Los archivos Epstein y el crisol de la nueva eugenesia
Introducción
Como muchos sabrán, recientemente se reveló una nueva tanda de archivos del caso de Jeffrey Epstein, el magnate y depredador sexual que fue arrestado por abuso sexual, explotación y tráfico de menores, y quien se suicidó misteriosamente mientras estaba en su celda en 2019. El caso se volvió rápidamente mediático no sólo por la gravedad de las acusaciones, sino también porque Epstein fue una figura con profundos vínculos a personajes de la política, el entretenimiento e incluso la ciencia y la investigación.
En esto último hay
mucho por decir, tanto por la interacción misma de científicos e intelectuales
con Epstein como por el hecho de que varios de ellos han destacado en años
recientes por una fuerte crítica y oposición a políticas progresistas y de
inclusión, así como ataques al concepto de identidad de género y la presencia
de personas trans en espacios exclusivos, y una apertura a encontrar cierta
validez en la raza como concepto biológico y su relación con la inteligencia. Esto
sin duda es interesante, puesto que también se encontraron vínculos de Epstein
con foros de Internet que fueron cuna del movimiento alt-right y el
clima actual de extrema derecha en Estados Unidos… los cuales tienden a
coincidir muchísimo con estos científicos en varios de los puntos mencionados.
Ahora, ¿esto es sólo
coincidencial, o hay más por analizar? ¿Contribuyeron sin saberlo estos
científicos al clima irracional y antidemocrático de la actualidad? ¿Qué
buscaba Epstein con estas relaciones? ¿Cómo es que terminaron relacionadas
cosas tan aparentemente dispares como el énfasis en la natalidad temprana, el
racismo científico y las relaciones con diferencias grandes que edad que llegan
hasta menores de edad? ¿Y cómo las opiniones de estos científicos mencionados
acabaron moldeando el cuerpo argumentativo del supremacismo actual?
Unas aclaraciones antes
de empezar. Es cierto que aparecer registrado en los correos de Epstein no hace
que la persona automáticamente sea pedófila o que haya participado en las
atrocidades que se han denunciado. Pero también lo es que entablar una relación
con un sujeto que ya había sido condenado en 2008 por explotación sexual habla
de un fallo importante de juicio y criterio, y no todos pueden alegar que no
estaban enterados del prontuario legal de Epstein en aquel entonces, como
intentó decir recientemente la esposa del politólogo Noam Chomsky y como
veremos más adelante con otros.
Por otro lado, este
texto es más bien un intento de entender todo este caso en una hipótesis que
suene plausible, una reconstrucción de lo que he podido interpretar con la
evidencia alrededor. No puedo confirmar el papel directo de los científicos de
los que se hablará en el ensayo, pero sí hilar la forma en que las nuevas
ultraderechas y su promoción de ideas sobre natalidad temprana y supremacismo
buscan enraizarse en conceptos biológicos malinterpretados y pseudociencia que
se niega a desprenderse de la academia. Cosas en las cuales, por mucho que
pese, algunos científicos de renombre han participado y promovido.
¿Cómo llegaron tantos
científicos a los archivos de Epstein?
Si han estado
pendientes de las revelaciones en este caso, seguramente ya tienen algunos
nombres de científicos en mente. Pero no son los únicos: la revista Nature
reveló
que Epstein mantenía una lista de casi 30 científicos importantes
entre físicos, médicos y biólogos, con los cuales mantenía contacto -y eso que
en la lista no aparecen algunos de los más reconocidos- y, para mantener su
imagen de filántropo, realizó importantes donaciones a universidades como
Harvard y financió proyectos de investigación. Esto revela que los vínculos de
Epstein con la comunidad científica en Estados Unidos fueron mucho más extensos
y profundos de lo que se conocía anteriormente.
Pero claro, sé de qué nombres estarán esperando que hable. Y es que hay personajes bastante reconocidos en la esfera ateo/escéptica desde hace muchos años: el físico teórico Lawrence Krauss, el biólogo evolutivo Richard Dawkins y el psicólogo y lingüista Steven Pinker. De ellos ya se conocían sus relaciones con Epstein, pues en la primera tanda de archivos revelados se mostró evidencia fotográfica del magnate en reuniones con los tres, así como una foto subidos en su jet privado junto al ya fallecido filósofo de la biología Daniel Dennett, quien fuera parte de los llamados Cuatro Jinetes del Nuevo Ateísmo junto a Dawkins. No obstante, si bien no se ha comprobado que pisaran la famosa isla de Epstein, las nuevas revelaciones muestran presencia e intercambio de correos que revelan una cercanía mayor a lo que se suponía.
Krauss es, por mucho,
la presencia más asidua en los correos. El físico no sólo buscó consejo con
Epstein sobre cómo afrontar la tormenta pública que cayó sobre él por las
denuncias de acoso y agresión sexual que recibió, sabiendo que al millonario le
tocó algo similar, sino que le enviaba correos sobre el movimiento de su caso,
incluso uno donde el abogado al que quería contratar lo cuestionó por su falla
de juicio al buscar primero la opinión de Epstein y se negó a ofrecer sus
servicios. Llega a un punto en el propio Epstein parece harto de los constantes
mensajes de Krauss. Es patético, realmente.
Pero si de patetismo
hablamos, la principal presencia de Dawkins en los correos es penosa. El agente
literario John Brockman -de quien hablaremos en un rato- le reenvió a Epstein en
2011 un mensaje en el que el biólogo evolutivo le escribía quejándose de
Rebecca Watson, una activista atea y feminista que fue el centro del penoso
episodio del Elevatorgate
y una crítica de Krauss por su defensa temprana de Epstein, a la vez que le
pedía aclaraciones sobre el caso del propio Epstein, ya que parecía creer que
no había sido tan grave. Como señaló la propia Watson en un reciente
video, el correo fue enviado tres meses después de que el
propio Krauss acusara a Watson de “malvada”, y unos pocos días después del
infame mensaje “Dear
Muslima” de Dawkins como sátira al Elevatorgate.
Tanto Krauss como Dawkins dejan una imagen en estos correos de señores molestos
por ser cuestionados desde el feminismo, tanto por cosas supuestamente
triviales como una proposición inapropiada en un espacio reducido y a una hora
dudosa, como por la defensa vocal de alguien que había sido condenado
previamente por delitos sexuales.
