La importancia de llamarse parásito

Escena del opening de la primera temporada de Chainsaw Man, que muestra a Denji a punto de comer un caracol infectado por el parásito Leucochloridium paradoxum.

 Introducción

No, esto no es en sentido figurado. No hablo de los “parásitos mentales” a los que se refieren personajes nefastos como Axel Kaiser y Gad Saad, y que básicamente son cualquier tipo de idea alrededor de la empatía, la compasión o la equidad con otros seres humanos. Tampoco hablo de algún personaje en la excelente película coreana de Bong Joon-ho, estrenada en 2019. No: aquí estamos hablando de organismos parásitos, tal como se entienden biológicamente.

Decía a inicios del mes que existen muchos animales los cuales las personas en redes sociales los consideran molestos o inútiles, porque desconocen por completo qué papel pueden tener a nivel ecológico, y los ponen como algo que debería ser eliminado, como si hablásemos de enfermedades en la población humana. En este tipo de discursos y mitos en Internet, las especies parásitas son unas de las que aparecen con más frecuencia. Y puedo entenderlo. Varias de ellas nos causan problemas serios de salud, así que tendemos a verlas no desde su rol ecológico general, sino desde el efecto específico de dicho rol en nosotros.

No obstante, el hecho de que puedan ser peligrosos para nosotros no significa que los parásitos sean redundantes o innecesarios. Son de hecho organismos bastante importantes en su relación con otras especies, y bastante interesantes de estudiar y comprender. Así que quiero hacer esta entrada como un derivado de mi trabajo anterior sobre mitos animales para darle un pequeño apoyo a todas aquellas criaturas que desdeñamos por su relación antagónica con nosotros.

Hablemos de simbiosis

Ejemplo típico de simbiosis: relación mutualista entre el pez payaso (género Amphiprion) y la anémona. El pez payaso mantiene limpia la anémona y la protege de peces que se alimentan de ellas, y a cambio la anémona le ofrece refugio y protección.

Para entender bien qué son los parásitos, es fundamental hablar de un concepto en biología, simbiosis. En sentido amplio, se refiere a una interacción biológica estrecha y persistente entre organismos de diferentes especies, con un beneficio para al menos uno de ellos durante su desarrollo. A dichos organismos se les conoce como simbiontes (sí, como los de Marvel).

La simbiosis puede darse de diferentes formas. De acuerdo a las facultades de la relación, puede ser obligada, en donde uno o ambos simbiontes dependen por completo del otro para sobrevivir, o facultativa, donde uno o ambos simbiontes pueden subsistir de forma independiente, pero si interactúan hay un beneficio en recursos. Por ejemplo, la mayoría de las especies de corales son simbiontes obligados, por lo cual dependen de las zooxantelas, dinoflagelados que viven dentro de su cuerpo, y por ello cuando estas son expulsadas por condiciones adversas (por ejemplo, el incremento de la temperatura), el coral se blanquea y muere. Por otro lado, existen algunas especies de corales facultativos, que pueden sobrevivir a la pérdida de sus zooxantelas capturando plancton y partículas orgánicas de la columna de agua.

Por otro lado, si tomamos en cuenta la relación espacial, podemos hablar de endosimbiosis, donde uno de los simbiontes vive dentro del otro, y de ectosimbiosis, donde un simbionte vive encima del cuerpo del otro o a su alrededor. El mencionado caso de las zooxantelas, por ejemplo, es endosimbiosis, puesto que viven dentro de células especializadas en el cuerpo de los pólipos que forman la colonia. Por su parte, una ectosimbiosis típica sería la de los piojos que viven entre los pelos o plumas que recubren a mamíferos y aves, alimentándose de piel, desechos y a veces de sangre.

Pólipo de coral, con zooxantelas (puntos amarillentos) en su interior.

