Necesitamos voluntad frente a los hipopótamos en Colombia
Esta entrada venía planeada con motivo de explicar lo que ha sido el fracaso del plan de manejo del Ministerio de Ambiente colombiano sobre la población de hipopótamos invasores en el Magdalena medio. Sin embargo, me he levantado con un giro tan inesperado como bienvenido: la ministra de dicha cartera, Irene Vélez, anunció la publicación de una circular donde se detallará un protocolo de eutanasia que se espera implementar a partir del segundo semestre de 2026 (pueden leer el documento aquí).
En una rueda de prensa,
Vélez comunicó que se prevé la extracción inicial de unos 80 individuos en este
período, contemplando tanto la eutanasia química como la física. Los sitios de
enfoque de dicha estrategia serán dos áreas con alta densidad poblacional de
hipopótamos: Isla del Silencio, un área entre Antioquia y Boyacá en
el que la población ha sido prácticamente desplazada por la presencia de dichos
animales, y la Hacienda Nápoles. Con este
propósito, se destinarán $7.200 millones distribuidos entre las Corporaciones
Autónomas Regionales (CAR) de los departamentos con presencia de estos
artiodáctilos agresivos.
En este blog ya he
hablado con anterioridad sobre la problemática de los hipopótamos en Colombia,
pero para aquellos que la desconocen, les hago un resumen: en los años 80, el
narcotraficante Pablo Escobar llevó tres hembras y un macho de hipopótamos a su
hacienda como parte de su zoológico privado. Los animales se dejaron ahí tras
la muerte de Escobar, y unos años después se escaparon y entraron al río
Magdalena, la principal cuenca hídrica de Colombia. En estos momentos, la
población se calcula de más de 200 individuos, y sin control se harán miles en
unas pocas décadas, amenazando la salud de los ecosistemas y la seguridad de
las poblaciones humanas rurales.
El gobierno no parece dejar de lado la traslocación y la esterilización como otras medidas del plan de manejo. No obstante, en un momento de honestidad, la ministra Vélez manifestó que enfocarse en la traslocación no ha tenido ningún avance, pues el ministerio ha realizado gestiones con siete países y dos asociaciones de zoológicos y acuarios internacionales, y no han obtenido ninguna respuesta positiva. En cuanto a la esterilización/castración, están conscientes de su dificultad logística, altos costos, y ritmo lento de implementación y éxito. La población ha rebasado por completo la capacidad del gobierno para confiar en esas dos únicas estrategias.
La decisión fue
recibida de manera positiva por muchos biólogos que hemos estado por años
divulgando acerca de la necesidad de incluir la cacería de control para una
porción importante de la población actual. Se ha hecho énfasis en que, si bien
la traslocación y la esterilización son también importantes como medidas de control,
no son suficientes por sí solas para conseguir la extracción de individuos del
medio natural al ritmo necesario para frenar su expansión. En ese sentido,
aunque obviamente es lamentable tener que llegar hasta este punto, se aplaude
que haya primado la visión científica y técnica de la problemática.
Desafortunadamente,
también han saltado las voces del sector animalista, en particular aquellas en
el Congreso, criticando la medida como una solución facilista y cruel, que es
producto de la inoperancia en el gobierno en las medidas de traslocación y
esterilización. De acuerdo con estas personas, matar a los hipopótamos deja un
mensaje negativo en cuanto a nuestra convivencia con otras especies, e incluso
ha habido alguno en plan “¿Alguien quiere por favor pensar en los niños? ¿Cómo
vamos a mostrarles esto?”, como si fuesen a transmitirse los sacrificios por
televisión en plan Los juegos del hambre.
No voy a detenerme en
explicar de nuevo por qué las estrategias de conservación en general suelen
incluir control letal de especies invasoras. Hablar sobre el impacto de los
hipopótamos en el ambiente, las distintas propuestas de control ofrecidas, y
los argumentos científicos y sí, éticos, tras la eutanasia, sería redundar a
estas alturas. Tengo ya tres entradas hablando a detalle de estos temas, que
pueden consultar a continuación antes de seguir leyendo:
-La
otra herencia maldita de Escobar
-Una
respuesta a Daniel Samper Pizano sobre el caso de los hipopótamos
-Regresando
al sofisma Smith-Thanos
Quiero aprovechar mejor
esta entrada para dejar claro todo el contexto histórico reciente que ha
rodeado al control de los hipopótamos en Colombia, la miopía e ignorancia de
sectores animalistas, y el cómo la discusión sobre este tema es otro reflejo de
la profunda desconexión entre la población urbana y la realidad de la
ruralidad.
