Un vistazo al aceleracionismo extremista: el manifiesto de Clark y Vasquez

Advertencia: el siguiente ensayo habla de temas fuertes como terrorismo, racismo, misoginia, lgbtfobia y transfobia, así como insultos raciales, homofóbicos y otras expresiones de odio. Se recomienda discreción.

Introducción

El pasado 17 de mayo, dos adolescentes dispararon contra las personas en las afueras del Centro Islámico de San Diego, la mayor mezquita en dicha ciudad estadounidense, y asesinaron a tres personas: un guardia de seguridad, un maestro, y un cuidador que trabajaba en la mezquita desde que fue construida. En su huida lejos de allí, los adolescentes, identificados como Cain Clark, de 17 años, y Caleb Vasquez, de 18, volvieron a abrir fuego, esta vez contra un transeúnte que logró sobrevivir, y poco después la policía los encontró sin vida en un barrio cercano como consecuencia de un homicidio-suicidio.

Aunque los motivos tras el ataque siguen siendo materia de investigación, un manifiesto de 75 páginas aparentemente escrito por los perpetradores fue encontrado en Internet. De manera similar, se han identificado cuentas en redes sociales asociadas a Clark que lo muestran usando emblemas nazis, una bandera de los Confederados, y compartiendo una colección de ensayos neonazis; y se sabe que Vasquez fue visitado por la policía el año pasado al mostrar interés en ideologías extremistas y tiroteos masivos. Dadas las revelaciones, todo sugiere que el ataque al Centro Islámico hace parte de otro de los muchos tiroteos masivos inspirados por las ultraderechas radicales que se han fortalecido en Estados Unidos en la última década.

He leído el manifiesto. Sin duda hay bastante influencia neonazi en su contenido, pero la identidad política de Clark y Vasquez es un poco más compleja que eso, y muchísimo más peligrosa de lo que aparenta. Y lo comento porque se trata de discursos radicales que se han empezado a normalizar gradualmente en el escenario político estadounidense. Por ello, es necesario hablar con detalle de las raíces ideológicas detrás de lo ocurrido, el movimiento mayor al que apunta, y cómo se está ignorando la magnitud del problema.

Entre groypers y ecofascistas

El manifiesto, titulado The New Crusade: A Sons Of Tarrant Debut Manifesto (La Nueva Cruzada: un manifiesto debut de Hijos de Tarrant) se encuentra dividido en dos mitades: “MisanthropistCEL”, de Vasquez, y “Death To The World” (Muerte al mundo), de Clark. Es una recopilación atropellada, por momentos incoherente, de diferentes visiones extremistas: racismo, antisemitismo, misoginia, incelismo radical, islamofobia, lgbtfobia, supremacismo blanco, eugenesia, desprecio por la democracia representativa, e incluso una diatriba rabiosa de Vasquez porque la fanbase de una serie animada de su interés, Ongezellig, se llenó de “maricas” que no entienden lo que representa.

Por encima de toda la mescolanza de odio, ambos se definen como aceleracionistas. En concreto, Vasquez se llama a sí mismo un “tercer posicionista específicamente alineado más con el nacionalsocialismo y ecofascismo”, y “también un aceleracionista” en medio de unos párrafos bastante chapurreados. Por su parte, Clark es más directo con sus ideas, presentándose como “aceleracionista ecofascista cristiano”, y aunque admite influencias antisemitas y fascistas, reprocha a varios grupos neonazis por ser más performativos que radicales y evitar reconocerse como fascistas.

Por supuesto, para quienes conocen del término, las acciones de estos jóvenes no parecen asociarse al aceleracionismo, digamos, mainstream. Y es que se trata de una vertiente radical de la nueva derecha, el aceleracionismo militante. Entonces, para entender la visión sociopolítica de Vasquez y Clark, debemos hablar de los principales conceptos y movimientos que los influencian.