Y ya que probablemente sintieron comezón en la cabeza al leer sobre piojos, creo que es hora de hablar de cómo se clasifican los tipos de simbiosis de acuerdo a cómo influye en la supervivencia y adecuación (fitness) de los simbiontes. La primera que viene a la mente es el mutualismo, aquella simbiosis donde la relación entre los organismos es positiva para ambos, y es tan familiar que, en ocasiones, se asocia en divulgación el término simbiosis de forma equivalente al mutualismo.

Un caso clásico de mutualismo son los líquenes, una colonia híbrida de organismos fotosintéticos, que pueden ser algas o cianobacterias, viviendo entre filamentos de un hongo. El simbionte fúngico se beneficia de los carbohidratos que produce el simbionte fotosintético a través de dicho proceso, mientras que el fotosintético es protegido y recibe humedad y nutrientes a través de los filamentos fúngicos.

Existen otros tipos de simbiosis como el comensalismo, donde sólo uno de los simbiontes se beneficia mientras que el otro tiene una relación neutra donde ni se beneficia ni se perjudica: un ejemplo son las rémoras que se pegan a otros peces y vertebrados acuáticos por transporte y alimento. También existe el amensalismo, en el cual un individuo es inhibido o destruido por otro con una relación neutra: tal es el caso del moho Penicillium, el cual secreta la famosa penicilina para destruir bacterias circundantes, pero sin aprovechar nada de ellas. Está la simbiosis de limpieza, donde un simbionte limpiador se alimenta de parásitos y otros materiales en la superficie del cuerpo de un simbionte cliente, como se ve en los lábridos limpiadores. Y la competencia, donde la adecuación de un organismo se reduce por la presencia de otro, también puede considerarse un tipo de simbiosis.

Para este momento habrán entendido, espero, que el parasitismo es aquella simbiosis en la cual un organismo, el parásito, se beneficia a expensas de otro, el hospedero, que resulta perjudicado. Parásitos encontramos en diversos reinos: animales, plantas, hongos, algunos grupos de los llamados protistos, incluso bacterias y virus. Pueden ser ectoparásitos (como pulgas y muérdagos) y endoparásitos, y estos últimos pueden ser intercelulares, habitando entre espacios en el cuerpo del hospedero (como las tenias y las lombrices intestinales), o intracelulares, que habitan dentro de células en el cuerpo del hospedero (como Plasmodium, bacterias y virus).

Plasmodium, protisto causante de la malaria, saliendo del interior de glóbulos rojos. Fotografía en microscopio electrónico de barrido.

Aunque guardan similitudes, es importante distinguir entre el parasitismo y el parasitoidismo. Este último es una estrategia evolutiva estable dentro del parasitismo, en la cual un organismo vive asociado a su hospedero de forma endo- o ectoparásita durante su desarrollo, causando su muerte al final de este, tal como hacen los xenomorfos en la saga Alien. La diferencia principal es que un parásito convencional por lo general no mata a su hospedero, lo que hace al parasitoidismo una estrategia más cercana a la depredación. El parasitoidismo, además, está mucho menos extendido entre los seres vivos, habiendo evolucionado de forma independiente entre varios órdenes de insectos holometábolos (metamorfosis completa) como escarabajos y avispas, y hongos de los géneros Cordyceps y Ophiocordyceps, que también les resultarán familiares por el videojuego y serie The Last Of Us.

¿Por qué estudiar los parásitos?

Librillo que acompaña al juego Parásitos bajo cero: una carrera antártica.

La sección anterior ya debió darles una idea de que el mundo de los parásitos es mucho más complejo de lo que parece a simple vista. Pero si se preguntan qué pueden tener de interesante estas criaturas, en esta sección voy a hablar un poco más acerca de la importancia de poner lupas y microscopios sobre el parasitismo y sus muchas variedades.

