Hablemos del descenso en la natalidad
Escena de la película Niños del hombre. El graffiti dice: “El último en morir, por favor apague la luz”.
Introducción:
Salmos 90:3
En unos pocos meses
entramos a 2027. Aparte de que en enero este blog cumplirá sus 15 años, será
también el año en el que se ambienta una película estrenada hace 20 años, y que
se acabó convirtiendo en un clásico de culto: Children of Men, traducida
por aquí como Niños del hombre. Vagamente adaptada de la novela The
Children of Men, de P.D. James, la película dirigida por Alfonso Cuarón nos
sitúa en una distopía en la que la humanidad se ha vuelto estéril, y no han
nacido niños desde hace 18 años, de modo que las sociedades han colapsado en
medio de desastres económicos, conflictos y una profunda depresión, conscientes
de que la especie se acerca lentamente a su extinción.
Hace casi diez años, su servidor compartió en el blog la traducción de un artículo en la BBC que analizaba lo inquietantemente bien que reflejaba el ambiente político y social a una década del estreno de la película, en particular por la crisis migratoria que enfrentaba Europa en ese momento, y que en Niños del hombre es consecuencia de que Inglaterra sea uno de los pocos países relativamente estables, a costa de un gobierno fascista y autoritario (El Pensador Sereno, 2016). En aquel momento, lo más inverosímil de la película parecía ser su premisa central, pues la sobrepoblación resultaba ser en esos momentos algo mucho más problemático y terrenal que la infertilidad.
No obstante, a fecha de
hoy, además de que el crecimiento de la ultraderecha y el sentimiento
antiinmigración han aumentado desde tiempos de aquella reseña, existe también
una inquietud creciente en torno al aparente descenso global en la tasa de
fertilidad. Aunque estamos muy lejos de enfrentar un escenario tan desolador
como en la película de Cuarón, que varias naciones se enfrenten a una tendencia
de envejecimiento demográfico genera muchas preocupaciones a nivel económico,
laboral y de salud (Allen, 2026). De hecho, esto también se ha vuelto parte del
discurso de movimientos supremacistas y nacionalistas, quienes intentan magnificar
el problema para restringir tanto el flujo migratorio como el acceso de las
mujeres a esferas educativas y políticas (Cohen, 2025; European Observatory of
Online Hate, 2025).
Los países han
intentado distintas formas de hacerle frente a esta situación a través de
programas y apoyos económicos con el fin de estimular la reproducción en su
población y frenar el envejecimiento demográfico. No obstante, tales medidas no
han tenido el éxito esperado. Para entender por qué, necesitamos ver con
detalle en qué consiste este comentado descenso en la natalidad, por qué está
ocurriendo, si ocurre igual en todos los países, y de qué forma puede
solucionarse tal problemática, sin discursos fascistoides ni propuestas
ilusorias. Y por supuesto, si realmente es tan grave, en una perspectiva
general, que nuestra especie esté dejando de crecer al mismo ritmo de otros
tiempos.
¿Hay o no hay un descenso en la tasa de natalidad?
Para entender el
debate, hay que explicar en qué consiste la tasa de natalidad. Este concepto,
llamado de forma más precisa tasa bruta de natalidad, es el cálculo del
número de nacimientos registrados por cada mil habitantes en un período
determinado de tiempo, generalmente un año (Datosmacro, 2026). Las tasas de
natalidad se actualizan año tras año en diferentes registros, puesto que estas
influyen en la edad media de la población, un dato importante a considerar a
nivel económico, de política laboral e incluso ambiental (Nayak, 2026).
Ahora, para análisis de
proyección demográfica comparada, es mucho mejor usar la tasa total de
fecundidad, es decir, el número promedio de hijos por mujer durante su edad
reproductiva (15-49 años) si se mantienen las tasas específicas de fecundidad
por edad de un año determinado (DANE, 2013). Esto es debido a que la tasa de
natalidad no tiene en cuenta la edad o la estructura de población por género,
de modo que se vuelve difícil comparar la natalidad entre países (Datosmacro,
2026; Rudolph, 2026).
Curiosamente, nuestros temores iniciales se inclinaban más hacia las consecuencias de la sobrepoblación. En 1968, el entomólogo Paul Ehrlich publicaría el libro The Population Bomb (La bomba poblacional), en la cual advertía que el tamaño de la población humana mundial crecería de forma desmedida al punto de que, para la década de 1970, entraríamos en un proceso de hambruna global, conflictos y guerras nucleares que llevarían a nuestra especie hasta la extinción. Para Ehrlich, nuestra sobrepoblación por encima de la capacidad de carga del planeta era la principal causa del deterioro ambiental, de modo que proponía un control del crecimiento poblacional a través de medidas como el control de la natalidad y la despenalización del aborto (Allen, 2026; Keegan & Klancher Merchant, 2026).
