lunes, 21 de agosto de 2017

Confusiones ideológicas sobre la sexualidad

La lucha de los activistas por los derechos LGBTI se ve enfrentada por diferentes argumentos pobres por parte de la derecha conservadora y religiosa, a menudo basándose en simples argumentos religiosos, pero con mucha frecuencia en hipótesis pseudocientíficas y desconfianza a cualquier idea que les huela a liberalismo de izquierda. Afortunadamente, cada vez son más los países que dan pasos hacia la inclusión y la igualdad de derechos de esta minoría, pues comprenden que la oposición falla en sus acusaciones, y que la situación social y jurídica de aquellos con diferente orientación sexual e identidad de género no debe basarse en percepciones de nivel ideológico religioso o personal, sino en la evidencia científica y argumentos legales serios.

Sin embargo, muchas veces encontramos que desde los mismos activistas hay muchos que se dan tiros en el pie a sucumbir a ideas posmodernas muy poco científicas e intelectuales, según las cuales el género es una construcción enteramente social, y que no hay nada que la biología y la ciencia pueda decirnos sobre los roles de género y el origen de la identidad en las personas transgénero. Esto es arriesgado y torpe, porque terminan recurriendo a argumentos pseudofilosóficos mal armados que minan la fuerza de su lucha y dan aliento a los que los discriminan, que también pretenden reducir todo el tema de la sexualidad y el género a pretensiones sociales del liberal mundo moderno.
Para dar un vistazo un poco más sesudo a esta discordia, he traído un artículo reciente de Quillete donde se abordan las fallas de la izquierda y la derecha en torno a la lucha por los derechos de los transgénero, traducido por un lector habitual del blog que ya me ayudó antes con la experiencia de Michael Shermer en atracciones creacionistas. Al igual que la vez anterior, procuré pulir varios aspectos de la traducción. Como siempre, el título original enlaza al artículo en inglés, para quienes quieran darle un vistazo.
Los tradicionalistas y activistas se equivocan ambos sobre el sexo y el género
Por Gregory Gorelik
Año: 2017

