Tenemos que hablar de la “academia de violación”
Advertencia: la siguiente entrada habla de un tema fuerte como es el abuso sexual. Se recomienda discreción.
Introducción
En 2024, el mundo se estremeció con el caso de Gisèle Pelicot, una mujer francesa que renunció a su derecho al anonimato como víctima en un juicio por violación. Cuando su marido Dominique fue arrestado cuatro años antes por tomar fotos bajo la falda de una mujer en un supermercado y la policía revisó su celular, encontraron evidencia de que Gisèle había sido violada tanto por él como por otros hombres. La investigación subsecuente reveló que, entre 2011 y 2020, la señora Pelicot había sido drogada por su marido y ofrecida por él para que docenas de hombres abusaran de ella mientras se encontraba inconsciente.
El caso generó sorpresa
e indignación a nivel internacional, no sólo por la escala del crimen, sino
también por la estructura organizada detrás de ello. Dominique creó un foro de
Internet llamado “Sin que ella lo sepa” en el chat en línea Coco, en el cual
compartió el material que grababa de su abuso, y contactó a otros hombres que
deseaban abusar de Gisèle. Se reunía con ellos por Skype y les daba reglas e
instrucciones de cómo actuar para que su esposa no sospechara. Pronto empezó
también a contactar con hombres que presumían de drogar y violar a sus propias
esposas, e incluso acudió a la casa de uno para participar del crimen. La
señora Pelicot tenía lapsos de memoria y empezó a desmejorar su salud, pero Dominique
se encargaba de acompañarla siempre al médico para culpar de su agotamiento al
trabajo de cuidar a sus nietos, de modo que nunca se levantaron sospechas.
Las autoridades lograron establecer que hubo al menos 72 distintos perpetradores de los abusos a Gisèle, de los cuales 52 fueron identificados, hombres entre 21 y 68 años en el momento de los crímenes, muchos con pareja e hijos. Nadie denunció nunca lo que estaba ocurriendo. Ninguno de los hombres contactados en aquel foro de Coco, abusadores o no, acudió a las autoridades. Si Dominique Pelicot no hubiese sido arrestado en aquel supermercado, es muy probable que los crímenes hubiesen continuado.
Este caso ya reta
bastante la clásica respuesta “Not All Men (No todos los hombres)” que se suele
dar ante los casos de abuso sexual que se conocen regularmente y las críticas
desde los movimientos feministas, puesto que incluso si no todos los hombres
contactados por Dominique participaron de las violaciones, nadie se atrevió a
denunciar nada. Y desafortunadamente, la reciente revelación de una “academia
de violación” de escala internacional ha desnudado que el problema del abuso
sexual femenino ha escalado a un nivel sistemático que se beneficia de la
permisividad en Internet, se alimenta de la misoginia que prolifera desde
distintas aristas de la red, y se beneficia del silencio cómplice de millones
de varones.
La investigación de la CNN
En 2018, CNN inició el
proyecto As Equals, una serie de reportajes enfocados en revelar las formas que
puede tomar la inequidad de género, no sólo en los grandes retos globales de la
actualidad como la inequidad económica o de salud y la migración masiva, sino
también en temas considerados tabú y poco reportados en varias partes del
mundo. De acuerdo con su
artículo de preguntas frecuentes, teniendo en cuenta
que la mayoría de las instituciones y normas sociales han sido creadas por los
hombres y para los hombres, generando grandes retos para las mujeres, “As
Equals pretende poner un reflector sobre estos temas y reportar al respecto en
formas que profundicen su comprensión global y produzcan un impacto tangible”.
El último reportaje fue
una investigación realizada a lo largo de un mes, en el cual las periodistas
Saskya Vandoorne y Niamh Kennedy se infiltraron en un grupo de chat de una
página pornográfica para descubrir, a raíz de una denuncia realizada por dos
periodistas alemanas, a una
comunidad de hombres que suben material de ellos abusando sexualmente de sus
esposas drogadas al sitio, y que intercambian consejos
sobre cómo drogar a sus parejas e impedir que lo descubran.
