El género no es un constructo social, pero sí es más que genitalidad


*Suspiro*… Este es un tema que puede levantar ampollas, en especial porque estamos en el Mes de la Diversidad y del Orgullo LGBTI. Sin embargo, creo que si queremos aportar al reconocimiento de los derechos de las minorías sexuales es necesario y casi obligatorio abrir el debate para confrontar el enfoque argumentativo que se ha tomado desde ciertas aristas de la comunidad, que puede sonar sólido e inclusivo, pero que en realidad es una bomba lógica que a la larga puede echar por tierra los logros alcanzados en materia de derechos a lo largo de los años, por ir en contra de argumentos empíricos que podrían ser mucho más útiles para el movimiento.

Uno de los peores giros que ha tomado la izquierda en las últimas décadas es un rechazo doloroso al pensamiento racional y el método científico enmarcado dentro del antioccidentalismo a nivel político, dado que criminalizan de forma atávica y esencialista los aportes culturales de Occidente por los crímenes de sus civilizaciones, como la Conquista y esclavitud en el Nuevo Mundo. Desde esa perspectiva, desdeñan la ciencia como método más objetivo de conocimiento, por lo cual los hechos demostrados a nivel de “ciencias exactas” son puestos en duda, y se asume que toda diferencia observada es una ilusión creada por las dinámicas sociales. Esto es importante para comprender el problema.


Vamos a señalar un tema espinoso, y es que dentro de la comunidad LGBTI y la gente hetero que respalda su lucha hay conflictos internos por causa de este enfoque, el cual es defendido principalmente por el colectivo trans y por las otras minorías que se han “bautizado” en los últimos años: queer, intersexuales, no binarios, etc. No es sólo una observación: literalmente ha habido discusiones  sobre si la comunidad trans debe o no separarse del movimiento, y no son proclamadas desde el llamado feminismo transfóbico o TERF (siglas en inglés para feministas radicales trans-excluyentes), en cuya visión tan extremista se refieren a las mujeres transgénero como “hombres infiltrados”, sino porque a menudo se confunden los conceptos de identidad de género, roles de género, sexo y orientación sexual entre sí para justificar la lucha, enraizados entonces en una visión “progresista” que es irónicamente regresiva, algo más propio de la derecha rancia, y que termina haciendo daño a su causa. Ya llegaremos en un momento a eso.

Aclaremos algo de paso: esto no significa que voy a desconocer que son por mucho el sector más maltratado dentro y fuera de las minorías sexuales: por ejemplo, la administración Trump acaba de pasar una regulación que elimina la identidad de género como factor de discriminación en el sistema de salud, lo que en plata blanca significa que los pacientes trans no tendrán protección si son discriminados por doctores o enfermeras debido a su condición. En Hungría, uno de los países más reaccionarios en la Europa de hoy, acaba de aprobar una legislación que restringe el sexo legal como el determinado por cromosomas, así que los ciudadanos trans e intersexuales no podrán cambiar el sexo en sus documentos legales. Estos son problemas reales que merecen un rechazo internacional.

Sin embargo, que exista esta problemática a nivel político no significa que por asociación toda afirmación relacionada al género sea una construcción social sólo porque afirmar lo contrario podría implicar una discriminación más feroz. Eso sería cometer una falacia moralista, y las angustias morales no son un sustento racional para afirmar barrabasadas anticientíficas. Por ello, es necesario ofrecer todo el contexto de lo que significa el género, la identidad del género, el sexo y la orientación sexual para que se pueda comprender que hay hechos materiales que no se pueden ignorar, pero que estos no se traducen a un rechazo de la población trans.

Nota: ya he definido en varias ocasiones que el comportamiento homosexual está presente en decenas de especies animales, con ejemplos bastante complejos y suficientes bases genéticas e hipótesis evolutivas para explicar la homosexualidad en el Homo sapiens, así que no me voy a detener a debatir ese tema. ¿Listo? Sigamos.

¿Es diferente el sexo del género?

