viernes, 26 de septiembre de 2014

Tolerancia no significa silenciar la crítica

Tolerancia no significa silenciar la crítica
Por Terri Murray


Entre aquellos en la vanguardia de la arremetida contra los Nuevos Ateos hay muchos liberales de izquierda y muchos académicos del establishment*, un hecho que siempre he encontrado desconcertante. Las afirmaciones supuestamente “estridentes” de la talla de Dawkins, Harris y Hitchens han evocado reacciones más bien susceptibles entre los británicos que se autodenominan “liberales”. A muchos intelectuales del establishment se les ponen los pelos de punta ante cualquier muestra de confianza o, me atrevo a decir, coraje acerca de temas morales, ya sean los documentales argumentadores de Michael Moore o los discursos de Richard Dawkins sobre las virtudes de la evidencia empírica. El clima cultural que prevalece es uno en el cual alguna rama relativista y cobarde de “tolerancia” que es indiscriminada con respecto a los contenidos de expresión, creencia y opinión, es preferible a tomar una posición. Bajo la tutela cultural de los medios del establishment, la “tolerancia” se convierte en un mecanismo para proteger palabras falsas y malas acciones que contradicen las posibilidades de liberación, razón, justicia e igualdad para todos.

Como Herbert Marcuse explicó en su ensayo de 1965 Tolerancia represiva, las condiciones de tolerancia son “cargadas”: son determinadas y definidas por la inequidad institucionalizada. Estas limitaciones de fondo de la tolerancia son de dos tipos: (1) la tolerancia pasiva de actitudes e ideas atrincheradas y establecidas incluso si su efecto dañino en las personas y la naturaleza es evidente; y (2) la tolerancia, activa y oficial, garantizada a la derecha al igual que a la izquierda, a movimientos de agresión al igual que movimientos de paz, al partido de odio como al de humanidad. Este tipo de tolerancia abstracta y no partidista se abstiene de tomar posturas –pero al hacerlo de hecho protege la ya establecida maquinaria de discriminación. Protege y preserva el status quo, o lo que J.S. Mill llamó la “tiranía de la mayoría”.

Mill estaría revolcándose en su tumba si viera en lo que se ha convertido la tolerancia en la Gran Bretaña moderna. La “tolerancia” sustituta de hoy es poco más que el relativismo moral enloquecido. Erradica el tipo de libertad de expresión que J.S. Mill (un verdadero liberal) buscaba cuando escribió Sobre la libertad en 1859. Para Mill, deberíamos permitir “la colisión de opiniones adversas” precisamente porque “rara vez o nunca la opinión general o predominante sobre cualquier tema es la verdad completa”. Este choque de opiniones diversas, pensaba, asegura que el “resto de la verdad” tenga una oportunidad de ser suministrada.

Parece que los críticos del Nuevo Ateísmo no hacen una distinción consistente entre la certeza y la verdad. Los Nuevos Ateos nunca han pretendido que su confianza en que cierta opinión sea falsa justifique la supresión de esa visión, pues esto implicaría no sólo que están confiados de tener la razón, sino que son infalibles. Dawkins, Dennett y los de su clase han explicado laboriosamente por qué el falseamiento es el fundamento mismo de la ciencia inductiva, y por qué las afirmaciones empíricas son en su misma naturaleza tentativas e incompletas. Los Nuevos Ateos se atreven a mostrar confianza porque, a diferencia de sus oponentes religiosos, han permitido que sus ideas sean comprobadas contra la evidencia y los méritos de los puntos de vista alternativos. Mill sentía que no había nada malo con la certeza. Pero si la tenemos, debe y puede descansar únicamente en la libertad de expresión misma. Para desarrollar y defender nuestros puntos de vista, para corregir nuestras opiniones y medir su valor, necesitamos la libre discusión.

En el caso de la “tolerancia” hacia el islamismo, los antirracistas de izquierda piensan que están protegiendo una minoría victimizada, lo cual es un valor genuinamente liberal. Pero la tolerancia nunca estuvo destinada a anular toda crítica, debate, sátira y “ofensa” contra las ideologías religiosas. Estas formas de expresión proporcionan la garantía de que un debate matizado –de hecho cualquier debate- pueda realmente tomar lugar. Una sociedad tolerante prohíbe justamente la supresión real por otros del derecho fundamental de algunas personas a la autodeterminación. También prohíbe asalto físico y ataques violentos que limiten la libertad de los individuos para buscar sus propios valores. El islam no es una etnia. Al otorgarle protección exclusiva de los estándares de escrutinio (y en efecto del ridículo) al que otras ideas y creencias (por ejemplo, el feminismo) están sujetos en una democracia liberal, los “liberales” antirracistas sólo apoyan la opresión de otros grupos sociales vulnerables. Su tolerancia simplemente mantiene el status quo y no hace nada para ayudar al progreso para las mujeres, para los musulmanes moderados, los homosexuales musulmanes o los apóstatas musulmanes. Estos liberales pueden describir su silencio en presencia del islamismo como “tener un debate más matizado”. Yo lo describiría como prevenir tener uno por completo y escoger en su lugar exhibir una pasividad cobarde.

*Se refiere al conjunto de personas que mantienen el poder en una institución. Puesto que no tiene un equivalente real en español, decidí mantenerla así.

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