¿Reformar lo woke, o trascenderlo?
I. Introducción
El pasado 9 de agosto, la representante estadounidense Alexandra Ocasio-Cortez, reconocida por ser parte de la facción del Partido Demócrata que se inclina hacia un socialismo democrático, participó en una entrevista en ABC en la cual le preguntaron acerca de Francesca Hong, una asambleísta que estaba en la carrera para representar al partido en las elecciones para la gobernación de Wisconsin. En la entrevista, mencionaron un trino que Hong publicó en su cuenta en 2020, en la cual hablaba de “cancelar” el Día de Acción de Gracias debido al contexto colonialista de su origen.
Hong acabaría perdiendo las elecciones internas unos días
después, por un estrecho margen, pero esto fue más por el aislamiento
que recibió de sus aliados durante el proceso, así que no se puede decir que la
entrevista influyese mucho. En todo caso, al mencionarle el trino de Hong,
Ocasio-Cortez aprovechó para hablar de un caso similar ocurrido por la misma
época que el mensaje mencionado, y cuyo autor se había retractado con la frase
“Woke 1 fue una locura”, algo que repitió la representante como parte de
su respuesta.
“Woke 1”. Ese es un término que se está escuchando mucho en los círculos anglosajones de la “guerra cultural”, y ya está empezando a permear también en el entorno latinoamericano, como una especie de periodo excesivamente dramático, donde la gente se ofendía por cualquier cosa, los agravios subjetivos estaban a la orden del día, y las identidades particulares prevalecían en el discurso progresista por encima de las causas comunes. Para algunos, fue un momento espantoso de captura ideológica de las instituciones públicas y la academia que por fin se está dejando atrás; para otros, fue un proceso necesario para visibilizar las muchas dinámicas de la discriminación; y para unos pocos más, fue un movimiento bien intencionado en principio, pero bastante incompetente en método.
Hoy en día, algunos progresistas están hablando de la
necesidad de un “Woke 2”, una renovación de los compromisos originales
de justicia social dentro de un marco político mejor elaborado y más ambicioso
y efectivo. Los reaccionarios también hablan de ello, alertados ante la posibilidad
de que una nueva ola activista frene los triunfos que la ultraderecha ha
conseguido poco a poco en tiempos recientes. Y aquellos con una perspectiva más
radical de la izquierda no ven mucho sentido en tratar de refrescar una praxis
que ya probó defectuosa.
¿Quién tiene la razón? Para entender con detalle lo que está
ocurriendo, es necesario analizar qué rayos es lo woke, porque a estas
alturas parece más un significante vacío que un descriptor adecuado. Eso
requiere comprender los orígenes del término, cómo se convirtió en una aparente
tendencia política, académica e incluso cultural, y por qué no logró resolver
los problemas que decía abarcar. Y por supuesto, hacernos una pregunta: ¿es
necesario un nuevo movimiento woke? ¿O es hora de ir más allá de su
praxis?
II. La filogenia del movimiento woke
Seguir los orígenes del concepto woke y lo que ha llegado a representar no es fácil, pero hay un trabajo que recomiendo para saber por dónde empezar. En 2024, el sociólogo estadounidense Musa al-Gharbi publicó el libro We Have Never Been Woke: The Cultural Contradictions of a New Elite (Nunca hemos sido woke: las contradicciones culturales de una nueva élite), un trabajo que no sólo recopila la historia del movimiento woke, sino que también contiene un análisis crítico acerca de la transformación sociocultural que generó.
Como relata al-Gharbi, los orígenes del término se pueden
rastrear hacia 1860, cuando surgió un movimiento de jóvenes urbanos en los estados
del Norte enfocados en abolir la esclavitud y alcanzar los derechos de los
trabajadores. Este grupo se hacía llamar los Wide Awakes, los Bien
Despiertos, por mantenerse alerta ante las injusticias y combatirlas, incluso
de forma militante, como hicieron hacia la Guerra Civil al convertirse en
milicias.
Posterior a esto, a inicios de siglo XX, entre los
afroamericanos se popularizó la expresión de “mantenerse despiertos”, en
inglés, “stay woke”, ante potenciales amenazas. Por décadas, stay
woke fue una parte integral de la lengua vernácula de la comunidad negra, una
metáfora que se vinculó progresivamente al reconocimiento y necesidad de corregir
las injusticias sociales. Incluso Martin Luther King llegó a tomar influencia
del concepto en una charla de 1959 titulada “Permanecer despierto a
través de una Gran Revolución”.
Pero la irrupción del término woke en la cultura popular se dio en los 60, cuando una columna editorial de 1962 en The New York Times criticaba a aquellos blancos que trataban de apropiarse del lenguaje vernáculo de la comunidad negra, incluyendo por supuesto woke, lo cual irónicamente llevaría a que la expresión se hiciese más popular hasta decaer en uso hacia los años 90. En lo que respecta a nuestros tiempos actuales, la expresión stay woke volvió a ser importante en los movimientos sociales contemporáneos hacia 2011, luego de popularizarse a través de su uso en la canción “Master Teacher”, de la cantante neo-soul Erykah Badu, y fue reemplazando la expresión “políticamente correcto” cuando esta última empezó a ser usada de forma irónica para referirse a la justicia social crítica.
No obstante, haríamos mal en creer que estos reclamos por
una mayor diversidad, igualdad y justicia son un fenómeno exclusivo de estos
movimientos igualitarios de hoy. De hecho, revisando tanto artículos de prensa
como publicaciones académicas, al-Gharbi afirma que se pueden identificar
varios momentos en los cuales la discusión en torno al racismo, el sexismo y la
homofobia, se incrementó considerablemente durante un período de tiempo.
Tomando prestado un término del periodista Matt Yglesias, al-Gharbi reconoce al
menos cuatro “Great Awokenings” (algo así como “Grandes Despertares”) en la
historia estadounidense, así como las señales de que estaríamos llegando a un
quinto, marcados por momentos de incertidumbre socioeconómica de la clase
blanca liberal:
-El primer Gran Despertar (años 1920-1930): durante
este período, se duplicó el número de estadounidenses con un título
universitario, se triplicó el número de aquellos con maestría, y las cifras de
ciudadanos con doctorado se cuatriplicó. Grandes cantidades de graduados
salían de la universidad directamente a trabajos prestigiosos. Entonces llegó
la Gran Depresión, y varios de estos profesionales, al ver su futuro incierto,
manifestaron su rabia contra las élites y la sociedad, uniéndose a movimientos
de protesta de la época (negros, feministas, incipientes pro-derechos de los
gay, socialistas y comunistas). Este período terminó hacia 1936, con la
reelección de Franklin Delano Roosevelt, después de que sus reformas políticas
salvaron el capitalismo liberal y garantizaron millones de nuevos empleos para
las élites liberales.
