Bienvenidos al Zoológico Electoral (II): visitando las jaulas

 

¿Ha llegado el post-uribismo?

En la entrada anterior, hablé un poco acerca de la experiencia del gobierno de Gustavo Petro en Colombia y las circunstancias preelectorales y electorales legislativas antes de aterrizar en la primera vuelta de las presidenciales. En parte por resarcir mi silencio sobre el ambiente político del país, en parte porque entender el panorama en estas elecciones requiere que se comprenda bien cómo ha surgido el actual escenario de candidatos.

Explicaba que el gobierno de Petro ha sido una sucesión de luces y sombras, que no obstante ha entusiasmado a millones de colombianos de sectores históricamente excluidos por gobiernos anteriores. Por su parte, la oposición, encarnada sobre todo por el Centro Democrático y políticos afines al uribismo, ha mantenido cierta fuerza, y se perfilaba como la principal corriente política en enfrentarse a las elecciones con los sucesores del proyecto progresista del Pacto Histórico, dado el apoyo de la clase económica y el desgaste del centro político.

Sin embargo, el país no ha sido ajeno al crecimiento de movimientos internacionales, en particular el surgimiento de las ultraderechas y el postfascismo. Figuras más radicales del uribismo, en particular la senadora María Fernanda Cabal, empezaron a acercarse a figuras internacionales postfascistas como Donald Trump, Viktor Orbán de Hungría -recientemente derrotado en elecciones tras 16 años en el poder-, y Santiago Abascal y el partido Vox en España. Otros empezaron a recoger banderas de figuras radicales regionales como Nayib Bukele en el Salvador y Javier Milei en Argentina, en particular el populismo punitivo del primero y la reducción agresiva del gasto público y desregulaciones al sector privado y extractivismo del segundo.

La propia Vicky Dávila, en su malograda candidatura como “independiente”, trató de modelar su discurso en el estilo incendiario de Milei. Incluso integró a su equipo de campaña personajes de corte libertariano, como el chileno Axel Kaiser, asesor del despelucado argentino, y el colombiano Daniel Raisbeck, fundador del Movimiento “Libertario” de Colombia. La derecha colombiana empezó a ver que había un horizonte político más allá de Álvaro Uribe Vélez.

Esto terminó de consolidarse con dos eventos importantes: la irrupción de Abelardo de la Espriella como candidato presidencial y, recientemente, la renuncia de Cabal al Centro Democrático y su anuncio de conformar a futuro un movimiento político propio. El primero busca atraer a los sectores derechistas más radicales del país, aquellos con los que el uribismo coqueteaba, pero poco se atrevió a recibir directamente, con un perfil de campaña cercano al de las figuras ultraderechistas latinoamericanas. La segunda, distanciada de su mentor por el proceso interno del partido que eligió como candidata a Paloma Valencia, dice sentirse inspirada por los cambios en la política internacional que han ocurrido con las presidencias de Trump, y espera liderar una “reconquista” de la derecha que enfrente con mayor contundencia el fortalecimiento de la izquierda democrática en el país. Incluso ha acusado a Uribe de no ser derechista sino un socialdemócrata, algo que creo que haría reír hasta a Tercera Fuerza.

El legado de Uribe ya no es el único tema importante en las elecciones, y el desgaste de su propia figura debido a los procesos judiciales en su contra lo han convertido en un capital político menos atractivo que en otros años. En estos momentos, ni siquiera es la única opción derechista conservadora fuerte en el escenario colombiano. Es así que, como han propuesto algunos analistas políticos, la actual campaña electoral se enmarca dentro de un nuevo proceso histórico: el post-uribismo.

Ilustración de Stella Maris.

Curiosamente, este término ya era acariciado por la fracción trotskista de la Cuarta Internacional en el lejano 2010, cuando se le negó a Uribe la posibilidad de lanzarse para un tercer mandato, pero igual logró mantener el poder por un tiempo al hacer elegir como presidente a Juan Manuel Santos (muy optimistas los trotskistas en aquel entonces). El post-uribismo del que hablamos recién inició en 2022 con el triunfo de Petro como superación del uribismo tradicional, y se ha terminado de concretar con la ruptura del propio movimiento uribista. Según Alejandro Chala, politólogo de la Universidad Nacional, se trata de adaptar las tesis centrales del uribismo -seguridad democrática, confianza inversionista y Estado de opinión- a los discursos que han generado las nuevas derechas alrededor del mundo, tales como la “batalla cultural”, las luchas identitarias y el punitivismo. De esta forma, la derecha post-uribista logra mantener su espacio como recipiente de las expresiones de derecha conservadora en el escenario político colombiano.

Como proceso histórico, el post-uribismo no se limita a la derecha conservadora. Los otros actores políticos, incluso aquellos al margen de la ley, son conscientes de que las nuevas derechas han aterrizado en el escenario político colombiano. Por lo tanto, deben adaptar sus proyectos políticos para sobrevivir en un nuevo ecosistema donde el uribismo ya no es el único zoon politikon que compite directamente con ellos.

Así, la izquierda democrática post-uribista busca enfocarse en mantener su proyecto político, ampliar los logros alcanzados y consolidar nuevos que le permitan una transformación política y ética, incluso si se requiere para ello una reforma constitucional o una Asamblea Constituyente. Por su parte, la derecha conservadora post-uribista ya ha logrado crear un nicho para las vertientes más radicales en la escena democrática, aquellas que no requieren apoyarse en el movimiento político que dominó la conversación desde 2002. Incluso el centro prefiere concentrarse en propuestas tecnocráticas que mantengan el modelo económico imperante y la institucionalidad.

Eso fue lo que nunca entendió Vicky Dávila. La pseudoperiodista creyó que bastaba con ser crítica de Petro para construir un movimiento político, y se lanzó a hacer campaña demasiado temprano sin tener un programa político concreto. Cuando por fin empezó a organizarse para ofrecer uno, apareció otro supuesto outsider igual de estrambótico, pero con propuestas trilladas, aunque concretas (lucha contra la corrupción, combatir las insurgencias, proteger la Constitución y los valores tradicionales), y al mismo tiempo el uribismo decidió por fin que Valencia sería su candidata, con lo que Vicky perdió el guiño del uribismo y el nicho del post-uribismo. Su intención de voto se derrumbó en semanas.

La transición post-uribista no significa que las consignas de ser uribista o antiuribista, o ser petrista o antipetrista, dejen de utilizarse durante las elecciones. Todavía en las elecciones legislativas de este año vimos pancartas de “vote por Uribe y el de Uribe”, Paloma Valencia declaró públicamente en un mitin “¡Uribe es mi papá!”, y hasta en el electorado de izquierda se hizo popular el “sólo Petro en esta mondá”. El caudillismo sigue siendo fuerte entre la población. Pero las fuerzas políticas en este nuevo panorama no pueden construirse exclusivamente con base en antagonismos; necesitan ofrecer un proyecto concreto, o al menos la apariencia de uno.