Portada
de una edición de 1971 de The Population Bomb.
Aunque los argumentos presentados en el libro fueron refutados prácticamente en el instante que fue publicado, y Ehrlich no fue capaz de predecir la Revolución Verde que solucionaría muchas de las limitaciones en producción y acceso a los alimentos (Keegan & Klancher Merchant, 2026; Pereira, 2026), The Population Bomb se convirtió en un texto bastante influyente tanto en círculos de la izquierda como de la derecha. También impactó en el arte y la ficción distópica, inspirando diferentes perspectivas acerca de cómo sería un futuro sobrepoblado y desgastado por la industrialización y el consumo excesivo. Un ejemplo muy popular al respecto es la famosa película Soylent Green (1973), donde se proyectaba un 2022 degradado, con el suelo y los océanos contaminados y moribundos, y la comida tan escasa que la principal compañía productora de alimentos ultraprocesados tuvo que recurrir a reciclar a los muertos para satisfacer la demanda de su nuevo producto.
Hoy en día somos unos
ocho mil millones de personas, y aunque sin duda la degradación ambiental y la
crisis climática son un problema tangible, no hemos tenido que recurrir a
convertir a nuestros difuntos en galletas de Soylent. Y si somos tantos, no
parece que esté ocurriendo un descenso en la natalidad, o al menos no uno tan
grave como lo pintan figuras de la talla de Elon Musk. Pero, ¿en verdad es así?
En primer lugar, sí: la tasa de natalidad ha disminuido a nivel global, y esto es porque la tasa de fecundidad se ha reducido. Se ha calculado que es necesaria una tasa global de fecundidad de aproximadamente 2,1 hijos por mujer para mantener la tasa de reemplazo, es decir, para mantener un tamaño de población constante a través del tiempo (Allen, 2026; Nayat, 2026). Desde 1950, la época de la “explosión de fecundidad” que alarmó a Ehrlich, la tasa total de fecundidad a nivel global se ha reducido de 5 hasta 2,25 en 2024, y para 2025 la mayoría de los países en América, Eurasia y Oceanía presentaron tasas de fecundidad por debajo del nivel de reemplazo (UNPFA, 2025; Allen, 2026; Nayat, 2026). En Estados Unidos, por ejemplo, la tasa de fecundidad en 2024 fue de 1,6 hijos por mujer (Walsh, 2026), mientras que en Reino Unido se encuentra en 1,44 (Geddes, 2026), y en Corea del Sur se ubica en 0,8, casi un récord a nivel global (Allen, 2026).
Tasas
de fecundidad a nivel mundial (la imagen dice ‘fertilidad’, pero la descripción
corresponde a la fecundidad) registradas por la ONU en 2024. Tomado de Allen
(2026).
Y esto no pasa sólo en
países desarrollados. América Latina, una región donde la tasa de fecundidad
solía ser mayor, ha tenido también fuertes descensos en años recientes, al
punto que varios países podrían acabar con una población envejecida antes de
siquiera desarrollarse económicamente por completo (Allen, 2026; Geddes, 2026).
África es el único continente en el cual la tasa total de fecundidad se ubica
por encima de la tasa de reemplazo en casi todos sus países -con excepción de
Túnez-, así como algunas zonas de Asia (Mongolia, Península Árabe y Asia
Central) e islas del Indo Pacífico (Allen, 2026).
¿Por qué esta situación
produce tanta inquietud y temor? Se trata sobre todo de un problema que se
prevé con el modelo económico actual. Una menor tasa de reemplazo significa que
habrá menos personas ingresando a la fuerza laboral al año, lo que no sólo
podría generar escasez de personal, sino también estancar la innovación y el
desarrollo a nivel industrial y tecnológico, afectando el crecimiento económico
(Nayat, 2026). Puesto que la población está envejeciendo cada vez más y vive
más tiempo, esto pone una carga mayor a nivel del sistema de pensiones en los
trabajadores jóvenes, cuyas cotizaciones sostienen el modelo pensional actual
(Allen, 2026; Nayat, 2026), así como en el pago de impuestos necesarios para la
inversión pública. También habría cambios en los hábitos de consumo, pues las
personas mayores tienden a invertir más en cuidado de la salud y servicios que
no se pueden automatizar tan fácilmente como la producción de bienes y
electrodomésticos (Geddes, 2026).