-El segundo Gran Despertar (años 1960-1970): tras la Segunda Guerra Mundial, los programas de apoyo financiero y educativo para los veteranos y sus familias permitieron a millones de jóvenes apostar por la formación universitaria, y aunque éstas empezaban a diversificarse con la presencia de minorías y estudiantes de clase obrera, seguían siendo dominadas por la clase media alta de WASP (siglas en inglés para protestante blanco anglosajón). Entonces estalló la Guerra de Vietnam y se empezó a reducir el apoyo a los estudiantes, con lo que muchos no pudieron seguir estudiando; y cuando en 1965 el gobierno obligó a los estudiantes universitarios a tomar una prueba selectiva para reclutar a aquellos por debajo de cierto puntaje, surgieron las protestas a nivel nacional. Las batidas fueron suspendidas en 1969, y los movimientos estudiantiles irían colapsando durante los años siguientes, hasta cesar actividades en 1974.
-El tercer Gran Despertar (años finales 1980-inicios de
la década de 1990): este período fue mucho más corto, de aproximadamente
unos cinco años. Los años de austeridad de la década golpearon a las
universidades, las cuales elevaron los costos de matrícula y redujeron los
apoyos, y empezaron a reclutar a estudiantes internacionales, lo que redujo
también las ofertas de trabajo en sectores de alto talento para los
profesionales nacionales. La minicrisis en la bolsa de 1989 y las fusiones y
reestructuraciones de firmas corporativas causaron la desaparición de miles de
puestos de medio nivel tanto en sectores públicos como privados, lo cual
enardeció a los nuevos profesionales, quienes enfrentaban grandes deudas
estudiantiles, y dio lugar a movimientos radicales feministas, de igualdad
racial, derechos gay, y ambientalistas. La agitación desapareció a inicios de
los 90 con los cambios en las leyes de inmigración de EE.UU., lo cual abrió más
espacio para el talento local, y el surgimiento de trabajos con “inflación de
grado” -es decir, incluir un grado universitario como requerimiento para un
empleo que no lo necesita- y empleos de media categoría y poca utilidad a los
que el antropólogo anarquista David Graeber se refirió como trabajos de
mierda.
-El cuarto Gran Despertar (post-2010): este período
inició en concreto en 2011, con el movimiento Occupy Wall Street. Entre 2010 y
2019, EE.UU. produjo al menos 22 millones de trabajadores menores de 25 años
con al menos un título universitario de pregrado, contra una oferta de apenas dos
millones de puestos de trabajo disponibles. La crisis económica de 2008
agravó esta discrepancia, y la pandemia de COVID-19 no ha hecho más que agravar
el tema de empleo. Los estudiantes universitarios acumulaban grandes deudas que
no se veían retribuidas por los empleos que eran capaces de alcanzar, y casi la
mitad de los jóvenes de clase media alta nacidos en los 80 son incapaces de
replicar su clase social a los treinta. Todas estas frustraciones se
canalizaron inicialmente en contra de Wall Street, y posteriormente hacia la
construcción de políticas de identidad para apoyar a los grupos socialmente
marginados. Esta tendencia alcanzó su mayor pico de influencia entre 2020 y
2021, y se ha ido reduciendo desde 2022, con la estabilización de la situación
socioeconómica.
-El próximo Gran Despertar: este aún no ha iniciado, pero al-Gharbi sospecha que podría ocurrir en un futuro muy cercano. El sociólogo señala que la mayoría de los trabajos en los que se proyecta un crecimiento durante los próximos diez años tienen una paga menor al ingreso mediano de EE.UU., y siete de cada diez ocupaciones con mayor proyección no requieren de un título. Sumado a esto, la presencia de las IAs en procesos de automatización podría afectar los trabajos semiprofesionales y profesionales de oficina y administración. Esto sin duda incrementará la competencia por trabajos de alto perfil y oficios simbólicos, y quienes no puedan acceder a ellos posiblemente se volcarán a movimientos de justicia social.
Cómic de The
Woke Salaryman.
Habrán notado los ejes en común de cada Gran Despertar: la
sobreproducción de una élite educada, y que los movimientos de justicia y
reivindicación social de la época nunca son el eje original de la
agitación. Cada Gran Despertar ocurre desde los universitarios de origen
blanco, a menudo de clase media y alta, y de tendencias liberales, ante la
posibilidad de que su formación universitaria sea insuficiente para
garantizarle la vida que el sistema le prometió por su título. Es aquí donde
quiero hacer énfasis en un concepto que al-Gharbi usa durante el libro para
referirse a este grupo de personas detrás de cada una de estas tendencias,
incluyendo el actual movimiento woke: los capitalistas simbólicos.
Tomado del trabajo del sociólogo francés Pierre Bourdieau, el
capital simbólico consiste en los recursos disponibles con base en aspectos de
la vida social vinculados a necesidades políticas y de aspiración: honor,
prestigio, celebridad, consagración y reconocimiento. Este capital simbólico
opera de forma tan sutil al determinar el poder dentro de la sociedad que ni la
persona que porta este capital ni aquellos sobre los cuales se ejerce reconocen
conscientemente las dinámicas de poder asociadas. Dicho capital puede ser
cultural, académico y político: cada uno puede convertirse en otro a través de
las circunstancias adecuadas, y también pueden transformarse en capital
financiero.
De hecho, es por esto último que al-Gharbi define a las élites intelectuales liberales como capitalistas simbólicos. Operan desde el tráfico de símbolos, retórica, imágenes, narrativas, ideas, abstracciones, etcétera, pero rara vez intervienen en las estructuras que las convierten en un capital. Profesiones altamente simbólicas son campos como la educación, la ciencia, la tecnología, las finanzas, derecho, consultoría, administración y políticas públicas -el propio al-Gharbi reconoce ser un capitalista simbólico, dada su profesión-. Para la élite contemporánea, la condición woke se ha convertido entonces en un importante capital cultural, una señal de que se es bien educado o proviene de una élite, pero no se reconocen (o, mejor dicho, no nos reconocemos) a sí mismos como una nueva clase social, distinta en intereses y objetivos a las poblaciones marginadas que dicen representar, ni siquiera cuando se trata de miembros de aquellas mismas poblaciones.
Un último detalle curioso de los orígenes del wokismo es su
lazo con el pensamiento evangélico. Si bien las comparaciones de los anti-woke
tienden a referirse a este pensamiento como una religión, de forma a menudo
burda y superficial, el concepto de justicia social tiene un origen religioso
desde el catolicismo, capturado por el protestantismo y secularizado a través
del capitalismo simbólico. A su vez, la fijación en estrategias como la tan
temida cancelación, la escatología en torno a la “blanquitud”, a percibirse en
el lado correcto de la historia, y el trabajo y el mercado como una experiencia
trascendental, reflejan sustituciones de los elementos religiosos y divinos de
la religión organizada. Lamentablemente, los críticos del movimiento woke
a menudo se quedan en trazar similitudes con el puritanismo, que ni comprenden
bien la historia o el pensamiento puritano, ni cómo se refleja realmente en el
enfoque woke.
¿En qué consiste entonces el wokismo? al-Gharbi prefiere
centrarse en las tendencias del pensamiento woke para propósitos de su
trabajo, y considera que una definición fija a menudo es contraproducente para
un análisis adecuado del fenómeno, pues los críticos se centran más en las
contradicciones del concepto que en la teoría general. Por su parte, Tony
Chamas, creador del podcast de YouTube 1Dime, quien ha desarrollado una
serie de ensayos en torno al wokismo basado en parte en We Have Been Never
Woke, ofrece
una definición funcional como complemento al análisis: un enfoque en la conciencia
(es decir, el reconocimiento, reflexión y discernimiento) hacia la actividad
política, el cual presupone que el despertar de una conciencia correcta es
prerrequisito para la solidaridad política, y por lo tanto cambiar las
actitudes sociales a través de cambiar la cultura es fundamental para lograr
un cambio político.
