¿Debe abandonarse la idea de un espectro autista?

 

Introducción

En estos días me estaba preparando para escribir un ensayo acerca del autodiagnóstico dentro del autismo, el cual pretendo publicar como adelanto en mi cuenta de Ko-fi, porque realmente hay mucho por hablar sobre un tema tan controvertido. Pero apenas estaba terminando de recopilar información para ello, cuando a pocos días de marzo empezó un debate bastante polémico que resulta importante en parte para ese próximo trabajo.

Se trata de una entrevista a una profesional de la salud que ha puesto sobre la mesa dos temas: si es válido referirse al autismo como “trastorno del espectro autista” (TEA), y la mayor presencia de diagnósticos femeninos de autismo en años recientes. El tema podría haber dado pie a una conversación interesante, si no hubiese sido porque se nota que partió desde un punto de profunda ignorancia e imprecisión acerca del TEA, aun cuando la persona ha sido pionera en la investigación acerca del mismo.

Y no es que no se traten de cosas que no se puedan debatir, pero la forma en que se han planteado es muy simplificada, lo que es peor cuando profesionales de la salud han respaldado ese retrato simplificado. Por ello, me parece importante no sólo hablar de la polémica, sino también revisar un poco qué avances se han encontrado desde que se estableció el TEA en el DSM-V, y si el concepto de espectro sigue siendo válido, o puede que haya nuevas propuestas al respecto que podrían ocupar ese lugar.

Por supuesto, les recuerdo que yo no soy directamente un profesional del autismo. Como científico, les puedo explicar lo que se presenta en diferentes estudios al respecto, y de todos modos como autista es un tema del que me gusta estar bien informado. También me disculpo de antemano si sueno un tanto impersonal al escribir la parte científica, aunque evitaré en lo posible los términos capacitistas que puedan surgir en los estudios referenciados. En todo caso, siempre es importante que consulten a profesionales de salud con experticia al respecto, siempre y cuando se mantengan actualizados.

¿Se ha ‘sobrediagnosticado’ el autismo femenino?

La Dama Uta Frith es una investigadora enfocada en el autismo, profesora emérita en el Instituto de Neurociencia Cognitiva en la Universidad College London, con unas seis décadas de experiencia en su haber. Es reconocida por ser coautora de un artículo clásico que proponía una explicación de la teoría de la mente en personas autistas y su origen neurológico, algo que rompía con la creencia de la época de que el autismo se originaba por falta de calor materno. También hizo parte del grupo de profesionales que contribuyó a establecer en 2013 el diagnóstico del TEA en el DSM.

Sin embargo, Frith está dispuesta a romper con su propio legado. En una reciente entrevista del 4 de marzo para la revista TES (Amass, 2026), Frith expuso que, con el concepto de espectro autista, la interpretación de su definición se hizo tan inclusiva que el diagnóstico médico ha perdido su significado y ha colapsado sobre sí mismo. Esto lo habla en referencia al incremento de diagnósticos autistas en la década reciente, en particular por los diagnósticos tardíos, que según un estudio publicado recién este enero (Furnier et al, 2026) ha tenido una mayor tendencia de incremento en comparación con casos de autismo de diagnóstico temprano y dificultades moderadas o altas. En ese sentido, Frith cree que la metáfora del autismo como un espectro ya no es útil a nivel médico.

De acuerdo con Frith, podemos dividir los casos actuales de autismo en dos subgrupos: uno de diagnóstico temprano, basados en dificultades intelectuales y de lenguaje, y uno de diagnóstico tardío, principalmente ocupado por mujeres y chicas adolescentes, que simplemente sufre de ansiedad en situaciones sociales, por lo que podríamos llamar a este grupo “hipersensible”. En opinión de Frith, el segundo grupo se sentiría mucho más beneficiado con un diagnóstico diferente al de autismo, mientras que este debería limitarse a los casos con las deficiencias mencionadas: es decir, los únicos autistas legítimos serían aquellos con un diagnóstico temprano.

Sobre la gran presencia de mujeres en estos nuevos diagnósticos, Frith rechaza la idea de que haya existido un sesgo de género histórico en el enfoque y diagnóstico del autismo. En su opinión, se trata de una condición predominantemente masculina, como ocurre con otros trastornos neurológicos. También rechaza el concepto de masking, asegurando que no cuenta con evidencia científica, por lo que no tiene nada que ver con la dificultad en identificar el autismo en mujeres.

Frith también lamenta que los exámenes se den principalmente en entrevistas en lugar de observaciones clínicas, y cree que, si una persona puede hablar de forma fluida contigo en una conversación, es una contradicción con el diagnóstico autista. En su opinión, la presencia de un biomarcador (una prueba de sangre, un escaneo, etc) ayudaría a limitar mejor el diagnóstico de autismo, y probablemente daría evidencia de varios subtipos de autismo.

Frith tuvo la oportunidad de ampliar un poco sus ideas en un podcast del Substack Let’s Talk Neurosense con la doctora Naomi Fisher. En dicho podcast (Fisher, 2026), además de insistir en que el concepto de masking no tiene validez científica y que no es exclusivo del autismo, también arremetió contra las acomodaciones, como los cascos canceladores de ruido, puesto que, en su opinión, no cuentan con estudios que demuestren su efectividad. Así como en su entrevista original dijo que “todos somos neurodiversos”, asegura que las sensibilidades sensoriales son algo que todos tienen en cierta forma, de modo que no debería hacer parte de los criterios diagnósticos del autismo.

No puedo dejar terminar esta sección sin mencionar la intervención al respecto por parte de Kathleen Stock, una filósofa y activista feminista trans-excluyente. En un artículo para la revista UnHerd (Stock, 2026), Stock criticó lo que llama una “feminización del autismo”, que patologiza innecesariamente a adolescentes con problemas de ansiedad, hipersensibilidad y rechazo escolar. Igualmente ataca el concepto de masking, asegurando que, si una persona puede camuflarse lo bastante bien para disfrazar sus rasgos autistas durante años, no deberíamos considerar que se trate de verdadero autismo. “Todos enmascaramos algo de nosotros mismos; Jung lo llamaba tener un personaje”. Para Stock, enfocar recursos en estos casos de diagnóstico tardío está robando atención y apoyo a los autistas con altas necesidades de apoyo, por lo que celebra la posición de Frith.

Y ya que hablamos del tema de los recursos, es necesario hablar del contexto en que se dieron estas entrevistas a Frith. A finales de febrero, el gobierno británico propuso una importante reforma a los Planes de Educación, Salud y Cuidado (EHCP, por sus siglas en inglés), en los cuales se busca modificar el apoyo a las necesidades de educación especial y discapacidades (en inglés, SEND), de modo que sólo estudiantes que se haya decretado que necesitan un paquete de provisión especialista sean apoyados por los EHCP (GOV.UK, 2026).

