sábado, 29 de agosto de 2015

¿Toxicología homeopática en la medicina?

Esta semana presencié la sustentación del trabajo de grado de un amigo en Biología, enfocado en la acción neurotóxica del veneno de juveniles y adultos de una subespecie de cascabel tropical (Crotalus durissus cumanensis). El tema fue muy interesante, y aunque involucraba muchos términos de fisiología y bioquímica, mi amigo lograba explicarlos lo bastante bien como para que cualquiera lo entendiera. Entre preguntas y sugerencias, surgió una observación, cuando menos, extraña, que se convirtió en el tema de esta entrada.

Durante la ronda de preguntas, uno de los evaluadores sugirió que el estudio podía permitir desarrollar antivenenos más específicos, o incluso “sueros homeopáticos”. Juro que más de uno en la sala se quedó desconcertado, y yo específicamente hice un gesto de disgusto ante la estupidez que acababa de escuchar. Meditándolo un poco más, me di cuenta que no es simplemente estúpido: es peligroso.


Ni siquiera deberíamos considerar la homeopatía dentro de la discusión, pues no es más que pseudociencia. Para quien no lo tenga claro -y en defensa del evaluador, creo que él tampoco lo tenía muy claro cuando hizo esa sugerencia-, la homeopatía parte del principio de “lo semejante produce lo semejante” (de ahí que James Frazer, en La rama dorada, llame a un tipo de magia como los muñecos de cera “magia homeopática”): es decir, que una sustancia que cause síntomas de una enfermedad en personas sanas puede curar a personas enfermas. Los “medicamentos” homeopáticos son “preparados” diluyendo sustancias que en grandes cantidades producirían malestares hasta candidades ínfimas, siendo generalmente una dilución de 1 ml de la sustancia en 99 ml de agua, proceso que se repite decenas de veces, todo mientras se agita la sustancia de forma tal que la “sucusión” active la “energía vital” de la sustancia que se está diluyendo. Esto remite al concepto de la “memoria del agua”.

Quien conoce lo suficiente de química sabe que hacia la dilución 12C ya no existirá una sola molécula de la sustancia original, y sólo quedará agua. En ese sentido, ¿qué utilidad puede tener el agua para sanar una enfermedad, más allá del evidente efecto placebo en las muchas personas que aseguran haber “sanado” con esto? Por otro lado, el concepto de memoria del agua se presta para muchas interpretaciones, y ninguna seria. Es decir, si el agua puede “recordar” las propiedades de la sustancia en ella, ¿no recordará “mejor”, entonces, todos los químicos, lodo, basura y excrementos que suele arrastrar durante su ciclo, por mucho que se le destile y purifique? ¿No sobrepasarían todos esos “recuerdos” a una sustancia que se encuentra en una proporción mucho menor? ¿Quién querría una medicina así?

Un ejemplo rudo, pero necesario.

Y no es que no conozca casos donde la homeopatía “alivie” síntomas: de hecho, yo tomé algunos compuestos homeopáticos para mis depresiones, y mi mamá es muy aficionada a ellos. Sin embargo, con el tiempo comprendí que el efecto que pudiera tener sobre mí era principalmente sugestión; además, mis momentos de depresión suelen ser muy irregulares, y cualquier despistado podría confundir eso con un “efecto” del “medicamento”.

Y si las diluciones homeopáticas pueden ser tantas que no quede rastro de la sustancia original, ¿por qué sería peligroso que se intentara crear un “suero homeopático” para mordeduras de serpiente?  Porque no todos los “medicamentos” homeopáticos son diluidos, y los venenos suelen requerir de cantidades muy pequeñas para producir un cuadro sintomático. En dichas circunstancias, utilizar un antiveneno “homeopático” sería un riesgo muy estúpido. Un suero antiofídico viene de un proceso muy detallado de producción, y puede ser adecuado para varias especies (polivalente), o diseñado para una sola (monovalente). Utilizarlos no es un juego, y en muchos casos no garantiza incluso que pueda salvarse una vida. Sugerir siquiera que se utilice el veneno para medicamentos pseudocientíficos es una gran irresponsabilidad.

Creo que lo más desconcertante es que fuera un profesional de la ciencia el que hiciera tal observación. Aunque claro, dada la penetración del relativismo y el pensamiento mágico en muchos estudiantes de biología, no es sorprendente que dichas falencias permanezcan en el profesional, sobre todo porque los seres humanos somos expertos en mantener sesgos cognitivos.

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