El caso de Pinker es un poco más complejo. Los dos se conocieron en 2002, cuando Pinker viajó en un avión privado junto a Epstein hacia una charla TED, y de acuerdo al científico, el magnate le pareció un diletante y sabelotodo. Sin embargo, en 2007 Pinker fue consultor en la defensa legal de Epstein, cuando ofreció una interpretación semántica sobre la redacción en una ley de prostitución al profesor Alan Dershowitz, abogado de Epstein quien recientemente saltó de nuevo a la palestra pública tanto por su presencia en los correos y denuncias de abuso sexual como por anunciar que demandará por calumnia y antisemitismo a las víctimas del millonario. Pinker aseguró que no sabía que el concepto que presentó iba hacia la defensa de Epstein, y que de haberlo sabido se habría negado -no obstante, aunque negó haber recibido pago por ello, los archivos muestran que se le entregaron $10.000 USD-. Igualmente es famosa la foto de 2014 en la que Pinker aparece junto a Epstein y Krauss, pero el psicólogo asegura que fue el físico quien llevó a Epstein hasta su lado y alguien tomó la foto de rapidez.
Es necesario destacar,
de nuevo, que al menos Dawkins y Pinker no cuentan con denuncias por conductas
sexuales inapropiadas, y su presencia en los correos de Epstein no evidencian
que hayan sido partícipes en las orgías y fiestas corruptas del magnate; de
hecho, se dice que Pinker fue vetado con el tiempo de las reuniones de Epstein
por atreverse a refutar sus críticas a las ayudas sociales (de eso hablaremos
más adelante). Existe, sí, una mención en testimonios de una sobreviviente de
la red de tráfico de Epstein a
un profesor de Harvard de nombre “Stephen”
con el cual se le obligó a tener sexo, pero, aunque la descripción parece
encajar con Pinker, no es claro si se trata de él o de Stephen Kosslyn,
otro profesor en Harvard, y de todos modos no hay ninguna denuncia formal.
Hay otro nombre más que
tiene una importancia enorme en el mundo de la biología evolutiva, y cuya
relación con Epstein involucró intercambios bastante repugnantes sobre una
minoría actualmente oprimida, pero voy a mencionarlo más adelante cuando hable
sobre dicha minoría, porque es una cuya discriminación también se ha visto
fortalecida por el centrismo reaccionario de los anteriormente mencionados.
¿Pero cómo fue que
estos y otros científicos terminaron involucrados de una u otra forma con
Epstein? Bien, ¿recuerdan el nombre John Brockman? Como agente literario, y uno
bastante importante, Brockman fue representante de varios científicos que
publicaron trabajos de divulgación o participaron en charlas TED, como fue el
caso de Pinker, y su Fundación Edge recibía cuantiosas donaciones del magnate
-$638.000 USD de los $857.000 recibidos entre 2001 y 2017 vinieron de Epstein-.
De acuerdo al científico y escritor Evgeny Morozov, Brockman invitaba a menudo
a sus clientes a las cenas multimillonarias de Epstein, en las cuales
participaban muchos oradores de charlas TED. Parece que fue a través de él que
Epstein logró construir su red de contactos con varios científicos.
Pero no fue la única
forma en que Epstein se vinculó con la intelectualidad. Antes de ser encerrado
en 2008, el multimillonario donó más de nueve millones de dólares a Harvard,
con $6.5 millones tan sólo destinados al Programa para Dinámicas Evolutivas
dirigido por el matemático Martin Novak, uno de los nombres en la lista de
contactos, y siguió visitando el programa durante varios años después. También
realizó donaciones al Laboratorio de Medios del M.I.T. y a un profesor de
ingeniería mecánica del instituto.
Supongo que es obvio lo
que los científicos ganaban al vincularse con el magnate: financiación
y, no menos importante, prestigio. Como el mismo Pinker
admitió, la ciencia y las universidades dependen mucho de apoyos económicos, y
ya que pocos donantes o filántropos son psicópatas reconocidos (asumimos), pues
no es extraño que los científicos se acerquen a personas ricas que quieran invertir
dinero en sus proyectos o su sitio de trabajo. Por otro lado, los científicos
también somos humanos, y aunque muchos desdeñan el papel de las fuerzas
sociales en la empresa científica, también se complacen en ser vistos como los
máximos expertos en un área, en vivir en aquella torre de marfil que nos pone
por encima de los ciudadanos regulares.
Por su parte, ¿qué
ganaba Epstein con esta red de científicos e intelectuales a su lado?
Ciertamente, rodearse de personas intelectuales y prominentes le permitía no
sólo intercambiar información y favores, sino también incrementar su aura de
influencia a la hora de atraer inversiones para sus negocios. Y científicos
como Pinker, Dawkins, Dennett y Krauss han sido de autores de varios libros que
fueron éxitos de ventas, se presentaban en charlas y conferencias, aparecían en
revistas de cultura, e impulsaron movimientos sociales importantes en aquellos
años: no olvidemos que Dawkins y Dennett fueron los fundadores indirectos del
Nuevo Ateísmo y el movimiento ateo/escéptico que fue tan prominente en la
primera década de los dos mil.
Pero, ¿es posible que
buscara algo más?
La configuración de la alt-right
Si bien los contactos y
relaciones de Epstein abarcaron tanto a personajes a la derecha como a la
izquierda del espectro político, una lectura a detalle de los archivos deja
claro que el multimillonario se inclinaba por mucho hacia los primeros. Figuras
que, en su mayoría, han sido críticos por mucho tiempo del progresismo woke,
las políticas de identidad y la teoría crítica en el campo académico puesto que,
en sus palabras, son enfoques que han castigado la libertad de expresión y
opinión y empobrecen la educación y las ciencias.
Si bien como
expliqué el año pasado, estas críticas también han sido
erigidas desde un centrismo reaccionario e incluso algunos sectores de la
propia izquierda, en general son mayormente defendidos por las nuevas derechas,
menos tolerantes e intelectuales. Y no es maravilla encontrar este tipo de
pensadores entre los archivos revelados, pues la evidencia nueva sugiere que el
propio Epstein tuvo un papel importante en la difusión de visiones
ultraderechistas.
