Ecofascismo: supremacismo y misantropía con perspectiva ambiental

Introducción

A lo largo de este año, he escrito con abundancia acerca del momento en que nos encontramos a nivel climático y ambiental. El modelo extractivista del capitalismo y las sociedades neoliberales han una fuente de deterioro acelerado de los ecosistemas, y a pesar de que hemos desarrollado alternativas supuestamente sostenibles, establecido acuerdos de control, y campaña tras campaña de concienciación ambiental, aún estamos lejos de poder revertir su impacto (El Pensador Sereno, 2026a, b). Y mientras nos aferremos al mismo modelo energético y productivo, será cada vez más difícil hacerlo.

Necesitamos, figurativamente, darle un vuelco a la mesa en términos socioeconómicos. Distintos modelos alternativos se han propuesto, algunos aún restringidos en la misma lógica de crecimiento perpetuo del neoliberalismo, y otros que proponen desmantelarlo por completo y dar lugar a otras formas de organización y producción (Riechmann, 2024; El Pensador Sereno, 2026b). En un momento de crisis a nivel ecológico, climático e incluso político, muchos recibirían con los brazos abiertos cualquier alternativa que nos saque del estancamiento social y moral del realismo capitalista y sus efectos.

Sin embargo, el anhelo por un cambio radical puede llevarnos a aceptar e incluso promover propuestas de organización que reproducen las mismas lógicas de segregación y explotación capitalistas, pero desde una base política muchísimo más radical e incluso supremacista. Y por supuesto, algunas de ellas pueden camuflarse como una preocupación ambiental o como “sentido común”. Por ello, es importante hablar de uno de los posibles fenómenos futuros más importantes en medio de la discusión sobre transición de modelos políticos, socioeconómicos y energéticos: el ecofascismo.

Analizar esta ideología requiere conocer tanto su historia como sus bases, puesto que algunos elementos suyos podrían ser replicados fácilmente desde corrientes más progresistas y de izquierda sin percatarse. Cuestionar el ecofascismo permite, entonces, tanto confrontar el crecimiento de nuevos extremismos con mayor atractivo como reevaluar nuestras propias posturas en torno a la comprensión de la naturaleza y nuestras opciones ecológicas de relación con ella.

¿En qué consiste el ecofascismo?

Como señalan Sam Moore y Alex Roberts en su libro The Rise of Ecofascism: Climate Change and the Far Right (El ascenso del ecofascismo: cambio climático y la extrema derecha) (2022), el término ecofascismo no es de amplio uso en la literatura académica, en parte porque siempre ha sido un fenómeno más bien marginal. De hecho, es frecuente que figuras conservadoras, que en estos días tienden más al negacionismo ambiental y climático, y uno que otro progresista, se refieran al movimiento ambientalista o a sectores animalistas de tendencias misántropas como “ecofascistas”, algo que no es particularmente preciso, pues el fascismo como tal es una ideología política más compleja que el simple odio o la militarización. Ni siquiera podemos decir, según los autores, que exista un proyecto ecofascista en la actualidad, lo que no significa que no hayan existido regímenes fascistas con proyectos ecológicos enraizados en su ideología, o que no existan visiones ecológicas contemporáneas de extrema derecha que nos puedan llevar hacia un horizonte ecofascista (Zimmerman & Toulouse, 2016; Moore & Roberts, 2022).

Pero, entonces, ¿qué es el ecofascismo? De acuerdo con la doctora en filosofía Kristy Campion, profesora titular en Estudios de Terrorismo en la Universidad Charles Stult (Australia), el ecofascismo puede definirse como una ideología reaccionaria y revolucionaria, que propone la “regeneración” de una comunidad imaginada a través del retorno a una visión romántica y etnopluralista del orden natural. Para Campion, los ecofascistas conciben una suerte de “comunidad elegida”, construida típicamente a través de premisas raciales, que ha sido debilitada por las fuerzas de la modernidad: la industrialización masiva, la urbanización desmedida, el multiculturalismo, el materialismo y el individualismo. Por ello, proponen el retorno a una relación pura con la naturaleza, a un “orden natural” donde se establezca la dominancia auténtica de esta comunidad imaginada, a través del ejercicio de la violencia política si es necesario (Campion, 2021).

Por supuesto, al tratarse de una construcción social con una visión racial concreta, el ecofascismo proyecta una segregación basada en la raza -de ahí lo de “etnopluralista”-. Esto puede tomar diversas formas, desde la expulsión de aquellos grupos considerados “inferiores”, y la explotación extractivista de recursos naturales en las regiones habitadas por aquellos grupos -típicamente en el Sur global-, hasta su exterminio a gran escala (Campion, 2021; Taibo, 2022; Simpson & Cheever, 2025). El papel del capitalismo y la explotación son prominentes aquí, pues el ecofacismo hereda la relación ambivalente del fascismo clásico con el modelo capitalista y la modernidad: desprecia su papel en la destrucción de la naturaleza, pero al mismo tiempo anhela su capacidad de imponer orden social (Moore & Roberts, 2022). El ecofascismo puede verse como la culminación de las lógicas colonialistas detrás del extractivismo y la deshumanización, así como de la violencia radicalizada con un objetivo político concreto de dominación; la dominación racial del colonialismo no habría sido posible sin la maquinaria, literal y figurativa, del capitalismo industrial (Moore & Roberts, 2022; Simpson & Cheever, 2025).