En primer lugar, porque muchos parásitos son de importancia médica. El ser humano puede ser hospedero de más de 1.000 especies parasitarias, desde protistos como amebas, Giardia y los Plasmodium causantes de la malaria, pasando por helmintos de diferentes tipos como nematodos, esquistosomas y tenias, hasta ectoparásitos como piojos, ácaros de la sarna y garrapatas. En ocasiones tenemos algunas de estas infecciones sin grandes molestias, pero más a menudo los inquilinos causan enfermedades serias, por lo que conocer su fisiología y ciclo de vida es importante para saber cómo prevenir, rastrear y tratar a estos parásitos. Así no acaba uno como en Estados Unidos, donde los cierres de divisiones en la Secretaría de Salud promovidos por el alcornoque han dado lugar en la actualidad a una epidemia de Cyclospora, un protisto causante de una diarrea explosiva que ya ha afectado potencialmente entre 7 mil y 10 mil personas.

Por supuesto, también existen parásitos importantes en las especies de animales y plantas que consumimos. Aunque algunas especies son una delicia gastronómica, como el huitlacoche -Ustilago maydis, un hongo que parasita plantas de maíz-, la gran mayoría pueden afectar la salud del ganado y los cultivos. Las infecciones por hongos y plantas parásitas pueden arruinar cultivos enteros. Cuando era niño, por ejemplo, el cerdo era mucho menos consumido en mi país porque se temía a la triquinosis, una zoonosis (es decir, una enfermedad transmitida de animales a humanos) causada por larvas parasitarias en la carne mal cocida; años de la campaña Come más carne de cerdo y mejoras en los estándares sanitarios de este producto han incrementado el consumo. Y volviendo a Estados Unidos, se han detectado varios casos de gusano barrenador (Cochliomyia hominivorax), un díptero ectoparásito que no se veía en el país desde 1966, luego de que DOGE cortara la financiación a un programa de USAID que vigilaba y contenía la expansión del insecto desde América Central. Parece que eso de relajar la vigilancia y la cooperación para incrementar la eficiencia no es muy eficiente en sí, pero hacer sinapsis debe ser un desafío monumental para Donald Trump y Elon Musk.

Ficha de información acerca de la larva de Cochliomyia hominivorax.

Otra razón para estudiar los parásitos es que sus ciclos de vida suelen ser bastante variados y muy interesantes. Mientras que algunos, como las pulgas o los ácaros, tienen un ciclo de vida directo, donde ocupan un solo tipo de hospedero durante su vida, otros como los digeneos -subclase de trematodos que incluye a las duelas del hígado y los esquistosomas-, cuentan con ciclos de vida complejos, divididos en varias fases de desarrollo que alternan entre formas parasitarias y estadios de (corta) vida libre que pueden ocupar tres o más hospederos animales de diferentes clases. Algunas especies sólo son parásitas durante una fase de su ciclo de vida, sea como juvenil (como en el raro orden de insectos Strepsiptera) o como adulto (en el caso de las pulgas), y en unas pocas su forma de vida está diferenciada entre sexos (de nuevo, Strepsiptera, donde las hembras son larviformes y nunca dejan al hospedero, mientras que los machos son de vida libre).

Hablemos de un par de ciclos de vida parasitarios. El de los digeneos es uno bastante estudiado, y aunque presenta grandes variaciones en el número de ciclos y organismos hospederos, el modelo estandarizado para entenderlo es el siguiente. El parásito adulto deja sus huevos en las heces del hospedero definitivo, y tales huevos infectan al primer hospedero intermedio (usualmente un caracol) al ser consumidos o al eclosionar en larvas de vida libre llamadas miracidios, las cuales buscan y entran en el tejido del caracol hospedero. Una vez dentro de este, el miracidio se transforma en un esporocisto, el cual presenta reproducción asexual interna que da lugar a varios esporocistos hijos o a otra fase llamada redia; en cualquier caso, ambos sufren también reproducción asexual, generando larvas de vida libre llamadas cercarias. Estas dejan el cuerpo del caracol y buscan activamente al segundo hospedero intermediario, un pez, siendo consumidas por este o penetrando sus músculos. En cualquier caso, al ingresar entran en una fase enquistada llamada metacercaria, la cual permanece en reposo hasta que el pez es consumido por su hospedero definitivo, un vertebrado (puede ser un ave o un mamífero, incluyendo el ser humano). Al ingresar al tracto digestivo, la metacercaria eclosiona y madura, trasladándose a sitios específicos en el cuerpo hospedero, dependiendo de la especie, y repitiendo el ciclo.

