Conservatismo postmoderno: ¿cómo enfrentamos a las nuevas derechas?

 

Introducción

Este viernes toma posesión Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia, luego de unas elecciones bastante cerradas, y mucha discusión acerca de sus nombramientos en el gabinete ministerial y otras instituciones públicas. Desde su campaña hasta ahora, y bajo el discurso de la “Patria Milagro”, el nuevo mandatario ha hecho énfasis en un giro profundamente neoliberal y socialmente conservador, para supuestamente salvar al país del desastre en que nos habría dejado Gustavo Petro.

Abelardo es el triunfo más reciente en una ola de “nuevas derechas” que ha empezado a tomar el mando en los países latinoamericanos, desde el triunfo de Jair Bolsonaro en 2019 en Brasil. Esta ola es a su vez resultado del surgimiento e influencia de figuras gobernantes de ultraderecha en el escenario internacional, tales como Viktor Orbán en Hungría, Donald Trump en Estados Unidos, Mateo Salvini y Giorgia Meloni en Italia, y Narendra Modi en la India. Estos políticos tienden a compartir, con variación en los contextos políticos y socioculturales locales, un mismo núcleo discursivo: una defensa de los valores tradicionales en la sociedad, un rechazo de las políticas y discursos liberales progresistas, y la designación de adversarios a los que responsabiliza del declive económico y social, sean inmigrantes, personas de izquierda, feministas, personas sexualmente diversas, e incluso los medios de comunicación.

Exista cierto debate en la forma en que deberían entenderse y clasificar este fenómeno de nuevas derechas. Por ejemplo, el historiador Enzo Traverso, en su libro Las nuevas caras de la derecha (2019), se refiere a ello como postfascismo, puesto que, si bien no mantienen continuidad expresa con la ideología fascista, emplean estilos y políticas muy cercanas en un contexto neoliberal, donde la exaltación del Estado se reemplaza por una reverencia al libre mercado y un desdén a las democracias liberales (una reseña del libro por parte de Maik Civeira, Ego para los amigos, se encuentra aquí). Por su parte, la politóloga austríaca Natascha Strobl, en su libro La nueva derecha. Un análisis del conservadurismo radicalizado (2022), usa este último término para señalar a estas nuevas derechas como un fenómeno que se enfoca en una reestructuración antidemocrática de la política, donde la desigualdad es necesaria para el funcionamiento de la sociedad, por lo que buscan restablecer las jerarquías desmontadas por los triunfos de movimientos sociales (otra reseña, también de Ego, aquí).

Curiosamente, ambos análisis coinciden en algo: la construcción de realidades paralelas que mueven a las masas, canalizando el descontento y resentimiento social a través de la creación de enemigos del orden y la “verdadera democracia”, como base de las nuevas derechas. Lo llamativo aquí es que estas nuevas derechas crean sus narrativas de forma tal que se contraponen a cualquier presentación de verdades y hechos objetivos que vayan en contra de la identidad reaccionaria que han construido. Un informe periodístico puede ser desechado como noticia falsa; un estudio científico, como captura ideológica; frases claramente dichas por un líder en un día son contradichas por él mismo al siguiente. Los valores conservadores que defienden se hacen más importantes que la propia realidad, con lo que, irónicamente, recurren a uno de sus adversarios ideológicos más odiados: el postmodernismo.

Esa es la tesis del teórico político canadiense Matt McManus, autor en 2019 del libro The Rise of Post-Modern Conservatism: Neoliberalism, Post-Modern Culture and Reactionary Politics (El ascenso del conservatismo postmoderno. Neoliberalismo, cultura postmoderna y política reaccionaria). Este es un trabajo que hasta la fecha no ha sido traducido al español, y sólo lo he visto mencionado un par de veces en nuestro idioma, pero su análisis acerca de las nuevas derechas y la retórica identitaria y relativista que emplean me parece bastante interesante, de modo que su difusión es muy necesaria para los tiempos que corren.

La cultura postmoderna como expresión neoliberal

Sé que centristas reaccionarios como Jesse Singal o Thomas Chatterton Williams han dicho que el problema con las políticas de Trump, por ejemplo, es que son demasiado woke, como si quisiesen excusar su papel en entretener parte de la narrativa que lo llevó al poder. Esto no es de lo que habla McManus en su libro. Más allá de las discusiones acerca de su argumentación o peso político, woke es un concepto que habla acerca de la conciencia sobre problemas sociales relacionados con justicia racial, igualdad de género y derechos de minorías sociales, algo que definitivamente no hace parte de las políticas de personajes como Trump o Bolsonaro. Si bien el activismo woke es una expresión de la cultura postmoderna, no todo lo postmoderno es woke, y no todo lo woke es necesariamente postmoderno, ni siquiera identitario.

Pero entonces, ¿qué es el conservatismo postmoderno? Se trata de una corriente política conservadora profundamente irracionalista, que busca retomar los mitos identitarios tradicionales de las sociedades en las que surge, a través de una versión amalgamada purificada como glorias perdidas de antaño, a la que llama pastiche. Este pastiche se sostiene como eje de su discurso político, incluso cuando un examen histórico cercano notaría contradicciones y solapamiento entre las identidades que lo componen, puesto que su valor se encuentra en la afiliación que ofrece. Es decir, en el conservatismo postmoderno importa menos el valor de verdad de los pastiches que su utilidad política, un enfoque claramente postmoderno a pesar de su manifiesta oposición al postmodernismo.

El conservatismo postmoderno emergió como una reacción a las dinámicas de la cultura postmoderna y la sociedad neoliberal. Vulgarizó apelaciones conservadoras tempranas a la identidad social tradicional por afiliación con identidades de grupo y valores que sentían que estaban siendo interrumpidas por una vaga hueste de antagonistas.

Estos pastiches prosperan también por presentar oposición a los antagonistas que los conservadores postmodernos señalan como culpables de la decadencia social, a los cuales agrupa a su vez en un pastiche inconsistente. En este pastiche antagónico pueden incluirse élites liberales y de izquierda, globalistas, “marxistas culturales”, feministas -en especial aquellas radicales e interseccionales-, inmigrantes, la “ideología de género”, y así. El discurso postmoderno de estos conservadores busca agitar las bases sociales presentando el pastiche antagónico, apelando a su frustración con la situación política, mientras apelan a los supuestos valores tradicionales que componían su sociedad, empleando técnicas propias de la cultura postmoderna que dicen despreciar y de la sociedad neoliberal que dicen pretender superar.

Hay un ejemplo del que hablé hace unos años, y que podemos usar para ilustrar cómo debe entenderse el conservatismo postmoderno: la conversión de Ayaan Hirsi Ali, otrora una de las pocas figuras de origen musulmán dentro del Nuevo Ateísmo. En un ensayo publicado en 2023 en la revista UnHerd, la activista política se declaró como cristiana, pero llamó la atención que, mientras que no menciona nunca a Jesús en todo el texto, sí que hace énfasis en la necesidad de unificar a la población occidental a través de la “tradición cristiana” para enfrentar a sus adversarios políticos e ideológicos. Es decir, su conversión al cristianismo parece ser más instrumental que espiritual, guiada por propósitos políticos antes que religiosos o proselitistas; a la luz del ensayo de Ali, el propio Cristo parece menos importante que el poder cohesivo e integrador de la tradición en torno a su persona.