Decía unos párrafos atrás que actualmente no existe ningún movimiento o proyecto político que pueda considerarse netamente ecofascista, por lo que en cierta forma los análisis políticos en torno a esta visión podrían considerarse, hasta cierto punto, especulativos (Moore & Roberts, 2022; Taibo, 2022). No obstante, sí que existen visiones políticas ultraconservadoras con un importante componente ecológico. Moore y Roberts se refieren a ellas como ecologismo de extrema derecha, incluyendo en esta categoría tanto las políticas ambientales y ecológicas del programa nazi como los discursos neomaltusianos de los años 60 y 70, así como al propio negacionismo climático de la extrema derecha, que convenientemente racializa los conflictos ambientales, poniendo toda la responsabilidad de los desastres naturales del Sur global sobre la “naturaleza racial” de los pueblos que la habitan (Moore & Roberts, 2022).

Ciertamente existen figuras dentro del ecologismo de extrema derecha actual que son literalmente fascistas, pero su modelo de acción está muy lejos de ser el predominante en esta facción del ecologismo (Moore & Roberts, 2022). El riesgo del ecofascismo no se encuentra en su alcance como un movimiento concreto de hoy, sino en los elementos que lo componen, y que pueden verse reproducidos desde la extrema derecha: el papel de la autoridad y la jerarquía, vinculado con una agenda supuestamente a favor de la ciencia y la técnica, mientras se buscan consensos populares a través del uso de las reglas de la democracia liberal y la imposición ideológica de la propaganda (Taibo, 2022). En un punto en el que la crisis socio-ecológica nos lleva con paso progresivo pero firme hacia un potencial colapso, este ecologismo de extrema derecha puede servir como puente para establecer proyectos autoritarios que podemos considerar plenamente ecofascistas, aun cuando no sea este su propósito expreso ni su visión de la relación que debemos llevar con la biosfera (Taibo, 2022; El Pensador Sereno, 2026b).

Del nacionalismo romántico a la dominación verde

La Alemania nazi es el objeto de análisis esencial cuando se habla de ecofascismo. Fue en este territorio en donde se dio lugar al nacimiento del concepto de ecología, así como donde ocurrió una fusión entre el naturalismo y el nacionalismo. Dentro del programa nacionalsocialista, predominaron discursos acerca del “orden natural” y la denigración de la humanidad como impotente antes las leyes de la naturaleza, de modo que, para encontrar un equilibrio entre la ecología y el desarrollo social, era importante determinar, en palabras del mismo Adolf Hitler, las “leyes de los procesos naturales”, de modo que la sociedad se reconfigurara en torno a ellas (Biehl & Staudenmaier, 2019; Moore & Roberts, 2022).

Sus reflexiones ecológicas venían de convicciones profundas, pues es sabido que Hitler y Himmler eran vegetarianos y amantes de los animales, así como críticos de la experimentación animal, y el Führer llegó a referirse a las fuentes eólicas e hidráulicas como las energías del futuro. Por supuesto, su implementación de conceptos biológicos a fenómenos sociales era también una justificación de su organización totalitaria y política de Lebensraum, la ampliación del “espacio vital” para el pueblo alemán, basados en las “necesidades biológicas”. Esta visión también fue importante en la consolidación de su antisemitismo y racismo, puesto que, bajo esas consignas, los pueblos extranjeros e inmigrantes en el territorio alemán ponían en riesgo no sólo la supervivencia del pueblo alemán, sino también la de una tierra sobre la que no tenían ningún derecho natural (Biehl & Staudenmaier, 2019; Taibo, 2022).

La ideología ecologista de los nazis era una mezcla de expansionismo colonialista, mística agraria, respeto por la naturaleza e interés por preservar la “salud” del Volk (la “raza alemana”), encarnada en el infame lema Blut und Boden, Sangre y Tierra. La dictadura nazi estableció criterios ecológicos en los proyectos de construcción y los trabajos tecnológicos, integrando principios ecológicos e ideología völkisch, no sólo como una preocupación ambientalista, sino para que dichos proyectos reflejaran una “esencia alemana” (Biehl & Staudenmaier, 2019). Se desarrollaron programas de reforestación, leyes de protección de especies, e incluso se bloquearon desarrollos industriales, e incluso durante aquel período nacieron las primeras reservas naturales en Europa. A pesar del rechazo manifiesto de algunos altos cargos a estos proyectos, la “rama verde” del partido nazi mantuvo bastante poder y éxito en sus proyectos medioambientales hasta que Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler y principal respaldo de los mismos, fue detenido tras su viaje a Inglaterra en 1941, tras lo cual fue suprimida.

Aunque existe la tentación de señalar la visión ambientalista de los nazis como algo que no era un verdadero ecologismo, eso sería más un análisis emocional que racional, recurrir a la falacia del verdadero escocés. Para comprender adecuadamente de dónde surgió dicha tendencia, tenemos que fijarnos en sus raíces nacionalistas y filosóficas. Aquí no sólo tienen presencia los sospechosos habituales, como las malas interpretaciones de la teoría darwiniana de selección natural y la eugenesia, sino también las corrientes románticas irracionalistas y antimodernistas en el pensamiento alemán. Esto en particular se vio encarnado en el mencionado movimiento völknisch, una corriente cultural de corte etnonacionalista que promovía el regreso a la tierra y una vida en armonía con la naturaleza, señalando tendencias de la modernidad como el racionalismo y el cosmopolitismo como culpables de la destrucción medioambiental y la desconexión del ser humano con la comunidad y el medio ambiente (Biehl & Staudenmaier, 2019; Moore & Roberts, 2022; Conversi, 2024).