III. Atrapados en el castillo del vampiro
Antes de iniciar de lleno con esta sección, conviene señalar
algo importante: el análisis del capitalismo simbólico que ofrece al-Gharbi en
su libro no es exclusivo de la centroizquierda liberal o la izquierda
progresista e incluso marxista que ha adoptado el enfoque woke. De
hecho, es enfático al señalar que muchos de los críticos del wokismo son conservadores
simbólicos, alineados hacia la derecha, que dicen representar los
sentimientos religiosos, culturales y tradicionales de la mayoría de la
población, o que no se oponen a la cultura liberal, pero favorecen la
protección del libre mercado. Estos conservadores tienen un impacto mucho mayor
que los capitalistas simbólicos principales, a pesar de ser menores en número,
debido a que están bien organizados y financiados, y pueden generar reacciones
fuertes de los capitalistas simbólicos principales y en contra de ellos,
mientras se alían con personajes que son directamente anti-woke.
A menudo, los trabajos de estos conservadores simbólicos sobre
el movimiento woke son bastante lamentables. Tal es el caso, por
ejemplo, de Teorías cínicas, el libro coescrito por Helen Pluckrose y James
Lindsay del que ya he hablado con anterioridad en el
blog, acerca del
pensamiento postmoderno y las tendencias en justicia social dentro de la
academia. El
libro tiene sus méritos, como al construir la genealogía del
postmodernismo filosófico hacia las políticas de identidad, pero a la hora de
demostrar con evidencias concretas el impacto corrosivo del pensamiento
identitario en el mundo académico, presencias referencias fuera de contexto,
afirmaciones sin referencia alguna, o directamente caen en la retórica que
dicen cuestionar sin construir realmente su caso.
Teorías cínicas es un texto desesperantemente ingenuo en su liberalismo, al punto de ser reaccionario: busca preservar las mismas estructuras que dan origen a la crítica postmoderna y los movimientos de justicia social, sin más justificación que ser herencia de la Ilustración. No es de sorprender que después de su publicación, Lindsay se radicalizara en su tarea de anticomunista y férreo defensor de Trump, un sujeto irónicamente muy postmoderno en su proceder, mientras que Pluckrose ingresó como consejera en la junta asesora de la organización antitrans Genspect. Por ello resulta destacable un trabajo como We Have Never Been Woke: no sólo es un texto que procura ser respetuoso con las herramientas y teorías postestructuralistas, sino que además es escrito desde la perspectiva de un sociólogo socialista y -a riesgo de caer en la tokenización- de origen birracial que ha visto de cerca las fortalezas y falencias del movimiento woke.
Por otro lado, que Pluckrose y Lindsay no sean capaces de
identificar con ejemplos concretos el impacto de las tendencias de políticas de
identidad en la academia ya es un indicio de lo que describe al-Gharbi en su
libro. A pesar de las tan promovidas y al mismo tiempo criticadas políticas DEI
(siglas en inglés de Diversidad, Equidad e Inclusión) para la diversificación
de las instituciones públicas, el autor señala que las disparidades económicas
y educativas entre la población blanca y la negra, por ejemplo, se han ido
incrementando desproporcionadamente a través de las décadas, las universidades
con programas de inclusión siguen teniendo una composición académica
predominantemente blanca, y que mientras los capitalistas simbólicos gozan de
un alto prestigio social y económico en comparación con la clase trabajadora
regular, las condiciones de esta última no han mejorado en absoluto.
Esto ocurre porque, una vez en los espacios de élite liberal,
los capitalistas simbólicos no se ocupan de cambiar el escenario social más
allá de lo que les permita garantizar la permanencia en su clase, ni siquiera
aquellos que provienen de minorías oprimidas. Y no es porque sean hipócritas:
están convencidos de que las reformas aplicadas para ampliar la inclusión de grupos
históricamente excluidos de las profesiones simbólicas realmente son una
reivindicación de los reclamos de estas minorías. Lamentablemente, eso los
ciega a cómo las medidas tomadas en torno a la justicia social a menudo acaban
exacerbando las inequidades sociales que ellos condenan, y no se dan cuenta de
cómo acaban perpetuando el orden social que las genera en primer lugar. Son reformistas,
no liberadores: trabajan para reconfigurar las estructuras y
sistemas de poder en torno a las identidades, pero no para desmantelarlas.
Esto también alimenta una vigilancia tóxica dentro de los espacios simbólicos, pues el capital simbólico se incrementa con la señalización de virtud, el exhibir tus cualidades morales y analíticas. Los espacios académicos, las compañías que integran políticas DEI, incluso los grupos de activismo político, se vuelven territorios profundamente individualistas, donde cada persona autorregula su conducta para evitar caer en una microagresión, una expresión que se convierta en condena absoluta, y a la vez se mantiene atento a la espera de que algún colega cometa un error que puedas aprovechar para elevar tu estatus simbólico.
Estas dinámicas se exacerban hasta el absurdo en las redes
sociales, donde la emoción y la inmediatez sustituyen la mesura y la reflexión.
Ante la incapacidad de poder cambiar las inequidades a nivel estructural, la
energía de los aspirantes a capitalistas simbólicos -es decir, aquellos jóvenes
que aspiran a alcanzar un estatus en profesiones simbólicas- acaban
convirtiéndose en policías de la moral, más enfocados en las agresiones
simbólicas en los espacios virtuales que en las manifestaciones de inequidad y
violencia en los sitios reales. Es a lo que mi amigo Maik Civeira, Ego para los
amigos, se refiere en una serie de ensayos como la praxis de la impotencia: prácticas contraproducentes asumidas
por individuos y organizaciones políticas ante el desconcierto y la incapacidad
de influir en el rumbo político de la sociedad.
En el caso del wokismo, esta praxis encontraría su
encarnación absoluta en las llamadas “Olimpíadas de la Opresión”, el uso mal
enfocado de teorías como el decolonialismo, la teoría queer y la
interseccionalidad para buscar al sector más oprimido en una situación
discutida, de modo que se acaban jerarquizando las identidades e inequidades,
en lugar de construir una red solidaria entre diferentes grupos oprimidos.
al-Gharbi, a diferencia de Pluckrose y Lindsay, no cuestiona la existencia y
propósito de tales herramientas, pero critica duramente que los capitalistas
simbólicos y sus aspirantes las han transformado en formas de construir la
victimización como un estatus más dentro del capitalismo simbólico, uno que otorga
una visión excepcional de una situación: aquella persona sabe más de esta
problemática porque la ha vivido en carne propia. Y las experiencias de vida
son importantes, claro que sí, pero no pueden ser el eje central en un análisis
político, sociológico o incluso científico acerca de las inequidades que se
enfrentan, porque no todos tienen las mismas experiencias, ni enfrentan los
mismos contextos de marginación y desigualdad.
