La importancia de la humildad profesional

 


El pasado 6 de noviembre se dio el fallecimiento del biólogo James Watson. Con 97 años, Watson es conocido por ser ganador en 1962 del Premio Nobel en Fisiología o Medicina, junto a Francis Crick y Maurice Wilkins, al descubrir y publicar en 1953 la estructura de doble hélice del ADN, la molécula de nuestro material genético.

Desafortunadamente, el biólogo también fue muy reconocido por distintas polémicas debido a acciones y declaraciones muy infelices. Como más de un obituario publicado en estos días señaló, además de la ya reconocida historia del ignorado papel de Rosalind Franklin y Raymond Gosling en estudios de difracción de rayos X, lo que permitió obtener la famosa foto 51 que fue fundamental en el descubrimiento de la estructura del ADN, Watson se volvió infame en sus últimas décadas de vida por una serie de declaraciones racistas y sexistas. En entrevistas, aseguraba que las poblaciones afroamericanas tenían menor inteligencia que las blancas, y que dichas diferencias eran de origen genético; además, tenía una perspectiva negativa del futuro de África, puesto que según él, cualquier tipo de apoyo en su desarrollo económico y social en el continente estaba destinado a fracasar por las diferencias intelectuales de sus habitantes.

Todas estas opiniones hicieron que Watson perdiese apoyo de sus colegas y varios títulos y nombramientos en su carrera, pero a pesar de que sus posturas no contaban con evidencia científica objetiva –por mucho que un nazificado Grok argumente que sí-, y de que hecho los estudios apuntan a la importancia de factores sociales, históricos y ambientales, el científico defendió sus ideas hasta su muerte, todo mientras aseguraba que no era un racista, pues no odiaba a las personas negras. No me sorprende mucho, pues, que en redes sociales como Twitter sean principalmente cuentas que promueven supremacismo blanco y racismo científico las que, a la muerte de Watson, enmarcan las consecuencias de su discurso como la injusticia y la persecución de un intelectual por parte de la izquierda extrema que domina la academia y las universidades.

Otras personas han notado que la historia de Watson, la de un científico brillante en ciertas áreas pero que termina defendiendo y promoviendo ideas pseudocientíficas, se ha vuelto un tanto frecuente entre científicos de generaciones anteriores, y sobre todo en aquellos ganadores de galardones de alto prestigio, al punto que se ha acuñado el término “enfermedad del Nobel” para referirse a tales casos. Así tenemos por ejemplo a Kary Mullis, ganador del Nobel de Química por la invención de la reacción en cadena de la polimerasa (PCR), quien sin embargo era un negacionista del sida y el cambio climático, o precisamente el codescubridor del VIH, Luc Montagnier, quien defendía la hipótesis de que las vacunas causan autismo, y durante la pandemia de COVID-19 promovió la desacreditada tesis de que era causa de un virus diseñado en laboratorio.

¿Qué es lo que ocurre aquí? ¿Por qué Watson terminó cayendo sin remedio en la promoción del racismo científico? ¿Por qué hay tantos científicos y profesionales, que debería saber mejor que nadie de la importancia de evidencias sólidas, que validan ideas pseudocientíficas e incluso peligrosas? Y hablando como científico, ¿qué debemos tener en cuenta para evitar caer en semejantes yerros?

Lo primero que quiero dejar en claro desde ya es que tenemos que romper con el magister dixit, la idea de que las palabras de un experto en un tema son siempre autoridad incuestionable sobre dicho tema. El hecho de que Watson diera a conocer al mundo la estructura molecular del ADN no significa que no pudiese equivocarse en temas de genética, sobre todo cuando se trata de cuestiones multifactoriales que no descansan en un origen estrictamente biológico, como las supuestas diferencias observadas en el coeficiente intelectual entre poblaciones humanas. Suponiendo incluso que pudiesen encontrarse tales diferencias, eso no haría que Watson estuviese en lo cierto, puesto que nunca ofreció argumentos sólidos que evidenciaran tales afirmaciones. Mucho menos cuando, como ya he relatado en este blog, los registros del CI que suelen ser empleados en estudios de inteligencia y tan defendidos por supremacistas y racistas científicos vienen de estudios incompletos, sesgados e insuficientes. En otras palabras, concéntrense en el mensaje y su solidez, no en el locutor.

