viernes, 5 de febrero de 2016

La incultura samaria

Para quienes vivimos en Santa Marta, quienes hemos visto los cambios que ha sufrido a lo largo de los años, y quienes no nos vemos forzados a pensar que todo lo que se ve en el Distrito es bonito simplemente porque es nuestra ciudad madre, no es raro señalar que Santa Marta no es más que “un pueblo grande” antes que una ciudad pequeña. Y lo cierto es que constantemente nuestros coterráneos nos dan motivos de sobra para mantener esa idea.

Antes de sentar el tema principal, creo que tal vez debo aclarar: ¿qué es eso de “pueblo grande”? Bien, consideremos que en el país se le llama pueblo a casi cualquier municipio que se encuentra a un nivel inferior de infraestructura y demografía, entre otros detalles, que una ciudad como, por ejemplo, un distrito o la capital de un departamento. A veces sin malicia alguna, a veces en sentido peyorativo. Solemos asociar los pueblos con calles destapadas y llenas de polvo, gente poco arreglada, etc. Esto no lo digo con el ánimo de ofender, sino que, en la mente de muchas personas, así se ve un “pueblo”.

Dicho esto, para ser la capital del departamento del Magdalena, uno de los distritos oficiales de Colombia y una de las ciudades más antiguas del continente, la verdad es que Santa Marta está en una posición muy inferior social, económica y culturalmente hablando para una “ciudad”. Y quiero centrarme en este último factor, pues es el principal responsable de que llamemos “pueblo grande” a esta ciudad. Los otros dos pueden explicarse en la corrupción que hemos soportado por décadas por parte de nuestros gobernantes (no obstante, sigan leyendo más adelante), pero la “cultura”, refiriéndome con ella a nuestras costumbres y educación, es tan pobre en buena parte de los samarios que realmente nos hace más parecidos a ese estereotipo de gente inculta que se le suene poner a la gente de los municipios y zonas rurales.

Entremos al tema. Como mis coterráneos saben, y los que leen este blog se habrán enterado a través de otras entradas, el anterior alcalde, Carlos Caicedo, empezó un proceso de reconstrucción de varias avenidas principales en Santa Marta, iniciando por remodelar los separadores. Su sucesor, Rafa Martínez, ha continuado la labor, e incluso se han empezado a pavimentar algunas calles que tradicionalmente han sido sólo tierra y piedras. Aun siendo crítico de varios aspectos de la gestión de Caicedo, y de la campaña de Rafa Martínez en general, tengo que reconocer que están cumpliendo en este caso.

Sin embargo, la permanente mala costumbre del samario, que intenta conseguir un máximo de gozo a través de un mínimo de esfuerzo, ha devenido en que muchos estén usando los nuevos separadores como depósitos de basuras. No sólo eso, sino que cruzan la calle y dejan sus bolsas de basura del otro lado de la avenida, en zonas donde no les corresponde encargarse de dichas bolsas.

En la Avenida del Río.

Esto es frente a la cancha del INEM, y prácticamente al frente de donde vivo.

Debo señalar antes que las empresas de aseo en Santa Marta, Interaseo y ESPA no son precisamente las más eficientes, y de hecho en los últimos meses han dejado de recoger basura más de una vez a la semana frente a mi casa. Probablemente ocurra en otras partes de la ciudad. No obstante, el problema aquí no es ese (de hecho, Interaseo fue rápido en deshacerse de la basura en la segunda foto tras una alerta), sino la poca cultura urbana que se tiene entre los samarios, al punto de que siempre estamos acumulando basuras en mitad de la avenida, e incluso en espacios que no son suyos, como el Polideportivo o cualquier parque cercano, porque detestan mantener la basura por mucho tiempo en sus casas, o porque la basura no pasó hoy. Es decir, ¿se quejan de que las reparaciones complican la movilidad, y luego usan las áreas reparadas para acumular basuras? ¿Se quejan de los servicios del aseo, y no les facilitan la tarea?