Por supuesto, esta búsqueda de un capital simbólico a través de la hipervigilancia moral y el estatus de la condición de víctima ha acabado por trasladarse y atomizar a la izquierda a diferentes niveles, tanto de la socialdemocracia como también del socialismo y el comunismo, e incluso dentro del anarquismo. El individualismo de estas políticas liberales de identidad convirtió los espacios políticos de la izquierda en un campo de batalla entre las diferentes identidades, donde la necesidad de ser reconocido dentro de la sociedad neoliberal nos deja encerrados dentro de tales identidades, tal como denunció el filósofo Mark Fisher en su famoso ensayo “Salir del Castillo de Vampiros”. Esto no sólo dispersa a los movimientos de izquierda, sino peor: los despolitiza, al dejarlos paralizados en la inacción hasta que se concrete la representación a cada nivel de las diferentes identidades que los componen.
También genera una alienación profunda y un aislamiento de
la izquierda a unificar diversos grupos a pesar de discrepancias identitarias.
No sólo deja de lado al varón cis blanco que en varios países representa a la
mayor parte de la clase trabajadora, sino también a aquellos grupos provenientes
de ideologías utilizadas en la justificación del poder y la jerarquía, pero que pueden usar esas mismas
ideologías para cuestionar su poder. Tal como las ideas asociadas con el wokismo siguen siendo
útiles para enfrentar el orden que se establece en nombre de ello, diversos
grupos musulmanes, cristianos o comunistas pueden también generar herramientas
para cuestionar diferentes argumentos religiosos o políticos usados para
respaldar el poder en naciones con regímenes teocráticos o autoritarios.
Esa división de la izquierda nos deja especialmente vulnerables a lo que la periodista británica Ash Sarkar llama “la tiranía de la minoría”. Explicado en su libro homónimo, Minority Rule: Adventures in the Culture War (publicado recientemente en español como La tiranía de la minoría. De las políticas de identidad a las guerras culturales), es un temor fabricado desde las élites políticas, con ayuda del aparato de los medios de comunicación, de que los grupos minoritarios estén desplazando demográfica, cultural, económica y políticamente a las mayorías tradicionales en los países. Para lograr esto, se valen no sólo de la estigmatización de las minorías, ejemplificado en el libro a través de la persecución a los inmigrantes y las personas trans en Reino Unido, sino también de la construcción de un “obrero blanco” como la víctima de las políticas de identidad y de exclusión, alejando la atención de esta población mayoritaria a los verdaderos problemas que enfrenta, como la carestía de la vida, los precios altos de la vivienda, la intromisión corporativa en las decisiones políticas o la creciente vigilancia digital desde los gobiernos del mundo.
No voy a decir que fue el estallido de los movimientos de
justicia social y los excesos de las políticas de identidad y las tácticas woke
los causantes directos y únicos del renacer de la extrema derecha y los nuevos
fascismos. Eso sería, primero, caer
en la narrativa de los medios e intelectuales anti-woke; segundo, ignorar que la extrema
derecha tiene su propio proyecto político, y no es sólo una fuerza reactiva; y
tercero, que muchos de estos anti-wokes y centristas reaccionarios también contribuyeron a desestimar
críticas legítimas a la amenaza reaccionaria hasta que fue demasiado tarde.
Sin embargo, es obvio que la atomización del movimiento de izquierda y la
alienación de diversos sectores sociales tuvieron su papel en que algunos de
ellos se inclinaran hacia las narrativas que decían abordar a los verdaderos
culpables de su miseria.
Por si no ha quedado
claro: el problema con el enfoque woke no son sus objetivos nominales,
sino sus estrategias para concretarlos. No hay nada especialmente peligroso o
excepcional en el wokismo, como pretenden figuras tales como Lindsay y
Pluckrose, pero al centrarse tanto en las dimensiones culturales y simbólicas
de la sociedad como forma de moldear a esta última, sus defensores descuidaron
las dimensiones materiales tras la inequidad de las minorías sociales. Los
capitalistas simbólicos dejaron de entender a aquellas comunidades que decían
representar con su participación en las esferas de élite. De ahí el título del
trabajo de al-Gharbi. No es que lo woke fuese esencialmente malo, sino
que nunca nos comprometimos realmente a desarticular las estructuras jerárquicas
y de opresión que generaban la desigualdad, como se suponía que era el objetivo
de mantenerse despierto. Nunca hemos sido realmente woke.
Intermedio: el caso de Jason Arday (con
comentarios a Pluckrose)
El pasado julio, un artículo de Substack publicado por el filósofo Nathan
Cofnas lanzó una acusación de plagio contra Jason Arday, un académico y
profesor de Sociología de la Educación en la Universidad de Cambridge, citando
como evidencia la comparación de varios fragmentos de la disertación doctoral
de Arday en 2015 con una disertación sometida por Paula Zwozdiak-Myers en 2009.
A pesar de que ya se habían levantado denuncias similares contra el académico el
año pasado, y una investigación interna encontró varios defectos y errores de
citado, mas no plagio, Cofnas afirmó que la Universidad de Cambridge había
protegido a Arday por ser un hombre negro y autista, y por lo tanto una
importante cuota de diversidad.
Aun si Arday hubiese sido declarado, en efecto, culpable de plagio, y hay evidencia de que al menos incurrió varias veces en hacer citas no referenciadas -lo que es serio, pero no es lo mismo que hablar de plagio-, no es un caso realmente excepcional: evasión de referencias y créditos, o plagios y robos de ideas, son frecuentes en entornos académicos, lo que no los hace menos serios, pero rara vez llenan los titulares más de unos pocos días, si acaso lo hacen. Sin embargo, que un académico negro en Cambridge fuese acusado de plagio se convirtió en la comidilla de los tabloides británicos, quienes parecieron ensañarse con Arday por verlo como la representación de todo lo que falla con las políticas de identidad, al grado de poner en duda su historia de vida y sus credenciales académicas por completo.
Lo que se vio en los medios británicos y las redes sociales
contra Arday fue, en palabras del historiador y activista Ibram X. Kendi, un total linchamiento. Decenas y decenas de artículos, gran
parte desde esos pozos infectos llamados The Times y The Telegram,
se publicaban al día cuestionando a Arday, los criterios de selección de
Harvard, e incluso las capacidades de los académicos negros en general. El sitio
web The Newscord hizo un análisis estadístico y llegó a registrar, entre
el 24 de julio -cuando The Telegraph publicó el reportaje con la
denuncia de Cofnas- y el 14 de agosto, un total de 229 artículos
publicados en contra de Arday en los medios británicos, y 188 de estos después
del 5 de agosto, cuando el académico ya había decidido renunciar a su
puesto en Cambridge.