De
acuerdo con los archivos recientemente liberados,
en octubre de 2011 un entonces asesor de Bill Gates llamado Boris Nikolic arregló
una reunión entre Epstein y Christopher Poole,
mejor conocido como “moot”, fundador y supervisor hasta 2015 de 4chan, un foro
de Internet conocido por sus tableros de imágenes y grupos anónimos de
discusión y los escándalos de los que ha hecho parte -es la proverbial “Meca de
la irreverencia” de aquel meme-. Esta reunión coincidió con el relanzamiento,
pocos días después, del foro político /pol/ (“Políticamente Incorrecto”), y
Nikolic le escribió a Epstein pocos días después de la reunión con Poole del
“potencial de manipulación enorme” del sitio.
Esto es importante porque 4chan en general, y /pol/ en particular, se convirtieron no sólo en la cuna del activismo en línea de la extrema derecha, sino también en un laboratorio de peligrosas teorías de conspiración que han dado forma a las elecciones en tiempos recientes. De este sitio nacieron eventos como el reaccionario Gamergate -una campaña de ciberacoso en contra de la presencia femenina en el mundo gamer y la “diversidad forzada” en los videojuegos- y el Pizzagate -la teoría de una red de pedofilia dentro del Partido Demócrata- que se transformaría con el tiempo en el infame movimiento QAnon. De hecho, el papel de 4chan en el crecimiento de la ultraderecha ha sido analizado en tesis y artículos científicos que buscan comprender tanto la naturaleza de las conspiraciones que surgieron allí como las formas en que atrae a usuarios (usualmente jóvenes) a su discurso político.
Los
documentos revelados muestran no sólo que Epstein
siguió vinculado por muchos años con 4chan, posteando material hasta 2017, sino
que intentó reunirse en otras ocasiones con Poole y trató de que vinculara a
otros percibidos intelectuales a su red. Pero no se detuvo ahí. El
magnate trató de influenciar su imagen en redes sociales
para minimizar el vínculo con sus delitos incluso en Wikipedia, y buscó
reuniones en 2012 con figuras como Mark Zuckerberg (fundador y dueño de
Facebook), Tim Cook (director ejecutivo de Apple) y Peter Thiel (fundador de
Palantir). Con este último se
comunicó en 2016 celebrando el resultado del Brexit y
viéndolo como una oportunidad tribalista para romper la globalización.
Su relación más clara
fue con Steve Bannon, entonces presidente del medio ultraconservador Breitbart,
cofundador de la consultora Cambridge Analytica -protagonista de un escándalo
en 2019 con el uso de millones de datos de usuarios de Facebook para propaganda
política- y futuro asesor político de Donald Trump. Bannon aprovechó el
Gamergate para construir una base política destinada a futuros proyectos, y
poco después de esto formó
una relación muy estrecha con Epstein, intentando
construir otro movimiento político luego de que Bannon se distanciara de Trump,
de modo que MAGA fuese más independiente del presidente, financiar movimientos
de extrema derecha en Europa, y frenar de forma contundente el movimiento #MeToo.
También se sabe que en
2016 Epstein reenvió los correos del jefe de campaña de Hillary Clinton a
varios contactos suyos, incluyendo Thiel, un día después de su filtración por
WikiLeaks, algo que fue material importante en el ascenso del Pizzagate, y al
parecer se reunió en 2019 con promotores de la teoría de conspiración. Así
mismo, fue financiador del youtuber canadiense de extrema derecha Jean-François
Gariépy, e intentó establecer contacto en 2018 con el infame Charles Murray,
escritor de The Curve Bell, libro con propuestas racistas acerca de la
inteligencia y el desarrollo económico.
Por supuesto, Epstein y
su red de contactos han sido importantes promotores de los ataques a las
políticas de identidad en diferentes formas, pasando del concepto de “woke”
a “justicia social” y después a “DEI” a medida que se señalan las falencias de
sus críticas. Y si bien es cierto que muchos de los científicos mencionados
anterior son críticos de la ultraderecha y el fascismo, su enfoque activista en
años recientes se ha inclinado sobre todo hacia los supuestos excesos de dichas
políticas de identidad, teoría de género y estudios de crítica racial, y
analizando el crecimiento de la ultraderecha como un fenómeno reactivo en lugar
de un proyecto político plenamente consolidado.
Así, muchos de ellos
terminaron replicando sin percatarse los mitos y exageraciones del discurso
anti-woke de la derecha radical, y contribuyendo sin proponérselo
-espero- a su dispersión y triunfo. No es casualidad que Pinker y Dawkins
fuesen parte del libro The War On Science, editado por Krauss y
publicado en 2025 por una editorial derechista, en el cual despotrican sobre el
peligro de la izquierda radical y el progresismo woke contra el quehacer
científico, pero no dedican ni una coma a observar el
más real y mucho más contundente ataque de la ultraderecha
contra las instituciones científicas y académicas.
Aquí vislumbramos otra
razón por la que varias figuras intelectuales críticas de la justicia social y
movimientos como el #MeToo, como Chomsky y Krauss, encontraban importante su
relación con Epstein. Muchos tenían la idea en aquellos años que su primera
sentencia había sido algo exagerado o representando como algo peor de lo que
era por los medios, y veían al multimillonario como una persona injustamente
vilipendiada por justicieros sociales y progresistas woke. Y como dijimos
anteriormente, Krauss también perdió imagen pública por las denuncias de abuso
y acoso sexual por aquella época, por lo cual también buscaba apoyo y consejo
de Epstein. Por supuesto, eso no impidió que haya sido recibido con los brazos
abiertos por muchos de sus colegas científicos, incluso aquellos que en su
momento rechazaron sus actos -como el biólogo evolutivo Jerry Coyne-, ni que
participaran en The War On Science.
Pero no fue la supuesta
defensa de la libertad de expresión y la diversidad de opiniones lo que terminó
siendo cooptado por el discurso de la ultraderecha. La insistencia de estos
científicos en que ciertos temas biológicos han sido capturados por una “deriva
ideológica” alimentó tanto ideas de conspiración acerca del conocimiento científico
actual como el fortalecimiento de visiones pseudocientíficas que llegan a ser
incluso peligrosas.
Natalismo, supremacismo blanco y matrimonio infantil
A propósito de Murray,
la presencia de este personaje como una figura buscada por Esptein no es casual,
y sirve también para entender parte de su interés en científicos e
intelectuales. A pesar de que The Bell Curve es un libro desestimado por
la comunidad científica, el vínculo entre raza e inteligencia aún es visto por
algunos como un escenario plausible o que no merece descartarse de inmediato.
