Reflexiones desde un país fracturado
Introducción
Bueno, lamentablemente los resultados de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en el país han hablado: Abelardo de la Espriella es el nuevo presidente de Colombia. Con casi 13 millones de votos, un 49,6% del total de la votación, el supuesto outsider respaldado por clanes políticos, partidos tradicionales y la injerencia internacional de Estados Unidos se pondrá la banda tricolor el próximo 7 de agosto para gobernar nuestros destinos por los próximos cuatro años.
Con una diferencia de
menos de 300 mil votos entre De la Espriella y su contendiente, Iván Cepeda,
hay una mínima posibilidad de que los escrutinios puedan cambiar las cosas,
pero de momento la realidad es la que es. Hay mucho por concluir, reflexionar y
sugerir de estas tres semanas entre vueltas electorales, de modo que no voy a
demorar mucho en la introducción, y pasemos a hablar.
Un memorial de agravios
Digamos las cosas como
son: la izquierda hizo un pésimo trabajo de campaña durante toda esta
contienda. Aferrados a la austeridad en publicidad, a la confianza de estar en
el poder y haberse llevado las elecciones de 2022, descuidaron muchísimo llegar
el trabajo en las calles y las redes sociales. Que Cepeda se negase a
presentarse en debates y entrevistas hasta hace apenas un par de semanas
también dejó la pésima impresión de que ya el Pacto Histórico se sentía
ganador, y no necesitaban convencer al pueblo de votar por ellos. Y no retirar la
propuesta de Asamblea Constituyente desde mucho antes, aun cuando Cepeda estaba
desvinculado de ella, siguió siendo un golpe de opinión para muchas personas
que siguen temiendo al fantasma de la “dictadura castrochavista”.
Las reacciones
inmediatas de Lord Petrosky y el mismo Cepeda tras los resultados de la primera
vuelta, y su lentitud para buscar a los sectores indecisos, tampoco fueron de
gran ayuda. Desde el inicio se mostraron reticentes con el preconteo,
alimentando la impresión de que estaba llamando fraudulentas las elecciones, y
aunque hubo denuncias de compra de votos y coerción dentro de empresas y en
algunas regiones, con una diferencia de casi 3% de los votos el alegato era muy
arriesgado. Por su parte, Cepeda perdió prácticamente toda la primera semana
sin hacer ningún movimiento estratégico. En las siguientes participó más en
entrevistas dentro de los medios que lo habían rechazado, buscó alianzas, hubo
un mayor movimiento de la campaña en el campo digital, y sin duda logró
remontar muchísimo en poco tiempo, pero al final no fue suficiente.
Por otro lado, tanto los medios tradicionales como grandes clanes políticos y varios poderes económicos han estado en contra de la campaña de la izquierda desde el inicio. Portales como El Colombiano o ese hebdomadario que algunos siguen llamando Revista Semana no dejaron de atacar tanto al candidato como al partido, y algunos como El Heraldo manifestaron de lleno respaldar a De la Espriella. Y aunque yo mismo he reconocido que el gobierno Petro estuvo lejos de ser el desastre que le adjudican sus opositores, no deja de ser cierto que también tuvo muchas falencias a nivel de salud, escándalos de corrupción y nombramientos irregulares y, especialmente, seguridad, que fueron explotadas por sus críticos e insuficientemente reconocidas y abordadas por Cepeda en sus declaraciones.
Aunque Cepeda hizo su
acercamiento al centro, en especial a Claudia López, eso ocurrió bastante
tarde, en un momento en que la base electoral de esa posición sin duda ya tenía
decidido su voto desde hacía días. Como
expliqué antes de la primera vuelta, el centro político es
más una posición pragmática dentro del espectro político que una ideología
propia, de modo que su electorado no es fácilmente endosable. El perfil de
López se inclina hacia una centroizquierda, mientras que el de Sergio Fajardo
(quien, como era de esperarse, evitó mojarse de nuevo y no apoyó a nadie) vira
más hacia una centroderecha, así que los votos de ese centro se iban a
disgregar hacia los dos candidatos, el voto en blanco o la abstención.
Hablando de esto último, no tengo motivos para expresar rechazo por el voto en blanco: entiendo perfectamente las razones para ello desde un punto de vista ético. Ahora, desde un punto de vista práctico es completamente inútil en segunda vuelta, pues independiente de él, alguien va a quedar de presidente, y no estás votando solamente para ti: estás tomando una posición con respecto a quien debe gobernar para casi 54 millones de colombianos. Desafortunadamente, nuestra sociedad es demasiado individualista, y nuestra visión política individual o peor aún, nuestro descontento y ego, a menudo prima más que una visión colectiva del bienestar cuando se deposita ese voto en blanco.
