“Los pandas son inútiles” y otras estupideces sobre animales (y una que otra planta)
Introducción
Ser biólogo profesional significa a menudo que las personas a tu alrededor te ven como la Pokédex de Ash Ketchum. Te piden que identifiques a un animal, te preguntan qué necesita esta planta, o si es verdad esto que aparece en un video probablemente hecho con IA. Y en esa función de enciclopedia ambulante, acabas conociendo todo tipo de mitos y confusiones acerca de los seres vivos.
Unos que son más o
menos perpetuos se relacionan sobre todo con la ecología y la etología de los
animales. Mientras que con ecología nos referimos en este caso a la forma en
que un organismo interactúa tanto con otras especies como con los factores
abióticos del ambiente que ocupa, la etología se encarga de estudiar el
comportamiento animal, sea en su hábitat natural o en condiciones controladas
por el humano. Estos temas no reciben mucho más que una instrucción somera en
el colegio, de modo que para la mayoría de las personas por fuera de la
biología es poco lo que se conoce más allá de algunos temas generales.
Por supuesto, este
desconocimiento tiende a rellenarse con mitos acerca de los animales que,
cuando no son conductas mal interpretadas, son ya de plano estupideces. Y
aunque sé que el término puede parecer fuerte, el hecho es que se trata de
ideas falsas que han sido promovidas en redes sociales, a menudo incluso
defendidas con orgullo por personas que se atreven incluso a discutir con
profesionales de ciencias naturales, asegurando que se encuentran equivocados
en su profesión. Eso, damas y caballeros, es estupidez. Y no deberíamos tener
problema en señalar que ese tipo de mitos son estupideces.
He recopilado,
entonces, algunos de estos mitos estúpidos que son más frecuentes de ver en
redes sociales. No hay un orden de importancia o de frecuencia, pero notarán,
por supuesto, que hay algunos que se utilizan desde sectores conservadores y
reaccionarios para justificar comportamientos y estructuras sociales
tradicionales que se contraponen a derechos adquiridos en tiempos recientes.
Estos no son el foco principal de este ensayo, pero sin duda merecen que les
presten extra atención.
De koalas estúpidos a humanos
invasores
Cada uno de estos mitos
tontos requiere de una explicación detallada sobre la conducta o la ecología
del animal. Notarán que muchos de ellos involucran a mamíferos, y es que al ser
tan cercanos a nosotros y mostrar una mayor variedad de comportamientos
complejos, son más fácil de observar desde una lente que los humanice. Y está
bien sentir empatía y cercanía con otras especies, pero cuando confundes su conducta
con la nuestra, puede ser problemático al trabajar directamente con ellos, ya
que es fácil acabar confundiendo sus necesidades con las nuestras.
Los delfines son psicópatas: este es sin duda uno de los mitos más populares de años recientes a la Internet y su facilidad para convertir información científica en memes simplistas. Se centra en que los delfines participan en conductas que, desde nuestra perspectiva moral, pueden verse como atrocidades. Por ejemplo, se sabe que los machos de algunas especies pueden formar grupos para rodear hembras y aparearse con ellas a la fuerza, lo cual puede durar por días e incluso semanas. También se ha informado que en algunas especies se practica el infanticidio. Y también hay reportes de casos de necrofilia en el delfín nariz de botella (Tursiops truncatus).
El apareamiento
coercitivo -el nombre científico para ese tipo de conductas en animales no
humanos- es parte de las estrategias reproductivas de muchas especies,
incluyendo los delfines, y es algo de lo que he
hablado en el pasado en el blog. Ocurre lo mismo con
el infanticidio, que cumple con el propósito de que las hembras vuelvan a
entrar en su período de estro y estén disponibles para la reproducción. La
actividad sexual con individuos muertos, que en especies no humanas es referida
como necrocoito (para distinguir de la parafilia), también se ha observado con
frecuencia en varias especies como patos, pingüinos y lagartos, y son
encuentros incidentales que pueden responder a diferentes factores, como
excitación incidental, o confusión por señales térmicas y de feromonas del
animal recientemente fallecido, aunque las explicaciones a otros casos siguen
siendo un misterio.