Varios personajes en redes fueron bastante venenosos contra
él, destacando en particular la popular filósofa transfóbica Kathleen Stock,
quien lo llamó “un Forrest Gump de tiempos modernos” y en un artículo (hoy
borrado) que escribió para UnHerd, llamó a Arday un “discapacitado
intelectual” por cuenta de su autismo, y que eso debía ser evidencia de que las
personas discapacitadas no pueden hacer parte de la academia. Los ataques
siguieron a pesar de que un amigo cercano de Arday escribió a la editora y el jefe de
noticias nacionales en The Guardian advirtiendo de posibles sesgos contra
Jason, y por preocupación por su estado de salud mental ante lo que el propio
Arday describió como ataques más allá de lo humanamente posible. El 14 de
agosto, a los 41 años, Jason
Arday fue hallado muerto en su casa, después del intenso abuso al que fue sometido por la
prensa británica.
Nadie que se precie de ser realmente de izquierda está bajo la ilusión de que no hubo un sesgo descaradísimo, y en muchos casos un racismo y capacitismo abiertos, en el cubrimiento mediático del caso Arday. Personajes como Pluckrose, por supuesto, comentaron que el problema no era con el académico, sino con la cultura woke infiltrada en la academia que él representaba, en un tono bastante deshumanizante. No me sorprendió para nada de Pluckrose, y así lo comenté en Twitter, algo que no le cayó muy bien a la autora, quien me contestó en tono sarcástico si no me había enterado que los críticos del wokismo llevaban años enfocados en esto. Y ya que ella parece realmente creer que fue la pura inquietud por el presente y futuro de la academia lo que movió a los críticos de Arday, responderé con detalle a su sorna.
En primer lugar, las
motivaciones de Cofnas nunca fueron simplemente por proteger la calidad
académica. Cofnas es un reconocido “realista racial”, lo que es básicamente un
racismo intelectualizado, quien escribió en 2024 un
infame artículo el que mencionó que, en una verdadera
meritocracia, “los negros desaparecerían de casi todas las posiciones de
alto perfil aparte de deportes y entretenimiento”, por el cual fue
suspendido del Emmanuel College, una institución vinculada a Cambridge. Tras
esta revelación, el periodista trans-escéptico Jesse Singal, en otra de sus
brillantes perlas de sabiduría, afirmó que las ideas racistas de Cofnas no eran
importantes a considerar cuando se analiza el caso Arday.
Eso es una completa
estupidez. Es imposible separar cualquier análisis objetivo de las denuncias
acerca de un caso de plagio previamente desestimado por la propia
universidad del hecho de que su principal informante considera de antemano que
una persona negra no está calificada para ocupar un cargo académico por
supuestas diferencias biológicas, y que muchos de los artículos y ataques
generados desde periódicos y blogs personales se han escrito partiendo
implícitamente de la misma premisa. Es tan obvio que incluso muchos de ellos usan
las siglas DEI, que provienen de un contexto específicamente estadounidense, en
lugar del EDI británico, dando a entender que están más atrapados por la
narrativa antiprogresista gringa que por un análisis contextual del caso.
De hecho, si hablamos de proteger la calidad académica, los defensores de Cofnas tendrían que mencionar que fue contratado en Ghent por Bouke de Vries, otro profesional vinculado con el racismo científico. Incluso, tras posteriores declaraciones de Cofnas jactándose abiertamente de ser el artífice de la caída de Arday, con más comentarios racistas y capacitistas, Ghent lo suspendió por unos días mientras revisan su situación por potencial violación a los códigos de ética de la institución y alejarse de sus objetivos de investigación, si bien obviamente también lo harán motivados por proteger su prestigio al asociarse con semejante personaje. Y es inevitable no pensar en las recientes revelaciones de Byline Times, las cuales destaparon una red de racismo científico dentro de Cambridge promovida por Peter Thiel, el zombi sudoroso de Palantir, y vinculada con la ultraderecha británica.
La suspensión temporal de Cofnas -que ya fue levantada,
aunque la investigación interna sigue en proceso- dio lugar a la publicación de
dos cartas firmadas por cientos de académicos defendiendo su “libertad académica” al
expresar sus opiniones. En ellas podemos ver a varios de los sospechosos
habituales: Jerry Coyne, Peter Singer, Steven Pinker, J. Michael Bailey, Alan
Sokal, Maarten Boudry, Michael Shermer, Sabine Hossenfelder, y hasta la editora
de Quillette. Poquísimos de ellos han reconocido o se han manifestado, en
contraste, acerca de los obvios ataques a las instituciones universitarias en
Estados Unidos durante años recientes por causa de las protestas a la masacre
en Gaza o la persecución a ciertos programas de ciencias sociales y
humanidades, aun cuando varios participaron en un libro -publicado por cierto
en una editorial menor que promueve conspiraciones de extrema derecha- que
literalmente se llama La guerra contra la ciencia.
Más que la preocupación por la libertad académica y la calidad
educativa, parece moverlos un desprecio por lo que consideran una encarnación
de las teorías postmodernas y las políticas de identidad. Entonces sí: claro
que todos estos son críticos del wokismo, pero
no por las razones nobles que Pluckrose parece adjudicarles. Es
que cuando alguien como Lawrence Krauss, amigo íntimo de Jeffrey Epstein y con
varias denuncias por acoso y abuso sexual encima, aparece firmando en las dos
cartas, sabes que quienes lo acompañan están más interesados en protegerse a sí
mismos como clase.
Podemos debatir si la investigación a Cofnas es un
procedimiento adecuado, pero la libertad, sea de expresión, de prensa o
académica, nunca debe ser un concepto absoluto, mucho menos para respaldar una
pérdida de tiempo como el racismo científico, el cual ha sido refutado
consistentemente, y mucho menos si se parte casualmente desde las mismas
categorías construidas por los racistas originales siglos atrás. Eso no es
hacer ciencia -algo que reconoce incluso el genetista estadístico Sasha
Gusev, quien rechaza la suspensión, pero también el racismo de Cofnas-, y es
vergonzoso que esa sea la defensa de personajes como Hossenfelder. Lamento
decirlo, pero Richard Hanania, el “ex supremacista blanco” que sigue
escribiendo como supremacista blanco, tiene razón en una cosa: muchos de estos
sujetos, Pinker, Hossenfelder, Coyne, claramente creen en la posición “realista
racial” de Cofnas (quizás discrepen en su forma de expresarla), pero son
cobardes de admitirlo. No les inquieta la “libertad académica”: les inquieta
caer tarde o temprano por lo mismo.
Este lamentable episodio, aparte de demostrar lo ruin y
miserable que es el ecosistema de medios británicos, y destapar el racismo velado como
“realismo racial” que se ha ido denunciando dentro de las ciencias y la
academia desde hace tiempo, también es un ejemplo de que no
sirve la inclusión si los problemas estructurales permanecen intactos. Una persona negra en la academia, la
política, o en cualquier otro espacio de élite nunca será demasiado cuidadosa
para esta gente, porque ante el más mínimo tropiezo, será convertida en un
ejemplo de que su gente nunca debió pertenecer allí.
Por cierto, aquí hay una carta abierta que apoya la suspensión e
investigación a Cofnas, y argumenta los motivos para ello. Si hacen parte de
universidades e instituciones académicas, consideren poner su firma en ello.