En primer lugar, algo
en lo que creo que todos coincidimos, incluyendo los animalistas, es que la
gestión de Minambiente en torno a hacer cumplir el plan de manejo de los
hipopótamos desarrollado hace un par de años ha sido un fracaso rotundo. El
gobierno se comprometió con las organizaciones animalistas en 2023 a enfocarse
únicamente en esterilización y castración, y tenía la meta de 40 animales por
año, pero a fecha de hoy sólo han podido hacerlo con aproximadamente 20
individuos. Es un ritmo espantosamente lento, tal como los expertos predijeron
que ocurriría tanto por la logística y costos del proceso como porque los animales
se han habituado a los cebos utilizados para atraerlos, y si no han sido
reubicados seguirán impactando el ambiente por décadas. De hecho, esta entrada
originalmente estaba enfocada en recomendar de nuevo la eutanasia como medida
de control, ante otro avistamiento reciente de hipopótamos a asentamientos
humanos, porque era evidente desde el principio que la esterilización iba a
estar rebasada.
La traslocación, la otra medida en la cual prefirió enfocarse el gobierno, tampoco ha tenido el resultado esperado. La ministra Vélez reveló en la rueda de prensa que se han realizado gestiones en siete países y con dos asociaciones de zoológicos y acuarios internacionales, y hasta ahora no han tenido ninguna respuesta positiva, no sólo porque trasportar a tantos animales es un costo de millones de dólares que nadie quiere asumir, sino también porque por el origen confuso de los hipopótamos de Escobar y la inclusión de la especie en el apéndice CITES, hay varios problemas de trámites y papeleos difíciles de sortear. Dos solicitudes de traslocación aprobadas se retractaron, cuatro siguen en espera de respuesta, y una directamente fue rechazada. En vista del tiempo apremiante para controlar la expansión de los hipopótamos, Minambiente decidió que todo silencio deberá interpretarse como una negativa. Y antes de que lo comenten: no, no hay una solución mágica de India recibiendo 60 hipopótamos. El Ministerio de esa nación sigue sin responder, y a estas alturas ya no podemos seguir esperando. Se necesita actuar lo más pronto posible.
Es increíble y
deprimente, como han señalado algunos colegas, que en retrospectiva el gobierno
que mejor actuó con el tema de los hipopótamos fue el (sub)gobierno de Iván
Duque, tan nefasto en general, cuando por fin se decidió incluir a los
hipopótamos en la lista de especies invasoras después de tantos años de
evasivas. Pero sería injusto culpar de todo este problema a la negligencia de
la administración actual. El escalamiento de la expansión de hipopótamos en el
Magdalena medio es la encarnación del fracaso y la inoperancia de varios gobiernos,
que prefirieron ignorar el problema desde que los sectores animalistas
criticaron el sacrificio de “Pepe” en 2009.
Y ya que hablamos de
algunos de esos animalistas -señalo que no son todos: hay varios animalistas y
veganos que han llegado a comprender la situación-, pues tengo que ser directo
y cortante. Es frustrante toparse con el mismo discurso básico de siempre en
redes sociales: que es asesinato, que es un genocidio de hipopótamos, que es un
reflejo de la cultura violenta en Colombia que no superamos. No importa cuántas
veces presentemos argumentos científicos y técnicos sobre la necesidad de
incluir eutanasia en el plan de manejo, porque se niegan a escuchar. La debacle
a la que hemos llegado, que tengamos que sacrificar 80 hipopótamos en vez de
los tres que escaparon en 2009 de Nápoles, es también consecuencia de su
intromisión y entorpecimiento tanto del debate como de la política en torno a
ello.