Richard Walther Darré, Ministro de Alimentación y Agricultura de la Alemania nazi, y principal ideólogo tras el principio Blut und Boden.

Al mismo tiempo, detrás del ecologismo nazi se encuentran otras influencias intelectuales, como el ambientalismo xenófobo de Ernst Moritz Arndt, el romanticismo agrario de Wilhelm Heinrich Reich, el “monismo” racista y eugenista de Ernst Haeckel, el ecologismo irracionalista de Ludwig Klaages e incluso la crítica a la Ilustración de Martin Heidegger (Biehl & Staudenmaier, 2019). Todo este conjunto de ideas refleja cómo visiones y causas nobles y necesarias, tales como la protección de los ecosistemas y reformular nuestras actividades como especie de acuerdo con nuestro lugar en la biosfera, pueden ser corrompidas y puestas al servicio de la represión política, la segregación e incluso el genocidio. Porque sí: la idea de una “raza alemana” biológicamente superior y con derecho a una tierra propia, prístina y abundante, también tuvo su papel e influencia dentro del mismo Holocausto. De nuevo, aquellos grupos considerados inferiores, indignos de pisar el suelo alemán y de aprovechar sus recursos, que ponían en riesgo la “pureza” y la fuerza de su pueblo, tales como judíos, gitanos, homosexuales, comunistas e incluso ciertas religiones, hicieron parte de los programas de ejecución en los campos de concentración nazis, siendo masacrados millones de ellos.

Ahora, la Alemania nazi está lejos de ser el único contexto histórico a analizar cuando se habla de ecofascismo. El escritor anarquista español Carlos Taibo ha señalado también que los objetivos del colonialismo de Occidente, el someter los recursos económicos y las materias primas a los intereses de las potencias colonizadoras, los proyectos extractivistas y la explotación de la mano de obra indígena y las economías locales, reflejan bastante a lo que se proyecta en escenarios futuros de ecofascismo (Taibo, 2022). Aunque no se enfocaron en el exterminio de las poblaciones en los territorios colonizados como objetivo concreto, la explotación y el dominio de las mismas resuenan con formas menos agresivas de segregación racial en propuestas ecofascistas (Campion, 2021).

No se puede ignorar, tampoco, la presencia de influencias supremacistas en el temprano ambientalismo de extrema derecha más allá de los mencionados en Alemania. En Estados Unidos, por ejemplo, uno de sus intelectuales más importantes en los años de 1910 fue Madison Grant, quien no sólo contribuyó en el desarrollo del Sistema de Parques Nacionales de EE.UU., sino también a las políticas racistas de inmigración y eugenesia en dicha nación (Moore & Roberts, 2022; Menrisky, 2025). Grant sintetizó las ideas de los primeros eugenistas y racialistas del siglo XIX, y las integró a su conservacionismo, considerando que el “deterioro” de la población estadounidense vendría a través de la inmigración, por lo cual hizo campaña para limitar fuertemente la inmigración de judíos polacos, de griegos e italianos (Moore & Roberts, 2022). Su principal obra, The Passing of the White Race, publicada en 1915, sería influyente dentro del supremacismo blanco, el racismo científico y el fascismo, llegando a ser considerado una “biblia” por el mismo Hitler.

Madison Grant.

Otras figuras con un gran peso en las tendencias de extrema derecha dentro del ambientalismo y el ecologismo, e incluso más allá de estos, son Paul Ehrlich y Garrett Hardin. De Ehrlich hablé no hace mucho al analizar su trabajo The Population Bomb y su obsesión con la sobrepoblación, ambos presentes en el pensamiento ambientalista a lo largo del espectro político, así como sus tendencias eugenistas y nativistas (El Pensador Sereno, 2026c). Por su parte, Hardin escribió otro ensayo popular, The Tragedy of the Commons, en el cual presentó la infame metáfora de los botes salvavidas, según la cual la tierra es un océano donde las personas de países más ricos flotan en botes salvavidas, mientras que el resto del mundo, pobre y no blanco, flota a la deriva. Si el espacio de los botes es limitado, debemos adoptar una ética de justicia limitada: no podemos recibir a todos en los botes, o todos nos ahogaremos. En otras palabras, restringir la inmigración y dejar las naciones pobres a su suerte (Moore & Roberts, 2022; Menrisky, 2025).

Estos dos personajes han sido calificados como verdaderos ecofascistas, y no es difícil ver el por qué. Ambos han realizado propuestas bastante claras sobre “dictaduras iluminadas” y leyes coercitivas para reducir las tasas de natalidad y la inmigración desde naciones del Sur global, así como la privatización de los recursos naturales, bajo la premisa de que una minoría acaudalada y más intelectual administrará mucho mejor dichos recursos (Moore & Roberts, 2022; Menrisky, 2025). Ambos parten de análisis defectuosos acerca de la explotación y la demografía (Moore & Roberts, 2022; El Pensador Sereno, 2026c). Y sus obras siguen teniendo influencia, para bien y para mal, en buena parte del movimiento ecologista actual.

