jueves, 23 de febrero de 2017

Imposturas religiosas: Dios, ¿hipótesis científica?

Cuando estudiaba en el INEM, en la época en que entraba en la especialización de Ciencias (hace unos diez u once años), nos tocó estudiar el origen de la vida y las especies actuales. Durante esa clase, tocamos las diferentes hipótesis de estos temas, como la panspermia, la generación espontánea… y el creacionismo. Parece extraño, pero no: tocamos el tema, si bien superficialmente, como a todas las hipótesis previas a la generación espontánea (que fue la hipótesis dominante por siglos hasta Pasteur), el modelo de Oparin y los experimentos de Miller y Urey.

Del creacionismo simplemente se hizo una división de dos vertientes, de las que no recuerdo bien el nombre: una donde las especies actuales siempre han existido, más puramente fiel a la Biblia; y otra donde las especies primordiales fueron creadas por Dios, y se han diversificado a través de los siglos, más cercana al concepto de evolución. No es que cada hipótesis pre-evolución se tratara como algo científico: era más una exposición de temas similar a lo que uno hace en filosofía con las diferentes corrientes del pensamiento.

No sabría cómo llamar a esa situación más que como un acuerdo amigable: se menciona superficialmente la creencia de Dios como el precursor de las especies y una hipótesis antigua, pero se hace énfasis en la evolución como origen de la diversidad actual y la selección natural como principal mecanismo. Es decir, se tenía en cuenta que fue una hipótesis popular alguna vez, pero se resalta que la ciencia explica muy bien la historia y diversidad de la vida sin necesidad de intervención divina. ¿Era lo ideal? Seguramente no, pero no hubo problemas para comprender el asunto, y de todos modos dudo que dejar de mencionar el creacionismo hubiera cambiado en algo la visión de los creyentes más literales o confundido a los convencidos en la evolución.

Hago esta ilustración no para resaltar cómo la ciencia y la religión puede ser compatibles entre sí -sustancialmente es imposible-, sino como un abrebocas de lo que viene. Tal como Lisa mencionó al final del episodio El traje de simio (una sátira del debate creacionismo-evolución inspirada en el juicio de Scopes), así como un sacerdote no querría que se enseñara ciencia en la iglesia, un científico desaprobaría que se enseñara religión en las aulas. Sin embargo, tal como Flanders y el reverendo Alegría presionaron a Skinner para que enseñara creacionismo en la escuela como una “teoría alternativa” a la evolución, hay muchos grupos que pretenden lograr esto, disfrazando el creacionismo a través de argumentos aparentemente científicos, con el fin de presentar a Dios -el abrahámico, por supuesto- en su función de creador del Universo como una hipótesis o “teoría” científica válida (recordemos que muchos se confunden y creen que hipótesis y teoría son equivalentes en biología y sus ramas afines).


Quizás el lector ya habrá notado que estoy hablando, precisamente, del diseño inteligente. Los proponentes de esa postura afirman que hay características del Universo y los seres vivos que se explican mejor a través de una causa inteligente que un proceso como la selección natural, la cual carece de dirección. Si bien suelen decir que no se trata de creacionismo, y que es una “hipótesis científica”, en la práctica muchos asignan al Dios cristiano como el diseñador, con lo que es difícil separarla de la tradición religiosa y por ende darle una base que realmente se pueda tomar como científica.

Típicamente, los promotores del diseño inteligente argumentan su hipótesis a través de tres argumentos: la complejidad irreductible (sistemas biológicos como el ojo son demasiado complejos para haber evolucionado de predecesores simples, pues un cambio mínimo en un componente los hace inútiles), la complejidad especificada (patrones complejos son de ocurrencia improbable por azar, por lo que la complejidad observada en seres vivos indica una guía inteligente en su formación) y el universo afinado (las constantes físicas fundamentales de las constantes físicas que permiten la vida en el Universo poseen un rango muy estrecho, por lo que es muy improbable que surgieran aleatoriamente). Basados en estas perspectivas, afirman que el Universo y la ocurrencia y complejidad de la vida reflejan ser obra de una inteligencia superior a la que secular y convenientemente evitan darle un nombre, si bien las características que se le atribuyen lo asocian claramente al dios abrahámico. En general, lo que hace el diseño inteligente es usar la complejidad de la vida y el Universo para demostrar la existencia de una deidad que lo creara todo, pues no hay otra forma de explicar tal complejidad por fuera del diseño guiado, tal como en la famosa analogía del relojero, así que en cierto modo es una versión altamente especializada de un razonamiento circular.


