viernes, 26 de septiembre de 2014

Los mordaces insultos de mis colegas ateos me desesperan

Los mordaces insultos de mis colegas ateos me desesperan
                                                           Por Ariane Sherine



Conozco muchos, muchos ateos. Si tuviera que usar tres palabras para describirlos, escogería “graciosos”, “inteligentes” y “frustrados”. Mi línea de tiempo del Facebook está llena de ejemplos del último atributo: ateos describiendo a las personas religiosas como “idiotas”, “tontas”, “imbéciles” y el ocasional “gilipollas*” (muchos de mis 5000 amigos de Facebook son americanos).

Cinco años atrás, habría estado de acuerdo con ellos en etiquetar a todas las personas religiosas como estúpidas. Después de todo, ¿cómo podría alguien creen en el Dios monoteísta a pesar de toda la evidencia científica que refuta su existencia? ¿Cómo podría la gente religiosa pensar que los anticonceptivos, los derechos de los gays o los derechos reproductivos de las mujeres son asuntos contra los que vale la pena luchar?

Aún pienso que entre más racional sea el mundo, es mejor, y me anima cualquier señal de que se está haciendo menos religioso. Pero los mordaces, y frecuentemente crueles, insultos de mis colegas ateos me desesperan. La pregunta que más hago con frecuencia en estos días es: ¿cómo puede alguien pensar que insultar a las personas religiosas va a alejarlas sus creencias firmemente sostenidas?

Porque la religión no carece de belleza. Frecuentemente es una mezcla de hermosas ideas, declaraciones ilógicas y principios profundamente problemáticos. Si una persona es atraída hacia la religión por causa de sus bellas ideas, y porque quieren ser mejores personas, entonces un ateo siendo cáustico y fulminante no va a apartarlos de su fe; simplemente va a confirmarles que el ateísmo no es para ellos. ¿Quién querría unirse a una pandilla de individuos groseros, sarcásticos y elitistas?

Y los humanistas pueden ser igualmente inhumanos hacia otros. Yo no creo que la solución a este problema sea meramente “convertirse en un humanista”. Siento que la British Humanist Association es una organización ética, empática y comprensiva, pero también he conocido miembros de la BHA que ridiculizan a las personas religiosas. Esto no es culpa de la BHA; no obstante, me gustaría que animaran más a su membresía y a sus miembros distinguidos para que encarnen valores humanistas cuando interactúen con personas de todas las fes.

Los no creyentes deberían recordar también que con frecuencia pertenecer a una religión es hacerlo con la familia, etnia y comunidad. Por consiguiente, dejar una religión u osar hablar en contra de ella frecuentemente significa lastimar a seres amados y dañar relaciones. Sugerir que siempre es más simple que eso es erróneo.

Sí, estoy consciente de que, en el peor de los casos, la religión está llena de intolerancia, misoginia, homofobia y odio. Busca cercenar las libertades de otros, decidir a quiénes pueden amar y con quiénes casarse, impedir a las mujeres vestirse como quieran y hacer lo que quieran. Pero el odio colmado hacia las personas religiosas no nos conducirá a ninguna parte. Acercarse a ellos con amor romperá más puertas. Preceder tus pensamientos con “No creo que tengas razón, pero respeto tu derecho a pensar eso. Así es como veo las cosas”, es más probable que conduzca a un debate calmado y constructivo.

También prevendría a los ateos en contra de ver a grupos de personas en términos de blanco y negro. Mis amigos musulmanes, tales como el periodista Urmee Khan, son tan liberales como yo, y están muy a favor de derechos iguales para todos (y sí: está perfectamente bien tener amigos religiosos). Victoria Coren Mitchell es una de las personas más inteligentes que conozco, y ella cree en Dios. De igual forma, sólo porque otros ateos mantienen la misma (falta de) creencia, eso no les hace tener la razón sobre todo, o significa que su enfoque a otros humanos es recomendable, sin importar lo famosos o respetados que puedan ser.

Hay una ocurrencia citada con frecuencia por los ateos: un cristiano le dispara a un médico abortista, un islamista militante detona una bomba, un ateo militante escribe un libro. Esto puede ser verdad, y aun así el “libro” en cuestión frecuentemente está tan lleno de dardos desagradables e hiriente prejuicio que la mayoría rehuirá leerlo. Nosotros los ateos podemos escribir cualquier cosa que nos guste en nuestros libros. Tenemos a ser elocuentes en nuestros libros, también. Tenemos el poder de cambiar el mundo. ¿Por qué no llenar nuestros libros de amabilidad?

*Douchebag, en el original.

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