En su forma pura, el aceleracionismo es una teoría sociopolítica que, considerando los desarrollos tecnológicos y sociales producidos dentro del sistema capitalista, propone expandir este más allá de sus límites actuales, con el fin de acelerar tendencias dentro del sistema que den lugar a un cambio social radical a través de los procesos tecnológicos. Aunque se pueden encontrar reflejos de una visión aceleracionista en las ideas de Karl Marx, quien reconocía que el capitalismo contenía en sí mismo las semillas de su destrucción, el aceleracionismo contemporáneo se formó hacia los años 90, influenciado por las ideas de Gilles Deleuze y Félix Guattari, a través del colectivo Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (por sus siglas en inglés, CCRU), dirigido por Nick Land, quien es considerado el padre de esta teoría.

Si bien el CCRU desapareció en la década de los dos mil, el aceleracionismo siguió desarrollándose como teoría política, diferenciándose en al menos tres vertientes. El aceleracionismo de derecha, esgrimido por Land, propone la aceleración de los límites del capitalismo para generar un colapso de los sistemas sociales hasta alcanzar una singularidad tecnológica; en posteriores desarrollos, Land ha afirmado que la democracia y las políticas igualitarias limitan la aceleración, por lo que se opone a ellas, influenciando así al movimiento neorreaccionario (Nrx) y las visiones tecnofascistas de figuras de Silicon Valley. Por su parte, el aceleracionismo de izquierda busca superar el estancamiento capitalista a través de desarrollos tecnológicos y de infraestructura como la automatización del trabajo y la democratización de tecnologías productivas. Finalmente, existe un aceleracionismo efectivo (e/acc) que considera que el progreso tecnológico debe hacerse sin restricciones, y que desarrollos como las inteligencias artificiales pueden ayudar a maximizar el bien general, resolviendo problemas universales como la pobreza, la guerra y el cambio climático.

Explicado esto, podemos pasar a hablar del aceleracionismo militante, también llamado aceleracionismo neonazi. Este es un movimiento neofascista que toma las bases del aceleracionismo para proponer un objetivo radical: provocar, a través de acciones terroristas, sabotajes y asesinatos, un colapso social que dé lugar a un nuevo sistema de organización de corte fascista y supremacista blanco. Para el aceleracionismo militante, las sociedades modernas están corruptas e irredimibles debido a sus políticas liberales de tolerancia y secularidad, así como la promoción de la multiculturalidad, y consideran que tales fallos las hacen insostenibles. La aceleración que proponen, entonces, es exacerbar las tensiones sociales actuales -raciales, sexuales/de género, migratorias- hasta que ocurra ese gran conflicto interno que conlleve a un derrumbe de las instituciones, de modo que los aceleracionistas militantes establezcan un etnoestado sobre las cenizas de la sociedad.

A diferencia del fascismo clásico o de otras propuestas neo- y postfascistas, que buscan alcanzar el poder a través de la participación política en democracias representativas, los aceleracionistas militantes no creen que se pueda reformar la “degeneración de Occidente” a través de la conquista de instituciones políticas. Por eso promueven acciones autónomas de terrorismo, los mal llamados “lobos solitarios”, como su principal estrategia para acelerar el colapso social: glorifican la violencia individual y rinden culto a varios autores de atentados terroristas alrededor del mundo en décadas recientes como héroes y mártires.

Para mantener dicha individualidad táctica, utilizan una compleja red de sitios web, chats, foros de discusión y servidores privados, desde los que atraen principalmente a jóvenes vulnerables y receptivos a través de un proceso gradual de radicalización. Empieza con memes y conversaciones públicas en sus páginas y foros acerca de temas controvertidos, y de allí se capta a los usuarios más “prometedores”, agregándolos a foros privados donde pueden exponerlos a detalle a su ideología. Poco a poco, los transforman en figuras radicales que se vuelven parte de la red de captura ideológica o en agentes independientes potencialmente terroristas.