Por otro lado,
necesitamos entender el contexto de este escenario. Varios países siguen
teniendo buenas tasas de fecundidad, y en otros hay un importante flujo
migratorio (sea como inmigración o emigración) que también influye en las
tendencias de fecundidad y crecimiento poblacional (UNPFA, 2025; Geddes, 2026).
El crecimiento de la población no es exponencial, sino que se ha ido reduciendo
en las últimas seis décadas, y se calcula que alcanzará un techo hacia el 2080,
con una cifra aproximada de 10,3 mil millones de personas, antes de empezar a
declinar (Roser et al, 2023). Pero sigue dándose un crecimiento poblacional,
sólo que más lento que en décadas anteriores.
No debemos olvidar que
los cambios demográficos que observamos en el presente son consecuencia de la
promulgación de diversas políticas de regulación del crecimiento poblacional
como consecuencia del pánico generado por la “explosión de fecundidad” tras la
Segunda Guerra Mundial -conocida como baby boom- y las proyecciones
presentadas por personajes como Ehrlich, así como de distintas dinámicas
sociales, económicas y de salud (UNPFA, 2025; Rudolph, 2026). Hablaremos a
continuación de algunas de ellas, así como de otras razones por las cuales la
tasa de fecundidad se ha ido desplomando progresivamente a nivel global.
Espermas flojos y un neoliberalismo depresivo
Si bien es cierto que
en los países de altos ingresos es donde más se ha notado la caída en las tasas
globales de fecundidad (Kaneda & Patierno, 2025; Kearney & Levine,
2025), este no es un patrón tan simple, pues podemos ver también que en países
de ingresos medios también hay un marcado envejecimiento demográfico (Kaneda
& Patierno, 2025; Allen, 2026). Tampoco es apropiado pensar que se trata,
simplemente, de que las nuevas generaciones ya no quieren tener hijos (UNPFA,
2025), como suele vociferarse desde redes sociales. Es importante, entonces,
fijarse en los contextos socioeconómicos para encontrar una respuesta no sólo
más satisfactoria, sino también adecuada.
Lo que necesita tenerse
en cuenta en la demografía son tres factores importantes: las preferencias en
el número ideal de hijos, las intenciones de criar un número realista de hijos,
y las conductas, es decir, el número real de hijos que se acaban teniendo. Y
lamentablemente, las preferencias a menudo exceden las intenciones, y estas
últimas son superiores al número real de partos, incluso en países con baja
fertilidad, de modo que los objetivos se van replanteando a través del tiempo (Kaneda
& Patierno, 2025; UNPFA, 2025).
Esto se debe tanto a los cambios en prioridades como a limitaciones particulares. Los primeros dependen de la formación universitaria y profesional, lo cual influye en la realización personal que se puede sentir con respecto al matrimonio y los hijos. Por ello, como ha comentado la antropóloga Paula Sheppard, para entender el declive global de fertilidad debemos salirnos un poco de los valores demográficos y fijarnos en los grupos sociales y sus razones para tener menos hijos: dejando de lado a aquellos que legítimamente no tienen interés en la paternidad, hay muchas personas que en verdad quisieran tener dos o tres hijos, pero sencillamente no están en condición de hacerlo. En su trabajo, por ejemplo, encontró que, en Reino Unido, las personas sin estudios universitarios están interesados en la vivienda, pero quieren buenas condiciones para tener casa y familia, como un vecindario con zonas verdes y buena escolaridad, o evitar deudas hipotecarias (Sarchet, 2026).
Así mismo, mientras que
las mujeres sin formación universitaria hablan de relaciones comprometidas, sin
una participación tan directa de su pareja en la crianza de los hijos, aquellas
con formación esperan una paternidad compartida. Por lo mismo, las mujeres más
estudiadas prefieren postergar los hijos hasta tener una pareja adecuada, ya
que el costo profesional de la maternidad para ellas es bastante grande
(Sarchet, 2026). Por su parte, los hombres con formación universitaria buscan
una mayor flexibilidad laboral que les permita una participación más activa en
la crianza de los hijos.