De acuerdo con estos planes, que deberán entrar en marcha en 2029, se espera que las escuelas produzcan nuevos planes de apoyo estatutario para alumnos con SEND, mientras que el gobierno debe presentar nuevos planes de estándares de inclusión nacional (Roberts, 2026). En un sistema que ya tiene dificultades presupuestales para cubrir las necesidades de diferentes personas discapacitadas y con necesidades especiales de educación, el supuesto exceso de diagnóstico de condiciones como el TEA parece ser una sobrecarga, de modo que lo que esta reforma busca es reservar los EHCP a las “necesidades más complejas”, es decir, a una categoría más estrecha y visible.

Debo señalar, por cierto, que Stock no cuenta con credenciales médicas ni científicas a la hora de comentar acerca del masking y el autismo, y definitivamente se nota en su texto. Por su parte, si bien Klein sí es una psicóloga clínica, ella misma ha afirmado no ser una profesional neuroafirmativa y no cree que haya una base neurológica del cerebro tras los diagnósticos de autismo o TDAH, lo que indica un sesgo importante a la hora de presentar y defender en redes las afirmaciones de Frith.

En cuanto a la propia Frith, no se puede desconocer su legado en la ciencia e investigación enfocados en el autismo. Pero como ya he explicado otras veces en este blog, la experticia no te hace menos susceptibles a sesgos y errores; de hecho, a menudo ayuda a racionalizarlos bien. Y si bien es cierto que su entrevista toca temas importantes que se están discutiendo sobre el diagnóstico, esto queda mancillado con el gigantesco hombre de paja (¿o mujer de paja?) que la investigadora presenta sobre el TEA.

La importancia de comprender el masking y las dificultades sensoriales

Como habrán notado, los ejes del argumento de Frith son dos: que no existe evidencia del masking autista, por lo cual no es necesario intentar identificar dicha experiencia, sobre todo en mujeres; y que las sensibilidades sensoriales son algo común que no hace parte del diagnóstico del TEA, de modo que no debería ser considerado tampoco en los diagnósticos individuales. Ambos comparten una característica, y es que vienen de las experiencias de vida que describen los individuos autistas.

Para Frith, fue un error enfocar los procesos de evaluación para diagnosticar al individuo en entrevistas y sesiones particulares con los pacientes en lugar de observación clínica, lo que para no pocos es como decir que extraña los tiempos en que no hacía falta considerar que el paciente es también un ser humano. La visión de Frith sobre el TEA acaba cayendo en un fuerte capacitismo, para el que importa más lo que puedes evaluar exteriormente que lo que procesa internamente la persona. No sorprende, pues, que bajo su idea el autismo debe limitarse a los casos de detección temprana, más centrado en las deficiencias que en otras características de la condición.

Pero para especificar los problemas con su concepto de masking, debemos hablar primero del concepto más amplio al que realmente se refieren Frith, Klein y Stock: el camuflaje. Esta es una táctica que busca cambiar o esconder rasgos o conductas naturales de la personalidad individual para poder encajar en distintos ambientes sociales, de modo que el individuo sea visto de modo “apropiado” por el grupo al que intenta integrarse (Silvertant, 2024). Y ciertamente, esta es una experiencia transversal a la especie humana en general. Todos nos ajustamos a las convenciones sociales de los sitios a los que llegamos, y aprendemos diferentes habilidades sociales para interactuar mejor con otras personas.

Por supuesto, a diferencia de lo que plantean Frith y algunos profesionales en redes sociales que han salido en su defensa, jamás se ha afirmado de parte de los autistas o de los especialistas en autismo que el camuflaje o el masking sean exclusivos del autismo, ni siquiera de las neurodivergencias (Silvertant, 2020; Miller et al, 2021). El problema es que, con estas condiciones del neurodesarrollo, no son sólo rasgos conductuales los que se intentan modificar u ocultar: son también expresiones físicas: la forma de caminar, el contacto visual, el stimming, entre otras cosas. También se intentan suprimir cosas como la disfunción ejecutiva o las sensibilidades sensoriales: debes disimular la molestia física que te está causando un ruido fuerte, esa luz del laboratorio que no deja de parpadear, o la tela del traje que debes ponerte para un evento importante. No es sólo que una persona autista intente camuflarse para interactuar, es que está activamente tratando de minimizar la visibilidad de su autismo, sea por encajar en un mundo neurotípico, porque le preocupa la impresión que deja cuando no está camuflado, para evitar el acoso y el bullying, por hábito o por un estigma interiorizado (Gassner, 2025).

Un estudio de Hull et al (2018) presentó un modelo de camuflaje social en el que identificó tres subcategorías de camuflaje de rasgos autistas: la compensación, el masking propiamente dicho y la asimilación. La compensación serían el conjunto de estrategias para compensar de forma activa las dificultades en situaciones sociales, como por ejemplo replicar el lenguaje corporal y expresiones faciales de otras personas, o aprender señales sociales de productos audiovisuales o literarios. El masking como tal son las estrategias que buscan ocultar características autistas, como monitorear nuestro propio rostro y cuerpo para parecer relajados, o mantener un contacto visual forzado. Finalmente, la asimilación consiste en estrategias usadas para intentar encajar con otras personas en situaciones sociales, como establecer conversaciones que no se sienten naturales o buscar/evitar situaciones sociales.

Diagrama del modelo de camuflaje social (Hull et al, 2018).

Por supuesto, esto tiene consecuencias tanto físicas como mentales, pues el cuerpo se mantiene en un estado de vigilancia constante. Como explicó el psiquiatra Sanil Rege en un hilo de Twitter/X, el masking es una adaptación funcional que mantiene la seguridad y regula la excitación producto de la sensibilidad interna; es por ello que es tan frecuente e intensa entre autistas, puesto que nuestra excitación base es muy alta y nuestra interocepción -la capacidad de detectar e interpretar señales corporales internas- está alterada. No se trata de un comportamiento superficial, sino que se construye por predicciones automáticas que se van moldeando a través de experiencias en la infancia y la adolescencia, de modo que se vuelve parte del funcionamiento cognitivo y conductual del individuo.

