¿Debe abandonarse la idea de un espectro autista?
Introducción
En estos días me estaba preparando para escribir un ensayo acerca del autodiagnóstico dentro del autismo, el cual pretendo publicar como adelanto en mi cuenta de Ko-fi, porque realmente hay mucho por hablar sobre un tema tan controvertido. Pero apenas estaba terminando de recopilar información para ello, cuando a pocos días de marzo empezó un debate bastante polémico que resulta importante en parte para ese próximo trabajo.
Se trata de una
entrevista a una profesional de la salud que ha puesto sobre la mesa dos temas:
si es válido referirse al autismo como “trastorno del espectro autista” (TEA),
y la mayor presencia de diagnósticos femeninos de autismo en años recientes. El
tema podría haber dado pie a una conversación interesante, si no hubiese sido
porque se nota que partió desde un punto de profunda ignorancia e imprecisión
acerca del TEA, aun cuando la persona ha sido pionera en la investigación
acerca del mismo.
Y no es que no se
traten de cosas que no se puedan debatir, pero la forma en que se han planteado
es muy simplificada, lo que es peor cuando profesionales de la salud han
respaldado ese retrato simplificado. Por ello, me parece importante no sólo
hablar de la polémica, sino también revisar un poco qué avances se han
encontrado desde que se estableció el TEA en el DSM-V, y si el concepto de
espectro sigue siendo válido, o puede que haya nuevas propuestas al respecto
que podrían ocupar ese lugar.
Por supuesto, les
recuerdo que yo no soy directamente un profesional del autismo. Como
científico, les puedo explicar lo que se presenta en diferentes estudios al
respecto, y de todos modos como autista es un tema del que me gusta estar bien
informado. También me disculpo de antemano si sueno un tanto impersonal al
escribir la parte científica, aunque evitaré en lo posible los términos
capacitistas que puedan surgir en los estudios referenciados. En todo caso,
siempre es importante que consulten a profesionales de salud con experticia al
respecto, siempre y cuando se mantengan actualizados.
¿Se ha ‘sobrediagnosticado’
el autismo femenino?
La Dama Uta Frith es una investigadora enfocada en el autismo, profesora emérita en el Instituto de Neurociencia Cognitiva en la Universidad College London, con unas seis décadas de experiencia en su haber. Es reconocida por ser coautora de un artículo clásico que proponía una explicación de la teoría de la mente en personas autistas y su origen neurológico, algo que rompía con la creencia de la época de que el autismo se originaba por falta de calor materno. También hizo parte del grupo de profesionales que contribuyó a establecer en 2013 el diagnóstico del TEA en el DSM.
Sin embargo, Frith está
dispuesta a romper con su propio legado. En una reciente entrevista del 4 de
marzo para la revista TES (Amass, 2026), Frith expuso que, con el
concepto de espectro autista, la interpretación de su definición se hizo tan
inclusiva que el diagnóstico médico ha perdido su significado y ha colapsado
sobre sí mismo. Esto lo habla en referencia al incremento de diagnósticos
autistas en la década reciente, en particular por los diagnósticos tardíos, que
según un estudio publicado recién este enero (Furnier et al, 2026) ha tenido
una mayor tendencia de incremento en comparación con casos de autismo de
diagnóstico temprano y dificultades moderadas o altas. En ese sentido, Frith
cree que la metáfora del autismo como un espectro ya no es útil a nivel médico.
De acuerdo con Frith,
podemos dividir los casos actuales de autismo en dos subgrupos: uno de
diagnóstico temprano, basados en dificultades intelectuales y de lenguaje, y
uno de diagnóstico tardío, principalmente ocupado por mujeres y chicas
adolescentes, que simplemente sufre de ansiedad en situaciones sociales, por lo
que podríamos llamar a este grupo “hipersensible”. En opinión de Frith, el
segundo grupo se sentiría mucho más beneficiado con un diagnóstico diferente al
de autismo, mientras que este debería limitarse a los casos con las
deficiencias mencionadas: es decir, los únicos autistas legítimos serían
aquellos con un diagnóstico temprano.
Sobre la gran presencia
de mujeres en estos nuevos diagnósticos, Frith rechaza la idea de que haya
existido un sesgo de género histórico en el enfoque y diagnóstico del autismo.
En su opinión, se trata de una condición predominantemente masculina, como ocurre
con otros trastornos neurológicos. También rechaza el concepto de masking,
asegurando que no cuenta con evidencia científica, por lo que no tiene nada que
ver con la dificultad en identificar el autismo en mujeres.
Frith también lamenta
que los exámenes se den principalmente en entrevistas en lugar de observaciones
clínicas, y cree que, si una persona puede hablar de forma fluida contigo en
una conversación, es una contradicción con el diagnóstico autista. En su
opinión, la presencia de un biomarcador (una prueba de sangre, un escaneo, etc)
ayudaría a limitar mejor el diagnóstico de autismo, y probablemente daría
evidencia de varios subtipos de autismo.
Frith tuvo la
oportunidad de ampliar un poco sus ideas en un podcast del Substack Let’s
Talk Neurosense con la doctora Naomi Fisher. En dicho podcast (Fisher,
2026), además de insistir en que el concepto de masking no tiene validez
científica y que no es exclusivo del autismo, también arremetió contra las acomodaciones,
como los cascos canceladores de ruido, puesto que, en su opinión, no cuentan
con estudios que demuestren su efectividad. Así como en su entrevista original
dijo que “todos somos neurodiversos”, asegura que las sensibilidades
sensoriales son algo que todos tienen en cierta forma, de modo que no debería
hacer parte de los criterios diagnósticos del autismo.
No puedo dejar terminar esta sección sin mencionar la intervención al respecto por parte de Kathleen Stock, una filósofa y activista feminista trans-excluyente. En un artículo para la revista UnHerd (Stock, 2026), Stock criticó lo que llama una “feminización del autismo”, que patologiza innecesariamente a adolescentes con problemas de ansiedad, hipersensibilidad y rechazo escolar. Igualmente ataca el concepto de masking, asegurando que, si una persona puede camuflarse lo bastante bien para disfrazar sus rasgos autistas durante años, no deberíamos considerar que se trate de verdadero autismo. “Todos enmascaramos algo de nosotros mismos; Jung lo llamaba tener un personaje”. Para Stock, enfocar recursos en estos casos de diagnóstico tardío está robando atención y apoyo a los autistas con altas necesidades de apoyo, por lo que celebra la posición de Frith.
Y ya que hablamos del
tema de los recursos, es necesario hablar del contexto en que se dieron estas
entrevistas a Frith. A finales de febrero, el gobierno británico propuso una
importante reforma a los Planes de Educación, Salud y Cuidado (EHCP, por sus
siglas en inglés), en los cuales se busca modificar el apoyo a las necesidades
de educación especial y discapacidades (en inglés, SEND), de modo que sólo
estudiantes que se haya decretado que necesitan un paquete de provisión
especialista sean apoyados por los EHCP (GOV.UK, 2026).