Uno de los grupos que más ha facilitado un ecosistema digital para la captación y radicalización de jóvenes hacia el aceleracionismo neonazi son los groypers. Llamados así por un meme del personaje Pepe The Frog, se trata de un grupo de ciberactivistas y trols de redes surgido a partir de la alt-right de inicios de los 2010, enfocados en un trabajo de infiltración cultural a través de la ironización de discursos reaccionarios; buscan la normalización de la extrema derecha en el escenario político a través de la supuesta sátira y enmarcar el odio como “libertad de expresión” en escenarios metapolíticos como foros y plataformas de Internet. Los groypers son una mezcla de supremacismo blanco, nacionalismo cristiano, antisemitismo y paleoconservatismo, aunque el empleo del lenguaje satírico y la ironía en sus provocaciones en Internet son intencionalmente confusos a nivel político para desconcertar a sus críticos. Su principal figura es el streamer y comentarista político fascista Nick Fuentes.

El aceleracionismo militante se manifiesta a través de diferentes grupos, con algunas diferencias en sus tácticas o influencias ideológicas, pero todos con el mismo objetivo de provocar un colapso cercano de la civilización. Entre ellos se encuentran la Orden de los Nueve Ángulos (ONA), que combina satanismo religioso y misantropía; Terrorgram, una red neonazi transnacional de gran importancia; RapeWaffen, una facción vinculada a la ONA que promueve la violación contra feministas y mujeres en relaciones interraciales como táctica militante; The Com, una red de grupos cibercriminales con delitos que van desde el hackeo hasta el tráfico de drogas y material de abuso infantil, donde se destacan grupos como 764 -al que algunos denuncian que se encontraban afiliados Clark y Vasquez- y No Lives Matter; y el Maniac Murder Cult (MKY, por sus siglas en ucraniano), que utiliza la crueldad y la tortura como método de iniciación. La mayoría de estos grupos son fuertemente descentralizados, de modo que trabajan sin estructuras visibles, de forma discreta y flexible, lo que dificulta su persecución.

Como se pudo ver en el manifiesto de Clark y Vasquez, el ecofascismo también parece haber inspirado a los dos jóvenes, lo cual no es de sorprender dada su cercanía con las tesis aceleracionistas y la idea del colapso. No me detendré mucho tiempo explicando, porque tanto el ecofascismo como el colapso son temas que tengo proyectados tratar a detalle en futuras entradas, pero, como resumen de enciclopedia, el ecofascismo es una teoría política que propone una organización sociopolítica de corte totalitario para el control de los recursos finitos del planeta ante la sobrepoblación. Bajo este modelo, el acceso a los recursos debe estar restringido a una minoría -usualmente blanca-, por lo que, a la población de países del Sur Global, a quienes se culpa del deterioro ambiental del planeta, debe restringírseles la migración o, en los casos más extremos, someterlas a genocidios a gran escala que borren la mayor parte de sus pueblos.

El ecofascismo ha inspirado previamente atentados como el tiroteo de El Paso en Estados Unidos y la masacre de Christchurch de Nueva Zelanda, ambos en 2019. Ambos perpetradores se enfocaron en atacar a minorías étnicas -hispanos en El Paso, musulmanes en Christchurch-, pues el ecofascismo maneja el concepto de “Sangre y suelo” del nazismo, de modo que sólo poblaciones blancas deberían vivir allí. Por supuesto, ambos criminales se han convertido en ídolos del aceleracionismo extremista.

El manifiesto del odio

Como decía en la sección anterior, el manifiesto de Clark y Vasquez está dividido en dos secciones para cada uno. Mientras que el texto de Vasquez es más extenso, de párrafos grandes e inacabado en varias secciones, la porción de Clark es más directa, con frases más concretas y sobrias. No obstante, coinciden en la mayor parte de sus puntos y motivos de odio. Voy a ir narrándolos parte por parte, sin seguir necesariamente el orden en que aparecen dentro del manifiesto.

Como buen texto de extremismo neonazi, el antisemitismo y el racismo están a la orden del día. Nada más iniciar su sección, Vasquez los señala como “el enemigo universal”, aquellos que controlan los medios, la política, se unen con los francmasones, hacen que extremistas como ellos sean atacados tanto por la izquierda como por la derecha, y degeneran al mundo promoviendo la mezcla racial, la pornografía, lo LGBT y el “transgenerismo”. Por supuesto, señala el Holocausto judío como un mito, y los crímenes de Epstein como la mayor expresión de su cultura.