Los principales candidatos

La llamada fiesta de la democracia ha dispuesto sillas para varios invitados este año. Doce candidaturas (originalmente catorce) pasaron al tarjetón de las elecciones presidenciales; una oferta bastante grande, y eso que ni nos acercamos a las 36 candidaturas en la primera vuelta de las presidenciales en Perú. Tenemos de todo: continuistas del proyecto progresista, uribistas, radicales de derecha, otras izquierdas, y por supuesto el centro. Políticos con amplia trayectoria, empresarios que se creen políticos, supuestos outsiders, padres en duelo… Todo lo que al menos pueda ser partícipe de los procesos de la democracia representativa.

Algo que ha destacado durante el recorrido hasta la primera vuelta es que ha habido pocos debates grandes entre los distintos candidatos. No es que hayan faltado entrevistas, conversatorios donde han estado algunos presentes, y encuentros similares. Pero no se ha organizado hasta ahora un escenario importante de debate, sobre todo entre los candidatos con mejor respaldo del público. Y en un país que, a pesar de la popularidad de las redes sociales, sigue confiando con fuerza en lo que presenta la televisión, y muchas personas sólo se informan a través de ella, conocer las principales propuestas de los candidatos se puede hacer un tanto difícil.

Por supuesto, la realidad es que sólo unos pocos de los candidatos presidenciales son respaldados por una intención de voto notable en las encuestas. Por ello, no me voy a dedicar a hacer un perfil de cada uno de ellos, sino que me centraré en los cinco primeros en encuestas, quienes en todo caso ofrecen un panorama más o menos amplio del espectro político. También haré algunas menciones particulares a candidatos que definitivamente no despegaron, y a una fórmula vicepresidencial prometedora para algunos que acabó siendo una enorme decepción.

-Iván Cepeda: candidato por el Pacto Histórico, la coalición de los principales partidos de izquierda en Colombia, y el puntero en las encuestas (37,2% en el reciente sondeo del CNC para Revista Cambio). Militante de izquierda desde su juventud y activista por los derechos humanos, fue uno de los promotores de la famosa marcha del 6 de marzo de 2008 en homenaje a las víctimas del paramilitarismo y el Estado, y ha hecho parte del Congreso desde 2010. Fue también gestor de paz durante los diálogos con las extintas FARC. Es uno de los críticos más duros de Álvaro Uribe y su legado político, y aunque el expresidente ha intentado librarse de él con debates y denuncias -una de las cuales terminó convirtiéndose en un proceso en su contra-, Cepeda ha sido un oponente temerario. Su fórmula vicepresidencial es Aida Quilcué, una lideresa indígena del pueblo nasa que ha sido defensora de los derechos humanos, fue consejera de Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), una figura importante de la minga indígena de 2008, y senadora de la República desde 2022.

A Cepeda se le ha criticado por aburrido, ser poco carismático, llevar una campaña más bien tenue que parece más dirigida por Lord Petrosky, y en general no mostrar el dinamismo de otros candidatos. Es cierto que es un personaje sobrio, quizás demasiado para una campaña presidencial, pero también ha demostrado ser un orador muy hábil, y en los debates que ha tenido recientemente con Paloma Valencia en el Senado ha puesto a prueba de nuevo su talante y su capacidad argumentativa. También es bastante cuidadoso con sus palabras en mítines políticos y en redes sociales, una ventaja que tiene sobre el imprudente presidente.

Cepeda presentó un programa de gobierno bastante amplio, pero que es más bien una recopilación de discursos de campaña que reúnen sus principales ideas. Aun así, se pueden extraer de estos y otros documentos de campaña una visión concreta. Los ejes de su proyecto político, más allá de continuar el trabajo de Petro, son: una transformación económica y social con un modelo productivo sostenible que combine industrialización y fortalecimiento del agro y el campo; incrementar la contribución tributaria de los grandes capitales; una transformación integral de los territorios azotados con el conflicto armado, sin dejar de lado propuestas de negociación con grupos armados; educación accesible para todos los jóvenes; una reforma estructural del Estado y las instituciones para eliminar la corrupción; promoción de políticas de protección ambiental y transición energética, combatiendo la minería ilegal; respaldar la autonomía de las comunidades indígenas y negras; y un enfoque de género que combata la violencia y las brechas estructurales para la población femenina.

Aunque Cepeda tiene un perfil casi intachable, no está exento de críticas, tanto por fuera como por dentro de la izquierda. Sus opositores han intentado constantemente vincularlo con la guerrilla como un supuesto miembro o aliado de las FARC, aunque tales acusaciones nunca han podido demostrarse realmente. También debe lidiar con las críticas a las crisis del gobierno Petro, como la crisis de salud o el desgaste de la Paz Total. Por otro lado, desde la izquierda se le ha cuestionado por no desmarcarse de los escándalos de figuras petristas denunciadas por violencia de género, como Hollman Morris, y mantener abierta la posibilidad de convocar una Asamblea Constituyente en un momento político demasiado radicalizado, lo que además es otra munición de críticas para sus opositores -a pesar de que ellos mismos también han acariciado en el pasado la idea de una Constituyente-.

Cepeda mantiene una relación tensa con los medios de comunicación, y ha declarado que sólo participará en debates con condiciones adecuadas con Valencia y De la Espriella -con Fajardo y López, afirmó que lo debe existir es un diálogo-, que no deriven en un sainete político de insultos y descalificaciones. Es cierto que, considerando el carácter de sus principales oponentes y su tendencia al insulto fácil, el sesgo político de los principales medios de comunicación, y lo ridículos que suelen ponerse los debates en sí con las propias contrapreguntas de los periodistas, es comprensible que Cepeda se mantenga reacio a participar. Por otro lado, es necesario que se enfrente a debates que lo reten, no sólo porque es una forma de calcular su entereza y habilidad de confrontar espacios que no siempre le sean favorables, sino también porque es su deber como candidato político comunicar sus ideas al pueblo más allá de mítines políticos.

-Abelardo de la Espriella: candidato independiente del movimiento Defensores de la Patria, y respaldado por el partido Movimiento de Salvación Nacional, con un 20,4% de intención de voto. Es abogado de profesión y empresario, célebre por ser defensor de David Murcia Guzmán, jefe del esquema piramidal fraudulento de DMG, del exmagistrado Jorge Pretelt y de miembros de grupos paramilitares. Ha creado un conjunto de empresas con ropa de lujo y licores (en su campaña también venden tenis y relojes carísimos), una fundación que ofrece becas universitarias a personas de escasos recursos, y hasta tiene una faceta artística, con dos álbumes de tenor cuya calidad desconozco. Su fórmula vicepresidencial es José Manuel Restrepo, ex ministro de las carteras de Comercio y Hacienda durante el (sub)gobierno de Iván Duque.