Esto nos lleva al segundo problema detrás de las tasas descendentes de fertilidad: la situación socioeconómica. Y no se trata sólo de los altos costos de la vida y la inseguridad económica, sino también el conflicto entre tiempo laboral y espacio familiar, la inequidad en roles de género y las normas culturales que van cambiando con el tiempo (Kaneda & Patierno, 2025). Tal como señala el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) en su informe de 2025, La verdadera crisis de fecundidad: Alcanzar la libertad reproductiva en un mundo de cambios, el problema real para nuestra fecundidad se encuentra en la falta de autonomía y capacidad de los individuos para tomar decisiones en torno a su reproducción y formación de familia. Esto no se trata sólo de presiones coercitivas a nivel de pareja, familiar o político, sino también a las circunstancias del entorno: las dificultades en acceso a salud reproductiva, el desempleo o la precariedad laboral, la falta de acceso a vivienda, la falta de opciones de cuidado de los hijos, e incluso la incertidumbre de cara al futuro por la crisis climática ambiental y los conflictos bélicos alrededor del mundo (UNFPA, 2025; Rudolph, 2026).
La fractura de las
relaciones sociales dentro de las sociedades neoliberales también son un factor
importante en la decisión de tener o no hijos, puesto que una red de apoyo de
familia y amigos puede ser también importante en distribuir la carga de la
crianza (Sarchet, 2026). La presión e intensidad de los ritmos laborales, así
como la propia presión de avanzar en la carrera, hace difícil balancear el
trabajo con la vida social y las relaciones tanto por tiempo como por energía
(DeRose & Stone, 2021; The Daily, 2026). Esto también facilita el
crecimiento de la cultura digital, ya que la Internet y las redes sociales permiten
una comunicación instantánea incluso a distancia (Basiouny, 2024), lo que ayuda
a mantener relaciones sociales, pero a costa de que se den interacciones
físicas mucho más cercanas y significativas.
Relacionado con lo
anterior, un estudio publicado este año señaló al surgimiento de los
smartphones por la reducción de la fertilidad en un 33-52% entre mujeres,
debido a que reduce las interacciones en persona e incrementa el consumo de
pornografía, reemplazando así la necesidad de relaciones sexuales (Myers &
Hooper, 2026). No obstante, esta parece más el reciclaje de viejos discursos
acerca de cómo las distracciones y pasatiempos de la vida contemporánea, en
especial los femeninos, nos alejan de la misión de tener hijos (Rudolph, 2026),
y en este caso específico puede ser más una consecuencia y un determinante
que una causa en sí. Es decir, la pérdida de vínculos profundos y la
alienación como consecuencia de las exigencias del mundo laboral y los cambios
sociales producto de las sociedades neoliberales se vieron un tanto satisfechas
gracias a las nuevas tecnologías digitales, pero al mismo tiempo estas
contribuyen a la dificultad de reconstruir las redes de apoyo como algo físico
y presencial, en un ciclo de retroalimentación que se transforma en lo que el
filósofo Mark Fisher llamaba hedonia depresiva, una necesidad de buscar
constantemente placeres satisfactorios que en realidad nunca nos satisfacen por
completo (Solsona Ribes, 2021).
A esto se suma también que el incremento de la inequidad económica, sumado a la fragmentación social mencionada, contribuyen también al ascenso de problemas de salud relacionados con la dieta, así como la depresión, la ansiedad y el agotamiento, generando un estado de desesperación y desconexión que desalienta el interés en las relaciones y la reproducción (Platt & Sterling, 2024). En medio del hiperindividualismo y la mercantilización del tiempo libre causados por la cultura capitalista, vemos las relaciones no como una necesidad, sino como una inversión de tiempo y recursos, y a veces como una competencia directa en el entorno laboral, lo que exacerba nuestro deterioro mental (Mehta, 2026). En ese sentido, ¿es de sorprender que tampoco se encuentre energías o motivación para la búsqueda de una familia?
Por si fuera poco, se
ha sugerido que también existen factores biológicos que podrían estar afectando
la fertilidad a nivel global. En ese sentido, un grupo de investigadores
médicos, liderado por Hagai Levine, lleva varios años realizando una revisión
de publicaciones científicas en idioma inglés que contengan datos sobre conteo
de esperma, y los metaanálisis han reflejado un declive global entre 1973 y
2018 tanto de la concentración de esperma, en un 51,6%, y en el conteo total de
esperma, de un 62,3% (Levine et al, 2017; 2023). Aunque esto no significa
necesariamente una reducción en la calidad del esperma, pues el equipo no midió
ni la motilidad ni la morfología de los espermatozoides, y no han podido
explorar estas tendencias a nivel local, por país (Levine et al, 2023), no deja
de ser un dato importante a considerar a la hora de hablar de las tasas de
natalidad en la población.