McManus señala a la desestabilización y desigualdad provocadas por las medidas económicas neoliberales como un origen del resentimiento y la furia social de la cual se aprovechó la derecha. Sin embargo, aunque reconoce el papel de la crisis económica de 2008 en la caída del orden neoliberal tradicional, el teórico político busca ser más riguroso y va más allá. Él propone dos dinámicas neoliberales que se entrelazan y que exacerbaron el descontento de la población. La primera es que el neoliberalismo es una forma de gobierno inherentemente revolucionaria, puesto que transformó las sociedades humanas, los espacios geográficos e incluso las normas culturales en su búsqueda por nuevos mercados. La segunda, que las inequidades sociales en poder y riqueza generadas por estos cambios serían toleradas infinitamente por la población siempre que la calidad de vida y el desarrollo tecnológico se mantuviesen en aumento: tal como lo define McManus, un joven negro viviendo en un gueto sigue gozando de mejores condiciones de vida que la mayor parte de la población en el África subsahariana, de modo que, en teoría, no tendría por qué exigir cambios radicales en el modelo económico y político.

Es aquí donde necesitamos hablar del papel del postmodernismo en toda esta discusión. Para evitar confusiones, McManus distingue entre dos categorías de autores postmodernos: aquellos que lo trabajaron como categoría filosófica, y quienes lo abordaron como un desarrollo cultural. La primera es definida por McManus como una forma de escepticismo epistémico, es decir, cuestiona la afirmación de que podemos obtener un conocimiento seguro a través de razonamientos morales, filosóficos y científicos; o, como lo describía el filósofo Jean-François Lyotard, un rechazo de las metanarrativas -sean cristianas, liberales o marxistas- del modernismo. Es este último autor quien se refiere al postmodernismo como una condición social, algo que lo hila a la segunda categoría: el postmodernismo como desarrollo cultural.

A través de la obra de diferentes autores y su análisis crítico del postmodernismo, desde postmarxistas hasta católicos, McManus define al postmodernismo cultural como una expresión del capitalismo tardío, un reflejo de cómo las transformaciones sociales generadas por el cambio de los modos de producción parecían quedar por fuera del poder explicativo de las grandes metanarrativas modernas, dando lugar a una creciente desconfianza y escepticismo hacia estas. Las dinámicas del modelo económico fragmentaron los sistemas sociales tradicionales, dando lugar a lo que él llama sociedades neoliberales, desarrollos caracterizados por: I) profundas transformaciones sociopolíticas hacia formas más pluralistas como consecuencia de cambios demográficos y demandas sociales de grupos marginalizados; 2) transformaciones económicas que dan lugar a grandes brechas de desigualdad y poder político concentrado en élites económicas; y II) transformaciones tecnológicas que “aplanan” el discurso político y social a nivel de comunicación, generan automatización y producción mecánica a nivel industrial, y desarrollan “industrias culturales” que generan bienes simbólicos cuyo valor excede el de los bienes materiales producidos por el trabajo industrial.

Es en estas sociedades donde florecen las condiciones para el postmodernismo cultural. El neoliberalismo amplió radicalmente las tendencias de “destrucción creativa” del capitalismo, mercantilizando todo valor posible, y dando lugar a una desacralización que permeó en todas las esferas sociales, donde que vemos todo en términos de su valor de intercambio, una mercancía más, incluyendo las tradiciones y los sistemas de valores, lo cual genera una sensación de desplazamiento en los individuos frente al lugar y la historia, típica de las sociedades neoliberales. Las producciones culturales postmodernas, pues, se caracterizan por una relación inestable con el espacio y el tiempo que refleja ese desplazamiento percibido, presentando un mundo cada vez más reducido, donde no hay una relación lineal con el tiempo, el espacio se comprime en pastiches culturales hiperreales y no-lugares disociados de la historia, y la identidad se ve desestabilizada.

A medida que el neoliberalismo gradualmente tuvo éxito removiendo las barreras a la mercantilización capitalista, la cultura postmoderna emergió para reflejar el impacto que estas transformaciones tenían en la sociedad. [] En particular, tomó comparativamente muy poco tiempo para atravesar o transformar la miríada de espacios que habitamos en comparación a transformaciones similares, pero mucho menos dinámicas, en el pasado.

McManus usa como ejemplo dos adaptaciones fílmicas que reflejan muy bien estas transformaciones, desde distintas relaciones del protagonista con su entorno: Minority Report (Sentencia previa en Latinoamérica) y The Naked Lunch (El almuerzo desnudo). En la primera, el oficial John Arterton vive en una disociación temporal, guiado tanto por el peso de su pasado como por la tecnología que le permite ver el futuro, la cual ha sido integrada en un modelo policial autoritario que supervisa todo aspecto de la vida humana y entrelazando pasado, presente y futuro a un punto en que no hay sensación de cambio, con atisbos de las mismas inequidades sociales de nuestra sociedad presente. En la segunda, Bill Lee huye hacia una especie de dimensión alterna, la Interzona, un no-espacio en el que las barreras del espacio se han disuelto, donde convive una diversidad de cuerpos, culturas y criaturas, pero que no parece existir más allá que en las experiencias psicoactivas del protagonista, y que aun así difiere muy poco de la Nueva York bohemia y desolada en la que habita, de modo Lee que se resigna a ser un exiliado entre ambos mundos mientras no existe en ninguno.

Ambas películas reflejan los mundos fracturados en las sociedades neoliberales, donde el sentido del yo se desdibuja en espacios disociados. Tales fracturas, de acuerdo con McManus, son la culminación de los procesos de secularización, liberalismo y dinámicas capitalistas en la sociedad moderna, a un nivel que ni siquiera el marxismo ortodoxo logró predecir. La visión del “fin de la historia” de Francis Fukuyama, de que las democracias liberales y el capitalismo globalizante son el punto culminante de la evolución social y organización del ser humano, se convirtió en la preclusión de posibilidades históricas que pudiesen transformar las estructuras sociales más allá del neoliberalismo, de modo que los individuos, despojados de una fuente robusta del yo, presionaron por una mayor inclusión política dentro de las instituciones ya establecidas, lo que por ejemplo dio lugar al surgimiento de las políticas de identidad.

Esto es importante para la sección que sigue. Si bien muchos hemos criticado el aparente optimismo triunfalista de Fukuyama con “el fin de la historia”, McManus sugiere que su argumento era más bien cauteloso. En otros textos, Fukuyama identificó que los líderes neoliberales sobrestimaron su capacidad de reformar al individuo, porque no entendían que se busca no sólo bienestar económico, sino también el reconocimiento de nuestra dignidad. Así, advertía en su ensayo original El fin de la historia que, en un período posthistórico donde la imaginación y el idealismo serían reemplazados por cálculos económicos y la satisfacción de las exigencias del consumidor, los propios conservadores que lucharon por esta cultura serían los primeros en buscar el reinicio de la historia.

