Viviendo el paro armado en Santa Marta
La semana pasada, la ciudad en la que vivo acabó afectada por el conflicto armado que atraviesa el país desde hace décadas, ese que algunos políticos aseguran que no existe. Fue una situación desagradable, tensa, y que generó bastantes molestias, tanto por la respuesta desdeñosa y bravucona de nuestros gobernantes como por la zalamería descarada de los medios. Y ya que esta situación nos afectó a mí y a mi familia directamente, quiero hablar con detalle de lo sucedido.
Los operativos del Ejército en contra de las Autodefensas
Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN) en el Caribe dieron lugar hace poco a
la muerte de alias “Cholo”, segundo líder de la organización paramilitar. En respuesta, el grupo anunció, el pasado lunes 21
de agosto, que decretaban un paro armado de 48 horas a partir de las 7:00 AM
del martes en Santa Marta, el cual posteriormente sería extendido hasta 72,
junto a un toque de queda en horas de la noche. Cualquier negocio que abriese
durante el paro se exponía a represalias.
La verdad es que el martes en la mañana, yo apenas estaba
enterado de qué tanto iba a acatar la ciudad el paro armado, pero sí me
sorprendió que las calles estuviesen prácticamente desiertas, con todo cerrado,
y que el bus que debo tomar para ir al trabajo, y que suele tardar entre cinco
y quince minutos para pasar, fuese la única ruta que pasó por ahí. En el
trabajo transcurría todo aparentemente normal, pero pronto nos llegaron
noticias de que le habían disparado a algunos negocios
en la ciudad por
atreverse a abrir. De hecho, mi papá me llamó hacia el mediodía para contarme
que uno de los sitios atacados fue precisamente una cacharrería cerca de
nuestra casa.
En vista de la situación de seguridad, y la dificultad con
el transporte, en el trabajo nos anunciaron que debíamos salir a las tres de la
tarde. Nos tocó repartirnos entre aquellos que tenían carro o moto, porque ni
mototaxis se veían por la calle. De camino hasta la casa, vi en un espacio
dentro del barrio a algunas personas jugando dominó frente a su puerta, pero
fuera de eso el sector estaba inusualmente silencioso. Terminando la tarde, nos
llegó un mensaje de dirección: teníamos que trabajar desde casa al día
siguiente, lo cual, para mí, que todo mi trabajo es de laboratorio, era
prácticamente no poder adelantar nada.
Al final, tuvimos que trabajar remoto miércoles y jueves, porque la situación se mantuvo. A pesar del ruido de los helicópteros y aviones Kfir que sobrevolaban con frecuencia sobre la ciudad -ya llegaremos a eso-, la realidad es que nadie se sentía completamente seguro. Yo ya he vivido una mala experiencia por un paro armado, como conté hace unos años en este mismo blog, pero esto fue diferente, pues fue un paro armado a toda una ciudad, algo que nunca había pasado a esa escala en Santa Marta. El problema no es simplemente quedarte en casa: es la incertidumbre, la zozobra de tener que estar encerrado porque podrían pegarte un tiro o peor, llevarte con ellos si ponías un pie en la calle. Hubo varias denuncias desde sectores de la ciudad de que había hombres armados intimidando jóvenes para reclutarlos a la fuerza, y escuché también de alguna muchacha que desapareció -lo que, en una región donde Hernán Giraldo sembró un terror muy específico entre las mujeres, hiela la sangre al enterarse-, pero hasta ahora no sé qué se ha confirmado al respecto, o si se adelantan investigaciones.
A todo esto, se sumó el problema de que, siendo fin de mes,
muchas personas tenían poca comida en casa, y dependen de comprar o fiar en las
tiendas, las cuales estaban cerradas. La presencia militar permitió que algunos
supermercados de cadena, como D1 y Ara, permaneciesen atendiendo, así como
Makro y el mercado público, pero muchos pronto fueron vaciados, varios
productos estaban carísimos, y en el mercado las pocas verduras que se
conseguían no estaban frescas. No fue sino hasta el jueves en la mañana que una
que otra tienda en el barrio, a cuenta y riesgo propios, entreabrió para despachar
por ventana unas pocas cosas, por lo que tenías que comprar poco y de rapidez,
y conformarte además con lo que hubiese disponible.
Fue ese día que, lentamente, las cosas empezaron a normalizarse. Por la mañana, las ACSN sacaron otro
comunicado en el cual decretaron un levantamiento progresivo del paro desde las
tres de la tarde, pero en todo caso fueron pocas las tiendas que abrieron, y
por poco tiempo. Además, la Universidad del Magdalena, que tuvo que pasar
también a trabajar clases en remoto por la escasez de estudiantes y docentes
asistiendo, siguió prácticamente desierta. De nuestra parte, regresamos el viernes
al horario habitual, sin más incidentes por fortuna.