De acuerdo con estos
planes, que deberán entrar en marcha en 2029, se espera que las escuelas
produzcan nuevos planes de apoyo estatutario para alumnos con SEND, mientras
que el gobierno debe presentar nuevos planes de estándares de inclusión
nacional (Roberts, 2026). En un sistema que ya tiene dificultades
presupuestales para cubrir las necesidades de diferentes personas
discapacitadas y con necesidades especiales de educación, el supuesto exceso de
diagnóstico de condiciones como el TEA parece ser una sobrecarga, de modo que lo
que esta reforma busca es reservar los EHCP a las “necesidades más complejas”,
es decir, a una categoría más estrecha y visible.
Debo señalar, por
cierto, que Stock no cuenta con credenciales médicas ni científicas a la hora
de comentar acerca del masking y el autismo, y definitivamente se nota
en su texto. Por su parte, si bien Klein sí es una psicóloga clínica, ella
misma ha afirmado no ser una profesional neuroafirmativa y no cree que haya una
base neurológica del cerebro tras los diagnósticos de autismo o TDAH, lo que
indica un sesgo importante a la hora de presentar y defender en redes las
afirmaciones de Frith.
En cuanto a la propia
Frith, no se puede desconocer su legado en la ciencia e investigación enfocados
en el autismo. Pero como ya he explicado otras veces en este blog, la
experticia no te hace menos susceptibles a sesgos y errores; de hecho, a menudo
ayuda a racionalizarlos bien. Y si bien es cierto que su entrevista toca temas
importantes que se están discutiendo sobre el diagnóstico, esto queda
mancillado con el gigantesco hombre de paja (¿o mujer de paja?) que la
investigadora presenta sobre el TEA.
La importancia de comprender el masking y las dificultades sensoriales
Como habrán notado, los
ejes del argumento de Frith son dos: que no existe evidencia del masking autista,
por lo cual no es necesario intentar identificar dicha experiencia, sobre todo
en mujeres; y que las sensibilidades sensoriales son algo común que no hace
parte del diagnóstico del TEA, de modo que no debería ser considerado tampoco
en los diagnósticos individuales. Ambos comparten una característica, y es que
vienen de las experiencias de vida que describen los individuos autistas.
Para Frith, fue un
error enfocar los procesos de evaluación para diagnosticar al individuo en
entrevistas y sesiones particulares con los pacientes en lugar de observación
clínica, lo que para no pocos es como decir que extraña los tiempos en que no
hacía falta considerar que el paciente es también un ser humano. La
visión de Frith sobre el TEA acaba cayendo en un fuerte capacitismo, para el
que importa más lo que puedes evaluar exteriormente que lo que procesa
internamente la persona. No sorprende, pues, que bajo su idea el autismo debe
limitarse a los casos de detección temprana, más centrado en las deficiencias
que en otras características de la condición.
Pero para especificar
los problemas con su concepto de masking, debemos hablar primero del
concepto más amplio al que realmente se refieren Frith, Klein y Stock: el
camuflaje. Esta es una táctica que busca cambiar o esconder rasgos o conductas
naturales de la personalidad individual para poder encajar en distintos
ambientes sociales, de modo que el individuo sea visto de modo “apropiado” por
el grupo al que intenta integrarse (Silvertant, 2024). Y ciertamente, esta es
una experiencia transversal a la especie humana en general. Todos nos ajustamos
a las convenciones sociales de los sitios a los que llegamos, y aprendemos
diferentes habilidades sociales para interactuar mejor con otras personas.
Por supuesto, a
diferencia de lo que plantean Frith y algunos profesionales en redes sociales
que han salido en su defensa, jamás se ha afirmado de parte de los autistas o
de los especialistas en autismo que el camuflaje o el masking sean
exclusivos del autismo, ni siquiera de las neurodivergencias (Silvertant, 2020;
Miller et al, 2021). El problema es que, con estas condiciones del
neurodesarrollo, no son sólo rasgos conductuales los que se intentan modificar
u ocultar: son también expresiones físicas: la forma de caminar, el contacto
visual, el stimming, entre otras cosas. También se intentan suprimir cosas
como la disfunción ejecutiva o las sensibilidades sensoriales: debes disimular
la molestia física que te está causando un ruido fuerte, esa luz del
laboratorio que no deja de parpadear, o la tela del traje que debes ponerte
para un evento importante. No es sólo que una persona autista intente
camuflarse para interactuar, es que está activamente tratando de minimizar la
visibilidad de su autismo, sea por encajar en un mundo neurotípico, porque le
preocupa la impresión que deja cuando no está camuflado, para evitar el acoso y
el bullying, por hábito o por un estigma interiorizado (Gassner, 2025).
Un estudio de Hull et al (2018) presentó un modelo de camuflaje social en el que identificó tres subcategorías de camuflaje de rasgos autistas: la compensación, el masking propiamente dicho y la asimilación. La compensación serían el conjunto de estrategias para compensar de forma activa las dificultades en situaciones sociales, como por ejemplo replicar el lenguaje corporal y expresiones faciales de otras personas, o aprender señales sociales de productos audiovisuales o literarios. El masking como tal son las estrategias que buscan ocultar características autistas, como monitorear nuestro propio rostro y cuerpo para parecer relajados, o mantener un contacto visual forzado. Finalmente, la asimilación consiste en estrategias usadas para intentar encajar con otras personas en situaciones sociales, como establecer conversaciones que no se sienten naturales o buscar/evitar situaciones sociales.
Diagrama
del modelo de camuflaje social (Hull et al, 2018).
Por supuesto, esto
tiene consecuencias tanto físicas como mentales, pues el cuerpo se mantiene en
un estado de vigilancia constante. Como explicó el psiquiatra Sanil Rege en
un hilo de Twitter/X, el masking es una
adaptación funcional que mantiene la seguridad y regula la excitación
producto de la sensibilidad interna; es por ello que es tan frecuente e intensa
entre autistas, puesto que nuestra excitación base es muy alta y nuestra
interocepción -la capacidad de detectar e interpretar señales corporales
internas- está alterada. No se trata de un comportamiento superficial, sino que
se construye por predicciones automáticas que se van moldeando a través de
experiencias en la infancia y la adolescencia, de modo que se vuelve parte del
funcionamiento cognitivo y conductual del individuo.
El problema es que como
nuestro cuerpo no detecta las señales internas de desgaste, el masking
puede mantenerse activo por mucho tiempo hasta que llegamos al colapso físico y
mental: de ahí que muchas personas autistas experimentemos casos de ansiedad y
depresión como consecuencia de un masking prolongado (Evans et al, 2024).
