La crisis climática nos alcanzó
Introducción
Las temperaturas
promedio en el planeta están aumentando de modo alarmante. Europa se encuentra
sumida en una ola de calor de verano considerada la más severa de su historia
reciente, con más de 850 ciudades sufriendo de un alto estrés hídrico por la
temperatura y la humedad [1]. Tan sólo en Francia ya se han
reportado más de 2.700 muertes en junio asociadas a las altas temperaturas [2],
y considerando que el año pasado más de 60.000 personas fallecieron por lo
mismo en todo el continente [1], se teme que las temperaturas
extremas de esta temporada dejen una mayor cantidad de víctimas, además de
colapsar sectores como la educación, los hospitales y el transporte aéreo.
Mientras tanto, se está
calculando que el próximo evento de El Niño, un fenómeno climático periódico de
calentamiento en las aguas cercanas al ecuador en el Océano Pacífico, podría
desarrollarse a una escala sin precedentes, lo cual afectaría seriamente el
régimen de lluvias y huracanes, sobre todo en nuestra región [3] [4].
De acuerdo con la ex viceministra de Ambiente y doctora en Ecología, Sandra
Vilardy, podríamos enfrentarnos a un aumento hasta de 4°C, con temperaturas
récord en varias ciudades y muertes por el estrés térmico, tal como ocurre en
Europa [4]. Este período extremo, que algunos ya han
calificado como un “súper” El Niño, tiene altas probabilidades de ocurrir entre
octubre de 2026 y enero-febrero de 2027 [5], por lo que
países como Colombia necesitan revisar con urgencia sus planes para que el
sector eléctrico y de acueducto se adapten a las fuertes sequías durante dicho
período.
No hay forma de
suavizar este escenario con palabras: la crisis climática, y la consecuente
crisis ecológica que vendrá a futuro, nos alcanzó. El límite de
incremento de la temperatura global de 1,5°C para 2030, fijado en el Acuerdo de
París de 2015 [6], parece completamente ajeno a la realidad
en estos momentos. Y todo esto es consecuencia de nuestro modelo económico
capitalista e industrial. Vamos dirigidos hacia décadas críticas para
nuestras poblaciones. La pregunta es, ¿cómo llegamos hasta aquí? ¿Aún es
posible salir? Y, sobre todo, ¿cómo lograremos hacerlo?
Un panorama aterrador
El cambio climático se
ha acelerado progresiva y consistentemente. De acuerdo con un estudio reciente
del estadístico Grant Foster y el físico y oceanógrafo Stefan Rahmstorf, donde
se analizaron cinco diferentes sets de datos de temperatura global, desde 2014
la temperatura media de la Tierra se está incrementando a razón de 0,36°C por
década, en comparación con el incremento de 0,18°C de décadas anteriores [7].
En una entrevista para The New Scientist, Rahmstorf señaló que, a tal
ritmo, es probable que lleguemos al límite de 1,5°C en 2028, y aunque puede que
la tasa de calentamiento desacelere en la década siguiente, nos arriesgamos a
cruzar umbrales críticos a nivel climático y ecosistémico [8].
El tema del “súper” El
Niño, más allá de si es adecuado o no usar ese adjetivo, no se trata sólo de
los eventos extremos en este momento, sino también del impacto a futuro que
puede generar. Por ejemplo, un fenómeno de El Niño similar en la década de 1940
está vinculado al inicio del derretimiento de dos glaciares importantes al
occidente de la Antártica, proceso que no cesó con el fin de aquel evento atmosférico
[9]. Por ello, se teme mucho que la energía liberada tras
este evento dé lugar a saltos de temperatura que establezcan de forma
permanente en un incremento por década de 0,2-0,36°C.
Por supuesto, los eventos inmediatos de El Niño siguen siendo serios: sequías prolongadas con alto riesgo de incendios en unas, precipitaciones severas e inundaciones en otras, incremento de la mortalidad por estrés hídrico, demandas crecientes de la malla energética, entre otros [9]. La agricultura también sería severamente impactada, en particular el arroz, principalmente cultivado en Asia, del que dependen miles de millones de personas alrededor del mundo, y que requiere de arrozales inundados alimentados sobre todo por fuentes hídricas naturales [10]. Un incremento en los precios del arroz debido a las sequías impactará sobre todo en naciones pobres como las Filipinas y los países en África Occidental, donde el arroz es fundamental en su dieta.
Los mares y océanos
tampoco se ven libres de los efectos de este cambio climático. El Mediterráneo
ha incrementado su temperatura promedio en 2,7°C, y los domos de calor que se
han formado en España elevan hasta siete u ocho grados [11].
Desde hace años se ha registrado que la Circulación de Retorno Meridional del
Atlántico (por sus siglas en inglés, AMOC), un sistema de corrientes oceánicas
del Atlántico que regula gran parte de la temperatura en Europa, se está
debilitando progresivamente y podría detenerse en un siglo [12].
Si bien recientes mediciones y modelajes sugieren que la AMOC podría resistir
el actual evento climático mejor de lo predicho [13], la
alerta se mantiene.
Otro sistema que
influye en la temperatura global que se han debilitado son los pocos, en
particular el Ártico. Las bolsas de aire caliente que golpean Europa surgen a
partir de chorros polares, corrientes de aire entre la troposfera y la
estratosfera que dependen de la diferencia térmica entre el Polo Norte y las
latitudes europeas [14], por lo cual el derretimiento del
hielo ártico ha dejado más agua al descubierto, lo que calienta el Ártico entre
tres y cuatro veces más rápido que el resto del planeta [15].
A su vez, la desaparición de la capa de hielo en el Ártico fortalece el bucle
de efecto albedo, acelerando aún más la pérdida de hielo [16],
por lo que el Polo Norte no solo no puede reflejar los niveles de radiación
solar que recibe, sino que también está afectando las temperaturas extremas en
otras latitudes.