De la Espriella ha sido una figura cuestionable desde sus inicios, y su irrupción en la política no ha hecho más que mostrar su carácter tosco, playonero (sí, dije playonero) y combativo. Lleva años manifestando críticas al gobierno de Petro y a la izquierda en general, y exaltando a figuras como Trump, Milei y Bukele, de modo que, aunque fue un tanto sorprendente que se lanzara a candidato presidencial, no lo fue tanto que estilara su campaña y discurso de acuerdo con influencias políticas de tales personajes. A pesar de presentarse como un outsider que rechaza las maquinarias tradicionales, además de contar con el respaldo de Enrique Gómez, líder de Salvación Nacional y miembro de una familia política tradicional, también ha recibido el espaldarazo de varios líderes de las iglesias evangélicas en el país. También había conseguido el respaldo de la familia Char en Barranquilla, pero parece que hay algún conflicto con la formalización, y se rumora que es porque Abelardo prefiere que el apoyo venga sin adhesión formal.

En contraposición a la visión de Petro y Cepeda de gobernar para los “nadies”, “El Tigre”, como lo llaman sus seguidores, afirma que su campaña se centra en los “nuncas”: los que nunca se han robado un peso, nunca han hecho politiquería ni traicionado al pueblo. Su reconstrucción de la “Patria Milagro” se centra en 13 propuestas principales, que se enfocan en combatir la delincuencia y los grupos insurgentes con mano dura, reducir el tamaño del Estado y la carga tributaria, proteger el sector privado, recuperar la minería y extracción de hidrocarburos, reformar la educación con un enfoque productivo, y algunas propuestas sociales y culturales como bonos de maternidad y fortalecer la industria audiovisual nacional. Es el único candidato que tiene un eje político de bienestar animal entre sus propuestas, aun cuando irónicamente confesó alguna vez que de niño torturaba gatos.

Abelardo es probablemente el candidato con más escándalos en su contra. Como mencionaba en su perfil de abogado, ha sido defensor de paramilitares, estafadores como Murcia, así como de políticos acusados de corrupción como Pretelt. El propio Murcia lo denunció recientemente por haberle robado cinco mil millones de pesos durante su labor como defensor, y es secreto a voces que también estafó a varios de sus clientes paramilitares. Por otro lado, su supuesto éxito empresarial es bastante debatible, pues cinco de sus siete empresas cerraron el año pasado con pérdidas y tiene más de 3000 millones de pesos en patrimonio negativo. A pesar de su manifestado desdén por la izquierda, tuvo vínculos con Alex Saab, testaferro del ex dictador Nicolás Maduro, e incluso trató de ser su abogado defensor. Ya vimos también su cercanía con personajes que son más los “siempre” que los “nunca”, como el clan Char y los líderes evangélicos, y en su visita por Santa Marta apareció junto a Enrique Vives, miembro del clan político samario Vives, que mató a seis personas en un accidente de tránsito en 2021 mientras manejaba borracho, y actualmente se encuentra en casa por cárcel con una sentencia ridícula de siete años.

El estilo chabacano de Abelardo y sus posiciones ultraderechistas también han generado críticas e incertidumbre sobre un gobierno suyo. Fue muy vilipendiada su afirmación de que busca “destripar” a la izquierda en Colombia, una frase agresiva y muy peligrosa en un país con una larga historia de conflictos políticos. Ha manifestado su intención de acabar con la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que procesa a ex guerrilleros y militares acusados por crímenes de lesa humanidad; se opone a derechos como el aborto, la eutanasia y la adopción homoparental; es promotor del pánico moral de la “ideología de género; y es un abierto antifeminista. Su escasa habilidad de debate le ha hecho protagonizar episodios vergonzosos con la prensa y en debates abiertos donde ha perdido el control, y ha amenazado y denunciado a periodistas y medios que lo critican, con lo que un eventual gobierno suyo daría lugar a amenazas serias a la libertad de prensa y de expresión. Para colmo, el CNE estudia en estos días una solicitud de revocatoria de su candidatura por irregularidades en las firmas presentadas, de las cuales más de 3 millones fueron anuladas, aunque no es probable que prospere, o lo haga a tiempo para impedirle participar en la contienda.

-Paloma Valencia: la candidata del Centro Democrático, respaldada por los partidos tradicionales (Conservador y Tarrito Rojo) y por las alianzas que participaron en la Gran Consulta por Colombia, cuenta ahora mismo con un 15,6% de intención de voto. Ha sido fiel partidaria de las tesis de Álvaro Uribe desde sus inicios, y es senadora de la República desde 2014. Es también nieta del expresidente Guillermo León Valencia, del Frente Nacional, por lo que cuenta con el patrimonio político de la poderosa familia Valencia en el Valle del Cauca, pero su formación y crecimiento ha sido sobre todo con el Centro Democrático y, hasta hace unas semanas, parecía la opción más fuerte a ser la primera presidenta de Colombia. Su fórmula vicepresidencial es Juan Daniel Oviedo, ex director general del DANE, ex candidato a la Alcaldía Mayor de Bogotá y concejal de dicha ciudad.

Aunque ha destacado con menos independencia del expresidente Uribe que copartidarios como María Fernanda Cabal, Valencia ha participado en debates de control político a los gobiernos de Juan Manuel Santos y de Petro. Fue una de las caras más visibles durante la campaña del No al plebiscito de 2016, un momento crucial en el escenario político. Es bastante directa en sus declaraciones, y aunque definitivamente ha sido la peor parada en sus recientes debates con Cepeda en el Congreso, no carece de espíritu o verbo para ellos, y sus colegas en el Congreso afirman que es más conciliadora de lo que sugiere su imagen. Para un Uribe que busca desesperadamente retener el capital político de su movimiento con un representante fiel a su doctrina, Valencia fue su opción perfecta.

El proyecto político de Paloma busca, por supuesto, recuperar la aplicación de las tesis del uribismo en el gobierno. Como tal, su plan de gobierno se compone de 111 puntos distribuidos en dos ejes: Orden y Firmeza para Estabilizar, y Corazón para Transformar. El primero se centra en fortalecer las Fuerzas Armadas y la Policía, así como el sistema judicial; inyectar recursos y saldar las deudas de hospitales, clínicas y EPS para ampliar cobertura de salud; fortalecer el sector privado de la energía, restablecer la extracción de combustibles fósiles e iniciar fracking; reducir impuestos y atraer la inversión extranjera; y combatir la corrupción. El segundo se enfoca en programas de estudio y bonos educativos para los jóvenes, con rescate a ICETEX y Colfuturo; cerrar la brecha de género con políticas enfocadas en madres cabeza de hogar y sistemas de cuidado para infantes y adultos mayores; formalización de pequeños empresarios y apoyo crediticio a la informalidad; desarrollo de conectividad vial; restauración de hectáreas y frenar la deforestación; y una reducción de ministerios y entidades para optimizar el Estado.