Cuando trabajamos con otras especies, por lo general los términos sexo y género son equivalentes e intercambiables entre sí, por lo cual el tema no admite mucha discusión: es una realidad biológica y material. Es cierto que hay especies donde los machos pueden tener rasgos más feminizados como parte de su estrategia reproductiva (lagartijas comunes de costado manchado, combatientes, sepias), así como otras con hembras masculinizadas (degús, hienas manchadas), pero esto está más relacionado a mecanismos de reproducción, influencia de la posición intrauterina de los óvulos fertilizados (degús y otros mamíferos que paren en camada), o adaptaciones que restringen la reproducción coercitiva (hienas), y que por otro lado no están correlacionadas con algún comportamiento exclusivamente homosexual que pudiera observarse, así que no son representativos para una distinción empírica entre sexo y género.

Hiena hembra con su característico pseudo-pene, que no es más que un clítoris alargado y eréctil. A menudo se les refería como “hermafroditas”, pero la diferencia de arreglo genético entre machos y hembras e incluso rasgos puntuales de los genitales hace inválida la aplicación del término.

Si bien varias de estas especies nos pueden ayudar a entender algunas bases en cuanto a la diversidad sexual, y lo explicaré en un rato, al fijarnos en nuestra especie nos damos cuenta que la cosa es más complicada, debido no sólo a los casos de disconformidad de género como tal (que no son lo mismo que disforia de género, vale aclarar), sino también a que las complejas estructuras socioculturales del ser humano, influidas en buena parte por diferencias a nivel psicológico y rasgos conductuales en cortejo y reproducción entre los sexos, han dado lugar a una serie de normales sociales y conductuales percibidas como típicas o apropiadas para un determinado sexo: los llamados roles de género. Hay algunas variaciones locales asociadas a diferentes culturas, pero suelen mantener bases muy similares (“hombres al trabajo, mujeres a la casa”, por pecar de reduccionista), lo cual sugiere que dichos roles son perpetuados no sólo por el contexto sociocultural sino también por la evolución de los rasgos conductuales.

No obstante, esto no nos dice que el género en sí sea biológico, sólo que los roles de género pueden estar guiados por diferencias biológicas en la psicología de los sexos; tampoco implica que los roles de género sean inalterables en la especie, pues a través de siglos de lucha por los mínimos derechos del ciudadano hemos comprendido que no hay limitaciones ni restricciones biológicas o empíricas para que cada sexo aspire a roles por fuera de los asignados clásicamente: no está mal que las mujeres puedan buscar trabajo o no aspiren a tener hijos, como tampoco es negativo que los hombres lloren o se dediquen a ayudar dentro del hogar. Entendemos, entonces, que la biología y la evolución no son una cadena de hierro en nuestro cuello que limita o impera sobre las acciones y decisiones individuales en nuestra especie, pero sí nos sugieren un conjunto de rasgos y características individuales asociadas al sexo que permiten distinguir entre la masculinidad y la feminidad, hablando en términos biológicos.

Teniendo esto en cuenta hacemos una distinción entre sexo y género porque, en primer lugar, cuando hablamos de género nos solemos referir a esos aspectos socioculturales, conductuales y de actividades que se consideran dentro de la norma apropiada para hombres y mujeres, así como las características surgidas de factores biológicos y genéticos en cada sexo. En segundo lugar, y esto es más importante (pues ayuda a cuestionar el enfoque de “género como constructo social”), porque los estudios en torno a la sexualidad del ser humano han permitido definir el concepto de identidad de género; es decir, el sentido personal e individual del género al que se pertenece. Y este no siempre va en línea con los rasgos del sexo biológico como la anatomía genital externa y los gametos, las células sexuales que son específicas de cada sexo. También puede diferir de la orientación sexual, la atracción sexual y afectiva que un individuo mantiene a lo largo de tiempo, y que es clave también para entender el concepto de homosexualidad, así como distinguirlo de la transexualidad.

Ilustración sintética de los conceptos de identidad de género, orientación sexual y sexo biológico.

¿Por qué sería objetivamente incorrecto asumir el género como un constructo social?