El propio Murray ha intentado ser rehabilitado no sólo por figuras de la
ultraderecha, sino también por pensadores en teoría menos radicales, como el
filósofo y neurocientífico Sam Harris, otro jinete
del Nuevo Ateísmo (quien, irónicamente, rechazó un encuentro con Epstein).
Y es que, por supuesto,
Epstein estaba fascinado con ideas racistas y eugenistas. Byline Times detalló
frecuentes intercambios de correos entre el magnate y Joscha Bach,
un teórico de la inteligencia artificial, en los cuales se habló profusamente
acerca de jerarquías raciales (de nuevo, la supuesta relación entre raza y CI,
pero también con expresión cultural), esencialismo de género (perpetuando la
creencia de que las mujeres eligen menos carreras analíticas porque no está en
su capacidad), e incluso cómo el cambio climático podía ser una forma efectiva
de reducir la población, en especial de ancianos y enfermos (en palabras de
Epstein, equivalentes a “neuronas sin uso”). Incluso entretuvieron la idea de
que el fascismo podía ser una forma eficiente de gobernar si se sabe cómo
aplicarse.
Bach
ha manifestado recientemente haberse distanciado de
las conclusiones a las que llegaba con Epstein, pero los correos dan cuenta de
una estructura de pensamiento que ha ido radicalizando a muchas figuras de
Silicon Valley, participantes además de la Fundación Edge. Sus raíces se pueden
encontrar en el pensamiento largoplacista
desarrollado por el filósofo Nick Bostrom, quien también ha esbozado ideas
eugenistas e incluso totalitarias.
Por supuesto, Epstein también era crítico de los programas sociales para combatir la hambruna y la falta de acceso a la salud para los más pobres, algo que argumentaba contribuía a la sobrepoblación -de pobres, por supuesto-. De hecho, fue en una de sus reuniones donde expresó estas ideas que Pinker lo refutó citando la investigación, y el magnate quedó tan molesto que no volvió a citar al filósofo para sus reuniones. Es un poco irónico saber que se quejaba de un riesgo de sobrepoblación cuando tanto él como muchos de sus amigos tecnobros son bastante pronatalistas -piensen en cierto cretino que tiene ya 14 hijos con diferentes mujeres-, pero por supuesto ocurre que, para ellos, el problema no es que haya demasiados humanos, sino que no haya suficientes humanos “adecuados”, como ellos mismos.
Porque no era sólo
curiosidad lo que motivaba a Epstein a traer a la mesa continuamente el tema de
la superioridad racial, aun
cuando algunos de sus allegados (como Chomsky) tratasen de refutar sus ideas.
El tipo tenía una visión impregnada de transhumanismo, un movimiento
intelectual que propone mejorar las capacidades humanas a través de tecnologías
cibernéticas o genéticas, pero
que en cabeza de gente como Epstein sería otro desarrollo
eugenésico y promotor de la jerarquización racial y social. El magnate tenía la
idea de usar su rancho en Nuevo México como
centro de inseminación artificial usando su propio esperma,
atendiendo hasta veinte mujeres a la vez, según él para “sembrar la raza
humana” con sus genes superiores, inspirado en el Repositorio
para Elección Germinal, un almacén de esperma que buscaba
donantes entre científicos, intelectuales y ganadores del Nobel.
Jaron Lanier, un
científico de realidad virtual y otra conexión de Epstein, señala que las ideas
de Epstein a
menudo eran pseudocientíficas y sin mucho sentido o
proyección. Lanier cree que las reuniones con científicos e intelectuales
podrían haber sido en parte para encontrar potenciales candidatas para su
esperma. El magnate también
tenía interés en la criogenia por motivos similares,
e incluso llegó a preguntarse si podía congelar su cabeza y pene. Sin embargo,
a pesar de estas y muchas otras insensateces imposibles de realizar, más allá
de sus crímenes, muchos científicos mantuvieron un intercambio de ideas con
Epstein, en parte porque el hombre seguía financiando instituciones y proyectos
científicos.
Que el pronatalismo de
los multimillonarios tecnológicos se incline mucho hacia un supremacismo blanco
y la eugenesia no
es una sorpresa a estas alturas, al punto que grupos
como el Institute for Family Studies ha abogado para que los movimientos
pronatalistas hagan
un esfuerzo en desvincularse de sectores racistas y misóginos.
Después de todo, para gente que cree tan fervorosamente en que sus logros son
todos fruto de esfuerzo y meritocracia, y que además vincula el éxito y la
inteligencia a la genética, es natural concluir que se debe incentivar la
reproducción de los más “inteligentes” y “exitosos”.
Parecería que los
científicos vinculados a Epstein sólo han participado en conversaciones con el
magnate acerca de la validez o alcance de sus ideas. Por otro lado, también es
cierto que, en su visión de una ciencia biológica que ha sido cooptada por la
ideología, han sido insuficientes a la hora de rechazar la
pseudociencia que aún pulula acerca de la validez biológica del concepto de
raza (algunos incluso han coqueteado directamente con
ella, como
Pinker) e incluso han manifestado un
entendimiento descuidado de métodos, análisis y resultados
a
la hora de hablar del tema, abriendo puntos
débiles que perpetúan la pseudociencia que alimenta los delirios de figuras
como Epstein.
Tampoco han sido severos o precisos en su análisis de la eugenesia. En su libro En defensa de la Ilustración (2018), Pinker criticó que el concepto sea tan rechazado con base en prejuicios, en lugar de proponerse formas en que pueda incluirse eugenesia de forma no coercitiva. A su vez, Dawkins ha propuesto ver la eugenesia de modo más positivo, algo similar a la selección artificial que hacemos con especies domésticas. El primer problema es que, tanto en concepto como aplicación, la eugenesia jamás ha sido propuesta de un modo no coercitivo. El segundo, claro, es que los rasgos que se buscan seleccionar (inteligencia, éxito económico, ausencia de discapacidades o ciertas enfermedades) no son inmediatamente evidentes, ni conocemos siempre qué genes intervienen en su expresión, o cómo manipularlos de forma exitosa, y por supuesto son en su mayoría altamente subjetivos. Su defensa de una eugenesia ética intenta separar la idea de todo el contexto histórico tras su formulación y ejecución, evitando discutir las muchas implicaciones problemáticas del concepto de manipular el acervo genético de una población.