Son comportamientos bastante fuertes de conocer y observar, y dan cuenta de lo complicada y a menudo perturbadora que es la conducta animal. No obstante, analizarlos desde términos antropológicos como la violación no es adecuado, porque es hacerlo desde un marco ético y cultural que no les corresponde a los delfines. Hasta donde sabemos, un delfín nariz de botella no actúa con o por vileza moral (el concepto jurídico que corresponde a actos que violan gravemente las normas y conciencia dispuestas a nivel de comunidad) al matar a una cría que no es suya, y no podemos asegurar que se aparee de forma coercitiva por ejercer una fantasía de poder, un componente frecuente e importante en los casos de abuso sexual. Son estrategias reproductivas alternativas que algunos machos desarrollan, pero no es necesariamente una conducta de todos. Y se ha observado que incluso en tales circunstancias, las hembras pueden ser selectivas acerca de cuáles machos del grupo se aparean con ellas.
Los delfines nos han
mostrado una
gran variedad de conductas que antes creíamos
sólo presentes en los humanos, como la actividad homosexual. Es importante que
los analicemos y entendamos desde su propio contexto social como especie. Y no
debería tener que aclararlo, pero como no falta el desubicado: que sean
conductas presentes en otras especies no hacen ni justificables ni menos
criminales los delitos sexuales entre los seres humanos.
Los machos son siempre más vistosos y robustos que las hembras: este lo he visto también con mucha frecuencia a través de memes en redes sociales, e incluso compartido por páginas que supuestamente hacen divulgación científica (cof, Enséñame de Ciencia, cof, cof). Típicamente ponen comparaciones de machos de especies como pavorreales o aves del paraíso, o leones con sus frondosas melenas, junto a sus hembras de colores más discretos y fenotipos nada exuberantes. Según este mito, los machos en la mayoría, si no es que en todas las especies, siempre son mucho más vistosos y elegantes, o más grandes y robustos, que las hembras. Esto es lo que se conoce como dimorfismo sexual: diferencias en morfología y/o conducta entre los sexos.
Aunque esto tiene sus
bases en biología reproductiva y selección sexual, es un mito que ignora tres
alternativas importantes. Primero que nada, no todas las especies cuentan con
dimorfismo sexual: muchas otras especies son monomórficas en morfología y conducta,
tales como los pingüinos y muchas especies de mamíferos y reptiles. El
dimorfismo, aunque extendido, no es universal, de modo que siempre es
importante fijarse a nivel de especie.
En segundo lugar, en las especies dimórficas, no siempre es el macho el más vistoso o fuerte físicamente. En muchas especies de aves de presa, reptiles y arácnidos, así como en la foca leopardo, las hembras son mucho más grandes que los machos. Así mismo, en aves como los falaropos o pollitos de mar y el chorlito carambolo (Charadrius morinellus), no sólo son las hembras más grandes y con plumaje vistoso, sino que además son poliándricas (es decir, tienen múltiples parejas), y son los machos quienes se encargan de incubar los huevos y criar a los polluelos. Nuevamente, la historia evolutiva de cada especie la lleva por diversos caminos, por lo que no hay una regla fija y universal de dimorfismo sexual.
Falaropo
picogrueso (Phalaropus fulicarius), hembra.
Finalmente, el
dimorfismo no siempre es tan marcado como un plumaje diferente, tamaños
dispares o incluso una ecología diferenciada. Por ejemplo, en nuestra especie,
la diferencia en masa corporal promedio entre los sexos es apenas de un 15%, y
aunque la diferencia en fuerza física superior es más marcada -entre un 40-50% superior
en machos-, esta se reduce considerablemente entre individuos bien entrenados. Las
diferencias óseas como la forma de la pelvis o la mandíbula son muy señalados,
pero incluso dentro de los sexos hay variabilidad, al punto que en arqueología
no es inusual identificar erróneamente el sexo de restos óseos hallados (aunque
aquí también influye el desgaste del tiempo y el estado de conservación). Y si
bien conductualmente se pueden observar también ciertas diferencias, no se
descarta la importancia del ambiente cultural a la hora de moldearlas de modo
más diferenciado o semejante. No olvidemos que somos una especie con gran
capacidad adaptativa, y eso incluye también la organización social y los roles
asumidos entre sexos, de modo que nuestros dimorfismos no son deterministas a
nuestro comportamiento y rol.