Paloma logró obtener un respaldo impresionante en la Gran Consulta, más de tres millones de votos, y con el veloz movimiento de sumar a Oviedo, el segundo mejor votado, como su fórmula vicepresidencial, logró escalar pronto en las encuestas hasta un segundo lugar, gracias a presentarse como una opción de derecha en apariencia más moderada que De la Espriella, y al discurso de “construir entre diferencias”. Sin embargo, pronto se le recordaron afirmaciones pasadas menos que moderadas, como su infame propuesta de dividir el Cauca en dos territorios, uno para los indígenas y otro para los mestizos; así como sugerir quitarles acceso a alimentación y agua a los resguardos indígenas que participen en protestas que bloquean vías; o cuando propuso que los egresados universitarios cofinanciaran la educación pública con parte de su salario; o minimizar los crímenes del Estado colombiano, asegurando que no pueden equipararse con los delitos de la guerrilla y los paramilitares.

Para colmo, el impulso que había ganado al sumar a Oviedo en la campaña se perdió pronto por sus salidas en falso que le quitaron pronto su careta de centroderecha, como afirmar en una entrevista que las parejas del mismo sexo no debían adoptar y que la “ideología de género” existe; insistir en eliminar la JEP, en contraste a Oviedo; proponer que el expresidente Uribe fuese ministro de Defensa; y rechazar abiertamente el movimiento feminista y sus reivindicaciones. Sumado eso a su falta de independencia del expresidente y los malos movimientos de su campaña, como intentar lavar esa última declaración con una comitiva de mujeres en rosa (¡performatividad de género al poder!), armar un debate en solitario con inteligencia artificial que anunció como genuino, denunciar una supuesta presión de grupos armados para votar por Cepeda que la propia Defensoría del Pueblo negó, y las peleas con la campaña de su rival en la derecha, De la Espriella, Paloma acabó por descender a un tercer lugar, y es muy probable que no pase a segunda vuelta.

-Sergio Fajardo: candidato del partido Dignidad y Compromiso, el matemático y profesor es el siguiente candidato en las encuestas, aunque cuenta apenas con un 2,7% de intención de voto en la última realizada, muy por debajo del voto en blanco (8,3%) y el indeciso (8,3%). Ex alcalde de Medellín y ex gobernador de Antioquia, Fajardo es el más curtido de los principales candidatos en la contienda electoral, pues esta es su tercera candidatura presidencial seguida, a pesar de que en 2022 dijo que no volvería a buscar la Casa de Nariño, lo mismo que dijo tras perder en 2018. Su fórmula vicepresidencial es Edna Bonilla, una política con una carrera discreta pero continua en diferentes entidades, como la Secretaría Distrital del Hábitat en Bogotá durante la alcaldía de Lucho Garzón, la Dirección de Extensión de la Universidad Nacional, y la Secretaría de Educación del Distrito durante la alcaldía de Claudia López.

Si a Cepeda se le ha criticado por ser un candidato “aburrido”, Fajardo lleva años cargando con el lastre de ser el “dormido”, el sujeto que no despierta ni pasiones ni odios, que no se quiere mojar, y que prefirió irse a ver ballenas en 2018 tras perder la primera vuelta que tratar de frenar el regreso del uribismo en cuerpo ajeno. Ha intentado desligarse de esta imagen en años recientes, como en sus roces con De la Espriella, o con la intención reciente de recolectar firmas para un comité de plebiscito en contra de una Constituyente. Y es que, de hecho, el ex alcalde y ex gobernador ha sido uno de los críticos más constantes de Lord Petrosky desde antes y después de su llegada a la Presidencia, en particular por los fallos de la Paz Total.

Fajardo tiene un plan de gobierno notablemente detallado en comparación con sus competidores punteros, algo de esperarse dado el estilo “técnico” de sus campañas. Sus ejes de propuesta son: un Plan Nacional de Seguridad para recuperar los territorios azotados por el conflicto armado reanudado operativos especiales coordinados y un sistema nacional de seguridad; combatir la corrupción con una entidad enfocada en combatir este problema y sistemas de alertas tempranas de corrupción y protección a los denunciantes, lo que permitiría recuperar 20 billones de pesos anuales para diferentes programas sociales a nivel regional y nacional; articular una reforma a la salud para desarrollar un modelo estable con una reestructuración de la UPC y recuperación y territorialización de las EPS; una infraestructura de corredores logísticos, proyectos fluviales y férreos estratégicos, con recuperación de vías terciarias y conectividad en territorios históricamente olvidados; una serie de programas enfocados en la protección y empleo de la mujer; desarrollar la cultura a través de incremento presupuestal y el sistema de medios públicos de comunicación; y una red institucional de educación que permita coordinar los esfuerzos de acceso para todos los estudiantes.

Fajardo ha tenido que enfrentar controversias que han golpeado fuertemente su imagen con los años. Se le acusó por el cierre de la entonces Biblioteca España, inaugurada como parte de su programa de gobierno en la alcaldía de Medellín, por problemas estructurales, pero en 2024 la Fiscalía archivó la investigación y declaró que Fajardo no tuvo responsabilidad. El desfalco de 4,7 mil millones de pesos en el proyecto hidroeléctrico Hidroituango, que ocurrió durante su mandato como gobernador, lo llevó a ser imputado en 2019 por tener la Gobernación de Antioquia representación en la junta directiva, pero las aseguradoras cubrieron los amparos por las afectaciones provocadas a las poblaciones locales, y los casos contra Fajardo fueron archivados. También ha sido criticado por estar vinculado a Gustavo Villegas, secretario de Gobierno durante su alcaldía que fue condenado por vínculos con la Oficina de Envigado, una estructura criminal de la región. Y en 2022 se le cuestionó duramente por buscar una alianza con el nefasto Rodolfo Hernández durante la segunda vuelta presidencial, aunque el político lo rechazó.

En 2018, cuando yo era más ingenuo y pedante, cercano a la centroizquierda, consideraba que Fajardo era la mejor opción en aquella contienda electoral. Hoy no lo votaría ni cobrando en dólares. Fajardo sigue recurriendo al mismo discurso, el mismo libreto, desde 2018: ni derecha ni izquierda, no a la polarización, evitando alianzas que podrían haberle servido a nivel político -incluso rechazó la propuesta de Claudia López de entrar a la Consulta de las Soluciones-, todo desde una posición neutral que hace años es percibida como indiferencia e indecisión, y con una participación escasa en la vida política más que las críticas que lanza ocasionalmente contra el gobierno de turno (que por cierto, han sido mucho más activas contra Petro que contra Duque). El matemático sigue haciendo campaña como si fuera un ensayo pedagógico que se siente por encima del electorado, y su defensa de la institucionalidad no responde a las necesidades de una transformación profunda del sistema político. Llegó a tener más de cuatro millones de votos en 2018, y hoy no llega ni al 5% de intención de voto. Lo siento por quienes aún aspiran a que se repita ese milagro, pero ya es tiempo de que pongan los pies en la tierra.