Ecologismo de extrema derecha y la doctrina aceleracionista

Como habrá quedado claro en los párrafos anteriores, el contubernio entre ecología, nacionalismo, racismo, antisemitismo y xenofobia no desapareció con la caída del régimen de Hitler. Muchos partidos ecologistas alemanes, desde los sucesores del nazismo hasta aquellos con agendas más progresistas, recogieron la influencia intelectual de los románticos alemanes sin cuestionar su papel en la construcción del pensamiento nazi (Biehl & Staudenmaier, 2019). Así mismo, variados movimientos postguerra en naciones como Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Grecia e incluso la India, desarrollaron sus propias visiones ecológicas de extrema derecha, algunos con sus propias influencias políticas, filosóficas e incluso religiosas a nivel local (Moore & Roberts, 2022). Casi ninguno aboga como tal por los extremos violentos y genocidas del nazismo, pero siguen replicando las mismas ideas de reproducir jerarquías raciales y económicas a través de un supuesto compromiso con los sistemas naturales.

Ahora, ¿podemos llamar a estos movimientos políticos “ecofascismo”? Moore y Roberts opinan que no, dada la poca utilidad del término fascismo en sí para definir las tendencias políticas radicales en estos tiempos. Si bien se pueden detectar varios elementos del fascismo en mayor o menor medida entre ellas, para los autores se encuentran sólo coordinadas parcialmente o incluso se oponen en intereses al fascismo clásico. Ellos prefieren hacer una división en tres niveles: ecologismo de extrema derecha, en tanto intentan reproducir las mencionadas jerarquías con argumentos “naturalistas”, y que define a la mayoría de estos partidos y organizaciones dentro de escenarios democráticos; movimientos de extrema derecha, que agrupa a tendencias de la alt-right con elementos ambientalistas, como el masculinismo naturalizado, el “conspiritualismo” de QAnon e incluso algunos primitivismos al estilo Ted Kaczynski -el Unabomber-; y la violencia de extrema derecha basada en discursos racistas y supremacistas sobre el “Gran Reemplazo” y el deterioro ecológico por culpa de los “invasores”, tanto organizaciones terroristas como los mal llamados “lobos solitarios” que han surgido en las últimas dos décadas (Hughes et al, 2022; Moore & Roberts, 2022).

Ahora, algo en lo que coinciden tanto estos autores como Alexander Menrisky, autor del libro Everyday Ecofascism: Crisis and Consumption in American Literature (Fascismo del día a día: crisis y consumo en la literatura estadounidense), es que el análisis de la extrema derecha y el ecologismo va más allá de reconocer si existe o no un movimiento que pueda considerarse ecofascista. Ambos trabajos reconocen la importancia de saber identificar aquellos elementos narrativos y argumentativos en la defensa ambientalista y los movimientos ecologistas que podrían permitir la normalización y establecimiento de discursos políticos realmente ecofascistas en el futuro cercano (Moore & Roberts, 2022; Menrisky, 2025). Para Menrisky, así como los elementos del fascismo y su peligro van más allá de la izquierda y la derecha, los elementos ecofascistas, tanto los eco- como los fascistas, pueden encontrarse a través de todo el espectro político, lo que hace imperativo analizar nuestros propios discursos ecologistas (Menrisky, 2025).

Un elemento frecuente entre el ecologismo de extrema derecha, así como los movimientos en redes y los flancos terroristas, es una fuerte crítica al neoliberalismo, algo que podría ser loable para muchas corrientes de izquierda, pero que merece analizarse con cuidado (Moore & Roberts, 2022). La mayoría de esta oposición no surge de una crítica al modelo económico capitalista como tal, algunas ni siquiera al neoliberalismo en general, sino al neoliberalismo globalista. Para estos grupos, la globalización ha contribuido a la inmigración a gran escala de grupos humanos considerados “inferiores”, que no sólo alteran la “pureza racial” de los autóctonos, sino que además carecen de su conciencia ecológica y su relación cultural e incluso espiritual con los países que “invaden”, ignorando que naciones desarrolladas como Estados Unidos son los mayores productores, por ejemplo, de gases de efecto invernadero (Hancock, 2022; Moore & Roberts, 2022; Taibo, 2022). En algunos casos, pueden incluso llegar a considerar este tipo de enfoque neoliberal como efectos de las políticas de izquierda que corrompen el modelo capitalista.

Moore y Roberts también hablan del negacionismo del cambio climático presente en la derecha y la extrema derecha, y advierten del error de asumir que se trata de un concepto absoluto desde sus distintas variantes, pues existen tanto distintas formas de negacionismo como diferentes estrategias al afrontar el cambio climático. En el primer caso, existen diferentes grados de negación: negar que exista un cambio climático, negar su origen antropogénico, negar su relación con el capitalismo, o negar que podamos ser capaces de confrontarlo. En el segundo, conviene distinguir entre mitigación y adaptación frente al cambio: aunque gobiernos de extrema derecha como Trump y Bolsonaro rechacen una mitigación del cambio climático, sí han realizado esfuerzos de adaptación, principalmente incrementando la militarización de sus gobiernos y el recrudecimiento de leyes y medidas antiinmigración (Moore & Roberts, 2022; Conversi, 2024).

Cuestionar los excesos del capitalismo a nivel ecológico y ambiental, sin cuestionar el capitalismo en sí mismo, resulta atractivo entonces para aquellos que buscan un cambio importante en el modelo económico sin que haya una transformación radical o un abandono del mismo. Por tanto, este rechazo al neoliberalismo desde la extrema derecha ecologista puede servir como un gancho tanto para la derecha antiglobalista como a personas en la izquierda y el centro (Moore & Roberts, 2022; Taibo, 2022; Menrisky, 2025). Por supuesto, existen aquellos que llevan tal rechazo a un extremo violento, y con argumentos claramente racistas y supremacistas, con tal de buscar un cambio radical en la sociedad, sea como una superación del capitalismo neoliberal o incluso el capitalismo en general.