La página, Motherless,
alberga más de 20 mil videos de contenido de “sueño”, que se supone reproducen
las fantasías de tener sexo con una persona inconsciente. Sin embargo, como
reveló la investigación de CNN, muchos de estos videos se tratan de hombres que
drogan a sus esposas y abusan de ellas, incluso grabándose mientras les abren
los párpados para que se pueda comprobar que están totalmente inconscientes. Es
entre la comunidad de “sueño” que las investigadoras encontraron no sólo una
red de sujetos que se aconsejaban entre sí, sino también ventas de “líquidos
somníferos”, anuncios de transmisiones en vivo del abuso de mujeres con ofertas
en pago, y otros que presentaban fragmentos de transmisiones previas de sus
crímenes.
Vandoorne y Kennedy
contactaron directamente con un hombre polaco al que llaman “Piotr” en la
investigación, el cual habló abiertamente de cómo abusaba de su esposa sin que
esta sospechara nada, e incluso les compartió su dirección. Sin embargo, cuando
se acercó el momento de encontrarse, “Piotr” se resistió a hacerlo, de modo que
el equipo de CNN fue a su pueblo de origen en Polonia a buscarlo. Lo
identificaron junto con su esposa, pero para evitar escenas, entregaron la
información recopilada a la policía. Una actualización de este mes menciona que
las autoridades polacas arrestaron a un hombre por violación agravada, y aunque
no se confirmó oficialmente su identidad, los medios locales reconocieron al
hombre arrestado como “Piotr”, el cual podría enfrentar hasta 20 años en
prisión.
La investigación
también incluye el testimonio de tres mujeres sobrevivientes de lo que se
conoce como abuso sexual facilitado por drogas (DFSA, por sus siglas en inglés)
a manos de sus esposos. Una de ellas escuchó la confesión casualmente de su
propio marido, y asegura que uno de los aspectos más duros de todo este proceso
ha sido que mucha gente ni siquiera reconoce lo que él le estaba haciendo como
violación al tratarse de su marido, al punto que ella misma duda a veces de
usar la misma palabra. Otra despertó algunas veces mientras su esposo abusaba
de ella, pero él intentaba convencerla de que estaba imaginando cosas por su
medicación, aun cuando le dejaba obvias secuelas físicas del acceso violento.
La tercera descubrió los videos que su esposo de 20 años guardaba de las
violaciones, y aún se encuentra en tratamiento psicológico por el trauma; ella
señala que, tal como Dominique Pelicot y “Piotr”, su esposo pasaba bastante
tiempo en redes sociales, probablemente informándose de cómo preparar la situación
para cometer sus crímenes.
La investigación ha sido tan reveladora como sombría, no sólo por los delitos cometidos, sino porque los foros revelan una estructura comunitaria en la que sus miembros crean vínculos entre sí y refuerzan mutuamente sus necesidades egoístas y narcisistas de violencia sexual. De acuerdo con una psicóloga que evaluó a la mitad de los hombres detenidos en el caso Pelicot, la emoción del abuso no venía sólo del delito en sí, sino de saber que era algo que compartía con muchas otras personas, de la dinámica colectiva en torno al delito. Un sentimiento perverso de hermandad.
Tanto este caso como el
de Gisèle Pelicot revelan, tanto por los delitos como por el alcance incluso
internacional, que hay un problema global en el mundo digital con comunidades
de varones que comparten visiones misóginas y violentas de cómo relacionarse
con una mujer, y que llega mucho más lejos que los discursos antifeministas que
típicamente encontramos en sitios como Twitter. Son foros donde los hombres se
preparan entre sí para ser depredadores sexuales exitosos. Una legisladora
francesa ha llegado a referirse a este fenómeno como una academia de violación
en línea.