-Claudia López: candidata independiente por el Movimiento Imparables, fue investigadora y parte del equipo que destapó el escándalo de la parapolítica durante el gobierno de Uribe. Fue senadora de la República, y poco después candidata presidencial en las elecciones de 2018 y fórmula vicepresidencial de Fajardo, además de alcaldesa mayor de Bogotá. A pesar de ese perfil tan respetable, se encuentra ahora mismo en el 1,5% de intención de voto, no superando ni siquiera el porcentaje de abstención (2,6%). Su fórmula vicepresidencial es Leonardo Huerta, abogado y filósofo que se ha desempeñado principalmente como docente universitario, Defensor del Pueblo delegado para el Derecho a la Salud, y secretario de Educación de Pereira.

Si algo ha demostrado López en estos años, es tener un carácter firme y una labia profusa. Fue protagonista de varios debates en el Senado frente a personajes como el recientemente fallecido Germán Vargas Lleras y el propio Álvaro Uribe, en los que demostró estar a la altura, y fue promotora de una Consulta Anticorrupción en 2018 que estuvo cerca de pasar el umbral de aprobación, aunque luego fue presentada en el Congreso y parcialmente aprobada. También es de las primeras políticas abiertamente LGBT+ en el país, razón por la que de hecho su investidura en el Senado fue demandada en el 2014, acción que al final no prosperó.

El programa de gobierno de Claudia López se centra en tres ejes que llama “acuerdos estratégicos”: seguridad y gobernabilidad territorial, igualdad y justicia social, y desarrollo regional sostenible sin corrupción. El primero se centra en reformar la justicia, fortalecer los ministerios asociados y la Procuraduría, así como en una política exterior soberana que genere un liderazgo global, y fortalecer las entidades técnicas y el sector privado. El segundo propone un Sistema Nacional de Cuidado e impulso de la autonomía económica para las mujeres, un Sistema Mixto e Integral de Salud, mejorar subsidios para pobreza e inclusión de discapacidad, descentralización del sistema educativo, promoción de la cultura y el deporte, y otras propuestas en vivienda, servicios y protección animal. Finalmente, el tercero se enfoca en una descentralización del Estado a través de un Departamento de Planeación Regional que fortalezca el desarrollo productivo a nivel territorial, la participación de las comunidades, desarrollar infraestructuras de transporte y digitales para la conectividad y la productividad.

López ha enfrentado fuertes críticas por su gestión en la alcaldía de Bogotá. Aunque logró manejar la crisis del COVID-19 en la ciudad e impulsó programas de educación, también enfrentó cuestionamientos por el incremento en la inseguridad y acusar parcialmente a los migrantes venezolanos por ello, así como la represión violenta del ESMAD sobre las protestas durante el estallido social de 2021. También se le criticó por adjudicar una troncal de Transmilenio por la Avenida 68, a pesar de haber prometido en campaña que no lo iba a hacer, y por dar continuidad a la primera línea de metro del proyecto aprobado por Enrique Peñalosa, su predecesor.

Y si a Fajardo se le ha criticado por ser indeciso, a Claudia se le reprocha desde hace años por ser incoherente y moverse de acuerdo a lo que le convenga políticamente. Se le ha señalado por apoyar a Petro en la segunda vuelta de 2022, y luego criticarlo durante su mandato; por declararse primero de centroderecha y después de centroizquierda, y después de centro, y de nuevo centro izquierda progresista; por proponer “cárceles y plomo” para combatir la delincuencia en otra, en un estilo más parecido al del uribismo que tanto ha cuestionado; por sugerir la implementación del fracking en el país, a pesar de haberse opuesto a ello con anterioridad; y por titubear en una entrevista sobre si votaría o no por Paloma Valencia en una segunda vuelta luego de rechazar a Cepeda y De la Espriella. Esa priorización del pragmatismo y la supervivencia antes que la consistencia, sumada a las deficiencias en su gestión en Bogotá, ha desgastado su confianza frente al electorado.

Me detengo un momento para profundizar un poco en la estrepitosa caída del centro político, considerando que hace ocho años Fajardo estuvo a punto de arrebatarle el segundo lugar a Petro, y López parecía una opción respetable. Y es que, además de las falencias particulares de ambos representantes, el centro político no ha podido forjarse una identidad propia. No ha logrado construir un relato que se enfrente al progresismo y a las nuevas derechas, porque sus propuestas tienden más hacia una defensa institucional en un momento en que los ciudadanos buscan cambios profundos, y un rechazo hacia la polarización y los extremos -a pesar de que, aunque lo no crean, la polarización no es inherentemente negativa- en un escenario internacional donde los votantes se mueven hacia los extremos del espectro político.

El problema del centro político es que, al tratarse más de un espacio práctico que de una doctrina concreta, depende mucho de la coyuntura política y social del momento, de un sector mutable del electorado que no endosa sus votos tanto a programas como a las identidades y emociones que los mueven. 2018 fue un momento de éxito para el centro en Colombia porque veníamos de firmar los acuerdos de paz con las FARC, y en un momento en que los dos candidatos principales de las encuestas parecían encarnar lados opuestos de la eterna discusión sobre el conflicto armado, muchas personas querían pasar página. Pero ese momento ya pasó, y los políticos de centro no lo han entendido. Insisten en un discurso tecnocrático que no conecta con el electorado, el cual busca no sólo que administren, sino que los representen. Primar la racionalidad y el discurso del conocimiento sin prestar atención a la identidad y el marco moral ya no funciona en estos momentos, y mientras el centro no sea capaz de construir un mito fundacional propio y cohesivo, mientras hable sólo desde un lenguaje técnico y neutral, desde una defensa institucional que resulta siendo profundamente conservadora, no será capaz de repetir la hazaña de 2018.

-Menciones honoríficas: hay dos candidatos (bueno, uno ya es ex candidato) de los que me interesa hablar, por cosas que llamaron la atención de su parte. El primero es Luis Gilberto Murillo, candidato independiente con experiencia en la Gobernación del Chocó y varios ministerios. Llamó la atención en redes por un fragmento del debate realizado en RCN, donde demostró un conocimiento importante en su propuesta de conectividad del sistema fluvial en el occidente y las regiones selváticas del país. Esta semana, Murillo decidió retirar su candidatura y apoyar a Cepeda. Tiene potencial para volver a intentarlo en el futuro, pero como los otros candidatos de centro, necesita trabajar en un relato concreto más allá de “rechazar los extremos”.