III. ¿Es necesario un “Woke 2.0”?
No creo que tratar de influenciar a la sociedad a nivel
cultural sea necesariamente un mal trabajo. Yo mismo he mencionado con
anterioridad el problema de que se siga empleando lenguaje capacitista como insulto desde
el progresismo y la izquierda, pero con la intención de tener en cuenta su origen y
reflexionar al respecto, no por imponer el desuso de ello. El mensaje desde la
cultura se puede hacer, pero no es una tarea fácil de realizar, y
definitivamente no puede ser el enfoque principal, sobre todo si a nivel
político y estructural no se cambia nada.
En ese sentido, coincido con análisis como los de al-Gharbi
y Sarkar: la izquierda no puede prosperar si sigue enfrascada en las
estrategias individualistas de la praxis del progresismo identitario. No porque
las identidades no sean importantes, sino porque necesitamos trabajar más en
aquello que nos une como visión política. Ni siquiera al propio liberalismo
progresista le sirve bien ese proceder, pues como ya he explicado, es fácil
caer en un capitalismo simbólico inactivo, uno que cree que la inclusión es
sinónimo de un cambio estructural profundo, y despolitizarse antes de realizar
transformaciones radicales.
Por supuesto, ambos coinciden en que las herramientas de la
teoría crítica empleadas en los análisis woke -cuando se molestan en
aplicarlas de verdad- pueden ser bastante útiles si se acompañan de la
necesaria perspectiva de clase; recuerden que al-Gharbi es un socialista,
mientras que Sarkar se identifica como una comunista libertaria. No obstante,
confrontar realmente las inequidades sociales y la discriminación requiere
mucha más visión y ambición que las medidas simbólicas del movimiento woke
o el liberalismo institucionalista respaldado en Teorías cínicas. ¿Es
posible rescatar lo positivo del wokismo hacia un enfoque más reformista,
incluso revolucionario?
Esa parece ser la intención detrás del rumor de un “Woke 2.0”.
Aunque definitivamente ambos términos nacieron en parte como shitpost, la cita “Woke 1 fue una locura” se ha
tomado como el punto de partida para discutir acerca de un resurgimiento de los
movimientos de justicia social, pero esta vez más enfocados en la acción
práctica y la desigualdad económica y social que fue descuidada durante la cima
de popularidad del Woke 1. Es decir, trabajar menos en la representación dentro
de las estructuras de poder y las instituciones académicas y culturales, y
enfocarse más en un cambio profundo en tales estructuras.
El psiquiatra español Pablo Malo, en uno de sus típicos comentarios de estilo más reaccionario que reflexivo, hipotetizó en Twitter que este Woke 2.0 estará más centrado en recuperar el discurso socialista del movimiento original, así como en el apoyo a Palestina y una alianza “entre socialismo radical e islam político”, refiriéndose obviamente a la presencia de políticos de origen musulmán como Zohran Mamdani y Abdul El-Sayed. La verdad, no veo cuál es el papel de las creencias religiosas de estas figuras en su inclinación socialista, ni lo “radical” de propuestas como el acceso a la vivienda, mayores impuestos a las grandes fortunas, o los mercados públicos. Pero así es el señor Malo.
De acuerdo con Samantha Hancox-Li, en
un artículo escrito para Liberal Currents, si Woke 1 fue como una maquinaria
social que invitaba a participar desde una relación neurótica con el poder,
mientras desenterraba las fuerzas ocultas de la reacción, Woke 2.0 necesita
invitar a la acción política concreta, a tener una relación honesta con el
poder. Concentrados en poner a la luz las distintas formas de discriminación e
inequidad social escondidas tras una igualdad nominal en leyes, los activistas woke
dejaron de lado el papel del poder político e institucional en aquellas
desigualdades estructurales. Los logros alcanzados por los movimientos de
justicia social se mantenían sobre una base frágil, por lo cual se han ido
derogando poco a poco ante el avance reaccionario del poder, e incluso aquellos
históricos y previos, como la despenalización del aborto en Estados Unidos, han
caído también.
La reacción y la ultraderecha ahora mismo están
completamente destapadas, de modo que el trabajo de excavadora ya cumplió su
ciclo: lo que se necesita ahora son decisiones y exigencias concretas. Si el
progresismo de izquierda quiere llegar al poder de forma democrática, entonces
necesita usarlo de verdad para voltear la mesa y empezar cambios reales. Por
ello, Silvaria Lysandra Zemaitis, también escribiendo para Liberal Currents,
enfatiza en que no sólo se trata de combatir la asimetría institucional
señalándola, sino también de reformarla. Y para ello, este hipotético Woke 2.0 requiere
de sus propias instituciones, con claros programas de acción que puedan mediar entre la
fuerza política y el movimiento de masas.
Zemaitis pone como ejemplos los casos de la coordinación política y mediática entre diferentes grupos antitrans en años recientes para producir un documento científico metodológicamente defectuoso como el Informe Cass y el escándalo de Lia Thomas, la derogación de los permisos de trabajo remoto que se habían establecido con la pandemia de COVID-19, y el trabajo de la Heritage Foundation, una organización fundada en 1973, pero que ha construido progresivamente un poder político dentro de las instituciones, dando lugar a la caída del Roe vs Wade y el Proyecto 2025. La evidencia y la ciencia estaban de parte de la justicia social, pero eso no importó ante el poder político e institucional de estos grupos conservadores. Y no sólo importó porque ellos tuviesen poder, sino porque tampoco teníamos instituciones comparables para hacerles frente a nivel estructural.
Y ojo: Zemaitis no se refiere solamente de conquistar las
instituciones de poder, sino de construir poder, un proyecto institucional que
se contraponga a la red de organizaciones e influencias conservadoras, las
cuales cuentan además con un respaldo financiero impresionante. Es decir, algo
que permita no sólo describir y nombrar las injusticias, sino también contrarrestarlas
de forma directa.
Por lo mismo, la autora cuestiona también el papel de las
redes sociales y el protagonismo de la descentralización en los movimientos de
justicia social, no sólo por privarlos de la energía y organización necesarias
para construir esa institucionalidad que ella defiende como fundamental para un
Woke 2.0, sino también porque permitieron la reproducción de varias formas de
violencia dentro de los mismos. De manera similar a lo expuesto por al-Gharbi y
Shakar, las redes de apoyo construidas para proteger a comunidades marginadas
pueden volverse en contra de ellas, convirtiendo a determinados individuos en
sujetos de escarnio o repudio al no conformarse a una imagen “necesaria” para
proteger el capital simbólico social de los nodos más prominentes de la red. En
ese sentido, las dinámicas de las redes sociales no reemplazaron ni el poder ni
las jerarquías, sino que los esconden y reproducen.
Los artículos en Liberal Currents están lejos de ser
los únicos en llegar a las mismas conclusiones en torno a los fallos de los
movimientos woke, y lo que se necesita en un eventual resurgimiento.
Gita Jackson recomendó
recientemente en Aftermath actuar de acuerdo con el conocimiento adquirido a través de
medidas como construir movimientos de base con objetivos claros, crear espacios
positivos, y apoyar organizaciones que permitan aplicar dicho conocimiento. Escribiendo
para Slate,
Luke Winkie habla de aprovechar la radicalización del electorado demócrata para
construir un movimiento woke más aterrizado y directo al abordar sus
inquietudes generales. Finalmente, aunque Nesrine Malik, en The Guardian,
rechaza la narrativa de comparar
los excesos del wokismo con las persecuciones de la ultraderecha, destaca la importancia de la
organización política a largo plazo en contraste con la simple irrupción
cultural como principal objetivo y método de acción política.
