El colapso socio-ecológico: ¿un horizonte inevitable?
Introducción
Desde que entramos en la comprensión de que el cambio climático y las crisis ambientales están sobrepasando la capacidad de resiliencia y recuperación del planeta, nos hemos dado cuenta que nuestro futuro parece cada vez más incierto. A pesar de que los científicos llevan décadas advirtiéndonos que estamos chocando con los límites biofísicos del planeta, los gobiernos de las grandes potencias y las industrias extractivistas parecen sordas ante las súplicas de un cambio, si no radical, al menos progresivo en el modelo económico (Servigne & Stevens, 2020). Atrapados en el mito de un crecimiento perpetuo, en un planeta herido, parece que nos encaminamos sin freno hacia un único camino posible: el colapso.
Hablar en un lenguaje
catastrofista siempre corre el riesgo de espantar a los oídos de aquellos que
podrían estar más dispuestos a escucharnos, algo por lo que la izquierda tiende
a tener una mala fama de pesimismo. Durante un panel de conversación en el Hay
Festival de Gales, el pasado mayo, el expresidente chileno Gabriel Boric dijo
que los partidos de izquierda necesitan ser menos apocalípticos y ofrecer
esperanza a la gente, así como dejar de extrañar el viejo orden internacional
construido después de 1945 (Ex-Ante, 2026). Y ciertamente tiene razón en que necesitamos
ir más allá de los diagnósticos y ofrecer soluciones y propuestas concretas.
Sin embargo,
desarrollar las soluciones requiere que seamos realistas con nuestra situación
actual y hablar con franqueza ante las personas. La crisis climática no sólo nos
alcanzó, sino que nos está superando (El Pensador Sereno, 2026a), y en el ritmo
actual es muy improbable que podamos recuperar los ecosistemas a un estado
anterior. Ofrecer propuestas atractivas requiere que conozcamos el problema a
fondo, y eso implica reconocer, nos guste o no, que hay muchas señales de un
colapso futuro de nuestra civilización, y cada vez tenemos menos tiempo para
confrontarlo a fondo.
Por ello, para hablar
correctamente de nuestras perspectivas futuras, necesitamos hablar a fondo del
colapso de las civilizaciones. No sólo cómo ocurre y por qué suele ser difícil
detenerlo o superarlo, sino también analizar las propuestas que existen en la
actualidad en torno a un escenario antes o después del mismo. Así mismo, se hace
necesario analizar nuestra relación con el concepto de colapso, no sólo como
una idea que nos inquieta, sino que también a veces nos fascina e incluso nos
parece una perspectiva deseable.
Cómo entender el colapso
Como suceso histórico,
el colapso nos ha acompañado desde los inicios de las civilizaciones, estando
detrás de la caída de civilizaciones como Mesopotamia, el Imperio Romano y las
ciudades Estado mayas del período Clásico (Servigne & Stevens, 2020), así
como de eventos localizados tales como el supuesto colapso cultural en Rapa
Nui, si bien este último ha sido puesto en duda por estudios recientes
(Moreno-Mayar et al, 2024; Pichel, 2024). La reciente adaptación de La
Odisea, de Christopher Nolan, nos recuerda -de forma muy poco sutil, por
cierto- que esta epopeya se sitúa poco antes del Colapso de la Edad del Bronce
(siglos XIII-XII antes de nuestra era), cuando grandes civilizaciones al
oriente del Mediterráneo se derrumbaron, algunas desaparecieron y otras nunca
pudieron volver al esplendor de antaño (Epstein, 2026).
Como concepto, podemos
ofrecer dos definiciones. Una es del geógrafo y escritor estadounidense Jared
Diamond, autor del aclamado trabajo Collapse: How Societies Choose to Fail
or Succeed (Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras
desaparecen). En sus palabras, es “la reducción drástica de la población
humana y/o la complejificación política/económica/social a lo largo de un
territorio considerable y durante un período de tiempo prolongado” (Diamond,
2005). Otra es del político ecologista francés Yves Cochet, más ajustada a
nuestros tiempos, y se refiere al colapso como “el proceso a partir del cual
una mayoría de la población ya no cuenta con las necesidades básicas (agua,
alimentación, alojamiento, vestimenta, energía, etc.) cubiertas por los
servicios previstos por la ley” (Cochet, 2011).
El colapso, entonces, puede considerarse una alteración decreciente en la estructuración poblacional a nivel político, económico y social con pérdida de acceso a recursos y servicios básicos durante un período de tiempo considerable. Entre las anteriores y otras definiciones ofrecidas sobre el tema, los rasgos comunes a un colapso son un golpe que afecta las relaciones intra e interpoblacionales, la irreversibilidad del proceso, alteraciones profundas en la satisfacción de necesidades básicas, la reducción en el tamaño poblacional, pérdida de complejidad a todos los niveles, fragmentación de los flujos centralizadores en la sociedad, desaparición de instituciones previas y el quiebre de las ideologías y mecanismos de comunicación y legitimación del viejo orden establecido (Taibo, 2016). Tales rasgos, por supuesto, no son exclusivos a grandes civilizaciones del nivel de imperios, pero la extensión y complejidad de estos últimos hacen mucho más dramático su colapso, por lo cual son los ejemplos más comunes asociados.