Y me gustaría decir que esto sólo ocurre con el manejo de las basuras en nuestra casa, pero no es así. Es peor. También se tiene la muy mala costumbre de arrojar papeles, envolturas o colillas de cigarrillo a la calle; no es raro ver caer una bolsa de plástico o de papel aluminio desde una buseta que pasa, generalmente arrojada por algún pasajero, y a veces por el mismo chofer. También están los que se orinan en un poste, casi siempre borrachos, y a veces también un taxista o chofer de buseta (sí, los he visto pararse para eso). Si llegas a decir algo al respecto de todo lo anterior, los que arrojan basura en la calle dicen que eso les da trabajo a los barrenderos que limpian la avenida durante las mañanas, y a los que marcan su territorio en los postes, mejor ni te acerques. Todos tendrán excusas, y cada una más asquerosa que la anterior.

Reacción mental típica ante dichas excusas.

¿Debemos mencionar también a los vecinos que ponen música a todo volumen durante la noche, y la policía que nunca hace nada al respecto, ni aunque se les llame? ¿A dicha policía, siempre presta para detener a cualquier usuario de moto, pero incapaces de percibir un robo a literalmente una cuadra de una estación (que ha pasado)? ¿A los estaderos ubicados en zonas residenciales, cosa que por ordenamiento territorial debería estar prohibida? ¿A los choferes cretinos, sea de taxi, moto o buseta, que se saltan los semáforos en rojo (que todavía los hay)? ¿A las personas que cuando ven una pelea en la calle, no sólo no separan a nadie, sino que además los alientan a continuar? ¿A los que sacan a sus mascotas a hacer sus necesidades en calles y parques, y que nunca recogen lo que dejan?

Todos estos comportamientos dejan en evidencia que, en cultura ciudadana, respeto y sentido de pertenencia, los samarios ni siquiera nos parecemos a la gente de los municipios y las zonas rurales -aquellos que ni siquiera tienen baño en su finca por lo menos entierran sus excretas-, sino más bien conservamos costumbres asquerosas e irrespetuosas de la Edad Media. ¿Entienden por qué lo de “pueblo grande”?

Supongo que algunos me dirán: “Pero, esto no es exclusivo de Santa Marta”. Sí, es verdad: de hecho, hace poco nos enteramos de una pasajera que sin ninguna consideración orinó dentro de un Transmilenio. El problema, como lo explican en dicha noticia, es que a los ciudadanos siempre se nos habla de proteger nuestros derechos, pero nunca se nos piden que cumplamos nuestros deberes, así que la gente ha empezado a perder ese sentimiento de pertenencia y respeto hacia la ciudad. No obstante, yo vivo en Santa Marta, así que me corresponde hablar de lo que veo aquí. No puedo intervenir sobre la falta de cultura ciudadana en otras ciudades porque no he vivido lo suficiente en ellas -quizás en Barranquilla, donde los choferes nunca han sido cuidadosos en no atropellar animales callejeros-, así que esa labor les corresponde a otros. Y siendo francos, para quejarnos todo el tiempo de lo mal que las administraciones en la Alcaldía han dejado a nuestra ciudad, y de cómo los cachacos nos tienen arruinados -sí, debe ser que los Vives y los Diazgranados son muy bogotanos-, la verdad es que los samarios tampoco estamos poniendo mucho de nuestra parte. Y eso debe terminar.

Espero que no se tome a mal lo que he dicho hasta ahora. Yo no odio a mi ciudad, ni tampoco a mis conciudadanos. Pero tampoco puedo estar tan embelesado con la supuesta bahía más linda de América como para no notar que nosotros mismos la estamos manteniendo en un estado de subdesarrollo. Es tiempo de que empecemos a trabajar por mejorar nuestra propia calidad de vida, y por algo hay que empezar. ¿Qué tal recordar un poco esas viejas reglas de urbanidad que nos enseñaron nuestros padres?

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