Porque al hacerlo, estaríamos sintetizando la identidad de género como algo que se construye a partir de los roles de género, lo cual es problemático porque la identidad parte de una dimensión psicológica de la sexualidad, lo que significa que hay argumentos biológicos y empíricos que se están ignorando, empobreciendo de este modo el debate y además amenazando las luchas y logros del colectivo LGBTI como un todo. Esto puede parecer un poco exagerado, pero a continuación les explicaré por qué sostengo estas afirmaciones.

Hay que entender que para definir la sexualidad en el ser humano, debemos comprenderla como una serie de dimensiones que se solapan entre sí: una dimensión biológica, una dimensión psicológica y una dimensión social. La dimensión social es la que se encuentra más independiente, pues es donde se alojan los roles de género y los convencionalismos culturales asociados a los diferentes sexos. Por su parte, la dimensión psicológica, que comprende tanto el comportamiento sexual y afectivo como la atracción y la identidad, guarda una fuerte influencia de la dimensión biológica, debido tanto a factores cromosómicos como hormonales durante del desarrollo ontogénico. En otras palabras, la orientación sexual y la identidad de género están estrechamente relacionadas con factores biológicos, por lo cual reducir el género a un constructo social estricto es incorrecto.

¿Cómo se relaciona esto con los transgénero? De base, se tiene que reconocer que existen diferencias psicológicas entre hombres y mujeres asociadas a rasgos genéticos, diferencias neuroanatómicas (es decir, en estructuras cerebrales) y producción de hormonas. Esto explica, en parte, el por qué los hombres tienden a ser más “agresivos” y con actitudes más abiertas a la promiscuidad, mientras que las mujeres son más empáticas y selectivas en sus relaciones, aunque esto no excluye la influencia de los mencionados roles sociales en la prevalencia de tales comportamientos. Algunos estudios han reflejado diferencias en la ejecución de diferentes tareas o el uso de determinadas habilidades entre los sexos. Por si acaso, esto no significa que existan diferencias en la inteligencia de hombres y mujeres; los estudios neuroanatómicos centrados al respecto no reflejan evidencia de ello.

Las diferencias neuroanatómicas tampoco respaldan alguna dominancia natural de un sexo sobre otro, y aún si lo hicieran ya cuestioné la excusa del imperativo biológico, así que no deben ser asumidos como evidencias para justificar el sexismo.

¿Se entiende hacia dónde voy con esto? La identidad de género es un componente biológico de la sexualidad del ser humano, así que la disconformidad presente en la comunidad trans es resultado de estas diferencias psicológicas y neuroanatómicas que pueden discrepar con los factores cromosómicos y genitales que componen la dimensión biológica de la sexualidad. En ese orden de ideas, por ejemplo un hombre trans es aquel cuya dimensión biológica a nivel cromosómico y genital se corresponde con el sexo femenino, pero cuya dimensión psicológica a nivel de identidad se corresponde con el de un hombre. De hecho, en los pocos estudios realizados al respecto, se ha observado que las estructuras cerebrales en mujeres trans androfílicas (es decir, atraídas sexualmente por la masculinidad) son muy similares a la estructura presente en mujeres cisgénero (mujeres cuya identidad de género se corresponde con el asignado por su sexo biológico). Resumiendo: una persona transgénero es cromosómica y genitalmente de un género, pero neurológicamente pertenece a otro, por lo cual la asignación de género no puede limitarse a la anatomía de los genitales externos o al componente cromosómico. Y a su vez, es evidencia de que se trata de una condición innata, no una elección.


Nótese que hasta ahora sólo me he referido a la identidad de género en la dimensión psicológica, no a la orientación sexual. Esta también está asociada a rasgos genéticos, como ya comenté en una entrada anterior, así como a posibles factores hormonales que se presentan durante el desarrollo embrionario, pero no está vinculada de forma irrestricta a los factores que influyen en la identidad de género. Es decir, una lesbiana no necesariamente comparte una estructura cerebral similar a la de un hombre cis, así que aún se siente y se identifica como mujer; por ello, el reduccionismo discriminador de llamar “maricones” u homosexuales a los trans es incorrecto, pues su orientación sexual puede o no estar alineada con su género a nivel anatómico y cromosómico, o con su dimensión psicológica; es decir, ser transgénero no implica ser gay. Por ello, a menudo en estudios de sexualidad sobre la comunidad trans se prefiere hablar de androfilia y ginefilia, una atracción sexual por los rasgos masculinos o femeninos, respectivamente, lo cual permite entender un poco más este campo tan complejo, pero a su vez genera un debate sobre argumentos recientes que mencionaré más adelante.