Aunque los colapsos
tienden a tener un factor común entre todos, como es el orden sociopolítico, lo
cierto es que nunca se tratan de eventos con una única causa. Diamond
identifica cinco factores recurrentes y sinérgicos que influyen en el colapso:
degradación del medio ambiente, cambio climático, guerras, pérdida de socios
comerciales y el fracaso del orden sociopolítico para reaccionar a eventos
potencialmente catastróficos (Diamond, 2005). Pensemos de nuevo en el Colapso de
la Edad del Bronce. Si bien La Odisea de Nolan se va por la hipótesis de
los Pueblos del Mar, un grupo de pueblos de origen étnico incierto y
probablemente variado que invadieron Oriente próximo durante ese período, hoy
en día se apunta a que se trató de un fenómeno multicausal que habría
involucrado catástrofes naturales, rebeliones internas en los imperios y una
caída de las rutas comerciales debido a la inestabilidad política (Mark, 2026),
de lo cual la migración de los Pueblos del Mar sería una consecuencia. Recientemente,
se han identificado eventos climáticos extremos superpuestos durante aquel
período que dieron lugar a una sequía extrema, creando un clima hostil que
habría impulsado las otras causas del colapso (Power & Zhang, 2026;
Quinlan, 2026).
Si bien es un poco
difícil hacer un análisis comparativo de eventos históricos geográficamente
limitados, como han sido los colapsos anteriores, con una crisis a escala
global (Taibo, 2016), una vez descrito el concepto del colapso y sus causas, es
posible reconocer, por desgracia, que actualmente nos encontramos rodeados de
eventos catastróficos que nos acercan a un colapso.
La degradación medioambiental está más que confirmada: el Reporte de Salud Planetaria de 2025 ya identificó que siete de los nueve límites planetarios -cambio climático, integridad de la biosfera, cambio del sistema de tierras, uso de agua dulce, flujos biogeoquímicos, introducción de nuevas entidades y acidificación de los océanos- han sido sobrepasados (PBScience, 2025). La biodiversidad se ha perdido a escalas monstruosas, con una reducción en el tamaño promedio de las poblaciones de especies silvestres en un 73% entre 1970 y 2020, con América Latina y el Caribe experimentando un declive de hasta un 95%, debido a la pérdida de hábitat, la degradación y la sobrexplotación (WWF, 2024). Generaciones futuras de seres humanos se dirigen hacia un futuro con menos biodiversidad y una estabilidad ambiental más tenue.
Esquema
actualizado a 2025 de los límites planetarios superados.
Otro tanto ocurre con
el cambio climático. El Programa Ambiental de las Naciones Unidas admitió hace
poco en su reporte Limiting Overshoot (Limitando la extralimitación)
que superar el límite propuesto de 1,5°C de temperatura global, aunque no es
irreversible, es prácticamente inevitable (Dyke, 2026; UNEP, 2026). Incluso con
modelos predictivos con un margen más estrecho de escenarios extremos, el Panel
Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés)
predice que cruzar los 2°C en 2050 es un escenario “medio”, de modo que
nuestros esfuerzos por gestionar y reducir el cambio climático y el
calentamiento han sido un fracaso rotundo (Hausfather, 2026).
Aun cuando no hemos
vuelto a tener conflictos bélicos a escala global desde 1945, el número de
conflictos locales ha ido escalando progresivamente a través de las últimas
décadas. Se han identificado tensiones medioambientales detrás de algunos casos
contemporáneos (Homer-Dixon & Blitt, 1998), y el acceso a fuentes de agua
potable como una causa importante en el conflicto de Darfur de 2011 ha llevado
a que este sea considerado la primera “guerra climática” (Servigne &
Stevens, 2020). Así mismo, el control por materias primas y reservas de
recursos energéticos habrán de incrementar los conflictos bélicos, bajo excusa
de choques religiosos o socioculturales, a medida que la crisis ecológico-social
y la reducción de pozos accesibles de hidrocarburos se acrecienten (Taibo,
2026).
Conflictos locales recientes con un amplio impacto, como la invasión rusa en Ucrania y el genocidio en Gaza, también se han convertido en un reflejo del fracaso del orden sociopolítico establecido para enfrentar las problemáticas. El Derecho Internacional Humanitario ha pasado a significar nada ante la incapacidad de presionar efectivamente a Rusia (Aleksashenko, 2024), y las alianzas internacionales de Israel lo han escudado de responder ante sus atrocidades (El Pensador Sereno, 2026b). De manera similar, el bloqueo de Irán al estrecho de Ormuz tras los ataques de Israel y Estados Unidos también ha desnudado la fragilidad del sistema económico internacional y su alta dependencia del petróleo como matriz energética del transporte y la globalización (Gross & Beane, 2026; UNCTAD, 2026).
El orden sociopolítico
actual también se ve fuertemente afectado por el peso de las corporaciones y
las grandes industrias en la toma de decisiones importantes. Muchas influyen
tanto directamente, a través de lobbies políticos y acuerdos comerciales con
las naciones (Svampa & Viale, 2020; González Fabra, 2026; Pascual, 2026),
como indirectamente, involucrándose en la producción de material técnico y
científico que beneficie sus propios intereses (Stone, 2026). Hoy en día
tenemos magnates y empresas que abiertamente ven la democracia liberal como un
problema para el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico (de Sus,
2025; Miranda & Gressani, 2026), lo cual es un agravante más para nuestra
ya apaleada relación con el medio ambiente y la estabilidad de las sociedades.
Si bien el ingeniero
ruso-estadounidense Dimitri Orlov habla de una serie de fases para el colapso
-financiero, económico, político, social, cultural y ecológico- (Servigne &
Stevens, 2020), como habrán notado, los factores mencionados se retroalimentan
e interactúan entre sí, activándose o empeorándose unos a otros, de modo que la
problemática que se enfrenta es mucho mayor a que si ocurrieran de forma
separada, y las “fases” descritas del colapso pueden ocurrir también de forma
simultánea más que gradual. Esto es lo que se ha denominado como policrisis,
un entrelazamiento causal de la crisis en múltiples sistemas globales de formas
que degradan significativamente el prospecto de la humanidad, y el cual puede
alcanzar la severidad de riesgo de un colapso civilizatorio (Lawrence et al,
2024). Aun cuando el concepto de colapso ha enfrentado una serie de
cuestionamientos, y los abordaremos más adelante, es innegable que nos
encontramos en una etapa crítica de nuestra existencia, y a menos que tomemos
decisiones radicales de fondo, nuestras futuras generaciones se enfrentarán a
un planeta exhausto y escaso.