El problema es que como nuestro cuerpo no detecta las señales internas de desgaste, el masking puede mantenerse activo por mucho tiempo hasta que llegamos al colapso físico y mental: de ahí que muchas personas autistas experimentemos casos de ansiedad y depresión como consecuencia de un masking prolongado (Evans et al, 2024). Así mismo, ese estado constante de protección puede dificultar un diagnóstico adecuado para muchas personas, explicando de esa forma que ocurran casos de diagnósticos tardíos. Cuando Frith afirma que poder hacer contacto visual o mantener una conversación fluida es contradictorio con un diagnóstico, está ignorando que estos pueden ser el resultado de años, décadas, de un proceso de masking por parte del individuo. Teniendo todo esto en cuenta, a partir del modelo de camuflaje social se desarrolló el Cuestionario de Rasgos Autistas de Camuflaje (CAT-Q), el cual busca identificar a aquellas personas que podrían no estar cumpliendo con los criterios diagnóstico del TEA por el masking desarrollado.

Por supuesto, si bien el modelo de camuflaje social de Hull et al es bastante importante, no es el único criterio para definir el camuflaje y el masking. De hecho, un metaanálisis publicado recién en febrero (Arnold et al, 2026) encontró bastantes inconsistencias en los términos usados para establecer el camuflaje, su definición y cómo son empleados para un mismo concepto o para diferentes estrategias de camuflaje, así como cuestionar la precisión de las herramientas de medida de camuflaje. Aunque esto parecería darle parte de razón al alegato de Frith, los autores no rechazan la existencia del camuflaje en el autismo, sino que explican la necesidad de resolver dichos problemas conceptuales para futuras investigaciones y favorecer las interpretaciones clínicas de las estrategias de camuflaje.

Y es importante que mencionara dicho metaanálisis y las conclusiones porque el enfoque de Frith de que las entrevistas clínicas no deberían ser parte importante del proceso de diagnóstico, no está muy bien fundamentado. Tal como señala el portal Canary SEND en un ensayo donde critican los puntos de la entrevista de Frith (Canary SEND, 2026), intentar aplicar el criterio de falsabilidad como frontera para determinar si un concepto o un examen es científico es problemático, puesto que las escalas de dolor, los exámenes de ansiedad y gran parte de las herramientas diagnósticas en psiquiatría requieren principalmente de los reportes propios del paciente, de modo que la observación externa no puede verificarlos. Básicamente, gran parte de la psicología clínica sería inútil de aplicar.

Por otro lado, en cuanto a la información científica al respecto, en primer lugar, las experiencias de camuflaje han sido identificadas y descritas por personas autistas mucho antes de que la comunidad científica enfocara su investigación en torno a ello. En segundo lugar, y contrario a lo que afirma Frith, la literatura científica y revisada por pares en torno al camuflaje y el masking es bastante amplia: el metaanálisis de Arnold et al (2026) revisó un total de 389 estudios en torno a ambos conceptos. Incluso reconociendo las discrepancias conceptuales en la definición y uso de los mismos, está lejos de ser el campo estéril y completamente subjetivo que Frith presentó en su entrevista. ¿Es mejorable? Por supuesto: en las ciencias de la mente hay muchísimo espacio para mejorar, pues el cerebro y la mente siguen albergando muchos misterios. ¿Significa eso que la ciencia que se ha hecho al respecto es descartable? En absoluto.

Sobre las sensibilidades sensoriales hablaré un poco menos, pero igualmente no se pueden dejar de lado, siendo que es otro aspecto del autismo que Frith desdeña. De acuerdo con ella, las dificultades producto de un perfil sensorial hipo- o hipersensible no deberían ser importantes para el diagnóstico de autismo, pues vienen principalmente de “nuevos buscadores del autismo”, implicando que es más un atributo absorbido por las tendencias sociales y culturales que un componente importante del autismo. Tal afirmación es de nuevo sorprendente. En primer lugar, porque tanto en las descripciones más antiguas de Grunya Sukhareva (Sher & Gibson, 2023), como en el reporte original de Leo Kanner (1943) y el trabajo de Hans Asperger (1991) se destacan las sensibilidades sensoriales “anormales” en los pacientes analizados como un rasgo importante de la condición que identifican. Desde el inicio han sido una parte importante de lo que se ha codificado como autismo.

En segundo lugar porque, aunque el DSM-V no convierte las sensibilidades sensoriales en un criterio excluyente para diagnóstico del TEA, reconoce la importancia de las mismas dentro del proceso de diagnóstico. Vayamos con la descripción de los criterios; específicamente, el criterio B, los patrones restrictivos y repetitivos de conducta, intereses o actividades (APA, 2013). El patrón de conducta B.2. en concreto reza: “Híper- o hiporreactividad a información sensorial o interés inusual en aspectos sensoriales del ambiente (por ejemplo, indiferencia aparente al dolor/temperatura, respuesta adversa a sonidos o texturas específicas, excesivo olfateo o toque de objetos, fascinación visual con luces o movimientos)”. El DSM-V aclara que no es necesario presentar este patrón de conducta para ser diagnosticado: como bien explica el manual, el individuo debe presentar dificultades persistentes en las tres áreas de comunicación e interacción social (criterio A) y al menos dos de los cuatro patrones restrictivos de conducta que se describen como criterio B. No es exclusivo ni excluyente del TEA, pero está lejos de ser producto del reflejo de una tendencia cultural, tal como sugiere Frith.

De hecho, tan importantes pueden llegar a ser las diferencias sensoriales dentro del autismo que podrían ser también en parte definitorias de la condición como tal. El año pasado, se publicó un estudio del investigador Steven Kapp que abordó las bases neurológicas de las diferencias senso-motoras en el autismo (Kapp, 2025). De acuerdo con dicha investigación, los rasgos sensoriales y motores se encuentran presentes desde el nacimiento en personas autistas, y pueden influenciar diferencias observadas en la conducta y la comunicación debido a diferencias en aprendizaje sensorial y motor, imitación automática, contacto visual, percepción sensorial e intereses, así como en el procesamiento de información basado en el ambiente que rodea. Kapp sugiere que son estas diferencias las que impactan fuertemente en la calidad de vida de la persona autista, y por las cuales el camuflaje y el masking se vuelven física y mentalmente exigentes y costosas. Por lo tanto, el proceso de aceptación e integración de la población autista requiere también de un importante apoyo sensorial y sensible.

Las dudas que siembra Frith acerca de las acomodaciones sensoriales, asegurando que no cuentan con investigación suficiente que evalúe su efectividad, son un poco desconcertantes, y ciertamente me recuerdan mucho a la discusión sobre la evidencia de la medicina afirmativa de género en el Informe Cass, algo de lo que hablé con detalle en el blog (El Pensador Sereno, 2024). Como explicaba en aquel texto, buena parte de los tratamientos en medicina se basan más en prácticas clínicas informadas y un uso cuidadoso y estructurado de las opciones disponibles que en un cuerpo de investigación perfecto, pero eso no hace que sean tratamientos “pobres”.

