Dos rumores dañinos sobre los terremotos en Venezuela
Introducción
El pasado miércoles 24 de junio, el norte de Venezuela fue afectado por un doblete sísmico, un evento doble de sismos casi consecutivos de gran magnitud -el segundo fue de 7,5-, que causó el derrumbe de decenas de edificios, principalmente en la capital del país, Caracas, y el estado de La Guaira. Hasta el momento, la tragedia se calcula en más de 1.400 fallecidos y más de 3.200 heridos, así como unas 50.000 personas desaparecidas.
A este desastre, uno de
los peores en la historia reciente del país vecino, se suma por desgracia la
reacción política. La dictadura venezolana ha dificultado la entrega de ayuda a
través de insumos médicos y víveres, al punto que algunos aportes
internacionales se han visto incapaces de ingresar al país. También se ha
denunciado una falta de coordinación en la respuesta institucional para atender
la tragedia, y los centros médicos están saturados con la cantidad de víctimas.
Por desgracia, no han
tardado en salir viejas ideas conspiranoides detrás de los terremotos en la
región, como el siempre presente HAAARP y su supuesta capacidad para manipular
el clima y las placas tectónicas, o correlaciones erróneas como el Cinturón de
Fuego del Pacífico, que en realidad no tiene nada que ver con la zona en
cuestión. Pero me quiero concentrar en dos ideas en particular, una con una
carga de clasismo, regionalismo y racismo disfrazados de religión, y otra que
responde a discusiones económicas y políticas acerca del principal recurso
económico venezolano: el petróleo.
El eterno mito del castigo divino
Los desastres naturales
suelen ser pasto de evangélicos, neopentecostales y otros grupos cristianos
similares, incluso algunos católicos, que los toman como señales de la ira de
Dios por algún evento del momento. La falta de Dios en los colegios, el
matrimonio igualitario, cualquiera que vaya en contra de sus creencias vale para
ello. Y por supuesto, la ubicación de los sismos los llevó a decir que era un
castigo por la proliferación de la santería en el norte venezolano.
Más temprano que tarde, en Twitter surgieron comentarios, incluso de los propios venezolanos, hablando de las “brujas satánicas y santeras” que han causado la furia divina y el terremoto en que se manifestó. Como evidencia, algunas cuentas compartieron un video de un grupo de personas celebrando alguna festividad supuestamente santera, justo en el momento en que ocurrió el doblete sísmico. Y no faltó el que dijera que, viendo los índices de pobreza en Haití y África, igual esos rituales diabólicos sí tienen algo que ver con su suerte, y que países como Chile, con una alta inmigración haitiana, deberían tener cuidado.
Hace muchos, muchos
años, escribí acerca de esta actitud de ver
a Dios detrás de las masacres y tragedias de los “impíos y mundanos”.
Como ya lo he dicho antes, yo no soy creyente, por lo cual me da lo mismo tanto
el Dios cristiano como los orishas de la santería. Obviar todos los factores
que dan lugar a una tragedia como la venezolana (la
presencia de tres fallas sísmicas, la falta de
preparación de la población, la normativa en las construcciones) para
reducirlos a una suerte de castigo divino es, honestamente, un insulto a los
fallecidos y sus familias. Es convertirlos en el daño colateral de una deidad
al parecer caprichosa y con muchos problemas de ego.
Por supuesto, la supuesta correlación entre la supuesta ausencia de Dios y los desastres naturales no se sostiene si uno la piensa mucho. ¿Dónde están los terremotos en Chequia o el este de Alemania, donde más de la mitad de la población es no creyente o directamente atea? ¿Qué pasó con los tornados en Suecia y Estonia? ¿Qué hay de todos esos países con derechos sexuales y reproductivos bien reconocidos que no tienen que enfrentar sismos de retribución divina? ¿No será que simplemente tales fenómenos dependen de circunstancias físicas, geológicas, climáticas y, por supuesto, estructurales?
Tal como expliqué
también el año pasado al
hablar del Congreso Mundial de Brujería de 1975,
estos ataques a la “brujería” han sido señalados por tener fuertes matices de
racismo. Recordemos que la santería es una religión sincrética que combina
elementos de la religión yoruba con el catolicismo, por lo que se le vería como
un cristianismo “contaminado” con la diabólica influencia de los rituales
africanos. Dado que esta religión se concentra principalmente en Caracas y
otras regiones del norte venezolano, debido a migraciones del Caribe, y que
suele ser popular en comunidades de extractos más humildes, que entre los
señalamientos de “castigo divino” haya también venezolanos sugiere visos de
regionalismo y clasismo detrás de tales acusaciones.
Para colmo, el
video que presentaban sobre el supuesto ritual de
santería no era tal cosa, sino una celebración de la Fiesta de San Juan
Bautista, una festividad venezolana que combina el catolicismo con
costumbres afrodescendientes, donde se pasea al santo por la calle al ritmo de
tambores. Dicha confusión sigue teniendo la molesta implicación de que todo
ritual que tome influencia de raíces africanas o precristianas en general es
algo diabólico, y eso nos remite de nuevo a la discusión sobre racismo de la
sección anterior.