Clark dedica menos tiempo a hablar de los judíos, pero los señala como los burgueses a los que debían combatir los comunistas y la razón de su fracaso en sindicalizar Estados Unidos. En su sección, llamada para sorpresa de nadie “La cuestión judía”, los llama “hijos de Satanás”, los critica por llamarse el pueblo elegido de Dios cuando las doce tribus son supuestamente pueblos europeos, los acusa de ser responsables de la invasión musulmana a España en la Edad Media -y, por lo tanto, justifica su persecución y expulsión posteriores-, y que son los causantes de la entrada de negritudes, musulmanes y la degeneración en el país.

Como decía, el racismo también es prominente. En una sección titulada “Las bioarmas de los kikes” (kike es un insulto antisemita), Vasquez entra de lleno con el racismo científico -algo que ya he criticado y refutado previamente aquí, aquí y sobre todo aquí-, afirmando que las poblaciones negras son intelectual y genéticamente inferiores y, dado que su supuesto menor volumen craneal reduce el tamaño de su córtex frontal, eso los hace más impulsivos y violentos, razón por la cual cometen tantos crímenes; desprecia por completo su cultura; rechaza las explicaciones socioeconómicas acerca de las tasas de criminalidad; los llama promiscuos e infieles; y asegura que deben pagar por sus crímenes. Clark no dedica una porción de su texto para ello, pero los señala a lo largo de su documento como herramientas para destruir la cultura blanca, se refiere a ellos como “subhumanos”, y afirma que, si bien sería más fácil dejar aisladas a las naciones africanas para que mueran de hambre y conflicto, prefiere que sean masacradas todas.

La islamofobia también es bastante prominente. Vasquez asegura no odiar a los musulmanes sino al islam, pero odia igualmente verlos “invadir” el país, aunque dice respetarlos un poco por saber hacer la guerra y construir civilizaciones; no obstante, afirma que el islam es completamente incompatible y hostil a los países occidentales, y contradictorio con la moral y los valores cristianos; y por supuesto los señala de exigir cumplir la sharía en los países que llegan, de ser violentos y violadores. Por su parte, Clark los llama “cosas” y “la escoria de la tierra” junto a los judíos, y afirma que deben ser aislados y exterminados si queremos avanzar como sociedad y especie.

La misoginia, el antifeminismo y la ideología incel ocupan un sorpresivo lugar en el manifiesto -aunque Vasquez prefiere llamarse a sí mismo volcel, célibe voluntario-. Vasquez dedica una diatriba venenosa en donde la mujer es “la criatura más malvada de la tierra” después de los judíos; las llama foids, acusándolas de ser superficiales y tener demasiado poder por culpa de hombres complacientes; lamenta las diferencias de trato entre hombres y mujeres cuando presentan rasgos similares (en su caso, estatura y autismo); habla de la “maldición genética” de la hipergamia y el determinismo genético que causa el fracaso de muchos hombres; y, en general, destila su frustración sentimental al ser un muchacho de poca estatura que fue rechazado por ello. Clark manifiesta menos interés en la cuestión, y es más mesurado, casi reflexivo al hablar de la necesidad humana de relaciones, pero igualmente comenta la frustración de hombres rechazados y la epidemia de soledad, y afirma que el problema es fácil de resolver, si se destruye el actual sistema social que promueve la hipergamia.

El manifiesto también es profundamente lgbtfóbico, como se nota en su constante referencia a la diversidad sexual como una degeneración promovida por los judíos. Además de degenerados, Vasquez llama a las personas homosexuales “traidores a su raza” por evitar reproducirse en lo que llama “elección increíblemente egoísta”, y aunque reconoce que algunos pueden comportarse de forma “normal”, asegura que “la soga les espera sin importar con quién decides darte por el culo”. En cuanto a las personas trans, les manifiesta repugnancia, los llama desequilibrados y enfermos mentales “tratando de forzar que su delirio se convierta en nuestra realidad”, los llama producto de una adicción al porno llevada demasiado lejos, pedófilos y abusadores, y después de negar la identidad de género les pide que “sigan su estadística, aten ese nudo y pateen la silla”.