El calentamiento de los océanos tiene también un impacto negativo en su absorción de dióxido de carbono (CO2) y su química. Como uno de los sumideros de carbono más importantes a nivel mundial, los océanos absorben cerca de un 30% del CO2 que se emite a la atmósfera, pero las emisiones generadas por los combustibles fósiles y los cambios en el uso de la tierra están sobrecargando dicha capacidad de absorción [17]. El dióxido se combina con las moléculas de agua para generar un ácido débil, el ácido carbónico (H2CO3), que se descompone fácilmente, pero el exceso de CO2 en las aguas acaba elevando el pH de las mismas, acidificando los océanos, lo cual tiene efectos devastadores tanto en la vida marina como en ecosistemas asociados al agua de mar, como estuarios costeros.
Y ya que hablamos de
vida marina, los animales también corren grandes peligros con el cambio
climático. En el caso marino, las especies conchíferas o que construyen
esqueletos de carbonato de calcio tienen menos iones de carbonato disponibles
por la acidificación, por lo que sus estructuras duras serán menos resistentes,
y en algunos casos pueden llegar incluso a disolverse [17]. Océanos
más ácidos también parecen afectar el comportamiento de los peces y sus
capacidades sensoriales (aunque este efecto aún se debate) [18] [19],
así como sus etapas de desarrollo, y la estabilidad de las redes tróficas,
debido a la pérdida de especies fundamentales como corales, calamares y parte
del plancton [20]. El blanqueamiento de los corales es
especialmente crítico, pues representaría el colapso de ecosistemas enteros.
En tierra, las cosas no
son mejores para otras especies no humanas. Los cambios en el régimen de
lluvias y las altas temperaturas están reduciendo los hábitats y recursos para
varias especies, y eventos catastróficos como sequías, incendios e inundaciones
son letales para miles de individuos [21]. Así mismo, las
altas temperaturas pueden someter a los animales a un estrés térmico letal,
algo a lo que especies ectotérmicas como anfibios, reptiles e invertebrados son
especialmente vulnerables [22]. Finalmente, los cambios en
los ciclos estacionales están alterando las reservas de alimento para especies
migratorias como el reno y la mariposa monarca [23].
Y si pensaban que las
plantas pueden ayudarnos a regular el ritmo del cambio climático, recientes
hallazgos sugieren que no es exactamente el caso. Primero, porque parece que
ciertos árboles capturan menos carbono de lo que se creía previamente [24],
por lo que los modelos climáticos que tienen en cuenta la capacidad de los
bosques como sumideros de carbono necesitan reajustarse teniendo en cuenta
dicho factor [25]. Por otro lado, porque se ha observado que
las plantas con fotosíntesis C4 (más del 90% de las especies existentes) son
menos eficientes y productivas en altas temperaturas, lo que afecta su aporte
de nutrientes tanto al suelo como a la dieta de miles de especies, incluyendo
la nuestra, y se ha detectado un engrosamiento en las hojas de las plantas, lo
que compromete también su capacidad de secuestro de carbono [26].
Por lo tanto, aunque las plantas requieran del CO2 para su
fotosíntesis, están lejos de beneficiarse con los volúmenes del gas que
disparamos cada año a la atmósfera, como aseguran negacionistas del cambio
climático antrópico.
En 2022, el analista de
energía y ambiente Roger Harrabin presentaba en The Guardian a
científicos legítimamente asustados ante la perspectiva climática, no porque no
se hubiese predicho el incremento en los eventos climáticos extremos, sino
porque estaban ocurriendo de forma repentina y con una intensidad alarmante [27].
Poblaciones alrededor del mundo, sobre todo en zonas vulnerables como África y
el sureste asiático, están sintiendo los efectos de estos eventos. No es
imposible, por supuesto, frenar el crecimiento de la crisis climática. Pero
necesitamos actuar a tiempo, y para ello es indispensable reconocer, ante todo,
que este es un problema real.
Ni ciclos naturales ni un Sol más potente
Con el incremento de
las temperaturas, pareciera que también sube el número de personas que creen
que estos son los veranos de siempre. Y si bien una reciente encuesta nacional
el Estados Unidos mostró que la mayoría de los encuestados reconocen la
existencia del cambio climático (68%), y que es causado sobre todo por el ser
humano (59%) [28], siempre hay una porción nada desdeñable de
sujetos, a menudo libertarianos y promercado, que aseguran que lo que vemos hoy
no es más que parte del ciclo natural de las temperaturas planetarias.
No es extraño ver a
estos libertarianos en Internet compartiendo gráficos que supuestamente
reflejan la periodicidad o frecuencia de los períodos de calentamiento global,
para indicar que no se trata de un efecto antropogénico. Sin saber gran cosa de
paleoclimatología, a menudo presentan orgullosos líneas de tiempo absurdas que
se extienden millones de años atrás en el tiempo, sin tener en cuenta eventos
geológicos o discutir sobre las temperaturas promedio en aquellos tiempos. Por
ello, cada vez que se cruzan con un climatólogo que sí sabe de lo que están
hablando, acaban haciendo el ridículo.
La realidad es drástica: la Tierra ha incrementado su temperatura a mayor velocidad en este último medio siglo que en cualquier otro período de tiempo comparable dentro de los últimos dos mil años [29]. Y aunque es posible que un período de rápido calentamiento haya sucedido en el pasado más remoto y no se puede descartar por completo, no se ha visto nada como lo que ocurre hoy en un pasado reciente, como señaló Vince Cooper, investigador postdoctoral en paleoclima del MIT [30]. Podemos comparar nuestro estado actual con otros períodos de rápido calentamiento para comprender su origen y escala [30], así como su impacto en las especies y las poblaciones humanas de entonces [31], pero el nivel global del evento actual es algo distintivo, y según Cooper, es imposible no aceptar que es causado por la liberación de CO2 en la atmósfera a una velocidad a la que es imposible que el clima se ajuste.