Los pandas/el
pez luna/los mosquitos son inútiles: ah, los animales
inútiles, una fuente de copypastas y mensajes nefastos acerca de si deberíamos
seguir protegiendo a especies que aparentemente no pueden prosperar sin nuestra
ayuda, o que no parecen tener un rol importante o siquiera existente dentro de
sus ecosistemas naturales. Varias especies saltan a este tipo de narrativas,
pero hay tres que tienden a sobresalir entre todas: los pandas, el pez luna, y
los mosquitos. Los tres son señalados de especies inútiles, pero ¿por qué?
En el caso de los
pandas (Ailuropoda melanoleuca), aunque parte de las críticas vienen por
el papel que algunos consideran excesivo de su imagen emblemática en la
conservación de especies, no ha faltado quien lo considera un callejón sin
salida evolutivo, debido a su dieta casi enteramente herbívora con un tracto
digestivo aún similar al de sus parientes y antepasados carnívoros, y su baja
actividad sexual. Debido a esto, David Thomas los llamó en 2011 “las
criaturas más inútiles del mundo” y “las WAG de la
conservación”, en referencia a las esposas de deportistas y atletas famosos
que se hacen famosas sin ninguna contribución importante.
En cuanto al pez luna (hay seis especies, pero es Mola mola el objeto de estos mitos), la idea de que es una criatura inútil nació por un copypasta de 2017, donde una chica lanzó una diatriba llamándolo el pez más inútil por su enorme cuerpo, su falta de vejiga natatoria, el hecho de que los depredadores a menudo supuestamente toman sólo bocados de su cuerpo en lugar de devorarlos del todo, y que supuestamente son tan torpes que acaban flotando en la superficie al perderse, por lo que se volvió popular odiar al pobre animal. Y sobre los mosquitos, pues es la típica irritación de la gente que es picada por ellos, y al ser varias especies vectores de enfermedades, no pocos se preguntan cuál es el sentido de que existan tantos insectos cuyo único propósito parece ser jodernos la vida.
Por supuesto, todas
estas son simplificaciones. Dejando de lado que hay críticas legítimas en torno
al protagonismo de especies carismáticas como el panda gigante en la
conservación de especies -y ni hablemos de la poca variedad genética en
especies de importancia comercial como la vaca o el banano-, los pandas cumplen
un rol importante en los ecosistemas boscosos de alta
diversidad en los que viven, dispersando semillas a través de sus excrementos,
nado y habilidad de trepar en los árboles. Como especie en
conservación también ha actuado como especie
paraguas para la protección de otras especies amenazadas en sus hábitats como
el takín, el panda rojo y el leopardo de las nieves; y preservar estos
ecosistemas también beneficia a las comunidades que dependen económicamente de
ellas.
Sí, es cierto que el
panda aún tiene el sistema digestivo de un carnívoro, aunque en ello no es
diferente a las otras especies de osos, que en su mayoría también incluyen gran
volumen de materia vegetal en su dieta. Pero eso no significa que carezcan de
adaptaciones para su dieta de 99% bambú: se sabe que tienen
una alta abundancia de genes asociados a la degradación de almidones y
hemicelulosa, presentes en los brotes de bambú, y su
microbiota intestinal parece estar adaptada a digerir
compuestos de cianuro en su dieta. Evolucionar en una
ecología tan especializada siempre tiene sus desventajas a nivel adaptativo si
el ambiente cambia, pero el panda está lejos de ser un callejón sin salida.
¿Qué hay de la reproducción, esa que tantos problemas ha dado para su conservación? Es cierto que no ha sido fácil, considerando que sólo tienen una o dos crías por parto, y que las condiciones de cautiverio tienden a afectar su interés reproductivo, por lo que los programas de cría dependieron inicialmente de la inseminación artificial. No obstante, desde inicios de los 2000 se empezó a tener un mayor éxito en los programas de reproducción, al punto que desde 2016 el estado de conservación de la especie pasó de peligro a vulnerable, hecho ratificado en 2021 por las autoridades chinas. Y se ha señalado que su capacidad reproductiva es comparable al de poblaciones del oso negro americano (Ursus americanus), una especie en preocupación menor, por lo que no es como que el panda sea frígido en su medio natural.
En el caso del pez
luna, el odio tan absurdo que despertó en redes viene
por un desconocimiento enorme de su ecología y conducta.