Así mismo, ese estado constante de protección puede dificultar un diagnóstico
adecuado para muchas personas, explicando de esa forma que ocurran casos de
diagnósticos tardíos. Cuando Frith afirma que poder hacer contacto visual o
mantener una conversación fluida es contradictorio con un diagnóstico, está
ignorando que estos pueden ser el resultado de años, décadas, de un proceso de masking
por parte del individuo. Teniendo todo esto en cuenta, a partir del modelo de
camuflaje social se desarrolló el Cuestionario de Rasgos Autistas de Camuflaje
(CAT-Q), el cual busca identificar a aquellas personas que podrían no estar
cumpliendo con los criterios diagnóstico del TEA por el masking desarrollado.
Por supuesto, si bien
el modelo de camuflaje social de Hull et al es bastante importante, no es el
único criterio para definir el camuflaje y el masking. De hecho, un
metaanálisis publicado recién en febrero (Arnold et al, 2026) encontró
bastantes inconsistencias en los términos usados para establecer el camuflaje,
su definición y cómo son empleados para un mismo concepto o para diferentes
estrategias de camuflaje, así como cuestionar la precisión de las herramientas
de medida de camuflaje. Aunque esto parecería darle parte de razón al alegato
de Frith, los autores no rechazan la existencia del camuflaje en el autismo,
sino que explican la necesidad de resolver dichos problemas conceptuales para futuras
investigaciones y favorecer las interpretaciones clínicas de las estrategias de
camuflaje.
Y es importante que
mencionara dicho metaanálisis y las conclusiones porque el enfoque de Frith de
que las entrevistas clínicas no deberían ser parte importante del proceso de
diagnóstico, no está muy bien fundamentado. Tal como señala el portal Canary
SEND en un ensayo donde critican los puntos de la entrevista de Frith
(Canary SEND, 2026), intentar aplicar el criterio de falsabilidad como frontera
para determinar si un concepto o un examen es científico es problemático,
puesto que las escalas de dolor, los exámenes de ansiedad y gran parte de las
herramientas diagnósticas en psiquiatría requieren principalmente de los
reportes propios del paciente, de modo que la observación externa no puede
verificarlos. Básicamente, gran parte de la psicología clínica sería inútil de
aplicar.
Por otro lado, en
cuanto a la información científica al respecto, en primer lugar, las
experiencias de camuflaje han sido identificadas y descritas por personas
autistas mucho antes de que la comunidad científica enfocara su investigación
en torno a ello. En segundo lugar, y contrario a lo que afirma Frith, la
literatura científica y revisada por pares en torno al camuflaje y el masking
es bastante amplia: el metaanálisis de Arnold et al (2026) revisó un total de 389
estudios en torno a ambos conceptos. Incluso reconociendo las discrepancias
conceptuales en la definición y uso de los mismos, está lejos de ser el campo
estéril y completamente subjetivo que Frith presentó en su entrevista. ¿Es
mejorable? Por supuesto: en las ciencias de la mente hay muchísimo espacio para
mejorar, pues el cerebro y la mente siguen albergando muchos misterios.
¿Significa eso que la ciencia que se ha hecho al respecto es descartable? En
absoluto.
Sobre las sensibilidades sensoriales hablaré un poco menos, pero igualmente no se pueden dejar de lado, siendo que es otro aspecto del autismo que Frith desdeña. De acuerdo con ella, las dificultades producto de un perfil sensorial hipo- o hipersensible no deberían ser importantes para el diagnóstico de autismo, pues vienen principalmente de “nuevos buscadores del autismo”, implicando que es más un atributo absorbido por las tendencias sociales y culturales que un componente importante del autismo. Tal afirmación es de nuevo sorprendente. En primer lugar, porque tanto en las descripciones más antiguas de Grunya Sukhareva (Sher & Gibson, 2023), como en el reporte original de Leo Kanner (1943) y el trabajo de Hans Asperger (1991) se destacan las sensibilidades sensoriales “anormales” en los pacientes analizados como un rasgo importante de la condición que identifican. Desde el inicio han sido una parte importante de lo que se ha codificado como autismo.
En segundo lugar porque,
aunque el DSM-V no convierte las sensibilidades sensoriales en un criterio
excluyente para diagnóstico del TEA, reconoce la importancia de las mismas
dentro del proceso de diagnóstico. Vayamos con la descripción de los criterios;
específicamente, el criterio B, los patrones restrictivos y repetitivos de
conducta, intereses o actividades (APA, 2013). El patrón de conducta B.2. en
concreto reza: “Híper- o hiporreactividad a información sensorial o interés
inusual en aspectos sensoriales del ambiente (por ejemplo, indiferencia
aparente al dolor/temperatura, respuesta adversa a sonidos o texturas
específicas, excesivo olfateo o toque de objetos, fascinación visual con luces
o movimientos)”. El DSM-V aclara que no es necesario presentar este
patrón de conducta para ser diagnosticado: como bien explica el manual, el
individuo debe presentar dificultades persistentes en las tres áreas de
comunicación e interacción social (criterio A) y al menos dos de los
cuatro patrones restrictivos de conducta que se describen como criterio B. No
es exclusivo ni excluyente del TEA, pero está lejos de ser producto del reflejo
de una tendencia cultural, tal como sugiere Frith.
De hecho, tan
importantes pueden llegar a ser las diferencias sensoriales dentro del autismo
que podrían ser también en parte definitorias de la condición como tal. El año
pasado, se publicó un estudio del investigador Steven Kapp que abordó las bases
neurológicas de las diferencias senso-motoras en el autismo (Kapp, 2025). De
acuerdo con dicha investigación, los rasgos sensoriales y motores se encuentran
presentes desde el nacimiento en personas autistas, y pueden influenciar
diferencias observadas en la conducta y la comunicación debido a diferencias en
aprendizaje sensorial y motor, imitación automática, contacto visual,
percepción sensorial e intereses, así como en el procesamiento de información
basado en el ambiente que rodea. Kapp sugiere que son estas diferencias las que
impactan fuertemente en la calidad de vida de la persona autista, y por las
cuales el camuflaje y el masking se vuelven física y mentalmente
exigentes y costosas. Por lo tanto, el proceso de aceptación e integración de
la población autista requiere también de un importante apoyo sensorial y
sensible.
Las dudas que siembra
Frith acerca de las acomodaciones sensoriales, asegurando que no cuentan con
investigación suficiente que evalúe su efectividad, son un poco desconcertantes,
y ciertamente me recuerdan mucho a la discusión sobre la evidencia de la
medicina afirmativa de género en el Informe Cass, algo de lo que hablé con
detalle en el blog (El Pensador Sereno, 2024). Como explicaba en aquel texto,
buena parte de los tratamientos en medicina se basan más en prácticas clínicas
informadas y un uso cuidadoso y estructurado de las opciones disponibles que en
un cuerpo de investigación perfecto, pero eso no hace que sean tratamientos
“pobres”.
