jueves, 26 de febrero de 2015

La insufrible dualidad libro-película

Aproximadamente hace un mes y medio, a raíz de una pregunta hecha a mi amigo David Osorio en Ask.com, la cual originó una conversación algo divertida, decidí que era tiempo de ver la reconocida y controvertida película Saló, o los 120 días de Sodoma, inspirada en un libro del Marqués de Sade, Las 120 jornadas de Sodoma (jornadas o días, depende de la traducción). No tenía en principio interés en buscar la fuente que lo inspiró, hasta que alguien nos recomendó, con cierto elitismo a mi percepción, que debíamos leer el libro, el cual era mucho mejor que la película de Pier Paolo Pasolini, de la cual no habló con tanto entusiasmo.

Quizás exagero al interpretar mal la sugerencia, pero la verdad es que no me gustó. Con no poca frecuencia veo a personas despotricando contra muchas películas basadas en libros, debido a que suelen tomarse libertades creativas que la apartan mucho o poco, dependiendo del trabajo realizado, de su fuente original: el trabajo literario. Los comentarios críticos a este tipo de películas son siempre bienvenidos, pero no dejo de pensar que hay cierto aire de intelectualismo falso en muchos de los que actúan así, o que simplemente nos cuesta ver diferentes enfoques de la misma historia como algo original y personal, quizás más único.

Con todo y lo anteriormente expuesto, ese mismo día me senté a ver Saló, y hace unos días pude leer Las 120 jornadas de Sodoma. Haré primero una corta reseña de ambos trabajos, y después expondré mi opinión sobre los amantes de la literatura que parecen detestar siempre cuando una obra es llevada al cine.


De entrada lo confieso: tanto la película como el libro me parecen soberanamente aburridos. No les encuentro asco ni incomodidad al verlos; violencia y tortura no me son ajenas, pues he leído mangas y cómics con este tipo de temas, y también una que otra obra literaria, como American Psycho. Son temas que me encantan. Pero, dichas obras son mucho más dinámicas, más gráficas (textual y visualmente) que Saló o el libro de Sade. Es quizás por eso que estas obras no me causaron mucho impacto: son cosas que ya he visto antes, y en mayor medida. Además, hay momentos en que incluso se sienten repetitivas en cuanto a lo que describen. Realmente creo que esperaba algo diferente.

No obstante, las obras no carecen de fuerza. Aquí voy a tratar de analizarlas por separado. Las 120 jornadas es más que una obra descarnada y provocadora. Sade crea un retrato de la corrupción y el abuso del poder, representado por cuatro personajes de la alta sociedad que abusan y degradan a un grupo de jóvenes dentro de un castillo oculto durante los poco más de cuatro meses que dura la historia. Por desgracia, la novela está incompleta, puesto que Sade sólo pudo detallar el primer mes (las pasiones simples), dejando notas y descripciones cortas de las demás “jornadas” y el destino de cada uno de los personajes, esperando completar la obra en un futuro.

Es por ello que las torturas del libro se enfocan más en cosas como coprofilia, urofilia, coprofagia y demás uso y abuso de otros fluidos corporales. Esto no me produjo asco, sino puramente indiferencia; no son escenas particularmente impresionantes para mí, a pesar de lo gráficas que pueden hacerse en ocasiones. Por lo demás, las torturas expuestas en las notas de los siguientes meses en la novela, que se hacen más violentas y crudas conforme avanza la obra, tampoco llaman mucho mi atención, salvo la última jornada, la cual fue un poco más detallada por el autor. Destaco algunas conversaciones y monólogos de los personajes, en especial del Duque.

La película de Pasolini es más artística, más personal, e igualmente provocadora. El cineasta usa la historia de Sade para realizar una crítica al fascismo, trasladando a los personajes a la República de Saló, en Italia, y transforma sus controvertidas escenas en simbolismos de crítica social. Esto no puedo dejar de reconocerlo, pues algunas de sus escenas tienen una fuerza artística que las hace maravillosas, siendo mi favorita la escena de los perros. No obstante, las escenas de tortura y violencia, por ser más artísticas, pierden igualmente el toque perturbador. Los crímenes finales son vistos desde la distancia por los cuatro libertinos, quienes no participan demasiado en ellas, a diferencia del libro. El ritmo que mantiene es particularmente lento para mi gusto. En general, es también aburrida para mí, aunque comprendo por qué es tan polémica para algunos y tan maravillosa para otros.


Quizás, en general, lo más perturbador de ambas obras sea la amoralidad extrema y orgullosa de los cuatro libertinos, y el hecho de que las víctimas sean menores de edad. Y ni siquiera eso es suficiente para impactarme o atraparme. ¿Qué puedo decir? Quizás soy poco empático con los sufrimientos descritos en el libro, o simplemente he visto y leído suficientes obras para insensibilizarme. A pesar de todo esto, las recomiendo a todo el que le guste el arte controversial, aunque de entrada advierto que no son obras para todos los gustos, y pueden ser difíciles de seguir.