Esquema del ciclo de vida de varias especies de digeneos cuyo hospedador definitivo es el ser humano. Fuente: Mehlhorn (2016).

Otro ciclo de vida parasitario, y que a mí me encanta especialmente, es el de los rizocéfalos, un tipo de crustáceos cirripedios (es decir, parientes de los percebes y bellotas de mar) tan especializados en el parasitismo que el adulto no se parece morfológicamente en absoluto a un crustáceo. En estos organismos, el ciclo típico de vida es una larva cipris hembra de vida libre que, tras encontrar a su hospedero, típicamente un crustáceo decápodo como un cangrejo, se transforma en un estado llamado kentrogon, cuya función específica es inyectar una masa de células indiferenciadas, el vermigon, dentro del cuerpo del hospedero. Dicho vermigon se transforma en una red de filamentos radiculares a través del hospedero (la interna), a través de la cual absorbe nutrientes de su hemolinfa, y una estructura como saco, la externa, que sale del abdomen del hospedero.

Por su parte, la larva cipris macho es atraída por feromonas de la externa y entra en una cavidad interna, dentro de la cual emerge un estadio ameboide llamado tricógono, que se transforma en una masa de células germinales productoras de esperma, habitando dentro de la hembra básicamente como un testículo hiperparásito (es decir, un organismo cuyo hospedero es también un parásito), siendo el dimorfismo sexual más extremo dentro del reino animal. La externa libera entonces huevos dentro de su manto que son fertilizados por el esperma de la masa germinal masculina. Para cuidar de la externa y los huevos, el rizocéfalo castra químicamente al hospedero, le impide que mude la cutícula hasta que la externa se caiga, y altera su conducta para que la cuide como si fuese su propio saco de huevos, incluso si el hospedero resulta ser macho, quienes no cuidan huevos nunca.

Ciclo de vida de Lernaeodiscus porcellanae, rizocéfalo que parasita al cangrejo de porcelana, Petrolisthes cabrilloi. Fuente: Ritchie & Hoeg (1981).

Finalmente, los parásitos también son interesantes desde un punto de vista evolutivo, no sólo para comprender cómo surgieron y se diversificaron sus ciclos de vida, sino también su relación ecológica con sus hospederos son excelentes modelos de coevolución, un proceso de cambio evolutivo recíprocamente afectado entre dos o más especies, que puede ocurrir entre depredador y presa, especies que compiten entre sí, relaciones mutualistas y, el caso que nos ocupa, entre el parásito y su hospedero. Así, ocurre una especie de carrera evolutiva, donde el hospedero desarrolla métodos de defensa para reducir la capacidad de ser invadido por un parásito, y este a su vez adapta formas de superar tales defensas e incrementar su éxito de infección.

En un caso reciente, por ejemplo, en el que se evaluó patrones de adaptación local del nematodo Globodera pallida, causante de quistes en los cultivos de papa, a las variedades silvestres, se observó que las combinaciones simpátricas (es decir, poblaciones distintas que habitan en una misma área geográfica) presentaron una mejor eclosión de los quistes que sus contrapartes alopátricas. Así mismo, el porcentaje de eclosión se redujo a medida que se incrementó la distancia geográfica entre las poblaciones de G. pallida y las poblaciones de papa. Tales resultados sugieren un escenario coevolutivo entre ambas especies, lo que podría ayudar a desarrollar mejores métodos de biocontrol en los cultivos comerciales de papa para reducir el impacto del nematodo.