Sorprendentemente, Clark se mantiene más parco al respecto, aunque se refiere a la izquierda como “maricas travestidos raros, fuera de forma y mentalmente enfermos” que intentan volver gays a los niños y merecen ser colgados o enviados a trabajos forzados, y les dedica unas palabras finales para que superen su “reto mental” de ser homosexuales y eviten su muerte. En su porción del manifiesto, usa más el insulto homofóbico como forma de señalar a grupos políticos como socialistas y neonazis por su debilidad de carácter, al punto que llama “opticsfags” (algo así como “maricas de la óptica”) a aquellos grupos supremacistas como NJF y Patriot Front que intentan desvincularse públicamente del nazismo.

Como pueden notar por sus ataques incluso a los neonazis, el manifiesto es crítico con todos los lados del espectro político. A la izquierda, la cuestionan por promover el progreso, la inmigración y la diversidad, por la supuesta imposibilidad de alcanzar el comunismo o incluso el socialismo, y por perder el carácter revolucionario de antaño, aunque le reconocen que al menos intentan algo y mantienen sus ideales; Vasquez espera incluso que sus acciones inspiren también a la izquierda a tomar las armas, si bien sólo para tener todos los elementos posibles acelerando el colapso. Ambos critican a la derecha conservadora por intentar conservar un sistema que necesita reconfigurarse y dejarse engañar por un estúpido como Donald Trump, y a la alt-right y los grupos supremacistas por haberse vuelto pasivos y contentarse con “redpillear a los normis” mientras evitan asumirse como nazis; como vimos en el párrafo anterior, Clark es especialmente crítico con estos últimos. Vasquez incluso dedica críticas a los centristas y apolíticos por considerarlos egoístas, consumistas y funcionales al capital.

Hay algunos otros fragmentos en los que cada uno se enfoca en sus propios intereses. Además de la diatriba sobre Ongezellig, Vasquez habla de los suramericanos como una bioarma que roba los empleos y ni siquiera mantiene el dinero que ganan dentro del país, para luego crear sus propias comunidades y creerse ciudadanos, además de acusarlos por contribuir a la introducción de especies foráneas y con ello deteriorar el medio ambiente. Por su parte, Clark llama a los paganistas (nórdicos, imagino: no es específico al respecto) a unirse con los cristianos como una sola comunidad blanca; habla de la belleza de la guerra y su lugar supuestamente ineludible de la naturaleza humana, así como del “orden natural”, el complejo industrial y la protección del “orden natural”.

Finalmente, ambos esperan que sus acciones sean emuladas a gran escala y dar inicio a la “guerra santa racial”. Ambos eran conscientes de que no iban a sobrevivir a lo que hicieron, pero contaban con que su mensaje llegue a más personas y los lleve a tomar las armas. Incluso recomiendan tácticas como la guerra de guerrillas, y seguir atrayendo jóvenes a sus filas a través de herramientas digitales como edits, memes y shitpost. Finalmente, recomiendan lecturas típicas de las conspiraciones del supremacismo blanco como Los diarios de Turner, Mein Kampf, Siege y, especialmente, el manifiesto de Brenton Tarrant, el asesino ecofascista detrás de la masacre de Christchurch y su principal inspiración -de ahí el nombre de “Hijos de Tarrant”, el cual admiten que es simple propaganda-, además de expresar admiración por muchos otros “santos”, el nombre con que se refieren a criminales históricos y asesinos de tiroteos masivos de las últimas tres décadas -incluso a Omar Mateen, responsable de la masacre de Orlando en 2016-.