Otro estudio reciente,
utilizando un índice de tasa comprensiva de embarazo no asistido (en
inglés, CUPR) que tiene en cuenta partos vivos y abortos inducidos sin
intervención de técnicas artificiales de reproducción, revisó los registros
nacionales de resultados reproductivos de mujeres en Dinamarca, y no sólo
encontró patrones generacionales en las tasas de fertilidad, sino que en cada
cohorte de parto el número de concepciones se iba reduciendo, con un declive de
los embarazos no asistidos en todas las edades (Lindahl-Jacobsen et al, 2026),
aun cuando el uso de anticonceptivos también se ha ido reduciendo. Los autores
reconocen que el CUPR es un índice preliminar, y que deben tenerse en cuenta
también cambios en las conductas sexuales, como una mejor planificación o un
menor número de parejas sexuales. No obstante, sigue siendo una potencial
herramienta importante para futuros análisis en torno a la salud reproductiva
en nuestras poblaciones.
Finalmente, una revisión recientemente publicada (Brander et al, 2026) comparó el impacto de diversos estresores químicos ambientales entre diferentes grupos taxonómicos de animales, incluyendo los humanos, y encontró afecciones a nivel de fertilidad reducida y fecundidad. Los datos sugieren que son necesarios marcos regulatorios para clases enteras de químicos, en lugar de regulaciones a nivel individual. Y también es importante tener en cuenta el estrés ambiental del cambio climático, el cual puede afectar la duración del ciclo menstrual, la espermatogénesis, el balance hormonal e incluso el embarazo (Tokat et al, 2023).
Aunque la información
sobre fertilidad a nivel global y local sigue siendo bastante limitada (Kaneda
& Patierno, 2025), no es probable que sea un problema tan influyente y
serio sobre las tasas de fecundidad. En ese sentido, no hace falta alarmarse
por el temor a enfrentar un escenario tipo Niños del hombre. No
obstante, los factores biológicos necesitan de todos modos ser tenidos en
cuenta al hablar de fecundidad global y tasas de fertilidad en futuros estudios
multidisciplinarios (Aitken, 2024). Se requiere entonces de evaluar diversos
factores y escenarios potenciales dentro de la fertilidad en nuestra especie,
en vez de descartar sin miramientos alguno de ellos, sea el papel de las
transformaciones socioeconómicas, las tendencias políticas, e incluso
cuestiones reproductivas.
El
útero como arma reaccionaria
Para esta altura, ya debe quedar claro que, a pesar de que en efecto hay un descenso en la tasa global de fecundidad, nuestra especie no se encuentra como tal en una crisis de fertilidad. Entonces, ¿por qué parece que existe una obsesión en redes sociales con la caída de las tasas de fertilidad y un supuesto colapso demográfico de la civilización? Y es aquí donde tenemos que sacar la lupa y hablar con detalle de un elemento importante detrás de esta conversación: las ideologías de extrema derecha, y el uso de la fecundidad y la natalidad como punto central en sus discursos políticos.
Comentaba en una
entrada anterior (El Pensador Sereno, 2026) acerca de la “teoría del gran
reemplazo”, la visión conspirativa de que hay una “élite global” que busca
desaparecer a la población blanca a través de diferentes estrategias, como la
aprobación del aborto, el acceso libre a anticonceptivos, las relaciones
interraciales y por supuesto, la inmigración (Weinberg, 2022; El Pensador
Sereno, 2026a) En este escenario, para la extrema derecha, que las naciones del
llamado Primer Mundo tengan tasas de fecundidad cada vez más bajas se ha
convertido en un argumento poderoso para darle un aire de respetabilidad a sus
ideas, promoviendo mayores relaciones sociales y la conformación de familias
–“tradicionales”, por supuesto- con el propósito aparentemente inocuo de que la
población sobreviva a largo plazo (Cohen, 2025; European Observatory of Online
Hate, 2025).
Por supuesto, estas “familias” tienen un tono de piel muy específico: blanco. Para estos supremacistas, a pesar de que la población inmigrante tienda por lo general a formar grandes familias, no lo consideran una salvación a nivel demográfico: de hecho, es un problema serio, puesto que convierte poco a poco a la población blanca en una “minoría” dentro de su propio país, tal como asegura el “gran reemplazo” (Farr, 2021). Es por ello que los temores y preocupación con las menores tasas de fecundidad y formación de familias son un fenómeno mayormente asociado a la derecha (Cohen, 2025). De hecho, en Estados Unidos, las cifras de fertilidad tienen una fuerte asociación con la orientación política, especialmente en la población blanca, pues es justo la izquierda la que más defiende el control natal, la anticoncepción, y que la familia y los hijos son una opción y no una obligación (Fieder & Huber, 2026). Esto debería ser suficiente para la extrema derecha, pues conduciría a un cambio progresivo en la composición ideológica que favorecería las ideas más conservadoras.