Por su parte, Chamas, siendo un socialista demócrata y un conservador de izquierda, es mucho más radical al respecto. Para él, la victoria de Mamdani a la alcaldía de Nueva York evidencia que se puede construir una plataforma política sin enfoque woke y que apele a las demandas materiales del electorado. Chamas considera que se requiere de una izquierda post-woke, que se aleje de posiciones que encuentra sencillamente erróneas, como el apoyo a la inmigración o a las juventudes trans, y regrese a las luchas materiales, así como priorizar una alianza entre sectores conservadores y progresistas de la izquierda. Lamentablemente, defiende su postura con una muy mala base científica, incluyendo el nefasto Informe Cass del que hemos hablado con detalle en el blog, de modo que no estoy seguro que su visión post-woke en particular esté bien fundamentada del todo.
Ahora, notarán que la mayoría de estos análisis y propuestas
acerca de un Woke 2.0 son hechos dentro de un marco bastante liberal y
electoralista. Y siendo francos, eso no parece muy diferente a esperar que las
estructuras e instituciones “funcionen bien”, como en la visión de Teorías
cínicas. Sí, proponen reformas, pero al final parecen sugerir que deben
mantenerse las mismas estructuras e instituciones liberales que han sido tan
fáciles de cooptar y manipular a favor del conservatismo y la extrema derecha.
Eso sin mencionar que algunas figuras políticas progresistas parecen
no sólo querer desmarcarse de los excesos de Woke 1, sino de lo woke, la justicia
social y los movimientos identitarios en general, e incluso caen en el problema
de recoger inquietudes conservadoras sin analizar a fondo su solidez
argumentativa. Y aunque he reiterado que las identidades no pueden ser el eje
central de un movimiento, creo no necesito recordarles cómo resultó el “inclinarse
hacia la derecha” en temas sociales para figuras como Kamala Harris y Keir
Starmer.
Inevitablemente, esto genera dos preguntas. ¿Se pueden
lograr reformas profundas y duraderas contra las disparidades sociales y la
discriminación dentro del mismo sistema político y el modelo socioeconómico que
contribuyen a perpetuarlas en primer lugar? Y, ¿no existen alternativas para
las herramientas woke que vayan más allá del simple reformismo?
La primera no tiene una respuesta fácil.
Yo no me opongo per se al reformismo. No obstante, temo, al igual que
al-Gharbi, que enfocarse en reformar las estructuras que fomentan la
discriminación y la exclusión genere un estancamiento a mitad del camino una
vez que se alcanza la posición de poder, sea simbólico o material, tal como ha
ocurrido previamente con los Grandes Despertares anteriores. El sociólogo ha
enfatizado que los capitalistas simbólicos que participan en un Gran Despertar
previo tienden a oponerse a los promotores del siguiente, precisamente para proteger
sus propios intereses, incluso aquellos con formación más socialista o marxista.
Sí, puede que se venga
a la mente la memética frase de Natalie Lynn acerca de que la izquierda no quiere
el poder, sino criticarlo infinitamente. De hecho, Zemaitis la cita en su
artículo al analizar las deficiencias del movimiento woke original. No
obstante, si desde su propia concepción las estructuras de poder fomentan su
perpetuidad a través de la creación de una determinada élite, ¿qué tanto se
pueden dejar reformar a sí mismas antes de que dichas élites se den cuenta de
que su propia posición depende de una conservación lo más integral posible? Es
decir, ¿cómo garantizar que una élite, por más progresista y de izquierda que
sea, no acabará reaccionando para proteger su nueva posición simbólica o
material? ¿Por qué no habría de criticarse el poder hasta su caída, sobre todo
concebido desde una estructura jerárquica y vertical, si su existencia depende
de la segregación del poder mismo?
IV. Un activismo mejor orientado
Un detalle del artículo de Zemaitis con el que
definitivamente no concuerdo es que parece implicar que una descentralización
de los movimientos de justicia social es incapaz de construir poder. Sin duda
es un tanto más difícil, puesto que la mayoría de nosotros estamos
acostumbrados a organizarnos de modo jerárquico. Además, vivimos en un sistema
político representativo que se basa en instituciones de carácter jerárquico y
vertical, por lo que idear otro modelo parece imposible. Sin embargo, existen
formas de organización social que construyen el poder de forma horizontal,
distribuyéndolo entre sus miembros de modo que las decisiones se tomen de forma
colectiva y cooperativa. Y sé lo que vendrá a la mente de algunos, pero no
necesitas ser anarquista para organizarte de modo horizontal. Eso fue lo que
faltó en Woke 1: organizarse de forma sólida y a largo plazo en medio de la
descentralización.
Por lo mismo, tampoco comparto la posición de Wynn, quien
cree que el único cambio posible debe darse a través de la democracia
representativa y el partidismo, incluso cuando el partido con mejor oportunidad
de enfrentar a la reacción ni siquiera es capaz de respaldar las
reivindicaciones sociales y económicas del electorado que dice representar, o
señalar que el contrario es un hervidero de reaccionarios y fascistas. “Vota
azul sin importar qué” puede parecer un llamado al pragmatismo político y
anteponer el bienestar colectivo antes que los principios personales, pero
también puede leerse fácilmente como resignación, la conformidad con un
proyecto político mediocre ante la imposibilidad de concebir algo mejor. No
quiero cerrarle a nadie la opción electoral, pero debo enfatizar que esa no
puede ser la máxima o la única expresión de poder y control político del
ciudadano.
En todo caso, no me interesa reproducir las típicas peleas entre los distintos movimientos de izquierdas por no poder coincidir en el proyecto: compartimos objetivos. Es probable, incluso recomendable, que una reforma radical de las estructuras para combatir las inequidades sociales y los discursos intolerantes y supremacistas sea abordada desde diferentes estrategias, desde la participación electoral hasta la acracia. En la sección anterior, me enfoqué principalmente en la izquierda liberal y su visión institucionalista. Entonces, ¿podemos defender también la equidad social, la justicia y la identidad más allá de este molde liberal, y sin caer en las deficiencias del movimiento woke original?
Aunque We Have Never Been Woke no incluye soluciones
o propuestas a la crisis del capitalismo simbólico y las políticas de
identidad, al-Gharbi ha tenido tiempo para desarrollar su pensamiento político
durante la preparación del libro y después de su publicación. Como tal, él
promueve el socialismo liberal, una visión política que mencioné de forma somera en mi reciente entrada acerca del
conservatismo postmoderno -de hecho, al-Gharbi reconoce a Matt McManus como uno de
sus escritores favoritos- y que combina principios liberales con un marco
económico socialista. Esta filosofía reconoce que el éxito individual es tanto
resultado del esfuerzo y el ingenio propios como de las circunstancias
favorables que nos rodean y el esfuerzo y apoyo de otros, por lo que, si bien
respalda que los individuos reciban una apropiada recompensa por sus logros y
contribuciones, rechaza que sea a costa de la exclusión del resto de la
sociedad. Es decir, cada individuo debería ser capaz de vivir de forma decente
por su esfuerzo laboral, o contar con una red de seguridad social si es incapaz
de trabajar.