Por supuesto, los fundamentos ideológicos del manifiesto son una completa basura. Las expulsiones de la comunidad judía de varios países se relacionan con diferentes contextos históricos y sociopolíticos complejos; el racismo científico es una pseudociencia perniciosa, pero pseudociencia, a fin de cuentas; la hipergamia es un concepto social, no biológico, e incluso está en decadencia como fenómeno desde hace años; y sabemos que las sexualidades diversas y las identidades no cisgénero tienen bases biológicas y naturales, de modo que no se trata de degeneración promovida. Lo que vemos a lo largo del manifiesto, por supuesto, es la regurgitación de los discursos extremistas y el odio manufacturado de los sectores más radicales de la ultraderecha fascista.

En cierta forma es lamentable, porque se puede notar en las páginas que se trata de dos jóvenes desalentados y profundamente acomplejados -en particular Vasquez- que acabaron desquitando sus frustraciones contra personas inocentes gracias a los discursos extremistas que los envolvieron. Esto por supuesto no se trata de quitarles responsabilidad de la atrocidad que cometieron, sino de señalar el papel de los discursos de odio y las narrativas extremistas en la captura y radicalización de adolescentes con profundos problemas emocionales y psicológicos. Hay un trabajo serio que hacer al respecto, y no sólo a nivel político y jurídico, sino también social.

¿Se está tomando en serio este problema?

Algo que noté mientras leía el manifiesto es que he visto parte de sus palabras replicadas en discursos que tenemos mucho más normalizados. Por ejemplo, el referirse a las personas trans como un “delirio” o como potenciales delincuentes sexuales es parte de la argumentación que suele encontrarse del feminismo transexcluyente en redes. Y llamar al islam una amenaza incompatible con las leyes y valores de Occidente es una frase que perfectamente podría haber salido del podcast de Sam Harris, o de uno de sus escritos.

Ojo: no estoy diciendo que toda TERF o ateo apoye o apruebe violencia extremista como la ejercida por Clark y Vasquez. Lo que me interesa señalar es que nos hemos habituado a discursos en apariencia democráticos y bien informados, pero que acaban teniendo un eco discursivo en ideologías mucho más radicales. Y cuando no abordamos críticamente las debilidades de los primeros, como hablar de los datos reales de acoso y violencia por parte de personas trans, o señalar que Sam Harris básicamente llama islamista radical a cualquier musulmán que se tope, estamos dejando que se cree un puente hacia la normalización de discriminaciones más evidentes que alimentan dichas ideologías radicales. La complacencia ante la mediocridad y el odio nos está dejando indefensos ante la radicalización y la violencia.

Sabiendo esto, y considerando que el terrorismo de los llamados “lobos solitarios” ha crecido en frecuencia en los últimos años, tal como señalan los propios criminales de San Diego en su manifiesto, ¿qué está haciendo, por ejemplo, el gobierno de los Estados Unidos para frenar dicha escalada? ¿Qué tan enterados están otros gobiernos de la crisis que se está incubando con todo el ecosistema neonazi y aceleracionista militante en redes?

Bien, curiosamente hace un par de semanas, la Casa Blanca publicó una guía llamada “Estrategia de Contraterrorismo de Estados Unidos” que describe la estrategia, enfoque y objetivos regionales para enfrentar las amenazas terroristas no sólo dentro de su país, sino también en el resto del mundo. Como amenazas principales, el documento señala a tres tipos de grupos: narcoterroristas y pandillas transnacionales, terroristas islámicos, y “extremistas violentos de izquierda”, que comprenden según ellos cualquier grupo antiamericano, “radicalmente protransgénero” -esto último, por supuesto, sin una definición clara-, anarquista y antifascista.

Notablemente, el terrorismo nacionalista blanco y los supremacistas neonazis, que ha sido la mayor fuente de masacres y tiroteos en las décadas recientes en el país, no aparecen en ningún lado de la Estrategia. Esto, por supuesto, no es de sorprender, pues en 2019 se reveló que el FBI llevaba años advirtiendo sin éxito a la Casa Blanca acerca del crecimiento del terrorismo doméstico, en especial de la violencia supremacista blanca. Aunque con Obama ya enfrentaban ciertas limitaciones de acción por temor ante las consecuencias políticas de hablar de terrorismo blanco, durante el primer mandato de Trump se detuvo por completo el enfoque en este problema, y los recursos para enfrentar el extremismo doméstico se redirigieron al terrorismo islámico.