De hecho, tal como indicó Anne Borden en un artículo de Thinking Person’s Guide to Autism donde responde a las afirmaciones de Frith (Borden, 2026), muchos de los enfoques de terapia del autismo, como el famoso y cuestionado ABA, cuentan con estándares de evidencia clínica bastante bajos y un cuerpo de evidencia científicamente dudoso. Pero se aplican porque, para muchos profesionales, una aproximación imperfecta a la ciencia es mejor que trabajar sin ciencia en absoluto: de otro modo, serían los tratamientos “milagrosos” como la MMS (El Pensador Sereno, 2021a) o las dietas sin leche (El Pensador Sereno, 2021b) las que abundarían en los despachos del psiquiatra. Nuevamente, es algo mejorable sin dudas, pero no por ello inmediatamente desdeñable como se pretende. Y por supuesto es muy irónico cuando consideramos que Frith presenta sus comentarios como “creencia”, sin presentar realmente la evidencia científica que está pidiendo en el tema de las acomodaciones.
Considerando la
importancia de los testimonios y las experiencias de vida de las personas
autistas para comprender mejor -no necesariamente codificar- lo que significa
vivir con la condición (Finch et al, 2022), sin duda sorprende la insistencia
de Frith en menospreciar ese tipo de evidencia. Parece considerar que la
información del paciente es insuficiente o poco confiable. Este es el momento
donde debo destacar que en el artículo clásico en el que contribuyó sobre el
origen del autismo (Baron-Cohen et al, 1985), la tesis central es que los
autistas carecemos de teoría de la mente, es decir, la capacidad de reconocer
los pensamientos, creencias y emociones de otras personas y de sí mismo para
poder interpretar y predecir comportamientos.
Desde este enfoque, es palpable que se haga un mayor énfasis en la
observación directa que en comunicarse con el paciente.
Sin embargo, la
evidencia que respalde esa hipótesis de la teoría de la mente en el autismo ha
sido inconsistente y reflejado una amplia variación en las respuestas de los
pacientes a los exámenes, a pesar de las múltiples modificaciones metodológicas
(LaCroix, 2026). De hecho, de acuerdo con un análisis crítico reciente (Long et
al, 2025), la insistencia de mantener la noción generalizada de una carencia de
teoría de la mente en la población autista a pesar de su inconsistencia es la
razón por la que intervenciones basadas en esta hipótesis cuentan con un éxito
limitado. Desde hace tiempo se ha manifestado la necesidad de una nueva
hipótesis para la teoría de la mente en el autismo, no como una carencia, sino
como una diferencia en procesos psicológicos que expliquen las dificultades en
las interacciones sociales a través de las diferentes formas en que se
manifiesta la condición.
Frith no parece
reconocer todos los desarrollos en investigación en torno al autismo de las que
hemos hablado. En palabras de la doctora Sue Franklin en la misma revista TES,
“las perspectivas de Frith, basadas en un modelo médico, parecen buscar un
retorno a un diagnóstico estrecho y patológico del autismo” (Franklin,
2026). Por supuesto, como decía al principio, hay otros temas importantes en la
entrevista original de los que sí ha habido cierta discusión desde hace un
tiempo, y vale la pena profundizar un poco en ellos, pero alejándonos del
capacitismo que reposa detrás de las declaraciones de Frith.
Las mujeres dentro del autismo
Después de una
explicación tan grande acerca del masking y las sensibilidades
sensoriales, hay que pasar a los dos conflictos importantes que surgen a partir
de las confusiones que presenta Frith: el supuesto exceso de diagnóstico de las
mujeres autistas, y la necesidad de ir más allá del concepto de espectro autista.
Cada uno merece un comentario matizado acerca de lo que ocurre y se debate en
la actualidad, para tener una mejor idea de lo que realmente ocurre.
Hablar de las mujeres
en el autismo es hablar de una historia de suposiciones y sesgos de género. Históricamente,
se ha considerado en investigación médica que el autismo es una condición
predominantemente masculina, en una relación 3:1-4:1. Esto en principio no
sería inusual. Sabemos que hay diferentes trastornos y condiciones de salud que
se presentan más hombres que en mujeres y viceversa, y condiciones neurológicas
y mentales no son la excepción. Casos conocidos son que la depresión y la
ansiedad se han registrado con mayor frecuencia entre mujeres, mientras que
entre hombres son más comunes el trastorno de personalidad antisocial y el
TDAH. En general, es esperable que puedan darse estas relaciones por sexo.
No obstante, en los
últimos años se ha registrado un incremento importante en el número de
diagnósticos de autismo (Maybin & Blastland, 2025), en particular entre
mujeres y adolescentes (Phillips & Williams, 2025), es decir, diagnósticos
tardíos, de modo que la relación de autismo entre hombres y mujeres parece
estar reduciéndose (Fyfe et al, 2026). Y si bien esto ha alimentado los
delirios conspiranoides de personajes como el alcornoque secretario de salud de
Estados Unidos -tema que ya tratamos aquí (El Pensador Sereno, 2025a)-, lo
cierto es que un incremento en los diagnósticos de autismo no es lo
mismo que un incremento en el número de personas autistas. Es más que
estamos descubriendo a personas que son autistas entre una población que
creíamos mucho más neurotípica.
¿Por qué se ha dado este incremento? Las causas son complejas, pero una razón muy importante (Pappas, 2025; Furnier et al, 2026), es que los cambios en los criterios de diagnóstico han permitido identificar casos de autismo con menos necesidades de apoyo, con una intensidad de rasgos que antes no se consideraba autismo, incluso en personas mayores de edad. También se ha entendido que dos o más condiciones del neurodesarrollo pueden estar presentes en una misma persona -coocurrencias o comorbilidades-, y se ha reconocido a pacientes que por error recibieron el diagnóstico de otras condiciones. Es decir, ahora tenemos mejores diagnósticos que en décadas anteriores.
Por otro lado, en un reciente
debate acerca del ascenso de diagnósticos neurodivergentes en el British
Medical Journal (Eccles et al, 2026), otras razones se propusieron. De
acuerdo con los profesionales en el lado “No” del debate, no ocurre sólo por
conciencia de los casos no diagnosticados, sino también por cambios en recursos
y cultura. Hoy en día, se han creado equipos de especialistas en autismo en
países como Reino Unido, y los diagnósticos específicos permiten un mayor apoyo
estatal en escuelas y a nivel social, por lo que cumplen un papel estructural
en el incremento de los casos. Un adulto autista puede, en teoría, recibir un
mejor apoyo con un diagnóstico autista que por otras condiciones coocurrentes
que no han recibido la atención necesaria a lo largo de su vida.
