domingo, 27 de enero de 2013

Entropía: Contra los mitos populares


Uno de los comportamientos casi instintivos del ser humano es la admiración por el ejemplo de otras personas. La historia nos ha dotado de miles de personajes notables. Ya sean actos nobles o infames, las personas tienden a sentir un gran respeto por los ejemplos de estos “héroes”. El problema es que, en medio de su emoción, la gente olvida que estos personajes también son humanos, con virtudes y defectos. Nuestra sociedad tiene la tediosa costumbre de ensalzar a los notables como héroes, a veces de formas insultantes a la razón. Los creen puros, incapaces de obrar mal. Así es como nacen los mitos.

Sin embargo, tras una investigación concienzuda, se ha demostrado recientemente que la mayoría de esos modelos de bondad y nobleza son responsables de actos y pensamientos que no son precisamente dignos de orgullo. Que Gandhi era racista con los nativos de Suráfrica, y creía a los indios superiores a ellos e indignos de mezclarse incluso en el trabajo, además de asegurar que el blanco era la raza superior; en su país, frenó los esfuerzos políticos de los dalits (los intocables, la casta más baja de la India) para conseguir el derecho de elegir sus propios líderes y llamó a los indios a prestar servicio voluntario en el ejército británico; y aconsejó a los judíos y británicos a ser asesinados y saqueados, respectivamente, por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Que Mao y Stalin asesinaron millones de personas durante la instauración de sus dictaduras; Stalin, a través de la Gran Purga, los reasentamientos forzosos, los gulags y la hambruna provocada a los pueblos soviéticos (el infame Holodomor); Mao, con la guerra civil y las pésimas políticas agrarias del Gran Salto Adelante, que sumadas a catástrofes naturales provocaron la Gran Hambruna China, que costó la vida de millones de personas (entre la Revolución Cultural y el Gran Salto, se calculan 40-70 millones de muertos, lo cual sería más alto que los crímenes de Stalin y Hitler juntos). Que el Dalái Lama, ganador del Premio Nobel de Paz, es un nepotista político, suprime la libertad religiosa de los tibetanos (especialmente a los seguidores de Dorje Shugden), apoya las pruebas termonucleares de India, dio respaldo al Establishment 22 para que tomara acciones contra Pakistán (a pedido de la entonces ministra de India, Indira Gandhi), pidió la liberación de Augusto Pinochet en vez de permitir que fuera juzgado por sus crímenes, y es líder de una teocracia opresiva que le da poder absoluto. Incluso Jesús de Nazaret no escapa a este análisis (recomiendo, a propósito, Por qué no soy cristiano, de Bertrand Russell), pues su reacción violenta contra los mercaderes del templo y su escasa paciencia con los que no escuchaban sus sermones difícilmente cuadra con el concepto de tolerancia. “No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él.” Mateo 10, 34-36. Díganme que miento.

Podría mencionar a muchos de estos mitos populares, pero me interesa ocuparme de los que son un ejemplo más notorio para las masas. Pocos actualmente podrían llamarse cristianos verdaderos, al menos en la visión que tienen de Jesús, y no hablaré del maoísmo porque la política no me interesa. Me limitaré a hablar de tres personajes de la historia reciente: la Madre Teresa de Calcuta, modelo de virtud para los cristianos; el Che Guevara, ídolo de la juventud de izquierda; y Simón Bolívar, el Libertador de las Américas.

Mi intención primaria no es pretender ser sentencioso ni insultante con respecto a estas figuras históricas, aunque es inevitable que exponga mis opiniones. Lo que busco a través de este ensayo es la desacralización de sus imágenes, puesto que son simplemente personas como todos nosotros, y si bien tuvieron acciones que se podrían reconocer como nobles por muchos, no fueron por ello tan magnánimos como la historia y la sociedad hacen creer, y eso es algo que debe admitirse. Al final, cada persona es libre de pensar lo que quiere, y será cada lector el que sopese los actos de estos mitos y forme su propia opinión.

Empecemos con Teresa de Calcuta.

