolutamente indispensable. Y de nuevo no, no quiero decir que ellos necesiten ser violados. Quiero decir que la violación es un pilar central del dogma feminista radical. De acuerdo con la revelación radfem (N.T., abreviatura de radical feminist), nosotros en las democracias occidentales vivimos en un patriarcado de estilo autómata donde la violencia sexual es el arma más grande de los hombres para someter a las mujeres, para triturar nuestras mentes aterrorizando nuestros cuerpos; donde la violación es normalizada y bienvenida; donde a los muchachos pequeños se les enseña a estar preparados sexualmente, donde a las muchachas pequeñas se les enseña a ser juguetes sexuales. En síntesis, nos dicen que vivimos en una cultura de la violación.

Tan crucial es la violación para el numerito de las radfem, que tendrían que inventar algo como si ya no existiera. En efecto, mientras las tasas de abuso sexual disminuyen dramáticamente en Occidente, el eje de los SJW ha tenido que reajustar los límites de la violación, casi como si no hubiera bastante de ella alrededor para sostener su modelo. Al mismo tiempo, su alcance ha sido reducido para incluir sólo mujeres como víctimas y hombres como perpetradores, lo cual es una simplificación deshonesta de un fenómeno complejo. En el proceso de impulsar esta ideología, dañan no sólo a los hombres (a quienes podrían no considerar un problema, pues eso sería “relajarse”), sino también a las mujeres que claman estar defendiendo.

No vivimos en una cultura de la violación. Vivimos en una cultura acosada por otra ideología religiosa de rápida dispersión, completa, con verdades reveladas y mantras sagrados, mártires y demonios, cruzadas morales y pánico moral. Como las de cualquier religión, sus verdades son auto-referenciadas e infalsificables, y tienen tanto que ver con la realidad de la sociedad occidental como el Génesis tiene que ver con la biología evolutiva. Y por supuesto, tiene su propia versión de blasfemia, la cual ya he cometido siendo escéptica de la cultura de violación en primer lugar. Pero, oh, ¡hay muchas otras doctrinas para blasfemar! Aquí hay unas pocas:

Mantra Sagrado: no le enseñen a las chicas a evitar la violación; enséñenle a los hombres a no violar.

Blasfemia: la vasta mayoría de los hombres saben perfectamente bien que no deben violar, y de cualquier forma les han enseñado desde la infancia que pegarles a las chicas está mal. La vasta mayoría de los hombres tienen una visión de la violación tan mala como la mayoría de las mujeres la tienen, calificando el acto como abominable, y a los violadores como despreciables. La mayor parte del aproximadamente 4-6% de los hombres que cometen abuso sexual no será alcanzada o cambiada por la educación anti-violación porque a ellos les importa un carajo lo que la sociedad piensa de ellos: los sociópatas y depredadores sexuales se vienen a la mente. Es como decir que necesito entrenar a los caniches locales para que no se coman mis gatos, porque hay coyotes en el vecindario. Lo que tiene más sentido es tomar precauciones contra los coyotes. Ver abajo.

Mantra Sagrado: enseñarles a las mujeres a defenderse a sí mismas o a tomar precauciones contra el abuso equivale a “culpar a la víctima”. Una mujer debería ser capaz de caminar completamente desnuda por la Main Street sin ser violada”. Ella debería tener el derecho de vestir exactamente lo que quiera, sin importar cuán sexy o revelador sea, sin ser violada. Debería tener el derecho de beber hasta quedar borracha en un bar de solteros, y no ser violada. Debería tener el derecho a ir dondequiera que ella desee, incluso sola en el callejón más oscuro en medio de la noche, sin ser violada.

Blasfemia: no hay tales derechos. Cualquiera, del género que sea, necesita tomar algo de responsabilidad por su propia seguridad. Los depredadores sexuales, en realidad, son sólo un artículo en un menú de peligros que acechan. Un joven corpulento sería un idiota si bajara por unos callejones oscuros en la noche, así que ¿por qué debería una mujer reclamarlo como un derecho? (de hecho, aunque la violencia contra las mujeres se mantiene en el centro del escenario, los hombres son los que están en mucho más riesgo). Los comportamientos citados arriba, en mi opinión, se reducen a una demanda por el derecho a hacer elecciones tontas sin sufrir consecuencias.

Esto no es absolutamente decir que una mujer que sea abusada sexualmente tenga la culpa –cosas terribles le pueden pasar a cualquiera, sin importar cuán cuidadoso sea; y ser violada es un precio desproporcionadamente alto por hacer algo estúpido o ingenuo. Más bien, el punto es que ejercer el sentido común puede reducir sustancialmente las oportunidades de convertirse en una estadística de crimen. ¿Por qué reconocer esa simple verdad debería ser considerado “culpar a la víctima”? Deberíamos estar enseñando precauciones sensibles a nuestras hijas e hijos, no expectativas irreales acerca de cómo el mundo debería tratarlos en una utopía radfem. Irónicamente, este manta sagrado desempodera a las mujeres, remueve su agencia, y las reduce a objetos cuya seguridad sexual está en manos de otros: los hombres a quienes se les enseña a “no violar”. Ver arriba.