En primer lugar, su dieta principalmente gelatívora (es decir, que se alimenta
de animales marinos gelatinosos como medusas) la convierte en un controlador
importante de las poblaciones de cnidarios como las medusas y las fragatas
portuguesas, que en tiempos recientes se han incrementado por causa de la sobrepesca.
No necesitan una vejiga natatoria, como muchas otras especies de peces tampoco
la necesitan, porque pueden mantener flotabilidad gracias a su carne gelatinosa
y su esqueleto principalmente cartilaginoso.
Aunque se creía que el
pez luna se desplaza principalmente por arrastre pasivo de las corrientes
marinas, se han registrado nadando activamente, y la presencia de presas
veloces como calamares en análisis genéticos de su dieta sugiere que pueden ser
bastante rápidos si se requiere. Su costumbre de tomar el sol de lado no es
porque se pierdan al dejarse arrastrar por la corriente, sino que parece ser
una forma de calentar su cuerpo tras sumergirse en aguas heladas, o de librarse
de parásitos a través de las aves marinas. Finalmente, en cuanto a cómo pueden
sobrevivir con heridas serias, parece que por la ausencia de un neocórtex y el
grueso colágeno en sus músculos, no percibe el dolor de la misma forma que un
mamífero o incluso otros peces. Y aunque tiburones, leones marinos y orcas
pueden ser depredadores del pez luna, debo señalar que el famoso video de un león
marino arrancando media cabeza de un individuo es, en efecto, porquerIA.
Finalmente, lo de los mosquitos tampoco es complicado de comprender. Primero, los mosquitos que chupan sangre son las hembras de determinadas especies, que necesitan las proteínas de la sangre para producir o madurar sus huevos. En tales especies, los machos y las hembras no grávidas se alimentan de néctar y fluidos de plantas, por lo que cumplen también un rol como polinizadores en varias familias de plantas con flores. Las larvas y adultos son también una importante fuente de alimento para varios animales depredadores como odonatos, escarabajos acuáticos, peces, anfibios, arañas, pájaros y murciélagos. Y en zonas de tundra y subárticas, sus poblaciones durante el verano influyen en los patrones de migración de especies como el reno, evitando así que afecten demasiado los terrenos al pisotear o devorar las plantas de estos biomas.
Los koalas son estúpidos: otra vez entendiendo la evolución como un juego de ingenio. De manera similar al de los pandas, este mito nos dice que el koala (Phascolarctos cinereus) es un mamífero estúpido debido a que su dieta consiste mayormente de hojas de eucalipto, las cuales son duras, poco nutritivas (de modo que un koala debe casi una libra de eucalipto al día) y además tienen componentes tóxicos. Así mismo, este mito estúpido también se basa en que el koala tiene un cerebro muy pequeño en proporción a su cuerpo, siendo apenas del 60% del tamaño proporcional de un típico marsupial diprotodonte -el orden que incluye a la mayoría de marsupiales australianos, como canguros, wombats y ualabíes, entre otros-, y además carece de surcos y giros. Por ello, el koala no puede efectuar conductas complejas como comer hojas sobre una superficie plana, en lugar de directamente de un árbol.
De nuevo, nos
encontramos con una evolución muy especializada a su dieta, lo cual limita la
adaptabilidad del koala, pero juzgar a un animal por ello como si estuviésemos
en una clase de cálculo diferencial es, irónicamente, estúpido en sí mismo. El
koala está bien adaptado a su dieta: además de la dentadura necesaria para
masticar un material tan duro, poseen un ciego intestinal de hasta 200 cm de
longitud, el más largo en un mamífero en relación a su tamaño, con lo cual
pueden fermentar bien la materia vegetal, y sus enzimas hepáticas pueden
digerir los componentes tóxicos del eucalipto.
Si juzgásemos la adaptación como ingenio, entonces hizo bien su tarea.
En cuanto a su
pequeño cerebro, probablemente es una adaptación a su
dieta de baja energía, por lo cual también pasan gran parte del día durmiendo.
Y en todo caso le
es lo bastante útil para tareas como reconocer el
rango de su hábitat, navegar a través de las copas de los árboles en hábitats
complejos, y recordar la ubicación de árboles favoritos. Todo esto requiere
cierta conciencia espacial, de modo que, aunque el koala no te escribirá un
poema de Baudelaire, tiene la inteligencia suficiente para alimentarse y seguir
con vida.