La teología del sufrimiento

Agnes Gonxha Bojaxhiu es ampliamente conocida como la fundadora de las Misioneras de la Caridad, una orden religiosa que se dedica a ayudar a los más pobres, según lo manifiestan, entregando albergue a personas con distintas enfermedades como sida, cáncer y tuberculosis, entre otras, para que tengan una “muerte digna”. Es por esto que Teresa de Calcuta recibió el Premio Nobel de la Paz. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Realmente es tan noble su ejemplo? ¿Cuál era su posición en algunos temas de la Iglesia Católica? ¿Se debe apoyar su filosofía?

Obviamente, la mayor parte de los premios, reconocimientos y donativos que recibió la Madre Teresa provenían de la gente en el poder. Si revisaran sus amistades, encontrarían que no eran precisamente gente correcta. Como lo mostró Christopher Hitchens, uno de sus mayores críticos, Teresa de Calcuta era muy cercana con el dictador haitiano Jean-Claude Duvalier (Baby Doc) y el matrimonio Reagan, recaudó fondos para los herederos políticos de Ante Pavelic y recibió dinero de Charles Keating, responsable de estafar a miles de estadounidenses, y al cual incluso defendió ante su juez. El presidente de la Liga Católica por Derechos Religiosos y Civiles en Estados Unidos, William Donahue, la defendió en su momento diciendo que “ella no escoge a qué países ir sobre la base de su política interna”, y que era acusada por Hitchens de servir a dictaduras. No obstante, su cercanía con personas como Duvalier o los seguidores de Pavelic revela una miopía de la realidad política de aquellos pueblos. Y si alguien recibe dinero de gente corrupta, y después de conocer sus actos no es capaz de, al menos, retractarse de aquellas relaciones, eso es sin duda una grave falta de ética.

Por otro lado, su labor evangelizadora daba muestras de un fundamentalismo agresivo. Como describe Hitchens en su libro Dios no es bueno, cuando en Irlanda, en 1996, hubo un referendo para discutir si se debía legalizar el divorcio en la Constitución, la Madre Teresa se tomó la molestia de viajar hasta el país para apoyar el voto en contra. Por fortuna, con un estrecho margen, se reformó la Constitución de Irlanda. Tiempo después, Teresa de Calcuta declararía sentirse feliz por el divorcio de Diana de Gales, puesto que no era feliz en su matrimonio. Un comportamiento así se vería en cualquier persona como oportunismo y doble moral.

Durante el concilio Vaticano II, se opuso a cualquier reforma, argumentando que no era necesaria la revisión doctrinal, sino simplemente mayor fe. En su discurso tras ganar el premio Nobel, afirmó que el aborto era “el mayor destructor de la paz”, restando importancia a las guerras, hambrunas, y otras fuentes de conflicto real. Con respecto a los anticonceptivos, decía que “los que usan anticonceptivos no comprenden el amor”. Y afirmaba que “el SIDA es sólo una retribución justa por una conducta sexual impropia”.

Algunos alegarán que su trabajo con los pobres es suficiente para condonar sus relaciones cuestionables y sus posiciones conservadoras, pero desconocen realmente que casi la totalidad de las donaciones entregadas a las Misioneras de la Caridad se utilizó para difusión misionera y la apertura de hospicios en varios países, en lugar de donaciones a los pobres, como mucha gente cree hoy en día. De hecho, las casas de moribundos de la organización han sido cuestionadas desde hace mucho tiempo por sus pésimas condiciones sanitarias, el tratamiento indistinto de pacientes, la falta de diagnóstico de enfermedades graves y la ausencia de elementos básicos de medicina. De hecho, ¡en sus primeros años ni siquiera usaban analgésicos! Muchos de los críticos de las Misioneras de la Caridad son, por cierto, ex misioneros y voluntarios que fueron testigos de esta negligencia general. En contraste, y eso es conocimiento público, la Madre Teresa se hacía atender en hospitales de calidad en el mundo.