En este último grupo encontramos entonces a lo que comúnmente se ha identificado en años recientes como “ecofascistas”: los terroristas individuales que cometen masacres como un mensaje en contra de la inmigración y el mestizaje desde un perfil supuestamente ecologista o ambientalista (Moore & Roberts, 2022; Menrisky, 2025). Elementos fascistas y eugenistas con tintes supuestamente “verdes” pueden encontrarse desde el “Manifiesto del Selector de la Naturaleza” de Pekka-Eric Auvinen, quien asesinó a ocho personas en 2007 en Finlandia antes de quitarse la vida, pero fue Anders Breivik, responsable de la muerte de 77 personas en la isla de Utøya (Noruega) en 2011, justificándose en un manifiesto con mensajes islamófobos, antifeministas y fuertemente influido por Kaczynski y Grant, quien se convirtió en la principal influencia de los terroristas ecofascistas de la actualidad (Moore & Roberts, 2022).

Estos elementos ecofascistas han sido acogidos en buena parte del aceleracionismo militante, una tendencia ultraderechista radical que busca generar un colapso social de las instituciones a gran escala a través de acciones criminales de diversa índole que aceleren las actuales tensiones sociales, con el fin de establecer etnoestados post-colapso en las naciones desarrolladas (Moore & Roberts, 2022; El Pensador Sereno, 2026d). Los aceleracionistas militantes se centran sobre todo en ejercer violencia contra las minorías a las que responsabilizan del deterioro socio-ecológico y señalan como invasores desde el concepto Blut und Boden del nazismo: inmigrantes, mujeres feministas, musulmanes, LGBTQI+. Terroristas con discursos ecofascistas incluyen a los perpetradores de las masacres de El Paso y Christchurch, en 2019, así como al reciente atentado en el Centro Islámico de San Diego (El Pensador Sereno, 2026d). Las redes sociales han servido como centros de reclutamiento de jóvenes frustrados y llenos de odio por sus experiencias de vida hacia este aceleracionismo criminal (Hancock, 2022; Hughes et al, 2022).

Menrisky escribió, adelantándose a lo que yo imaginaba mientras desarrollaba este ensayo, que estas tendencias violentas recuerdan mucho a la obstinación de Thanos, el Titán Loco del UCM, cuya “solución” para que la vida pudiese seguir existiendo en el universo era eliminar a la mitad de todos los seres vivos existentes en el mismo, una visión claramente ecofascista que, irónicamente, ha sido analizada e incluso defendida y aplaudida por espectadores y uno que otro crítico (Menrisky, 2025). Yo añadiría que estos aceleracionistas podrían considerarse incluso más radicales que Thanos en ciertos aspectos, pues este intentó ser indiscriminado en su exterminio -al punto que también aniquiló a la mitad de los organismos que sustentan nuestra alimentación-, mientras que homicidas como Breivik se basan en prejuicios y jerarquizaciones de raza, género, e incluso sexualidad, para establecer los objetivos de su purga. No proponen sólo establecer regímenes fascistas, sino que abogan directamente por el genocidio de naciones enteras, sólo que, a diferencia del Titán Loco, no se conforman con una mitad: quieren desaparecer todo aquello que consideran aberrante e inferior.

Irónicamente, esta es una de las cosas que más demuestra la ignorancia de los aceleracionistas militantes. Por mucho que a personajes como Donald Trump les repulse admitirlo, la inmigración constituye una parte importante de la fuerza laboral de una nación. Y si por definición los etnoestados autoritarios que proponen los aceleracionistas militantes requieren de un proletariado explotable, pero se supone que la minoría blanca debe ser la dominante, la que controle al resto y mantenga funcionando la maquinaria productiva del nuevo sistema, ¿a quién se supone que van a explotar para hacerlo (Moore & Roberts, 2022). Así mismo, muchos de los manifiestos producidos por estos terroristas destacan por una ineludible pobreza en sus argumentos políticos, tanto ecológicos como de organización social, por lo que ni siquiera sirven como base para establecer un programa político.

Por supuesto, eso no es particularmente importante para la mayoría de ellos, pues sólo buscan establecerse como mártires, como los primeros engranajes del vehículo hacia un colapso total de las sociedades y su reconfiguración posterior (El Pensador Sereno, 2026d). No obstante, se convierte también en un ejemplo de que las tendencias ecofascistas pueden tratar de ser justificadas desde perspectivas poco cerebrales, lo que a su vez puede dificultar el reconocer cuando estamos replicando los mismos discursos detrás de un matiz más elaborado e intelectual.

Cuando la justicia ambiental se viste de eugenesia

Habiéndome enfocado en las secciones anteriores sobre las tendencias autoritarias y ecofascistas dentro de la extrema derecha, ¿qué hay de los proyectos políticos de corte progresista o de izquierda? Si bien han existido, y existen, grupos radicales que recurren a la acción directa en sus objetivos de defensa del medio ambiente o los organismos y elementos que lo componen (Moore & Roberts, 2022), prácticamente no hay casos de masacres terroristas que se puedan vincular a una visión ambientalista o ecologista de izquierda radical. Eso no significa, por supuesto, que no haya grupos e intelectuales hacia nuestro lado que promueven ideas que, a largo plazo, pueden acunar justificaciones ecofascistas de intervención (Hancock, 2022; Menrisky, 2025).