La “supervivencia del más fuerte” es lo que triunfa en la selva: esto ya lo dejé explicado en un artículo que traduje para el blog el año pasado, pero es una típica mala comprensión de la adaptación evolutiva y la evolución darwiniana. La frase original, que en realidad es de Herbert Spencer reza “la supervivencia del más apto”, y se entiende a que aquellas formas biológicas que transmiten sus genes a su descendencia a través de las generaciones son las más exitosas. Como ocurre a menudo, una mala interpretación de ella y la intervención del darwinismo social han hecho entender a muchos que la naturaleza siempre es violenta e inclemente, por lo que sólo los más fuertes físicamente sobrevivirán.
Esto por supuesto es un
error. Tal como señala David Parash en el artículo que mencioné, aunque una
buena condición física es una ventaja adaptativa, el éxito reproductivo no
depende exclusivamente de eso. En muchas especies, los machos tienen distintas
estrategias de apareamiento, y no todas involucran una competencia física con
otros machos: por ejemplo, algunas sepias macho cambian su coloración a hembras
para acercarse al territorio de otro macho y aparearse furtivamente con hembras
verdaderas en el área. Por otro lado, la cooperación también es un rasgo
bastante común entre animales, y una parte fundamental de su supervivencia y
éxito. En palabras de Parash, “la clave es el éxito reproductivo, no
necesariamente la habilidad de pelea”.
Las madres rechazan a una cría de mamífero o ave que ha sido tocada por un humano: este es uno que seguro les contaron a muchos cuando eran pequeños. Cuando ves a un mamífero bebé o a un polluelo de ave perdido o tumbado en el suelo, lo mejor es no intervenir, porque se le puede pegar tu aroma, y entonces la madre lo rechazará y lo dejará morir. Sin duda, aunque el mito no deja de ser medio bobo, nació para hacer que los niños no molestaran a las criaturas silvestres ni las maltrataran en medio de su curiosidad.
Por supuesto, aunque
noble, es un mito bastante exagerado. Ni los mamíferos ni las aves rechazarían
a sus crías por el olor, y cuando te encuentras a un cachorro o un polluelo,
con toda seguridad la madre está cerca. Para
las madres mamíferas, tan sólo percibirán que su cría
apesta, y la lavarán para quitarle el hedor, pero su aroma no va a sobrepasar
sus instintos maternales. En el caso de las aves, la mayoría de las especies no
tienen buen olfato, así que ni siquiera percibirán aroma alguno, y si el
polluelo tiene plumas, seguramente está aprendiendo a volar, así que los padres
lo estarán vigilando.
Ahora, si
el polluelo está más desnudo, probablemente es una
cría poco desarrollada que se cayó del nido, y no sobrevivirá mucho tiempo
fuera de él, así que debe regresarse lo más pronto posible. En tal caso, lo
ideal es que sea manipulándola con extremo cuidado, y sin perturbar el nido en
la medida de lo posible, porque en tal caso a veces los adultos sí abandonarán
a la cría. En general, si debes trabajar con crías de animales silvestres, la
manipulación debe
ser lo más cuidadosa posible.
Las hembras de mamíferos depredadores tienden a criar a los bebés de sus presas: todos hemos visto ese tipo de videos en redes sociales. Un leopardo que mata a un papión hembra, y de repente se queda mirando a su monito bebé, que le extiende la mano. Un gato acurrucado junto a un grupo de patitos en un lecho de paja. Escenas de mamíferos depredadores que de repente están cuidado a las crías de animales que por lo general son sus presas, e incluso de otros depredadores con los que conviven. Y a menudo son presentadas como ejemplos de compasión y empatía animal. Ahora, ¿qué tan cierto es esto?