De hecho, tal como indicó Anne Borden en un artículo de Thinking Person’s Guide to Autism donde responde a las afirmaciones de Frith (Borden, 2026), muchos de los enfoques de terapia del autismo, como el famoso y cuestionado ABA, cuentan con estándares de evidencia clínica bastante bajos y un cuerpo de evidencia científicamente dudoso. Pero se aplican porque, para muchos profesionales, una aproximación imperfecta a la ciencia es mejor que trabajar sin ciencia en absoluto: de otro modo, serían los tratamientos “milagrosos” como la MMS (El Pensador Sereno, 2021a) o las dietas sin leche (El Pensador Sereno, 2021b) las que abundarían en los despachos del psiquiatra. Nuevamente, es algo mejorable sin dudas, pero no por ello inmediatamente desdeñable como se pretende. Y por supuesto es muy irónico cuando consideramos que Frith presenta sus comentarios como “creencia”, sin presentar realmente la evidencia científica que está pidiendo en el tema de las acomodaciones.

Considerando la importancia de los testimonios y las experiencias de vida de las personas autistas para comprender mejor -no necesariamente codificar- lo que significa vivir con la condición (Finch et al, 2022), sin duda sorprende la insistencia de Frith en menospreciar ese tipo de evidencia. Parece considerar que la información del paciente es insuficiente o poco confiable. Este es el momento donde debo destacar que en el artículo clásico en el que contribuyó sobre el origen del autismo (Baron-Cohen et al, 1985), la tesis central es que los autistas carecemos de teoría de la mente, es decir, la capacidad de reconocer los pensamientos, creencias y emociones de otras personas y de sí mismo para poder interpretar y predecir comportamientos.  Desde este enfoque, es palpable que se haga un mayor énfasis en la observación directa que en comunicarse con el paciente.

Sin embargo, la evidencia que respalde esa hipótesis de la teoría de la mente en el autismo ha sido inconsistente y reflejado una amplia variación en las respuestas de los pacientes a los exámenes, a pesar de las múltiples modificaciones metodológicas (LaCroix, 2026). De hecho, de acuerdo con un análisis crítico reciente (Long et al, 2025), la insistencia de mantener la noción generalizada de una carencia de teoría de la mente en la población autista a pesar de su inconsistencia es la razón por la que intervenciones basadas en esta hipótesis cuentan con un éxito limitado. Desde hace tiempo se ha manifestado la necesidad de una nueva hipótesis para la teoría de la mente en el autismo, no como una carencia, sino como una diferencia en procesos psicológicos que expliquen las dificultades en las interacciones sociales a través de las diferentes formas en que se manifiesta la condición.

Frith no parece reconocer todos los desarrollos en investigación en torno al autismo de las que hemos hablado. En palabras de la doctora Sue Franklin en la misma revista TES, “las perspectivas de Frith, basadas en un modelo médico, parecen buscar un retorno a un diagnóstico estrecho y patológico del autismo” (Franklin, 2026). Por supuesto, como decía al principio, hay otros temas importantes en la entrevista original de los que sí ha habido cierta discusión desde hace un tiempo, y vale la pena profundizar un poco en ellos, pero alejándonos del capacitismo que reposa detrás de las declaraciones de Frith.

Las mujeres dentro del autismo

Después de una explicación tan grande acerca del masking y las sensibilidades sensoriales, hay que pasar a los dos conflictos importantes que surgen a partir de las confusiones que presenta Frith: el supuesto exceso de diagnóstico de las mujeres autistas, y la necesidad de ir más allá del concepto de espectro autista. Cada uno merece un comentario matizado acerca de lo que ocurre y se debate en la actualidad, para tener una mejor idea de lo que realmente ocurre.

Hablar de las mujeres en el autismo es hablar de una historia de suposiciones y sesgos de género. Históricamente, se ha considerado en investigación médica que el autismo es una condición predominantemente masculina, en una relación 3:1-4:1. Esto en principio no sería inusual. Sabemos que hay diferentes trastornos y condiciones de salud que se presentan más hombres que en mujeres y viceversa, y condiciones neurológicas y mentales no son la excepción. Casos conocidos son que la depresión y la ansiedad se han registrado con mayor frecuencia entre mujeres, mientras que entre hombres son más comunes el trastorno de personalidad antisocial y el TDAH. En general, es esperable que puedan darse estas relaciones por sexo.

No obstante, en los últimos años se ha registrado un incremento importante en el número de diagnósticos de autismo (Maybin & Blastland, 2025), en particular entre mujeres y adolescentes (Phillips & Williams, 2025), es decir, diagnósticos tardíos, de modo que la relación de autismo entre hombres y mujeres parece estar reduciéndose (Fyfe et al, 2026). Y si bien esto ha alimentado los delirios conspiranoides de personajes como el alcornoque secretario de salud de Estados Unidos -tema que ya tratamos aquí (El Pensador Sereno, 2025a)-, lo cierto es que un incremento en los diagnósticos de autismo no es lo mismo que un incremento en el número de personas autistas. Es más que estamos descubriendo a personas que son autistas entre una población que creíamos mucho más neurotípica.

¿Por qué se ha dado este incremento? Las causas son complejas, pero una razón muy importante (Pappas, 2025; Furnier et al, 2026), es que los cambios en los criterios de diagnóstico han permitido identificar casos de autismo con menos necesidades de apoyo, con una intensidad de rasgos que antes no se consideraba autismo, incluso en personas mayores de edad. También se ha entendido que dos o más condiciones del neurodesarrollo pueden estar presentes en una misma persona -coocurrencias o comorbilidades-, y se ha reconocido a pacientes que por error recibieron el diagnóstico de otras condiciones. Es decir, ahora tenemos mejores diagnósticos que en décadas anteriores.

Por otro lado, en un reciente debate acerca del ascenso de diagnósticos neurodivergentes en el British Medical Journal (Eccles et al, 2026), otras razones se propusieron. De acuerdo con los profesionales en el lado “No” del debate, no ocurre sólo por conciencia de los casos no diagnosticados, sino también por cambios en recursos y cultura. Hoy en día, se han creado equipos de especialistas en autismo en países como Reino Unido, y los diagnósticos específicos permiten un mayor apoyo estatal en escuelas y a nivel social, por lo que cumplen un papel estructural en el incremento de los casos. Un adulto autista puede, en teoría, recibir un mejor apoyo con un diagnóstico autista que por otras condiciones coocurrentes que no han recibido la atención necesaria a lo largo de su vida.