Sin frenos en un vehículo desgastado
La reacción ante el
panorama futuro no debe ser de resignación ante lo inevitable. Mitigar los
peores efectos de la crisis ecológico-social de modo que el futuro sea menos
drástico sigue siendo posible, pero se hace claro que al ritmo que llevamos es
cada vez más lejano. Entender las razones de este fracaso sería explayarse en
un tema que ya he ampliado con anterioridad (El Pensador Sereno, 2026a), de
modo que no quiero redundar demasiado al respecto. No obstante, trataré de
presentar una idea resumida de la cuestión, así como aportar otras perspectivas
críticas relacionadas con el panorama del colapso.
Una vez que nos dimos
cuenta que la industrialización y, en concreto, la Gran Aceleración -el período
de crecimiento de la actividad humana y su impacto sobre el planeta tras la
Segunda Guerra Mundial-, tuvieron consecuencias graves a nivel ecosistémico y
planetario, nos enfocamos en alcanzar un desarrollo sostenible, tratando de
mantener un crecimiento económico y desarrollo tecnológico que respetasen la
conservación ambiental y permitieran cumplir con objetivos de equidad social (Svampa
& Viale, 2020; Riechmann, 2024; El Pensador Sereno, 2026a).
Lamentablemente, este enfoque sigue respondiendo a las dinámicas del modelo
económico neoliberal y el capitalismo depredador, de modo que no puede resolver
los grandes problemas de países que no cuentan con los recursos para invertir
en ello, ni puede balancear el “crecimiento verde” ante la realidad de los
límites biofísicos del planeta (Svampa & Viale, 2020; El Pensador Sereno,
2026a).
Las energías renovables tendrán que ser, a fuerza, protagonistas de las próximas décadas, pero siguen siendo insuficientes para satisfacer las enormes demandas de energía de la infraestructura urbana e industrial. Al mismo tiempo, los materiales requeridos para construir su tecnología requieren de equipos que necesitan una fuente de energía muy concentrada para funcionar, y hasta ahora eso sólo se puede obtener a través de los combustibles fósiles (El Pensador Sereno, 2026a; Rojas, 2026), y su explotación puede dar lugar también a problemas ecológicos y conflictos locales con las comunidades (Svampa & Viale, 2020). La visión de un crecimiento continuo, alimentado por las energías renovables, no es más que una quimera que nos sigue empujando dentro de la fractura metabólica en nuestra relación con la naturaleza, pero diversificar la matriz energética entre hidrocarburos y renovables sólo sigue perpetuando el problema de mantener la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera, en un ciclo de retroalimentación que acelera el colapso ecológico (Arbeláez Gaviria, 2026; El Pensador Sereno, 2026a).
Y ya que mencionamos a las ciudades, el modelo urbanista en constante expansión también es un serio problema a nivel ecológico y social, pues no sólo consumen grandes cantidades de energía, convirtiéndose en fuentes de calor y gases de efecto invernadero, sino que también empiezan a desplazar ecosistemas circundantes e incluso espacios rurales (Svampa & Viale, 2020; Lima, 2026). Las ciudades requieren de la producción del sector campesino y rural para satisfacer gran parte de sus necesidades básicas, pero al mismo tiempo lo están privando de los territorios necesarios para la producción de los recursos solicitados. Si eso hace pensar a algún amante de la ciencia ficción en la saga literaria Máquinas mortales, no están alejados de la realidad: el concepto del darwinismo municipal en el universo de Peter Reeve es la aplicación extrema de la explotación capitalista, y aunque las ciudades actuales carecen de ruedas, muchas están construidas desde una visión industrial extractivista de consumo y expansión perpetuos.
Ante el panorama poco
alentador, algunas figuras promueven un desarrollo tecnológico más intenso como
forma de resolver los problemas que enfrentamos en la actualidad. El progreso
se traza entonces como una meta y solución concreta a la amenaza del colapso, pero al
mismo tiempo puede acabar convirtiéndose en una trampa para la inacción, para
abandonar movimientos más radicales de control y mitigación de los factores de
colapso ante la idea de que tenemos suficiente tiempo, que pronto se inventará
algo que nos ayude (Lima, 2026). Al mismo tiempo, se ha olvidado que esa Gran
Aceleración sólo ha sido posible gracias a la matriz energética de los
combustibles fósiles (Lima, 2026; Rojas, 2026), por lo que la esperanza de
lograr un desarrollo trascendental, como una tecnología de purificación
atmosférica o una superinteligencia artificial, puede también convertirse en
otro freno para la transición energética y la reducción del consumo y el
crecimiento.
¿Y dónde ha estado el
movimiento ecologista durante todo este tiempo? ¿Por qué en al menos cinco
décadas hemos sido incapaces de lograr cambios radicales en las emisiones de CO2
y la transición energética? Gran parte del ecologismo -hablo en términos
políticos, no científicos- se transformó en un simple ambientalismo
inconsecuente, con una perspectiva antropocéntrica y sobre todo bastante
compatible con el modelo socioeconómico imperante: se limita a reformas que
permitan que la producción y el consumo se mantengan como siempre, con un
enfoque “sostenible”, en lugar de apostar por una ecologización a nivel
estructural que replantee por completo nuestro modo de vida y producción
(Riechmann, 2024; Lima, 2026). Nos hemos resignado a legislar políticas
ambientales que establezcan áreas protegidas o santuarios, que estudien los
impactos en zonas de extracción a fin de minimizar el impacto de los proyectos
petroleros y mineros, y nos dejamos domesticar por el capitalismo, incapaces de
pensar siquiera en formas alternativas de relacionarnos con el planeta más allá
del simple extractivismo.