Traducido por Luis Mendoza

Nota: Ya casi había terminado este ensayo cuando escuché sobre la medida del presidente Trump de vetar a los transgénero de entrar en el ejército de los Estados Unidos. Esta es una clara discriminación hacia la comunidad transgénero. Así como lo declaro el senador Jhon McCain después del anuncio de Trump, “Cualquier estadounidense que reúna los requerimientos médicos y la preparación necesaria debería permitírsele seguir sirviendo. No hay razón para obligar a miembros del servicio que sean capaces de pelear, entrenar y desplegarse a dejar la milicia, independiente de su identidad de género. Deberíamos guiarnos por el principio de que cualquier americano que desee servir a nuestro país y cumpla con los requisitos debería tener la oportunidad de hacerlo, y ser tratados como los patriotas que son”
Vadear en las turbulentas corrientes de las políticas sobre sexo, género e identidad de género requiere un salvavidas. Inevitablemente, uno está obligado a hacer enojar a una u otra corriente política, ya sean derechos transgénero o los que apoyan a los roles tradicionales de género. Si no puedo lograr una reconciliación entre los dos bandos, al menos puedo tratar de enfurecer a los dos. Pero antes de  entrar al por qué muchos de los activistas de género están mal informados explicaré primero dónde se equivocan los tradicionalistas.
***
En apoyo a los derechos transgénero, y en oposicion a ideologías reaccionarias que intentan armar líneas de batalla a través de los baños públicos en Estados Unidos, es un hecho que la identidad transgénero no es algo que debe ser menospreciado como una elección caprichosa hecha por algún millenial hastiado y políticamente correcto.
Tampoco puede ser reducida a un desorden mental que requiera tratamiento médico inmediato. La historia y la antropología nos muestran numerosos ejemplos de individuos que no se conformaban a roles de género tradicionales, desde emperadores romanos hasta clases sociales enteras.
Y en el campo científico del desarrollo sexual, está bien establecido que el desarrollo típico (normal) de la sexualidad no es activado por un único mecanismo binario, sino que depende de un proceso complejo regulado por genes, hormonas y receptores bioquímicos.
Cuando se trata de genes, los individuos pueden poseer números de cromosomas sexuales que difieren de los típicos XX (para mujeres) y XY (para hombres). El síndrome de Klinefelter, por ejemplo, ocurre cuando una persona posee dos X y un Y. Tal individuo puede desarrollar una combinación de rasgos femeninos y masculinos, los cuales son tanto físicos como psicológicos y conductuales.
El desarrollo sexual típico puede ser igualmente obstruido cuando las hormonas sexuales no logran activar cascadas de desarrollo apropiadas (jerga científica para una serie de reacciones químicas que toman lugar en períodos cruciales del desarrollo como la pubertad). En los varones de sexo típico, el gen SRY en el cromosoma Y activa la liberación de testosterona, que permite la masculinización del cerebro y del cuerpo durante el estado fetal del desarrollo. Sin embargo, ese proceso es entorpecido en personas con el síndrome de insensibilidad androgénica. Esta es una condición en donde individuos machos  desarrollan rasgos femeninos físicos y psicológicos porque sus receptores de andrógenos dejan de funcionar. Así mismo la insensibilidad androgénica no es un fenómeno de todo-o-nada; los individuos pueden ser sólo parcialmente insensibles a los andrógenos y, como resultado, puedan mostrar sólo sutiles características femeninas, si hay alguna.
El síndrome de Klinefelter y el síndrome de insensibilidad androgénica son dos de las formas más comunes de desarrollo sexual atípico, pero hay otras. El desarrollo masculino, por ejemplo, es gobernado por procesos separados de masculinización cerebral y corporal que ocurre antes del nacimiento1. Tras la liberación de testosterona, la enzima 5α-reductasa se transforma en dihidrotestosterona, que masculiniza el cuerpo del feto. La enzima aromatasa, en contraste, convierte la testosterona en estrógeno el cual, a pesar de su reputación como una hormona típicamente femenina, trabaja para masculinizar el cerebro fetal. Cualquiera de estos caminos puede romperse sin afectar la otra ruta, conduciendo al desarrollo de personas con cuerpos, pero no cerebros, masculinos, o cerebros, más no cuerpos, masculinos.
Lo que estas condiciones sugieren es que la experiencia de estar atrapado en un cuerpo que no encaja con el género psicológico de uno, una experiencia que es comúnmente reportada por personas transgénero, se ciñe en algunos casos a la biología del desarrollo. De manera similar sugieren que la insistencia de la derecha religiosa de que los individuos transgénero están engañados no ha nacido de la ciencia.
Donde los activistas se equivocan
Pero la ciencia del desarrollo sexual es apolítica, y los activistas transgénero no son inmunes al sentimiento anticientífico, Para empezar, los humanos son una especie sexualmente dimórfica, lo que significa que, a pesar de la complejidad del desarrollo sexual, la mayoría de los humanos pueden dividirse en formas masculinas y femeninas. Incluso en los casos previamente discutidos de desarrollo sexual atípico, son las combinaciones y niveles atípicos de características masculinas y femeninas las responsables. La pretensión de que hay más de dos géneros -sin mencionar las más de 50 opciones de género que los usuarios de Facebook pueden seleccionar por sí mismos- es biológicamente insostenible. Pero hay una ignorancia aún más profunda entre activistas; una ignorancia que infesta gran parte de las políticas de izquierda de hoy: la ignorancia sobre el inseparable vínculo entre cultura y biología.
Feministas de género y activistas transgénero -al menos los más extremistas- son generalmente recelosos de los fundamentos biológicos del género. En diferente grado, están informados por académicos en el campo de los estudios de género que afirman que hay una separación entre sexo y género.
En la categoría de sexo se ubican genes, hormonas y genitales, mientras que en la categoría de género hay diferencias sexuales en la agresión, comportamiento durante la crianza, e incluso diferencias sexuales en el comportamiento sexual -todo eso asumido como un producto de la socialización entre fuerzas sociales2. Pero aquí hay una paradoja. Si el sexo y el género son en verdad entidades separadas, ¿en que se basan los transgénero cuando afirman que la identidad de género no es una elección? Dudo que crean que la identidad transgénero arraigada es producto de una socialización a temprana edad, o del concepto de Judith Butler de “performatividad” (N.T.: capacidad de definir  la identidad a través de la comunicación, el discurso y el comportamiento, relacionada con el concepto de género como construcción social), pero esta parece ser la única alternativa si la influencia biológica es ignorada.
La separación de sexo y género es la versión moderna del dualismo cartesiano -la separación ilusoria entre la mente y el cuerpo. Ambas nociones son fallidas en que ambas dependen de una separación que no existe. El dualismo cartesiano se desmorona al comprenderse que la “materia mental” depende de “materia física” como las neuronas, neurotransmisores e impulsos eléctricos.
El dualismo de sexo y género se derrumba tras un encuentro con la creciente evidencia que existe sobre diferencias sexuales anatómicas, fisiológicas y conductuales -diferencias que no pueden ser menospreciadas como productos de construcción social. Nótese, sin embargo, que tal como a veces es útil hacer una distinción entre cuerpo y mente (a pesar de la indeleble conexión entre los dos), puede haber momentos cuando sea útil hacer una distinción entre sexo y género. Si uno estuviera discutiendo productos culturales como los zapatos de tacón alto de la mujer, o las bicicletas para “hombres” y “mujeres” por ejemplo,  enmarcar la discusión en términos de diferencias de género sería la forma de hacerlo.
Pero cuando se trata de diferencias entre los cerebros de hombres y mujeres y su comportamiento, no hay una diferencia estricta y rápida entre cultura y biología.
La evidencia más clara para esta falta de distinción es el hecho de que la mayoría de los individuos son cisgénero (individuos cuya identidad de género se alinea con su sexo biológico). Las estimaciones más progresistas afirman que los individuos transgénero ocupan sólo del 0,5 al 0,6 por ciento de la población de Estados Unidos3. Aunque esto no invalida de ninguna forma la lucha por los derechos transgénero -lo cual seguiría siendo una lucha necesaria aun si sólo existiera una persona transgénero en el mundo- sí sugiere que el sexo biológico y la identidad de género se corresponden en la vasta mayoría de personas. Si la identidad de género estuviera separada completamente del sexo biológico, deberíamos esperar un mayor número de individuos transgénero dentro de la población -al menos un porcentaje mayor a la mitad-.
Algunos podrían afirmar que la socialización de roles de género en sociedades restrictivas explica el reducido número de individuos transgénero. Pero esta discordia no se sostiene bien bajo escrutinio. Países igualitarios con el género como Suecia son similares a países menos igualitarios cuando se trata de diferencias en preferencias de juguetes entre niños y niñas4. Que tales diferencias sean más profundas que las prácticas culturales de crianza también es sugerido por el hallazgo que los monos Rhesus machos, como sus contrapartes humanas, son más propensos a jugar con camiones que las Rhesus hembras5, y cuando las chimpancés hembras juveniles no pueden conseguir muñecas, acunan en su lugar palos6.
Sin embargo, la imputación más interesante de la hipótesis sobre la socialización del género que me he encontrado, no era realmente una imputación en sí. Era más una imputación sobre la dirección de los efectos de la socialización comúnmente afirmados por investigadores de estudios de género. Específicamente, las niñas que experimentaron el nivel más alto de exposición a andrógenos antes del nacimiento eran ligeramente más propensas a mostrar comportamientos masculinos si eran alentadas a ser femeninas en la infancia7.  Esto sugiere que la socialización de los roles de género tradicionales no tiene efecto sobre -y puede incluso exacerbar- la no conformidad con el género entre individuos con un perfil hormonal atípico. No obstante, si aún hay dudas acerca de los límites de la socialización de género, el triste caso de David Reimer debería mitigarlas.
Un activismo biológicamente informado
Como sucede con la lucha de los derechos gay, la lucha por los derechos transgénero no debería girar en torno a si la ciencia descubre todas, o alguna, de las correlaciones biológicas subyacentes de la identidad de género. Aun si la identidad de género fuera una elección completamente inconexa con las hormonas sexuales y la fisiología reproductiva (una postura que, extrañamente, es compartida por la derecha religiosa y los proponentes del dualismo de sexo y género), la legitimidad de la lucha por los derechos no debería vacilar.
Pero la necesidad de ambos lados para obtener la ciencia correcta lleva a consecuencias prácticas para las vidas de millones. Cuando los activistas conservadores posando como expertos niegan a los individuos su derecho a identificarse como elijan, están ignorando las experiencias de personas transgénero y la ciencia de la identidad de género. Por otro lado, cuando los activistas transgénero acosan a investigadores legítimos para imponer su agenda política o consagran leyes que obliguen la adopción de pronombres de género recientemente inventados, la curiosidad científica y la libertad de expresión son a la larga sacrificadas en el altar de la corrección política.