Por supuesto, ellos no
quieren permanecer inactivos ante esto: quieren destruir a la izquierda, tanto
por promover la inmigración como el control de las mujeres sobre sus relaciones
y su propia fertilidad, en un “genocidio blanco” promovido por las élites
(Weinberg, 2022; European Observatory of Online Hate, 2025). Por ello, los
discursos de extrema derecha en Internet en torno a la fecundidad y la “crisis
demográfica” suelen tener como ejes los ataques al feminismo, la igualdad de
género, los derechos LGBTIQ+, la migración, el multiculturalismo y la supuesta
“islamización” de Occidente (European Observatory of Online Hate, 2025). Así
mismo, las recientes tendencias ecofascistas en sectores ambientalistas tienden
a replicar mensajes xenófobos y la retórica del “gran reemplazo”, mientras que
al mismo tiempo la violencia aceleracionista de años recientes tiende a acoger
inquietudes ambientales dentro de su discurso fascista (Bhatia &
Hendrixson, 2025; El Pensador Sereno, 2026b).
La difusión de retórica y mensajes antifeministas por parte de esta extrema derecha pronatalista es un detalle especialmente prominente de su discurso, pues para sus defensores es fundamental controlar los cuerpos y la reproducción de las mujeres (European Observatory of Online Hate, 2025; UNFPA, 2025). Esto puede manifestarse de distintas formas, desde defender incentivos económicos para las familias con uno o más hijos -siempre que sea sólo para mujeres blancas-, hasta el ataque directo a la participación femenina en la política y el derecho al voto. Se da un entrelazamiento entre machismo, supremacismo blanco, racismo y nacionalismo religioso, una promoción de valores tradicionales y patriarcales que salven a los países desarrollados del “colapso demográfico” y el “genocidio blanco” (Cohen, 2025; European Observatory of Online Hate, 2025). Cuando Musk manifiesta su preocupación por las bajas tasas de natalidad y la inminente crisis demográfica de la civilización, se está refiriendo exclusivamente a la “civilización blanca”. Y esto es una retórica puramente fascista.
Y lamentablemente,
estos discursos supremacistas y xenófobos en torno a la crisis poblacional, sea
sobrepoblación o baja natalidad, son bastante viejos y recurrentes, pudiendo
encontrarse en el siglo XIX en naciones como Francia y Estados Unidos, y en las
ideas del economista Thomas Malthus acerca del crecimiento geométrico de la
población y la potencial escasez de alimentos (Rudolph, 2026). La tendencia
actual, que inició como una inquietud en torno a la sobrepoblación, se puede
rastrear con todo y racismo hasta The Population Bomb. Ehrlich tomó la
analogía de la bomba de un panfleto con influencias eugenistas y
antimigratorias de 1954, en el cual se temía que el crecimiento poblacional en
África, Asia y Latinoamérica daría lugar a la expansión del comunismo y la
guerra nuclear (Keegan & Klancher Merchant, 2026). Así mismo, el entomólogo
fue cofundador del grupo Zero Population Growth, que con el tiempo cambió su
objetivo hacia la oposición a la inmigración, y fue influyente en la formación
de una red de grupos nativistas y antiinmigración. Ehrlich, quien sigue vivo al
día de hoy, continúa promoviendo la idea de que es el tamaño poblacional por
encima de la capacidad de carga del planeta, y no el consumo desmedido o el
modelo económico de crecimiento perpetuo, lo que causa el deterioro ambiental
(Bradshaw et al, 2026).
La obsesión del
supremacismo blanco y la extrema derecha no viene de una preocupación genuina
por el futuro de la especie humana ante una posible crisis demográfica, no al
menos de la especie humana en su conjunto total. Es una obsesión que nace
también de sus miedos a nivel económico, político y social, de verse
desplazados de las posiciones de poder, del temor por una retribución de las
minorías que históricamente han sido desfavorecidas, y la angustia existencial
por los cambios sociales contemporáneos (El Pensador Sereno, 2026a). Son
incapaces de considerar la opción simple de proteger la inmigración como forma
de incrementar el tamaño poblacional y las tasas de fecundidad, porque tienen
una idea del ciudadano como un fenotipo específico y deseable. Por lo tanto,
combatir y despejar los temores acerca de una crisis global de natalidad
requiere que tomemos partido en contra de estas narrativas que promueven una
homogeneización supremacista de las poblaciones humanas.