¿Qué tiene que ver todo esto con las mujeres autistas? Bien, se ha denunciado desde hace años sesgos de género en el acceso a servicios de salud mental y diagnóstico entre mujeres, de modo que muchos casos de autismo podrían haber sido ignorados o mal diagnosticados. Un estudio de Robert McCrossin (2022) sugiere que hasta un 80% de las mujeres podría estar sin diagnóstico para la edad de 18 años. Así mismo, otro importante estudio (Brickhill et al, 2023) detectó asociaciones implícitas y explícitas del autismo por sexo, en particular un sesgo hacia rasgos autistas como exclusivamente presentes en varones, indicando que no sólo la percepción, sino también métricas de evaluación del autismo, podrían estar fuertemente sesgados hacia los varones, lo que puede dificultar la identificación del autismo entre mujeres. Y el trabajo de Fyfe et al (2026) encontró que los niños tienen entre tres y cuatro veces más probabilidades de recibir un diagnóstico antes de los diez años que las niñas, pero es en la adolescencia cuando se empiezan a incrementar los diagnósticos femeninos, hasta que se igualan con las cifras de los varones hacia los 20 años.

Por otro lado, algunos han sugerido que podría deberse a particularidades del masking en mujeres autistas. Se ha observado que el camuflaje del autismo parece ser más común entre mujeres que reportan más rasgos autistas (Alaghband-rad et al 2023), o que al menos hay diferencias en la forma en que se manifiesta y exhibe. Si bien no existe una diferencia de los rasgos base del autismo entre sexos, en mujeres autistas se han identificado menos dificultades socio-comunicativas, pero con mayores problemas sensoriales a través de la vida (Lai et al 2011), lo cual se puede asociar con las consecuencias del camuflaje. Y estas consecuencias pueden ser incluso más fuertes: otro estudio enfocado en mujeres con rasgos autistas (Beck et al, 2020), pero sin diagnóstico formal, encontró que las escalas de respuesta social y el CAT-Q pueden ser predictores significativos de inquietud psicológica y dificultades funcionales.

Lo que las investigaciones sugieren, entonces, es que las mujeres autistas (o con rasgos autistas) parecen dar un mayor peso e importancia al camuflaje de sus rasgos, con las consiguientes consecuencias psicológicas. Y aquí las diferentes presiones y expectativas sociales impuestas sobre hombres y mujeres tienen un papel importante. En un estudio enfocado a identificar las razones, contextos y costos del camuflaje (Cage & Troxell-Whitman, 2019), las mujeres autistas reportaron apoyar razones “convencionales” (es decir, con propósitos funcionales, como convivir con colegas de trabajo o compañeros de estudios) para camuflarse con más frecuencia que los hombres. En dicho estudio se argumenta que las narrativas androcéntricas en torno al autismo y las expectativas sociales alrededor del género ponen barreras específicas en torno a las mujeres, lo cual contribuye al énfasis en los motivos funcionales tras el camuflaje.

Como explicó el psicólogo clínico Daniel Millán López, especialista en autismo y él mismo una persona autista, en un hilo de Twitter acerca del artículo de Stock, estas diferentes presiones sociales se traducen en que los perfiles femeninos de autismo tienden a desarrollar estrategias compensatorias de camuflaje mucho más elaboradas, de modo que ello dificulta la identificación y diagnóstico temprano. Eso, a su vez, contribuiría entonces a las relaciones de frecuencia entre hombres y mujeres tradicionalmente sesgadas hacia el autismo como una condición sobre todo masculina. De ahí la importancia de comprender el autismo como un espectro, pues ha permitido identificar la condición en individuos que presentan un perfil cognitivo bien desarrollado, de inteligencia media o superior, y cuya cognición social es más sutil en las dificultades que presentan.

Por otro lado, aunque se ha comentado acerca de un “fenotipo femenino del autismo”, es necesario ser cautelosos al respecto. Tal como describen Amy Pearson y Kieran Rose en un análisis conceptual de 2021, es mejor analizar el camuflaje no sólo a través de la perspectiva médica, sino también de la del sociodesarrollo, a fin de poder comprender e identificar mejor cómo el estigma alrededor del autismo y aspectos de la identidad como el género contribuyen a las disparidades observadas en el diagnóstico entre hombres y mujeres más que simplemente un masking más elaborado en las mujeres autistas (Pearson & Rose, 2021). Así, podemos evitar crear nuevos sesgos y normativas de género a través de una propuesta no tan coherente internamente y un tanto apresurada como la del “fenotipo femenino del autismo”.

Evitar generalizaciones conceptuales como asociar el masking u otros rasgos autistas principalmente a un género en específico (Autiblog, 2024), también es importante para mantener la rigurosidad en las evaluaciones y diagnósticos de autismo. Debido a que hay rasgos del autismo que pueden encontrarse presente en otras condiciones del neurodesarrollo, se debe ser bastante cuidadoso a la hora de distinguir entre variaciones regulares de la conducta humana y dificultades legítimas en la interacción social. Así mismo, dichas dificultades deben ser evaluadas y contrastadas con los otros criterios de diagnóstico para poder distinguir si se trata de autismo o de otras condiciones del neurodesarrollo y la salud mental como la ansiedad social, el trastorno límite de personalidad, entre otros. Efectivamente, no toda condición que implique dificultades sociales es necesariamente autismo.

Lo anterior podría sugerir que los comentarios de Frith y Stock sobre la “feminización del autismo” son precisos, pero no. Si bien Millán López señala que el incremento de los autodiagnósticos y algunas explicaciones reduccionistas pueden generar dificultades a nivel de evaluación clínica, enfatiza que el argumento de Frith acerca del camuflaje es uno circular, basado en un perfil masculino infantil del autismo: no puede ser autista si te camuflas, porque el autismo detectado en la infancia no puede camuflarse. Esto ignora, por supuesto, el salto en desarrollo de las evaluaciones y diagnósticos para sortear las dificultades mencionadas en identificar perfiles de rasgos más sutiles.

En el caso de Stock, la acusa directamente de caricaturizar los perfiles femeninos de autismo sin tener en cuenta las problemáticas a nivel social y cognitivo que ya hemos descrito en esta sección. Así mismo, denuncia la creación de un falso dilema al acusar a los autistas de diagnóstico tardío de quitar recursos a aquellos con altas necesidades de apoyo, pues los sistemas de apoyo no sólo están construidos sobre un modelo de autismo que ya no es vigente, sino que además son de difícil acceso en general para las personas autistas. No puedes arrebatar lo que de por sí no puedes conseguir.