El otro es Miguel Uribe Londoño, economista y político padre del asesinado Miguel Uribe Turbay. En un principio se adhirió a la campaña del Centro Democrático como precandidato, que lo invitó como una forma de recoger las “banderas” de su hijo, pero tras rumores de que se había acercado a la campaña de De la Espriella, fue expulsado del proceso de selección de candidatos y renunció al partido, aterrizando luego en el Partido Demócrata Colombiano, de centroizquierda, con un programa de gobierno también técnico. Lo destaco porque elevó una crítica fuerte por el tema de la carta anónima, tanto por vincular al gobernador de Nariño sin evidencia del homicidio de su hijo como por el uso del uribismo de la imagen de Miguel para hacer campaña con su muerte. Debo al menos aplaudirlo en esto, pues fue más enfático en que se respete su tragedia que Erika Kirk en Estados Unidos, quien prácticamente se ha hecho un miniemporio montada en el ataúd de su marido.

Pero como dije al inicio de esta entrada, hay alguien aquí del que toca hablar con más detalle, y es por supuesto Juan Daniel Oviedo, la fórmula vicepresidencial de Valencia. Se sumó a la Gran Consulta con un discurso en apariencia moderado, sin compromisos o grandes maquinarias detrás y logró un inesperado respaldo de más 1.250.000 votos, un 21,43% del total de votantes de la consulta interpartidista, y siendo el segundo detrás de Paloma. Mucho se discutió si se uniría a la campaña del Centro Democrático, a pesar de algunas diferencias programáticas (si bien, como señaló el periodista Daniel Coronell, su historial de votos siempre se ha inclinado a la derecha), pero a los pocos días confirmó como fórmula vicepresidencial de Valencia, bajo el argumento de “sumar entre distintos” y atraer el voto del centro y del sector progresista inconforme con Lord Petrosky.

Aunque este movimiento fue criticado como una priorización de las alianzas políticas por encima de la coherencia ideológica con su discurso previo de no ser ni de Petro ni de Uribe (primera vez, creo, en que usó su ya infame frase del “periodicazo”), lo cierto es que muchos de quienes apoyaron a Oviedo anunciaron que respaldarían la campaña de Valencia. Varios personajes de redes sociales que se presentan como “de centro” siendo más bien derechistas tuvieron también la excusa para anunciar su voto por la candidata uribista. Y el impulso doble que recibió Paloma por la alta votación de la Gran Consulta y la presencia de Oviedo funcionaron en principio: en las encuestas, era quien más demostraba crecimiento, y la infame Atlas Intel incluso afirmaba que, en segunda vuelta, podría ganarle a Cepeda.

Pero la ilusión de campaña moderada que ofrecía Oviedo duró poco. No había pasado una semana, y ya la entrevista de Cambio mostraba discrepancias profundas en cuanto a temas LGBT+, a las que Oviedo, siendo homosexual, apenas respondía con evasivas (como decir que él no puede adoptar por un problema de oído) o intentó abordar en otros espacios sin confrontar a su pareja de fórmula directamente. Las propuestas de Valencia que iban en contravía de las posturas del político y la imagen de centroderecha que querían para la campaña, como eliminar la JEP o proponer que Uribe fuese Mindefensa, dieron la impresión de que no se conversó mucho sobre tales discrepancias antes de unirse, y aunque Oviedo luego subía videos de “reconciliación” diciendo que trabajar entre distintos es difícil, dejó la imagen de ser un pusilánime que se deja llevar por Valencia. No ayudó para nada que hace poco se llamase a sí mismo “una llanta de repuesto”: sabemos que la figura vicepresidencial es prácticamente decorativa y depende de lo que le asigne el presidente para hacer, ¡pero un poco de amor propio, hombre, por favor!

Para colmo, debido a que, como mencioné, el potencial electoral del centro se encuentra en una porción del electorado no endosable, bastante etérea y maleable, y el perfil del votante uribista abarca desde una derecha moderada hasta al fascistoide, el apoyo a Valencia se fue desangrando con el tiempo. Los votantes más progresistas se alejaron al notar que Oviedo sólo era el botón arcoíris en la chaqueta de Valencia para aparentar inclusión, y que es un gay que protege su privilegio particular antes que los derechos de las minorías sexuales en general; parte de los votantes originales de Oviedo se espantaron en cuanto Paloma empezó a usar consignas mucho más conservadoras; y los votantes más radicales no confían en la presencia de un homosexual como fórmula vicepresidencial. Todos esos votos fueron migrando a distintas campañas más afines a lo que buscan.

Y si la campaña de Valencia ha tenido momentos ridículos, el contenido en redes de Oviedo, que por pena ajena no pienso compartir, lo ha sido mucho más. Parece menor, pero los videos donde aparece trotando con música de Rocky; los videos de porquerIA con los otros candidatos como frutas, o subiendo en diferentes ascensores; su repetición hasta el hartazgo del “periodicazo” cuando es criticado y con razón, como si los electores o sus críticos fuesen perros malcriados… La verdad, dan una imagen tan poco seria como la del propio De la Espriella. Muchos veían a Oviedo con el capital político suficiente para arriesgarse a la Alcaldía Mayor de Bogotá, como han hecho otros tantos candidatos presidenciales, pero tras unirse a Paloma Valencia y mostrar su falta de carácter y respeto propio, el intento de ganarse una ciudad cuyo electorado tiende más hacia el centro y la izquierda parece ya imposible. Digno destino para quien vendió la máscara que se había puesto para ser tratado como llanta de repuesto.

Maquinaciones externas e internas

A tres semanas de las votaciones y con las campañas en proceso de cierre, la tensión se puede palpar en los principales punteros de las encuestas. Cepeda ha seguido lejos de los debates, y ha recibido preguntas incómodas sobre escándalos del actual gobierno que no siempre responde bien. Las campañas de Valencia y De la Espriella se están atacando mutuamente, tanto que Uribe, quien intenta guiar el partido durante la transición post-uribista para que no caiga en la irrelevancia, parece lo bastante desesperado como para admitir que los falsos positivos fueron graves independiente del número (aunque ya salió a desconfiar de la nueva cifra de la JEP), y decir que el debate no es entre derecha o izquierda, son entre cubanización o democracia.

Por supuesto, fue ingenuo esperar que desde la derecha se jugara limpio en la contienda electoral. Dicho y hecho, en estas últimas semanas se han destapado escándalos que comprometen la no intromisión en el proceso electoral. Y no hablo simplemente de denuncias falsas o algún intento de fraude: estamos hablando de presión internacional desde distintas aristas para manipular las elecciones generando temor en la población.