Repensar sobre la verdadera crisis
A pesar del temor
creciente de un declive económico por la disminución de la fuerza laboral joven
y el envejecimiento demográfico, lo cierto es que los datos sugieren que no es una
certeza tan sólida como comentan los economistas. Como registra la información
del Grupo del Banco Mundial, entre 1970 y 2020, el porcentaje de la población
en edad labora se redujo del 77% al 55%, pero el producto interno bruto global
per cápita se incrementó considerablemente, y en algunos países con poblaciones
en declive se incrementó la participación laboral (Llianos et al, 2023; World
Bank Group, 2025), lo que significa que ya han ocurrido formas de adaptarse a
ello.
Por otro lado, una
población cada vez más envejecida sí que representa una presión importante
sobre el sistema pensional y la salud, pero hay diferentes formas de abordar
esta problemática, como reformas pensionales, una mayor formalización del
empleo, inversión en productividad, o estimular la inmigración (Kaneda &
Patierno, 2025), y no tienen que aplicarse de forma exclusiva. Incluso, aunque
controversial, se ha propuesto aumentar la edad de retiro (Kaneda &
Patierno, 2025), lo cual podría hacerse de forma flexible, dependiendo del interés
y la capacidad de la persona mayor, pues, gracias al incremento en la esperanza
de vida, hay muchas que prefieren mantenerse activas trabajando en avanzada
edad para mantener un sentido en su vida, y otras que no están en condiciones
de hacerlo (Aguirre, 2026; Blagonravova, 2026).
Por supuesto, varias naciones poderosas como China y países de la Unión Europea han promulgado medidas que estimulen la formación de familias con hijos. Esto se ha hecho a través de medidas como bonos en efectivo, licencias parentales, programas extendidos de cuidado infantil, reducción de impuestos para mujeres con más de un hijo, e incluso tratar de restringir el acceso a la anticoncepción y el aborto (Kaneda & Patierno, 2025; UNFPA, 2025; Blagonravova, 2026). Sin embargo, el éxito de estas estrategias parece ser limitado en levantar las tasas de natalidad de sus poblaciones. Pero, ¿por qué?
En primer lugar, porque
buena parte de estas medidas no aborda las problemáticas de fondo detrás de la
reducción en natalidad. Si bien es cierto que en países de altos ingresos con
baja igualdad de género, como Corea del Sur y Japón, las tasas globales de
fecundidad son bajas, también es cierto que hay algunos en donde una mayor
igualdad no ha logrado incrementar la natalidad, como en los países nórdicos
(Kaneda & Patierno, 2025), por lo que la relación entre igualdad y
fecundidad no es necesariamente causal. Por otro lado, muchos de estos apoyos
económicos, pues no son malos para ayudar a quienes ya están interesados
por criar hijos, pero no hacen gran cosa para convencer a quienes no quieren
tenerlos (Blagonravova, 2026).
Y es que por mucho que
nos presenten estas soluciones asistencialistas, que nos digan que la economía
se ha recuperado después de la crisis de 2008, quienes ya entramos a la vida
laboral hemos reconocido la incertidumbre en todo. Podemos ver lo casi
imposible que será conseguir una casa, lo fácil que es caer en el desempleo o
la inestabilidad laboral, lo frágiles que son realmente las economías
capitalistas, los discursos agresivos en torno al regreso de “valores
tradicionales”, la fertilidad y los derechos reproductivos (UNFPA, 2025;
Rudolph, 2026). Las principales medidas utilizadas para incentivar la
reproducción no son suficientes si las circunstancias socioeconómicas y
culturales no nos permiten siquiera buscar vidas estables que nos permitan
hacer la reflexión acerca de si tal vez, sólo tal vez, tener un bebé no sea
algo tan complicado.