El costo del triunfo liberal y las raíces postmodernas en el conservatismo

Edmund Burke.

Si bien las políticas de identidad son a menudo criticadas e incluso repudiadas tanto desde la derecha como la propia izquierda, siendo típicamente asociadas con esta última, McManus señala que estas críticas a menudo malinterpretan su relación con la cultura postmoderna. Como bien indica, no son desviaciones del liberalismo: son resultado de este, de la aceptación de las transformaciones neoliberales en la sociedad y los retos a la identidad en las culturas postmodernas. Ante la imposibilidad de confrontar y superar el statu quo neoliberal en las democracias liberales representativas, las políticas de identidad se convirtieron en el último espacio posible de activismo y cambio político y social posible, y ofrecen un sentido de identidad estable en medio de la agitación política.

McManus reconoce los triunfos a nivel de derechos y participación política en el particularismo de las políticas de identidad. Por otro lado, critica que, una vez cumplidas las demandas de inclusión, los movimientos identitarios tienden a despolitizarse, y dichas identidades no son lo bastante universales para presionar las estructuras que mantienen el statu quo de las sociedades, de modo que pierden toda capacidad para una transformación radical que trascienda un modelo neoliberal que en la actualidad es atacado desde todos los lados del espectro político. Además, sus tácticas estratégicas en torno a la validez epistémica y moral de la identidad han acabado siendo empleadas por corrientes políticas más reaccionarias para abogar por una restauración de las identidades consideradas tradicionales, tal como en el caso del conservatismo postmoderno.

Y es que, en tanto el postmodernismo es básicamente la cultura de las sociedades neoliberales, no puede simplemente clasificarse los movimientos políticos asociados a este como exclusivamente de izquierda. Para McManus, hacerlo así nos lleva a ignorar que, irónicamente, la derecha política en tiempos recientes busca precisamente reformar el orden mundial a través de sus propias políticas de identidad, sólo que desde una perspectiva mucho más reaccionaria. Por insuficientes que sean sus decisiones y tácticas políticas, las políticas de identidad de la izquierda buscan en teoría crear sociedades mucho más pluralistas y abiertas para todos. En contraste:

El conservatismo postmoderno no tiene tal aspiración. Se caracteriza por un deseo nostálgico de proteger la influencia cultural y poder político de grupos tradicionalmente dominantes quienes sienten que su posición en la cima de las jerarquías sociales ha sido amenazada. Una de las formas en que hace esto es construyendo a otras identidades, y el pluralismo social que presentan, como enemigas a la homogeneidad y estabilidad de la identidad del conservador postmoderno.

Así, el conservatismo postmoderno busca recuperar el sentido del yo de los individuos, a menudo a través de los nuevos medios de comunicación surgidos con el desarrollo tecnológico, recurriendo a las fuentes asociadas con la autoridad y el prestigio social en las tradiciones previas, como la nacionalidad, la sexualidad, la etnia, identidad de género, religión, vínculo con la civilización e incluso la raza. Todas estas fuentes son mezcladas en una identidad específica promovida, a pesar de que tales fuentes pueden llegar a ser contradictorias entre sí, y son caracterizadas como estereotipos gloriosos que ignoran sus limitaciones y carencias.

Esta identidad es llamada pastiche por McManus, en referencia al trabajo de Fredic Jameson, puesto que consiste en tomar un pasado estereotípico y presentarlo como simulacro del presente, pero el conservador postmoderno busca que el pastiche transmita la idea de que se puede superar el momento histórico actual. Las identidades promovidas por el conservatismo postmoderno son despojadas, a través de este pastiche, de sus contextos y realidades históricas, pues eso les arrebataría el poder de su simbolismo. No importa su historia real, sino el valor de su estereotipo, como fuentes de una autoridad percibida como propia que se ha perdido ante los embates de sociedades que se han vuelto demasiado pluralistas. Por ello, adoptan también la estrategia de hacer juicios epistémicos y morales basados en la necesidad de la identidad, de proteger la estabilidad del pastiche antes que hacer un análisis racional de cualquier crítica recibida.

Irónicamente, los conservadores postmodernos son especialistas en la narrativa de victimización de la que tanto gustan señalar a sus adversarios. A diferencia de otras corrientes conservadoras como la neoliberal, conciben la política como un juego de suma cero, donde ellos siempre están en posiciones de poder a costa del resto de grupos en la sociedad. La precariedad, la desestabilización de la identidad y el declive de su poder sociopolítico percibido los lleva a desarrollar un resentimiento al sentir sus expectativas de vida insatisfechas, pero en lugar de analizar las raíces socioculturales de esta problemática, responsabilizan a una serie de grupos vistos como antagónicos, cuya identidad depende del contexto particular, pero de los que ya he mencionado varios ejemplos en la sección anterior.

Una parte importante del análisis de McManus es que se toma el trabajo de identificar raíces del pensamiento conservador postmoderno dentro de la propia tradición clásica conservadora. Elementos cercanos pueden identificarse en el propio Edmund Burke (1729-1797), el padre del pensamiento conservador, cuya perspectiva defendía identidades sociales y autoridades tradicionales, aun cuando era difícil ofrecer argumentos filosóficos para ello, en una especie de prudencialismo cauto ante los excesos de la Ilustración y un escepticismo al fundacionalismo en torno a la razón -es decir, hacerla un fundamento importante del conocimiento-. También existen precedentes en Joseph de Maistre (1753-1821), quien era directamente irracionalista y despreciaba a los ilustrados en general, defendiendo la autoridad y la identidad social a un nivel prácticamente fideísta; Michael Oakeshott (1901-1990), que defendía una razón tradicionalista en contraposición al racionalismo ilustrado; Lord Devlin (1905-1992), quien afirmaba que la sociedad y su moralidad tienen una relación integral con la religión que ha decidido “adoptar”; y Robert Bork (1927-2012), quien ya denunciaba una supuesta “Nueva Clase” de progresistas universalistas y afines al socialismo que habían capturado ideológicamente el sistema judicial.

Peter Lawler.

Pero la formulación teórica del conservatismo postmoderno no llegaría hasta el trabajo del filósofo político Peter Lawler (1951-2017). A través de un acercamiento académico en el que procuraba dejar por fuera a los usuales autores del pensamiento postmoderno, Lawler defendía una especie de realismo conservador escolástico, según el cual cada cosa cuenta con una naturaleza fundamental que trata de descubrir a través del tiempo, y el conocimiento humano es siempre finito y susceptible a refutación, de modo que no se debe someter el mundo a formas progresistas de organización que intenten recrear nuestra identidad y voluntad. Es el empeño en hacerlo, según él, lo que causa las distorsiones que generan la infelicidad tan característica de las sociedades modernas.

Para Lawler, el conservador postmoderno es un realista postmoderno que protege la naturaleza fija del ser humano y entiende que nuestra comprensión de dicha naturaleza es limitada, de modo que rechaza cualquier intento de remover o superar nuestras limitaciones, y se enfoca en desarrollar virtudes en sí mismo y en la comunidad de la que es un miembro finito. Es escéptico de la razón tecnócrata y acepta el liberalismo, el libre mercado e incluso la globalización, siempre y cuando estos mantengan sus límites y respalden las instituciones tradicionales: familia, nación, cultura, iglesia, entre otras.