Mantra Sagrado: las mujeres viven con miedo, puesto que cada hombre que encuentran es un potencial violador (violador de Schrödinger). Ningún hombre puede entender la carga del miedo bajo la cual sufren diariamente las mujeres.

Blasfemia: el miedo a los hombres es otra herramienta indispensable de la ideología de la cultura de violación. De golpe, busca demonizar a la mitad de la sociedad, y convertir al resto en víctimas temblorosas, asustándose ante cada sombra con forma de hombre. Aunque se le haga promoción a la verdad de que no todos los hombres son violadores, eso fomenta de todos modos la desconfianza en todos los hombres: nuestros padres, hermanos, hijos, amantes, esposos. La verdad es, hay momentos y lugares donde un humano de cualquier género sería sabio al tener miedo; las mujeres no tienen un monopolio del miedo o el riesgo. Pero seamos honestas, hermanas: ¿realmente vamos caminando por ahí bajo una carga de miedo tan aplastante y penetrante que posiblemente ningún hombre pueda imaginarlo? ¿Realmente somos así de tímidas y frágiles?

Algunas personas viven con un miedo genuino –de los abusadores en sus vidas, de las sombras oscuras de su vecindario. No deberíamos trivializar su experiencia igualándola con inquietudes estúpidas generadas por radfem.

Mantra Sagrado: créele a la víctima.

Blasfemia: esta es, quizás, la doctrina de la cultura de violación escrita con las letras más grandes en las tablas de piedra de las radfem. Cuestionar la afirmación de una mujer de que ha sido abusada sexualmente se mantiene como el pecado mortal de apología a la violación, incluso una violación secundaria. Pedir evidencia es apología a la violación. Considerar el contexto es apología a la violación. Cualquier respuesta distinta a la creencia incondicional para la acusadora y vilipendio para el acusado es apología a la violación. Pero eso es falaz en la misma forma en que está enmarcado: asume que la acusadora es realmente una víctima. Es además una clara violación a la presunción de inocencia, y un potencial destructor de vida para aquellos que son falsamente acusados. En el mundo de la cultura de la violación, esto no importa. En el mundo real, no es sólo injusto, es el borde fino de la cuña.

Verdad Sagrada: la violación es devastación. No hay nada peor que la violación que pueda pasarle a una mujer –es literalmente un destino peor que la muerte, un trauma del cual uno nunca puede recuperarse por completo-. Las sobrevivientes –o incluso “potenciales sobrevivientes” (mujeres que no han sido violadas, pero temen que eventualmente podrían serlo)- requieren deferencia especial, apoyo, lugares seguros, y fe incondicional, y sobre todo nunca, jamás deben ser provocadas.

Blasfemia: algunas víctimas quedan devastadas; otras no. Hay un amplio rango de reacciones a la violación y el abuso sexual, desde recibir un horrible daño emocional hasta no estar más que asqueadas o molestas. Algunas mujeres cuyas experiencias calificarían como violación bajo las muy elásticas definiciones de las radfem ni siquiera consideran que ellas mismas hayan sido violadas. Y por cierto, muchas de nosotras podemos pensar en muchas cosas que consideraríamos mucho, mucho peores, que ser violadas.

Sin embargo, la ideología de la cultura de violación busca forzar a todas las mujeres que experimenten abuso sexual dentro de un molde uniforme de víctima/sobreviviente –para decirles cuán lastimadas están forzadas a sentirse, para que mantengan vivo el trauma, incluso para implantar un trauma que puede no haberles surgido en primer lugar. Esto hace daño a las mujeres. ¿Qué mejor forma puede haber de lastimar permanentemente a alguien que decirle que nunca podrá recuperarse?

Mantra Sagrado: la violación es sobre poder, no sobre sexo.

Blasfemia: a veces es por poder –a veces es sólo por sexo. Otras veces puede ser por venganza, señales confusas, o fallos en la comunicación, particularmente porque la definición se ha expandido para incluir contactos que fueron honestamente percibidos como consensuales en el momento. El abuso sexual es un comportamiento complejo con un rango enorme de causas próximas.

¿Por qué es importante esto? Porque de acuerdo con la doctrina de la cultura de violación, la violación es siempre un acto político que sirve para poner a las mujeres en su lugar. Cada violador, desde la mierda serial que pone Rohypnol en la bebida de su cita, al adolescente revuelto con hormonas que gritan en el asiento trasero de su auto, está aparentemente usando su pene como un arma para reforzar la cultura de la violación y profundizar la opresión de las mujeres. Eso es una locura. En realidad –parafraseando a Freud-, a veces un pene sólo es un pene.

-O-

Hay sociedades en el mundo donde el abuso sexual está normalizado, y las víctimas no son tan culpadas como golpeadas hasta quedar medio muertas. Eso, si les parece, es lo más cercano a lo que podría parecerse una verdadera cultura de la violación. Pero nosotros en Occidente –mimados, consentidos, y protegidos por leyes, normas sociales, y una repugnancia general por los violadores que es compartida por cualquier género- deberíamos reconocer la “cultura de la violación” como la porquería divisiva que es, y mujeres al frente.

Siguiente: patriarcado.

*En el original, trope. Alude al uso metafórico o figurativo de una palabra o expresión.

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