Y es precisamente dicha levedad a la hora de abordar el tema lo que ha convertido este tipo de discursos en argumentos para los proponentes supremacistas en la alt-right promovida por Epstein y otros gigantes de la economía y la tecnología. Dawkins y Pinker pueden oponerse a una eugenesia impuesta desde el poder, como los proyectos de la Alemania nazi o las esterilizaciones forzosas en el Perú de Fujimori, pero al intentar esquivar la relación de estos excesos con los orígenes y contextos del propio concepto de eugenesia para promover una versión más higiénica, ponen en bandeja de plata una base argumentativa para los pronatalistas supremacistas más “sutiles”, y un primer paso hacia vías de radicalización.
Por supuesto, incluso si ellos la criticaran, los supremacistas seguirían promoviendo dicho discurso. Tampoco es como que necesitaran de Dawkins o de Pinker para argumentar sus visiones racistas: para eso tienen a figuras como Cremiéux, Bo Winegard o el propio Charles Murray. Pero se trata de figuras marginales en el campo académico y científico. Dawkins y Pinker cuentan, a pesar de todo, con una hoja de vida y una trayectoria amplia y reconocida: se les considera confiables en sus afirmaciones, a veces incluso sin verificar lo que argumentan. Y con la reticencia y suavidad de estos científicos a la hora de abordar temas raciales y de eugenesia, los supremacistas pueden sentir que son en cierto modo reivindicados por figuras de renombre. Una validación por asociación.
Una última arista
preocupante es que hay muchas personas que incluso ahora siguen creyendo que
Epstein era inocente, o que no es correcto acusarlo de pedofilia o pederastia
pues sus víctimas eran menores de edad, pero adolescentes, por lo que el
calificativo no aplica. Es cierto que el término popularmente ha llegado a
abarcar el contacto sexual con personas por debajo de la edad de consentimiento
o la mayoría de edad legal, y eso puede ser confuso, pero el énfasis en estos
tecnicismos, aunque puede parecer importante, tiende a evitar discutir que
Epstein fue acusado por cargos de explotación sexual y tráfico, independiente
de la edad de sus víctimas. Y es que hay una relación turbia entre el
supremacismo blanco y algunas propuestas para reducir la edad de consentimiento,
o incluso regresar a los matrimonios arreglados.
Antes de explicar
aquello, debo ser enfático de nuevo en que varios de los científicos que han
aparecido en los archivos Epstein han repudiado la pedofilia y el abuso sexual
infantil antes y después del arresto en 2019, aunque otros en un principio
desestimaron el caso de 2008 como una injusticia y una caza de brujas. Pinker
ha dicho que, si bien la pedofilia debe rechazarse, merece
romperse el tabú al hablar del tema para comprenderlo bien
y saber cómo actuar al respecto. Esa parece una opinión sensata; no tanto así
la de Dawkins, quien en 2013 fue blanco de críticas por intentar hacer un
ejercicio de lógica entre la “pedofilia leve” y la
pedofilia violenta, y por comentar que no se podía condenar de igual forma
actos de pedofilia de épocas anteriores, citando su
experiencia con un profesor que lo manoseaba a él y a otros estudiantes,
puesto que probablemente no les hizo un daño duradero.
Pero son otras
características de la conducta y sus consecuencias lo que la convierten en
abuso, no sólo la reacción de la persona: después de todo, una víctima lo
asimila de formas diferentes. Ese no puede ser el baremo para analizar una
conducta delictiva en general: el mismo Dawkins considera que inculcarle la
creencia religiosa a un niño puede llegar a ser un abuso infantil incluso peor,
aun si no involucra algo sexual o el niño no se da cuenta. Precisamente,
centrarse en la forma en que la víctima se expresa o actúa de acuerdo a su
experiencia de abuso sexual ha intentado ser utilizado por algunos para
desestimar denuncias no sólo de pederastia, sino de abuso sexual y violación en
general.
Es importante hablar sobre estos temas porque, como dije, las nuevas derechas y su enfoque pronatalista han hecho un énfasis constante en que las mujeres deben tener hijos a edades tempranas. El autoproclamado “fascista teocrático” Matt Walsh ha dicho incluso que los trece son una edad perfecta para tener hijos, ignorando por supuesto que la pubertad y el desarrollo físico y sexual del ser humano es un proceso de años, y no se reduce a la madurez gonadal. Por ello, no son tímidos en promover relaciones con amplia diferencia de edad, donde casi siempre la mujer sea joven o prácticamente adolescente. Por supuesto, el caso Epstein los tiene defendiendo parcial o totalmente la reputación del magnate, como hace Richard Hanania -a quien Pinker en su momento promovió, con orgullo, como la única cuenta que seguía en Twitter-, quien ha llegado a acusar de antisemitismo las acusaciones de pedofilia a Epstein, y acusa que los críticos del magnate están intentando combatir o criminalizar las relaciones con gran diferencia de edad.
Es cierto que los
discursos sobre las diferencias de edad tienden a hacerse ridículos, sobre todo
en redes sociales. He visto literalmente personas que se han escandalizado
cuando se enteran de un noviazgo entre dos jóvenes que se llevan apenas dos
años. Y no se puede debatir eso en términos tan maniqueos: las
dinámicas de poder son lo que debe tenerse en cuenta
aquí, no la simple diferencia de edad. No es lo mismo una relación entre una persona
de dieciséis y una de doce, una pareja donde una chica tiene veinte y el hombre
tiene treinta y nueve años, o que se junte un hombre de cincuenta años y una
mujer de ochenta. Mejor resumido aún: no es lo mismo que tu pareja mayor te
lleve 19 años cuando tienes apenas veintiuno que cuando tienes cuarenta y
cinco. Hay diferentes experiencias acumuladas, diferente comprensión de las
relaciones, diferentes dinámicas de poder. Cada caso debe juzgarse en su propio
contexto.
Sin embargo, figuras
como Hanania promueven los “beneficios” de salir con mujeres muy jóvenes, no por la excusa de mejorar la tasa de natalidad como les gusta decir, sino porque
a menudo estas no tienen ni la autonomía económica ni toda la experiencia con
distintas parejas de diferente carácter. Mucho más fácil para ellos ejercer su
voluntad sobre personas más vulnerables. Eso es importante a considerar también cuando tenemos en cuenta que
hay proyectos de extrema derecha que actualmente proponen acabar con el voto
femenino, reducir su presencia en las universidades e incentivar la maternidad
en casa: las necesitan enclaustradas, produciendo hijos blancos. Su valor es
estrictamente reproductivo y servicial. Es parte, de nuevo de su gran discurso
supremacista y eugenista.