¿Qué hay del “calentamiento
medieval”, aquel período de calentamiento mayor durante la Edad Media,
específicamente entre 800-1200 EC, que fue incluso más caliente que el momento
actual a pesar de tratarse de una era preindustrial? [32] [33] Lo
cierto es que no fue un escenario comparable, en primer lugar, porque fue más
localizado que global (por ejemplo, el clima fue más cálido en Europa, pero
mucho más frío hacia el Pacífico tropical), y se dio a través de un período de
tiempo de cientos de años, en lugar de un incremento acelerado desde inicios
del siglo pasado, a niveles incluso superiores a los alcanzados en la Edad
Media [32].
Las reconstrucciones a
partir de proxies y modelos climáticos sugieren que este período cálido
medieval fue el resultado de una reorganización del clima por patrones
oceánicos de calentamiento y enfriamiento [33], algo que, de
nuevo, no se ve reflejado en la evidencia actual detrás del incremento en la
temperatura global. Es otro pobre intento de los “escépticos” del papel del ser
humano en la crisis climática actual por refutar la obvia realidad de nuestra
responsabilidad.
Otros negacionistas del efecto antropogénico son un poco más sofisticados, e intentar hablar de los ciclos de Milankovitch para defender su postura de que estamos en un evento climático natural. La hipótesis de los ciclos de Milankovitch es un marco científico propuesto a principios de siglo XX por el geofísico serbio Milutin Milankovitch, que vincula los cambios periódicos en las mecánicas orbitales de la Tierra con variaciones climáticas a largo plazo, dado que cambiaban la posición relativa del planeta con respecto al Sol [34]. Milankovitch calculó las variaciones climáticas basándose en los ciclos de excentricidad (es decir, la forma de la órbita de la Tierra), oblicuidad (el ángulo de inclinación del eje terrestre con respecto a su plano orbital), y precesión (la dirección hacia la que apunta del eje de rotación) del planeta, proponiendo como conclusión que las combinaciones de ciclos de estos tres rasgos daban lugar a una Era de Hielo aproximadamente cada 41.000 años [35][36].
Aunque la hipótesis de
Milankovitch no fue recibida con mucho entusiasmo en sus inicios, la evidencia
obtenida a partir de núcleos de hielo, sedimentos del fondo marino y depósitos
glaciares corroboran que existe, en efecto, un vínculo entre los ciclos
orbitales y los cambios climáticos pasados [36]. Lo llamativo
es que, si bien efectivamente las eras de hielo ocurrían en un intervalo de
41.000 años entre hace un millón y tres millones de años, aproximadamente hace
800.000 años el ciclo se alargó a intervalos de 100.000 años, de acuerdo con el
ciclo de excentricidad de la Tierra, algo para lo que aún no existe una respuesta
clara [35]. La hipótesis de los ciclos de Milankovitch no
carece de observaciones, problemas y propuestas para robustecer sus
conclusiones y predicciones [34].
Sin embargo, por
corroborados que estén los intervalos climáticos, los ciclos de Milankovitch no
son una explicación para el cambio climático presente [35] [36].
En primer lugar, y como siempre ignoran los libertarianos que se creen
climatólogos, porque dichos ciclos operan a escalas de tiempo grandes, de
varios miles de años, mientras que el período de calentamiento global actual
está acotado a unas pocas décadas o un par de siglos [36] [37].
En segundo lugar, existen otros factores que influyen en los ciclos climáticos,
como la extensión de casquetes polares y el CO2 atmosférico [37],
y de este último se ha calculado que sus niveles en registros pasados subían después
del incremento de temperaturas, mientras que en el período actual se han
incrementado antes del calentamiento registrado [34].
Tampoco se ha registrado un incremento de la energía solar recibida por la
Tierra en los últimos 150 años, por lo que no es esto lo que está generando un
incremento global en la temperatura [37] [38].
Finalmente, estamos
ahora mismo, de acuerdo con las propias predicciones de Milankovitch y los
registros históricos y paleoclimáticos, en un período interglaciar, y por
nuestra actual posición orbital el planeta tendría que estarse enfriando,
no calentándose [37]. La cantidad de anomalías de temperatura
por país se ha estado incrementando desde 1900 [38], de modo
que no hay un proceso orgánico aquí, mucho menos cuando el ciclo de
enfriamiento de la Tierra a largo plazo inició hace unos 6.000 años. En síntesis,
no: los ciclos de Malinkovitch no explican el actual calentamiento global. Este
es un proceso mediado por las emisiones humanas.
Finalmente, aun si los
cambios orbitales no están detrás del cambio climático actual, se ha insistido
ocasionalmente en que el Sol está incrementando sus niveles de radiación, y eso
está causando el calentamiento global. Esto es fácilmente descartable gracias a
sensores satelitales con los que se rastrea la actividad solar desde 1978.
Estos han registrado no sólo que no ha habido ningún incremento en la cantidad
de energía solar que llega desde el Sol, sino que la estratosfera, la capa
atmosférica más superior, se ha enfriado, mientras que en la capa más
superficial aumenta la temperatura [39].
Esto es consistente con
la base principal tras el cambio antropogénico: la emisión de gases de efecto
invernadero, principalmente combustibles fósiles, que retienen parte de la
radiación que naturalmente se refleja por fuera de la Tierra [40].
Todas las evidencias acumuladas hasta el día de hoy apuntan a nuestra
industrialización y la explotación de hidrocarburos como los actores
principales en la crisis climática actual. Por el bien de encontrar soluciones,
es mejor dejar de tratar escaparnos de nuestra responsabilidad en este
escenario y gastar tiempo en proponer hipótesis alternativas que sólo conducen
a un estancamiento en los cambios necesarios.
¿Por qué nos cuesta tanto frenar nuestro impacto?