Ahora, vayamos al otro tema que quiero discutir, y es esa pretendida erudición de muchas personas que disfrutan un libro y desprecian una película con la misma historia. No es algo nuevo: por ejemplo, el célebre guionista de cómics Alan Moore rechaza cualquier adaptación al cine de un cómic, y por lo general no rebaja de porquería las películas basadas en sus propias obras, independientemente de si son filmes malos (La liga extraordinaria) o buenos (V de venganza) por su propia cuenta (Nota: califico las anteriores películas como buenas o malas basado en la crítica especializada, y no en mi juicio personal).

Por supuesto, puede haber legítimas objeciones a una adaptación fílmica cuando en esta se omiten elementos o personajes importantes del libro que provoquen importantes cambios en la trama, o los efectos especiales y las actuaciones del elenco dejan mucho que desear. Por ejemplo, en la película de Eragon (un libro que, de acuerdo a la crítica, no es muy bueno de todos modos) se omitieron personajes y algunos puntos del argumento que, sumados a sus efectos especiales, considerados por muchos inferiores, la convirtieron en uno de los peores filmes de 2006. En un caso semejante, las películas live-action de los libros del Dr. Seuss fueron repudiadas por sus argumentos y efectos especiales, logrando que la viuda del autor afirmara que no aprobaría más adaptaciones con actores de carne y hueso.

En cambio, otras críticas se dan por fanáticos puristas que no soportan ni un cambio que se haga en la adaptación de un libro. Podría pensar en varios casos, pero el primero que se me viene a la cabeza es cuando los seguidores de J.R.R. Tolkien criticaron la versión fílmica de Las dos torres porque se había omitido el personaje de Tom Bombadil. Sí, es un personaje relativamente importante, ¡pero Peter Jackson logró que la película funcionara muy bien sin él! Cosa que en cambio no pasó en Eragon. Y son ese tipo de detalles en los cuales se fijan esta clase de admiradores los que fastidian a muchos. Vamos, ¿realmente es cosa de queja que, por ejemplo, en la película de El Lorax mostraran el rostro de El-Una-Vez?

Lo que debería tenerse en cuenta antes de sentenciar es que una adaptación fílmica de un libro no sólo consiste en representar la visión del escritor. Se trata igualmente de la visión personal del director. Como tal, el director tiene la potestad de realizar las modificaciones que juzgue convenientes: a eso se le llama libertades artísticas. Además, comprimir libros extensos como El señor de los anillos en casi tres horas de película tratando de mantener la trama completamente intacta es simplemente un absurdo. Y finalmente, hay personas que simplemente prefieren ver las películas, y no les interesan esta clase de debates, pero los puristas terminan fastidiándole la experiencia a otros cinéfilos y a ellos mismos.


Entonces, si usted tiene interés en disfrutar una película sin sentir el escozor de compararla con el trabajo literario en el cual está basada, quizás sería una buena idea ver a cada una, como mencioné al principio de esta entrada, como una obra diferente y personal que busca contar una misma historia. No es particularmente fácil, es cierto, pero eso ocurre. Por ejemplo, algunas consideran que la película Los niños del hombre es muy superior al libro. Y conocen la obra de P.D. James, pero prefieren la visión de Alfonso Cuarón.

Y no es que yo no comprenda la inquietud de comparar entre libros y películas. Me encanta leer, y también disfruto mucho el cine. El libro de Hannibal es mucho mejor que la película, pero en lo personal yo prefiero el final de la segunda, que es muy buena por sus propios méritos. Entrevista con el vampiro es excelente como libro y como película (claro que tener a Anne Rice en el guion ayuda mucho). ¡Y Constantine! Si me sentara a compararla con Hellblazer, el cómic en el que está basada, ni siquiera me fijaría en la película, pues la diferencia en estilo y contenido es abismal; sin embargo, la adaptación de Francis Lawrence es de hecho muy entretenida, y personalmente es uno de mis filmes favoritos.

Con esto termino. Como siempre, si alguien discrepa con mi opinión, siempre es bienvenido que se tomen un momento de reflexión. Aunque en este tipo de temas se suele ser más bien subjetivo, creo que proponer la contemplación de un libro y su adaptación fílmica como visiones diferentes debería bastar para calmar los ánimos de tantos admiradores puristas. Con respecto a la obra del marqués de Sade y su adaptación, si me preguntan cuál recomiendo más, debo decir que aunque el final de Las 120 jornadas es un poco mejor, me quedo con la película.

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