Como un ejemplo inicial y obvio, estoy seguro que todos han visto a este tipo de activistas, en particular desde grupos animalistas y/o veganos, que recurren al clásico “el ser humano es un virus/especie invasora” no sólo para cuestionar nuestra relación destructiva con los ecosistemas, sino también para poner la raíz del problema en nuestro tamaño poblacional (Hancock, 2022; Moore & Roberts, 2022). Por supuesto, tal perspectiva es defectuosa y peligrosa, no sólo por la misantropía que la acompaña con demasiada frecuencia, sino porque involucra una incomprensión total de nuestros procesos históricos de evolución y migración, y además tiende a eludir el problema del modelo socioeconómico dominante (Moore & Roberts, 2022; Menrisky, 2025). No es extraño también que algunos, de origen económico acomodado, tiendan a desdeñar a comunidades pobres y rurales por su relación con especies domésticas o silvestres, nuevamente ignorando las limitaciones estructurales.

Por lo mismo, este tipo de grupos tampoco se enfocan en transformaciones radicales al modelo capitalista, más allá de proyectos en defensa de los animales y modificar nuestra relación consumista con ellos. Eso, por supuesto, es loable, pero significa que algunos de estos individuos, de tendencia centrista o progresista liberal, pueden fácilmente pasar a respaldar proyectos políticos de extrema derecha siempre que incluyan algún tipo de enfoque animalista o superficialmente ambientalista (Moore & Roberts, 2022; Menrisky, 2025). Esto se vio recientemente en Colombia cuando algunos activistas animalistas, entre ellos la senadora Andrea Padilla, apoyaron abiertamente la campaña y posterior triunfo de Abelardo de la Espriella como presidente, gracias a sus propuestas mascotistas de la “Patria Milagro” y un inicial rechazo a implementar el control letal en el plan de manejo ya establecido para abordar la población de hipopótamos invasores en el Magdalena Medio (García Suárez, 2026; Vargas Rueda, 2026), por lo cual fueron criticados fuertemente incluso entre sus colegas animalistas (Hernández, 2026).

Esto no excluye, por supuesto, que facciones anticapitalistas recurran a soluciones radicales en un escenario climático adverso a gran escala. Taibo advertía que un escenario futuro potencial sería que los Estados nación cayesen bajo proyectos anticapitalistas que, bajo el pretexto de reaccionar ante el cambio climático, operen como regímenes autoritarios con fuertes aparatos de represión y persecución de cualquier disidencia dentro de sus fronteras (Taibo, 2022). De hecho, como he mencionado antes, algunos intelectuales y grupos ambientalistas de línea anticapitalista o antineoliberal son abiertos a respaldar estructuras opresivas con tal de salvaguardar nuestra existencia y acceso a recursos (Moore & Roberts, 2022).

De hecho, existen elementos narrativos e incluso culturales que pueden ser acogidos desde sectores activistas progresistas los cuales, aunque suelen buscar la reivindicación de modos de vida alternativos al modelo socioeconómico actual, podrían servir como abono fértil para justificar tendencias y argumentos ecofascistas. En este sentido, Everyday Ecofascism es un libro enfocado en particular en destacar estos elementos criptofascistas en nuestros discursos ambientalistas. Menrisky dedica un análisis literario de obras poéticas y de ficción centradas en temas culturales y distópico relacionados con el ambiente y nuestra relación con el mismo para identificar tales riesgos potenciales (Menrisky, 2025).

El análisis de Menrisky se centra principalmente en Estados Unidos, partiendo desde tres bases concretas: el surgimiento del movimiento ambientalista moderno, el consumo de la tierra como tropo conector entre diferentes discursos existentes, y la reorganización de políticas raciales en los años 60 tras el movimiento de derechos civiles, temas que, aunque puedan parecer muy locales, sus implicaciones son importantes para entender a escala global los riesgos ecofascistas. Al hablar de la primera destaca, además de los casos de Ehrlich y Hardin, el concepto de ecología profunda de Arne Næss, el cual, a pesar de partir desde una perspectiva igualitaria entre todos los organismos, ha sido ampliado por algunos autores posteriores desde un lente jerárquico en el que ciertos seres humanos tienen mayor conciencia ecológica y consubstancialidad con su ambiente que otros, traduciendo la preocupación por el deterioro ambiental y la pérdida de especies a discursos supremacistas y xenófobos (Menrisky, 2025).

El consumo de la tierra como tropo unificador es un tema interesante. Cuando Menrisky usa el término, se refiere no sólo al comercio o robo de bienes y recursos, sino también a su incorporación como forma de identidad al yo. En ese sentido, en Estados Unidos se han desarrollado narrativas de consumo en torno a la tierra como actos de autoindigenización; es decir, representaciones -a las que el autor se refiere como objetos de umbral- que la persona consume para comprobar o cruzar el umbral <<hacia un acceso privilegiado a una comunidad ecológicamente “pura”>>; dichas representaciones pueden ser la tierra, las herramientas, los alimentos, las drogas e incluso el contagio de gérmenes y las pandemias (Menrisky, 2025).