No es que la crítica al capitalismo haya quedado ausente del ecologismo por completo. Las perspectivas ecosocialistas y los movimientos por una transición ecosocial, con una visión radical y crítica no sólo del capitalismo sino también de la izquierda productivista, que entienda nuestra relación interdependiente con los ecosistemas que nos rodean más allá de verlos como fuente de recursos, que luchan por una descarbonización y diferentes formas de organización sociopolítica, educación y uso de la tecnología, han sobrevivido, y levantan cabeza desde hace algunos años (Taibo, 2016; Svampa & Viale, 2020; Riechmann, 2024; Lima, 2026). No obstante, el ecologismo como movimiento mainstream a gran escala cayó en tres errores importantes: rechazar el concepto de ecología profunda (El Pensador Sereno, 2026c) y su crítica al antropocentrismo, ignorar los análisis en torno a producción y consumo para los procesos de transición energética, y dejarse atrapar por el paradigma del desarrollo sostenible (Riechmann, 2024). Jugar dentro de las reglas del capitalismo neoliberal y la lógica del crecimiento continuo dejó al ecologismo como un movimiento mayormente desdentado, sin aspiraciones más grandes que una diversificación de la matriz energética en transición hacia las renovables sin alterar la matriz productiva, y análisis de impacto ambiental que son poco más que consultorías glorificadas.
Por si no ha quedado
claro, lo reitero: una perspectiva ecologista realmente crítica no puede
ignorar el papel del capitalismo como el principal causante de los problemas
que enfrentamos hoy en día. El impacto de la industrialización desmedida y el
extractivismo devorador han dejado terribles huellas en forma de eventos
climáticos extremos, la pérdida progresiva de especies no humanas y sus
poblaciones, la contaminación hídrica y atmósfera, la acidificación de los
océanos, y una profunda deuda ecológica del Norte global con los territorios
sacrificados en su camino al desarrollo (Svampa & Viale, 2020; El Pensador
Sereno, 2026a). Corregir este rumbo y preservar lo que nos queda no será
posible si se empeña en que el modelo económico actual sea parte del proceso e
incluso nos guíe en la toma de decisiones.
Decía al inicio que lo
que podemos hacer ahora mismo es mitigar los efectos de la crisis
socio-ecológica, más que tratar de revertir el camino recorrido. Incluso en los
escenarios más optimistas de intervención, tomará décadas antes de que el
exceso de energía en la atmósfera se reduzca hasta que las temperaturas se
estabilicen en límites preindustriales o cercanos. Se trata de ser realistas,
pero tampoco caer en la desidia y la desesperanza, aun cuando la principal
perspectiva sea, en palabras del escritor y activista ecologista Jorge
Riechmann, “colapsar mejor” (2024). Y lo cierto es que, ante la visión de un
potencial colapso en el futuro cercano, abundan las propuestas sociopolíticas
en torno a cómo prepararnos ante dicho futuro o, en algunos casos extremos, a
acercarnos a ello de la forma más rápida posible.
Las
derivas ideológicas en el horizonte
Una vez que hemos comprendido el papel del capitalismo en la crisis socio-ecológica actual que nos mantiene al borde del colapso, y que a este punto una alteración de semejante naturaleza es prácticamente ineludible, ¿cómo salimos de este laberinto? Sorprendentemente, existen corrientes de pensamiento que, antes que atajar o desmantelar por completo el modelo capitalista, proponen llevarlo más allá de sus límites, con el fin de superarlo como sistema. Esta es la base del aceleracionismo, un conjunto de ideologías que proponen que las dinámicas del capitalismo y la tecnología no deben ser frenadas, sino aceleradas e intensificadas para provocar un cambio social verdaderamente radical (Avanessian, 2017).
Basado en el
pensamiento de Gilles Deleuze y Félix Guattari, en particular sus conceptos de
desterritorialización (es decir, la alteración o desmantelamiento de
estructuras y relaciones sociales) y reterritorialización (construir nuevas
estructuras/relaciones a partir de sus componentes), el aceleracionismo fue
planteado por el filósofo británico Nick Land en los años 90 (Camacho, 2017; Chalmers
et al, 2026). En el planteamiento original de Land, construido dentro del
colectivo Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU, por sus siglas
en inglés) en la Universidad de Warwick, estas fuerzas internas dentro del
capitalismo permiten que revolucione y se transforme a sí mismo, una vez despojado
de sus límites y restricciones, expandiendo sus inequidades y contradicciones
junto con el desarrollo tecnológico, hasta alcanzar la singularidad
tecnológica, un estado en que las inteligencias artificiales se superarán
cognitivamente tanto a sí mismas como a los seres humanos, pudiendo
desarrollarse y mejorarse a sí mismas de forma autónoma (Camacho, 2017; Salguero,
2023).