Pero no es de sorprenderse por las acciones de las Misioneras de la Caridad, si uno se detiene a analizar con cuidado la filosofía y las enseñanzas de Teresa de Calcuta. Ella declaró en una conferencia en 1981: “Pienso que es muy hermoso que los pobres acepten su destino, que lo compartan como la pasión de Cristo. Creo que el mundo está siendo enormemente ayudado por el sufrimiento de los pobres”. Para ella, el sufrimiento acercaba las personas a Jesús; de allí se puede entender la sencillez extrema en las casas de moribundos, y el escaso tratamiento real que reciben los enfermos. No creo ser el único que encuentra ese pensamiento como algo peligroso. De hecho, durante el proceso de canonización de Teresa de Calcuta, Christopher Hitchens fue llamado para que ofreciera argumentos que pudieran estar en contra de su canonización, y además de dar sus argumentos, él mismo escuchó de un sacerdote las quejas por la exagerada austeridad de Teresa, como describe en su libro Amor, pobreza y guerra.

Muchos podrían decir: “Entonces, ¿por qué no donas tú dinero a los pobres?” o “¿Qué has hecho tú para ayudar a los necesitados?”. O cosas del mismo estilo. Lo siento, pero el derecho a la crítica de cada ser humano no se supedita a sus acciones o filiaciones. Si fuera ese el caso, entonces los que no somos católicos no tendríamos derecho a opinar de los escándalos sexuales en la Iglesia Católica, y sólo los israelíes y palestinos podrían opinar acerca de su conflicto, porque a nadie más le incumbe siquiera condolerse. Puesto que no estoy promoviendo el odio o la violencia hacia su imagen, no hay nada que me exima del derecho de opinar acerca de las acciones de una persona que hizo por los pobres mucho menos de lo que se le atribuye, lo que es peor si se agrega que contó con los recursos necesarios para ello, y no les dio un uso correcto.

 “Los guantes rojos son elegantes”

Pero si en el campo de la religión son muy comunes los héroes populares, la política no se queda atrás en ídolos de barro. Steven Weinberg dijo en 1999: “Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión”. Le hizo falta incluir la política en esta frase; sólo hay que observar la historia reciente de Colombia. La política es otro de los motivos por los cuales la gente se distancia, y llega incluso a matarse. Teniendo eso en cuenta, el siguiente mito a desgranar es Ernesto Guevara, conocido como el Che.

En 2008, el sociólogo argentino Juan José Sebreli obtuvo reconocimiento por su ensayo Comediantes y mártires, donde analizaba cuatro figuras populares argentinas: Gardel, Evita, Maradona y el Che Guevara. El análisis presentado aquí está apoyado principalmente en el capítulo que dedicó al revolucionario, con influencias de otras fuentes que corroboran su investigación.

Si hay algo seguro, es que al Che le encantaba la aventura. En sus años de juventud añoraba recorrer el mundo, se dedicó a los viajes, y era además aficionado a la literatura. No entraría a la arena política y revolucionaria sino hasta cuando una amiga lo acercó a los movimientos de izquierda, y tuvo la oportunidad de sentir cerca una revolución por primera vez en Guatemala.

Pero lo que realmente despertó su experiencia en el país centroamericano fue un amor por la acción violenta. Se puede seguir esto en escritos como Notas al margen, donde decía: “Ya siento mis narices dilatadas, saboreando el acre olor a pólvora y sangre de la muerte enemiga”. Le escribía a su madre que se había divertido “como un mono durante los días de bombardeo” en Guatemala.