Puede que Trump no lleve un brazal con esvástica, y la mitad del tiempo parezca un orangután en alprazolam, pero está consciente de que buena parte de su apoyo político en sus dos períodos viene de la alt-right y los sectores más ultraconservadores e incluso radicales del espectro político, dentro y fuera del Partido Republicano. Por mucho que no les exprese apoyo público, no se va a arriesgar a antagonizarlos a través de las autoridades, mucho menos cuando ya está perdiendo apoyo popular, y se prevé una potencial derrota para el Partido Republicano en las elecciones intermedias de noviembre. Ni siquiera el hecho de que los groypers y los aceleracionistas militantes lo consideren también un traidor e inepto, o que el asesinato de Charlie Kirk podría estar vinculado a su feudo con Fuentes y los primeros, van a convencerlo de tomar el riesgo de denunciar el terrorismo blanco.

Recuerden que supremacistas blancos y groypers fueron parte de la horda trumpista que asaltó el Capitolio el 6 de enero de 2021 para desconocer el resultado de las elecciones presidenciales de 2020.

No es que sus áulicos lo hagan mejor. Ni bien había pasado un día de la masacre en el Centro Islámico, y ya había posts en Twitter de influencers de derecha, como Nick Sortor, afirmando que los asesinos eran una pareja transgénero, algo fácilmente desmentido no sólo por las declaraciones de la policía, sino también por las de los propios jóvenes en el mencionado manifiesto. A estas alturas, ya es de manual que cada asesino relámpago o terrorista detrás de la masacre más reciente del momento sea acusado por la derecha y la ultraderecha estadounidense de ser trans, y que supuestamente son los mayores responsables de estos homicidios, una tesis completamente falsa que no obstante se niega a morir, y que no es más que el reflejo del clima transfóbico en Estados Unidos en estos últimos años.

Y si creían que el ataque a una comunidad musulmana iba a inspirar algo de empatía sobre este grupo demográfico, mejor esperen sentados. Aparte de que algunos medios parecían más preocupados de destacar las sinagogas cerradas tras el atentado en lugar de hablar del propio Centro Islámico, el atentado se enmarca en medio de la creciente retórica islamófoba en Estados Unidos antes y después de lo ocurrido. Destaca en particular la influencer trumpista Laura Loomer, conocida por afirmaciones horribles como declararse orgullosa islamófoba en 2017 y sugerir dar de comer inmigrantes ilegales a los aligátores, quien tras el ataque al Centro Islámico declaró que la mejor forma de garantizar la salud de la comunidad musulmana es deportarlos a todos a Oriente Medio.

Aun cuando las autoridades y los medios de comunicación podrían reconocer que Clark y Vasquez actuaron impulsados por motivos de odio, es altamente probable que enmarquen el atentado como la acción de otros de los tantos “lobos solitarios”, que es como suelen referirse a los terroristas domésticos blancos. Y esta narrativa es problemática, no sólo porque, como ya he mencionado antes, esos “lobos solitarios” de los últimos años pueden hacer parte de estructuras descentralizadas, ignoradas por muchos, que adoptan este tipo de estrategia terrorista, sino que además se corre el riesgo de caer en sesgos analíticos.

De hecho, ya se ha observado que tanto medios como fuerzas del orden usan este concepto con un claro sesgo racista, como una suerte de exculpación a los asesinos blancos de la etiqueta de “terrorista”. Así, mientras que personas como Tyler Robinson, el asesino de Charlie Kirk, serían consideradas “lobos solitarios” o jóvenes con graves problemas mentales, tanto por los medios como por el ecosistema político conservador -lo que de hecho pasó en cuanto se reveló que Robinson no era ni trans ni izquierdista-, un extranjero o miembro de una minoría no blanca, como el ya mencionado Omar Mateen, es calificado de inmediato como “terrorista”. Igualmente, es más fácil que los actos de Robinson y los jóvenes del reciente atentado en San Diego sean llamados crímenes de odio sin ubicarlos dentro de la estructura terrorista del aceleracionismo neonazi.