Land abandonaría posteriormente sus tendencias progresistas de aquellos años, ampliando el pensamiento reaccionario de Curtis Yarvin -figura influyente entre los tecnócratas de Silicon Valley-, y virando hacia una extrema derecha antidemocrática. Esta puede verse resumida en su propuesta de la Ilustración Oscura, un rechazo abierto a los valores universales de la Ilustración y una defensa de la organización social a través del poder corporativo como forma de estimular la aceleración capitalista y el advenimiento de la singularidad (Mosquera, 2026). De aquí surge el aceleracionismo de derecha, enmarcado dentro del movimiento neorreaccionario (Nrx), una mezcla de libertarianismo salvaje y conservatismo social extremo que busca derrumbar la democracia liberal acelerando su colapso a través del neoliberalismo feroz y el corporativismo irrestricto, mientras que al mismo tiempo crean tecnologías y espacios físicos para que la élite económica escape de la supervisión democrática (Chalmers et al, 2026; Mosquera, 2026). El cambio climático y la crisis socio-ecológica no significan nada para estos personajes, pues los más “aptos” (léase: los más ricos) estarán refugiados en sus islas privadas o supuestamente viajando hasta Marte.
Hablando de Marte, la desidia de los proyectos espaciales y de terraformación ante la crisis de nuestro planeta es reflejo de otra tendencia aceleracionista de derecha, el llamado movimiento TESCREAL. He hablado con detenimiento de este conjunto ideológico en otro ensayo (El Pensador Sereno, 2026d), que pueden consultar para una explicación más amplia, pero, en síntesis, los TESCREAListas, representantes del “tecno-optimismo” de Silicon Valley y parte del llamado aceleracionismo efectivo (e/acc), proponen que el desarrollo de una inteligencia general artificial nos llevará a una era de progreso científico y tecnológico necesarios para alcanzar la posthumanidad, y que esto es un imperativo moral para lograr todo el potencial de nuestra especie, ante lo cual nuestra crisis socio-ecológica es apenas un tropiezo o incluso una preocupación menor. Por ello, sus seguidores apuestan por una desregulación económica y ética en torno al desarrollo de las IAs, y con tal fin intervienen directamente en las decisiones políticas de las naciones, en un proceso de privatización de la soberanía y la democracia que ha sido denominado como tecnofascismo (El Pensador Sereno, 2026d; González Fabra, 2026).
Finalmente, en el aceleracionismo de derecha, existe también una corriente extremista que busca acelerar el colapso a través de la acción violenta. Se trata del aceleracionismo militante o neonazi, el cual emplea como estrategia diversas acciones terroristas que lleven las tensiones sociales de la actualidad hasta una crisis socioeconómica a gran escala que acabe por desmoronar las instituciones democráticas, y permita el ascenso de un nuevo orden social de corte fascista (LIZA, 2026). Esta visión sí tiende a darle importancia a la crisis socio-ecológica actual… cuando se interseca con propuestas ecofascistas, en las cuales el acceso a los recursos naturales de una nación o de toda la humanidad debe estar en manos de una minoría blanca “superior”, promoviendo a menudo una limpieza étnica a gran escala a otros pueblos, en el peor estilo de Thanos (El Pensador Sereno, 2026e).
El aceleracionismo también tiene su corriente de izquierda, formalmente organizada desde el Manifiesto por una política aceleracionista de Alex Williams y Nick Srnicek (2013), el cual rechaza las tendencias anticapitalistas y horizontales de la izquierda actual, y propone una reapropiación de las fuerzas capitalistas con el fin de generar su ruptura interna y transicionar hacia un futuro postcapitalista. El aceleracionismo de izquierda, a veces también llamado ecomodernismo, asegura que las fuerzas productivas e innovadoras que podrían resolver los problemas ambientales se encuentran atrapadas dentro del capitalismo y la ideología neoliberal, pero que pueden dirigir la aceleración del desarrollo tecnológico y el colapso hacia fines emancipatorios, como la automatización radical de procesos laborales, el desarrollo de plataformas y modelos de lenguaje de fuente abierta o posesión cooperativa, o buscar soluciones tecnológicas para cubrir el acceso a servicios básicos universales (Avanessian, 2017; Camacho, 2017; Chalmers et al, 2026).
Si bien este
aceleracionismo de izquierda evita las derivas autoritarias y antidemocráticas
de sus varias contrapartes de derecha, noto igualmente varios problemas. El
primero es que entre sus teóricos hay una notable escasez de reflexiones o
alternativas acerca de cómo desvincular ese desarrollo tecnológico e industrial
necesarios para encontrar soluciones al problema ambiental de, precisamente, su
impacto ambiental. El segundo, mencionado por el filósofo italiano Bifo
Berardi, es que se da por sentado que el aceleracionismo es una condición
necesaria para el colapso del capitalismo, cuando la realidad es que este
sistema no requiere de estabilidad para prosperar, y de hecho ha sabido
adaptarse a diversas crisis (Berardi, 2013). Finalmente, el problema que
comparten todos los aceleracionismos tecnológicos es que asumen que estos
avances pueden darse a una velocidad mayor a la que se incrementa la crisis socio-ecológica
que enfrentamos.
En contraposición a
esta visión aceleracionista, otros han propuesto una visión postcrecimiento,
un paradigma desde el cual las sociedades se enfocan el cumplimiento de las
necesidades básicas humanas dentro de los límites biofísicos, desacoplando este
bienestar del enfoque de crecimiento económico (Kallis et al, 2025; El Pensador
Sereno, 2026a). Los enfoques postcrecimiento enfatizan en la estabilización del
uso de recursos dentro de los límites planetarios, manteniendo como objetivos
la prosperidad humana y la preservación de la naturaleza, evitando en teoría un
colapso “abrupto”, y pueden ir desde las economías de bienestar hasta el decrecimiento,
basado en la reducción controlada del productivismo y, a través de ello, en
reducir el consumo de energía y materias primas más allá de los límites
ecológicos y biofísicos (Kallis et al, 2025; Smith & Ely, 2025). Sin
embargo, estas propuestas enfrentan críticas como la dependencia del
crecimiento y la inversión social para el incremento de empleo y los servicios
públicos, así como la limitación de sus modelos a países mucho más
desarrollados, y la falta de incorporación del factor del crecimiento de
inequidades y el deterioro en los estándares de vida en dichos países (Kallis et
al, 2025; Mercatante & Fuentes, 2025).
