viernes, 3 de junio de 2016

La influencia del Eclesiastés en el arte

Actualmente es innegable que la Biblia ha tenido una gran influencia en el desarrollo de la cultura occidental, sea para bien o para mal. Durante mucho tiempo, reyes estuvieron bajo las órdenes de la Iglesia, y el arte era creado mayormente con propósitos religiosos, o era desarrollado únicamente por el clero, como en el caso de la literatura, por ser quienes podían darse el lujo de una educación profunda. Incluso hoy en día, muchas obras literarias tienen influencia de conceptos bíblicos e incluso de varios libros de la misma Biblia. Una de las influencias más notables para muchos, y quizás una de las más interesantes, es El Eclesiastés.



Eclesiastés es un libro narrado por un personaje desconocido que se describe como Qohéleth (traducido como predicador u orador), “hijo de David”, “rey de Jerusalén”, por lo cual suele atribuirse su autoría a Salomón -los estudiosos, no obstante, lo consideran de origen postexílico, dada la notable influencia de la filosofía griega-. Se compone de doce capítulos, en los cuales se hacen reflexiones acerca de la futilidad de la vida lujosa, los placeres, los límites de la sabiduría y todas las actividades de provecho al ser humano. En un volumen tan grande como la Biblia, que con frecuencia muestra a Dios preocupándose por su pueblo escogido, Eclesiastés resalta por un tono marcadamente existencialista, y si bien se alude en varias ocasiones a Dios (casi siempre desde la idea de temerle), para muchos es probablemente un ejemplo del trasfondo nihilista de la religión abrahámica (pues si a través de Dios se obtiene la vida eterna y la gloria, los dones terrenales de nada valen).

Algunos eruditos consideran que el epílogo de este libro y algunas afirmaciones de carácter religioso son adiciones posteriores, puesto que el texto en sí es de un carácter un tanto escéptico e inconformista, razón por la cual es cercano en temática al Libro de Job (donde el epónimo personaje se queja ante Dios por su sufrimiento). De hecho, para muchas personas es notable que el Predicador sea específico en cómo, a pesar de la fugacidad de la vida, una vez que se confía en Dios se debe aprovecharla, puesto que no hay nada después de la muerte –tengan en cuenta que el concepto de un alma inmortal no existe en el judaísmo original-.

El existencialismo y rechazo de los placeres “mundanos” que presenta El Eclesiastés ha sido quizás una de las mayores influencias del Antiguo Testamento en el arte. Por ejemplo, si nos fijamos en la pintura, uno de sus primeros mensajes, “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, fue convertido en una figura de bodegón conocida justamente como vanidad, consistente en símbolos de la fugacidad de la vida. Estos símbolos pueden ser frutas maltratadas o en estado de descomposición (frecuentes, por ejemplo, en las obras de Caravaggio), cráneos humanos (los más utilizados como memento mori), relojes de arena, entre otros. Las vanidades, especialmente los cráneos, suelen ser colocados en medio de símbolos de actividades humanas, como libros o instrumentos de ciencia, como un recordatorio de que todo lo que hacemos y aprendemos en este mundo es pasajero y relativo, y que no perdurará cuando nos hayamos ido.

Composición de flores y animales pequeños, de Abraham Mignon (segunda mitad del siglo XVII). En la parte inferior se encuentra un esqueleto de ave como vanidad.

Los embajadores, de Hans Holbein el Joven (1533). La figura a los pies del cuadro es la anamorfosis de un cráneo humano.

En la literatura también hay ejemplos de la influencia de las ideas de este libro, pues muchos de sus mensajes tienen un gran eco en Occidente. El Soneto 59 de Shakespeare abre con una referencia a Eclesiastés. Thomas Wolfe lo consideraba el libro más noble y sabio de todos los que había leído. Fiesta, de Ernest Hemingway, fue titulado originalmente como The Sun Also Rises, inspirado en Eclesiastés 1:3-5, y que encaja muy bien en la crítica a las inmoralidades y excesos de la generación de su época. Edith Warthon escribió La casa de la alegría, contrastando los términos de “duelo” y “alegría” de Eclesiastés 7:4 con su crítica de la frivolidad y superficialidad de la alta sociedad neoyorquina de finales del siglo XIX.

Y, ¿por qué me interesó de repente todo esto? Bien, hace poco mi hermana me comentó sobre las obras de Hemingway y Warthon, y eso encendió una mecha para leer un poco más al respecto. La verdad no esperaba que su influencia en la literatura fuera tanta. Además, El Eclesiastés siempre me ha parecido un libro un tanto extraño para la Biblia: en ocasiones es más bien pesimista, y particularmente filosófico para pertenecer a ella. Debo admitir que hay varios pasajes que me gustan. Y, finalmente, porque hay un fragmento en especial que siempre me ha gustado: Eclesiastés 3:1-8:

En este mundo todo tiene su hora; hay un momento para todo cuanto ocurre:
Un momento para nacer,
y un momento para morir.
Un momento para plantar,
y un momento para arrancar lo plantado.
Un momento para matar,
y un momento para curar.
Un momento para destruir,
y un momento para construir.
Un momento para llorar,
y un momento para reír.
Un momento para estar de luto,
y un momento para estar de fiesta.
Un momento para esparcir piedras,
y un momento para recogerlas.
Un momento para abrazarse,
y un momento para separarse.
Un momento para intentar,
y un momento para desistir.
Un momento para guardar,
y un momento para tirar.
Un momento para rasgar,
y un momento para coser.
Un momento para callar,
y un momento para hablar.
Un momento para el amor,
y un momento para el odio.
Un momento para la guerra,

y un momento para la paz.

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