Lo que todo lo anterior significa es que, por más que haya una presión de factores sociales como los roles de género sobre una persona, la cual puede influenciar de forma negativa en el reconocimiento de su identidad y atracción sexual, llevándolos a asumir un comportamiento “normal” para su sexo biológico en la sociedad, no pueden modificar los factores hormonales o neuroanatómicos precedentes: es decir, no pueden cambiar la identidad u orientación. Para ser directo, y me perdonarán por sonar un poco cruel, si en verdad la presión de los roles de género a nivel social pudieran alterar la identidad a nivel individual, entonces David/Brenda Reimer, aquel niño víctima de una circuncisión desastrosa y una reasignación quirúrgica involuntaria sugerida por el psicólogo John Money -pionero en el campo de la identidad de género, pero con un legado de hipótesis cuestionables-, jamás habría terminado quitándose la vida.

No, no es probable que existan más de dos sexos

Sería exagerado asumir que los defensores de los derechos LGBTI tienden más a despreciar los argumentos científicos en su lucha, pues sí es cierto que hay varios que saben utilizarlos, a la vez que entienden que incluso si la orientación sexual o la identidad de género no tuvieran una base natural, esto no sería una razón para discriminar al colectivo. Sin embargo, algunos llevan al extremo las evidencias o herramientas científicas, y en consecuencia apoyan hipótesis falaces que no resisten un examen crítico. La que más me genera curiosidad es el sofisma de “la especie humana no es sexualmente binaria”, lo cual es una imprecisión anticientífica del tamaño del Santuario de Las Lajas.

Desde una perspectiva antropológica y sociológica, muchas culturas ofrecen ejemplos de una normativa en cuanto a los roles de género en su sociedad que no se ajustan a una definición binaria estricta; de hecho, ejemplos locales de transgéneros o grupos minoritarios con un rol social tan definido que suelen ser considerados como un “tercer género” hay muchos, como los kathoey de Tailandia, los travestis en Suramérica (antes de que me ataquen, uso el término dada su reapropiación lingüística por grupos activistas y no en un contexto peyorativo), los hijra en el subcontinente indio o los bissu de la cultura Bugi en Sulawesi, que cuentan incluso como un “quinto género”. Dadas las evidencias, restringir los roles de género en la sociedad actual a un marco binario es, al menos, objetivamente discutible.


A partir de estas situaciones puntuales, son muchos los que asumen que no sólo los géneros pueden ser más que binarios a nivel sociocultural, sino que además toman casos clínicos mal interpretados para asegurar que existen más de dos sexos a nivel biológico. No obstante, si nos remitimos a las evidencias biológicas como el sistema de diferenciación sexual XY, las diferencias morfológicas y físicas entre sexos (altura promedio, masa muscular, osteología, etc) y los rasgos morfométricos y estructurales de gametos masculinos y femeninos, la realidad material es que si bien el desarrollo sexual se da por un proceso complejo de regulaciones combinadas a diferentes dimensiones que van más allá de un mecanismo binario, no hay suficientes argumentos para respaldar que nuestra especie no es naturalmente binaria a nivel sexual. La mayoría de los individuos de la especie Homo sapiens pueden ser divididos en formas masculinas y femeninas, con una identidad de género que se alinea a su genitalidad y arreglo cromosómico.