Es agotadora la recalcitrancia y petulancia de la senadora Andrea Padilla, la principal abanderada de los proyectos animalistas en el Congreso, quien no sólo sigue empeñada en que se enfaticen exclusivamente las medidas que hasta ahora no han funcionado, sino que además se mantiene desdeñosa hacia las ciencias biológicas. Se le han presentado artículos científicos sobre el problema -al menos, los pocos biólogos a los que no ha bloqueado-, evidencia del impacto que está teniendo el hipopótamo en el desplazamiento de otras especies, de las malformaciones físicas que ya muestran algunos individuos por su alto nivel de endogamia poblacional y que afectan su calidad de vida, y Padilla sigue en sus trece, hablando de respetar una “diversidad de pensamiento” que desconoce la ciencia y pone en alto riesgo los ecosistemas y las poblaciones rurales.
La senadora Esmeralda
Hernández también salió a cuestionar la decisión de Minambiente, planteando un
falso dilema de enfocarse en la invasión de los hipopótamos mientras se ignora
el problema de la ganadería extensiva o la deforestación. Esto es engañoso: no
se trata de que haya problemas peores que otros. Todas las amenazas a la salud
de los ecosistemas deben combatirse, y la ganadería y la deforestación no son
la excepción. Que los biólogos llevemos años cuestionando la falta de acción
sobre el problema de los hipopótamos en el Magdalena medio no significa que no
estemos conscientes del impacto ecológico y ambiental de ambos flagelos, y de
hecho varios han publicado al respecto y abogado por el control de este
problema.
También el saliente
senador Juan Carlos Losada se unió a las críticas contra el anuncio. Dice estar
consciente del impacto que tienen los hipopótamos en el ambiente, pero insiste
en que la eutanasia debe ser la última opción a recurrir después de haber
optado todas las demás medidas, y que esta decisión es el producto de cuarenta
años de negligencias. ¿De verdad? ¿Cree que después de cuatro décadas, con unos
200 animales en el Magdalena medio y en constante expansión territorial,
todavía estamos a tiempo de agotar opciones? ¿Tenemos que esperar a que haya
más de 500 o peor aún, un encuentro fatal con un campesino, antes de que logren
entender que se requiere incluir cacería de control como parte importante del
plan de manejo?
El problema es que
intentar establecer conversación con estas personas es toparse con un muro,
porque no están dispuestas a ceder o tan siquiera intentar comprender las bases
de lo que argumentamos. Reitero que no son todos los animalistas: otros han
entendido bien que este problema se debe evaluar desde una ética ecocéntrica,
que busca preservar el equilibrio de los ecosistemas y las relaciones entre los
seres vivos que los habitan. Y ese es el problema de personajes como Padilla, Hernández
y Losada: que ven a los animales silvestres desde una ética individualista que
aísla a las especies de su contexto ecológico, más afín para evaluar a un
animal doméstico que a uno que no hace parte de una red trófica que se ha
construido a través de millones de años de evolución.
La visión animalista individual acaba siendo, entonces, un chantaje emocional que pide que pienses en el sufrimiento del pobre hipopótamo que está invadiendo el territorio mientras ignoras al manatí, al chigüiro, a la tortuga, al caimán que lleva miles de años integrado en el ecosistema, y sí, también ignorando a los humanos que habitan cerca de esos ecosistemas, y que dependen en buena parte de ellos para subsistir. Es un enfoque menos humanista y ético de lo que aparenta, pues está dispuesto a sacrificar a las especies nativas mientras protege a una que las perjudica directamente, aun en vistas del fracaso que ya los biólogos y ecólogos habíamos presagiado en 2023. A los animalistas con este tipo de enfoque, y a la senadora Padilla en particular, les digo con todo el respeto: bájense de ese pedestal moral suyo, que ustedes son tan responsables del sacrificio de esos 80 hipopótamos como los gobiernos pusilánimes que han dilatado la solución al problema por años haciéndoles caso.
La
alta endogamia de la población colombiana ya está dando lugar a individuos con
malformaciones que afectan su calidad de vida.