Hubo mucha gente en la
izquierda que fue altanera y estúpida en redes sociales a la hora de buscar el
voto entre el centro, y eso no se puede negar. Agredieron y espantaron a
personas que apoyaron la campaña de Petro en 2022, aunque fuese sólo para
atajar el ascenso de Rodolfo Hernández. Pero es de aplaudir que hubo
personajes, como Angélica Lozano y Jennifer Pedraza, que optaron por apoyar el
proyecto de izquierda en las urnas a pesar de ser críticos de varios aspectos
del gobierno, así como criticadas por la izquierda, porque supieron comprender
el riesgo de un gobierno de Abelardo, y lo que eso implicaría para el país en
general. Esto de hecho les valió críticas por parte de varios puristas del voto
en blanco en redes, lo que, de nuevo, deja la impresión de que, para una
porción no desdeñable de estos, era más importante su delirio de pureza
ideológica que los destinos de la población en general.
Por los que no tengo
ningún respeto en general es por la gente del “voto castigo” o “voto
vergonzante”, esos que creen que el que va a salir más perjudicado de la
contienda electoral es el presidente que va dejando el cargo, y no el ciudadano
de a pie que tiene que lidiar con un teriano ultraderechista de papel. Peor es
cuando se presentan en plan “no es un voto por De la Espriella, es un voto en
contra de Petro”. No: con o sin convicción, es un voto por De la Espriella;
no lo adornes con retórica. Desconozco tus motivos, pero al menos ten el valor
de reconocer que estás respaldando un proyecto reaccionario como hace la
derecha convencida, y no nos hables de un “voto vergonzante”, porque si
tuvieses vergüenza en serio de votar por el sujeto que habló de destripar a la
izquierda, irías con el voto en blanco o ya de plano te quedabas en casa a ver
el Mundial.
¿Nos tocará pelaje o garra?
Tal como se esperaba,
la campaña de la ultraderecha fue repugnante y llena de ataques tanto a Cepeda
como a su fórmula vicepresidencial, Aida Quilcué, en particular acerca de la
salud del primero (Cepeda es sobreviviente de cáncer) y la falta de educación
superior de la segunda. Eso aderezado con los típicos cocos de campaña: que
Cepeda va a instalar el castrochavismo, que después de cuatro años no iba a
soltar el poder, que iba a cambiarle el sexo a los niños -algo alimentado por ese
documental basura de Colombia: fábrica de niños trans-.
Y definitivamente no hubo trabajo suficiente desde la campaña de Cepeda para
confrontar estos ataques.
Y si se tenían dudas
acerca del carácter autoritario de Abelardo, la pasada semana dio ejemplos de
sobra para temer lo que se viene con un gobierno suyo. Empezó con la captura en
Florida del activista colombiano Beto Coral por hacer críticas contra De la
Espriella, en
un movimiento ordenado desde la oficina de Marco Rubio,
Secretario de Estado de Trump; se reportó que Coral ha sido torturado para
hacerle firmar una autodeportación, y se desconoce su paradero desde hace días.
Luego, una cuenta asociada a la campaña del gato mueco compartió información
sensible de viaje de Daniel Coronell, periodista e investigador muy crítico
contra el ahora presidente, y el abogado Germán Calderón España, afín a
Abelardo, acusó a Revista Cambio (refundada por Coronell) de ser
“éticamente responsable” del homicidio del precandidato Miguel Uribe Turbay. Y
encima, apenas el sábado De la Espriella emitió
un comunicado donde advertía al Congreso colombiano
de “decidir si acompañan al pueblo colombiano o le dan la espalda a la
Patria”.
Puede que en la izquierda seamos a menudo demasiado laxos con el adjetivo fascista, pero las actitudes de Abelardo en esta semana sin haberse puesto todavía la banda presidencial, y sin tan quisiera haber conocido el resultado de las elecciones, no son exactamente un abrebocas que tranquilice. Tal como señaló la periodista Ana Bejarano en Cambio, aunque no todo sea fascismo, las acciones recientes de De la Espriella definitivamente lo son.
El discurso de Abelardo
tras conocerse los resultados del preconteo fue
un tanto ambivalente. Aunque, como se comentó en redes,
llegó “con pollito asado”, asegurando que va a gobernar para todos los
colombianos en un tono menos altanero que en las declaraciones que solemos
verle, también advirtió a Petro y Cepeda que se preparen para hacer la
oposición sin llamamientos populares ni movilización social. “No habrá tercera
vuelta”, afirmó, desconociendo por supuesto que las marchas y protestas son un
derecho del ciudadano, y un movimiento que sobrepasa a líderes y caudillos de
la izquierda.