A menudo, los que defienden que el carácter sexual binario de nuestra especie es una construcción subjetiva traen a colación condiciones de mosaicismo genético como el síndrome de Klinefelter (46 XY/47 XXY) y algunos casos del síndrome triple X, o el síndrome de insensibilidad androgénica (SIA)1. Y es cierto: hay muchos síndromes clínicos que ayudan a evidenciar el vínculo entre el desarrollo embrionario y la identidad de género. Sin embargo, también debe tenerse en cuenta que se trata de casos atípicos, que corresponden en su mayoría a la combinación desnivelada de atributos masculinos y femeninos, pero que aún corresponden a un sexo binario que puede ser identificado a nivel cromosómico, genital o gamético, no a un tercer sexo o género biológico, así que no son representativos.

Tal como Gregory Gorelik explicaba al analizar los errores de reaccionarios y activistas de género al no acudir a la ciencia: “Si la identidad de género estuviera separada completamente del sexo biológico, deberíamos esperar un mayor número de individuos transgénero dentro de la población -al menos un porcentaje mayor a la mitad”. Que la población trans o no binaria (que son los términos globales para agrupar diferentes condiciones relacionadas con la identidad) sean minoritarias no excluye ni invalida el reconocimiento de sus derechos, pero sí demuestra que la identidad de género tiene un vínculo profundo con el sexo biológico, que es lo que he intentado explicar todo este tiempo, así que si bien los roles de género a nivel social pueden influenciar de modo negativo en la identidad individual, no son capaces de transformar la conformidad y aceptación del género en contra de los factores hormonales o neuroanatómicos precedentes, mucho menos para que los casos de disconformidad puedan ser asumidos como un tercer género o sexo biológico.

La raíz de los conflictos internos

Habiendo ya explicado todo lo anterior, metamos las manos en la candela. En años recientes han surgido brechas dentro del movimiento LGBTI debido a que una porción del activismo trans está forzando la etiqueta de género como una marca de identidad, por encima del sexo; no sólo eso, sino que gracias al problemático y ambiguo marco teórico de la interseccionalidad, algunos incluso plantean como intolerancia el hecho de que un individuo homosexual exprese una atracción exclusiva a personas de su mismo sexo, o resienten que un alto porcentaje de individuos, hetero u homosexuales, manifiesten que no tendrían relaciones con una persona trans. Y no olvidemos que J.K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter, volvió a ser acusada de “transfóbica” por haberse manifestado de forma irónica sobre una noticia que hablaba de “personas que menstrúan”, como si la realidad material de que se trata de “mujeres” invisibilizara al colectivo transgénero. Un absurdo que por cierto ya denunciaba Elinor Burkett en 2015, luego de que el boom mediático de Caitlyn Jenner y polémicas contemporáneas sobre el uso de una palabra “excluyente” como vagina pusiera en la mesa la problemática sobre la “redefinición” del concepto de ser mujer.


Al convertir el sexo en género, la orientación sexual pasaría a ser definida como atracción hacia el mismo género. Aquí tenemos un problema. ¿Recuerdan los términos de androfilia y ginefilia que mencioné hace dos secciones? Si la amplia mayoría de gays, lesbianas, bisexuales e incluso transexuales poseen una atracción íntima por los rasgos físicos masculinos y/o femeninos, siendo la genitalidad un importante componente de ese deseo sexual, la propuesta de la orientación como atracción al mismo género haría que su orientación sexual sea asumida como transfobia, puesto que es obvio que si un hombre gay siente atracción por el sexo masculino biológico, no tendrá el mismo deseo por un hombre trans, por más doloroso que sea para este último. Este reduccionismo es injusto para ambos: para un homosexual, sería forzarlo por presión social a aceptar que debe establecer relaciones con personas por las cuales no siente atracción física; para un transgénero, es mantenerlo dentro de un marco victimista de su vida que anula por completo la misma distinción conceptual que se supone debería respaldar su propia existencia.

Sí, la atracción sexual no está limitada a la genitalidad de la pareja, pero sí que es un componente importante para definir la orientación. El hecho de que, digamos, más del 80% de las personas en una encuesta cualquiera manifieste que no tendría vínculos afectivos con una persona transgénero no implica ninguna transfobia: es acorde con el carácter sexual dimórfico de nuestra especie, y el hecho de que la mayor parte de la población sea heterosexual y cisgénero. Pasa lo mismo con los homosexuales y bisexuales. ¿Por qué asociar hechos biológicos materiales en el ser humano a una discriminación sistemática? ¿Por qué seguir sacrificando evidencias científicas en torno a una narrativa postmoderna que reduce cualquier diferencia observada a imposiciones sociales?