Este conservador postmoderno descrito por Lawler, un “cuasi-tomista jovial” en palabras de McManus, dista mucho de los iracundos, exigentes y totalizantes conservadores dependientes de un pastiche de identidad que describe en su libro, y que los lectores ya empezarán a reconocer a este punto del ensayo. Sin embargo, ambos enfoques coinciden en un deseo por regresar a la estabilidad que ofrecía el realismo, aunque los conservadores postmodernos que vemos hoy exigen un realismo moldeado por la condición sociocultural de la supuesta amenaza que enfrentan las identidades que componen dicho pastiche.

De Italia a Washington D.C.: los nuevos conservadores

Como comentaba al principio, McManus reconoce que, si bien la crisis económica de 2008 no fue la causa principal del ascenso de las figuras postmodernas dentro del conservatismo, sí fue el catalizador. Las medidas de austeridad y recorte de costos aplicados sobre la población en varios países, mientras se protegía los bancos y finanzas, le dejaron clara a la población que el neoliberalismo estaba dispuesto a sacrificar a la mayoría de los trabajadores y personas más desfavorecidas por favorecer a quienes detentan el poder económico. El descontento general ante la disparidad económica creció, y la agitación social fue aprovechada y canalizada por los conservadores postmodernos.

McManus coincide en cierta forma con el análisis de Traverso en Las nuevas caras de la derecha cuando señala la política italiana, y en particular el largo gobierno de Silvio Berlusconi, como precursores de las formas futuras que tomaría la política, aunque su reconocimiento se basa en observaciones del filósofo Slavoj Žižek. Berlusconi, un magnate de los medios, combinó la tecnocracia liberal con el populismo fundamentalista y el histrionismo televisivo, creando un escenario político en el que los líderes eran abiertamente corruptos, con elecciones glamorosas que ofrecían alternativas radicales pero vacías, y un cinismo generalizado entre la población incluso ante los escándalos más fuertes. En ese sentido, la política estilo reality show que es tan común en estos días, y que le debemos a Berlusconi, es una expresión pura del postmodernismo.

Escena de la película Dopo Mezzanotte (2004). El anuncio de campaña de Berlusconi dice: “Un compromiso real: la ciudad más segura”.

El primer triunfo importante del conservatismo postmoderno llegaría, como mencioné antes, con la elección de Viktor Orbán como primer ministro en Hungría, en 2010, y para McManus fue el más efectivo de tales líderes al momento de la publicación de su libro, al punto que se refirió al país de Europa central como “el estado conservador postmoderno más paradigmático”. Habiendo ganado previamente varias elecciones municipales y una mayoría en dos tercios de la legislatura en las elecciones de 2010, Orbán, fundador y líder del partido Fidesz, se enfocó en reformar las instituciones para concentrar la mayor cantidad de poder posible: redujo el número de asientos en la Asamblea Nacional, llenó los puestos del servicio público con miembros de Fidesz, reformó los distintos electorales en un constante gerrymandering (manipulación de las circunscripciones electorales para influir sobre resultados electorales), lo que le permitió elegirse cuatro veces, y puso un fuerte control sobre los medios de comunicación. Fue Orbán quien, durante un discurso de 2014, se refirió a su proyecto político como la construcción de un Estado iliberal, uno que aplica un enfoque específico y nacional al Estado, dejando la centralidad de los valores del liberalismo en su organización.

En cuestión de los “enemigos” planteados por el conservatismo postmoderno, Orbán fue bastante dedicado en señalarlos. Militarizó fuertemente la frontera con Serbia aludiendo a un flujo de inmigración ilegal que no existía, e inició una retórica xenófoba, islamófoba y hasta antisemita desde los medios, lo que no impidió una alianza cercana con el Primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. También atacó los derechos de las minorías sexuales, algo que McManus no alcanzó a registrar: en 2020 presentó un proyecto que eliminó el reconocimiento legal de la identidad de género, una Ley de Protección Infantil en 2021 que equiparaba cualquier contenido sobre diversidad sexual y de género enfocado a menores de edad con pornografía, y en 2025 prohibió los desfiles del Orgullo y modificó la Ley Fundamental para definir el género como un binario de hombre y mujer.

Orbán es también un notable euroescéptico -aunque menos radical que otras figuras euroescépticas-, chocando en particular con la Unión Europea por el manejo de las crisis migratorias de 2014-2016, y oponiéndose al apoyo financiero hacia Ucrania tras la invasión de Rusia. En contraste, forjó una influencia internacional en varias figuras de la extrema derecha: fue el principal aliado de Vladimir Putin, apoyó el Brexit y las dos elecciones de Donald Trump (quien ha estilado su gobierno, con mucha menos paciencia, en el modelo orbanista), la elección de Bolsonaro en Brasil, y fue influyente tanto a nivel político como financiero en grupos conservadores dentro y fuera de Europa, una inspiración para las nuevas derechas. La ex senadora colombiana María Fernanda Cabal, quien hasta hace poco era la figura más radical del movimiento uribista, llegó también a reunirse con el propio Orbán, y destacó a Hungría como un ejemplo a seguir en su modelo de nación.

McManus vaticinó en su libro que Orbán tenía un punto débil específico que lo haría tambalear tarde o temprano su gobierno: la corrupción. Tanto él como varios líderes de Fidesz fueron acusados de enriquecer sus arcas a costa del pueblo a través de los años, y los índices de corrupción empeoraron durante el régimen iliberal. Estos factores, sumados a una altísima inflación y un descontento por el cada vez más radical autoritarismo, llevaron a que luego de 16 años, y a pesar de más reformas en los distritos electorales, Orbán fuese derrotado en las elecciones por Péter Magyar, del partido Tisza. Magyar, antiguo miembro de Fidesz, ha iniciado algunas reformas políticas para evitar que otro dictadorzuelo se perpetúe en el poder, pero desmantelar toda la estructura corrupta construida por Orbán a lo largo de década y media llevará tiempo.

Poco después del triunfo de Orbán en 2010, Polonia fue el siguiente país en dar la bienvenida al conservatismo postmoderno, con la elección en 2015 del partido nacionalista Ley y Justicia (PiS), fundado por los gemelos Kaczyński. Ya habían asumido un cogobierno entre 2005 y 2007, con Lech Kaczyński como presidente y Jarosław como primer ministro, durante el cual impulsaron un enfoque euroescéptico y fuertemente católico. Tras la muerte en 2010 de Lech, Jarosław asumió el mando de PiS, y en 2015 ganó las elecciones presidenciales y parlamentarias, permaneciendo en el cargo hasta 2023, con lo cual impulsó políticas fuertemente nacionalistas y antiinmigración, un control de los medios estatales y la persecución de los independientes, una reforma judicial que hizo salir a los jueces opuestos a sus políticas, un discurso acerca de la defensa de la “civilización occidental” y la cristiandad ante los ataques internos y externos, un cierto nivel de negacionismo del papel de los polacos en el Holocausto, y restricciones al aborto y los derechos LGBTQI+, todo combinado con redes de seguridad y medidas a favor de los trabajadores, tanto para ganarse el favor de la mayoría como por oponerse a los aspectos más internacionalistas del neoliberalismo.