Entonces sí: es
importante tener matices a la hora de analizar las relaciones con diferencias
de edad, pero también evitar caer en el juego perverso de la ultraderecha y su
justificación de los claros desbalances de poder con mujeres menores de edad o
apenas por encima de la mayoría de edad. Por supuesto, también hay que saber
enfrentarlos cuando intentan justificarse con argumentos pseudocientíficos de
biología conductual acerca de la promiscuidad y la inversión parental, algo
cada vez más frecuente. Y esto vuelve a hilarnos con los correos de Epstein y
los intelectuales presentes en ellos, porque hay un último tema que fue
impulsado desde las cloacas de Internet que el magnate promovió, y en la que
varios científicos han terminado contribuyendo, y más directamente, a su
presencia y propagación dentro de los discursos reaccionarios.
Entre chasers y transfóbicos
Algo que no ha pasado
desapercibido, y que fue señalado por el sitio TransNews, es que muchos
de los nombres importantes dentro de los archivos de Epstein son
también personajes críticos e incluso hostiles hacia el concepto de identidad
de género y la población transgénero. Y no sólo se trata de
los tres científicos ya mencionados, sino también otros como el psicólogo
Jonathan Haidt y Nellie Bowles, cofundadora de The Free Press y esposa
de Bari Weiss, periodista ahora a cargo de la CBS, miembro de la llamada
Intelectual Dark Web (IDW), aduladora de Trump y bastante crítica de la
comunidad trans.
La relación antagónica
de figuras como Dawkins y Pinker con la comunidad transgénero no es
sorprendente. Reitero en el interés que han manifestado por combatir la
supuesta deriva ideológica y postmoderna en las ciencias naturales y las
instituciones académicas. El concepto de la identidad transgénero parece
encarnar para ellos todo lo que repudian del postmodernismo, el
constructivismo, los estudios de género y la teoría crítica. Sin duda es una
postura que han reforzado al contemplar sectores
del activismo queer que abordan el género como algo estrictamente social
y cultural, pero los mencionados biólogos parecieran
ignorar deliberadamente que hay estudios
importantes a nivel de neurología e incluso de biología del desarrollo
que pueden responder y explicar las identidades transgénero desde un punto de
vista biológico. No es que les importe, claro, porque para ellos se trata, de
nuevo, de una subversión ideológica de la biología.
Sin embargo, hay un
nombre que sobresale de entre el resto de científicos e intelectuales, tanto
por su importancia en las ciencias biológicas como por el tipo de mensajes
fetichistas y deshumanizantes sobre la comunidad trans. Y es el nombre que
había estado reservando desde el inicio de este ensayo. Se trata del biólogo
evolutivo y sociobiólogo Robert Trivers, reconocido en evolución por ser el
formulador de teorías como el altruismo recíproco, el conflicto padre-hijo y,
especialmente, la inversión parental.
Aquí vale la pena
detenerse un momento para explicar esta última. De acuerdo con Trivers, entre
los animales el sexo que invierte más recursos (entendiendo por recursos
alimento, energía, tiempo de cuidado) en su descendencia será más selectivo al
elegir pareja, mientras que el sexo con menor inversión presentará una mayor
competencia intrasexual. Esta base ha convertido la teoría de inversión
parental en una bastante influyente dentro de la biología evolutiva, puesto que
explicaría las diferencias entre sexos a nivel de selección sexual y
preferencias de pareja reproductiva en el reino animal. Si esto les empieza a
sonar familiar en el contenido de ciertos discursos, tranquilos: ya hablaremos
de eso.
Trivers también ha destacado por ser, de lejos, uno de los defensores más acérrimos de Epstein, habiendo recibido de este unos $40.000 USD en donaciones para investigación en la Universidad de Rutgers, de la cual hizo parte hasta. En 2015 manifestó su claro apoyo al magnate, describiéndolo como una persona íntegra que merecía más crédito por cumplir tiempo en prisión y demandar a las mujeres que lo habían denunciado por abuso, aun si había hecho un arreglo para pasar menos tiempo encerrado. Remató aquella declaración con una frase que a algunos le podría helar la sangre sobre las jóvenes: “Para cuando tenían catorce o quince, eran como mujeres adultas hace 60 años, así que no me parece que sus actos sean tan atroces”. En 2017, Trivers reiteró que valoraba su relación con Epstein, ya que el magnate era “extremadamente brillante, de mente abierta, y ha viajado mucho”.
Y ciertamente, los
correos recientemente revelados muestran el nivel de
confianza en dicha relación, al punto que los dos se
regodeaban en un fetichismo transfóbico y pseudociencia al respecto.
En
un correo de febrero de 2016, Trivers agradeció a
Epstein por un “dinero extra” y un puesto como consultor en su fundación,
además de estar listo para llevar un proyecto en ese momento no descrito por
sugerencia del magnate. Epstein respondió
poco después con la frase “quiero ver tu trabajo
sobre lo transgénero en el mundo biológico”. Al mes siguiente, Trivers le
envió otro mensaje afirmando que se acercaba “al fin
de la transexualidad” -en este contexto, “fin” parece referirse a un propósito
en términos biológicos- y necesitaba un poco más de dinero, mientras describía
a las mujeres transexuales como “nuevos morfotipos” en un contexto bastante
sucio que, disculpándome de antemano, traduciré fielmente:
“Si eres un varón
heterosexual y tienes un deseo menor de chupar verga, ¿qué mejor organismo para
hacerlo que con una transexual? ‘Ella’ olerá como una mujer, será más suave y
lampiña como una mujer y puede, hasta cierto punto, asemejarse a una
morfológicamente, dejándote la verga para que la disfrutes en un escenario
femenino.”