Tal como sugiere la escritora científica Sharon Begley en el obituario que escribió para Stat News, puede que la fijación de Watson con el tema racial se viese facilitada porque, luego del descubrimiento del ADN y el Nobel, su carrera fue más bien discreta. Fueron otros científicos los que analizaron la molécula, ver cómo desensamblarla, reconstruirla, amplificarla, y formularon posteriores hipótesis en biología molecular y evolución. Watson no logró tener otro momento álgido en su carrera por cerca de treinta años, hasta que en los noventa fue parte importante del Proyecto Genoma Humano. Fue por ese tiempo que leyó The Bell Curve, el trabajo de Charles Murray y Richard Hernstein acerca de la supuesta relación entre la genética y las diferencias intelectuales y socioeconómicas entre grupos raciales.

Debo señalar que ninguno de los dos mencionados es biólogo, pero en todo caso Watson quedó maravillado con la osadía de su trabajo y, siendo experto en el ADN, creyó que podía darle más apoyo y respaldar con su experiencia las tesis del libro. Y por alguna razón, nunca prestó atención a las críticas y refutaciones que se hicieron a través de los años a las ideas de The Bell Curve, muchas incluso del mismo año en que salió, y muchas esgrimidas por biólogos que también eran expertos en genética. Ese fue el punto que marcaría un giro en el legado de Watson, pues fue desde entonces que promovió y defendió con férrea convicción la idea de una inferioridad intelectual y un mayor impulso sexual en las poblaciones negras y un origen genético a la misma, y aunque algunos argumentan que no lo hacía por odio, sino desde una visión entre paternalista y condescendiente, no deja de ser una posición cuestionable para un científico tan importante, en especial cuando simplemente ignoró o no entendió en las décadas restantes de su vida la abrumadora evidencia que no respaldaba esto.

Mencionaba antes la “enfermedad del Nobel” o “nobelitis”, términos informales con que se refieren a este fenómeno de ver ganadores del Nobel abrazando pseudociencias, algo en lo que Watson estuvo lejos de ser el único o el primero. Se puede observar desde épocas tempranas, pues por ejemplo Pierre Curie (coganador en 1903 del Nobel de Física) asistía a sesiones espiritistas, Santiago Ramón y Cajal (Nobel en Fisiología o Medicina en 1906) escribió un libro acerca de la hipnosis y el espiritualismo, y Phillip Lenard (Nobel de Física en 1905) fue defensor del nazismo y promovió la visión de “física alemana vs física judía”. Y si bien algunos de estos casos pueden asociarse con la mentalidad de la época, como la fascinación que hubo con el esoterismo y lo paranormal entre finales del siglo XIX y principios del XX, no dejan de ser ejemplos de que el Nobel no es garantía de racionalidad constante, mucho menos en temas por fuera del área de experticia. Incluso otros ganadores del Nobel, como Milton Friedman (Nobel de Economía en 1976) y Paul Nurse (coganador del Nobel de Fisiología o Medicina en 2001), han advertido sobre los egos que pueden surgir tras ser galardonado y el buscar y confiar en la opinión de un laureado sobre áreas que no le corresponden.

Aunque no se puede decir que este fenómeno sea más frecuente entre ganadores del Nobel en comparación con la población científica general, sí que es cierto que este galardón parece darles a algunos de ellos la idea de que sus sesgos particulares se ven validados, y que son menos propensos al error que otras personas. Por otra parte, como señaló Eleftherios P. Diamandis en 2013, muchos de los ganadores del Nobel reciben el premio décadas después de su hallazgo revolucionario, y lejos del punto culmen de sus carreras en muchos casos, de modo que pueden ser menos agudos a la hora de analizar otros temas científicos de modo racional.

Watson recibiría el galardón apenas una década después del hallazgo de la estructura del ADN, siendo relativamente joven, pero hay otro contexto interesante relacionado con él que también podría explicar un poco sus sesgos. Y es que, como han señalado amigos y colegas del difunto, cuando se unió con Crick a los laboratorios Cavendish en 1953, Watson no tenía conocimiento alguno sobre las bases teóricas de bioquímica o de estructuras moleculares, así que prácticamente tuvo que prepararse por cuenta propia. Que consiguiera el Nobel unos años después con el descubrimiento de la doble hélice sin duda alimentó en él una visión de “genio solitario” –un mito que, por cierto, nos ha costado desterrar del campo científico-, de aquel que puede llegar a ofrecer mejores perspectivas que las personas que son profesionales en un campo, por lo que no es sorprendente su inflexibilidad acerca de la inferioridad intelectual de origen genético en poblaciones negras. Es difícil considerar la posibilidad de que estás equivocado cuando, a tus ojos, has sabido acertar toda tu vida.