Por supuesto, eso fue
suficiente para que los típicos periodistas mediocres lo tildaran de
“conciliador”, dando a entender que ese trabajo crítico que han llevado durante
estos cuatro años de Petro probablemente entre en pausa ahora que tienen de
nuevo a la derecha en Presidencia. Una derecha que, por cierto, ha tenido una
relación con la prensa muchísimo más antagónica que la de Petro. Pero al
complaciente nada lo espanta.
El escenario que viene
con De la Espriella es bastante peligroso. No sólo por su intención de reducir
el papel del Estado y sus propuestas de reactivar la extracción y ensayar fracking,
ignorando todos los consensos científicos alrededor de sus riesgos, en una
movida nada ecológica, sino también porque es claro que ha construido el
disenso como rebeldía, y ha declarado antes que no le importa pasar por encima
de derechos ni de minorías históricamente oprimidas. Su relación con Estados
Unidos también abre las puertas a un nivel potencial de injerencia que no se
temía desde tiempos de Uribe.
Y seamos honestos: su perfil de empresario exitoso es una tontería si consideramos que la mayoría de sus empresas están quebradas o en números rojos. Su conocimiento del derecho ha sido puesto en entredicho más de una vez, y su experiencia como funcionario público es nula. En las entrevistas de semanas recientes también quedó evidente su profunda ignorancia en temas de gobierno, por lo cual tuvo que asistir a varias de ellas con su acudiente y fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo, para que lo asistiera cuando -muy a menudo- se quedaba sin respuesta. Y para los que dicen que votaron “por Restrepo”, les recuerdo que DJ Spit es sólo un vicepresidente: el retaco que titubeó tanto en las entrevistas es quien deberá gobernarnos los próximos cuatro años.
Para colmo, su
autoproclamada defensa de las instituciones y la democracia queda bastante
endeble cuando consideramos que varias de sus propuestas más radicales
requieren sí o sí trabajo directo sobre la Constitución. De acuerdo a lo explicado por el jurista
Rodrigo Uprimny en
El Espectador, las propuestas estrella de
Abelardo como sacar a Colombia del Sistema Interamericano de Derechos Humanos,
de la ONU y la OEA, dolarizar la economía (algo que lo que luego tuvo que
retractarse) y acabar con la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) son
profundamente anticonstitucionales. Para cumplirlas no bastarían reformas
constitucionales, sino abrir una Constituyente, algo cuyo rechazo fue parte de
la campaña de la derecha. Otras, como la dichosa reducción del Estado y las
“megacárceles” implicarían graves violaciones de derechos humanos y
constitucionales.
Y no estamos teniendo
en cuenta que Abelardo puede hacer otras jugadas para desequilibrar las ramas
del poder. Ya ha manifestado que tiene
un paquete de 90 decretos listos para su primer día en
la presidencia. Aunque es posible que la Corte Constitucional pueda invalidarle
varios, De la Espriella no está por encima de intentar remover magistrados y
nombrar figuras que le den más vía libre para sus ambiciones. Son tácticas que
ya se han visto de parte de Trump en EE.UU., Viktor Orbán en Hungría y Nayib
Bukele en el Salvador. Y si bien su partido, Salvación Nacional, sólo tiene
unos pocos escaños en el Senado y la Cámara, De la Espriella cuenta con el
respaldo seguro del Centro Democrático, Cambio Radical y la U, y todavía puede
mover potencialmente a su lado al Partido Conservador y a la Kola Granulada de
César Gaviria, de modo que pueda obrar con mayoría absoluta.
Por otro lado, más allá
de la altanería y los escenarios semiapocalípticos, lo cierto es que De la
Espriella tiene que ir con cuidado, lo quiera o no, porque su victoria fue muy
estrecha. Casi la mitad de los votantes del país lo rechaza, y algunos de sus
votantes ni siquiera lo apoyaron por convicción, sino por desprecio a Petro.
Antagonizar directamente a la mitad del país y creer que tiene todo el respaldo
de esos casi trece millones de votos es jugar con la espada de Damocles, así
que se puede mantener presión sobre él desde los ciudadanos de a pie.
Sacudiendo las bases
Tal como dije al
principio, desde la izquierda hubo muchísimos errores en la campaña de Cepeda.