Por su parte, el historiador Ariel Petruccelli y el economista Esteban Mercatante, ambos argentinos, presentan como alternativa marxista al aceleracionismo de izquierda, al postcrecimiento -o más específicamente, el decrecimiento- y la visión supuestamente catastrofista del colapso, el llamado ecomunismo. Esta perspectiva, cuyo nombre viene del libro homónimo de Petruccelli, ofrece la estrategia de enfocarse en el trabajo como el agente principal y necesario no sólo para la emancipación, sino también para transformar nuestra relación social con los ecosistemas (Mercatante & Fuentes, 2025). Si el capitalismo es la fuente de los grandes problemas sociales, políticos y ecológicos que constituyen la crisis actual, ninguna transformación radical puede hacerse bajo sus alas. Por lo tanto, el ecomunismo propone la democratización de la producción y la satisfacción de las necesidades, una reducción de la industria, y un decrecimiento mesurado que debe ser diferente en intensidad de acuerdo a los países, mientras que establece estrategias para familiarizar a las poblaciones urbanas con nuestra ecodependencia y con los sistemas naturales que presentamos, como un servicio agrario de actividades rurales (Mercatante & Fuentes, 2025; Petruccelli, 2025).
Finalmente, existen propuestas de transición ecosocial, visiones con una fuerte tradición socialista o libertaria -con libertaria me refiero al término entendido históricamente desde la izquierda-, en donde el enfoque es no sólo adelantarnos a las potenciales consecuencias de la crisis socio-ecológica, sino construir relaciones de estabilidad con los ecosistemas basadas en la justicia social y la justicia ambiental en contraposición al capitalismo extractivista (Taibo, 2016; Svampa & Viale, 2020; Riechmann, 2024). Dicha transición requiere de reducir nuestra dependencia en los combustibles fósiles, sea a través de energías renovables, de un retorno fuerte a tecnologías previas como la energía hidráulica, o ambos; una transformación de la organización social hacia modelos territoriales más locales que pueden estar interconectados; un fortalecimiento de la cooperación y construcción de redes de apoyo mutuo, la autogestión y la democracia directa; la agroecología como paradigma holístico en los sistemas de producción de alimentos; y una reconfiguración de las ciudades para reducir su consumo energético y generación de energía térmica, y restaurar su vínculo con la ruralidad y el ecosistema (Taibo, 2016; Servigne & Stevens, 2020; Svampa & Viale, 2020; Brasero et al, 2024; Riechmann, 2024).
Esto, por supuesto,
requiere compaginarse con actividades políticas y sindicales, así como la
acción directa, contra el papel del Estado dentro del modelo capitalista; no se
pueden construir estrategias de transición ecosocial desde un aislamiento
ingenuo (Riechmann, 2024). Por otro lado, algunas propuestas de transición más
socialista pueden también aprovechar las herramientas constitucionalistas para la
protección normativa de los espacios naturales (Svampa & Viale, 2020). No
hay una sola propuesta, sino distintos modelos ecosociales
Para el ecólogo
uruguayo Mauricio Lima, reconocer nuestra interdependencia y restablecer las
conexiones y propuestas colectivas es fundamental para empezar a construir nuevos
modelos que nos preparen para un futuro incierto. En su reciente libro, Austeridad
o barbarie, destaca además que, dada la complejidad del problema que
enfrentamos en la crisis socio-ecológica, y cómo transformamos el mundo
generación tras generación, los modelos socialistas/libertarios de organización
socioeconómica que desarrollemos serán, en el mejor de los casos, transitorios,
de modo que no hay que casarse con un único. Lo importante es replantear
nuestra relación y lugar dentro del mundo que nos rodea, y así empezar a
reorganizarnos en diferentes escalas sociales, no sólo hacia un mundo con menor
consumo de energía y recursos, sino hacia formas alternativas de convivencia
interconectada e interdependiente (Lima, 2026).
¿Tememos
o ansiamos el colapso?
Leer sobre el colapso va más allá de lamentos nihilistas acerca del fin del mundo. Es encontrar análisis o, inquietudes ecológicas, y reflexiones enfocadas en nuestra relación con el planeta, y entre nosotros mismos. Los autores Pablo Servigne y Raphäel Stevens incluso hablan de esta actividad como colapsología, un ejercicio transdisciplinar que estudia el colapso de la civilización industrial y, a través de la razón, la intuición y el trabajo científico, los modos alternativos de organización social que podrían sustituirla (Servigne & Stevens, 2020).
Eso no ha evitado, por
supuesto, que el concepto de colapso y los análisis en torno a ello sean objeto
de crítica. Algunas son más especializadas que otras, aquellas pueden dejar de
lado detalles interesantes, pero es importante tenerlas siempre en cuenta no sólo
para fortalecer nuestra capacidad de pensar en alternativas a los escenarios de
colapso y postcolapso, sino también para evitar caer en la trampa de
tomar el colapso como una condición no sólo inevitable, sino totalmente
imposible de mitigar o dirigir, e incluso deseable.