En ese sentido, a pesar de los comentarios de Frith, Stock y -posteriormente, en un intento de defender el podcast en redes sociales- Fisher, el cambio de paradigma del autismo como una condición con perfil específico a un espectro de expresiones fenotípicas individuales sí ha permitido miles de diagnósticos precisos. Es un enfoque que nos ha ayudado a muchas personas que tuvimos que pasar nuestra vida creyendo que estábamos rotos, sin comprender bien por qué nos costaba tanto funcionar entre los demás. Y eso es un desarrollo increíblemente valioso que no puede menospreciarse.

Como en los otros casos, eso no significa que no haya un margen de mejora en las evaluaciones y diagnósticos. Millán López es enfático en que se puede afinar el diagnóstico del autismo sin tener que comprometer la diversidad que nos permite vislumbrar el marco de la condición como un espectro. Ahora, ¿es posible que esa metáfora haya cumplido su propósito? ¿Podrían encontrarse nuevas formas de comprender la variabilidad dentro del autismo?

¿Qué tan rigurosa es una subdivisión del autismo?

Aunque desde su conformación en el 2013 el TEA ha sido el paradigma referente a la hora de realizar los diagnósticos de autismo, lo cierto es que las viejas formas de categorización no han desaparecido del todo. Algunos estudios siguen usando nombres de diagnósticos antiguos como subtipos del TEA a la hora de organizar los fenotipos analizados; otros más recientes han propuesto que pueden tratarse de subtipos diferentes a los usados históricamente.

Teniendo esto en cuenta, algunos profesionales han cuestionado la utilidad de la visión del autismo como un espectro de fenotipos, considerando que se trata de una metáfora que ya cumplió su ciclo, y que entenderlo como un clúster de subtipos puede ser mucho más útil a nivel de diagnóstico. Algunas de estas opiniones parten desde un punto de vista médico y profesional. Otras, no tanto. Pero para darles la debida consideración a estas observaciones, es necesario hablar primero de cómo se llegó al concepto de espectro autista.

El autismo como un espectro fue planteado por primera vez en los años 80 por la psiquiatra e investigadora Lorna Wing, una pionera de los estudios sobre autismo (Alonso, 2020). Incluso en aquellos años, Wing se dio cuenta que el autismo presentaba una gran variedad de etiologías diferentes, y que podía encontrarse en personas de todas las edades y a todos los niveles de capacidades intelectuales, desafiando el concepto original de Kanner. Así mismo, fue Wing la primera que llamó la atención a que la prevalencia de personas autistas podría ser mucho mayor de lo que se calculaba en aquel entonces (1 entre 100 personas, contrario al 1 entre 2.000-2.500 o 4-5 entre 10.000 que se estimaba).

Trabajando junto a Victor Lotter y Judith Gould, Wing delineó el autismo a través de una tríada de áreas problemáticas: interacción social, comunicación social e imaginación social, las cuales serían más adelante la base para la definición del autismo como lo conocemos hoy. Todo este trabajo dio como fruto el libro The Autism Spectrum: a Guide for Parents and Professionals (El espectro del autismo: una guía para padres y profesionales), publicado en 1996. Wing también contribuyó en la formación del concepto de orgullo autista (Gillberg, 2015) sentando bases del movimiento de la neurodiversidad.

Con la revelación de que las bases neurobiológicas entre personas con el llamado autismo clásico y el síndrome de Asperger eran las mismas (Silver & Rapin, 2012; Holanda et al., 2025), y teniendo en cuenta la tríada planteada por Wing y su trabajo con distintas etiologías, así como las dificultades en los criterios para distinguir el Asperger de lo que por aquel entonces se llamaba autismo de alto funcionamiento, es que en 2013, para el DSM-V se unificaron los diagnósticos que ya eran conocidos informalmente como espectro autista dentro del concepto de síndrome del espectro autista. Incluso entonces, se estableció una categoría de tres niveles funcionales de pacientes, de acuerdo con las necesidades de apoyo requerido.

Esto no ha evitado que, en general, algunos profesionales sigan usando los subtipos antiguos a la hora de evaluar a un paciente o de realizar investigaciones neurológicas y genéticas: el autismo clásico, el Asperger, el síndrome de Rett, el trastorno generalizado del desarrollo no especificado (PDD-NOS) y el trastorno desintegrativo infantil. No es tan sorprendente, pues algunos se acostumbran a los viejos métodos, y les resulta más práctico hacer el proceso de diagnóstico y definir un tratamiento especializado, teniendo en cuenta las especificaciones de tales condiciones. El problema es que, como esto se basa más en la experiencia de los médicos que en las señales propias del paciente, puede verse afectado por factores subjetivos que no tienen en cuenta la diversidad y heterogeneidad de los rasgos entre autistas.

Aun así, a pesar del éxito del enfoque del TEA a nivel de identificación y amplitud en los fenotipos autistas, se ha debatido que los perfiles cognitivos y las diferencias en desarrollo entre los individuos sugieren que podrían reorganizarse de nuevo en subtipos similares a los diagnósticos clásicos, e incluso otros nuevos. Al mismo tiempo, el hecho de que los criterios de diagnóstico tengan áreas que se solapan con otras condiciones del neurodesarrollo es señalado como una dificultad a la hora de discernir entre otros diagnósticos. Y como evidencia el caso de Frith, algunos especialistas también creen que puede haber un exceso de diagnóstico como consecuencia de una patologización de rasgos que deberían ser considerados normales en general.

Con ello en consideración, parte de la investigación en el autismo en años recientes se ha enfocado no sólo en identificar los potenciales subtipos que componen el TEA, sino también en desarrollar distintos métodos de detección de los mismos. El problema es que, dado que se han empleado diferentes metodologías con este propósito (imágenes de resonancia magnética, revisiones sistemáticas de evaluaciones, estudios de amplitud genómica), no hay una consistencia en el número o características de dichos subtipos, si bien se ha encontrado información muy interesante.

Por ejemplo, estudios enfocados en neuroimágenes en pacientes de los tres subtipos más “comunes” del TEA (autismo clásico, Asperger y PDD-NOS) han identificado diferencias funcionales y estructurales a nivel cerebral entre los tres (Wang et al 2024, Alves et al 2025). De maneras similar, un modelo basado en una red de atención de gráficos desarrollado recientemente (Wang et al, 2025), alcanzó una precisión del 68,85% en clasificación de subtipos de autismo con biomarcadores de neuroimágenes.

En contraste, una revisión sistemática de artículos enfocados en trastornos de procesamiento sensorial en 2017 identificó de tres a cinco subtipos de autismo basados en su perfil sensorial, pero sin un consenso sobre la composición o características de los mismos (DeBoth & Reynolds, 2017). Otro trabajo que detectó una alta clasificación dentro del TEA fue un estudio preliminar de 2020 basado en tres herramientas de medición por reporte, el cual identificó cinco perfiles de autismo de acuerdo con las fuerzas y debilidades presentes a través de los componentes sociales de los individuos, los cuales se agruparon estadísticamente con cuatro clústeres como el número óptimo de subtipos autistas (Uljarević et al, 2020).