De acuerdo con el
reportaje de CNN, determinar la extensión y frecuencia del DFSA es muy difícil,
debido a que muchos sistemas judiciales no tienen un sistema de monitoreo
específico para este tipo de delitos o no lo incluyen como una categoría
separada en sus cálculos estadísticos; y los equipos médicos y de policía
tienen poco entrenamiento para reconocer las señales de DFSA. Por otro lado, se
cree que también existe un subreporte de los casos, debido a que muchas
víctimas sienten culpa o incluso responsabilidad por lo ocurrido, y evitan
acudir a las autoridades.
El problema, entonces,
va más allá de estos foros. Que existan es bastante problemático, pero son
síntomas de problemas mucho más graves. Por lo tanto, tenemos que hablar de las
condiciones que dieron lugar a situaciones como el foro “Zzz”: la permisividad
de las plataformas en línea y, sobre todo, la misoginia normalizada en
distintos niveles a través de la sociedad.
La misoginia como
estructura terrorista
Tal como mencionó una
de las víctimas de DFSA que contó su historia para CNN, uno de los problemas
que enfrentó al descubrir y contar lo que su esposo había hecho es que, para
algunas personas, no parecía ser algo tan grave porque, después de todo, seguía
siendo su esposo. Esto habla del problema que seguimos teniendo para entender
la importancia del consentimiento del otro en una relación sexual, incluso
dentro del matrimonio. Y quiero empezar la sección mencionándolo, porque hoy en
día existen también muchos hombres que legítimamente no comprenden por qué exigir
sexo dentro del matrimonio es considerado misoginia.
Solemos pensar en la
misoginia simplemente como el odio o la aversión hacia la mujer. Pero es algo
mucho más complejo. En
palabras de Annika Scharnagl, del Instituto
Austríaco para Asuntos Internacionales, “la misoginia abarca actitudes,
narrativas, y prácticas que expresan hostilidad hacia las mujeres, oponiéndose
a la igualdad, y reforzando la subordinación de la feminidad patriarcalmente
construida”. No se trata sólo del discurso de supremacía masculina en la
manósfera y las ideologías red pill, sino también de la normalización
cotidiana de la misoginia y el sexismo a través de narrativas políticas que
enmarcan la igualdad de género como una amenaza a los valores familiares o
cohesión social, y que terminan moldeando la conducta electoral de los jóvenes,
especialmente los varones, algo que ha ayudado al crecimiento de la extrema
derecha en las llamadas naciones occidentales.
Por supuesto, la
misoginia no se construye ni perpetúa únicamente a través de discursos verticales.
Cuando se comenta sobre la violencia contra la mujer, se suele responder con el
mensaje “Not All Men” (No todos los hombres), para indicar que la mayoría no
caemos en los actos misóginos más atroces, como el feminicidio o el abuso
sexual; que es una problemática seria, mas no una relacionada a la condición de
ser hombre. Es por supuesto una reacción comprensible, y la frase en principio
es cierta.
No obstante, el problema es que tales violencias no son simples eventos aislados, sino la expresión máxima de la misoginia normalizada en la sociedad. De hecho, la misoginia que encontramos en posiciones de poder no es más que un reflejo de la propia estructura sexista dentro del tejido social, una en la que la mayoría o -me arriesgaré a decirlo- todos los hombres hemos participado en algún nivel en algún momento. Como lo explica este video, necesitamos entender el problema de la misoginia normalizada a diferentes niveles, como un espectro o, como la define Emma Pitman, una pirámide colaborativa. En la punta de la pirámide se encuentran los crímenes más extremos, pero a medida que bajamos niveles nos encontramos a aquellos hombres que golpean y manipulan a las mujeres; aquellos que ejercen abuso verbal y psicológico, como acosar a mujeres en redes, o compartir fotos íntimas; aquellos hombres que insisten luego de un “no”; los apologistas que responsabilizan a una víctima de abuso por lo ocurrido o se enfocan en que hay una “cacería de brujas”; y, finalmente, en la base de la pirámide, aquellos que se toman estas situaciones menos extremas a la ligera o que simplemente ignoran el problema.