Por supuesto, no podemos ignorar al actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Elegido dos veces, en 2016 y 2024, el magnate empresarial se vio precedido por nuevas formas de organización de los medios, con figuras como Dinesh D’Souza, Alex Jones y Steve Bannon, que ya profesaban un acercamiento postmoderno a la política, enfocado en discursos antagónicos dirigidos contra enemigos políticos que supuestamente desestabilizaban la identidad, la tradición y las jerarquías nacionales. Trump conquistó las elecciones de 2016 trepando en la ola de este movimiento conservador, con discursos que retomaban estas inquietudes antagónicas, así como la pérdida de trabajos por causa de la globalización y las transformaciones sociales del neoliberalismo, pero nunca con declaraciones políticas concretas y sí con muchas mentiras y contradicciones, aprovechando su talento en el marketing y la gestión de marca para superar todo esto. Irónicamente, a pesar de ser el conservador postmoderno más famoso, Trump es el menos sustancial de todos, lo que para McManus lo hace más interesante como fenómeno.

Tal como señala McManus, Trump no triunfó dos veces por un gran discurso político: una combinación de su personalidad exuberante, el descaro de sus declaraciones sobre conquistas sexuales y logros económicos personales, un descontento con los gobiernos demócratas en zonas rurales e industriales golpeadas por la recesión de 2008, la arrogancia y errores de campaña de sus oponentes políticos, la radicalización de sectores conservadores del electorado, y una apelación al mito de la grandeza de América, donde las mentiras de Trump importan poco siempre que sirvan a recuperar dicha grandeza destruida por los adversarios políticos del país, lo llevó a la Casa Blanca. Su mandato, algo que podemos extrapolar tanto al primero como al segundo, se ha caracterizado principalmente por retirar a Estados Unidos de varios acuerdos internacionales, la imposición de aranceles a enemigos políticos, y el desmantelamiento de las estructuras de regulación dentro del Estado, con potenciales consecuencias a nivel ecológico y sanitario. Tras su reelección ha recrudecido a su vez el discurso del “enemigo interno”, designando recientemente a grupos antifascistas, anarquistas o “radicalmente protransgénero” como objetivos de su “estrategia contraterrorista”.

El libro también destaca la importancia del Brexit en la historia del conservatismo postmoderno, pues el referendo de 2016 que aprobó la salida del Reino Unido de la UE marcó un triunfo político importante, una canalización efectiva de la rabia y el descontento de la población ante las políticas económicas neoliberales, fruto de la retórica nacionalista, tradicionalista y romántica de Boris Johnson y Nigel Farage que disputaba la identidad y soberanía del reino ante el internacionalismo de la UE. Lamentablemente para el país, las negociaciones de su salida fueron largas y extenuantes, pues los líderes del Brexit sobrestimaron la posición del Reino Unido para exigir condiciones, y esto impactó en el respaldo de la población tanto al Brexit como al Partido Conservador, al frente de Downing Street desde 2010. La crisis económica e interna y los escándalos de corrupción los llevaron a una derrota en 2024 frente a Keir Starmer, del Partido Laborista, pero este también tuvo que dejar su puesto como Primer ministro este año tras una derrota en los comicios locales, debido a la propia derechización y thatcherismo de su partido. Reform UK, el partido de Farage, tiene amplias probabilidades de conquistar la mayoría en las elecciones generales de 2029, lo que daría lugar a otro momento importante en la historia del conservatismo postmoderno, aunque todavía es demasiado pronto para saberlo.

Volviendo a Italia, el país que sembró las bases histriónicas del estilo político de los conservadores postmodernos, la crisis de 2008 tuvo un impacto especialmente fuerte en el país, debido a que las inequidades sociales y económicas están bastante marcadas a nivel regional, en particular entre un norte más desarrollado y cosmopolita y un sur más rural y tradicionalista. La crisis de refugiados en 2015 también golpeó fuertemente a la nación, y las tensiones económicas y sociales generaron un sentimiento antiinmigración fuerte que se vio reflejado en las elecciones legislativas de 2018, donde las principales campañas promovieron un discurso de mano dura contra la inmigración.

El vencedor y elegido como ministro del Interior fue Matteo Salvini, del partido Liga y cabeza de una coalición de centroderecha. Su enfoque durante el gobierno fue reducir el número de inmigrantes hacia Italia, cerrar los puertos del país a la inmigración, y abolir formas de protección para ellos. También trató de realizar un censo racial obligatorio a la población italiana, con claras intenciones de presionar a la comunidad romaní, así como un voto de desconfianza contra el entonces Primer ministro, Giuseppe Conte, pero ambas acciones no prosperaron, tras lo cual renunció a su cargo. En 2021 apoyó que miembros de la Liga se unieran al gobierno de Mario Draghi, y desde 2022 hace parte del gabinete ministerial de Giorgia Meloni, del partido ultraconservador Hermanos de Italia y quien, aunque por obvias razones no es mencionada por McManus en su trabajo, mantiene la continuidad del discurso postmoderno en el conservatismo italiano, con sus posturas euroescépticas, xenófobas y contrarias a los derechos sexuales y reproductivos de mujeres y minorías LGBTQI+, aunque en su caso aderezadas por un pasado explícitamente neofascista del que no se ha podido desprender por completo.

Estos ejemplos de conservatismo postmoderno comparten elementos comunes -emerger como reacción cultural postmoderna contra la sociedad neoliberal, dirigir el resentimiento general de la población hacia “enemigos” internos y externos que desestabilizan el país y la identidad del ciudadano-, mas, puede notarse que su manifestación difiere por sus contextos locales. Por ejemplo, los países anglosajones han dedicado menos esfuerzos a contrarrestar las dinámicas de desigualdad producto del neoliberalismo, estando más enfocados en ofrecer una estabilidad estable y restablecer su dominancia en el escenario global. Mientras tanto, los países europeos continentales, con una relación más horizontal con las instituciones neoliberales, y menos comprometidos al capitalismo rampante y al unilateralismo, han promulgado políticas económicas típicamente asociadas con la izquierda, como reducir la edad de retiro o incrementar el salario mínimo, al mismo tiempo que mantienen un euroescepticismo blando, más interesado en que crezca el número de gobiernos conservadores dentro de la UE que en desmantelarla por completo. Esa dedicación les ha permitido crecer en fuerza electoral en países como Alemania, Francia y Países Bajos, entre otros.

¿Qué son los ultraconservadores latinoamericanos?

Hay dos ausencias notables en The Rise of Post-Modern Conservatism a destacar. La primera es que, a diferencia de Traverso y Strobl, McManus evita realizar algún contraste directo del discurso conservador postmoderno con la retórica del fascismo; de hecho, el término sólo es mencionado unas ocho veces en todo el libro. Hay un punto en el que destaca que el fascismo fue denominado una especie de “entrenamiento social” por Walter Benjamin, pero, aunque reconoce que comparten elementos como el espectáculo competitivo y el deseo de conflicto, rechaza señalar al conservatismo postmoderno como fascista. En lo personal, me habría gustado verlo comparar su tesis y argumentos con, por ejemplo, el trabajo de Traverso sobre el postfascismo, quizás en un análisis de las fuerzas y debilidades de cada enfoque analítico de las nuevas derechas, pero entiendo que ese no era el propósito de este libro.