Las investigaciones que han resultado más prometedoras para algunos son, por supuesto, aquellas que aplican estudios de asociación de genoma completo (GWAS), y de esos hemos tenido dos el año pasado. El primero y el más popular, publicado en julio, analizó el conjunto de rasgos y características a nivel individual en una muestra de 5392 autistas de entre 4 y 18 años del banco de datos genómicos de SPARK, y analizaron las influencias genéticas en el contexto de la heterogeneidad de la información fenotípica de los individuos, distribuida esta última en siete categorías (Litman et al, 2025). Como resultado, se identificaron cuatro patrones de perfiles fenotípicos asociados a mutaciones no heredadas que difieren en la expresión de genes.

Tabla resumen de la clasificación de las personas autistas en cuatro categorías, según Litman et al (2025). Tomado de: Autiblog (2025).

El segundo estudio, publicado recién en octubre (Zhang et al, 2025), analizó también una muestra de SPARK consistente de 51859 autistas menores de 22 años con el fin de evaluar dos modelos teóricos de la etiología poligénica del autismo, a través de las trayectorias de desarrollo socioemocional y conductual, la varianza en edad y la asociación de factores poligénicos a la edad de diagnóstico y a otras condiciones del neurodesarrollo y la salud mental. Los investigadores encontraron que la arquitectura poligénica del TEA puede dividirse en dos factores poligénicos: uno asociado con el diagnóstico temprano y menores habilidades sociales y de comunicación, y otro asociado con un diagnóstico tardío, mayores dificultades socioemocionales y conductuales en la adolescencia, y una correlación genética positiva media a alta con el TDAH y condiciones de salud mental (Zhang et al, 2025). En otras palabras, y en contraste con el anterior estudio, este sugiere que las edades de diagnóstico del autismo reflejarían diferencias en su trayectoria de desarrollo y perfil genético, lo cual puede explicar la heterogeneidad clínica y genética observada en el autismo, algo a tener en cuenta si se pretende una categorización de subtipos.

Por supuesto, el hecho de que no haya exactamente consistencias entre el número de subtipos de autismo descritos complica aplicar los resultados que presentan de modo contundente. Por otro lado, estos estudios también cuentan con varias limitaciones e interrogantes que también hacen cuestionar sus resultados.

Por ejemplo, el estudio de neuroimágenes mencionado previamente tiene problemas de estandarización con los datos de resonancia analizados y, sobre todo, cuenta con menos información de pacientes con Asperger y PDD-NOS, lo cual afecta la estabilidad de los resultados obtenidos (Wang et al, 2024). Tampoco hacen el ejercicio de evaluar la base de datos en conjunto, sin discriminar previamente los datos entre subtipos de autismo, para comparar si las variaciones y las diferencias observadas pueden diferenciarse en categorías discretas o si presentan una distribución normal (Wang et al, 2024, Alves et al 2025).

La revisión sistemática sobre perfiles sensoriales cuenta con las propias limitaciones de este tipo de publicaciones: las propias limitaciones, sesgos y el rigor de las metodologías en los estudios revisados pueden comprometer los hallazgos e implicaciones de la revisión, así como dificultar la comparación entre ellos. Así mismo, la información revisada se enfocó en reactividad a la modulación sensorial, por lo que no tiene en cuenta otros elementos de procesamiento sensorial como la capacidad de discriminación sensorial (DeBoth & Reynolds, 2017).

El estudio preliminar de 2020 también cuenta con problemas importantes. En primer lugar, el grupo de personas analizadas cuenta con un sesgo importante de género (129 varones y sólo 35 mujeres), por lo que los resultados observados pueden no representar bien a la población autista femenina. Tampoco se tuvieron en cuenta explorar los datos de acuerdo a períodos de desarrollo -es decir, por edades- (Uljarević et al, 2020). Pero el problema más sangrante es que este estudio usa herramientas de evaluación enfocadas a padres, sin tener en cuenta directamente a las propias personas autistas, por lo que está desconociendo cualquier aporte que pueda venir de la propia experiencia de los pacientes.

Ni siquiera los estudios con GWAS han estado exentos de problemas. Tal como señaló Autiblog, el estudio de Litman et al no define claramente algunas de las categorías que establecen (en particular la de comportamiento disruptivo), crean el número de categorías con base en las observaciones médicas en lugar de lo que resultaba estadísticamente más robusto, trabajan con una muestra altamente sesgada (78% de los datos provienen de niños varones blancos), y cuenta con problemas metodológicos a nivel de comparación de variantes genéticas, edad media de los diagnósticos e historial clínico de los progenitores (Autiblog, 2025). No deja de ser un estudio interesante y que refleja la heterogeneidad del espectro autista, pero no contribuye realmente a explicar por qué la categorización ayudaría a nivel de atención personalizada.

En cuanto al estudio de Zhang et al (2025), aunque maneja un mayor número de individuos en su base de datos, cuentan de nuevo con un importante sesgo al restringir la información a personas de ancestría europea, debido a que contaban con datos limitados de otras poblaciones. Por otro lado, dado que la heredabilidad en la edad de diagnóstico de autismo es de apenas un 11%, y la varianza observada sólo es explicada por otros factores demográficos y de desarrollo en un 15%, es evidente que hay más factores influyendo en la edad de diagnóstico aparte de la arquitectura genética encontrada, y de hecho hay proporciones de la variabilidad observada que no se pudieron asociar a los dos factores descritos. Finalmente, como no existe realmente un umbral de edad entre el diagnóstico temprano y el tardío, los investigadores usan ambos términos de forma relativa, no como categorías discretas, razón por la que, intuyo, son cuidadosos en no tomar los factores encontrados como una base para definir dos subtipos (Zhang et al, 2025).

Una vez ofrecida la perspectiva acerca de los estudios en torno a potenciales subtipos de autismo, surgen dos preguntas pertinentes al respecto. La primera es: ¿es posible que el espectro autista pueda llegar a clasificarse de acuerdo a subtipos? Es posible; no obstante, dada su heterogeneidad, se trata de una tarea bastante complicada. Y dado que el trabajo en diagnóstico clínico se basa sobre todo en observaciones y valoraciones a través de entrevistas, el perfil de dificultades que experimenta el individuo, algo que está presente en cada persona autista en distintas variedades, es mucho más importante a tener en cuenta en principio que las bases genéticas en el proceso, en especial cuando se trata de una condición poligénica que hace casi imposible establecer un biomarcador fijo y aplicable para todo. No significa que una idea más clara de nuestra genética no sea importante, así como la forma en que dichas bases se relacionan con otras condiciones del neurodesarrollo y la salud mental que se presentan como coocurrencias o con las que se pueden compartir rasgos, pero hay que ser cuidadoso con la interpretación y el alcance que le damos a tal información.