Lo que estoy
describiendo arriba no se trata de simples conjeturas o abstractos de cómo se
estructura la misoginia. Cuando escuchas los comentarios de mujeres en redes
sociales y en conversaciones, pronto descubres no sólo que la mayoría de ellas
han sufrido algún nivel de misoginia desde pequeñas, sea acoso en la calle o
abuso directo, sino que también reconocen y denuncian que todas estas conductas
estén tan normalizadas por la sociedad, y en particular por los varones.
¿Significa esto que
todos los hombres son violadores en potencia? No, ese no es el punto. Lo que
refieren estos análisis es que los actos menores ofrecen una base social de
indiferencia o entretenimiento que da lugar a que se escalen las acciones
misóginas sin temor a retribuciones. Es una estructura colaborativa porque se
construye a través de la suma de acciones individuales, tanto de aquellos con
los medios políticos o legales para ejercer un cambio como de aquellos que no
los poseen.
El problema es que, como
han revelado el juicio Pelicot, el caso de Motherless y el chat “Zzz” en
Telegram, ya no se trata solamente de una estructura en términos sociológicos,
sino también de que la misoginia se ha convertido en una serie de estructuras criminales
que se favorecen del anonimato en redes y la laxitud de las plataformas.
Estamos hablando de comunidades enfocadas en cometer delitos sexuales contra
mujeres sin que ellas puedan defenderse y sin ser capturados. La escala
inquieta: la página Motherless recibió 62 millones de visitas tan sólo
en febrero, en su mayoría desde Estados Unidos, con una subida de 20 millones
más al mes siguiente, y los videos de “sueño” tienen miles de visitas, algunos
siendo efectivamente grabaciones de DFSA. Y pueden tener la seguridad de que no
son las únicas comunidades dedicadas a este tipo de crímenes en Internet.
Otra cosa horrible es
que esta situación resalta de nuevo la vulnerabilidad que sufren millones de
mujeres. El exterior es incómodo por la probabilidad de acosos, tocamientos
indebidos, ser agredidas en la calle o drogadas en un bar o una fiesta. La
Internet puede ser horriblemente tóxica gracias a la presencia de misóginos,
masculinistas e incels que se expresan de forma espantosa contra ellas, sin
mencionar a los antifeministas y al típico baboso más caliente que oreja de
olla. Incluso la casa, el ambiente familiar, puede ser peligroso por las
situaciones de maltrato familiar, la manipulación, el abuso sexual infantil o
marital, y ahora ni siquiera pueden confiar en aquella persona con la que han
convivido por décadas.
Destaco de nuevo el ambiente
en línea dado que, teniendo a la manósfera y el ultraconservatismo religioso,
por un lado, y a los degenerados de la “academia de violación” por el otro,
tenemos un ambiente que no sólo capta a otros hombres jóvenes a un discurso
altamente misógino, sino que también provoca que las mujeres se acaben
autocensurando y manteniéndose en silencio en redes. Esto no sólo afecta dentro
de la Internet, sino que también provoca que las comunidades de apoyo entre
mujeres se fragmenten fuera de ella, silenciando voces importantes que se
manifiestan contra este clima de violencia y
por consiguiente retroalimentando el sexismo y la misoginia.
Esto, por supuesto,
funciona de maravilla para estos grupos de misoginia extrema. El silencio de
las mujeres, su desaparición de espacios públicos y en línea, la pérdida de la
energía de lucha, permite la dominancia de narrativas reaccionarias que abogan
por el regreso a roles de género tradicionales, en los que las mujeres sólo
deben cumplir con la labor de tener hijos y atender el hogar. Esta estructura
misógina se fortalece al agredir y violentar verbal, física y sexualmente a las
mujeres, ya que con ello buscan despojarlas de agencia propia. Y esto, generar
cambios sociales a través del miedo y la violencia a un nivel sistémico,
perfectamente puede ser considerado terrorismo.