Cuando desde sectores progresistas o de izquierda se realizan, por ejemplo, apelaciones a la naturaleza sobre el uso de la tierra de formas sostenibles, la forma en que una gastronomía local es presentada como una conexión esencial a un territorio, o cómo las “virtudes ambientalistas” de algunos activistas los hacen sentirse sobrevivientes a futuras perturbaciones pandémicas, se están utilizando narrativas que incorporan los objetos de umbral a un “estado de pureza” (Menrisky, 2025). Esto acaba por esencializar y peor, excluye a otros, lo cual es una perspectiva peligrosamente cercana a discursos ecofascistas mucho más violentos y supremacistas.

Finalmente, basado en el trabajo de Eduardo Bonilla-Silva, Menrisky recuerda que la definición y comprensión de conceptos como raza, nación o pertenencia política cambian a través del tiempo, así como lo que constituye el sexo, el género o la capacidad funcional. El problema es que estos cambios tras los movimientos de derechos civiles dieron lugar a una especie de “racismo daltónico”, el cual identifica actos claros y violentos de racismo y xenofobia, pero reproduce una retórica “postracial” que ignora la supervivencia del supremacismo blanco a través de la violencia estructural, y acaba defendiendo nociones de pertenencia que reflejan más una búsqueda de “pureza etnonacional” (Menrisky, 2025). Dicha “pureza” puede verse reflejada en mensajes ambientalistas y ecologistas no sólo a nivel racial o étnico, sino también en términos de roles de género, trabajos ejercidos y corporalidades.

El autor aborda estas problemáticas usando ejemplos como la prevalencia de temas de comida en la escritura de los Apalaches, el trabajo del poeta gay Jeff Mann, el uso de psicodélicos como instrumentos “facilitadores” de alcanzar la consciencia ambiental, y obras de ficción enfocadas en pandemias -como Parasites Like Us, de Adam Johnson- y distopías ecologistas -los casos de Ecotopia, de Ernest Callenbach, y la Trilogía de MaddAddam de Margaret Atwood-, así como discursos ecologistas contemporáneos y concepciones sobre la naturaleza surgidas durante la pandemia de COVID-19. Menkirsy reconoce los objetivos de estas narrativas en torno a transformar nuestra relación y lugar en la biosfera, pero señala que los recursos discursivos y tropos que emplean reflejan la segregación y exclusión de otros grupos, a menudo marginalizados, mientras naturalizan una supuesta “pureza” ecológica restringida a determinados roles sociales bioesencialistas, tanto a nivel de clase como de raza y género (Menkirsy, 2025).

Es decir, el racismo, el sexismo, la lgbtfobia, el capacitismo y otras formas de discriminación pueden encontrarse incluso en mensajes con intenciones desde el ecologismo o el ambientalismo. Esto no viene necesariamente de prejuicios directos, sino de suposiciones, estereotipos o tropos culturales y sociales que no siempre sometemos a crítica, porque los hemos interiorizado como una normativa (Menkirsy, 2025). Por eso Menkirsy habla del “fascismo de día a día”, aquellas ideas casuales escondidas detrás de mensajes ecologistas que reproducen desigualdades estructurales y abren espacio a visiones más radicales y ecofascistas.

Cuestionar las bases de nuestros propios discursos ecologistas o ambientalistas no es fácil, porque los seres humanos somos bastante aprensivos a la hora de poner en duda nuestras convicciones y valores. No obstante, si queremos de verdad prevenirnos ante cualquier posible espacio en el que el ecofascismo busque plantar raíces en el futuro cercano, debemos ser osados y quirúrgicos en la disección de nuestras creencias e ideologías. Esto va más allá de ideologías extremistas específicas: son fenómenos en crecimiento y evolución, y por lo mismo debemos prepararnos de la mejor forma posible para reconocerlos y frenarlos.

Conclusiones

Tenía ganas de incluir una sección acerca de modos alternativos de organización, como contraposición al modelo capitalista y a los escenarios ecofascistas potenciales, pero la verdad es que todo eso ya lo he tocado en ensayos anteriores (El Pensador Sereno, 2026a, b). Hay bastantes textos en ellos para consultar acerca de modelos como el postcrecimiento, el decrecimiento o las transiciones ecosociales, y en las obras consultadas aquí, Taibo también presenta un análisis acerca de cómo la pasada pandemia nos dejó lecciones en cuanto al apoyo mutuo, la solidaridad y la autogestión (Taibo, 2022). Pueden pasar a revisar la bibliografía de estos ensayos.

En un momento en el que la incertidumbre sobre el futuro climático que nos espera, con las democracias liberales deteriorándose a paso veloz, y tecnócratas reaccionarios en el horizonte, necesitamos más que nunca saber reconocer a quienes llegan a confundirnos desde la premisa de proteger el medio ambiente. Los elementos potencialmente ecofascistas en el discurso político, en ascenso durante estos años recientes, requieren ser confrontados con firmeza y argumentos serios desde todos los sectores anticapitalistas, antifascistas y de toda izquierda que aspira y lucha por una vida más allá del capitalismo.

Por supuesto, esta tarea también requiere que seamos rigurosos con nuestras propias posiciones, y extirpar los discursos misántropos y bioesencialistas del activismo ambientalista y del ecologismo profundo, así como rechazar la romantización de costumbres culturales a riesgo de transformarlas en modelos estandarizados de lo que debe ser un activista real. Reconfigurar las actividades humanas desde una perspectiva más ecocéntrica y humanista necesita no sólo de reconectarnos con el apoyo mutuo y la solidaridad, sino también con la aceptación de que no hay un tipo de persona “elegida” para preocuparse por el medio ambiente. Contamos con las herramientas para que cualquiera abierto a comprender que necesitamos dejar atrás los modelos socioeconómicos extractivistas e individualistas sea capaz de entender.