¿Cómo se relaciona esto con la justicia social y la
identidad? El socialismo liberal busca la construcción de consensos,
enfatizando aquello que une a las personas, como los valores compartidos, los
objetivos en común y los intereses superpuestos. Busca, a nivel moral,
transformar los sistemas ya existentes trabajando directamente con distintas
culturas y tradiciones, promoviendo un pluralismo que no se enfoque en una
visión idealizada del agente humano, sino con los individuos tal como se
manifiestan en el momento existente. Al mismo tiempo, promueve que las
instituciones y procesos sean abiertos, transparentes y neutrales en su
procedimiento, con herramientas políticas y legales para impedir que aquellos
acaudalados o con conexiones tuerzan los procesos institucionales a favor suyo,
mientras se margina y descuida a aquellos sectores sociales sin representación
efectiva.
En síntesis, lo que al-Gharbi propone es que los movimientos que nacieron durante Woke 1 den el siguiente paso, de reconocer las problemáticas estructurales a combatirlas entendiendo cómo funciona el statu quo. Aunque es un reformista igual que Zemaitis, él reconoce que las estructuras imperantes pueden cambiarse, pues las sociedades viven en un flujo constante. Sin embargo, el sociólogo recomienda entender bien, como principio, por qué existen políticas e instituciones subóptimas y cómo logran operar con éxito a pesar de ello, con el fin de poder construir una alternativa apropiada con la cual reemplazarlas.
Un diseño alternativo de la bandera del socialismo
liberal en Reddit.
Algo similar es también la visión de Sarkar. Ella habla de hacer las diferencias
“políticamente operativas dentro de una causa común”, mencionando ejemplos
históricos como el tejido comunitario construido por las Panteras Negras en
Estados Unidos, en sectores como el gueto de Oakland, y en alianza con los movimientos
de liberación femenina y de liberación gay, así como el caso de la alianza
LGSM, activistas lesbianas y gays que apoyaron a la Unión Nacional de Mineros
en Reino Unido durante la huelga de 1984. En su opinión, la lucha debe
desplazarse más allá de la identidad y retornar a la clase, pues esta permite
una mayor posibilidad de integrarse entre distintos sectores de izquierda.
De igual manera, desde el anarquismo existen abundantes
análisis acerca del tema del movimiento woke y las políticas de identidad.
Reconociendo que existen casos lamentables, como el de aquel cretino en España
que fingió su suicidio por supuesto acoso
para promocionar un libro acerca de “desqueerizar el anarquismo”, por lo general el
anarquismo no se opone al reconocimiento de las identidades, ni a las teorías radicales basadas en la
opresión identitaria,
pues las primeras son importantes al moldear nuestras relaciones
interpersonales, así como nuestras experiencias con el poder y la opresión, y
las segundas ayudan a comprender lo primero.
Lo que los anarquistas critican es que las políticas de
identidad operan dentro de las nociones establecidas de poder, y para combatir
la opresión identitaria que denuncian acaban integrándose dentro del sistema e
incluso haciendo alianzas con quienes se benefician de dicha opresión. Es
decir, acaban asimilando y reproduciendo las instituciones de poder, en lugar
de combatirlas directamente. De manera similar a al-Gharbi, también cuestionan la reproducción de una ideología de
victimización desde una identidad contraria al
esencialismo. El problema con buscar la simple inclusión y representación
dentro de las instituciones existentes a través de políticas de identidad es
que subordinan la autonomía del individuo ante una contradicción primaria –es
decir, un eje de opresión que se prioriza por encima de otros-, con lo cual se
refuerza la imposición de una estructura que nos asigna a diferentes fantasmagorías,
ideas abstractas que poseen y definen valores, las cuales permitimos que nos
dominen y definan.
El anarquismo reconoce que hay un poder en la identidad, pero enfatiza que las identidades deben moverse hacia proyectos radicales, criticando las hegemonías estructurales de elementos como el género, la raza o la sexualidad, mientras que al mismo tiempo se usen aquellos valores más colectivos para generar que la gente reconozca y se mueve en contra de las opresiones. Una relación anarquista con el poder implica a su vez rechazar las inversiones jerárquicas del poder y la vigilancia de los cuerpos de otros en torno a las identidades, de modo que necesita desestimar activamente las dinámicas tóxicas y la esencialización cultural que nos mantienen encerrados en el castillo del vampiro. Esto es importante para la síntesis de una propuesta de organización horizontal ajustada a las necesidades del movimiento libertario en el escenario contemporáneo.
Como comenté previamente, todas estas propuestas no tienen
por qué ser mutuamente excluyentes. Nos une un mismo objetivo, y deberíamos
trabajar en eso en vez de quedarnos atascados en el proyecto político. Después
de todo, cada país y cada población tiene sus propios contextos históricos y
sociopolíticos de desigualdad, discriminación y organización, de modo que una
visión más amplia y diversa en cuanto a estrategias políticas puede ser mucho
más útil. Ninguno desdeña la lucha cultural de la justicia social, pero sí
hacen la necesaria incorporación de análisis de clase económica, a fin de
generar una base común que pueda integrar a distintos sectores, incluso
aquellos que las tendencias excluyentes de Woke 1 condenaban de forma casi
esencialista.
V. Conclusiones
Los movimientos por la justicia social generaron un impacto
a nivel global, en la década pasada, tanto a nivel de políticas de inclusión
como en los temores y la estrategia de los grupos conservadores.
Lamentablemente, sus tendencias individualistas, hípervigilantes y moralistas
acabaron frenando la construcción de una fuerza política y social sólida, y el
resurgimiento de las nuevas derechas ha ido barriendo poco a poco con lo
logrado. La estrategia política del discurso woke acabó siendo
insuficiente para confrontar los nuevos discursos reaccionarios, que calaron
bien en un ambiente donde la desigualdad sigue sin combatirse.
Enfrentar las problemáticas sociales actuales, y la
expansión de discursos radicales ultraconservadores, requiere que no repliquemos
la misma praxis insuficiente del progresismo woke. Necesitamos ir más
allá de sus falencias tácticas y sus objetivos limitados, y no contribuir a la
atomización de la fuerza política en las clases trabajadoras. Construir
alianzas entre diversos sectores sociales es fundamental no sólo para una voz y
una representación más completa, sino también para consolidar un proyecto
político mucho más fuerte.
Es momento, entonces, para que las visiones políticas identitarias que cobraron fuerza hace una década maduren por fuera del vigilantismo moral intragrupal y den el siguiente paso hacia objetivos más universales y de cambios radicales. El enfoque woke cumplió su ciclo, y es momento de ponerlo a descansar, abandonando sus limitaciones y defectos, pero sin dejar de reconocer sus logros y esfuerzos. Las herramientas están disponibles para trabajar con el objetivo de una transformación política profunda, la cual beneficie no sólo a las marginalidades oprimidas, sino también a todos aquellos que son pisoteados por las disparidades de las sociedades y estructuras capitalistas.
























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