No me estoy yendo por una pendiente resbaladiza al afirmar esto. Hemos visto, por ejemplo, casos como el de Argentina, donde ha proliferado en años recientes un discurso misógino y antifeminista de la mano con el libertarianismo como reacción a los movimientos feministas, uno que incluso banaliza los femicidios, al punto de que ya han ocurrido femicidios notables como el caso de Pablo Laurta y el reciente de Valentín Alcida, personajes abiertamente seguidores de dichos discursos. Existen también tendencias en redes como TikTok en Brasil mostrando videos de “qué hacer cuando ella te dice que no”, los cuales involucran ataques físicos. Ni hablemos de los típicos videos de “esta es la verdadera igualdad de género” que presentan brutales agresiones contra mujeres como justicia.
Y puedes encontrar en
redes reacciones de usuarios que no sólo responsabiliza a las víctimas de estas
acciones, sino que de hecho celebra las acciones de dichos hombres, y lo ven
como reacciones esperables y hasta deseables ante una ruptura, un desengaño o
simplemente manifestarse en contra de un acto de acoso. No es sólo
normalización de la violencia: es una instrumentalización de la misma como una
acción reivindicativa, tal como en efecto han hecho grupos terroristas a lo
largo del mundo y de la historia.
No podemos seguir tratando
estas situaciones como
si fuesen simples casos aislados, como si todos estos
discursos no partieran de una matriz profunda de acciones e ideas que
construyen y refuerzan el machismo y la misoginia. No podemos seguir creyendo
que este tipo de discursos son inocuos, que las conductas en redes sociales no
pueden reflejar el mundo real. Decir “no todos los hombres”, simplemente, no es
suficiente.
Por supuesto, no soy
esencialista, y que reconozca una problemática tan profunda no significa que
crea que es inherente a nuestra condición de varones, o que sea algo inmutable
e imposible de moldear y superar. No obstante, retomaré este tema más adelante,
porque es necesario antes de ello abordar también la incapacidad de las
plataformas en línea para identificar y sancionar con tiempo los espacios en
los que se han construido estas “academias de violación”.
¿Dónde está la responsabilidad empresarial?
El chat “Zzz” vinculado
con Motherless está lejos de ser la única polémica de Telegram con contenido
sexual delictivo. La revista tecnológica Wired reportó a inicios de
abril que miles
de hombres hacen parte de comunidades en dicha red social donde se promocionan
y vender herramientas de hackeo y vigilancia,
las cuales son usadas para espiar y acosar a esposas o amigas. De acuerdo con
la investigación realizada por una ONG, dichas comunidades también hacen se
involucran en distribución de material de abuso, incluyendo deepfakes y
contenido de abuso sexual infantil. Más de 24 mil miembros de Telegram tan sólo
en España e Italia han contribuido a compartir 82.723 archivos de imágenes,
videos y audios de este tipo de contenido.
Ya que hablamos de los deepfakes,
recordemos que esta
tecnología se ha convertido en un problema en las escuelas en años recientes,
como se ha denunciado en varios países, en los que adolescentes crean imágenes
falsas de contenido sexual con fotos de sus compañeras. Y por supuesto el
escándalo que ocurrió cuando Twitter agregó el atributo de modificar imágenes
en el sitio con su IA Grok, lo que dio lugar a la
generación de desnudos sin consentimiento y contenido de abuso sexual infantil.
¿Están haciendo
suficiente las compañías para limitar el contenido ilegal? Durante la
investigación de la CNN, el grupo “Zzz” fue dado de baja por Telegram. La
empresa no respondió a las preguntas del sitio de noticias al respecto, sólo
con un comunicado general mencionando que el contenido que promueve la
violencia sexual está estrictamente prohibido en Telegram, y que tienen a sus
moderadores trabajando con herramientas virtuales para detectar y eliminar este
tipo de contenidos y las cuentas asociadas. Por su parte, el fundador de Coco,
el sitio web utilizado por los violadores en el caso Pelicot, está a la espera
de un juicio por permitir que en el sitio se promovieran y coordinaran diversos
tipos de delitos, entre ellos el abuso sexual, mientras que recientemente se ha
denunciado que Coco volvió a estar en línea con un nuevo nombre.