La segunda pregunta es: ¿por qué se insiste en la necesidad de volver sobre los pasos hacia una división del autismo en subtipos? Bien señala Autiblog que la población neurotípica no es categorizada de acuerdo a capacidades o comportamientos a la hora de realizar una evaluación psicológica o psiquiátrica: no hace falta eso para personalizar la atención, porque entendemos que la diversidad entre seres humanos hace que una categoría fija no siempre sea suficiente para trabajar con el individuo: siempre hay variaciones presentes (Autiblog, 2025). ¿Por qué insistimos en que las condiciones neurodivergentes como el autismo requieren una clasificación taxonómica interna? ¿Realmente es por necesidad de apoyar mejor la atención personalizada a los pacientes, o por comodidad para los profesionales a la hora de diagnosticar?

O… ¿es porque se busca que los apoyos y recursos económicos y educativos sean asignados a un número más limitado de personas? Un regreso al paradigma de diferentes diagnósticos de perfil autista y su funcionalidad funcionaría de forma ideal sin duda con la reforma propuesta para los EHCP y el acceso para alumnos SEND. Por supuesto, esto no es lo mismo que decir que todos los especialistas o personas informadas que abogan por una subdivisión del espectro autista apoyan retirar apoyos a los casos de autistas que requieren un apoyo menos sustancial.

De hecho, aunque Simon Baron-Cohen, pupilo de Frith y otro especialista importante del autismo, apoya la idea de los subtipos dentro del autismo, discrepa con su maestra y Stock en el discurso del exceso de diagnóstico. Así mismo, incluso quienes consideran que el concepto mismo de autismo podría necesitar reevaluarse (Educating Hatbeasts, 2026) rechazan el enfoque capacitista y tendencioso de Frith hacia los adultos con diagnóstico tardío.

Pero cuando la falta de profesionales especialistas en el enfoque de neurodiversidad y los problemas de acceso al sector salud siguen afectando a varios países, para quienes deben lidiar con ofrecer y otorgar estos recursos exiguos sería ideal una reducción de necesidades de diagnóstico entre perfiles de inteligencia e interacción social cercanos a la media. Es lo que hace que mensajes como los de Frith y Stock sean tan peligrosos en estos tiempos, en especial cuando se formulan sin una evidencia que los respalde.

De hecho, ya han despertado a otros personajes desagradables dentro del mundo médico: aquellos que rechazan el concepto de neurodiversidad no por posibles objeciones científicas, sino porque creen que es una subversión ideológica nacida de la teoría queer, un proyecto político que quiere crear una “esencia psicopatológica” de la atipicidad. Se trata de “profesionales” que apropian los argumentos de discursos anti-género y transfóbicos de modo capacitista para negar cualquier tipo de agencia y conciencia propia a las personas neurodivergentes, aferrándose al modelo médico de las discapacidades (El Pensador Sereno, 2025b).

Y por supuesto, no han faltado los que acusan de que existe un embellecimiento del autismo, una necesidad de obtener ese diagnóstico como algo deseable y de celebrar. Y la verdad es que el diagnóstico sí se desea, pero no por la influencia social y la simple señalización que sugieren estas personas. El autismo no es realmente glamoroso, ni a nivel social ni a nivel académico, como no lo es ninguna condición del neurodesarrollo. Pero son diagnósticos que se buscan porque permiten que muchos podamos comprendernos, que tengamos una perspectiva adecuada de nuestras experiencias, de las dificultades que hemos tenido que enfrentar y de las que pueden venir. El diagnóstico ofrece tranquilidad en un mundo en el que hemos tenido que vivir con incertidumbres y prejuicios incluso antes de entender quiénes somos.

Para especialistas como Frith, empero, parece que el conocimiento de nuestras propias experiencias no es suficiente. Tienen que ser ellos quienes verifiquen y determinen aquello que nos hace divergentes, y por ello algunos quieren que el trabajo sea más fácil empujando de nuevo el concepto de autismo a un modelo que se abandonó hace décadas. Es una injusticia epistémica (Praslova, 2026), en la que ya estar consciente de lo que ocurre a tu alrededor y contigo te descalifica no sólo como un fenotipo autista, sino directamente como persona.

Y para ser francos, si la perspectiva es ignorar cualquier cosa que el paciente pueda comunicar, realmente debería importar poco si el autismo es un espectro o cuatro o quince subtipos distintos, porque en tal caso el bienestar y la humanidad del paciente no son la prioridad. Pero he aquí la importancia del paradigma de la neurodiversidad y el enfoque del autismo como un espectro: hace importante conocer la perspectiva del paciente, enfocarte en escuchar o leer su experiencia de vida, entender de primera mano qué significa para el individuo vivir con una condición tan compleja.

Nuevamente, hay mucho espacio de mejora en los procesos de diagnóstico, sobre todo por la necesidad de profesionales especializados y actualizados. Nada descarta, de nuevo, que se llegue a encontrar que en efecto sea más representativo dividir el actual TEA en diferentes subtipos de autismo. Pero ya que la evidencia hasta ahora no respalda de forma sólida y consistente una categorización, no hace falta apresurarse por empujarnos de nuevo hacia diagnósticos anticuados que aún ignorar la gran diversidad que existe dentro de la condición autista.

Conclusiones

Mi intención con este ensayo no es desacreditar el trabajo de psicólogos y psiquiatras, ni mucho menos a los investigadores que buscan tener algún vistazo de los componentes genéticos y neurológicos del autismo. Lejos de eso. Celebro que haya mucho interés en seguir ampliando nuestra comprensión acerca de la neurodivergencia. No obstante, esto requiere ser emparejado con un respeto por los individuos, por quienes vivimos día a día con esta condición, en lugar de vernos de nuevo desde una perspectiva impersonal y a veces deshumanizante.

Por ello, me parece importante no sólo que haya varios profesionales que hayan salido en defensa tanto del paradigma actual del espectro autista como de sus pacientes, sino que la propia comunidad autista se haya mantenido en su mayoría unida en confrontar la ignorancia, los sesgos y prejuicios que han surgido en estos días. Superar el capacitismo así como el sexismo y otros prejuicios que puedan surgir hacia nosotros es un trabajo en el que todos debemos poner nuestro aporte. Esa es también una expresión del espectro de nuestra diversidad.

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