La segunda, que es más producto de haber sido publicado en 2019, es que carece de una mención detallada acerca de la nueva derecha latinoamericana, que en aquellos tiempos contaba recién con el triunfo de Bolsonaro en Brasil. McManus explica, en una extensa nota a pie de página en el quinto capítulo del libro, que deliberó si incluir una sección sobre el país suramericano al hablar de los ejemplos de conservatismo postmoderno, debido a que nuestra región es muy reconocida por el fenómeno del caudillismo y las dictaduras militares del siglo XX, y el surgimiento de Bolsonaro parece obedecer más a ello. El autor opta por definirlo como un híbrido entre el conservatismo postmoderno y una tendencia reaccionaria típica contra el modernismo, compartiendo elementos del primero con el uso de las nuevas tecnologías en su campaña electoral, y de la segunda por su autoritarismo más cercano al militarismo que sus contrapartes europeas, de modo que optó por permanecer atento hacia qué lado se inclinaría más el régimen bolsonarista.

Este hecho me lleva, antes de tocar las conclusiones del libro, a pensar qué tan bien puede definir el marco analítico de McManus a las nuevas ultraderechas latinoamericanas. Es decir, ¿qué tanto toman del discurso político de los conservadores postmodernos? ¿Hay representantes “puros” de esta tendencia, o se trata más bien del regreso de los viejos movimientos reaccionarios y caudillistas que suelen aparecen en nuestra región?

En el caso de Bolsonaro, espero que se haya entretenido bastante. Si bien no se volvió un dictador, su gobierno se enfocó bastante en retirar protecciones ambientales a los grupos indígenas, trasladando los deberes de la reforma agraria -una vieja reivindicación también recurrente en nuestra región- de la Fundación Nacional Indígena al Ministerio de Agricultura, y se dedicó a hacer apología del golpe de Estado de 1964 y la subsiguiente dictadura, además de flexibilizar la posesión de armas en el país. A lo largo de su mandato tuvo que enfrentar varias crisis como una deflación marcada a nivel económico y la devaluación del real frente al dólar, los incendios de 2019 en la Amazonía, un pésimo manejo de la pandemia de COVID-19 (en la que destacó por ser negacionista y promover el uso de la hidroxicloroquina como “medicina alternativa”), y un recorte del 30% en el presupuesto de las instituciones universitarias; en 2024, tras dejar el poder, se descubrió que bajo su mandato se realizaron labores de espionaje y seguimiento de sus opositores. Bolsonaro acabaría siendo derrotado en las elecciones de 2022, hecho al que sus seguidores respondieron con un vergonzoso asalto a la Plaza de los Tres Poderes de Brasilia en enero de 2023, a semejanza del asalto al Capitolio en Estados Unidos un par de años antes. Por estos hechos fue imputado en 2025, acusado de rebelión e intento de golpe de Estado, y en septiembre de ese año fue condenado a 27 años en prisión.

Si comparo el mandato de Bolsonaro con el de las figuras del conservatismo postmoderno en el llamado Norte global, aunque puedo identificar el apoyo alcanzado por el descontento de la población tras varios escándalos de corrupción que salpicaron la izquierda brasileña en el caso de la Operación Lava Jato, lo que se manifestó en huelgas durante 2017, no vi un énfasis tan marcado en la creación de “enemigos” desde el discurso de Bolsonaro. Sin duda hubo bastantes ataques homofóbicos y anti-izquierda durante su presidencia, y en su carrera ha sido señalado por comentarios racistas y xenófobos, pero no fue una parte tan integral de su discurso como ocurrió por ejemplo con Orbán o Salvini, incluso Trump I. Tampoco manifestó un antiglobalismo tan marcado o una ruptura supuesta con políticas neoliberales. Diría, en general, que su mandato tuvo elementos del conservatismo postmoderno, más en sus técnicas que en su discurso, pero sí se asemejó más a una tendencia reaccionaria habitual.

Muchísimo más cercano a las figuras mencionadas, tanto en estilo como en políticas, es Nayib Bukele, “presidente” de El Salvador desde 2019. El autoproclamado “dictador más cool del mundo” obtuvo una mayoría absoluta en las elecciones, y desde entonces ha manejado un discurso tan ecléctico que a día de hoy aún hay gente que no sabe si es de izquierda o derecha. Bukele fortaleció su popularidad entre la población salvadoreña al abordar las altas tasas de criminalidad de forma contundente con el Plan Control Territorial, llevando a miles de policías y fuerzas del orden a las zonas de pandillas y enviando a miles de sospechosos a megacárceles construidas con ese fin, logrando una reducción del 56,8% en las tasas de homicidio en 2022, si bien se ha señalado que estos venían reduciendo desde antes de su llegada al poder, hay denuncias de que logró tantas capturas gracias a tratos con líderes de la Mara Salvatrucha, y que muchos de los detenidos ni siquiera han cometido delitos. Aparte de esto, ha reformado la Constitución para poderse reelegir de forma permanente, en 2020 “solicitó” fondos para su Plan a la Asamblea Legislativa a punta de escolta militar, redujo el número de cargos de elección popular, ha sido denunciado por persecución a la prensa opositora, y ha destituido a magistrados de la Sala Constitucional e incluso a un fiscal general de la República, concentrado el poder en su persona. Todo esto con un gran trabajo de presencia y dominio de medios periodísticos y especialmente digitales, por lo cual, a pesar de críticas y denuncias, sigue contando con un amplio respaldo del pueblo salvadoreño, y buscará su tercer mandato en 2027.

Otro notable personaje bastante cercano a lo que sería un conservatismo postmoderno latinoamericano es Javier Milei. Presidente de Argentina desde 2024, triunfó gracias a las constantes crisis económicas que sufre el país del Cono Sur desde hace décadas, y la incapacidad del kirchnerismo, a quien Milei no tardó en convertir en el “enemigo” de su discurso, para abordarlas. Notablemente, Milei no sólo no ofrece ninguna ruptura con las dinámicas desiguales del neoliberalismo, sino que propone una radicalización del mismo a través de la reducción de las funciones del Estado y una mayor participación del sector privado, en línea con su discurso libertariano y “anarcocapitalista” que es más bien un experimento minarquista. Redujo el gasto público e incrementó la desregulación de sectores económicos, logrando sacar del déficit a Argentina por primera vez en más de un siglo, pero los costos de vida y de salud y el desempleo han golpeado el consumo y el bolsillo de los argentinos. También ha endurecido su política migratoria mientras se ha alineado fuertemente con Estados Unidos e Israel, es un apologista de la dictadura de Rafael Videla -disputando la cifra de muertos-, es fervientemente anticomunista, y se opone a derechos como el aborto y la eutanasia, señalándolos como parte de un proyecto “marxista cultural” que busca destruir la sociedad.

