miércoles, 17 de febrero de 2016

Imposturas religiosas: textos sagrados y sentimientos

Después de usar un estilo un poco más sarcástico y grosero/apasionado en mi última entrada -lo que al parecer incomodó a uno que otro lector-, es hora de volver a mi forma habitual de hablar: sin contenerme ni sobrepasarme, sino comentando lo necesario de la forma necesaria. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que enfocarme en un tema aparentemente tan sencillo, pero aun así tan complejo, como la creencia religiosa?

Como sabemos, la mayoría de las religiones, si no todas, confían su cuerpo de creencias y costumbres a un determinado texto sagrado. Los cristianos, englobando a católicos y ortodoxos, tienen la Biblia; los mormones incluyen además el epónimo Libro de Mormón; los musulmanes tienen el Corán; los hinduistas tienen diversos textos como los Vedas; los judíos tienen la Torá… Podríamos seguir, pero creo que se entiende la idea, pues esta es una característica de la religión: un compilado de textos, generalmente de inspiración divina -tengamos en cuenta que no siempre es el caso, como ocurre con religiones no teístas-.


Teniendo eso en cuenta, se comprende fácilmente por qué, por ejemplo, debatir con un cristiano fanático suele ser un momento agotador y poco productivo. El fanático tiende a responder -o a rehuir responder- utilizando pasajes de la Biblia, creyendo que con eso ya se ha zanjado la discusión. Nada más equivocado, por supuesto, pero esto no es algo que puedas hacerle comprender fácilmente incluso a los más moderados. ¿Por qué? Por todo lo que mencionaba anteriormente: su Biblia fue escrita por inspiración divina. Al menos, así es como todo cristiano lo cree, en menor o mayor medida.

He ahí el principal problema cuando se trata de discutir cuestiones religiosas: el concepto de que el texto sagrado es palabra de la deidad, y por tanto es incuestionable. Ya me he expresado anteriormente con respecto a este tema, así que creo que tenga que especificar otra vez sobre mi postura de desacralización. El punto central de la discusión no es si los textos sagrados sean o no palabra infalible de Dios (que no lo son), sino por qué se cree que son palabra infalible de Dios. Es decir, ¿qué diferencia hay entre la Biblia, el Enuma Elish o el Popol Vuh como para creer que el primero es revelación divina, y que los otros no son más que pura mitología?

La respuesta de los creyentes a esta duda se centra en dos ejes: el razonamiento circular y la experiencia espiritual. Más detalle a continuación, para que el lector creyente comprenda por qué dichos argumentos son insuficientes para convencernos.

El primero es de hecho bastante reconocido, aunque rara vez dicho de forma tan directa y simple: “Dios existe porque así lo dice la Biblia. Sabemos que la Biblia dice la verdad porque fue inspirada por Dios”. Usemos un ejemplo más claro de los cristianos, basándome en una serie de notas de Ego sobre falacias -las cuales recomiendo mucho-: ellos creen que lo escrito en la Biblia es verdad porque es el libro de la verdadera fe. Consideran que el cristianismo es la fe verdadera porque Jesús obró milagros y resucitó de entre los muertos; por lo tanto, demostró ser Hijo de Dios. Y saben que Jesús realmente hizo todas estas cosas porque así está escrito en la Biblia. De nuevo, creen que lo escrito en la Biblia es verdad porque… ¿Comprenden cómo funciona? Las premisas que componen la afirmación sólo son posibles si se acepta de antemano que la conclusión es verdad, y que las premisas no dan una base independiente de la conclusión. Es una de los errores de razonamiento más comunes entre los creyentes, y lo más curioso es que nunca parecen darse cuenta de ello.


Pues no, amigo creyente: así no es como funciona la cosa. El escéptico religioso no le aceptará nunca una respuesta así, sencillamente porque usted está pidiendo que tomemos el contenido del libro sagrado como evidencia de la veracidad de dicho contenido. Eso es patinar con el razonamiento en una caída de noventa grados hacia un lecho de clavos: un absurdo. Debe comprender que: primero, usted no está proporcionando evidencias por fuera de su creencia que puedan servir como soporte objetivo; y segundo, que hay muchas otras religiones cuyos textos sagrados son considerados igualmente veraces. ¿Cómo saber usted que está en la verdadera? Un hijo de carpintero que clama hacer milagros y resucitar no hace la diferencia mientras no se demuestre por fuera de los testimonios en la Biblia, y aún si se demostrara que existió realmente la persona, eso no significa que el Hijo de Dios sea algo real. Por el contrario, dado que está científicamente comprobado que no venimos de una pareja edénica, entonces el concepto mismo del pecado original es un mito, y por lo tanto la necesidad de un Hijo de Dios para salvarnos puede perfectamente ponerse en duda o asumirse como falsa (no así la existencia de la persona histórica, que es otro asunto), por lo que inmediatamente las doctrinas cristianas pierden cualquier sustento.