Una de las críticas más frecuentes en torno a la visión colapsista es que se trata de una visión políticamente pesimista y nihilista, una que invita a la resignación e inacción en la actualidad (Muíño, 2023; Mercatante & Fuentes, 2025). Si el colapso socio-ecológico es un escenario inevitable, es fácil pensar que cualquier esfuerzo por frenarlo o incluso mitigarlo es básicamente inútil. Esto se acerca peligrosamente a la renuncia neoliberal del ecologismo mainstream, sólo que desde la perspectiva de un horizonte catastrófico en lugar de un crecimiento verde y un desarrollo sostenible, por lo cual se le ha señalado también de acabar siendo funcional, quizás inadvertidamente, a las dinámicas capitalistas actuales, convirtiéndose en un obstáculo para acciones concretas en contra de la maquinaria capitalista (García, 2023; Mercatante & Fuentes, 2025).
La colapsología también
ha sido criticado por ser supuestamente incoherente y contradictorio a nivel de
definición, pues la pérdida de complejidad social es difícil de definir como
categoría para explicar el colapso, y reconocer las dificultades ecológicas del
futuro no es sustancioso a nivel político (García, 2023; Muíño, 2023). Así
mismo, se ha cuestionado sus bases y construcción teórica, como por ejemplo la
influencia del trabajo de Diamond a la hora de entender el colapso a pesar de
las críticas profesionales que ha recibido (García, 2023), y la viabilidad de
sus propuestas de organización de tendencia mayormente autonomista y libertaria/anarquista,
supuestamente alejadas de las demandas y exigencias de las capas populares de
la sociedad, y que pueden entenderse como un “escape de la red”, una forma de
separarse del grueso de la sociedad y su deterioro hacia un nicho ascético e
incluso un tanto primitivista, en lugar de combatir directamente los factores
del colapso (Revista Ballast, 2019; Muíño, 2023; Riechmann, 2024). En ese
sentido, la colapsología ha sido señalada de encontrarse en una dimensión de
espectáculo, una que se presenta como una toma de conciencia ecológica sin
precedentes rechazando el legado histórico de la ecología política (García,
2023).
Sin duda hay un punto general difícil de eludir o rechazar en el fondo de las críticas hacia la colapsología. Su éxito entre círculos intelectuales y personas en redes sociales parece ser un reflejo de nuestra angustia ante la incertidumbre del futuro y la perspectiva de que el capitalismo parece imposible de superar. Es nuestra imaginación capturada, nuestro ingenio hastiado, de proponer alternativas postcapitalistas tangibles en un futuro cercano, el realismo capitalista que tanto denunciaba Mark Fisher (Salguero, 2025). Ante la trampa inescapable del modelo capitalista y la sociedad neoliberal, y la lejanía de una revolución o una transformación radical, parece necesario para muchos entrar de lleno en un colapso abrupto que desgarre los cimientos de esta estructura sociopolítica y económica.
De hecho, en un
análisis existencialista, el filósofo español Alberto Fragio ve cierta resonancia
del colapsismo con esquemas del pensamiento gnóstico, ofreciendo una salvación
a través de la destrucción de la civilización “termoindustrual”, lo que
efectivamente puede convertirse en un derrotismo que ve al desastre como salida
única y absoluta del capitalismo (González-Cantón, 2026). Para Fragio, la
colapsología es una combinación de diversas formas escatológicas cósmicas y
espirituales en torno a un modelo de decadencia, de modo que en realidad no
ofrece nada nuevo, sino un reflejo de angustias existenciales que nos han
acompañado desde hace siglos.
Después de leer varios textos colapsistas, o con alguna influencia del concepto del colapso, debo decir que me sorprenden un poco las críticas de inacción y parálisis pesimista en torno a su análisis. Si en algo coinciden estos textos, es que la perspectiva de un colapso en el futuro cercano no es una invitación a la resignación o la falta de acción política, sino precisamente de conocer sus características y construir modos de organización y convivencia a partir de ahí (Taibo, 2016; Servigne & Stevens, 2020; Riechmann, 2024; Lima, 2026). Así mismo, si en algo ha destacado la humanidad a nivel histórico en torno al colapso, y los propios “colapsólogos” lo han señalado, es en su capacidad de adaptación y resiliencia (Taibo, 2016; Servigne & Stevens, 2020; Antón, 2025), de modo que un deterioro de la complejidad socioeconómica y política actual no debe leerse necesariamente como el retorno a una Edad Oscura o a sucumbir ante un panorama como el de Fury Road. Incluso Fragio rechaza la visión del colapsismo como una idea apocalíptica, comprendiendo que obedece a un imaginario colectivo en torno a nuestras acciones ante la crisis y cómo esta puede moldearnos a diferentes niveles (González-Cantón, 2026).
Riechmann ha sido
especialmente crítico con los argumentos “anticolapsistas”, cuestionando su uso
de distintos conceptos de colapso que construyen un modelo de "colapsólogo" que no
se ajusta a los principales teóricos que acusan de este mote, una suerte de
hombre de paja que es poco honesto como crítica, y sobre el cual lanzan todos
los posibles fracasos del ecologismo en general (Riechmann, 2023; 2024). Así
mismo, señala que, mientras los críticos del colapso acusan al concepto y a sus
proponentes de un determinismo pesimista, afirman con una certeza bastante
determinista en sí que la posibilidad de un colapso es remota (Riechmann,
2022). Para el autor, el problema de muchos de ellos es que se aferran a
soluciones de desarrollo progresivo que se quedan cortas ante la velocidad con
la que avanzan los problemas climáticos y ecológicos, algo de lo que también,
irónicamente, tienden a acusar a las propuestas de organización en transición
ecosocial.