Entre las elecciones más recientes, sin duda Abelardo de la Espriella también tiene muchos elementos postmodernos de lo que describe McManus, al punto que su propia campaña fue un pastiche del pastiche, tomando elementos de Bukele, Milei y Trump para su propuesta política. Como bien he detallado en este blog, su triunfo en Colombia se debió no sólo a la insatisfacción con Gustavo Petro en temas de corrupción, seguridad y salud, sino también a una agresiva campaña en los medios digitales, que se dedicó a exacerbar los antagonismos permanentes entre derecha e izquierda en el electorado colombiano, mientras ofrecía un proyecto político más radical que el continuismo institucional del uribismo y el debilitado centro. Los nombramientos de Abelardo en los ministerios indican un enfoque en la productividad y la ganancia, así como un énfasis en la “batalla cultural” y disputar el relato y memoria históricas del país al progresismo. Ha presentado varios ultimátum a los grupos insurgentes, prometiendo mano dura; decidió trasladarse a Barranquilla para “estar más cerca de las regiones”, redibujando el centralismo político sin descentralizarse realmente; e intenta darle un tono militarista y cuasi mesiánico a su mandato, presentando su propia versión del Himno Nacional, intentando trasladar la ceremonia de investidura a una guarnición militar (al final, se decidió que sea en el auditorio de la Universidad Santiago de Cali), y hasta entregando Biblias estiladas con los colores de su campaña electoral durante un retiro espiritual convertido en show performativo, en un claro esfuerzo por apropiarse de los símbolos patrios y culturales de la nación como hizo con la camiseta de la selección de fútbol durante campaña.

(Entre paréntesis: no incluí a José Antonio Kast, de Chile, ni a Keiko Fujimori, en Perú, porque los considero más representativos de la derecha clientelista y neoliberal de la región. Si bien Kast es sin duda ultraderechista, su proyecto político es esencialmente gremialista, mientras que el fujimorismo es un puro caudillismo militarista. Cada proceso electoral en ambos países tuvo personajes más representativos del conservatismo postmoderno descrito por McManus: Johannes Kaiser en Chile y Rafael López-Aliaga en el Perú. En cuanto a Rafael Noboa, de Ecuador, su perfil es el de un populista de centroderecha fácilmente inclinable al trumpismo. No obstante, esto no descarta que dichos líderes se inclinen posteriormente a estas tendencias postmodernas. Cierro paréntesis.)

Los cuatro personajes mencionados comparten muchos elementos caudillistas típicos de la política latinoamericana. Dos de ellos han manifestado también una cercanía ideológica a dictaduras militares anticomunistas, mientras que un tercero trata de estilar su gobierno hacia un tono más militarista que liberal. Por otro lado, todos se han aprovechado de la incertidumbre y el resentimiento de la población ante las crisis económicas y sociales. Todos han creado “enemigos” a los cuales combatir con sus políticas, pero mientras que Bolsonaro fue menos dependiente de esta táctica, los otros tres la han vuelto una parte importante de su discurso, con Bukele y Abelardo teniendo un respaldo más sólido al señalar a las fuerzas insurgentes de sus naciones como parte de los “enemigos”, y este último haciendo especial énfasis, junto con Milei, en “batallas culturales” que amenazan su pastiche de la identidad ciudadana.

Bukele es quizá el ejemplo más cercano a un conservador postmoderno “puro” de acuerdo con la propuesta de McManus. De hecho, el teólogo y comunicador Martín Díaz Velásquez, del Knowmad Institute, caracterizó en 2025 su régimen como un neo-ultranacionalismo palingenésico posmoderno que anula el Estado de derecho, y que se sostiene sobre una concentración nacionalista y mesiánica del poder, una narrativa de refundación a través de la militarización y “reeducación” cívico-militar -la cual se puede reconocer como el pastiche de identidades-, y la estetización digital del mando. No es exactamente el modelo plasmado en el libro, pero, al igual que Milei y Abelardo, no deja de ser una clara expresión política de la cultura postmoderna en las sociedades neoliberales contemporáneas.

Ofrecer un mejor horizonte

A pesar de su éxito creciente, McManus sostiene, al ser una reacción, el conservatismo postmoderno es totalmente incapaz de resolver los problemas que enfrentamos en las sociedades neoliberales. El autor enlista cuatro razones específicas para ello: 1) su poca disposición a llevar a cabo grandes reformas sociales para abordar las quejas de la población una vez toman el poder, en particular el cambio climático, mientras reducen la participación democrática de sectores más reformistas; 2) al ser un movimiento político de resentimiento, una vez que se eliminan los “enemigos” propuestos se vuelve difícil perpetuar el enfoque agonista, buscando nuevos adversarios o reviviendo el odio hacia antiguos, sin desgastar el resentimiento de la población; 3) es incapaz de frenar las narrativas críticas contra ello en los medios tecnológicos sin volverse más autoritario, y de limitar los desarrollos biotecnológicos de corte posthumano; y 4) al ser una barrera contra tendencias sociales profundas como la secularización o el declive demográfico de las identidades que componen su pastiche, acaba frenando cualquier forma de política transformativa, pues no puede confrontar dichas tendencias sin traicionar los mismos principios de su movimiento. En síntesis, el conservatismo postmoderno no puede resolver los problemas por los cuales surgió para confrontarlos, porque eso sería antitético a su propia existencia como opción política: está construido para fracasar.

Esto podemos verlo, por ejemplo, en el caso de Trump II. Desde 2025, sus esfuerzos por mantener al país como una potencia internacional han conducido a la intervención directa o indirecta en procesos electorales de varios países, en especial Latinoamérica, así como a una invasión a Venezuela para deponer al dictador Nicolás Maduro y una serie de ataques a Irán, traicionando sus promesas de no intervención y generando un bloqueo en el transporte de petróleo a nivel mundial, con lo que ha ido perdiendo el apoyo internacional, incluso de sus aliados ultraconservadores. La eliminación de programas de seguimiento y prevención de enfermedades ha dado lugar en el país a epidemias como sarampión y ciclosporiasis entre la gente, al igual que plagas de miasis en el ganado. El descontento interno por el autoritarismo cada vez más radical de Trump, los innecesarios conflictos internacionales, los problemas económicos que no ha abordado, y el incremento de la violencia contra la población inmigrante e incluso ciudadanos legales a manos del ICE, lo están encaminando a una derrota electoral en las elecciones de mitad de mandato en noviembre ante un Partido Demócrata en el que un ala más socialista está poco a poco conquistando varios triunfos locales, a menudo teniendo en contra incluso a su propio partido.