¿Qué tiene que ver todo
esto con las mujeres autistas? Bien, se ha denunciado desde hace años sesgos de
género en el acceso a servicios de salud mental y diagnóstico entre mujeres, de
modo que muchos casos de autismo podrían haber sido ignorados o mal
diagnosticados. Un estudio de Robert McCrossin (2022) sugiere que hasta un 80%
de las mujeres podría estar sin diagnóstico para la edad de 18 años. Así mismo,
otro importante estudio (Brickhill et al, 2023) detectó asociaciones implícitas
y explícitas del autismo por sexo, en particular un sesgo hacia rasgos autistas
como exclusivamente presentes en varones, indicando que no sólo la percepción,
sino también métricas de evaluación del autismo, podrían estar fuertemente
sesgados hacia los varones, lo que puede dificultar la identificación del
autismo entre mujeres. Y el trabajo de Fyfe et al (2026) encontró que los niños
tienen entre tres y cuatro veces más probabilidades de recibir un diagnóstico
antes de los diez años que las niñas, pero es en la adolescencia cuando se
empiezan a incrementar los diagnósticos femeninos, hasta que se igualan con las
cifras de los varones hacia los 20 años.
Por otro lado, algunos
han sugerido que podría deberse a particularidades del masking en
mujeres autistas. Se ha observado que el camuflaje del autismo parece ser más
común entre mujeres que reportan más rasgos autistas (Alaghband-rad et al 2023),
o que al menos hay diferencias en la forma en que se manifiesta y exhibe. Si
bien no existe una diferencia de los rasgos base del autismo entre sexos, en
mujeres autistas se han identificado menos dificultades socio-comunicativas,
pero con mayores problemas sensoriales a través de la vida (Lai et al 2011), lo
cual se puede asociar con las consecuencias del camuflaje. Y estas
consecuencias pueden ser incluso más fuertes: otro estudio enfocado en mujeres
con rasgos autistas (Beck et al, 2020), pero sin diagnóstico formal, encontró
que las escalas de respuesta social y el CAT-Q pueden ser predictores
significativos de inquietud psicológica y dificultades funcionales.
Lo que las
investigaciones sugieren, entonces, es que las mujeres autistas (o con rasgos
autistas) parecen dar un mayor peso e importancia al camuflaje de sus rasgos,
con las consiguientes consecuencias psicológicas. Y aquí las diferentes
presiones y expectativas sociales impuestas sobre hombres y mujeres tienen un
papel importante. En un estudio enfocado a identificar las razones,
contextos y costos del camuflaje (Cage & Troxell-Whitman, 2019), las
mujeres autistas reportaron apoyar razones “convencionales” (es decir, con
propósitos funcionales, como convivir con colegas de trabajo o compañeros de
estudios) para camuflarse con más frecuencia que los hombres. En dicho estudio
se argumenta que las narrativas androcéntricas en torno al autismo y las
expectativas sociales alrededor del género ponen barreras específicas en torno
a las mujeres, lo cual contribuye al énfasis en los motivos funcionales tras el
camuflaje.
Como explicó el psicólogo clínico Daniel Millán López, especialista en autismo y él mismo una persona autista, en un hilo de Twitter acerca del artículo de Stock, estas diferentes presiones sociales se traducen en que los perfiles femeninos de autismo tienden a desarrollar estrategias compensatorias de camuflaje mucho más elaboradas, de modo que ello dificulta la identificación y diagnóstico temprano. Eso, a su vez, contribuiría entonces a las relaciones de frecuencia entre hombres y mujeres tradicionalmente sesgadas hacia el autismo como una condición sobre todo masculina. De ahí la importancia de comprender el autismo como un espectro, pues ha permitido identificar la condición en individuos que presentan un perfil cognitivo bien desarrollado, de inteligencia media o superior, y cuya cognición social es más sutil en las dificultades que presentan.
Por otro lado, aunque
se ha comentado acerca de un “fenotipo femenino del autismo”, es necesario ser
cautelosos al respecto. Tal como describen Amy Pearson y Kieran Rose en un análisis
conceptual de 2021, es mejor analizar el camuflaje no sólo a través de la
perspectiva médica, sino también de la del sociodesarrollo, a fin de poder
comprender e identificar mejor cómo el estigma alrededor del autismo y aspectos
de la identidad como el género contribuyen a las disparidades observadas en el
diagnóstico entre hombres y mujeres más que simplemente un masking más
elaborado en las mujeres autistas (Pearson & Rose, 2021). Así, podemos
evitar crear nuevos sesgos y normativas de género a través de una propuesta no
tan coherente internamente y un tanto apresurada como la del “fenotipo femenino
del autismo”.
Evitar generalizaciones
conceptuales como asociar el masking u otros rasgos autistas
principalmente a un género en específico (Autiblog, 2024), también es
importante para mantener la rigurosidad en las evaluaciones y diagnósticos de
autismo. Debido a que hay rasgos del autismo que pueden encontrarse presente en
otras condiciones del neurodesarrollo, se debe ser bastante cuidadoso a la hora
de distinguir entre variaciones regulares de la conducta humana y dificultades
legítimas en la interacción social. Así mismo, dichas dificultades deben ser
evaluadas y contrastadas con los otros criterios de diagnóstico para poder
distinguir si se trata de autismo o de otras condiciones del neurodesarrollo y
la salud mental como la ansiedad social, el trastorno límite de personalidad,
entre otros. Efectivamente, no toda condición que implique dificultades
sociales es necesariamente autismo.
Lo anterior podría sugerir
que los comentarios de Frith y Stock sobre la “feminización del autismo” son
precisos, pero no. Si bien Millán López señala que el incremento de los
autodiagnósticos y algunas explicaciones reduccionistas pueden generar
dificultades a nivel de evaluación clínica, enfatiza que el argumento de Frith
acerca del camuflaje es uno circular, basado en un perfil masculino infantil
del autismo: no puede ser autista si te camuflas, porque el autismo detectado
en la infancia no puede camuflarse. Esto ignora, por supuesto, el salto en
desarrollo de las evaluaciones y diagnósticos para sortear las dificultades
mencionadas en identificar perfiles de rasgos más sutiles.
En el caso de Stock, la
acusa directamente de caricaturizar los perfiles femeninos de autismo sin tener
en cuenta las problemáticas a nivel social y cognitivo que ya hemos descrito en
esta sección. Así mismo, denuncia la creación de un falso dilema al acusar a
los autistas de diagnóstico tardío de quitar recursos a aquellos con altas
necesidades de apoyo, pues los sistemas de apoyo no sólo están construidos
sobre un modelo de autismo que ya no es vigente, sino que además son de difícil
acceso en general para las personas autistas. No puedes arrebatar lo que
de por sí no puedes conseguir.