Hablar del impacto de
nuestra especie en un sentido general sobre el clima puede sentirse un poco
injusto para algunos. Y no lo digo por el argumento de que sólo somos una
especie pequeña como para influenciar sobre la atmósfera a nivel global, pues
somos ocho mil millones de individuos, participando de distintas actividades
(transporte, industria, agricultura) que emiten gases de efecto invernadero a
gran escala. En ese sentido, el argumento de que es arrogancia hacernos
responsables a nosotros mismos por la crisis climática es una falsa humildad
que, en honor a la verdad, aburre e irrita.
Pero es cierto que se
ha hecho a menudo un énfasis descarado en la responsabilidad individual con
proteger los ecosistemas y frenar el cambio climático, mientras se ignora que,
a nivel global, son las actividades del sector energético (34% de las emisiones
globales en 2019) y la industria (24%) quienes más emiten gases de efecto
invernadero, en especial CO2, debido a la quema de combustibles fósiles para
sus procesos y actividades [41]. Es decir, el problema no es
simplemente nuestras actividades individuales sumadas a gran escala, sino el
propio modelo económico y productivo en el que nos encontramos sumergidos. La
reducción en la emisión de gases y la transición hacia la descarbonización
deberían ser metas más importantes, y seguimos lejos de cumplirlas a un nivel
que desescale el incremento en las temperaturas globales. ¿Por qué parecen tan
difíciles de alcanzar esas metas?
Buena parte de ello está en la completa falta de voluntad de los líderes políticos en tiempos recientes para atajar el problema climático, o reconocer siquiera que existe. Tan sólo hace unos días, Donald Trump, conocido por su agresiva postura anticlimática y su desmonte de políticas de acción climática y conservación ambiental [42], designó al ex geoquímico Matthew Wielicki, reconocido negacionista del cambio climático antropogénico, como director del programa federal de investigación climática en Estados Unidos [43]. Mientras tanto, en Reino Unido los miembros del Parlamento han exigido al gobierno que publique por completo un reporte que registra el impacto futuro sobre la seguridad nacional si ocurre un colapso ecosistémico [44].
En nuestro propio país,
ya hubo un conflicto entre el comité de empalme del presidente elegido, Abelardo
de la Espriella, y el gobierno saliente, lo que ha acabado, entre otras cosas,
con la ignorancia acerca del plan formado para preparar al país ante la llegada
de El Niño [45]. Y esto mientras el recién nombrado
Minambiente, Fabio Arjona, ha propuesto formalizar la minería ilegal en el
páramo de Santurbán [46], y una multinacional canadiense está
explorando una zona boscosa del Pacífico colombiano para realizar extracción de
cobre, un mineral importante para la infraestructura eléctrica y la tecnología
necesaria en proyectos de energías renovables, pero cuya extracción en el país
se superpone con zonas protegidas [47] [48].
Y no es sólo eso. La
ONG española Oxfam Intermón presentó un informe acerca de la financiación
climática en 2024, donde se reveló que el aporte económico de grandes naciones
a aquellas de bajos y medios ingresos fue de casi 137.000 millones de dólares,
pero donde el 65% del total se entregaron como “préstamos” que, al depender de
condiciones de mercado no representan un apoyo real, de modo que la
financiación real fue de 33.000-45.000 millones [49]. En
otras palabras, aquellos países más ricos y principales fuentes de
contaminación inflaron la financiación climática que han proporcionado,
mientras ponen grandes deudas sobre naciones con menos recursos, haciendo que
estas tengan que pagar más por la contaminación de los más grandes.
Las empresas tampoco
están muy comprometidas con eso de la sostenibilidad ambiental y la lucha
contra el cambio climático. Y podría centrarme en hablar del extractivismo de
hidrocarburos, pero es importante comentar sobre un desarrollo reciente con
alcances económicos, políticos y de información: los centros de datos para
sostener las operaciones de modelos de lenguaje de gran tamaño (por sus siglas
en inglés, LLM), mal llamados y peor vendidos como inteligencias artificiales
(IA). Mientras magnates tecnológicos como Peter Thiel y Sam Altman hacen tratos
con naciones para instalar sistemas de vigilancia y proyectos militares de
avanzada [50], en Europa la Asociación de Centros de Datos de
Europa declaró que el sistema de energía del continente no puede sostener
centros de datos de LLM, por lo que deberán incrementar el uso de combustibles
fósiles para alimentarlos y mantener su “soberanía tecnológica” ante EE.UU. y,
sobre todo, China [51]. Básicamente dijeron: o el clima o el
progreso.
Mientras tanto, el último reporte climático de Google reveló un crecimiento exponencial tremendo de consumo eléctrico en 2025, 43 teravatios-hora (TwH) en comparación con los 31 TwH de 2024, a causa de la infraestructura construida para los servicios de LLM generativos implementados por la empresa [52]. Incluso dejaron de afirmar, como hicieron con anterioridad [53], que las “IA” podrían reducir las emisiones globales. La visión de los centros de datos y las “IA” como el próximo horizonte tecnológico que resolverá los grandes problemas del mundo, muy cercana al llamado aceleracionismo efectivo (e/acc), parece caer entre una resignación a que el cambio climático será irresoluble y un optimismo desenfrenado en que se hará irrelevante con los próximos desarrollos tecnológicos [54].
Todo mientras las
empresas detrás de su desarrollo concentran poder e influyen a nivel político y
económico para levantar toda restricción posible a su uso [55].
Y la verdad, no deberíamos estar entusiasmados ni por el hecho de que nuestra
privacidad y seguridad dependan tanto de empresas tecnológicas con dueños de
visiones poco democráticas [50], no por la quimera repetida
de que debemos acelerar el desarrollo tecnológico, y con ello el costo
medioambiental, bajo la promesa de que desarrollaremos una súper “inteligencia
artificial” que nos ayudará a resolver la crisis climática a la que ella misma
y el desarrollo tras ella están contribuyendo. Basar la confianza en que el
desarrollo tecnológico logrará avanzar a una velocidad mayor a la de los
problemas que enfrentamos en la actualidad es, en el mejor de los casos,
ingenuo.