Los patrones de sesgo de los medios de comunicación en cuanto al cubrimiento de terrorismo ya han sido identificados con anterioridad. Y es un problema doble: no sólo refuerza la negativa de las instituciones oficiales a reconocer el terrorismo doméstico gestado desde el supremacismo blanco y la naturaliza ante el público, sino que también contribuye a perpetuar el estigma hacia comunidades no blancas, especialmente los musulmanes. Esto, combinado con el uso de un falso balance a la hora de presentar posturas radicales y sin fundamento, como el brindar espacio a ultraderechistas como Fuentes y Nigel Farage, o el cubrimiento desproporcionadamente negativo hacia la comunidad trans, convierte a los medios de comunicación en otra parte activa de la normalización de discursos extremistas que pueden alimentar los delirios terroristas.

Las autoridades alrededor del mundo no se han quedado tan dormidas como Estados Unidos o Reino Unido acerca del peligro de este terrorismo, e intentan combatir las redes de grupos aceleracionistas, así como identificar a los jóvenes que pueden ser víctimas de su radicalización. No obstante, como mencioné, no es una tarea fácil, en parte de nuevo por su carácter descentralizado y elástico en estructura, y en parte porque, como vimos con el caso reciente de la “academia de violación”, varias compañías y plataformas son demasiado permisivas ante las formas más irónicas y tenues de discursos extremistas que sirven como puerta de entrada a la radicalización. Para colmo, muchos de esos grupos cuentan a su vez con plataformas y canales propios autofinanciados, lo que hace aún más difícil su persecución.

El trabajo no puede ser sólo de las autoridades. Conocer las estrategias y organización de las nuevas derechas radicales es necesario para poder identificar y contrarrestar su influencia, y esa es una tarea en la que también debemos participar desde las bases. Necesitamos recuperar los espacios sociales que mantienen alienados a los jóvenes, no sólo dentro de la Internet, sino también en los colegios, las calles, los barrios. Es necesario restaurar también los vínculos positivos, humanos, entre las personas, recordar la fuerza que nace de la colectividad y el apoyo mutuo. En palabras de la trabajadora social Nancy Méndez, “disputar la hegemonía del odio con una épica de la solidaridad que sea más seductora que la estética de la destrucción”.

Conclusiones

El auge de movimientos aceleracionistas neonazis es una evolución de las derechas más radicales, aquellas con una visión política que va más lejos de la simple conservación o regresión de las instituciones. Pero su éxito también es un síntoma de los efectos socioeconómicos y psicológicos de las desigualdades sociales, exacerbadas por las contradicciones del modelo capitalista. Por ello, estos grupos buscan no sólo propagarse, sino perpetuarse a largo plazo como una opción política e ideológica en las décadas por venir.

Recuperar a la juventud y las futuras generaciones requiere no sólo que confrontemos directamente sus argumentos y estrategias, sino también ofrecer alternativas sólidas y atractivas tanto al modelo actual como a las propuestas fascistas del aceleracionismo militante. Necesitamos ser más radicales en la búsqueda por cambios, sin dejar de lado el humanismo y la cooperación. De este modo, podremos evitar que otros jóvenes acaben tomando un arma para abrir fuego contra aquellos que han sido designados como sus adversarios, pero que no son más que otras víctimas de un modelo opresivo y corrupto.

Para saber más

Este ensayo de dos partes acerca de las formas en que la derecha radical contemporánea se ha diversificado, escrito por Don Diego de la Vega -miembro del colectivo socialista anarquista Liza- y publicado en el portal Regeneración Libertaria, y que sirvió como fuente para parte de la información presentada en este ensayo. Créditos al autor.

 

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