Bien, esas
interacciones parentales depredador-presa sí que ocurren, tanto con una madre
carnívora cuidando a una cría herbívora/omnívora como viceversa, pero son mucho
menos frecuentes de lo que la presencia de ese tipo de videos sugeriría; de
hecho, algunos de ellos cortan antes de revelar que el depredador también mató
a la cría. En
los casos genuinos, esto ocurre porque la madre, a
diferencia de la idea de un “instinto innato”
que tienen muchas personas, debe aprender a reconocer a sus crías durante los
primeros días que se mantienen junto a ella: patrones de coloración, olor
corporal, vocalizaciones. Si algo ocurre en ese período de día, como por
ejemplo un animal pequeño que se acerque a ella o a sus crías, puede terminar
captando también las mismas señales y acogerlo como una de las suyas. Es a
través de este principio que en algunos zoológicos han recurrido a la
paternidad cruzada entre especies cuando alguna hembra de una especie
registrada rechaza a sus crías recién nacidas, y así mantener los programas de
conservación.
En los casos vistos en
el entorno natural, aunque no siempre es fácil identificar por qué se forman
estos vínculos interespecíficos, se ha hipotetizado que se trata de hembras en
este corto período de reconocimiento maternal o que han perdido recientemente a
sus crías, y por se ven atraídas por una criatura también pequeña e indefensa. No
se trata de compasión o de honor: son los instintos
maternales y los mecanismos de formación de vínculos actuando por fuera de su
propia especie.
El macho más fuerte es el alfa de una manada: oh, el macho alfa… Ese concepto tan malinterpretado y peor entendido por décadas de pseudociencia sociológica y psicología evolucionista cutre. Deténganme si han escuchado esto antes: un macho alfa es fuerte, dominante, de gran estatus social dentro de la manada, si no es que es el jefe como tal, y con amplio acceso a parejas sexuales. Es difícil saber si hablo de lobos, de chimpancés o de gymbros, y es que el término macho alfa, originado a partir de un trabajo acerca de la etología del lobo gris, se volvió popular en la esfera digital y las redes sociales hacia finales de la década de los 2000 y los 2010, gracias al auge de los artistas de seducción, los gurúes del éxito y la reivindicación de las masculinidades tradicionales, y por supuesto de la manósfera.
¿Pero
lo ves a él pobre? ¿Lo ves a él rodeado de fokin’ pobres?
Por supuesto, esos
conceptos de macho alfa y macho beta son, como dije, pseudociencia
pura, tanto en términos sociológicos como biológicos y
etológicos en humanos y otras especies. En sistemas sociales como los de los
primates y los cánidos, el macho alfa es simplemente el macho de la pareja
reproductiva: en los lobos, por ejemplo, las manadas son una unidad familiar
compuesta por dicha pareja y sus crías. En primates como el mandril, con
unidades sociales de decenas de miembros, hay varios machos maduros y
reproductivos y subadultos de menor rango, pero no hay un “alfa” como tal, y al
ser grupos matrilineales, el estatus social de un macho depende también del
estatus social de su madre. En los chimpancés hay una jerarquía lineal, pero el
macho dominante no es el único que se reproduce, y ni siquiera es
necesariamente el más fuerte: como describió el primatólogo Frans de Waal en su
libro Different: Gender Through the Eyes of a Primatologist (Diferente:
el género visto a través de los ojos de un primatólogo), las coaliciones y
alianzas entre machos son también importantes a la hora de derrocar y poner a
un líder.
Para colmo, en los
lobos, con quienes se originó el término de macho alfa, estas peleas por
dominancia ocurren
en cautiverio y con individuos no emparentados,
por lo que el concepto se construyó a base de observaciones que no son
representativas de su etología completa. Es por ello que hoy en día los
términos de alfa o beta no son empleados entre biólogos y etólogos a la hora de
analizar las dinámicas y jerarquías de dominancia en las estructuras sociales
de otras especies, mucho menos en la humana.
Los mamíferos construyen un equilibrio intrínseco con su ambiente: esta es una idea que, por sorprendente que parezca, he visto algunas veces durante los debates acerca de las estrategias de control de los hipopótamos invasores en el Magdalena medio colombiano. Probablemente nacida a partir de un comentario misántropo del Agente Smith en la película Matrix (1999), este mito sugiere que un mamífero siempre desarrolla un equilibrio con los factores bióticos y ambientales del ecosistema que habita, y que esta capacidad intrínseca se mantiene cuando es introducido a ecosistemas nuevos.