Volviendo un momento al
dilema de la responsabilidad individual en frenar o manejar los efectos del
cambio climático, es interesante cómo las temperaturas récord alcanzadas en
Europa dieron lugar a otro frente de la “guerra cultural” por algo visto en
otros tiempos como un lujo: el aire acondicionado, con una baja tasa de instalación
en varios países del continente, y que se ha convertido en un artículo
defendido por la misma extrema derecha que torpedea cualquier acción climática [56].
La realidad es que sí se usa de forma frecuente en países al sur de Europa, y
en otros se ha empleado poco precisamente porque las temperaturas promedio eran
tolerables hasta hace unos pocos años; así mismo, aunque se teme que un exceso
de equipos de aire acondicionado genere un efecto de isla de calor urbano en
las densamente pobladas ciudades europeas, puede ayudar a reducir las muertes
relacionadas con el estrés térmico, y su impacto sobre el clima global es
limitado [57]. Intentar convertir el tema en una discusión
política de la ultraderecha y su “guerra cultural” es, nuevamente, ver a los
poderes políticos y económicos esquivando su responsabilidad en reducir las
posibilidades de adaptación climática, incluyendo tomar medidas a nivel
estructural y sistémico.
Un impacto que a veces
se ignora es la huella climática que deja la guerra. Los conflictos a gran
escala producen una gran cantidad de emisiones a través de diferentes
actividades como operaciones militares, construcción de infraestructuras
defensivas, e incluso la reconstrucción de otras esenciales, como edificios y
vías, tras finalizar una guerra [58]. En 2026, por ejemplo,
se calculó que la invasión a Ucrania llevaba la friolera de 311 millones de
toneladas de gases de efecto invernadero emitidos en cuatro años, las emisiones
anuales de Francia, con un 37% viniendo de actividades militares, y un 23% por
los millones de hectáreas quemadas por el Ejército ruso, lo que constituyen más
de 11.000 casos de daño ambiental registrados por el gobierno ucraniano [59]
[60].
En cuanto a la masacre
en Gaza, un estudio recientemente publicado en One Earth revela un costo
ambiental de 33.000 toneladas de equivalente de dióxido de carbono (CO2e)
emitido por las actividades pre- y postconflicto, incluyendo 1,3 millones de CO2e
de las actividades militares [58] [61]. Los autores del
estudio también denunciaron que estos efectos no suelen ser tenidos en cuenta
en los análisis de reporte climático internacional, por lo que estos y otros
conflictos locales no están presentes en los cálculos de responsabilidad
climática global.
A pesar de los problemas
mencionados, es obvio que tenemos claras nociones de dónde situar las
responsabilidades por la crisis climática actual. El problema sigue siendo que
estamos estancados en los procesos de mitigación o adaptación a los eventos
extremos actuales y futuros, y las distintas cumbres climáticas no ofrecen un
horizonte claro al que dirigirnos con premura [62]. Aun con
todo, se han propuesto diferentes formas de tratar de reducir las emisiones, o
incluso revertir las que se encuentran presentes en la atmósfera. Existen
diferentes opciones energéticas para iniciar un proceso de descarbonización.
Entonces, ¿por qué parece que seguimos atascados en el punto de inicio?
Las alternativas no bastan dentro de un mismo modelo
Desde hace décadas, se
ha planteado como objetivo y prioridad el desarrollo sostenible, un
marco crítico que busca abordar los problemas del crecimiento económico de
forma interconectada con los retos de conservación ambiental y equidad social [63].
Desde este enfoque, debe buscarse el satisfacer las necesidades económicas de
las naciones y sus poblaciones sin comprometer los recursos naturales necesarios
para las futuras generaciones. De hecho, la famosa Agenda 2030, tan
vilipendiada en círculos conspiranoicos de ultraderecha [64],
es un compilado de propuestas enfocadas en lograr un crecimiento económico y
reducir la desigualdad mientras se promueve el uso de prácticas y modos de
consumo y producción sostenibles en ecosistemas terrestres y marinos, al punto
que el nombre oficial del documento es Agenda 2030 para el Desarrollo
Sostenible [65].
No obstante, a pesar de que es comprensible la búsqueda de un compromiso entre el crecimiento económico y la conservación, el desarrollo sostenible no es tampoco la solución mágica, ni está exenta de limitaciones y problemas. Las iniciativas de desarrollo sostenible requieren de una inversión financiera significativa que no todos los países pueden cumplir de igual manera, y el mercado de inversión de impacto ha participado poco de los proyectos de la Agenda 2030 o con las comunidades que podrían beneficiarse [63] [66]. Así mismo, la inestabilidad y las crisis económicas y políticas, así como los problemas asociados con el propio cambio climático [66] [67], son un reto enorme: tres investigadores enfocados en desarrollo sostenible realizaron un análisis global multiescala en 2025, identificando la pobreza y la crisis como los mayores retos para más del 60% de los grupos globales y económicos, y más del 50% de los países reconocieron a su vez las crisis, la pobreza y el cambio climático [68].
Los grandes poderes
económicos y empresariales también son un reto y un riesgo enorme. Varias
corporaciones se han dedicado más a un greenwashing, promoviendo su
reputación a través de mensajes de desarrollo sostenible, que a involucrarse y
comprometerse con proyectos sostenibles y cambios sociales [66].
Así mismo, la presencia de poderes económicos que capturan o cooptan las
instituciones democráticas, los medios de comunicación y las industrias
tecnológicas, se pone en riesgo el avance en términos sostenibles, ya que lo
que acaba primando es el bienestar empresarial y el mercado de inversión, no la
conservación ambiental o cambios sociales trascendentales [69].