Ya aquí se empieza a desdibujar el ideal de algunas facciones de jóvenes pseudorevolucionarios que siguen al Che como el combatiente modelo. Si se trata de seguir la violencia de su pensamiento y sus acciones, seguramente les quedaría como anillo al dedo, aunque muchos lo ponen en un estatus casi mesiánico que es de lo más contradictorio. A muchos les costará creer que Guevara estuviera tan fascinado con la muerte y la guerra, pero hay muchos escritos de su mano que lo demuestran. En cartas a Aleida March la recordaba “bajo la caricia renovadora de las balas”. En el 57 escribía a Hilda Galea: “Estoy en la manigua, vivo… y sediento de sangre”. Era creador de frases como la que titula este fragmento. Y sólo hay que recordar el cinismo con el cual declaró el 11 de diciembre de 1964, ante la Asamblea de la ONU, y a propósito de los seis años que llevaba la Revolución Cubana que hoy muchos idolatran: Fusilamientos, sí, hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando hasta cuando sea necesario. En su mensaje a la Tricontinental de 1967, decía que un gran elemento de la lucha es “un odio implacable al enemigo que nos impulsa más allá de las limitaciones naturales del hombre y lo transforma en una máquina de matar efectiva, seductora y fría”. Muchos de sus antiguos compañeros, incluido el mismo Fidel, se incomodaban por su belicosidad exagerada.

Claro que sus expresiones eran algo que puede considerarse normal, siendo muy conocido que en Sierra Maestra y Santa Clara ejecutó a decenas de personas. Al primero que mató en Sierra Maestra fue a un campesino, acusado de traidor, y a quien ante la duda de sus hombres, sacó el arma y lo ejecutó él mismo. Es un episodio familiar a muchos historiadores e izquierdistas modernos, particularmente los que conocen su verdadero ejemplo. Después de la revolución, se le dio el mando de la fortaleza de La Cabaña, donde se realizaban fusilamientos, algunos con las órdenes firmadas por el propio Guevara antes del juicio. Durante la dirección del Che, fueron ejecutadas allí cientos de personas, entre seguidores del dictador Fulgencio Batista, presuntos informantes, y campesinos acusados de deserción.

Algunos defenderán que ejecutaban criminales. ¿Criminales? ¿Campesinos? ¿Por dejar el ejército después que la revolución había ganado? Otros dicen que Cuba no es el único lugar del mundo donde se han ejecutado prisioneros. ¿Realmente eso minimiza las acciones de La Cabaña? Los cubanos disidentes que soportaron las detenciones y los campos de concentración como Guanahacabibes lo conocen como “el Carnicero de la Cabaña”, como describió el músico Paquito D’Rivera en una carta enviada a Carlos Santana, después que el guitarrista apareciera en público con una camiseta con la imagen del Che y un crucifijo, lo cual, si se considera que algunos eran ejecutados en La Cabaña por su condición de cristianos, es, en palabras de D’Rivera, “como entrar a una sinagoga con una esvástica colgando del cuello”.

Y con respecto a su genialidad táctica, decenas de testimonios demuestran en cambio que el Che era un pésimo estratega militar. Su teoría foquista era un fallo. Sus fracasos como guerrillero en República Dominicana, Salta, el Congo y Bolivia así lo demuestran, donde lo perdieron su desconocimiento de la idiosincrasia de los habitantes y la falta de información sobre los cambios políticos y socioeconómicos y su estado en tales momentos. Hablando en un contexto general, el triunfo de la Revolución se debió más al desorden de las tropas de Batista que al poder combativo de los revolucionarios, y se había dando en medio de un contexto histórico distinto a otros países. La victoria de Sierra Maestra se debió a Fidel, el verdadero cerebro de la Revolución, y el asalto al tren de Santa Clara, el único triunfo militar de Guevara, se dio gracias a una traición.

Por fuera de la cuestión de la guerra y su obsesión por la violencia, su habilidad de mando tampoco fue muy buena en asuntos políticos y económicos. Como presidente del Banco Nacional y como Ministro de Industrias fracasó sin gloria. Abandonó el cultivo de la caña de azúcar, porque según sus ideas el monocultivo favorecía el imperialismo, cortando de tajo la única producción que tenía potencial de exportación; la industrialización con maquinaria soviética, que para ese entonces ya era obsoleta, fue un choque. La economía del país colapsó, entre otras cosas, por la abolición del mercado y la centralización.

