domingo, 7 de diciembre de 2014

Nacionalismo inútil (V): sudando sangre por la camiseta

En la última entrada de Nacionalismo inútil, comentaba acerca de las exageraciones y radicalismos del regionalismo en los países, haciendo particular énfasis, por supuesto, en Colombia. A pesar de que los estereotipos regionalistas tienen influencia en algunos actos de discriminación, muy seguramente la mayoría pensará que suelen ser actos más bien inofensivos, si bien desagradables. Desafortunadamente, esto no es cierto. El veneno del regionalismo tóxico se filtra hacia una de las peores expresiones de fanatismo: las barras bravas.

El fútbol es una de las actividades culturales más apasionantes del ser humano. Es cotidiano que, cuando haya un encuentro importante, la gente se aglutine en torno al televisor, ya sea en la casa, en un bar o una tienda, para contemplar el juego, generalmente en un ambiente de festejo y cordialidad. Sin embargo, este no es siempre el caso, especialmente dentro de los estadios. Con aterradora frecuencia, grupos de hinchas se encuentran durante un clásico para irse a los puños, y después a las navajas o usando cualquier objeto que puedan usar como arma, con el fin de hacerle daño al adversario, simplemente por ser admirador de otro equipo.


Por supuesto, este problema no es nuevo, ni es exclusivo de Colombia. El problema del fanatismo violento en el fútbol puede rastrearse hasta los años treinta, con la formación en Brasil de la primera torcida organizada (término utilizado para los fanáticos violentos en dicho país). Los ultras, como se les conoce habitualmente en Europa, surgieron aproximadamente entre los años cincuenta y sesenta, representados por grupos que usaban cantos violentos, con tendencias políticas extremistas (por ejemplo, el fascismo), y nada tímidos de recurrir a la violencia en su excesivo apoyo a una camiseta. Estos movimientos se hicieron especialmente famosos por los hooligans británicos de los años setenta, y hoy en día cuentan con nombres representativos, como los Irriducibili del Lazio, el Frente Atlético del Madrid y los Schickeria München del Bayern Munich. Aunque actualmente hay una fuerte política en contra de estos movimientos, que incluyen vetos en los estadios, multas y presión policial, lo cierto es que en muchos casos son los mismos equipos de fútbol los que acogen a los ultras, por miedo de carecer de apoyo físico en los estadios durante los partidos.

Volvamos a América Latina. El fenómeno de las barras bravas nació en los sesenta en Argentina, país con una fuerte tradición futbolística, pero no se convirtió en un problema real en el continente hasta los años 90. Actualmente muchos países poseen una larga lista de grupos de hinchas involucrados con episodios violentos, como Los Borrachos del Tablón del River, los Guerreiros do Almirante del Vasco Da Gama, y la 1912 de Cerro Porteño. Colombia, por supuesto, no se queda corto en barras bravas, como el lector tristemente debe saberlo. Nombres como Los Del Sur (L.D.S.) del Nacional, Disturbio Rojo del América y Comandos Azules del Millonarios quizás hacen temblar a más de uno, y si usted no sabe de nombres, no desconoce, en todo caso, el precio que han tenido que pagar tantas personas simplemente por salir a la calle con la camiseta de un equipo.


Desgraciadamente, las sanciones legales no son suficientes. Cierto, eso disminuye la violencia en los estadios, pero permanece la inseguridad en las calles. Puede que los Boixos Noi del Barcelona estén expulsados de los estadios, y que las barras del Nacional y el Millonarios fueran sancionadas con seis meses fuera del Campín; no obstante, eso no evita que sigan reclutando en sus filas a personas que sólo aumentarán la intolerancia cuando su tiempo de regreso llegue, y mientras tanto se desquitarán con los hinchas que encuentren en la calle. Seguirán cultivando el odio en el exilio. Por ello, se requiere de un incremento en la seguridad no sólo dentro de los estadios, sino fuera de ellos. Y sobre todo, se necesita educación. No me canso de decir que ninguna idea, ningún pensamiento, ninguna tendencia, ningún gusto, vale despojar de su vida a personas inocentes. Es una falacia. Es rendir nuestra mente a un abstracto que realmente no vale nada, que en realidad no aporta mucho más que entretenimiento a la vida. Y el entretenimiento no debería ser motivo para matar a nadie.


Antes de terminar, quiero hablar también de una forma menor de fanatismo deportivo, más bien ridícula, pero que no por ello deja de ser nociva. Hay personas que prefieren, por razones personales, ser seguidores de un equipo de una región diferente. Y con el regionalismo exagerado imperante, suelen ser criticadas y ridiculizadas por otros hinchas furibundos, que lo ven como una “traición” a su tierra. Esto no es más que un fanatismo absurdo. Como he planteado a lo largo de esta serie de entradas, la tierra de origen no es motivo para atar a nadie. Uno debe basar sus elecciones en la razón, y no en sentimentalismos. Si para un samario el Deportivo Cali juega mejor que el Unión Magdalena, ¿por qué es malo entonces que decida apoyar al primero? Además, es irónico que muchos de estos fanáticos regionalistas se deleiten al mismo tiempo portando con orgullo camisetas de equipos de otros países, como el Boca Juniors o el Real Madrid. ¿No es eso acaso una “traición a la patria”?

Hemos terminado. Tal como dije en la anterior entrada, hay demasiada violencia en el mundo, para acentuar la violencia entre compatriotas. Y es peor cuando se hace en nombre de una expresión cultural que debería disfrutarse en calma. Dejemos los odios de lado cuando se goza el fútbol: sólo es eso, un deporte. Yo no soy admirador del fútbol, pero no necesito serlo para apreciar el buen ambiente que se forma cuando se contempla un partido. Por favor, trasladen ese ambiente a los estadios y las calles.

2 comentarios:

  1. Me tomé el atrevimiento:

    Nacionalismo inútil: La serie http://goo.gl/1Fw6QV

    Saludos.

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    1. Ningún problema. Es bueno contar con apoyo de otros pensadores escépticos.

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