Estudiar la evolución de las especies parásitas permite comprender, entonces, cómo se desarrollan sus capacidades de invasión del hospedero y el por qué distintas especies de hospedero se diferencian en susceptibilidad, sin que haya necesariamente coevolución. Un estudio reciente encontró que la cuscuta (Cuscuta campestris), una planta parásita altamente especializada para dicha estrategia, modifica de forma dinámica las paredes celulares de sus haustorios, enriqueciéndolos con diferentes proteínas, para facilitar la invasión de los tejidos del hospedero. Esto le permite parasitar a una gran variedad de especies de cultivo, aunque algunas como los tomates poseen variedades resistentes a la cuscuta, gracias a la presencia de tricomas en el tallo y a diferencias vías químicas que afectan la capacidad de reconocimiento y fijación de los haustorios.

Cuida a tus inquilinos

Cuerpos fructíferos de un hongo del género Cordyceps, el hongo zombificador.

Si a pesar de todo lo anterior, aún no encuentran motivos para que les agraden los parásitos, o al menos los encuentren interesantes, paso finalmente a explicar por qué este tipo de simbiosis son tan importantes a nivel ecológico como cualquier relación mutualista o competitiva, y por qué deberían ser objeto también de esfuerzos de conservación.

Nuestra percepción negativa hacia los parásitos, debido a nuestra obvia relación complicada con ellos, nos nubla el hecho de que, en primer lugar, los parásitos rara vez llevan a la muerte de su hospedero, y en segundo lugar tienen roles importantes en los ambientes que habitan. A nivel ecosistémico, los roles positivos de los parásitos son principalmente como ingenieros ecosistémicos, organismos que influyen en los factores bióticos y abióticos de un ecosistema, alterando la disponibilidad de recursos y hábitats nuevos para otros organismos. Por ejemplo, parásitos como el protisto Toxoplasma gondii o variadas especies de helmintos (parásitos vermiformes) alteran la conducta de sus hospederos, ya sean ratas, peces o crustáceos, lo cual influye en la probabilidad de ser devorados. Esto no sólo contribuye a completar el ciclo de vida del parásito, sino que mantiene las cadenas tróficas dentro del ecosistema, altera estructuras de dominancia al regular las comunidades, y genera fuentes de energía y nutrientes para el sistema.

Ciclo de vida de Toxoplasma gondii. Autora: Karin de Lange.

De manera similar, las infecciones parasitarias pueden influir en las poblaciones de especies invasoras, o en la resistencia de los ecosistemas a factores ambientales adversos. En el primer caso, las especies parásitas pueden contribuir tanto a su éxito, en el caso de que afecten más a las especies nativas que al invasor que los transporta, como a prevenir su establecimiento, si la especie invasora es más susceptible a los parásitos locales que las nativas. En el segundo caso, las alteraciones conductuales en los hospederos pueden reducir comportamientos que modifiquen el ecosistema; por ejemplo, los caracoles Littorina parasitados por trematodos en pantanos costeros tienen menos actividad de alimentación, lo que protege la cobertura vegetal y hace al sistema mucho más resistente a las sequías.

Finalmente, parece que los parásitos tienen una importante eficiencia fisiológica de bioacumulación de metales pesados. Se ha observado que en algunas especies de peces hospederos de parásitos acantocéfalos, los niveles de metales pesados en el tejido de individuos infectados fueron menores que en individuos no infectados, y el contenido de metal pesado en el tejido del parásito alto es muchísimo más alto que en su hospedero. Si bien se desconocen todavía los mecanismos detrás de la bioacumulación en parásitos, esto sugiere que los parásitos pueden ser buenos bioindicadores de la contaminación por metales pesados en el ambiente.