Por supuesto, tales argumentos son en gran parte tautologías y malos razonamientos de ciencias como la física y la biología, y es así como los científicos se han enfrentado casi unánimemente a los promotores del diseño inteligente, denotándolo inequívocamente como una pseudociencia que sólo trata de implantar el creacionismo en la educación. Puede señalarse que, por ejemplo, estructuras como el ojo y el flagelo pueden observarse en diferentes estadios de evolución entre diferentes organismos sin perder por completo la funcionalidad, que la complejidad especificada tiene diversos errores matemáticos y conceptuales en su formulación, que reducir las formas de vida a las que conocemos no significa que, en otras condiciones, el Universo podría albergar diferentes formas de vida, que muchos aspectos morfológicos (la estructura invertida de nuestra retina, o el problema del canal de parto) hacen dudar de la “perfección” del supuesto diseñador, o que simplemente tal diseñador debería ser tan complejo en sí mismo que requeriría de un diseñador en sí mismo, y así ad infinitum.

Muchas veces, los promotores del diseño inteligente contrarrestan estas críticas con argumentos como que la evolución del sistema visual completo sería más compleja que la del ojo en sí, o que simplemente no tenemos la capacidad de comprender los motivos del diseñador tras sus diseños aparentemente fallidos, lo que no es más que caracterizar su hipótesis como algo infalsable (esto es, imposible de refutar empíricamente), y por tanto cementa su estatus como una pseudociencia que no debe ser tomada en cuenta en una formación educativa seria, por más que sus defensores insistan en ello.

Lo curioso es que cuando se usan los mismos argumentos contra el diseño inteligente para cuestionar la existencia de Dios, junto a muchos otros (recordemos que la existencia divina implica otros efectos y evidencias no contempladas en el diseño inteligente, como los milagros), algunos pensadores escépticos y ateos afirman igualmente que Dios es una hipótesis científica susceptible de refutarse a través de la ciencia. Esto puede generar una confusión de conceptos entre la gente, y de hecho le daría tanto a la idea del Creador como al diseño inteligente un estatus científico que en realidad ninguno merece.

Volvamos a la introducción a esta entrada: cuando a nosotros nos mencionaron el creacionismo en clase, no fue como una hipótesis científica, sino como una enumeración de las hipótesis sobre el origen y la diversidad actual, no como si cada una fuera científica. Si se aceptara que la deidad es una hipótesis científica, entonces el diseño inteligente, que no es más que un disfraz para el concepto de creador, también lo sería, y dado que cuenta con argumentos aparentemente sólidos para su defensa, con mayor razón no debería ser problemático presentarla al menos como una hipótesis alternativa a la evolución en la enseñanza. Esto no ocurre en la vida real: sabemos que los argumentos del diseño inteligente están mal construidos y son inconsistentes, circulares e infalsables, por lo cual no deja de ser pseudociencia, además de ser contradictorios con la evidencia científica verdadera. Si son prácticamente los mismos argumentos en defensa de una deidad trascendente y activa que formó la creación, ¿por qué a esta última deberíamos llamarla hipótesis científica?

Sin embargo, hacer esa asociación apresurada podría ser falaz. Digo, que el diseño inteligente sea una hipótesis pseudocientífica, y que de no serlo podría enseñarse en las escuelas, no hace inherentemente que las deidades lo sean también. ¿O sí? ¿Dios es o no una hipótesis científica? Y si no lo es, ¿puede analizarse de modo científico?

La primera incógnita puede responderse fácilmente, y de hecho ya lo hice indirectamente en la primera entrada de esta serie: no. Dios no es una hipótesis científica. Recordemos que Dios, como explicación para el origen del Universo, es una hipótesis sobrenatural, y tales hipótesis son siempre infalsables. Tal como ocurre con el diseño inteligente, cuando se pone en evidencia las contradicciones e inconsistencias de los conceptos y cualidades de la deidad, los creyentes afirman diversas cosas: que no conocemos el plan de Dios para cuestionar por qué permite el mal; que los dinosaurios están en la Biblia (¡!) o peor, que el Diablo los puso ahí para corromper la fe; que Dios no necesita de Creador para sí mismo, pues es eterno; que las fallas que vemos en el diseño de los seres vivos son causa de la corrupción del mundo tras la caída de Adán y Eva, o que simplemente nuestra mente es limitada, y por ello lo vemos fallido.