 

Bibliografía

Biehl, J. & Staudenmaier, P. (2019). Ecofascismo. Lecciones sobre la experiencia alemana. Primera edición en castellano. Editorial Virus. 208 pp.

Campion, K. (2021). Defining Ecofascism: Historical Foundations and Contemporary Interpretations in the Extreme Right. Terrorism and Political Violence, 35(4): 926-944. https://doi.org/10.1080/09546553.2021.1987895

Conversi, D. (2024). Eco-fascism: an oxymoron? Far-right nationalism, history, and the climate emergency. Frontiers in Human Dynamics, 6:1373872. https://doi.org/10.3389/fhumd.2024.1373872

El Pensador Sereno. (2026a). La crisis climática nos alcanzó. El Pensador Sereno en Blogger. Consultado el 5 de septiembre de 2026. https://elpensadorsereno.blogspot.com/2026/07/la-crisis-climatica-nos-alcanzo.html

El Pensador Sereno. (2026b). El colapso socio-ecológico: ¿un horizonte inalcanzable? El Pensador Sereno en Blogger. Consultado el 16 de octubre de 2026. https://elpensadorsereno.blogspot.com/2026/09/el-colapso-socio-ecologico-un-horizonte.html

El Pensador Sereno. (2026c). Hablemos del descenso en la natalidad. El Pensador Sereno en Blogger. Consultado el 19 de octubre de 2026. https://elpensadorsereno.blogspot.com/2026/08/hablemos-del-descenso-en-la-natalidad.html

El Pensador Sereno. (2026d). Un vistazo al aceleracionismo extremista: el manifiesto de Clark y Vasquez. El Pensador Sereno en Blogger. Consultado el 19 de octubre de 2026. https://elpensadorsereno.blogspot.com/2026/05/un-vistazo-al-aceleracionismo.html

García Suárez, R.A. (2026). Senadora Andrea Padilla se pronunció tras aprobación de 26.500 millones para programa de Esterilización de Perros y Gatos en el Presupuesto de 2027. El Tiempo. Consultado el 20 de octubre de 2026. https://www.eltiempo.com/vida/medio-ambiente/senadora-andrea-padilla-se-pronuncia-sobre-los-26-500-millones-del-programa-de-esterilizacion-de-perros-y-gatos-en-el-presupuesto-general-3594875

Hancock, E. (2022). A Darker Shade of Green: Understanding Ecofascism. UConn Today. Consultado el 20 de octubre de 2026. https://today.uconn.edu/2022/09/a-darker-shade-of-green/

Hernández, E. (2026). Publicación del 9 de julio. Facebook. https://www.facebook.com/EsmeraldaActivista/videos/la-senadora-andrea-padilla-no-esper%C3%B3-ni-dos-d%C3%ADas-despu%C3%A9s-de-elecciones-para-trai/1230984312431355/

Hughes, B., Jonas, D. & Amarasingam, A. (2022). Ecofascism: An Examination of the Far-Right/Ecology Nexus in the Online Space. Terrorism and Political Violence, 34(5): 997-1023. https://doi.org/10.1080/09546553.2022.2069932

Menrisky, A. (2025). Everyday Ecofascism: Crisis and Consumption in American Literature. University of Minnesota Press. 296 pp.

Moore, S., y Roberts, A. (2022). The Rise of Ecofascism: Climate Change and the Far Right. Polity Press. 160 pp.

Riechmann, J. (2024). Ecologismo: pasado y presente (con un par de ideas sobre el futuro). Los Libros de la Catarata. 224 pp.

Simpson, S. & Cheever, K. (2025). It Was Always Blood and Soil: Ecofascism and the Racial Capitalocene. Antipode: A Radical Journal of Geography, 57(3): 1126-1147. https://doi.org/10.1111/anti.13134

Taibo, C. (2022). Ecofascismo. Una introducción. Los Libros de la Catarata. 152 pp.

Vargas Rueda, S. (2026). Congresista Andrea Padilla le hizo una petición al presidente electo Abelardo de la Espriella: “Programas de protección animal que se requieren”. Infobae. Consultado el 20 de octubre de 2026. https://www.infobae.com/colombia/2026/06/25/congresista-andrea-padilla-le-hizo-una-peticion-al-presidente-electo-abelardo-de-la-espriella-programas-de-proteccion-animal-que-se-requieren/

Zimmerman, M.E. & Toulouse, T.A. (2016). Ecofascism. En: Adamson, J., Gleason, W.A. & Pellow, D. (eds). Keywords for Environmental Studies. New York University Press. Págs. 64-68. https://doi.org/10.18574/nyu/9780814760741.003.0025

 

¡Hola! Si les gusta mi contenido y quieren apoyarme para que pueda generarlo más seguido, pueden hacer un aporte voluntario en mi cuenta de Ko-fi. Podrán recibir adelantos de los próximos proyectos de este blog. Así mismo, pueden seguirme en mi página de Facebook, Twitter y Bluesky.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando “debatir” se convierte en una trampa moral

¿De dónde vino el Dios de Israel?

Berserk 83 y la noción de los dioses