En ese sentido, a pesar
de los comentarios de Frith, Stock y -posteriormente, en un intento de defender
el podcast en redes sociales- Fisher, el cambio de paradigma del autismo como
una condición con perfil específico a un espectro de expresiones fenotípicas
individuales sí ha permitido miles de diagnósticos precisos. Es un enfoque que
nos ha ayudado a muchas personas que tuvimos que pasar nuestra vida creyendo
que estábamos rotos, sin comprender bien por qué nos costaba tanto funcionar
entre los demás. Y eso es un desarrollo increíblemente valioso que no puede
menospreciarse.
Como en los otros
casos, eso no significa que no haya un margen de mejora en las evaluaciones y
diagnósticos. Millán López es enfático en que se puede afinar el diagnóstico
del autismo sin tener que comprometer la diversidad que nos permite vislumbrar
el marco de la condición como un espectro. Ahora, ¿es posible que esa metáfora
haya cumplido su propósito? ¿Podrían encontrarse nuevas formas de comprender la
variabilidad dentro del autismo?
¿Qué tan rigurosa es una subdivisión del autismo?
Aunque desde su
conformación en el 2013 el TEA ha sido el paradigma referente a la hora de
realizar los diagnósticos de autismo, lo cierto es que las viejas formas de
categorización no han desaparecido del todo. Algunos estudios siguen usando
nombres de diagnósticos antiguos como subtipos del TEA a la hora de organizar
los fenotipos analizados; otros más recientes han propuesto que pueden tratarse
de subtipos diferentes a los usados históricamente.
Teniendo esto en
cuenta, algunos profesionales han cuestionado la utilidad de la visión del
autismo como un espectro de fenotipos, considerando que se trata de una
metáfora que ya cumplió su ciclo, y que entenderlo como un clúster de subtipos
puede ser mucho más útil a nivel de diagnóstico. Algunas de estas opiniones
parten desde un punto de vista médico y profesional. Otras, no tanto. Pero para
darles la debida consideración a estas observaciones, es necesario hablar primero
de cómo se llegó al concepto de espectro autista.
El autismo como un
espectro fue planteado por primera vez en los años 80 por la psiquiatra e
investigadora Lorna Wing, una pionera de los estudios sobre autismo (Alonso,
2020). Incluso en aquellos años, Wing se dio cuenta que el autismo presentaba
una gran variedad de etiologías diferentes, y que podía encontrarse en personas
de todas las edades y a todos los niveles de capacidades intelectuales,
desafiando el concepto original de Kanner. Así mismo, fue Wing la primera que
llamó la atención a que la prevalencia de personas autistas podría ser mucho
mayor de lo que se calculaba en aquel entonces (1 entre 100 personas, contrario
al 1 entre 2.000-2.500 o 4-5 entre 10.000 que se estimaba).
Trabajando junto a Victor Lotter y Judith Gould, Wing delineó el autismo a través de una tríada de áreas problemáticas: interacción social, comunicación social e imaginación social, las cuales serían más adelante la base para la definición del autismo como lo conocemos hoy. Todo este trabajo dio como fruto el libro The Autism Spectrum: a Guide for Parents and Professionals (El espectro del autismo: una guía para padres y profesionales), publicado en 1996. Wing también contribuyó en la formación del concepto de orgullo autista (Gillberg, 2015) sentando bases del movimiento de la neurodiversidad.
Con la revelación de
que las bases neurobiológicas entre personas con el llamado autismo clásico y
el síndrome de Asperger eran las mismas (Silver & Rapin, 2012; Holanda et
al., 2025), y teniendo en cuenta la tríada planteada por Wing y su trabajo con
distintas etiologías, así como las dificultades en los criterios para
distinguir el Asperger de lo que por aquel entonces se llamaba autismo de alto
funcionamiento, es que en 2013, para el DSM-V se unificaron los diagnósticos
que ya eran conocidos informalmente como espectro autista dentro del concepto
de síndrome del espectro autista. Incluso entonces, se estableció una categoría
de tres niveles funcionales de pacientes, de acuerdo con las necesidades de
apoyo requerido.
Esto no ha evitado que,
en general, algunos profesionales sigan usando los subtipos antiguos a la hora
de evaluar a un paciente o de realizar investigaciones neurológicas y genéticas:
el autismo clásico, el Asperger, el síndrome de Rett, el trastorno generalizado
del desarrollo no especificado (PDD-NOS) y el trastorno desintegrativo infantil.
No es tan sorprendente, pues algunos se acostumbran a los viejos métodos, y les
resulta más práctico hacer el proceso de diagnóstico y definir un tratamiento
especializado, teniendo en cuenta las especificaciones de tales condiciones. El
problema es que, como esto se basa más en la experiencia de los médicos que en
las señales propias del paciente, puede verse afectado por factores subjetivos que
no tienen en cuenta la diversidad y heterogeneidad de los rasgos entre
autistas.
Aun así, a pesar del éxito del enfoque del TEA a nivel de identificación y amplitud en los fenotipos autistas, se ha debatido que los perfiles cognitivos y las diferencias en desarrollo entre los individuos sugieren que podrían reorganizarse de nuevo en subtipos similares a los diagnósticos clásicos, e incluso otros nuevos. Al mismo tiempo, el hecho de que los criterios de diagnóstico tengan áreas que se solapan con otras condiciones del neurodesarrollo es señalado como una dificultad a la hora de discernir entre otros diagnósticos. Y como evidencia el caso de Frith, algunos especialistas también creen que puede haber un exceso de diagnóstico como consecuencia de una patologización de rasgos que deberían ser considerados normales en general.
Con ello en
consideración, parte de la investigación en el autismo en años recientes se ha
enfocado no sólo en identificar los potenciales subtipos que componen el TEA,
sino también en desarrollar distintos métodos de detección de los mismos. El
problema es que, dado que se han empleado diferentes metodologías con este
propósito (imágenes de resonancia magnética, revisiones sistemáticas de
evaluaciones, estudios de amplitud genómica), no hay una consistencia en el
número o características de dichos subtipos, si bien se ha encontrado
información muy interesante.
Por ejemplo, estudios
enfocados en neuroimágenes en pacientes de los tres subtipos más “comunes” del
TEA (autismo clásico, Asperger y PDD-NOS) han identificado diferencias
funcionales y estructurales a nivel cerebral entre los tres (Wang et al 2024, Alves
et al 2025). De maneras similar, un modelo basado en una red de atención de
gráficos desarrollado recientemente (Wang et al, 2025), alcanzó una precisión
del 68,85% en clasificación de subtipos de autismo con biomarcadores de
neuroimágenes.
En contraste, una
revisión sistemática de artículos enfocados en trastornos de procesamiento
sensorial en 2017 identificó de tres a cinco subtipos de autismo basados en su
perfil sensorial, pero sin un consenso sobre la composición o características
de los mismos (DeBoth & Reynolds, 2017). Otro trabajo que detectó una alta
clasificación dentro del TEA fue un estudio preliminar de 2020 basado en tres
herramientas de medición por reporte, el cual identificó cinco perfiles de
autismo de acuerdo con las fuerzas y debilidades presentes a través de los
componentes sociales de los individuos, los cuales se agruparon
estadísticamente con cuatro clústeres como el número óptimo de subtipos
autistas (Uljarević et al, 2020).