Aun con todo, logró sumar más de tres millones de votos en estas pocas semanas,
y aunque es cierto que buena parte de ellos es el típico movimiento de gente
que espera a segunda vuelta para votar, también es verdad que hubo tanto
traspaso del centro como personas que fueron alcanzadas por el movimiento que
se dio desde la gente del común, por fuera de la propia campaña. Hay por tanto
mucho que reflexionar y trabajar para los próximos años, pero también para
celebrar.
En principio, seamos
realistas con el escrutinio. Si bien en estos procesos suelen recuperarse miles
de votos, en primera vuelta la diferencia fue muy pequeña (unos 9 mil votos),
así que no depositen esperanzas muy pequeñas en una posibilidad tan incierta. Hay
que reconocer que, sea por convicción política, por desprecio a la izquierda, por
decepción con el gobierno Petro, o por aspiraciones a pertenecer a la clase
política y económica que los excluye, millones de colombianos votaron por el
candidato de ultraderecha, y es altamente improbable que el escrutinio o las
denuncias de fraude cambien eso. No se monten en esa narrativa de la “victoria
robada”. Su energía y actividad mental se requieren en otros esfuerzos.
Es claro que la ultraderecha no juega en las mismas reglas discursivas y de campaña que la derecha tradicional. Estamos en un momento de transición posturibista, de modo que no podemos confrontar las propuestas de Abelardo como si estuviésemos tratando con Uribe. Son expertos no sólo en mentir y a paladas, sino también en presentar una identidad tradicionalista basada en mitos vacuos que apela a las emociones de personas excluidas que no se sienten representadas por los políticos tradicionales.
Si la izquierda
democrática quiere incrementar su fuerza electoral, necesita saber hablar para
todos los frentes, no sólo para quienes ya los apoyan. Se tiene que construir
un mensaje con el que todo colombiano pueda identificarse, pero basado en
hechos, no en ilusiones de un pasado que no hay, ni comprarle el discurso a la
ultraderecha, o dejar que domine el panorama político. Los demócratas en
Estados Unidos y Keir Starmer en Reino Unido -ninguno de izquierda
precisamente- hicieron eso al inclinarse hacia la derecha e integrar parte de
su discurso político, y los primeros perdieron las elecciones contra Trump en
2024, mientras que el segundo ya tuvo que renunciar recientemente, antes de
cumplir dos años como primer ministro. No puede tampoco descuidar a los
sectores de estratos medios, que suelen estar entre el electorado más volátil y
sin adherencias claras.
La izquierda necesita
también saber reconocer los errores y las limitaciones del cuatrienio de Petro,
y construir soluciones y propuestas a partir de ello. No pueden seguir
descuidando los departamentos donde tiende a dominar la derecha: en ellos
también hay posibilidades de crecimiento de su base electoral, porque siempre
hay personas que no votan por convicción, sino por ver mejores o peores
posibilidades de cambiar su situación. Y por supuesto, que los dichosos
Acuerdos Nacionales no se queden en palabras, o se conviertan en innecesarias
propuestas de una Constituyente que repele a la mayoría en un país donde ya
hemos tenido imbéciles cambiando “articulitos” para hacerse reelegir.
Hace falta también un
candidato que esté más decidido a enfrentarse a escenarios difíciles, como los
debates televisados, y que transmita una imagen de seguridad. Respeto mucho a
Cepeda, pero se le nota bastante que hacer campaña como presidente no es precisamente
lo suyo -de hecho, él se postuló como candidato porque las madres de Soacha se
lo pidieron-, que fue Petro y el Pacto quienes se apropiaron de la campaña
antes que él mismo, y aunque mostró su talante en entrevistas, en las cámaras
es como nervioso. Siempre mostró ser más dinámico y firme en el Congreso, donde
puede extenderse por más tiempo en los debates, algo que no le favorece tanto
en declaraciones públicas para un público que debería ser más general. Sea él u
otra persona el próximo candidato, necesita saber manejar todo el escenario
audiovisual. Suena superficial, y lo es, pero por desgracia eso también es
importante en una campaña electoral.
Para hablar de algo más positivo, fue impresionante ver el movimiento de bases que se dio durante la segunda campaña. Tras los resultados de la primera vuelta, muchas personas por su cuenta y riesgo se echaron en hombros la tarea de llegar al ciudadano. Profesionales científicos haciendo hilos acerca de las propuestas y riesgos ecológicos y económicos de los candidatos, infografías aclarando confusiones o desmintiendo bulos acerca de Cepeda, las k-popers moviendo a su ejército en línea para difundir las propuestas del candidato, personas saliendo a la calle para conversar y convencer a desconocidos o amigos y colegas. Incluso se dieron bastantes colectas a nivel nacional para ayudar económicamente al desplazamiento de comunidades rurales en regiones azotadas por pobreza y conflicto hasta los sitios de votación, lo que fue bastante exitoso.