No puede haber un desarrollo sostenible real si las dinámicas de transformación
acaban sometidas a los intereses económicos antes que responder a las
necesidades, presentes y futuras, de la población.
Y este conflicto entre poder económico, poder político y demandas sociales ilustra el gran problema con el concepto de desarrollo sostenible: que sigue atrapado dentro del paradigma económico neoliberal, de modo que se trata la crisis climática actual como un inconveniente que se soluciona con transiciones energéticas, y no como una problemática acerca del modelo económico imperante, que está dirigido hacia un crecimiento que no puede ser perpetuo. Políticamente, incluso cuesta hablar de transición: naciones como Colombia han replanteado durante años este objetivo como una diversificación de la matriz energética, apostando por fuentes de energía “verdes” o renovables (eólica, solar, nuclear, geotérmica, hidroeléctrica), pero sin avanzar en una verdadera desfosilización, mientras se confía en fortalecer los sumideros naturales de carbono como bosques y océanos [70]. La diversificación energética, entonces, deja intacta la base extractivista del modelo productivo actual, la dependencia hacia los combustibles fósiles que ya estamos demorando en abandonar, y de los que cada vez contamos con menos tiempo en hacerlo.
Y aunque las energías
renovables son sin duda preferibles, también cuentan con retos que no siempre
son fáciles de balancear. Primero, la tecnología e infraestructura necesarias
para su uso requieren de minerales importantes que requieren de extracción, y
esta de momento no es posible sin el uso de combustibles fósiles [71],
lo cual, además de la ironía que representa seguir quemando petróleo y gas para
dejar de usar petróleo y gas, también implica explorar nuevas fuentes de
materiales, a veces chocando con la preservación de ecosistemas [48].
Por otro lado, como señala el ecólogo uruguayo Mauricio Lima, las energías
renovables se han vendido como capaces de sostener el mismo ritmo de
producción, desarrollo y crecimiento que hoy se tienen con los combustibles
fósiles, cuando la realidad es que la transducción de energía requerida para
sostener el modelo actual sólo es posible con una matriz energética como el
petróleo [71]. En otras palabras, la transición energética
nos exige también pensar en nuevas formas de organización social y producción.
Lima también destaca un
hecho importante que a menudo es ignorado en las propuestas de desarrollo
sostenible: estamos alcanzando los límites biofísicos del planeta. La evidencia
empírica es clara: no puede haber un “crecimiento verde” mientras se mantenga
el uso de combustibles fósiles, pues no se puede desacoplar por completo el uso
de recursos de un crecimiento económico continuo, y el desarrollo tecnológico y
la transición energética no se están dando a un ritmo en que se pueda impedir
que el calentamiento global se incremente por encima del umbral de 1,5°C [72].
Por otro lado, el estilo de vida desarrollado de naciones como Estados Unidos
es difícil de trasladar a miles de millones de personas sin tener en cuenta que
las consecuencias ambientales son biofísicamente imposibles de sostener a una
escala semejante [73]. Esto no significa que no se deba
anhelar un mayor desarrollo socioeconómico en nuestros países, sino que este
necesita tener en cuenta los factores biofísicos locales, y por lo tanto nos
obliga, de nuevo, a replantear nuestros modos de organización sociopolítica y
la escala de las actividades económicas.
¿Hay otras formas de reducir nuestro impacto ambiental además de un cambio radical en los modos de producción, o sin la quimera tecnooptimista de la colonización espacial? Hay propuestas, sí. Una de las más conocidas y apostadas es la captura y almacenamiento de carbono (por sus siglas en inglés, CCS), basada en la idea de atrapar el CO2 en la atmósfera y almacenarlo en pozos a gran profundidad en la tierra. Algunas pruebas menores han dado resultados positivos, por lo que es una tecnología respaldada por compañías petroleras que buscan financiar soluciones a la crisis climática que no requieran la desfosilización [74]. Otra propuesta reciente, todavía en fase hipotética y un poco más tirada de los cabellos, es la de geoingeniería solar, enfocada en reducir la cantidad de energía solar que llega a la Tierra a través del desarrollo dirigido de nubes marinas con capacidad reflectante para reducir la intensidad de El Niño e incrementar efectos de enfriamiento y sequedad hasta en un 40% [75].
Por supuesto, ambas
caen en el mismo yerro: proponen una forma de mitigación que no aborda el
problema de fondo, que es el extractivismo y el uso de combustibles fósiles.
Dejando de lado la propuesta de geoingeniería, lo cierto es que hay mucho que
comentar de la CCS. Una investigación conjunta de ProPublica y Drill encontró
que los valores de almacenamiento real del carbono están muy por debajo de las
proyecciones, y que toda la tecnología, organización y espacio para la
captación, transporte y almacenamiento necesarios para alcanzar un volumen de
extracción efectivo (aproximadamente 6 mil millones de toneladas de CO2
por año) sería una inversión enorme en costo y años que la hacen
prácticamente prohibitiva a gran escala [74]. Los sitios de
prueba existentes también dan cuenta de otros inconvenientes, como una menor
capacidad del almacenamiento en las rocas profundas, taponamientos y rupturas
de los sistemas de inyección, y riesgos de fugas.
Para colmo, ProPublica
reveló también la mano directa de intereses corporativos petroleros detrás de
la ciencia climática. En concreto, se descubrió que un estudio publicado por
profesionales de la Universidad de Princeton en 2004, conocido como el estudio
“Wedges” (Cuñas), que planteaba las soluciones al cambio climático como
posibles y simples, principalmente a través de la CCS, fue patrocinado por
Beyond Petroleum (BP, anteriormente British Petroleum), un gigante petrolero.