Las investigaciones que han resultado más prometedoras para algunos son, por supuesto, aquellas que aplican estudios de asociación de genoma completo (GWAS), y de esos hemos tenido dos el año pasado. El primero y el más popular, publicado en julio, analizó el conjunto de rasgos y características a nivel individual en una muestra de 5392 autistas de entre 4 y 18 años del banco de datos genómicos de SPARK, y analizaron las influencias genéticas en el contexto de la heterogeneidad de la información fenotípica de los individuos, distribuida esta última en siete categorías (Litman et al, 2025). Como resultado, se identificaron cuatro patrones de perfiles fenotípicos asociados a mutaciones no heredadas que difieren en la expresión de genes.
Tabla
resumen de la clasificación de las personas autistas en cuatro categorías, según
Litman et al (2025). Tomado de: Autiblog (2025).
El segundo estudio, publicado
recién en octubre (Zhang et al, 2025), analizó también una muestra de SPARK
consistente de 51859 autistas menores de 22 años con el fin de evaluar dos
modelos teóricos de la etiología poligénica del autismo, a través de las
trayectorias de desarrollo socioemocional y conductual, la varianza en edad y
la asociación de factores poligénicos a la edad de diagnóstico y a otras
condiciones del neurodesarrollo y la salud mental. Los investigadores
encontraron que la arquitectura poligénica del TEA puede dividirse en dos
factores poligénicos: uno asociado con el diagnóstico temprano y menores
habilidades sociales y de comunicación, y otro asociado con un diagnóstico
tardío, mayores dificultades socioemocionales y conductuales en la
adolescencia, y una correlación genética positiva media a alta con el TDAH y
condiciones de salud mental (Zhang et al, 2025). En otras palabras, y en
contraste con el anterior estudio, este sugiere que las edades de diagnóstico
del autismo reflejarían diferencias en su trayectoria de desarrollo y perfil
genético, lo cual puede explicar la heterogeneidad clínica y genética observada
en el autismo, algo a tener en cuenta si se pretende una categorización de
subtipos.
Por supuesto, el hecho
de que no haya exactamente consistencias entre el número de subtipos de autismo
descritos complica aplicar los resultados que presentan de modo contundente.
Por otro lado, estos estudios también cuentan con varias limitaciones e
interrogantes que también hacen cuestionar sus resultados.
Por ejemplo, el estudio
de neuroimágenes mencionado previamente tiene problemas de estandarización con
los datos de resonancia analizados y, sobre todo, cuenta con menos información
de pacientes con Asperger y PDD-NOS, lo cual afecta la estabilidad de los
resultados obtenidos (Wang et al, 2024). Tampoco hacen el ejercicio de evaluar
la base de datos en conjunto, sin discriminar previamente los datos entre
subtipos de autismo, para comparar si las variaciones y las diferencias
observadas pueden diferenciarse en categorías discretas o si presentan una
distribución normal (Wang et al, 2024, Alves et al 2025).
La revisión sistemática
sobre perfiles sensoriales cuenta con las propias limitaciones de este tipo de
publicaciones: las propias limitaciones, sesgos y el rigor de las metodologías
en los estudios revisados pueden comprometer los hallazgos e implicaciones de
la revisión, así como dificultar la comparación entre ellos. Así mismo, la
información revisada se enfocó en reactividad a la modulación sensorial, por lo
que no tiene en cuenta otros elementos de procesamiento sensorial como la
capacidad de discriminación sensorial (DeBoth & Reynolds, 2017).
El estudio preliminar de 2020 también cuenta con problemas importantes. En primer lugar, el grupo de personas analizadas cuenta con un sesgo importante de género (129 varones y sólo 35 mujeres), por lo que los resultados observados pueden no representar bien a la población autista femenina. Tampoco se tuvieron en cuenta explorar los datos de acuerdo a períodos de desarrollo -es decir, por edades- (Uljarević et al, 2020). Pero el problema más sangrante es que este estudio usa herramientas de evaluación enfocadas a padres, sin tener en cuenta directamente a las propias personas autistas, por lo que está desconociendo cualquier aporte que pueda venir de la propia experiencia de los pacientes.
Ni siquiera los
estudios con GWAS han estado exentos de problemas. Tal como señaló Autiblog,
el estudio de Litman et al no define claramente algunas de las categorías que
establecen (en particular la de comportamiento disruptivo), crean el número de
categorías con base en las observaciones médicas en lugar de lo que resultaba
estadísticamente más robusto, trabajan con una muestra altamente sesgada (78%
de los datos provienen de niños varones blancos), y cuenta con problemas
metodológicos a nivel de comparación de variantes genéticas, edad media de los
diagnósticos e historial clínico de los progenitores (Autiblog, 2025). No deja
de ser un estudio interesante y que refleja la heterogeneidad del espectro
autista, pero no contribuye realmente a explicar por qué la categorización ayudaría
a nivel de atención personalizada.
En cuanto al estudio de
Zhang et al (2025), aunque maneja un mayor número de individuos en su base de
datos, cuentan de nuevo con un importante sesgo al restringir la información a
personas de ancestría europea, debido a que contaban con datos limitados de
otras poblaciones. Por otro lado, dado que la heredabilidad en la edad de
diagnóstico de autismo es de apenas un 11%, y la varianza observada sólo es
explicada por otros factores demográficos y de desarrollo en un 15%, es
evidente que hay más factores influyendo en la edad de diagnóstico aparte de la
arquitectura genética encontrada, y de hecho hay proporciones de la variabilidad
observada que no se pudieron asociar a los dos factores descritos. Finalmente,
como no existe realmente un umbral de edad entre el diagnóstico temprano y el
tardío, los investigadores usan ambos términos de forma relativa, no como
categorías discretas, razón por la que, intuyo, son cuidadosos en no tomar los
factores encontrados como una base para definir dos subtipos (Zhang et al, 2025).
Una vez ofrecida la
perspectiva acerca de los estudios en torno a potenciales subtipos de autismo,
surgen dos preguntas pertinentes al respecto. La primera es: ¿es posible que el
espectro autista pueda llegar a clasificarse de acuerdo a subtipos? Es posible;
no obstante, dada su heterogeneidad, se trata de una tarea bastante complicada.
