sábado, 11 de octubre de 2014

El caso de Excalibur

El mundo ha estado en zozobra en los últimos meses debido a la extensión de casos de ébola por fuera del continente africano. A raíz de un brote en África Occidental, que fue ignorado en sus inicios, la enfermedad se ha diseminado en casos puntuales por fuera del mundo. Aunque, debido a las características de la enfermedad, la posibilidad de una pandemia de ébola no es tan cercana, los países desarrollados están preparándose al máximo para evitar que esto ocurra.

Un caso se ha hecho más notorio en los últimos días. Una enfermera española contrajo el ébola tras atender a un misionero enfermo, y fue puesta en cuarentena. Ante la probabilidad de un brote, las autoridades sanitarias en España decidieron sacrificar al perro de la mujer, Excalibur, sin realizarle un análisis serológico para descartar una infección, ni ponerlo en cuarentena. Las voces de grupos animalistas alrededor del mundo no se hicieron esperar, manifestando su indignación y descontento ante lo que algunos denominan un “asesinato”, e incluso alegando que el perro fue víctima de “los más inútiles que tenemos en este país: la casta política”.


Como si eso no fuera suficiente, he visto comentarios de personas que dicen cosas del estilo de (y cito textualmente): “Deberian sacrificar los humanos infectados.... por que los animales no humanos si los sacrifican???”. Opiniones de este tipo son particularmente inquietantes, y cada vez es más común encontrarlas entre los animalistas, lo que me hace preguntarme qué decretarían personas como estas si dirigieran el Ministerio de Salud o la Presidencia misma. 

Conviene, entonces, hacer un análisis del asunto de Excalibur. La pregunta principal es: ¿actuaron de forma adecuada las autoridades de salud en España al sacrificar al perro, o por el contrario, fue un caso de negligencia e incompetencia, como afirman los animalistas?

Hay algo importante a considerar. Los perros pueden contraer ébola (y eso está demostrado en estudios), pero el virus es asintomático en ellos. No hay una evidencia de que el animal esté enfermo. No, esto no es algo bueno: que un agente infeccioso no provoque síntomas no significa que no pueda contagiarse. Como es sabido, la gonorrea tiende a ser asintomática en las mujeres, y aun así es una enfermedad de transmisión sexual muy seria. En muchas personas, el virus del VIH no produce el SIDA, pero son igualmente transmisores de la enfermedad.

Debido a esta característica, los protocolos de cuarentena y toma de muestras que se utilizan en los casos humanos en el ébola se hacen inadecuados para un perro. El ébola sólo puede comprobarse en serología unos pocos días después de manifestarse los primeros síntomas. Si el perro no muestra los síntomas, es difícil saber si está contagiado, cuándo pudo haber contraído la infección, y en qué momento puede convertirse en transmisor. En tal caso, es posible que se terminen desperdiciando en un animal las pruebas serológicas y cuarentenas que podrían ser necesarias para otras personas. Es una forma brutal de decirlo, pero es así. La prioridad, en este momento, son nuestros semejantes.

Teniendo estos inconvenientes en cuenta, es claro que lo que ocurrió con Excalibur no se trató de negligencia, ni un asesinato, como dicen tan libremente muchos. Las autoridades de salud en España se toparon con un problema difícil, que requería una solución rápida: un tiempo de cuarentena y estudios que podrían haberse prolongado, o el sacrificio del animal. Decidieron decantarse por la opción más práctica. ¿Fue lamentable que se tuviera que sacrificar a Excalibur? Sí, por supuesto. ¿Fue una acción equivocada? No. Las decisiones no pueden tomarse en blanco y negro; los matices son más profundos de los que los furiosos animalistas consideran.

Ahora, con respecto a la persona que decía que deberían sacrificarse a los humanos infectados, hay una clara respuesta a su indignación. Esos son miembros de nuestra misma especie. Ningún animal pone el beneficio de un miembro de otra especie por encima del suyo propio, y los humanos no son la excepción. Si está en nuestras posibilidades ayudar y salvar a la mayor cantidad posible de humanos, es nuestro deber hacerlo. Si podemos ayudar igualmente a otros animales, perfecto; pero no podemos poner a esos otros animales por encima de las vidas de otras personas. Eso es inmoralidad. La indignación de una persona que se pregunta por qué se sacrifican a otros animales, en lugar de un enfermo del ébola, apesta a la más desagradable misantropía posible.

Habrá quien no esté de acuerdo con mi opinión, pero, como siempre, yo sólo invito a hacer pensar. Dejaré una cuestión final: si en un incendio quedan atrapados un hombre y un perro, y sólo puedes rescatar a uno de ellos, ¿realmente tienes que detenerte a pensar a cuál de los dos salvar? Temo entonces por las personas a tu alrededor, pues tu capacidad de tomar decisiones morales es deficiente.

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