sábado, 28 de diciembre de 2013

Enmascarando la estupidez

Últimamente, creo que estoy empezando a detestar a Guy Fawkes. O al menos, al personaje V, del reconocidísimo cómic V de venganza, que usa su rostro como máscara. O al menos, a lo que hoy en día representa.

Porque parece que ahora es necesario ponerte detrás de la máscara de Guy Fawkes para que la gente crea que tiene algo importante que decir. Todo el que lleve esa máscara lleva un mensaje importante, y peor: debe ser algo cierto. Y todo el que tenga esa máscara es un revolucionario amante de la justicia (me reiría si alguno de ellos supiera que el verdadero Fawkes quería derrocar al rey de Inglaterra para instaurar una monarquía católica).

Y es de esta forma como, por ejemplo, el célebre movimiento Anonymous (conocido por usar esas máscaras en las manifestaciones) hace afirmaciones irrisorias, y hay gente que lo cree como si fueran el sermón del monte. Porque parece que siempre estamos necesitados de héroes e ídolos para manifestar ideas, sin importar cuán mediocres y equivocados sean esos héroes. Y al fijarse no en el mensaje, sino en el rostro del que lo porta, somos muy propensos a creer cualquier estupidez que nos digan.

Esto no es más que un síntoma de una enfermedad mayor. Gracias a la Internet, el acceso a la información es mucho más fácil, y los mensajes pueden ser transmitidos a un gran número de personas. Esto ha permitido que pululen ideas pseudocientíficas y teorías conspirativas sin pies ni cabeza, pero que suelen impresionar a muchas personas, porque usan palabras tan convincentes que terminan atrapando a los incautos. Es el caso de ese terrible pseudodocumental que es Zeitgeist. Y a pesar de toda la información existente que desmiente sus afirmaciones, la gente mantiene una pereza intelectual, debido a que creen que simplemente por ver videos de tintes “revolucionarios” o compartir imágenes ideológicas en las redes sociales, ya están cambiando el mundo. No contrastan, no critican, no analizan la información. No: lo importante es transmitir el mensaje, sin importar si su contenido es falso.

Y esto también ha generado una ola de jóvenes supuestamente ateos, izquierdistas, veganos y ambientalistas que parecen seguir estas ideas más por reconocimiento social que por un verdadero análisis racional. Una chica publica imágenes donde la única utilidad de la Biblia es como papel para armar un porro, o con una frase del Che Guevara, y ya es considera como “revolucionaria” por sus contactos. ¿De verdad? ¿Nos hemos vuelto tan simples, que compartir una imagen con contenido ideológico ya es una señal de lucha? ¿Tan imbéciles que cualquier video hablando de “la verdad que no quieren que sepas” es ya una fuente confiable de información, con contenido veraz?

No diré que una verdadera correspondencia con una ideología es siempre el activismo, porque cuando este es utilizado de forma impulsiva, suele ser un activismo descerebrado, y no hay nada peor que unirse a una protesta sólo porque todos lo hacen. La solución de este problema es mantener una mente abierta, crítica y racional. No podemos tragar entero cualquier mensaje. No somos más inteligentes que los demás sólo por publicar imágenes y mensajes. Ya sea actuando a través de las manifestaciones callejeras, o utilizando los medios de comunicación para transmitir opiniones y posturas, ambas acciones deben partir de un razonamiento previo, y no del simple orgullo de llevar una máscara estúpida.

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