Pero si son lectores
asiduos de este blog, o me siguen en redes sociales, la existencia de las
especies invasoras, muchas de ellas mamíferos como lo comento aquí,
aquí,
aquí,
y sobre todo aquí
donde hablo directamente de la frase de Matrix,
muestra la falsedad de esta idea. El equilibrio de una especie con su ambiente
depende precisamente de su relación e interacción con otras especies y las
condiciones abióticas en su ecosistema natural, pero cuando entra a otro sitio,
dichas relaciones no existen o no se pueden replicar de igual forma. Si una
especie no cuenta con depredadores naturales o con factores abióticos que
limiten el crecimiento de su población, esta puede expandirse y entrar en
conflicto con las especies nativas. No se les llama “invasoras” por xenofobia,
como más de un animalista desubicado comenta: es porque son especies que pueden
desplazar y causar la extinción de otras, y afectar la estabilidad de los
ecosistemas. Esos son hechos objetivos, no delirios fascistoides.
Los machos nunca
participan en la crianza de las crías: este tiende a
ser popular entre grupos masculinistas, pero también es cierto que personas del
común pueden tener la misma idea. Desde una comprensión pueril del concepto de inversión
parental -es decir, el gasto de energía, tiempo y recursos parentales
dedicados a beneficiar a su progenie-, se asume que el sexo femenino, al ser
quien produce los huevos o pare crías, es quien dedica mayor energía a su
cuidado, de modo que el masculino, quien es menos selectivo al buscar pareja,
no participa en ello. Con esto más de uno intenta justificar la presencia de
roles de género en las tareas del hogar, por supuesto.
Es cierto que en muchas especies con cuidado parental el macho se desentiende por completo de la crianza de su progenie, pero la inversión parental no tiene este único modelo. Hay varias otras especies donde ambos padres participan en el cuidado de las crías (como por ejemplo en un 80% de las especies de aves y varias de primates), así como muchas otras en las cuales el macho es quien se encarga exclusivamente de esta tarea (como en el pingüino emperador, los mencionados falaropos y un gran porcentaje de familias de peces). Incluso existe la crianza cooperativa, en la cual el cuidado de los jóvenes es aloparental, es decir, participan individuos que no son sus padres directos. Este último caso ocurre en especies como los suricatas, algunos cánidos y primates, y por supuesto en los humanos, donde la crianza ha sido históricamente repartida entre otros miembros de la familia cercana e incluso la comunidad.
Y en cuanto al cuidado
paterno, en nuestra es de hecho una
característica definitoria de nuestra especie
y su historia evolutiva. Hay una gran variedad de formas directas e indirectas
de cuidado paterno, tanto a nivel cultural como histórico, y muchos padres a
menudo reportan altos niveles de felicidad y sensación de un propósito en su
vida. De modo que, por favor, no usen la excusa de la inversión parental y “los
hombres proveen, las mujeres cuidan” para atacar la participación activa de los
hombres en tareas caseras y de crianza.
Los seres humanos somos una especie invasora: la joya de la corona, y una que esta vez suele ser esgrimida desde sectores al menos nominalmente de izquierda o progresistas. El impacto del ser humano sobre los ecosistemas a nivel global es innegable. Especies en peligro de extinción, deforestación, ríos contaminados, cambio climático… Todo esto ha dado pie a que no sólo sectores ambientalistas y animalistas consideren que nuestra especie es dañina, sino que se comporta además como una especie invasora, puesto que se metió a otros territorios por fuera de su distribución original y los desgastó hasta llevarnos al estado actual de degradación.
No seré yo quien niegue
que nuestra codicia e irresponsabilidad como sociedades industrializadas ha
llevado al planeta a un punto prácticamente sin retorno; de hecho, planeo
escribir varias entradas al respecto en los próximos meses. Y eso sin duda
tiene elementos ecológicos comparables con el impacto de una especie invasora.
Por otro lado, como expliqué también en
esta entrada profundizando en lo que llamo el
sofisma Smith-Thanos, la migración histórica de nuestra especie es consistente
con los procesos ecológicos históricos de colonización natural en otras
especies, como la tórtola turca (Streptopelia decaocto) colonizando toda
Europa y el norte de África desde su distribución suroriental, o la actual
expansión del rango de distribución del coyote en América.