No diría que mi experiencia fue algo especial en particular. A muchas personas les tocó un escenario más difícil, viviendo cerca de las zonas más controladas por la presencia paramilitar, o sectores que de plano fueron cerrados al transporte público el martes. Desde Once de Noviembre hasta Timayuí era prácticamente inaccesible, y en sectores rurales hubo choques con el Ejército. Mi interés es tener una base desde mi experiencia, y las experiencias que conocí por otras personas, para analizar la respuesta institucional y mediática al paro armado, pues hay mucho que comentar, y bastante más por criticar.
Empecemos por el hecho de que los gobernantes locales fueron
esquivos y desdeñosos. Mientras que durante la noche del martes ni siquiera
estábamos seguros de que el alcalde, Carlos Pinedo Cuello, estuviese presente
en Santa Marta, la gobernadora del Magdalena, Margarita Guerra, invitó el mismo
martes a los samarios a que se mantuviesen trabajando y desplazando en
normalidad, negando la existencia de un paro armado y asegurando que si se
cerraban los locales “porque llegan dos pelagatos en moto y
disparan”,
entonces le dábamos legitimidad a las ACSN. Buena labia para quien no tiene que
exponer su pellejo y tampoco ofrece seguridad real en las calles de la ciudad.
Por su parte, el presidente Abelardo, siempre dispuesto a hacer espectáculo de guerra, llegó la noche del martes a asegurar la militarización de la ciudad, caminando de noche en Santa Marta con chaleco y rodeado de soldados. Por los reportes que vi en redes y posteriores conversaciones con gente que salió un poco más durante el paro, dicha militarización estuvo concentrada principalmente alrededor de zonas importantes como El Rodadero, o los supermercados de cadena, lo que por supuesto se agradece, pero está lejos de una militarización a gran escala como sugería el anuncio. También se activó el vuelo de dos aviones de combate Kfir, cuyo vuelo y el de los helicópteros se escuchó con bastante frecuencia durante el miércoles y el jueves, algo que para algunos generó más inquietud que tranquilidad. Incluso risas entre algunos: después de todo, no es como si los Kfir/Ley/Éxito pudiesen controlar el crimen urbano, a no ser que su propuesta sea bombardear algún barrio, y los combates en la sierra con esta maquinaria militar pueden dan lugar a imprecisiones letales.
Irónicamente, tales exhibiciones de supuesta fuerza sólo
alimentaron la sensación de que el Estado, y en estos momentos Abelardo, no
tiene realmente un control del territorio en la Región Caribe. Algunos
apologistas del presidente ultraderechista quisieron disculpar lo ocurrido
señalando el hecho de que la Sierra Nevada de Santa Marta lleva más de
cincuenta años bajo el dominio de distintas fuerzas criminales y paramilitares,
y por lo tanto es una problemática que va más allá de su actual gobierno. Y eso
es verdad, pero cabe señalar que: 1) ese tipo de argumentos no se han tolerado
en gobiernos anteriores, así que no veo por qué debería ser diferente ahora; y
2) fue Abelardo quien, en campaña, prometió exterminar a los jefes de los
grupos armados en cien días. Estamos cerca de ese período de gracia, y la verdad no lo
veo con muchos éxitos al respecto.
Los gobernantes locales tampoco salieron muy bien parados con
sus partes de tranquilidad. Mientras que Pinedo -heredero, por cierto, de un
clan político con un largo historial de denuncias sobre relaciones con grupos
al margen de la ley- fue abucheado al visitar el barrio María Eugenia, la gobernadora Guerra fue al mercado
público y, como era de esperarse, se encontró con pocos vendedores dispuestos a
salir, y aún menos dispuestos a aceptar sus llamados a la normalidad.
Parafraseando los comentarios que vi por parte de uno de ellos, “ella llega
pa’ la foto, y luego se va, y aquí quedamos nosotros. ¿Quién nos va a proteger?”.
Por otro lado, hubo medios periodísticos, como el hebdomadario que dice llamarse Semana, que destacaron las acciones del presifrente Copetrán mientras minimizaban lo que estaba ocurriendo en Santa Marta. Casos lamentables fueron el de Canal Caracol, que reportó la quema de una mula usando un video que no correspondía, y cuando rectificaron dieron a entender que no hubo disturbios en la ciudad; o el de La FM, uno especialmente irritante cuando en una publicación de Twitter dieron a entender que sólo “un minúsculo sector de la ciudad” se había negado a abrir sus negocios. Hubo un punto en que de verdad perdí la paciencia, porque era desconcertante lo miserables que podían llegar a ser al reportar un asunto tan serio como un paro armado, como si fuese una simple pelea de barrio.