Definitivamente, la
campaña de Cepeda se merece muchas críticas por haber dejado en la gente de a
pie el papel de presentar las propuestas de su proyecto político de forma
resumida y concreta, y llegar al ciudadano en todos los frentes posibles. Pero
no se puede desconocer que estas acciones reflejan el poder que tienen los
ciudadanos al integrarse de forma colectiva y descentralizada por un bien
común. La izquierda democrática tiene que saber mantener viva esa capacidad de
organización durante los próximos cuatro años, porque es seguro que De la
Espriella y sus aliados de la derecha buscarán todos los medios posibles para
fracturarla. Y la verdad es que actuar como oposición es algo en lo que se ha
sido experto por muchos años, sólo que ahora aderezado con la experiencia nueva
de entender desde dentro cómo funciona el poder ejecutivo.
Creo, también, que
muchos ya sintieron que existen acciones y organización política más allá de ir
a depositar tu voto en las urnas. Tal como expliqué también antes de la primera
vuelta, la cooperación y el apoyo mutuo pueden dan lugar a formas de
organización que no dependen de líderes o caudillos, y el trabajo ciudadano en
segunda vuelta fue un ejemplo de ello. Por más que el gato mueco lance amenazas
veladas a las movilizaciones en las calles, la protesta sigue siendo un
ejercicio legítimo cada vez que el próximo gobierno actúe en contra de los
intereses del ciudadano. Y hay nuevas generaciones de votantes progresistas,
con más experiencia y uso de los medios digitales y -aunque no me guste- la IA
generativa, de modo que se pueden enfrentar con buenas herramientas a la
desinformación y violencia que se ejerce dentro de las redes.
En estos días, he visto una metáfora de las sociedades humanas como un gran micelio, una estructura fúngica de filamentos que se extiende como una vasta red bajo la tierra de varios ecosistemas, que crece conectando nodos sin tener un centro único, porque cada conexión da lugar a una nueva. Y eso me recordó a su vez el concepto de holobionte, una unidad ecológica compuesta por un macroorganismo y toda la diversidad de microorganismos y otros seres vivos que conviven en simbiosis dentro de él. Ambos han sido apropiados como metáforas dentro de recientes perspectivas anarquistas, que ven al holobionte como una crítica a las estructuras jerárquicas y el aislamiento individualista dentro de nuestras sociedades.
Tal como la red de
micelios va creciendo entre más individuos conecta, y dentro del holobionte hay
interacción e interdependencia entre sus diferentes componentes, nuestras
sociedades requieren de la cooperación horizontal entre todos nuestros miembros
para alcanzar un bienestar colectivo. Y esa es la idea con la que quiero
dejarlos, más allá de presidentes y elecciones. Ya hemos probado que existe
todo un potencial de convocatoria y organización desde las bases ciudadanas. La
pregunta es: ¿seremos capaces de rendir tal potencial hacia mayores
aspiraciones?
Conclusiones
Nunca me ha interesado
que nos vaya mal con un gobierno, porque esos fracasos los sentimos todos como
población, pero es la primera vez que realmente deseo que a alguien como
Abelardo le vaya mal. Que al menos se estrelle lo suficiente como para que no
pueda cumplir su visión de “destripar la izquierda” -literal o metafóricamente-
y de acabar con el empleo de miles de funcionarios públicos. Que su idea de fracking
a lo que da y de ampliar las áreas de ganadería sea frenada. Que su visión
agresiva contra los derechos de las personas LGBTIQ+ se choque con un muro
institucional fuerte. Que su coleguita Trump acabe perdiendo el resto de su
influencia y autoridad. Y que otros millones de colombianos reaccionen en
contra de semejante adefesio cada vez que proponga una imbecilidad.
Mientras tanto, como
dije, mantener las alianzas y la cooperación que se construyó durante estas
semanas es fundamental. No sólo para los próximos procesos electorales, sino
también para empezar a construir en conjunto una visión de nación que no esté
limitada por los márgenes y temores de que cada cuatrienio se destruya lo poco
construido. Debemos aprender a buscar un horizonte más profundo, más allá del partidismo y la electoralidad. El ciudadano tiene poder más allá del voto, y sobre todo más allá de esperar que sean sus representantes quienes rijan sus destinos. Y ya hace tiempo que
hemos debido interiorizarlo.




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