En este punto quiero señalar algo curioso, y es que a pesar de que el descenso en las tasas de fecundidad es un hecho, en meses recientes se han publicado dos publicaciones científicas, ninguna particularmente buena, que se enfocan no sólo en la sobrepoblación, sino en que es nuestro tamaño poblacional, en lugar del consumo o la industrialización y la economía extractivista, la principal causa del deterioro ambiental y la ruptura de los límites planetarios (Bradshaw et al, 2026; Keegan et al, 2026). Uno propone la reducción de la población hasta 4 mil millones de habitantes para 2200 con el fin de alcanzar el desarrollo sostenible (Keegan et al, 2026), con subtonos un tanto racistas, mientras que otro asegura que el planeta sólo puede sostener una población máxima de 2,5 mil millones, y que en el ritmo y tamaño actual de la población no podemos seguir sosteniéndonos sin replantear nuestras prácticas socioculturales de consumo (Bradshaw et al, 2026).
Trayectorias
pasadas y proyecciones futuras modeladas de la población humana global. Fuente:
Bradshaw et al (2026).
Ninguno de los dos
aborda directamente el problema del desmedido modelo capitalista de crecimiento
infinito detrás de ese consumo. Bradshaw et al sí menciona que las economías
actuales necesitan tener en cuenta que no puede haber una expansión poblacional
sostenida ante las limitaciones regenerativas de los recursos, pero habla de
reducir la escala social y cambiar los hábitos socioculturales, no socioeconómicos
(2026). Por su parte, Keegan et al directamente rechaza darles suficiente
importancia a las tasas de consumo, afirmando que el principal responsable de
todo es el tamaño poblacional (2026). Es una visión problemática porque, aunque
en efecto nuestra población como especie es enorme, el impacto de ese tamaño
está mediado tanto por el consumo como por el desarrollo tecnológico e
industrial, así como las actividades necesarias para mantener tal desarrollo y
a nosotros mismos, y esto no ocurre de manera uniforme en todas las regiones
(Keegan et al, 2026), de modo que se está imponiendo una responsabilidad
general en medio de unas inequidades globales que también se reflejan en los
hábitos de consumo.
En una curiosa ironía, tanto la visión de la sobrepoblación como el temor a una crisis demográfica adolecen del mismo problema: una falta de disposición o voluntad para proponer estrategias que aborden el problema de las carencias económicas y emocionales en las sociedades neoliberales, sea proponiendo reformas radicales, o directamente una superación del modelo capitalista. Recuperar la estabilidad económica, las estructuras familiares extendidas, las redes comunitarias de apoyo, y una sensación de optimismo, de ver un futuro real al alcance de cada uno, es fundamental para combatir la verdadera crisis de fecundidad en la actualidad: la ausencia de libertad, de la capacidad de decidir un futuro y una familia para ti (UNFPA, 2025). Y esto no va a ocurrir mientras sigamos atrapados en un espacio de hiperconsumo, trabajismo, y que no puede existir por fuera de la quimera de un crecimiento perpetuo que necesita cada vez más obreros.
Conclusiones
En Niños del hombre,
el embarazo de Kee abría una luz de esperanza para la humanidad, para que al
menos una parte de ella pudiese sobrevivir aun si el mundo estaba más allá de
ser salvado. Hoy en día, parece que no son pocos quienes albergan la ilusión de
que otros millones de Kees alrededor del mundo puedan mantener un sistema
socioeconómico que se está resquebrajando desde hace décadas, cuando no se
trata de simples supremacistas blancos lamentando un pasado idílico que nunca
ha existido.
Si bien la baja en las
tasas de natalidad y fecundidad es un hecho, esto no hace que una crisis
económica y social a gran escala sea inevitable. No obstante, para poder
adelantarnos a ese potencial futuro, necesitamos arriesgarnos más, ser mucho
más críticos de las sociedades en las cuales intentamos sobrevivir, y de los
líderes que propician las condiciones que nos alejan de la idea de formar una
familia. Por otro lado, es imposible tener tal conversación si no nos
replanteamos la forma destructiva en que nos relacionamos con el planeta, sobre
todo a través del consumo desmedido y todas las actividades económicas a gran
escala que mantienen ese nivel.
La solución requiere ser algo muy superior a las acciones individuales. Necesita ser más estructural y profunda, reconfigurar la forma en que actuamos a nivel individual, pero también el modelo económico imperante. Si queremos que las tendencias reproductivas vuelvan a recuperarse en un futuro cercano mientras aún podemos al menos prepararnos para los problemas climáticos y ambientales, debemos dejar de aferrarnos a las estructuras que los perpetúan. Es sólo fuera de ella cuando podremos alcanzar esa verdadera libertad reproductiva, y tal vez soñar entonces con la idea de una familia, con un mundo en el que aún podemos escuchar las voces de los niños.
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