Y dado que el trabajo en diagnóstico clínico se basa sobre todo en
observaciones y valoraciones a través de entrevistas, el perfil de dificultades
que experimenta el individuo, algo que está presente en cada persona autista en
distintas variedades, es mucho más importante a tener en cuenta en principio
que las bases genéticas en el proceso, en especial cuando se trata de una
condición poligénica que hace casi imposible establecer un biomarcador fijo y
aplicable para todo. No significa que una idea más clara de nuestra genética no
sea importante, así como la forma en que dichas bases se relacionan con otras
condiciones del neurodesarrollo y la salud mental que se presentan como
coocurrencias o con las que se pueden compartir rasgos, pero hay que ser
cuidadoso con la interpretación y el alcance que le damos a tal información.
La segunda pregunta es:
¿por qué se insiste en la necesidad de volver sobre los pasos hacia una
división del autismo en subtipos? Bien señala Autiblog que la población
neurotípica no es categorizada de acuerdo a capacidades o comportamientos a la
hora de realizar una evaluación psicológica o psiquiátrica: no hace falta eso
para personalizar la atención, porque entendemos que la diversidad entre seres
humanos hace que una categoría fija no siempre sea suficiente para trabajar con
el individuo: siempre hay variaciones presentes (Autiblog, 2025). ¿Por qué
insistimos en que las condiciones neurodivergentes como el autismo requieren
una clasificación taxonómica interna? ¿Realmente es por necesidad de apoyar
mejor la atención personalizada a los pacientes, o por comodidad para los
profesionales a la hora de diagnosticar?
O… ¿es porque se busca
que los apoyos y recursos económicos y educativos sean asignados a un número
más limitado de personas? Un regreso al paradigma de diferentes diagnósticos de
perfil autista y su funcionalidad funcionaría de forma ideal sin duda con la
reforma propuesta para los EHCP y el acceso para alumnos SEND. Por supuesto,
esto no es lo mismo que decir que todos los especialistas o personas informadas
que abogan por una subdivisión del espectro autista apoyan retirar apoyos a los
casos de autistas que requieren un apoyo menos sustancial.
De hecho, aunque Simon
Baron-Cohen, pupilo de Frith y otro especialista importante del autismo, apoya
la idea de los subtipos dentro del autismo, discrepa con su maestra y Stock en
el discurso del exceso de diagnóstico. Así mismo, incluso quienes consideran
que el concepto mismo de autismo podría necesitar reevaluarse (Educating Hatbeasts,
2026) rechazan el enfoque capacitista y tendencioso de Frith hacia los adultos
con diagnóstico tardío.
Pero cuando la falta de
profesionales especialistas en el enfoque de neurodiversidad y los problemas de
acceso al sector salud siguen afectando a varios países, para quienes deben
lidiar con ofrecer y otorgar estos recursos exiguos sería ideal una reducción
de necesidades de diagnóstico entre perfiles de inteligencia e interacción
social cercanos a la media. Es lo que hace que mensajes como los de Frith y
Stock sean tan peligrosos en estos tiempos, en especial cuando se formulan sin
una evidencia que los respalde.
De hecho, ya han despertado a otros personajes desagradables dentro del mundo médico: aquellos que rechazan el concepto de neurodiversidad no por posibles objeciones científicas, sino porque creen que es una subversión ideológica nacida de la teoría queer, un proyecto político que quiere crear una “esencia psicopatológica” de la atipicidad. Se trata de “profesionales” que apropian los argumentos de discursos anti-género y transfóbicos de modo capacitista para negar cualquier tipo de agencia y conciencia propia a las personas neurodivergentes, aferrándose al modelo médico de las discapacidades (El Pensador Sereno, 2025b).
Y por supuesto, no han
faltado los que acusan de que existe un embellecimiento del autismo, una
necesidad de obtener ese diagnóstico como algo deseable y de celebrar. Y la
verdad es que el diagnóstico sí se desea, pero no por la influencia social y la
simple señalización que sugieren estas personas. El autismo no es realmente
glamoroso, ni a nivel social ni a nivel académico, como no lo es ninguna
condición del neurodesarrollo. Pero son diagnósticos que se buscan porque permiten
que muchos podamos comprendernos, que tengamos una perspectiva adecuada de
nuestras experiencias, de las dificultades que hemos tenido que enfrentar y de
las que pueden venir. El diagnóstico ofrece tranquilidad en un mundo en el que
hemos tenido que vivir con incertidumbres y prejuicios incluso antes de
entender quiénes somos.
Para especialistas como
Frith, empero, parece que el conocimiento de nuestras propias experiencias no
es suficiente. Tienen que ser ellos quienes verifiquen y determinen aquello que
nos hace divergentes, y por ello algunos quieren que el trabajo sea más fácil
empujando de nuevo el concepto de autismo a un modelo que se abandonó hace
décadas. Es una injusticia epistémica (Praslova, 2026), en la que ya estar
consciente de lo que ocurre a tu alrededor y contigo te descalifica no sólo como
un fenotipo autista, sino directamente como persona.
Y para ser francos, si
la perspectiva es ignorar cualquier cosa que el paciente pueda comunicar,
realmente debería importar poco si el autismo es un espectro o cuatro o quince
subtipos distintos, porque en tal caso el bienestar y la humanidad del paciente
no son la prioridad. Pero he aquí la importancia del paradigma de la neurodiversidad
y el enfoque del autismo como un espectro: hace importante conocer la
perspectiva del paciente, enfocarte en escuchar o leer su experiencia de vida,
entender de primera mano qué significa para el individuo vivir con una
condición tan compleja.
Nuevamente, hay mucho
espacio de mejora en los procesos de diagnóstico, sobre todo por la necesidad
de profesionales especializados y actualizados. Nada descarta, de nuevo, que se
llegue a encontrar que en efecto sea más representativo dividir el actual TEA
en diferentes subtipos de autismo. Pero ya que la evidencia hasta ahora no
respalda de forma sólida y consistente una categorización, no hace falta apresurarse
por empujarnos de nuevo hacia diagnósticos anticuados que aún ignorar la gran
diversidad que existe dentro de la condición autista.
Conclusiones
Mi intención con este ensayo
no es desacreditar el trabajo de psicólogos y psiquiatras, ni mucho menos a los
investigadores que buscan tener algún vistazo de los componentes genéticos y
neurológicos del autismo. Lejos de eso. Celebro que haya mucho interés en
seguir ampliando nuestra comprensión acerca de la neurodivergencia. No obstante,
esto requiere ser emparejado con un respeto por los individuos, por quienes vivimos
día a día con esta condición, en lugar de vernos de nuevo desde una perspectiva
impersonal y a veces deshumanizante.
Por ello, me parece importante no sólo que haya varios profesionales que hayan salido en defensa tanto del paradigma actual del espectro autista como de sus pacientes, sino que la propia comunidad autista se haya mantenido en su mayoría unida en confrontar la ignorancia, los sesgos y prejuicios que han surgido en estos días. Superar el capacitismo así como el sexismo y otros prejuicios que puedan surgir hacia nosotros es un trabajo en el que todos debemos poner nuestro aporte. Esa es también una expresión del espectro de nuestra diversidad.
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