Finalmente, como teórico político, se declaraba marxista-leninista, pero nunca se molestó en discutir en debates acerca del marxismo, y continuaba siendo un admirador del estalinismo, ajeno a las críticas de los soviéticos y al proceso de desestalinización en la Unión Soviética tras la muerte del dictador. Un idiota político, lo llama Sebreli, al confiar ingenuamente en la laxitud ideológica del gobierno y libertad de pensamiento de los soviéticos (errores similares a los de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, durante sus visitas a China). Tampoco comprendía los errores económicos del estalinismo. Años después, durante la crisis de los misiles, rompió con la Unión Soviética, en parte por cuestiones de teoría económica, y en parte por su uso de territorio cubano para el posicionamiento de armamento soviético sin consulta previa de Castro, admirando en cambio el modelo chino. Su oposición a voz viva a los soviéticos era un riesgo político para Fidel, consciente éste de que no podía romper relaciones con la Unión Soviética después de hacerlo con Estados Unidos. Por eso permitió que el Che se lanzara a su aventura de “exportación guerrillera” en otros países, acaso previendo que su agresividad y descuido terminarían por perderlo.

La mayor ironía de la triste historia del Che es que Castro terminó usando su imagen como el modelo del revolucionario que ofrece todo, hasta su vida, por el triunfo de sus ideales (en ese sentido, y hay que admitirlo, Guevara era incorruptible). Todo un ejemplo para las juventudes izquierdistas modernas, admiradoras de su antiimperialismo y sus posturas antiestadounidenses que tanto promulga la izquierda hoy en día, a menudo como pericos y sin criterio real. Sin embargo, Guevara es hoy además una imagen de consumo capitalista masificado en el mundo, gracias a los jóvenes idealistas del llamado Primer Mundo.

Muchos preferirán no creer nada de esto. Otros dirán simplemente: “El Che fue un gran hombre, que dio su vida por lo que creía”. Cierto, pero el sacrificio por un ideal no le otorga veracidad a ese ideal. Si yo me sacrificara por las ideas nazis, creyendo que es justo defender la depuración semita y la discriminación racial, ¿alguno aseguraría que mi muerte es la prueba de que tales conceptos son verdaderos y justos? Por supuesto que no. Las ideas no se defienden asesinando personas, ni se justifican a través del auto sacrificio. Las ideas jamás deben ser más importantes que las personas.

El Napoleón de las retiradas

Finalmente, queda analizar a Simón Bolívar. Si señalar los errores de Teresa de Calcuta y el Che parece una herejía, en el caso de Bolívar casi es una blasfemia, y si Colombia fuera una religión, de seguro sería excomulgado de inmediato (léase, desterrado del país). Simplemente, diré que hay suficiente base histórica para corroborar que el Libertador no fue un gran estratega ni tan noble como nos hace creer el bolivarianismo. Habría que llamarlo, eso sí, “el director de Libertadores”, porque su ingenio cabía más en organizar a líderes militares para que siguieran su causa que a dirigir él mismo un ejército.

Si se analiza artículos y libros de historia sobre las principales batallas que liberaron a Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, que no son toda América, se comprobará que las victorias en las batallas se debieron principalmente a otros generales y a soldados arriesgados, entre los cuales Bolívar no se cuenta. Dejaremos la batalla de Bogotá de última. En la batalla de Carabobo (1821), la estrategia de ataque de Bolívar fue deshecha por los realistas, y fueron los Cazadores Británicos al mando de Farriar los que salvaron a los patriotas sacrificando sus vidas y les permitieron reorganizarse al mando de Páez y vencer al enemigo. El Libertador no estuvo en la batalla de Pichincha (1822) que liberó a Ecuador, ni en la de Ayacucho (1824) en Perú, que fue el final del dominio español en Hispanoamérica, mientras que en la batalla de Junín, anterior a Ayacucho, la carga inicial de los realistas hizo que Bolívar se retirara a retaguardia, así que los Húsares del Perú, al mando de Isidoro Suárez y con una orden falsa, cargaron contra los desprevenidos españoles, confundiéndolos y permitiendo el contraataque de los que habían sido vencidos.