El primero vino desde Ecuador. Desde hace meses su presidente, Daniel Noboa, se mantiene en una relación tensa con el gobierno Petro, responsabilizándolo de la crisis de seguridad que afronta su propio país, en especial a nivel de la frontera, por el fracaso de la Paz Total. Esto se manifestó recientemente en una guerra arancelaria que llevó a que Ecuador decretara en febrero un 100% de aranceles a todos los productos de origen colombiano.

Esto fue visto por muchos como una forma de injerencia indirecta por parte del gobierno de los Estados Unidos, pues Noboa ha destacado por ser un aliado bastante cercano, pero la sorpresa fue cuando se denunció que el expresidente Uribe había estado reunido con el presidente de Ecuador poco antes del “arancelazo”, como demostraba una foto que circuló en redes. Aunque el portal Colombiacheck demostró que la foto fue tomada en una reunión de 2024, Noticias Uno confirmó que sí hubo una reunión entre los dos líderes políticos poco antes del decreto de Noboa, con lo cual Petro lo acusó también de estar involucrado en las acusaciones al gobernador de Nariño por su supuesta participación en el homicidio de Uribe Turbay.

Podría verse la reunión entre Uribe y Noboa como una simple coincidencia, pero esta semana el presidente ecuatoriano anunció que rebajaría los aranceles hasta un 75%, y Paloma Valencia lo celebró como el logro de una llamada telefónica que tuvo ese mismo día con él. En sus palabras, “como muestra de su buena voluntad para trabajar con el próximo gobierno”. Esto sugiere que el encuentro definitivamente no fue muy coincidente que digamos, y genera inquietudes serias en torno al Derecho Internacional y la imposición externa de Ecuador hacia una agenda política en el interior de nuestro país.

Otro escándalo con un alcance más profundo se reveló hace poco. La semana pasada, Canal RED publicó una serie de audios de WhatsApp, Signal y WhatsApp, los cuales revelaron que Donald Trump indultó a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras condenado por corrupción, con el fin de regresarlo a la presidencia del país centroamericano y convertirlo en un enclave geopolítico de operaciones militares y económicas para Estados Unidos e Israel. Esto sería a través de una campaña electoral financiada por el gobierno de Benjamín Netanyahu y apoyada también por el actual presidente hondureño, Nasry Asfura, quien tomó posesión a principios de este año y cuya llegada al poder habría sido una pantalla de humo para facilitar el regreso de Hernández al país.

¿Qué tiene esto que ver con Colombia? Bien, la segunda filtración de audios del ahora conocido como Hondurasgate destapó que Hernández y Asfura están coordinando una red de desinformación mediática, bajo instrucciones del gobierno de Trump, con el propósito de desestabilizar a los gobiernos de Colombia y México y debilitar la presencia de la izquierda en Latinoamérica. Dicha red no sólo fue financiada con recursos públicos de los hondureños, sino que, de acuerdo con los audios, el presidente Milei de Argentina también contribuyó con un aporte de 350 mil dólares, y se hace referencia a un “amigo de México” del que por el momento se desconoce su identidad.

Tanto Petro como Claudia Sheinbaum, presidenta de México, se pronunciaron con vehemencia por la clara injerencia en ambos países, lo que es especialmente serio para Colombia debido a encontrarse en tiempo de elecciones. Aunque las campañas de Valencia y De la Espriella no parecen estar, de momento, vinculadas con el plan de desestabilización, ambos llevan tiempo trabajando de cerca con el establecimiento estadounidense e intentan obtener el respaldo de Trump. Sin duda, cualquiera que pase a segunda vuelta entre los dos se habría visto bastante beneficiado de la red de desinformación planeada por la derecha internacional, independiente de su participan o no en ella.

Ahora, dentro del país también existen otras injerencias. Si bien las denuncias sobre presiones electorales por parte de grupos armados en zonas rurales de momento se han desestimado, sí es cierto que el ELN, como de costumbre, pretende usar las elecciones como forma de legitimar su lucha. En un comunicado de la cuenta en Twitter de su Delegación de Diálogos de Paz, dicen ratificar su propuesta de lograr un acuerdo nacional con el próximo gobierno, mientras aseguran actuar con ética, niegan participar del narcotráfico, y responsabilizan al presidente Petro por la ruptura de los diálogos de paz, olvidando convenientemente que fue en respuesta a la ofensiva violenta que ellos mismos lanzaron en el Catatumbo en 2025.

Siendo franco, no creo que haya alguien a estas alturas que se crea la dichosa voluntad de paz del ELN, más allá de algún marxista-leninista trasnochado que sigue en la fantasía sesentera de las guerrillas heroicas. Su historial de violar treguas armadas durante las negociaciones con distintos gobiernos, y de aprovecharlas para reforzar el control en los territorios en que operan, sobre todo en años recientes por las disputas con otros grupos armados por los antiguos territorios y rutas comerciales de las FARC, está bien registrada. Tan sólo hace un par de días anunciaron un “juicio revolucionario” a dos miembros del CTI y dos policías secuestrados desde el año pasado, en un acto que prácticamente se burla de la delegación de paz que lleva trabajando en su liberación.

Y lo cierto es que estos despliegues de fuerza para desacreditar al gobierno de Petro también les sirven a ellos para las elecciones, sobre todo cuando una carencia importante de la izquierda democrática ha sido concretar una propuesta de seguridad y defensa que haga contrapeso al discurso de la “mano dura” desde la derecha. En 2025, el ELN declaró en una entrevista con el programa Los Informantes que tenían más claridad con el gobierno de Uribe que con la Paz Total de Petro, y que claramente no tenían posibilidad de firmar la paz. No es que sea más probable que logren hacerlo con un gobierno de derecha, pero con ellos tienen mejores pretextos para mantenerse combatiendo y financiarse con el narcotráfico sin necesidad de la pantomima de una mesa de diálogos. Irónicamente, es más funcional para sus propósitos una persecución de Paloma o De la Espriella que una incertidumbre con Cepeda.

Un horizonte más allá del voto

A través de este largo ensayo, he presentado con detalle los aspectos a conocer de los principales candidatos: su experiencia, propuestas, y críticas que los rodean. También he mencionado que este proceso electoral se enmarca dentro de un momento post-uribista de transición política en el país. Sin duda es bastante material para que el lector, si aún no tiene claro su voto, conozca bien todo lo que necesita antes de recibir el tarjetón electoral en una coyuntura política tan importante como unas elecciones. Pero, ¿es esto todo lo que podemos hacer como ciudadanos a nivel político? Y, sobre todo, ¿es realmente el voto el mayor poder político que tenemos?