Referencias
[1] Panksepp, J. (1998). Affective Neuroscience. Oxford University Press: New York, NY, p. 233.
[2] Para una refutación científica a la aseveración de que las diferencias entre sexos en agresión, crianza y comportamiento sexual provienen de la socialización, ver: Baron-Cohen, S. (2005). The empathizing system: A revision of the 1994 model of the mindreading system. In B. J. Ellis, & D. F. Bjorklund (Eds.), Origins of the social mind: Evolutionary psychology and child development (pp. 468-492). New York: Guilford; Clark, R. D., & Hatfield, E. (1989). Gender differences in receptivity to sexual offers. Journal of Psychology and Human Sexuality, 2, 39-55; and Daly, M., & Wilson, M. (1998). Homicide. Hawthorne, NY: Aldine de Gruyter.
[3]Crissman, H. P., Berger, M. B., Graham, L. F., & Dalton, V. K. (2017). Transgender demographics: A household probability sample of US adults, 2014. American Journal of Public Health, 107, 213-215.
[4] Nelson, A. (2005). Children’s toy collections in Swedena less gender-typed country? Sex Roles, 52, 93-102.
[5] Hassett, J. M., Siebert, E. R., & Wallen, K. (2008). Sex differences in rhesus monkey toy preferences parallel those of children. Hormones and Behavior, 54, 359-364.
[6] Kahlenberg, S. M., & Wrangham, R. W. (2010). Sex differences in chimpanzees’ use of sticks as play objects resemble those of children. Current Biology, 20, R1067-R1068.
[7] Udry, J. R. (2000). Biological limits of gender construction. American Sociological Review, 65, 443-457.

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