Detallando las batallas de independencia en nuestro país, cabe resaltar que la victoria en el Pantano de Vargas habría sido absoluta de no ser por la noche. Aquí, el triunfo de los patriotas se dio gracias a la intervención de la Legión Británica al mando de James Rook (que moriría poco después, como consecuencia del combate) y a los lanceros de  Juan José Rondón, luego de que Bolívar, desmoralizado, dijera una frase histórica más bien patética a la luz de los hechos: “Coronel, salve usted la patria”. Finalmente, en la batalla de Boyacá, que no fue tampoco tan gloriosa como la pintan (compárese el tiempo de batalla y las bajas entre esta y la batalla del Pantano), fueron Santander, Anzoátegui, París y Obando los que destacaron.

No hay nada insultante en decir esto. Bolívar era bueno llamando aliados, pero no un buen estratega, y raras veces intervenía realmente en la batalla. Y a propósito de la campaña de independencia, además de saber que los verdaderos combatientes fueron los mestizos, campesinos e indígenas, ¿cuántos de ustedes sabían que existían unidades extranjeras del lado de los patriotas, la Legión Británica? ¿Cuántos conocen los nombres de Farriar, Rook o de O’Leary? Pocos recuerdan que extranjeros ayudaron a la independencia de Suramérica.

Ahora, ¿cuántos saben que Bolívar entregó a Francisco de Miranda, anterior líder del movimiento de independencia venezolano, a los españoles? Esto ocurrió bajo la acusación de traición, luego de que Miranda tuviera que firmar un armisticio con los españoles a raíz de la caída de Puerto Cabello en 1812. Gracias a esto, Bolívar obtuvo un pasaporte del gobierno español, y además se libró de un caudillo popular.

Porque hay que decirlo, Bolívar era cauteloso con los próceres que surgían. Fue uno de estos, Manuel Piar, quien lo tituló sarcásticamente como “el Napoleón de las retiradas”, por varias batallas de las cuales Bolívar salió huyendo, y por su percibida obsesión con seguir el ejemplo de Napoleón, a cuya ceremonia de coronación fue llevado por el embajador de España, aunque existe algo de discrepancia histórica acerca de si la presenció directamente. En cualquier caso, el Libertador hizo ejecutar a Piar bajo acusaciones de insubordinación y traición, muy probablemente inventadas, y justificó esa muerte como necesaria para obtener el liderazgo militar de los independentistas.

Y a los que creen que era magnánimo con los vencidos, no fue hasta 1820 que derogaron el Decreto de Guerra a Muerte de 1813. Tras la batalla de Boyacá, el general Barreiro y 38 líderes realistas más habían sido ejecutados. Y entre el 13 y el 15 de febrero de 1814, ante el avance de las tropas realistas, Bolívar dio la orden de ejecutar a 518 españoles prisioneros en la Guaira, y otros 300 en Caracas. Según la historia, esto fue como respuesta a los crímenes de los líderes realistas. ¿Realmente era necesario ejecutar tantos? ¿De qué servía eso? Ejemplo de terror para intimidar al enemigo, obra propia de otros personajes históricos como Vlad, el Empalador.

Además de esto, Bolívar fue dictador del Perú en 1926 (“Presidente Vitalicio”, según la Constitución), donde reinstauró el impuesto indígena que antes San Martín había derogado (a propósito, Bolívar no era condescendiente con los indígenas), aunque declaró la libertad de vientres y la liberación de los esclavos que habían sido soldados (que no es lo mismo que abolir la esclavitud). También fue dictador de la Gran Colombia en 1828, tratando de mantener el orden en la nación. Por ello, en parte, se dio la conspiración de septiembre de ese mismo año. En realidad, para cuando renunció a su mandato, en 1830, poco antes de su muerte, ya estaba bastante desprestigiado, y era detestado en Bogotá, en regiones de la Costa Caribe como Santa Marta y la Guajira (por el favoritismo con Cartagena, la influencia de los españoles y el asunto del almirante Padilla), y en su propia patria, Venezuela.