Las sanciones a
Motherless han sido menos fructíferas. Debido a protecciones de puerto seguro
en Estados Unidos, los dueños de la plataforma no pueden ser hechos
responsables por el contenido que cargan sus usuarios, y aunque los reguladores
de servicios de comunicación en Reino Unido investigaron a la compañía hermana
del sitio el año pasado por sospechas de una evaluación inadecuada de riesgo de
contenido, el proceso fue cerrado. No obstante, en febrero lograron multar a la
compañía por temas de verificación de edad.
Hablar sobre Motherless
es también hablar de la industria pornográfica. El sitio se presenta a sí mismo
como “un sitio de almacenamiento de archivos libres de moral donde cualquier
cosa legal se alberga para siempre” pero, como hemos visto con el presente
caso, la legalidad del contenido asociado a determinadas categorías de fetiches
puede ser vulnerada con poca dificultad. Y no es la primera vez que ocurre:
hace unos años una investigación encontró que Pornhub, el sitio de contenido
pornográfico más importante del mundo, albergaba
gran cantidad de videos de abuso sexual, porno de venganza y abuso infantil,
por lo cual tuvo que realizar varias modificaciones en la subida y descarga de
contenidos, la verificación del material, y la invalidación de algunas palabras
clave en el botón de búsqueda.
La industria del porno
es otro tema bastante complejo del que hablar aparte -Marina Golondrina explica
un poco al respecto en
este hilo de BlueSky-, pero para lo que nos ocupa hoy
tenemos que resaltar lo sucedido con los dos sitios mencionados. No es mi
propósito cuestionar los fetiches y gustos individuales o los juegos de rol,
como hacerse la dormida o una fantasía agresiva, pero sí es preocupante que en
estos portales ocurran fallas tan graves a la hora de evaluar el contenido
subido. ¿Cómo puedes saber entonces que lo que estás viendo es una fantasía
compartida o un abuso real? ¿Qué están haciendo realmente los sitios para
verificar este tipo de material? ¿Qué hacen cuando detectan que en efecto se
trata de violación? Cuando estas páginas, como señala Marina, se convierten en
plataformas de difusión para el terrorismo misógino, ¿dónde está la
responsabilidad de sus creadores, sus administradores?
Si se pretende que las
empresas puedan trabajar sin demasiadas intervenciones, incluso las
pornográficas, es necesario que actúen con verdadera responsabilidad. No se
pueden quedar sólo en revisar el contenido que suben los usuarios, sino también
tener en cuenta los algoritmos de búsqueda, para desincentivar o eliminar la
presencia de contenido violento. No necesariamente porque haya un vínculo entre
consumo de pornografía y violencia sexual, sino porque hay determinados
fetiches a los que no les sirve la normalización sin una construcción fuerte de
la cultura del consentimiento y la reciprocidad en nuestras sociedades, algo
que se debate incluso entre comunidades como la BDSM. Y dicha construcción va a
tener que empezar desde abajo, de parte de los principales consumidores de este
tipo de contenido: los varones.
Y siendo que nos
referimos a toda esta estructura misógina en redes como terrorismo, entonces
debemos también empezar a plantearnos exigir medidas más contundentes por parte
de plataformas como YouTube, TikTok o Twitter. Hay demasiado contenido en estas
redes enfocado en discursos masculinistas y misóginos dirigidos sobre todo a
jóvenes, y no pocos apoyando el uso de la violencia y la deshumanización de la
mujer. Y no podemos seguir pretendiendo que esto se debe permitir bajo el
argumento de la libertad de expresión, o que se tratan simplemente de
comunidades aisladas sin ningún efecto a nivel social. Tenemos que empezar a
tratar estos discursos como el peligro potencial que son, y actuar en
consecuencia.
Destruir el pacto de silencio
Comentaba un par de
secciones atrás que la mayoría, si no es que todos los hombres, hemos
participado de alguna forma en la misoginia normalizada dentro de nuestra
sociedad. Unos a mayor nivel que otros, otros dejaron de hacerlo hace tiempo,
pero siempre ha habido algún nivel de participación o beneficio. Es
prácticamente ineludible, de nuevo, no por alguna característica intrínseca del
sexo masculino, sino por la forma en que somos socializados, como se nos ha
criado y educado constantemente a través de las generaciones.