Por otro lado, sí que es cierto que se debe ser cuidadoso con el manejo de los discursos de colapso para evitar caer en una visión catastrofista. Reconocer la realidad de un colapso en el horizonte no implica asumir el peor de los escenarios posibles como algo inminente, ni mucho menos que esa se convierta en nuestra aspiración (Salguero, 2025; Dardot, 2026). Es en este tipo de perspectivas donde se encuentra el verdadero potencial alienante de desactivación de acciones políticas, ya sean jerárquicas o colectivas. Resulta fundamental balancear la admisión de los problemas ecológicos existentes, el deterioro del tejido social y el crecimiento de visiones antidemocráticas con una dosis de optimismo e imaginación para concebir y construir modelos alternativos de convivencia, rescatar la acción colectiva y la autogestión, e incluso compaginarla con un nivel de conexión y organización más allá de las organizaciones locales en preparación a futuros escenarios (Revista Ballast, 2019; Dardot, 2026).
Lima trata de hacer ese
balance, presentando en uno de sus ensayos un escenario hipotético de
postcolapso con diferentes formas simultáneas de organización y subsistencia,
explicando que los ejercicios de imaginación en torno a los peores escenarios
posibles pueden ayudarnos a preparar alternativas concretas y bien planificadas
de transición (Lima, 2026). De manera similar, Fragio sugiere que tomar en
cuenta las figuraciones colapsistas del imaginario cultural, como las obras de
ficción distópica, permite explorar diferentes manifestaciones del colapso para
agregar representaciones detallistas a la exploración científica en torno a
nuestro horizonte socio-ecológico (González-Cantón, 2026). Es decir, la
colapsología debe servir no como una narrativa apocalíptica y nihilista, sino
como un análisis profundo de los factores tras un colapso, y como un esfuerzo
de imaginación de alternativas a las sociedades neoliberales y un modelo económico
que parece imposible de fracturar.
Conclusiones
Después de todo este
texto, quizás ustedes se pregunten: ¿qué pienso yo del concepto de colapso, y
de la colapsología en sí? Pues si me ciño a lo que conozco y he aprendido en
torno a la ecología y nuestra condición reciente, coincido en que, por lo menos
a nivel ecológico y climático, estamos ad portas de un colapso crítico, y
estamos avanzando lentísimo en tomar medidas para contener los peores embates.
Me cuesta un poco más aceptar la cercanía de un colapso socioeconómico, pues el
modelo capitalista también es engañosamente adaptable y elástico en tiempos de
crisis, pero sí es cierto que, ante el deterioro ambiental, cada vez tiene
menos margen para reajustarse y sobrevivir.
Otro tanto similar me
ocurre con el factor político. El crecimiento de la ultraderecha en todo el
mundo es un síntoma tanto del desgaste de las democracias liberales
representativas como de las sociedades neoliberales. Al mismo tiempo, las
principales propuestas progresistas y de izquierda se han derrumbado debido a
sus propias debilidades internas y las limitaciones de su praxis. En ese
sentido, parece que seguimos atrapados dentro del realismo capitalista, y que
el crecimiento y el desarrollo continuo siga siendo la bandera de uno y otro
lado, a veces aderezado con tibias propuestas de “desarrollo sustentable”, me
hace pensar que las democracias liberales aún tienen varios años de oxígeno
fresco, y que sólo tendremos transiciones ecosociales bajo la presión de la
metástasis ecológica, no por voluntad propia.
Sin embargo, no quiero
tampoco caer en el pesimismo catastrofista. Tal como propone la colapsología,
la incertidumbre en el horizonte nos debe llevar a pensar en nuevas estrategias
y concepciones de organización. Existen varias visiones ecosocialistas, ecofeministas
e incluso comunalistas y ecoanarquistas, con propuestas agroecológicas, de crear
una mayor relación de las comunidades urbanas con los ecosistemas circundantes,
de replantear no sólo el consumo, sino la producción por ganancias y no por
necesidad. El problema no es creer que dejar de lado el crecimiento como meta
debe llevarnos sí o sí a un estado preindustrial o barbárico; es divorciar el
componente social de la realidad ambiental. Vivir ajenos a la red de conexiones
tróficas y flujo de energía en los ecosistemas que garantizan nuestra
supervivencia nos ha costado décadas de destrucción ambiental y drásticas
alteraciones climáticas.
Dirigirnos a visiones
más ecocéntricas y holísticas nos exige recuperar ese vínculo con la naturaleza
y sus componentes, y aunque sin duda ese es un trabajo arduo, no es imposible
de lograr en un período de tiempo decente, aunque sea para propuestas de
transición ecológica justa que nos permitan resistir y prosperar más allá de un
escenario de colapso. Entonces, aunque la colapsología como marco analítico es
muy interesante, como lo habrán notado a través de los muchos ensayos que he
escrito en estos meses, tampoco pretendo que sea mi base de partida para toda
reflexión ecosocial. Me encuentro buscando ese balance de autores como Lima y
Fragio, ponderando mi optimismo por el desarrollo de visiones alternativas de
sociedad en un tiempo alcanzable con mi frustración ante el cierre paulatino de
dicha brecha de tiempo. O como dije en redes: dividido entre "debemos ser
más positivos al hablar acerca de la crisis climática" y "¡nos vamos
a morir, carajo!".
La vida me ha hecho
mucho más optimista y, en cierta forma, quizás un poco más utópico de lo que
solía ser. Mantengo los pies en la tierra ante la realidad socio-ecológica que
nos rodea, pero coincido también en que ello no es motivo para la pasividad y
el desaliento, sino para proponer giros radicales en nuestra relación con
nuestros congéneres y los ambientes que nos rodean. La incertidumbre en el
horizonte debe servirnos para recuperar nuestra capacidad de imaginación, la
creatividad y la osadía de desarrollar otros mundos posibles, más allá de los
marcos limitados en los que nos encontramos, y de los que tan a menudo sentimos que
no hay escape.
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