Para concluir, la pretendida visión de Bolívar como socialista que muestran actualmente muchos líderes suramericanos carece de fundamento. Primero, porque Bolívar es muy anterior a las teorías de Karl Marx; de hecho, cuando Marx escribió su tesis doctoral, Bolívar llevaba ya once años muerto. Y segundo, sería irónico que el ejemplo de Bolívar hubiera inspirado a Marx (que es lo que pensarían algunos), cuando Marx escribió una biografía negativa acerca del Libertador, presentándolo como un rastrero cobarde y dictador. Con mucha información sesgada y cuestionable, claro está, pero con bases reales.

Me quedo con una frase de Bolívar: “Prefiero el título de ciudadano al de Libertador”. Estamos de acuerdo. A mi concepto, no lo merecía. Había otros más dignos. Si creen que mi afirmación no es justa, les pongo un ejemplo: un profesor llama a cinco alumnos para un proyecto científico. Él se encarga de dirigir y explicar el proyecto, pero son los estudiantes los que realizar todo el trabajo práctico. A la hora de publicar el artículo, sin embargo, el nombre del profesor aparece como autor único. ¿Le parecería justo?

Conclusiones

¿Habrán servido estos párrafos para, al menos, dejar de creer que nuestros ídolos sociales son infalibles? No lo sé. Como afirmó Hitchens una vez, “el mayor triunfo que pueden ofrecer las relaciones públicas modernas es el éxito trascendente de que tus palabras y acciones sean juzgadas por tu reputación, en vez de ser al revés”. Y ese es uno de los problemas centrales de los mitos populares. Son personajes con una reputación tan grande que es difícil que la gente pueda creer que son capaces de cometer errores. El culto a la personalidad, el caudillismo y la idolatría popular es catastrófico en cualquier ámbito, y debe eliminarse a toda costa.

El problema principal de la lucha contra los mitos es que son útiles. Muestran ideales humanos que parecen incomparables, y que deben seguirse. Y por causa de su utilidad, la gente se resiste a criticarlos, a romper la aureola de dignos e incorruptibles con la cual los adornan. Actúan como una forma de inhibición racional a través de la fe en su ejemplo. Es el miedo a que tal ejemplo termine derrumbándose. Esto no significa, sin embargo, que todos los hechos históricos relacionados a los personajes desmitificados pierdan su valor y significado. No se pueden desconocer los triunfos de la Revolución Cubana por el verdadero carácter del Che, aunque no apruebo especialmente el mantenimiento de la dictadura castrista. Y la campaña de independencia de Latinoamérica no puede verse empañada por los errores de Bolívar.

A menudo se puede decir: “Para bien o para mal, el Che ayudó a la liberación del pueblo cubano” o “para bien o para mal, Bolívar logró la independencia de nuestro país”. Cuidado con ese pensamiento. La expresión “para bien o para mal” implica la aceptación de los logros de personas, a pesar que a su vez cometieran errores que varían de simples lapsos morales a verdaderas atrocidades. “Para bien o para mal, Mao logró el avance económico y social de la China”. A costa de la muerte de millones, debería concluir la frase.

Otro problema es la tendencia a defender ciegamente todo en lo que creemos, por pura y simple oposición de ideas. Un sacerdote confiará cuando le digas que el ateísmo de Stalin influyó en su tratamiento al clero soviético y a la educación religiosa, pero si le dices que Teresa de Calcuta era amiga de dictadores, te llamará mentiroso. Un izquierdista radical creerá si mencionas los crímenes de líderes derechistas, pero si hablas de los prisioneros políticos y los ejecutados de la dictadura en Cuba, te tildará de embustero. Y viceversa. ¿Por qué no somos capaces de escuchar ambas fuentes, y comparar críticamente a fin de realizar un verdadero razonamiento?

Y hasta aquí termina el ensayo. Sólo diré que siempre existe otro lado de la historia que debemos ver. Transmito mis opiniones, pero no obligo a que las sigan. La opinión final recae en cada persona. En lo que logre formular. Y en lo que quiera creer.

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