Nuestro impacto
negativo actual a nivel climático y biosférico no viene tanto de nuestro tamaño
poblacional -aunque no se puede negar que esto genera una presión sobre varias
regiones-, sino del modelo de producción extractivista del capitalismo y la
quema desmedida de combustibles fósiles. Los efectos son comparables a los de
una especie invasora, sí, pero no es por procesos de invasión. Y claro, a
diferencia de animales no humanos, nosotros sí estamos bien conscientes del
deterioro ambiental que causamos, y podemos encontrar formas de encontrar un
equilibrio con los ecosistemas. El problema es que parece que no queremos, o
mejor dicho, las industrias y gobiernos no están dispuestos a hacerlo, pero eso
es tema para otro momento.
Coda: las plantas sienten dolor: no podía terminar esta entrada sin darle un espacio a un mito tonto acerca de las plantas, y este es uno que se ha vuelto popular en años recientes, sobre todo como una supuesta réplica ingeniosa en debates con veganos. Según el argumento, estudios recientes han demostrado que las plantas tienen sistemas de procesamiento y respuestas a estímulos externos, incluyendo lesiones traumáticas como arrancarle hojas o ramas, o cuando son consumidas por áfidos u otros herbívoros. Entonces, dado que hay una reacción, podría decirse que las plantas reciben señales de dolor de tales lesiones, y según el argumento vegetariano/vegano, no deberían ser tampoco objeto de consumo.
Para
sorpresa de nadie, esta réplica no es muy buena. Aunque
el dolor es una experiencia subjetiva, y no podemos preguntarles a las plantas
si les duele, lo cierto es que ellas carecen de estructuras funcional o
estructuralmente similares a los nociceptores (receptores de estímulos
dolorosos o potencialmente peligrosos), o un sistema nervioso que transmita las
señales de dolor de dichos receptores, y mucho menos poseen un cerebro que las
registre. Los sistemas sensoriales en plantas requieren de señales eléctricas,
y la
información a un determinado estímulo puede “almacenarse” para
generar respuestas adaptativas, pero no
debe confundirse esto con señales de dolor o algo
parecido a una consciencia. Entonces, aunque las plantas pueden percibir
diferentes estímulos mecánicos, no se puede decir que “sientan” tales
estímulos.
Esto no es motivo para
ser descuidados con las plantas, por supuesto. Ese cactus que tienes en tu
ventana necesita un sol menos directo, y los tomates que quieres cultivar en tu
patio requieren de buen abono y protección de los bichos. Pero si tu intención
es usar la carta de la percepción del dolor para contradecirlos, significa que
tienes al menos una noción de que el consumo de carnes también genera
sufrimiento. Y sin ser yo vegano, te pregunto entonces: ¿eso no te hace al
menos reconsiderar en luchar contra la producción y sacrificio a nivel
industrial de cabezas de ganado, o reducir tu consumo semanal de proteína
animal?
Conclusiones
Hay muchísimos otros
mitos absurdos acerca de los animales, como que los
peces dorados tienen una memoria de sólo tres segundos,
o que las
crías de escorpión se comen a su madre como parte de
su ciclo de vida. Escogí estos en particular porque, como comenté, al tratarse
de cuestiones importantes de ecología y comportamiento, la prevalencia de tales
mitos puede llegar a afectar la percepción de las personas acerca de la
conservación de especies y ecosistemas, y por lo tanto repercutir de forma
negativa en su apoyo o contribución a dicho trabajo.
Que estos mitos sean estúpidos no quiere decir que las personas que los empleen sean estúpidas (bueno, los masculinistas tóxicos sí). Todos hemos sido ignorantes en algún momento de temas científicos o biológicos. Yo tengo ya doce años como profesional, y aún sigo aprendiendo cosas de mi campo, ya que la ciencia está en proceso de generar conocimiento y revisarse constantemente. Pero empeñarte a que tienes la razón cuando los profesionales te demuestran que no tienes idea de lo que estás hablando, como lamentablemente he tenido que ver y experimentar con casos como el del panda gigante, pues la verdad sí habla bastante mal de ti a nivel de comprensión y humildad.
En fin, espero que con
esto no sólo hayan desterrado algunas ideas erróneas acerca de nuestros
compañeros en la existencia global, sino que también hayan comprendido a
valorar a los animales desde sus propios contextos, y no en una perspectiva
antropomorfizada. Eso es fundamental para poder protegerlos a ellos y a sus
hábitats de forma adecuada.
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