Pero esto no es motivo
para quedarse en la culpa o sin saber cómo actuar después. Como bien he dicho,
muchos hombres han dejado de contribuir a los niveles inferiores de la
pirámide, ya sea abandonando actos aparentemente cotidianos como piropos o chistes
sexistas, o enfrentando directamente a quienes promueven discursos misóginos
dentro y fuera de espacios digitales. Y eso es porque, al tratarse de conductas
socializadas, las acciones misóginas pueden desaprenderse. Ya se ha
hecho progresivamente: por ejemplo, la violación marital dejó de ser protegida
legalmente en varios países, así como matrimonios arreglados o infantiles. Las
mujeres han adquirido derechos como el voto universal, trabajar y poder vivir
sin depender de un hombre, e incluso el decidir sobre tener o no hijos.
Por supuesto, estos cambios son vistos con recelo y preocupación por muchos sectores conservadores, que consideran que la irrupción de la mujer en ámbitos públicos que antes les estaban vedados alteran el equilibrio social. Al mismo tiempo, el capitalismo asimiló el amor romántico y la sexualidad, convirtiéndolos en bienes y jerarquías sociales, en señales de estatus en un mundo individualista que los convierte en méritos, y donde la soltería acaba siendo vista como un fracaso de la voluntad propia. Muchos jóvenes, especialmente varones, no pueden ajustarse a estas nuevas dinámicas, ni logran construir formas saludables de interacción con el sexo opuesto bajo la presión de la hipersexualidad social.
Esta lógica
individualista mercantil, donde el sexo se convierte en una meta en lugar de
una expresión profunda de vínculos afectivos, ha producido hombres ansiosos y
profundamente acomplejados. Esto es aprovechado por sectores de la ultraderecha,
quienes les ofrecen una diana hacia la cual descargar su ira y frustración: son
los movimientos sociales, especialmente el feminismo, quienes han afectado su
búsqueda de pareja, ya que al ser más independientes las mujeres pueden ser más
“selectivas” con su elección de compañero, elegir una mujer, o incluso no
elegir a nadie en absoluto. Bajo esta narrativa, sólo les importa la belleza y
el dinero. La justicia sexual y afectiva para los hombres, entonces, se
encontraba en ese orden previo de las cosas, donde las mujeres permanecían
sujetas a la voluntad de su marido, y debían cumplir con sus deberes en el
lecho, independiente de sus deseos al respecto.
Y sobre esta narrativa
se han edificado los ataques actuales a los derechos de las mujeres en Estados
Unidos, por ejemplo. El Proyecto 2025, respaldado
por Trump, se ha propuesto eliminar el derecho al
aborto y el acceso a anticonceptivos, privándolas de manejar sus derechos
sexuales y reproductivos, y recientemente desarrollaron
un proyecto aún más radical. Hay un movimiento
nacionalista cristiano que
busca derogar la Enmienda 19, quitándoles así el
derecho al voto. El nazi ultracatólico Nick Fuentes, tan blanqueado en tiempos
recientes por medios y personalidades republicanas, ha
afirmado que las mujeres deberían a “gulags de cría”,
sin otro trabajo que parir.
Tal como escribió John
Pavlovitz en
The Kansas City Star, si realmente queremos
que decir “no todos los hombres” tenga un valor real, si queremos recuperar a
nuestro género de aquello en lo que se ha convertido, y en lo que aún puede
llegar a empeorar, tenemos que empezar a manifestarnos en contra de todo esto.
Necesitamos oponernos a la mutilación de los derechos de las mujeres,
enfrentarnos directamente a todo energúmeno que propague un mensaje misógino en
redes, en las calles, en un espacio político. Necesitamos acabar con la
deshumanización de las mujeres.