En otro correo, esta
vez de 2018, Trivers habla de nuevo sobre las
mujeres transgénero en términos deshumanizantes sobre su atractivo y éxito en
la prostitución, mientras las compara de forma negativa a los hombres trans, a
los cuales llama “infelices y solitarios” por ser hombres con vagina, “lo
peor de ambos mundos”, y finalmente mencionando que busca porno trans y
preocupándose por los menores trans que reciben hormonas a los tres años, un
mito bastante popular. En 2019, Epstein
le responde un mensaje a Trivers pidiéndole que se
enfoque en trabajar en la biología transgénero, ya que parece tener bastantes
esperanzas en lo que encontrará el biólogo.
¿Y el resultado de los miles de dólares que recibió el biólogo evolutivo de parte del gran degenerado? Una hipótesis sobre el origen de la identidad de género que propone una correlación entre la longitud relativa del dedo índice y el anular (el llamado radio 2D:4D) y los niveles de testosterona fetal como predictivos de la identidad de género. De acuerdo con esta hipótesis, un radio alto -es decir, un dedo índice más largo que el anular- indicaría bajos niveles de testosterona fetal y una identidad de género femenina, mientras que un radio bajo indicaría niveles más altos de testosterona fetal y una identidad masculina.
No debería ni ser
necesario decirlo, pero la idea de que la longitud o radio entre dedos sea un
rasgo predictivo de personalidad e identidad es
frenología con manos en el mejor de los casos.
Parece mentira que un científico con teorías tan influyentes en el campo de la
biología evolutiva pudiese presentar una propuesta tan pobre, pero tal
como expliqué hace unos meses, ese éxito puede en
ocasiones cegar a algunos profesionales sobre sus propios sesgos y
limitaciones. Eso no ha evitado, claro, que grupos anti-trans supuestamente
bien informados como Sex Matters citen
los radios en los dedos como evidencia para negar la
identidad de adolescentes trans.
Varios transfóbicos en
redes han querido ver el intercambio de mensajes entre Epstein y Trivers como una
evidencia de que el magnate está detrás del activismo trans que surgió
contemporáneo al #MeToo y los movimientos de justicia social crítica.
Nada realmente extrapolable de ahí: lo que se puede deducir es que Epstein
estaba financiando a Trivers en un proyecto acerca del origen biológico de las
identidades trans, algo que sería necesariamente malo… si no fuese porque es
obvio a través de sus palabras que hay un interés fetichista y objetificador
hacia las mujeres transgénero, en términos como “organismo” y “morfotipos” que
parecen a su vez más aptos para un laboratorio, mientras desprecian e
invisibilizan a los hombres trans. Esto, aun cuando ambos hombres muestren un
fuerte interés sexual en las mujeres trans, también es transfobia.
De hecho, el fetiche de
Epstein por mujeres transgénero no debería sorprendernos tanto. Un detalle que
mucha gente ignora es que una de las primeras personas que acusó al
multimillonario de abuso sexual fue Ava Cordero,
una modelo trans de origen latino que en 2007 lo
denunció por haber sostenido relaciones sexuales con ella cuando tenía apenas
16 años. Por esta denuncia fue
sometida al escarnio público y la difamación,
sobre todo en medios conservadores como el New York Post. No se entendía
bien a nivel público la diferencia entre orientación sexual e identidad de
género, por lo que nadie creía posible que un hombre heterosexual tuviese
interés sexual en mujeres trans; hoy en día sabemos que es de hecho más
frecuente de
lo que se cree, y no se trata necesariamente de
fetichismo, sino de diferentes factores, incluyendo a veces la propia misoginia
-algo en lo que podemos ver que Epstein era bastante experto-.
La realidad es que el
esfuerzo de Epstein por impulsar el crecimiento de la extrema derecha en redes
sociales también contribuyó al rechazo de los derechos LGBT+ en general, y al
desprecio y criminalización a las personas trans en particular. Volvamos con
4chan. De este sitio no sólo nacieron varios memes de contenido transfóbico,
sino también el uso de lenguaje negativo y cada vez más violento contra las
personas trans, incluso en el foro /lgbt/, además de la mencionada red social entre
4chan y el Gamergate, en el cual también proliferó la transfobia. Existen
incluso análisis
enfocados en
el papel de ambos escenarios en el crecimiento y
normalización de la transfobia en línea.
Incluso en tiempos tan recientes como 2022, un grupo de usuarios de 4chan organizó un ataque principalmente transfóbico contra el chat en línea de The Trevor Project, una organización de prevención del suicidio que ofrece apoyo y servicios de crisis para jóvenes LGBT+. Si acaso, tendrían que ser muchos trans-escépticos y trans-antagónicos en redes quienes tendrían que estarse lamentando por caer en los hilos del extremismo y la paranoia manufacturados desde foros de red impulsados por la red de contactos de Epstein.
Y viendo lo que
comentaba con Trivers sobre la prostitución de mujeres trans, ciertamente les
beneficia: una comunidad marginalizada es una comunidad más vulnerable al
crimen y la explotación. Por otro lado, con la frecuencia con que vemos a
quienes acusan a las personas trans de ser groomers revelarse como
abusadores sexuales infantiles (de ahí que se haya vuelto popular en redes la
frase “cada acusación es una confesión”), les conviene también desviar la
atención hacia la comunidad LGBT+ y lejos de sus propios crímenes.
Retornando a Trivers,
su presencia dentro de dicha red tampoco debería ser sorpresiva, dada la
misoginia evidente del propio Epstein. La teoría de inversión parental ha sido fuertemente
malinterpretada y exprimida por distintos sectores de las nuevas derechas, en
particular de la manósfera -incels, MGTOW, masculinistas-, pero también desde
sectores tradicionalistas y postfascistas, tanto para justificar su desprecio a
la sexualidad femenina y su falta de acceso a ella (en el caso de la manósfera)
como para validar la restricción de los derechos de la mujer y su reducción a
un sujeto reproductivo (en el caso de tradicionalistas y postfachos). Esto
también se relaciona con el particular enfoque victimista que sectores
transfóbicos tienen con la identidad de los hombres trans, pues consideran que
es una pérdida a nivel de potenciales parejas a las que ya no podrán tener
acceso por su transición hormonal/quirúrgica. Volvemos a lo mismo: es la
necesidad de que haya más parejas “saludables” para su proyecto supremacista de
sociedad.