Incluso los líderes más antiguos del conservatismo postmoderno han caído poco a poco. En Polonia, Kaczyński renunciaría al gobierno en 2023 tras perder las elecciones parlamentarias, en medio de una fuerte oposición del electorado femenino y juvenil, cansados ante sus políticas antiderechos, y recientemente enfrentó un cisma al interior de PiS, con la salida de más de 30 diputados de cara a las parlamentarias del próximo año. La reciente derrota de Orbán se dio gracias a una coalición de fuerzas de derecha moderada y el respaldo de las fuerzas progresistas y socialistas, quienes se retiraron de la contienda para que el electorado frustrado por la incertidumbre económica y el autoritarismo se sumara en su mayoría a Tisza, priorizando la derrota del régimen iliberal. En Reino Unido, el Partido Verde, a la cabeza de Zack Polanski, está tomando fuerza entre el electorado más progresista y de izquierda para hacer frente a Farage, y encima a este último ya le salió competencia aún más ultraderechista con Restore UK, a partir de un cisma en su propio partido.

¿Cómo se confrontan entonces las causas de la prosperidad de los movimientos conservadores postmodernos? McManus no desarrolla tanto en este libro, pues se trata más de un examen crítico que la construcción de una teoría política concreta. No obstante, sí que denuncia la falta de ambición estructural del progresismo, al dejar intactas las estructuras sistemáticas que mantienen las inequidades sociales. Y ya que los conservadores postmodernos no pueden resolver permanentemente los problemas que benefician su fuerza política, hay una oportunidad para que la izquierda les corte el paso.

En opinión de McManus, promover políticas que cedan mayor poder a la política doméstica y una mayor democratización y participación de los ciudadanos puede ser un paso importante. También es necesario integrar grupos de la sociedad civil enfocados en políticas públicas, que reduzcan la influencia de grupos de presión política (lobbies); promover la legitimación democrática entre la política y las instituciones internacionales; redoblar los esfuerzos de lucha por una mayor equidad económica y redistribución de la riqueza; y empezar a experimentar con políticas como la renta básica universal o un acceso universal a la salud. Mejor dicho, que seamos más osados a nivel de reformas económicas y sociales.

En cuanto al problema con la identidad disociada en las sociedades neoliberales, combatir los pastiches del conservatismo postmoderno requiere de reconciliar una democracia igualitaria con el internacionalismo, y dejar de lado la retórica más agonista propia de algunos discursos en las políticas de identidad, optando por un enfoque más deliberativo y democrático. No sólo para superar el discurso de estos nuevos conservadores, sino para ofrecer una alternativa más optimista donde cada individuo tenga el reconocimiento necesario por su contribución a los procesos democráticos de la sociedad.

Aquí debo mencionar que McManus ha ampliado en otros trabajos acerca de alternativas al crecimiento de la nueva derecha y la aparente inexorabilidad del neoliberalismo. En concreto es un proponente de rescatar el socialismo liberal, una filosofía política que integra principios liberales como la libertad individual y los derechos civiles dentro de un marco socialista, buscando la equidad social a través de reformas progresivas dentro de la democracia liberal, como una planificación estatal descentralizada y la autogestión obrera, mientras mantiene una economía mixta de propiedad privada y socialización de los medios de producción. Aunque combinar liberalismo y socialismo suena oximorónico, McManus hace un buen trabajo en su reciente libro de 2025 The Political Theory of Liberal Socialism (La teoría política del socialismo liberal) demostrando que se trata de una tradición con raíces en el pensamiento de Thomas Paine y Mary Wollstonecraft, y cuyas ideas base son concretadas en la obra del propio John Stuart Mill.

Izquierda: The Political Theory of Liberal Socialism. Derecha: el recientemente publicado What Is Liberal Socialism?

En lo personal, no soy muy admirador de una propuesta política reformista que se enfrenta al neoliberalismo, pero parece esquivar un análisis más crítico del modelo capitalista general. No obstante, tampoco pretendo desdeñar el trabajo de McManus. Mientras sigamos atrapados dentro de las sociedades neoliberales, y en la búsqueda de horizontes más allá del capitalismo e incluso la democracia representativa liberal, promover reformas más radicales de corte socialista para enfrentar los problemas de desigualdad y el acceso a servicios básicos y derechos mínimos se vuelve una necesidad urgente para combatir el desamparo y la disociación que tanto abundan en nuestras sociedades contemporáneas.

Conclusiones

The Rise of Post-Modern Conservatism ofrece un análisis muy interesante, no sólo acerca de las características y éxito de buena parte de las nuevas derechas, sino también del contexto sociocultural e histórico que les ha dado luz. Reconocer el papel del pensamiento postmoderno en la política y la sociedad, más allá de sesgos y malas caracterizaciones, permite reconocer los problemas que necesitamos afrontar para ofrecer una mejor alternativa de organización.

Es cierto que, a la hora de analizar el contexto político latinoamericano, el modelo de McManus presenta más dificultades para caracterizar las manifestaciones de la ultraderecha conservadora en la actualidad, dado que está basado principalmente en las experiencias políticas anglosajonas y europeas. No obstante, eso puede ser perfectamente atribuible al hecho de que, al ser publicado en 2019, no contaba con ejemplos en la región para ampliar el alcance de su propuesta. Es posible que, de tener una nueva edición o una secuela, McManus pueda templar mejor su teoría con casos como los de Bukele, Milei y Abelardo.

Puede que algunos se pregunten qué análisis del fenómeno de las nuevas derechas sería mejor: el postfascismo de Traverso, el conservadurismo radicalizado de Strobl, o el presentado aquí. La verdad no es algo en lo que esté interesado. Me parece que los tres coinciden, a pesar de todo, en el rechazo de las nuevas derechas a varios aspectos de la democracia liberal y un interés por restaurar identidades y jerarquías tradicionales que se asocian a la prosperidad y estabilidad. Cada una puede ayudar a complementar detalles o carencias de la otra, de modo que acudir a ellas periódicamente es importante para saber reconocer las estrategias de la ola reaccionaria de hoy.

Sobre todo, me parece importante que estos análisis estén a disposición de una mayor cantidad de lectores en la izquierda. Para la izquierda democrática, les sirve entender cómo operan las nuevas derechas gracias a las tecnologías digitales, para saber confrontar su discurso en campaña y evitar fiascos como la campaña del Pacto Histórico en Colombia. Para quienes tenemos una visión de izquierda más socialista o libertaria, aportan elementos a considerar para revaluar nuestras estrategias políticas y construir mejores propuestas alternativas que aborden los problemas subyacentes en el tejido social y el medio ambiente.

Con todo lo anterior, considero que The Rise of Post-Modern Conservatism necesita ser una lectura obligada para el activismo de izquierda y el progresismo durante estos años tumultuosos. Las nuevas derechas están resonando con las necesidades de cambio de la población, y no podemos contrarrestarlas con propuestas ajustadas dentro del modelo capitalista. Es vital ofrecerle a la gente no sólo una visión económica y social más osada, sino también una sensación de identidad, de que se pertenece a este mundo, y que cada uno hace parte importante de su desarrollo y transformación hacia una realidad más estable y equitativa.

 

¡Hola! Si les gusta mi contenido y quieren apoyarme para que pueda generarlo más seguido, pueden hacer un aporte voluntario en mi cuenta de Ko-fi. Podrán recibir adelantos de los próximos proyectos de este blog. Así mismo, pueden seguirme en mi página de FacebookTwitter y Bluesky.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando “debatir” se convierte en una trampa moral

¿De dónde vino el Dios de Israel?

Berserk 83 y la noción de los dioses