Y aunque quisiese ponerme más burlón con la falta de
autoridad que han desprendido nuestras figuras de autoridad, hay un detalle que
enturbia aún más la contraofensiva del Estado contra las ACSN. Hubo un rumor de
que durante el operativo que generó la respuesta del paro armado había caído un
hijo de alias “Pinocho”, el comandante de la organización paramilitar. Al Ministerio
de Defensa no sólo le tocó salir a desmentir la noticia, sino que además
resultó que el “caído en combate” fue en realidad un joven de 18 años que
trabajaba como obrero en una finca, sin ningún vínculo con las ACSN, y al que además, según
denuncias, lo habrían matado a sangre fría.
A este caso, que hace renacer entre la población colombiana
el terror de las ejecuciones extrajudiciales de civiles, mal llamadas “falsos
positivos”, se le suma una denuncia de la Junta de Acción Comunal de la vereda
Guaduales Nueva Esperanza, en La Macarena (Meta), según la cual un campesino desarmado fue asesinado
por el Ejército durante un operativo militar, así como las dudas generadas sobre el operativo
en el que cayó “Bendito Menor”, otro líder de las ACSN. Abelardo no sólo está mostrando el
choque de sus propuestas militaristas y radicales con la realidad de un
conflicto armado antiguo y complejo, sino también las costuras y consecuencias
de una ofensiva militar sin preocupación por lineamientos éticos y legales.
Y por supuesto, debe recordarse que, si el problema con los criminales en la región Caribe ha perdurado por tantas décadas, es porque los gobiernos locales simplemente han abandonado a los territorios periféricos, dejándolos en poder de mafiosos, narcotraficantes y paramilitares, siempre que su presencia dentro del casco urbano sea mínima más allá de sobornos y extorsiones. Tal como explicó el profesor Luis Fernando Trejos, de la Universidad del Norte, en entrevista a El Espectador, la ausencia del Estado en estos territorios ha permitido una fuerte inserción de las fuerzas paramilitares, no sólo porque garantizan seguridad y una base económica a través su red de extorsión retributiva, sino también porque muchos de sus integrantes provienen de estas mismas áreas rurales y periféricas, por lo que a menudo comparten vínculos familiares y emocionales con los habitantes. Esto incrementa la efectividad del despliegue de las ACSN en la zona, dificulta también la colaboración de los ciudadanos con las pocas autoridades que intervienen, y también incentiva a estas últimas a operativos estigmatizantes que pueden dar lugar a violaciones de los derechos humanos.
Por lo mismo, llegamos aquí a la conversación más complicada
sobre el caso de paro armado y el enfoque del actual gobierno sobre combatir a
las fuerzas insurgentes: esto no se resuelve simplemente
repartiendo bala.
Por muchos subjefes de la ACSN que se eliminen para presionar a alias
“Pinocho”, por muchas disidencias y tropas del ELN que se capturen, no se podrá
cambiar de fondo la realidad del conflicto armado mientras no se resuelvan los
problemas estructurales a nivel económico y de derechos humanos en las regiones
abandonadas por el Estado, el verdadero germen de la violencia. Si no se
ofrecen mejores condiciones para la población, si no existe un acceso verdadero
a servicios y recursos iguales al resto de los ciudadanos, siempre habrá
personas dispuestas a tomar las armas de los caídos y capturados, sea por
presión de la insurgencia o ante la perspectiva de que no hay otra opción de
vida.
Esto no es quitar responsabilidad a los combatientes de las
guerrillas y los paramilitares. Muchos toman las armas por convicción antes que
por miedo, y siguen siendo responsables de varios delitos. La cuestión es
comprender las razones de fondo detrás de estas decisiones, las circunstancias
socioeconómicas que empujan a ello, y buscar corregir tales circunstancias con
una mayor presencia y acción institucional. No se deben dejar de lado los
operativos contra las fuerzas insurgentes, pero no podemos seguir atascados
únicamente en el mismo modelo militar de tantas décadas que hasta ahora no ha
podido frenar la expansión de estos grupos.
Esperemos que, en el futuro cercano, no tengamos que volver
a pasar por algo así. Y si el actual gobierno quiere el respaldo de toda la
nación, tendrá que enfocarse menos en los triunfos mediáticos con sangre y
bolsas de cadáveres, y trabajar a fondo en restaurar su presencia en las
regiones abandonadas por décadas, que no son precisamente pocas. Eso sería un
verdadero “milagro” para esa patria de la que tanto le gusta hablar al nuevo
ocupante de la Casa del Nariño.






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