Ojo, esto no es desconocer la discriminación atroz que sufre la población transgénero a lo largo del mundo. Tan sólo en América Latina, el acoso y los prejuicios han convertido a la población trans en una de alto riesgo, con pocas oportunidades de educación y acceso a trabajos bien remunerados, al punto que la esperanza de vida promedio de la mujer trans es de 35 años, la mitad del promedio en la región. Enfrentan una fuerte discriminación en especial en los servicios de salud, y además hay una fuerte prevalencia de VIH dentro de la comunidad. Es claro que son necesarios cambios radicales en la educación de los latinoamericanos, tanto en la escuela como en los servicios públicos y privados, para desterrar del todo los estereotipos y la intolerancia.

Aun considerando esto, la obviedad es que la narrativa de equivalencia entre sexo y género que proponen algunas ramas del activismo trans está generando un conflicto interno dentro de la comunidad LGBTI, porque requiere que se “deconstruya” la realidad material del concepto de sexo biológico, el núcleo mismo de la orientación sexual, lo que pone en tela de juicio la validez de las luchas en torno a los derechos homosexuales y genera discusiones bastante complejas de las que no se atisba un temprano desenlace. Y en tanto la causa LGB y la causa T (¿e I?) mantengan objetivos que chocan entre sí, aunque ninguna causa sea superior a la otra, el activismo de las minorías sexuales se estará devorando ideológicamente a sí mismo como la serpiente que se muerde su propia cola.


¿Deberían entonces, como recomiendan autores gay y escritoras trans, escindirse los LGB y los T? La verdad no lo sé. Yo no pretendo ofrecer una respuesta final a esas discusiones internas, pues ni siquiera soy parte de la comunidad, aunque sí un ferviente defensor de sus derechos. Lo que sí puedo hacer, al estar enfocados mis estudios en torno a la evolución y la selección sexual, es presentar evidencias y argumentos desde el campo científico que permitan retirar el halo impenetrable de algunas posturas postmodernas que carecen de un sustento fáctico real, y que de alguna forma eso contribuya a un debate más sano.

Es todo lo que puedo comentar al respecto. Como es usual, si hay discrepancias con lo que he explicado aquí, le pido que por favor reflexione antes de comentar y evite acusaciones de discriminación. El debate sobre la imposición social de los roles de género y sus consecuencias sobre las minorías sexuales es importante y necesaria, pero es necesario dejar de reducir todos los argumentos a una variable única que pretenda explicar todo, en especial cuando va en contravía de evidencias materiales ya presentes.

1Dato friki: en la novela original Ringu, que inspiró entre otras la película japonesa homónima de 1998 y la irregular saga fílmica de El aro, la antagonista Sadako (Samara en la versión de Hollywood) tiene SIA, lo que significa que genéticamente es hombre. Este detalle del personaje no fue representado en las versiones fílmicas de Japón y Estados Unidos; no obstante, la película coreana de 1999 The Ring Virus, que sigue más fielmente la novela, mantuvo su condición sexual.

Comentarios

  1. Te felicito, magnífico artículo, lo disfruté bastante.

    Por cierto, te ganaste 20 frikipuntos, pocos saben el dato de Sadako. Por cierto, eso según varios comentarios haría que el video maldito en si sea el pene de Sadako, el orgáno reproductor con el cual transmite su maldición (o en el caso que sea una mujer ovulando la que ve el video, el genmoa de Sadako).

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    1. Muchas gracias. Lo del vídeo es una hipótesis interesante, aunque entiendo que Sadako sólo tenía testículos no descendidos, no pene. Pero igual sí que podría estar relacionado con su condición.

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  2. Claro que es más que la genitalidad: los genes en sí, nuestros pares de cromosomas, la constitución de nuestra genética, son todo cuanto somos y cómo somos.