Como dije, el ejemplo de Watson puede ocurrir entre otros científicos, independiente de que hayan ganado o no el Nobel. En estos días, por ejemplo, es tristemente célebre el biólogo evolutivo Richard Dawkins, cuya cruzada en contra del pensamiento postmoderno y el antirracionalismo se convirtió en una caricatura transfóbica en la que replica puntos comunes que podrías encontrar en el discurso de cualquier fascistoide como Matt Walsh o Donald Trump. ¿Y sus bases argumentativas? Libros chapuceros y dañinos como Trans, de Helen Joyce, que incluso replica ideas antisemitas de conspiración, o Daño irreversible, de Abigail Shrier, que intenta defender la desacreditada tesis de la disforia de género de inicio rápido y el contagio social. Cada vez es más común encontrar voces de vergüenza y decepción de antiguos seguidores suyos en redes sociales, que lo ven más aterrado y mezquino con una minoría oprimida que no intenta dañar a nadie que por la persecución reciente a la independencia académica en las universidades en naciones como Estados Unidos. Y lo cierto es que no lo veo con interés de educarse realmente sobre el tema.

Sobre esto último, tengo que decir que un interés y una disposición a aprender y leer estudios y críticas sobre temas y fenómenos que no dominas puede ser un primer paso para ir desterrando los sesgos que te mantienen dentro de una burbuja. No vas a convertirte necesariamente en un experto autodidacta, pero sí te permite reconocer y esquivar mejor cuando te intentan colar discursos sin fundamento científico o con bases endebles en el mejor de los casos. Sobre el caso de Dawkins, por ejemplo, yo mismo llegué a coquetear un poco con ideas trans-escépticas, pero es porque estaba regurgitando principalmente los discursos simplistas de los “críticos de género” y realistas sexuales que me topaba en Internet. No llegué a entender lo compleja, sólida e interesante que es la ciencia y evidencia acerca de la identidad de género hasta que me tomé el trabajo y tuve el interés de leer al respecto, y me encontré no sólo con un cuerpo de estudios e información que no sólo confronta la visión reduccionista y prejuiciosa de gente como Richard, sino que también evita la levedad y la evasión del constructivismo estricto.

Pero es importante, sobre todo, reconocer que eres una persona, y como tal eres susceptible a ser falible, incluso siendo alguien educado y con formación profesional. No podemos aplicar la racionalidad todo el tiempo: lo importante es saber darte cuenta de cuándo has tropezado, y cómo puedes evitar que pueda ocurrir en la medida de lo posible. Publicar un artículo académico trascendental, obtener un galardón por tu trabajo científico, son logros importantes, pero no te hacen inmune a sesgos y falencias personales, así que procura mantener el orgullo por ellos en sus justas proporciones.

Considerando que Watson pudo haber estado más susceptible a comprar el discurso de The Bell Curve como una forma de tener un mayor alcance luego de muchos años sin estudios destacables en genética, debo señalar también que, como científicos, y en un sistema académico despiadado de “publica o muere”, no siempre estaremos en las mejores condiciones laborales y profesionales. Yo mismo he pasado del ambiente académico a un trabajo un poco más modesto en términos de producción científica. Pero eso no debe hacernos perezosos o descuidados con nuestras competencias. Mantener tu educación científica y filosófica para estar consciente de tus limitaciones y cómo reducirlas debe ser un ejercicio constante.

Y ante todo, es importante recordar que no puedes manejar todos los temas posibles con igual destreza y conocimiento. En un campo como las ciencias naturales, donde constantemente se produce nuevo conocimiento, lo que sabemos hoy puede que sea diferente a lo de mañana, por lo que, aunque procures mantenerte bien informado, hay que tener presente que no siempre será al ritmo deseado. A veces, ante una pregunta, simplemente es mejor ser honesto y responder “no sé” o “no tengo los elementos de juicio necesarios para emitir una opinión al respecto”.

Más que exponer a Watson, mi interés con esta entrada fue presentar su caso como un punto de partida para recordarnos que un poco de humildad en nuestra profesión es más que necesaria, y que necesitamos hacer un esfuerzo consciente y constante para evitar caer en los sesgos y errores de este y otros científicos de renombre. Espero que al menos se haya podido entender esto, pues es lo mínimo que se espera de nosotros. En un mundo donde la confianza en las ciencias es mermada por discursos pseudocientíficos y ataques políticos, debemos ser rigurosos más que nunca con lo que expresamos y defendemos.

Para otros comentarios sobre la muerte de Watson y su legado, recomiendo este par de artículos:

-James Watson: Titan of science with tragic flaws, de Science, una entrevista de Jon Cohen con el historiador de la ciencia Nathaniel Comfort acerca del biólogo sobre las luces y sombras de su carrera y personalidad.

-Una revisión crítica del obituario emitido por el laboratorio Cold Spring Harbor, escrito por el biólogo Lior Patcher, con fuentes sobre aspectos de la vida y obra de Watson que por supuesto no se mencionan ahí.

 

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