Vale la pena señalar que, independientemente de la relación de Trivers con Epstein o que el biólogo evolutivo sea un cretino integral, la teoría de inversión parental no ha estado exenta de críticas desde un punto de vista biológico y evolutivo por las bases en su formulación, su poder predictivo real y los resultados contrastantes en estudios empíricos, y sin duda su enfoque en las relaciones humanas está algo viciado por la perspectiva sociobiológica del propio Trivers. Críticas importantes al respecto se encuentran en libros como Evolution’s Rainbow (El arcoíris de la evolución), de Joan Roughgarden (2004) y Sex Is A Spectrum, de Agustín Fuentes (2026) -este último reseñado en el blog-, y en artículos científicos como Ah-King y Gowaty (2016) y Tang-Martínez (2016). En el mejor de los casos, se trata de una teoría que necesita una importante reformulación (Choi et al, 2022), de modo que tanto el uso tradicional de su formulación como su manoseo por parte de la alt-right y las nuevas derechas radicales no sólo es tendencioso, sino impreciso.
Es casi cómico que la
derecha ha estado increíblemente obsesionada con que la comunidad LGBT+, y en
especial las personas transgénero, están vinculadas con la pedofilia, cuando
los principales vínculos de Epstein provienen justo de su propia cancha
ideológica, y las mujeres trans han sido antes que nada víctimas de su red de
explotación sexual. Estos radicales que desprecian la diversidad no han hecho
otra cosa que promover el odio fabricado desde los proyectos ultraconservadores
de Epstein y sus amigos. Y en su
celo por convertir a sus enemigos políticos y ontológicos en lo peor concebible
del ser humano, son incapaces de notar la ironía.
Por su parte, que
tantos intelectuales hayan caído en un centrismo reaccionario y una visión
distorsionada de lo que significa la identidad de género, contribuyendo así a
la proliferación de la transfobia, es penoso. Obviamente no son personas que
hayan salido de 4chan, pero se han visto alimentados también por el ecosistema ideológico
que nació de estos sitios de Internet, y tampoco han notado cómo
replican y ofrecen argumentos para discursos de odio,
incluso promoviendo
pseudociencia
como la tesis del contagio social o la “disforia de género de inicio rápido”.
Es una retroalimentación de ignorancia y prejuicio que se mantiene constante, tanto
en presencia como en ausencia de un magnate avivando las llamas.
Conclusiones
Sé que a algunos podría
parecerles injusta la mención constante a los mismos pocos nombres entre los
intelectuales presentes en los archivos de Epstein. Sobre todo, considerando
que el magnate tuvo vínculos con muchas otras figuras como el mencionado
Chomsky, el físico Stephen Hawking, el neurólogo Oliver Sacks, el médico y
escritor Peter Attia y otro biólogo evolutivo, Stephen Jay Gould. Preferí
enfatizar a unos personajes específicos porque, como dije al inicio, han sido
parte activa en la “guerra cultural” de años recientes, y con sus memoriales de
agravios sobre la supuesta parcialización e ideologización de la ciencia y la
educación superior acabaron por limpiar el camino para el crecimiento de la
extrema derecha, ante la cual han sido más bien parcos.
Por otro lado, este
ejercicio de lectura y análisis me ha hecho llegar a conclusiones que había
visto antes sobre la caída en decadencia del movimiento ateo/escéptico que
surgió a inicios del nuevo milenio gracias al Nuevo Ateísmo, los cuales le
deben mucho a los personajes mencionados. Y es que, con sus análisis centrados
en la influencia de la religión sobre la sociedad, se quedaron siempre cortos
en una crítica importante: la crítica del poder. Pinker dijo que los
científicos buscan congraciarse con quienes los financia, y tiene razón, pero
eso mismo ha hecho a estas figuras complacientes y poco agudas a la hora de
analizar la autoridad y los grupos sociales en el poder, y la forma en que moldean
la sociedad y la desigualdad. Centrados en la religión y la pseudociencia, los
intelectuales de aquellos años perdieron de vista las otras formas en que el
poder manipula a la sociedad, y por eso prácticamente acabaron muriendo en importancia ante los
movimientos de justicia social y análisis sociopolíticos y culturales más
amplios.
Es esta miopía ante el
poder por la muchos de ellos acabaron defendiendo Israel ante la invasión y la masacre
en Gaza, aun cuando desde las primeras semanas se podía predecir sus planes
genocidas. Por esta miopía se enfocaron en los relatos exagerados de los abusos
del progresismo woke, mientras la ultraderecha consolidaba su influencia
y poder a niveles más peligrosos alrededor del mundo. Por eso siguen
analizándola como un movimiento pasivo, que ha crecido como reacción a los
excesos de la izquierda, y no como el proyecto político activo que realmente
es. Y por eso terminaron envueltos con una figura poderosa e influyente, aun
cuando ya desde 2005 enfrentaba denuncias por abuso sexual infantil y había
sido condenada unos años después.
Por supuesto, el
análisis crítico al poder no es una garantía de precaución activa y constante; ahí
tenemos el caso de Chomsky para recordárnoslo.
No podemos estar alerta constantemente, tal como no somos racionales todo el
tiempo; es un ejercicio consciente el que debemos hacer. Y para estar
conscientes de las interacciones que tenemos y los vínculos que formamos con
personas de poder y autoridad, es necesario mantener una visión crítica de
dicho poder en general.
En cuanto a la
pseudociencia racista, la misoginia y discriminación de las que hemos hablado
aquí, confrontarla y refutarla no puede limitarse a hacerlo cuando es todavía
muy evidente. Es importante reconocer formas más sutiles en que estas visiones
se integran al discurso general. No se puede decir que se ha combatido el
racismo en las ciencias cuando
se sigue usando la base de datos de CI nacional de Richard Lynn.
No podemos hablar de que hay una subversión biológica al rechazar las
diferencias genéticas poblacionales, cuando muchos ni
siquiera saben interpretar lo que realmente significan frecuencias, ancestrías
y clústeres étnicos. Y no se puede combatir
exitosamente el abuso sexual a menores de edad, cuando otros intentan promover
relaciones dispares en edad y poder bajo argumentos espurios de biología y
psicología evolucionista.
La responsabilidad de
científicos e intelectuales no se detiene en la puerta del laboratorio o en el
salón de conferencias. Está también en cómo comunicamos el conocimiento, cómo
interpretamos la información, y por supuesto también en cómo nos relacionamos
con el poder y la influencia. Nuestras palabras y acciones son armas poderosas,
y de nosotros depende que puedan ser empleadas de la forma más adecuada
posible.














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