Permítanme desarrollar esto. Desde que somos pequeños, se nos inculca que el voto es la herramienta del ciudadano para ejercer poder y control sobre sus representantes, de modo que no se trata sólo de un derecho, sino de un deber. Es la forma en que podemos cambiar los rumbos de nuestro país. Sin embargo, cuando crecemos, nos damos cuenta que la mayoría de los partidos que dicen representarnos se dedican a proteger los intereses de los sectores económicamente más poderosos. En Colombia nos encontramos caciques locales y clanes políticos y grupos económicos que tuercen las reglas durante campaña, que controlan medios de comunicación, compran votos, hacen un espectáculo, con tal de que queden quienes ellos quieren. Los partidos mutan, se mezclan, unen a viejos críticos y personas con ideas dispares, y acaban siendo mescolanzas sin una coherencia ideológica marcada.

Entonces comprendemos que la democracia representativa opera bajo un principio de igualdad del voto que no es tan igual, ya que existen personas con un mayor poder económico que pueden influir en la política, y no sólo con su propio voto o con los que arrastren. No obstante, nos insisten en que tenemos que ir a votar. Y a pesar de que muchos están desencantados de la política, que han visto gobiernos y partidos intercalarse una y otra vez sin grandes cambios, tienen tan grabado ese sentido del deber que acuden cada cuatro años a las urnas más por inercia que por convicción, porque “toca”.

Así, votar se convierte más en un ritual periódico para el ciudadano que una expresión legítima de sus convicciones políticas, o de una creencia en que puede ver un cambio. Sí, hay millones de personas que en cada elección votan todavía convencidos de un programa de gobierno, y vemos eventos políticos que se llenan, pero también hay otros millones que participan sólo por cumplir un supuesto deber del que ya no están convencidos. El acto de votar pasa a ser entonces simple performatividad, la ilusión del control, y con ello se pierde el significado de las elecciones pues, en palabras de Juan Felipe Salguero, de Café Kyoto, en un video donde explica por qué muchas personas no participan en elecciones, “la participación política se vacía de sentido en la medida en que la representación deviene en espectáculo”.

Para colmo, no pocas veces los políticos transmiten un desinterés por convencer al electorado de sus ideas, al punto que no parece que busquen representarnos, sino sentirse legitimados en las urnas, para convencer al país que el apoyo electoral es un respaldo total e irrestricto a sus propuestas. Piensen en las campañas al Congreso que ponían “vote por el/la de Uribe” como único mensaje, por ejemplo; en cómo De la Espriella iba por las calles probando comida callejera, a pesar de que hace unos años llamaba “potaje carcelario” a platos de la gastronomía colombiana, en sus delirios de nuevo rico que se cree europeo; o en cómo Ingrid Betancourt vive fuera del país y regresa en tiempo de elecciones para hacerse elegir. Incluso la negativa de Cepeda a participar en debates, aunque pueden comprenderse sus razones, puede también transmitir a algunas personas la idea de que no necesita comunicar sus ideas y ya se siente ganador.

No es de sorprender, teniendo en cuenta todo esto, y también la compleja historia de violencia partidista y conflicto armado en el país, que el abstencionismo en Colombia se mantenga cerca o incluso por encima del 50% en elecciones, especialmente durante las legislativas. Y cuando se habla de la abstención, por lo general se hace desde el tono de la condena moral: que es indiferencia, que otros decidirán por ti, que sólo facilitas el poder de las maquinarias electorales, que estás abandonando tu deber y tu poder como ciudadano. Pero, teniendo en cuenta todo lo que he descrito en los párrafos anteriores, ¿realmente les parece que esas son críticas válidas hacia la abstención? ¿De verdad una persona está obligada a votar, aunque no se sienta representada por ningún candidato, aunque no sienta que alguno tiene en sus intereses al pueblo, sólo porque “es su deber”?

No me malinterpreten. Como dije en la entrada anterior, yo no les estoy diciendo si deben o no votar. Entiendo perfectamente las razones por las que la gente prefiere inclinarse muchas veces no por el candidato que más los convence, sino por aquel con el que vendría el escenario menos horrible: fue por lo mismo que voté por Petro en 2018, aun cuando había cuestiones de su campaña y carácter que no me convencían. Ahora, quizás deberían tener en consideración que el problema de la abstención es más complejo que la desidia o el hastío del ciudadano con el sistema electoral o la propia democracia representativa. Cuando el electorado cuenta con un nivel de abstención tan alto, también deberíamos cuestionar el sistema en sí.

Porque el poder del ciudadano no se acaba con el voto. Nos dicen que votar es una responsabilidad colectiva, pero eso se puede cumplir también con otras formas de participación política. Piensen en cómo los movimientos sociales organizados han trabajado a través de las décadas para impulsar cambios radicales como el sufragio universal, los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, o la derogación de reformas políticas que afectan derechos como la salud y la educación. Tales cambios no vinieron simplemente por la buena voluntad de los partidos: se reconocieron por la presión ciudadana, por las grandes manifestaciones, las protestas. El trabajo político desde la calle es una fuerza tan importante como depositar un papel en una urna.

El activismo en las calles y en redes sociales también es importante, a pesar de lo mucho que se pueda subestimar (en especial este último). Y no se trata sólo de ir y comunicar tus ideas políticas a las otras, sino también escuchar sus inquietudes y necesidades, y tratar de construir soluciones. Se puede empezar desde grupos pequeños, como las juntas de acción comunal en tu barro, un grupo de discusión, o una red de apoyo en redes sociales, para trabajar en problemas locales. Que se empiece a construir una visión colectiva, un trabajo en comunidad que pueda sobrevivir al cuatrienio de turno.

Porque sí: existen otras formas de organización más allá del partidismo que se pueden ir aplicando a nivel local, incluso formas democráticas que no requieren consolidar un Estado u otra organización política jerárquica. El apoyo mutuo y la cooperación permiten la formación de estructuras sociales horizontales para la solución de necesidades y conflictos, y donde todos los miembros tengan una participación directa. Claro, en tanto sigamos haciendo parte de un Estado, debemos seguir exigiendo a los gobiernos que trabajen por las necesidades de los ciudadanos, pero si está dentro de nuestras posibilidades organizarnos y trabajar, es ideal enfocarse en hacerlo. Esto también es acción política, y una que no tiene que esperar a las siguientes elecciones o a que el Estado se reforme a sí mismo para actuar en serio.

Conclusiones

Ha sido agotador trabajar en esta entrada durante toda la semana. Sin embargo, ha resultado bastante entretenido hacerla, puesto que ha sido un proceso informativo no sólo para empaparme de las ideas y el carácter de los candidatos, sino para refrescar ideas acerca del papel del voto y otras acciones políticas ciudadanas. Y me he sorprendido a mí mismo por lo concentrado que he podido trabajar la mayor parte del tiempo que escribía.

En tiempos de transición, con tendencias autoritarias creciendo alrededor del mundo, es más importante que nunca recordar que nuestro poder no termina en las urnas. Debemos siempre mantenernos vigilantes, críticos con cada movimiento y decisión del gobierno, especialmente por aquellos que votamos. Mantengan eso en mente cuando acudan a las urnas el próximo 31 de mayo.

 

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