    Pero no, la llamada ideología de género no tiene sustento científico. Y no es discriminarles ni odiarles ni mucho menos; es que no se pueden valer de la ciencia cuando es algo que les gusta, y dejarla totalmente de lado cuando no sustenta sus caprichos o fantasías. XY o XX. Masculino, Femenino. Hasta ahí. Orientaciones y gustos por vestir y de conductas hay cientos, claro. Géneros, en verdad: solo 2.

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    1. Mmm... Bueno, eso de "ideología de género" es un término que surgió desde la derecha conservadora. Lo que sí manejan los activistas que menciono se llama más bien teoría crítica del género, y más que aceptar la ciencia cuando les conviene, es que van prácticamente en contra de ella.

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    2. ¿El concepto de "teoría" en este caso como se utiliza? En las áreas sociales el concepto de "teoría" es menos preciso que en las ciencias factuales. Y mucho menos rebatible. Es decir, en ciencias una teoría es suceptible de discusión y de posibilidad de estar errada, si se aportan pruebas que la rebatan. Pero en los grupos en cuestión, enlos sectores más radicales, la discusión no es permitida y tal teoría se acepta como dogma. La llamaran "teoría", pero si la defienden como una verdad incuestionable, que forma parte de su identidad, ¿cómo se llama eso entonces?
      Creo que investigare al respecto. Gracias por el dato del nombre.

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    3. Mira, Álvaro, la verdad ahí sí no puedo darte una respuesta concreta por lo mismo que describes. Entiendo que en ciencias sociales, "teoría crítica" corresponde a un enfoque crítico reflexivo de aspectos socioculturales, asociando los problemas sociales presentes a las estructuras de poder y supuesto culturales en lugar de las diferencias individuales. El problema, según yo lo veo, es que la teoría de género es más una metodología de análisis literario y aplicación teórica para la deconstrucción de categorías sociales, basado en el discurso, pero que ignora los hechos materiales. Ahí es donde entra el choque con las políticas de identidad que desde algunas vertientes se proponen. El Día del Orgullo tuve una conversación relacionada al respecto con una pareja de amigas bi que tienen algunas inquietudes sobre el "exceso de deconstrucción" y categorización, por decirlo de alguna forma.

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  3. Lo que me ha quedado en claro en la actualidad es que una hembra humana no es necesariamente una mujer. Porque supongo que ahi no pueden decir que la hembra es un constructo social porque luego tendrían que preguntarles de donde sacan que el resto de los animales algun tipo de civilización siquiera.
    Y si, sé que en el reino animal existen ejemplos varios de comportamiento homosexual (muchos, muchos, incluyendo pingüinos y bonobos), de "travestismo" o "transexualidad" (lo pongo entre comillas porque dudo que hienas y leones manejen el concepto en cuestion) como en leonas con melena o las mismas hienas con pseudopene, pero no se puede argumentar que las hembras sean un constructo social, pues la hembra es algo que existe más allá de la sociedad humana.
    Sin embargo, ya veo la que se va a armar cuando alguien recurra a la válidadmente cientifica forma de llamar a las (genital, psicologica y geneticamente) mujeres como "hembras" humanas. Aunque esto sea correcto.

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    1. De hecho, lo que comentas es justo algo que discutió Colin Wright hace un tiempo cuando Sam Smith se definió como no binario, porque como que trató de decir que no se sentía enteramente hombre o mujer, pero usó los términos macho y hembra, que son estrictamente biológicos.

      Y no, obvio que los casos de leonas con melena o las hienas manchadas no son ni hermafroditismo ni transexualidad: es simplemente masculinización por determinados rasgos hormonales, así que es algo biológico por completo, y en todo caso son hembras que se reproducen igual, así que "saben" y se "reconocen" como hembras.

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  4. ¿podrias hacer una entrada sobre la paradoja de la igualdad? Y hablar específicamente como el entorno influye en las hormonas de cada sexo y genero determinado.

    Que siempre que investigo de este tema casi siempre son conservadores trasfobicos, diciendo " "JAJAJAJJAJA MIRA COMO LA CIENCIA DESTRUYE LA IDEOLOGIA DE GENERO"

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