Cualquier argumento que desde la ciencia presente dudas razonables sobre las tesis para la existencia divina es contrarrestado con una maroma intelectual, una especie de laguna legal que hace imposible analizar científicamente dicha hipótesis de forma que pueda ser completamente confirmada o refutada de forma exitosa (es curioso entonces que muchos creyentes se molesten tanto en disfrazarla de ciencia). Es por ello que, a menudo, uno termina recurriendo a herramientas filosóficas y argumentos lógicos para demostrar las inconsistencias lógicas del concepto de una entidad superior, mientras que al mismo tiempo se utiliza la ciencia para evidenciar cómo las leyes del Universo pueden “afinarse” y el origen y evolución de la vida pueden explicarse sin requerir de la intervención de un relojero incognoscible.


Cuando uno sostiene que la hipótesis de Dios no es científica, pueden ocurrir tres situaciones negativas: los creyentes afirmarán que eso significa que lo espiritual no puede ser analizado científicamente; algunos ateos podrían decir que se está otorgando privilegio religioso; o saldrá algún agnóstico “50-50” diciendo que es imposible dar entonces una opinión vocal definida sobre la existencia divina.

Calmen sus ímpetus, beatos.

Nada más alejado de la realidad. En primer lugar, que sea imposible demostrar empíricamente que una deidad no existe no significa que somos libres de asumir su existencia sin evidencia alguna: es deber del creyente presentar evidencia seria de dicha existencia, puesto que al formular una hipótesis infalsable, la carga de la prueba cae inmediatamente sobre él, y no tiene mucho sentido creer en algo de lo que no tenemos evidencia alguna. En segundo lugar, y tal como debe haber quedado claro en los párrafos anteriores, el que conceptos como el diseño inteligente o la homeopatía sean catalogados como pseudociencia y padezcan de infalsabilidad no invalida el que puedan ser sometidos a análisis científicos. Robert Todd Carroll lo explicó muy bien en un ensayo sobre la ciencia y la cuestión divina: no hay forma de construir una prueba empírica para demostrar la inexistencia de algún concepto de deidad, pero esa no es realmente la labor de la ciencia; mientras esperamos la evidencia que por obligación debe presentar el creyente, lo que sí podemos hacer a través de la ciencia y el razonamiento es demostrar que las afirmaciones y argumentos para defender tal deidad son inconsistentes con el conocimiento científico con el que contamos, y son lógicamente contradictorios y sin fundamento, así que son inútiles para sostener que dicha entidad existe, y con ello puede tomarse como una hipótesis innecesaria para explicar la realidad.

Nuevamente, me remito a la fábula del dragón en el garaje de Carl Sagan: así como no hay ninguna diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo, flotante y que lance un fuego que no genere calor, y un dragón inexistente, no hay diferencia entre una deidad inaccesible a cualquier forma de análisis científico y racional y una deidad inexistente. Si simplemente podemos formular su existencia y la necesidad de ella para comprender el Universo por pura cuestión de fe, la evidencia clara de que el Universo y su origen y funcionamiento pueden explicarse sin la intervención divina nos dice que es perfectamente razonable asumir su inexistencia.

No sé si haya sido tan claro como he querido a lo largo de esta entrada, pero he expresado en definitiva mi postura sobre el asunto de la hipótesis de Dios como “científica”. Al final, amigo lector, es decisión suya aceptar o rechazar la idea de que tal entidad exista. No estoy forzando a nadie a tomar algún lado de esta incógnita: sólo he puesto sobre la mesa las razones por las que la hipótesis divina es una idea que no puede ser tomada como ciencia verdadera, y que al final no nos hace falta para comprender los misterios del mundo que nos rodea.

Y un poco de humor al final para cortar la densidad:


-¡De acuerdo, ya! Ya voy, ya voy…

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