Y no sólo hablo a nivel político. Incluso si propuestas aberrantes como la de Fuentes o los nacionalistas cristianos no existiesen todavía, evitar que surjan requiere de un trabajo activo tanto hacia arriba como a los lados de la pirámide. Es importante desaprender las acciones misóginas, confrontar el machismo de comentarios inapropiados, chistes sexistas o piropos no solicitados en las calles. Se requiere entender plenamente lo que significa el consentimiento, comprender que la otra persona en la relación tiene tantos derechos y libertad como tú. Debemos desmantelar la estructura misógina que se beneficia de nuestras acciones, de nuestras palabras y, sobre todo, de nuestro silencio.
Pero el trabajo no se
limita sólo en corregirnos a nosotros mismos a nivel individual, sino también
en establecer un diálogo con las generaciones más jóvenes, las más susceptibles
a ser influenciadas por los discursos tóxicos de la manósfera y la extrema
derecha. Tenemos que hacerles entender que el problema de su soledad no yace en
el feminismo o el “marxismo cultural”, sino en las dinámicas establecidas por
el capitalismo, que arrebatan hasta la posibilidad de tener pareja, mientras
que los responsabilizan a ellos mismos de sus fracasos. La solución no está en
volver a las viejas formas misóginas; yace en despojar al romance y el sexo de
los elementos capitalistas y neoliberales de hoy, empezar a cultivar relaciones
sanas con el sexo opuesto, a reconocer y manejar nuestras propias emociones en lugar
de suprimirlas porque “no es de hombres llorar”, a saber aceptar los rechazos
con madurez, y respetar a nuestras parejas cuando por fin formamos un vínculo
afectivo.
Y por supuesto, pensar
en forma colectiva también requiere dejar de guardar silencio cuando nos
encontramos con actitudes machistas y misóginas. Si vemos a hombres acosando en
redes o en la calle, nos corresponde enfrentarlos. Si sabemos de alguien que
usa el licor o drogas para facilitar tener relaciones con mujeres, aunque sea
un amigo o alguien cercano, tenemos que confrontarlo. Si nos enteramos de un
acto de violencia física, psicológica o sexual, nos guste o no, tenemos que
intervenir. No porque tengamos algún deber esencial como protectores de las
mujeres, sino porque es lo que deberíamos hacer por cualquier ser humano, y lo
que nos corresponde como parte de una sociedad que requiere mucha más
cooperación.
¿Es fácil una tarea así?
Por supuesto que no. Incluso cuando nos proponemos desaprender tantas
costumbres que vienen de una cultura androcéntrica, no es raro volver a caer en
ellas. A mí me ha pasado: algún comentario imprudente, una mirada inapropiada,
y me lo han hecho saber. Somos susceptibles a volver a cometer errores. El caso
es estar conscientes de ello, y seguir esforzándonos en evitarlos, y en
reconocerlos y disculparnos cuando lo hacemos. Es nuestro deber construir una
nueva estructura, una que reconozca a las mujeres no como simples trofeos o
promesas reproductivas, sino como personas que merecen nuestro respeto y que
actuemos con ellas como con cualquier ser humano.
Conclusiones
Algo que no he
mencionado en esta entrada son los muchos problemas burocráticos y legales que
contribuyen a grandes niveles de impunidad en los casos de abuso sexual en
muchos países. Aquí tenemos también un trabajo importante que hacer, ejerciendo
presión tanto desde abajo como por parte de quienes tienen la influencia o el
poder económico para hacerlo. Por supuesto, eso también requiere enfrentarse a
aquellos abusadores que aprovechan la misoginia desde su propia posición de
poder.
El hecho es no quedarse de brazos cruzados y darnos palmaditas en la espalda por no ser abusadores. Sucesos como la “academia de violación” son un recordatorio de que la misoginia ha pasado de ser cotidiano, pero peligroso, a la base de organizaciones criminales que se alimentan de nuestra indiferencia. Es tarea de todos ir quebrando todos los niveles de la pirámide de todas las formas posibles y hacer polvo sus restos, de modo que podamos desterrar cada aspecto de la estructura misógina que alimenta estos discursos extremistas.

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