El segundo eje de respuestas es la experiencia espiritual: es decir, el muy recurrente argumento de “Dios existe porque lo siento en mi corazón”. Con los textos sagrados ocurre lo mismo. Continuemos con el ejemplo de la Biblia, que es la referencia esencial en este lado del planeta. No son pocas las personas que afirman que creen en la veracidad de la Biblia porque así lo han sentido en su interior; incluso, varios habrán orado para consultar a Dios acerca de ello. De hecho, entre los mormones en misión es costumbre decirle a las personas a las que predican que se tomen su tiempo para orar acerca de la veracidad del Libro de Mormón. Sí, suena un poco al gastado argumento de “a mí me funciona” que usan los defensores de la homeopatía.

Puede parecer que la experiencia personal sea algo tierno y válido; no obstante, en realidad no lo es. Hay tres problemas con esta respuesta. Primero, las experiencias y testimonios solos no bastan para confirmar algo. Se requiere de experimentación y replicación de lo observado en dichas experiencias dentro de un ambiente más controlado, y de tal forma determinar si lo visto en un testimonio es válido o no. En otras palabras, usted puede sentir en su corazón que Dios existe y la Biblia es verdadera, pero eso no nos basta a nosotros: son cosas que deben comprobarse más allá de un simple testimonio.

Aun así, algunos podrían afirmar que el gran número de cristianos que dicen sentir que su creencia es real debería contar como una prueba seria (cosa que no deja de ser ad populum). Lo que nos lleva al segundo problema: hay cientos de religiones alrededor del mundo, y millones de fieles de todas esas religiones aseguran que la suya es la correcta. Y todos con el mismo patrón de racionalización que un cristiano. O todas son ciertas, o ninguna lo es, o sólo una lo es. Como no hay ningún dios que se nos haya aparecido recientemente para confirmarnos que su fe es la correcta (y de nuevo, el testimonio bíblico no cuenta por las razones ya expuestas), es más sensato asumir que ninguna tiene la razón. Y observando el contexto histórico y social de la época en que cada libro sagrado fue escrito, se puede concluir que, de hecho, son simplemente productos de su tiempo, sea la Biblia o el Popol Vuh.

El tercer problema es uno de índole más humana: somos humanos. Somos racionales, pero también somos criaturas emocionales. Y nuestras emociones tienden a afectar nuestra percepción de los hechos, por lo cual nuestra interpretación puede ser muy, muy subjetiva. Es más sencillo de lo que parece: nuestro deseo de encontrar a Dios puede influir significativamente en nuestra sensación al orar pidiendo saber si un texto sagrado es palabra verídica. Y esto puede volverse algo incómodo para quienes realmente tienen interés en creer, y en una trampa maravillosa para muchos predicadores: por ejemplo, cuando los mormones le piden a una persona que ore para saber si su libro es verdadero, y la persona les dice que no sintió nada, le dirán que no tuvo suficiente fe, y por eso Dios no lo iluminó. ¿Qué creen que puede pasar si se lo piden de nuevo? En cualquier caso, los predicadores nunca pierden. ¿Comprende después de todo lo anterior, lector creyente, por qué sentir en su corazón que Dios existe no es siquiera una evidencia real para un escéptico?

Hay quienes hacen un símil no demasiado acertado con el viento: no lo puedes ver, pero puedes percibirlo cuando llega a ti; es lo mismo con Dios. Además de hacer parte de una buena canción de P.O.D., la verdad es que esa frase no es muy útil. Hay una gran diferencia: nosotros tenemos receptores en nuestra piel que nos permiten percibir variables ambientales como el frío, el calor y, por supuesto, el viento. Incluso si no pudiéramos sentirlo en nuestra piel, podemos ver su efecto en la materia a nuestro alrededor, como en todo el polvo que arrastra un ventarrón, las hojas en una brisa o el movimiento de las nubes. Eso es muy diferente a sentir a Dios por dentro.

No lo tome demasiado a mal. Por supuesto, todas las cosas que he mencionado en esta entrada pueden significar mucho para usted, pero no es suficiente para convencer a un escéptico religioso de que sus creencias son verdaderas. Necesita ser un poco más racional, y tener en cuenta que necesita de pruebas más sustanciosas para poder demostrar que sus creencias son reales. De lo contrario, no pasan de ser más que deseos personales, los cuales no tienen por qué ser compartidos por todos los demás.

2 comentarios:

  1. pero, porque no exigir las mismas evidencias a tus afirmaciones de que los textos sagrados no son la palabra infalible de Dios y que el concepto mismo de pecado original es un mito

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    1. Si quieres rebatir con evidencia contundente por qué la evidencia científica de que no venimos de una única pareja humana está mal, adelante. En cuanto a la infalibilidad de textos sagrados, pues ya queda explicado en esta misma entrada por qué la premisa falla por simple lógica.

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