Los ejecutivos de la compañía no sólo aportaron recursos económicos al centro
de investigación en Princeton, sino que también discutieron ideas para el
artículo con los autores, quienes les enviaron manuscritos y recibieron
comentarios por parte de BP [76]. Por supuesto, los autores
también exageraron la disponibilidad y alcance de la CCS como solución al
cambio climático.
Esta revelación supone
un duro golpe a nivel de las investigaciones en torno a soluciones climáticas.
No sólo porque revela un conflicto de intereses gigantesco por parte de los
autores originales, sino porque respaldó una tecnología con alcances muy limitados
como una alternativa fundamental, y presentó un marco de tiempo de intervención
climática de 50 años, demasiado optimista para ser propuesto sin tocar el
problema del extractivismo y una desfosilización energética [76].
“Wedges” ha sido un artículo referente dentro de la ciencia climática por dos
décadas, por lo que el paradigma que planteó nos ha mantenido enfocados en ampliar
soluciones insuficientes a una crisis climática que ya está aquí, y todo sin
tocar el modelo económico y de producción actual. Reorientar el horizonte
académico y científico puede llegar a costarnos tiempo y recursos que cada vez
parecen más reducidos ante la urgencia.
¿Hacia un mundo postcrecimiento?
Los eventos climáticos
extremos de la actualidad constituyen en sí mismos el fracaso de los paradigmas
de desarrollo sostenible y crecimiento verde, tanto por las dificultades
políticas y económicas para aplicar sus principios, y la falta de voluntad de
grandes poderes, como por las propias limitaciones de ambos enfoques, que
siguen limitados por su falta de disputa al modelo económico imperante. La
evidencia científica nos grita, y no podemos ajustar su mensaje a un
liberalismo ambiental que sólo intenta retrasar un colapso cada vez más
cercano, en lugar de reconfigurar directamente nuestras formas de organización
social y bases de producción económica para enfrentarlo directamente, o al
menos sobrevivirlo [70] [71].
Los científicos, por
supuesto, siguen teniendo un papel importante que cumplir en estos años
futuros, y para ello necesitamos un perfil ético con un enfoque ecocéntrico,
que analice y cuestione las formas en que los seres humanos nos relacionamos
con la naturaleza que nos rodea, para saber balancear nuestras necesidades con
la conservación, en lugar de poner el crecimiento y el desarrollo como ejes
centrales [77]. Esto requiere una mejor formación de los
científicos climáticos en herramientas éticas y fundamentos filosóficos y
lógicos, para saber abordar preguntas complejas a nivel de conservación, y
poner la ética como una competencia fundamental de la profesión [78].
La formación ética
permite ampliar la educación ética hacia otras personas, así como interactuar
con los enfoques locales de relación ambiental, de modo que se fomente una
mayor integración de los científicos climáticos con las poblaciones: participar
en vez de simplemente informar; sabiduría colectiva y pública en lugar de
informar desde la proverbial torre de marfil [71] [78].
Tales actividades requieren que el científico climático no sólo mantenga un
diálogo interdisciplinario y multisaber que le permita comprender experiencias
y perspectivas ante la crisis climática, sino también que se mantenga alerta
ante presiones económicas y corporativas, evitando potencialmente sucesos como
el artículo “Wedges” [76], y cumplir con la responsabilidad
profesional y ética de mantener a la población consciente y enfocada en los
riesgos climáticos reales, sin eufemismos ni soluciones exageradas [79].
Afrontar la realidad desde la ciencia significa también dejar de alimentar los sueños del crecimiento infinito y sostenible, y explorar nuevos paradigmas que garanticen nuestra supervivencia y confrontar la crisis climática y ecológica. En ese sentido, un campo de investigación en sostenibilidad que ha ido creciendo en años recientes es el postcrecimiento. El postcrecimiento plantea la formación de sociedades que dejan de lado como objetivo el producto interno bruto (PIB), por lo que se enfocan en cumplir las necesidades humanas de forma equitativa en ausencia de crecimiento y dentro de los límites planetarios [80]. En ese sentido, el postcrecimiento busca desacoplar el bienestar del crecimiento económico.
El postcrecimiento surge como paradigma a partir del reconocimiento de los límites ecológicos, sociales y económicos del crecimiento, así como de los límites y fallos del desarrollo sostenible que seguía priorizando el PIB, la contrarrevolución neoliberal que frenó transformaciones políticas favorables a países del desarrollo, y el crecimiento verde que fue incapaz de desacoplar de modo absoluto el crecimiento tecnológico del consumo material y la degradación ambiental y climática [80] [81]. Incluso, se ha observado que, en ocasiones, el crecimiento del PIB deja de traducirse en un incremento del bienestar humano tras alcanzar cierto punto. Por consiguiente, el postcrecimiento enfatiza la independencia del crecimiento, a través de diferentes enfoques de investigación, la como economía de dona y economía del bienestar -las cuales enfatizan la satisfacción dentro de los límites planetarios-, la economía del estado estacionario -que busca estabilizar el uso de recurso de las sociedades a un nivel sostenible-, y el decrecimiento -una transformación democrática y planificada del sistema económico- [80].
Las pruebas con algunos
modelos macroeconómicos y ecológicos que evalúan intervenciones postcrecimiento
muestran mejores resultados a nivel climático, y buenos resultados sociales con
políticas como la reducción de horas laborales, cambios a sectores intensivos
en mano de obra, garantías laborales y subsidios [80].
Existen varias propuestas políticas orientadas al postcrecimiento, como la
renta básica universal, el ingreso máximo y el PIB, entre otras que, si bien
son compatibles con el crecimiento económico, buscan que se mantengan buenos
resultados sociales en ausencia de crecimiento, al mismo tiempo que la economía
se reestructura a ser más equitativa y sana con el ambiente [80].
La compatibilidad de los distintos enfoques postcrecimiento con el modelo
capitalista van desde la incertidumbre y la capacidad de transformarlo o
trascenderlo hasta el anticapitalismo explícito del decrecimiento.