A los parásitos se les ha referido como “materia oscura ecológica”, es decir, una fuerza invisible para nosotros que, no obstante, sostiene los ecosistemas para que sean más diversos, resilientes y productivos, con lo que son fundamentales para la vida en el planeta. Y es por ello que se vuelve lamentable la poca importancia que a menudo reciben dentro de la biología de conservación, donde no pocas veces prima el carisma, la cercanía filogenética de la especie con nosotros, y el valor inmediato que vemos en ellas. Los parásitos pocas veces son tenidos en cuenta en los mapeos de biodiversidad a menos que se trate de un estudio acerca de ellos, a pesar de que probablemente componen hasta la mitad de todas las especies existentes, y son tan afectados por los procesos de extinción como cualquier otra. Prácticamente no hay conversación de parásitos.

Mecanismos a través de los cuales los parásitos influyen en las propiedades del ecosistema. Fuente: Preston et al (2016).

Nuevamente, esto es comprensible. Además de desconocer toda esta importancia ecológica y en biodiversidad, por razones sociales y culturales tendemos a reaccionar con asco hacia los parásitos y las señales de su presencia, como animales enfermos o moribundos, y eso probablemente es parte también de reacciones innatas para evitar riesgos de infección. Por otro lado, los parásitos son tan variados e inusuales en morfología y conducta que nos parecen extraños, ajenos, como algo de otro mundo. Y finalmente, tendemos a veces también a interpretar conductas animales desde nuestra perspectiva ética, por lo que no sería raro que haya personas que vean el parasitismo como un error moral. Después de todo, si erradicamos enfermedades como la polio y la viruela, y consideramos eso uno de los mayores logros médicos y éticos de la humanidad, ¿qué nos impediría ver de igual forma a la garrapata o al nematodo del panda gigante?

Superar estas dificultades y prejuicios no es tarea sencilla. Una forma es trabajar a nivel de divulgación, hacer a los parásitos criaturas atractivas e interesantes al hablar de sus ciclos de vida e importancia, como han hecho algunos investigadores: por ejemplo, mi tutora en Chile y su equipo de investigación diseñó incluso un juego de mesa llamado Parásitos bajo cero: una carrera antártica con el fin de enseñar en los colegios la complejidad e importancia de estos organismos. Trabajar en conjunto con las ciencias sociales también puede contribuir a tener mejores perspectivas de cómo llegar a la población y ayudar a que las personas comprendan mejor la importancia de la conservación de parásitos, más allá de barreras socioculturales. También será necesario tener una buena base filosófica y de bioética para saber abordar cuestionamientos éticos acerca del por qué conservar a estos organismos, y romper con el falso antagonismo que existe entre parásito y hospedero, explicando por qué la importancia de su interacción va más allá de un efecto perjudicial.

Conclusiones

Debo admitir que escribir este ensayo me ha hecho sentir como cuando me devoraba la Zoología de Invertebrados de Rupert y Barnes antes de entrar a la universidad. Los invertebrados siempre han sido de mis grandes intereses, y las especies parásitas tienen una diversidad amplísima en estrategias y formas. Además, he trabajado siempre con organismos con ciclos de vida complejos o rasgos biológicos particulares, así que los parásitos son una fuente enorme de asombro para mí.

No sé si con esto haya logrado cambiar la percepción de algún lector acerca de la importancia e interés de los organismos parásitos. Si así ha ocurrido, me alegra muchísimo que todo este trabajo haya valido la pena. Si no, espero que al menos se le haya despertado la curiosidad para seguir investigando por su cuenta, y descubrir que se trata de criaturas que pueden ser perjudiciales, pero a la vez sumamente importantes, que nos han inspirado no sólo con mucha frecuencia en la ficción, sino que también nos han llevado a grandes desarrollos médicos, técnicos, e incluso científicos. Y esto no se debe desdeñar por el hecho de que no siempre estemos conscientes de su papel en la red de la vida.

Sanguijuela medicinal (Hirudo medicinalis).

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