Algo que también acaba
por reflejarse cada vez que hemos entrado en esta discusión, es la profunda
desconexión que existe entre el sector urbano y la sociedad rural, en especial
dado el carácter centralista de los políticos animalistas. Hace años que las
comunidades rurales están teniendo problemas con los hipopótamos. Como decía al
inicio, los pobladores cercanos a la Isla del Silencio tuvieron que dejar de
frecuentar la zona, punto importante de pesca, porque la presencia de los
hipopótamos los pone en riesgo. Dos colegios rurales cerca de Barrancabermeja tuvieron
que suspender clases por temor a que los niños sean
embestidos por estos animales. Ya ha habido varios ataques a personas en estos
últimos años, ninguno letal por fortuna, pero con secuelas permanentes en un
caso.
Por supuesto, parece
que en ocasiones a la senadora Padilla no le importan mucho esos problemas. De
hecho, hace años presentó a la candidatura del hoy presidente Petro una
propuesta de política pública que hablaba de un
“diálogo intercultural” con las comunidades étnicas para “desescalar las
prácticas tradicionales” en pos de una visión vegana y antiespecista, pero en
un tono tan despectivo hacia la población campesina, afro e indígena que el
documento original tuvo que ser reescrito. No creo que todos estos animalistas
que se oponen al sacrificio de especies invasoras sean misántropos -aunque
siempre me topo con alguno-, pero sí me parece que su enfoque individualista de
bioética no sólo desconoce las necesidades de muchas especies nativas, sino que
también olvida que el propio ser humano es una especie tan partícipe de las
redes tróficas y los procesos ecológicos como un manatí o un caimán.
Finalmente, sé muy bien
que hay personas que no son animalistas, y entienden racionalmente que deba
implementarse la eutanasia como medida de control, pero no pueden evitar, aun
así, sentir lástima por los hipopótamos y tener que haber llegado hasta este
punto. Y eso lo puedo entender bien. Nadie está realmente contento de tener que
sacrificar a 80 animales: se celebra que Minambiente por fin tome la
determinación de avanzar en un plan de manejo más completo, pero que hayamos
llegado al punto de aplicar la eutanasia a tantos hipopótamos, y que
probablemente deban ser más, no es un escenario de alegría.
No obstante, tenemos que ser consecuentes con la situación actual. El ritmo anual al que crece la población de hipopótamos (un 10-15% anual) es lo bastante alta para que en unos pocos años la población llegue a más de 500 individuos. La cantidad de hipopótamos que tendríamos que sacar del ambiente por año para frenar su expansión no puede alcanzarse sólo con la esterilización o la traslocación de individuos. Ya se trabajó el plan de manejo enfocado exclusivamente en ambas medidas, tal como querían los animalistas, y ha sido insuficiente. Nuestra responsabilidad ahora mismo es proteger a las especies autóctonas asociadas al Magdalena, tanto los animales que se ven desplazados por la presencia del hipopótamo como las plantas que son fuente de alimento para muchos de ellos, así como las poblaciones campesinas que aprovechan los recursos de estos ecosistemas riparios. Por doloroso que sea, esa protección requiere ahora mismo que integremos la eutanasia como medida de control.
Si se hubiese manejado
de forma adecuada el escape de los tres individuos en 2009, fuese con eutanasia
o regresándolos a Nápoles, no tendríamos el problema tan severo de hoy. Si se
hubiesen enviado el resto de hipopótamos a zoológicos o santuarios hace veinte
años, quizás habría sido suficiente. Sí, la situación actual es un ejemplo de
la impresionante negligencia del Estado. Pero no podemos seguir enfrascados en
las mismas discusiones de siempre. No podemos aferrarnos a planes de manejo que
habrían servido dos décadas antes, pero que hoy se quedan demasiado pequeños ante
el tamaño poblacional. No podemos seguir esperando soluciones mágicas
con graves carencias de claridad y conocimiento. Es momento de actuar.
Las metas del Ministerio
no son fáciles de cumplir, en especial con un gobierno que va de salida. Deberíamos
esperar que quien sea que quede de presidente mantenga la decisión tomada. Es
necesario mantenerse vigilantes al respecto. Mientras tanto, no nos cansaremos
de enfatizar la importancia de siempre considerar los temas de conservación
desde su perspectiva ecosistémica, para darle a las especies invasoras el
enfoque y manejo que les corresponde.
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