Por supuesto, los
enfoques postcrecimiento deben enfrentarse también a cuestiones como la
profunda dependencia en el crecimiento para el incremento del empleo, la
reducción de inequidades socioeconómicas y el incremento de impuestos para los
servicios públicos. La inversión social es un factor importante en la
dependencia del crecimiento, y los problemas estructurales de las economías
capitalistas hacen menos atractiva la transición postcrecimiento para firmas y
naciones [80]. Así mismo, la investigación en postcrecimiento
debe luchar con alcanzar el bienestar en naciones con altos ingresos y niveles de consumo bajo la
propuesta de un menor uso de recursos, y cómo mantener a la humanidad de tal
manera dentro de sus límites planetarios.
En todo caso, hay bastante que aprender de perspectivas pasadas en políticas tecnológicas y de desarrollo para complementar la investigación en postcrecimiento. Por ejemplo, es fundamental abordar la democratización y pluralización del desarrollo tecnológico, arrancándolo de los enfoques tecnócratas de la actualidad, así como articular las redefiniciones de la tecnología en un contexto de postcrecimiento a la construcción de instituciones que abran vías de desarrollo en naciones del Sur global [81]. Por otro lado, también es importante integrar estudios empíricos con los marcos teóricos, unir otras disciplinas y desarrollar conceptos transdisciplinarios para comprender desde distintas visiones cómo alcanzar el bienestar en ausencia de crecimiento sin tratar de romper los límites biofísicos de la Tierra [80].
El horizonte climático
no puede quedarse en un simple desarrollo sostenible que sigue repitiendo las
lógicas económicas neoliberales y confiando en un extractivismo “moderado”
mientras se transiciona o peor aún, se diversifica la matriz energética [70].
No es realista, y no ha funcionado para frenar las emisiones de gases de efecto
invernadero y la aceleración. Se requieren cambios más radicales que una
reacomodación u oxigenación hacia un capitalismo verde. Necesitamos una
desfosilización que contemple una transición productiva en las regiones que
dependen de la extracción de hidrocarburos, una reducción de las demandas
energéticas por encima de las necesidades reales, poner al frente a los
ecosistemas en naciones como la nuestra [70] [71].
Lima afirma que, bajo
los estándares y lógicas de pensamiento actuales, es inevitable escapar de la
crisis actual. Enfrentar los problemas climáticos y ecológicos superando el
modelo económico presente requerirá enfrentar la realidad de que no podemos
mantener el mismo ritmo de crecimiento y desarrollo bajo nuevas fuentes de
energía, de modo que la organización social alrededor del mundo tenderá hacia
lógicas más locales, por lo cual necesitamos fortalecer la soberanía energética
de las poblaciones y un control democrático de los recursos [71].
En ese sentido, se vuelve necesario empezar a explorar una implementación de
propuestas postcrecimiento que abran la puerta a una gestión local de los
recursos, y que nos ayuden a dirigirnos hacia ese contexto de forma menos
agónica para nuestras poblaciones, evitando los embates de visiones
neocoloniales y tecnocráticas que buscan establecer su propio modelo de
dominación en un mundo ecológica, climática, y políticamente agotado.
Conclusiones
Debo admitir que llegar
al final de este ensayo me ha dejado un poco desgastado a nivel emocional. Hace
años que estoy consciente de que la crisis climática no da espera, y no hemos
actuado con la celeridad y contundencia necesarias, pero parece que no somos
capaces de concebir un mundo con los cambios radicales que se requieren para al
menos adaptarnos a los eventos extremos que se vienen. Ya ni digamos el modelo
económico: como bien dijo Fredric Jameson en una frase popularizada por el
filósofo Mark Fisher, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del
capitalismo. Pareciera que hemos perdido la capacidad de imaginar algo mucho
mejor.
No soy tan pesimista
como el biólogo determinista George Tsakraklides, autor del reciente trabajo The
Biology of Collapse: Lessons from Nature on Growth, Power, Extinction and
Rebirth (La biología del colapso: lecciones de la naturaleza acerca de
crecimiento, poder, extinción y renacimiento), quien considera que la
crisis climática y el colapso inminente son atribuibles a nuestra propia
biología y patrones cognitivos de establecimiento, consumo y destrucción [82],
y por ello no ve solución posible a nuestra extinción. Creo que, a pesar de los
problemas con nuestra imaginación, existe un campo enfocado en desarrollar nuevas
propuestas y perspectivas socioeconómicas y ecológicas que nos permitan
prosperar más allá del crecimiento o el desarrollo tecnológico.
Por otro lado, coincido
con Pete Kalmus, científico de datos de la Nasa que se volvió célebre hace unos
años por encadenarse a las puertas del edificio JP Morgan Chase para dar un
discurso acerca del calentamiento global, en que confiamos demasiado en líderes
mundiales que no están tomando las decisiones correctas acerca del cambio
climático. Actuamos en conjunto como especie como si estuviésemos en automático,
sin consciencia, voluntad o comprensión de lo que está ocurriendo, más
temerosos de los placeres que podríamos perder con la transición climática que
con explorar otros nuevos y más universales [83].
Esta entrada no fue escrita con el propósito de generar un pánico o transmitir una sensación de impotencia ante nuestro futuro en camino hacia una crisis climática. Para saber hacia dónde construir, tenemos que tener claro qué es lo que hemos destruido, y qué es lo que necesitamos destruir y abandonar para poder garantizar nuestra supervivencia. Hay caminos por tomar, visiones que pueden ayudarnos a construir nuevas formas de integrarnos entre nosotros y con el planeta en el que vivimos, y para dar el primer paso, tenemos que entender que podemos hacerlo, que se puede superar lo que conocemos, y que no es necesario aferrarnos a una realidad que nos empuja al abismo simplemente porque nunca hemos conocido algo más.
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