En general, yo les
recomendaría a los creyentes evitar analizar estos desastres desde el lente del
castigo divino. No sólo porque las causas de estos son más terrenales y fáciles
de explicar desde un punto de vista científico, sino también porque la idea de
que miles de personas mueran sin relación con el “pecado” que se ha condenado
es una completa falta de respeto al dolor de aquellos que han perdido a sus
seres queridos por una tragedia, o que aún los están buscando. Hay mejores
formas de manifestar empatía y apoyo por los damnificados que un
“¡arrepiéntete! ¡Dios te ama!”.
¿Respondió el suelo a su ultraje?
Hablemos entonces de la
otra idea, menos extraterrenal, pero no por ello más racional. Algunos han
preguntado con curiosidad genuina, otros lo han puesto como una afirmación más
que plausible, pero ambos han visto alguna asociación de los recientes sismos en
Venezuela con la extracción de petróleo, en particular ahora que Donald Trump
tomó el control de su comercialización. Incluso hay quien se ha preocupado
porque sean efectos del fracking. ¿Puede haber algo de cierto en todo
esto?
Primero que nada, sí:
hay varias actividades humanas que pueden
generar o influir significativamente en la actividad sísmica,
más allá de los procesos tectónicos naturales. A esto se le llama sismicidad
inducida. La gran mayoría de estos casos se relacionan a la
extracción de hidrocarburos, debido a que son
actividades que pueden alterar las tensiones del subsuelo. Tal sismicidad
ocurre no
directamente por la perforación del suelo en sí,
sino por la reinyección profunda de aguas residuales que son subproductos de la
extracción de petróleo y gas. Otras actividades humanas como la construcción de
presas o lagos artificiales sobre fallas o fracturas, la minería, el desarrollo
de energía geotérmica e incluso el almacenamiento de dióxido de carbono han
sido asociadas a sismicidad inducida.
Ahora, también hay que ser claro en dos cosas: la sismicidad inducida compone en general un porcentaje muy menor de los sismos que se registran a nivel global cada año -probablemente menos del 1%-, y la mayoría de tales sismos son de baja magnitud. Por otro lado, sitios como Oklahoma han visto un incremento significativo de eventos sísmicos que estudios científicos han vinculado con operaciones de fracturación hidráulica (fracking), y algunos han llegado a tener suficiente intensidad para causar daños materiales tanto en viviendas como en la infraestructura.
Otros
factores de sismicidad inducida.
Oh, sí, el fracking.
Ni siquiera sé por qué se le ha comentado en este escenario, porque la realidad
es que en Venezuela ahora mismo no existen proyectos de fracking.
Pero es cierto que esta técnica, debido a que varios de estos proyectos,
destinados a extraer hidrocarburos no convencionales (es decir, aquellos
atrapados bajo rocas de baja porosidad y permeabilidad), inyectan grandes
volúmenes de agua a presión para fracturar la roca a grandes profundidades,
principalmente a través de la reinyección de los depósitos de aguas residuales
previamente mencionadas. Esto modifica la presión del subsuelo, y puede
reactivar fallas geológicas que se encontraban estables, lo que da lugar a los
eventos sísmicos asociados con el fracking. Este es apenas uno
de los varios problemas asociados con dicha técnica,
por lo que su implementación, en particular en un momento en que ya deberíamos
estar dejando atrás el uso de combustibles fósiles, siempre ha sido sumamente
cuestionada.
Pero, aunque en Venezuela no exista el fracking, ¿es posible que las actividades petroleras en general hayan influido en el terremoto de Caracas y La Guaira? La verdad es que no, y la explicación es más parsimoniosa. Tal como mencioné antes, el área venezolana está cruzada por fallas sísmicas: en concreto la falla de San Sebastián, una fractura paralela a la costa del país, corre frente a ciudades como La Guaira y Puerto Cabello. Sumado a esto, el epicentro del sismo ocurrió a apenas unos diez kilómetros de profundidad, siendo prácticamente superficial, lo cual atenúa muy poco la energía de las ondas sísmicas generadas, maximizando el impacto que puedan generar. Estos factores, sumados además al hecho de que ocurrió un doblete sísmico y a las propias deficiencias en la resistencia de las construcciones, influyeron en la magnitud de la tragedia que hoy vemos.
No hace falta asociar
la extracción de hidrocarburos para comprender el escenario actual. La
conversación sobre la dependencia de la economía venezolana sobre este rubro es
necesaria sin duda, pero no es congruente con el momento. Y también comprendo
la frustración y la rabia con la influencia del imbécil de Donald Trump, quien
además presumió
hace poco que, aparte del terremoto, “la gente
está contenta. Bailan en las calles” gracias a su intervención militar en
enero. Pero esos temas no están directamente relacionados con la sismología del
área. La tragedia actual es también política, y eso es innegable, mas no hace
falta crear vínculos espurios que compliquen más la comprensión de lo ocurrido.
Conclusiones
Dedicar una entrada
para este tipo de conversaciones en Internet debe parecer superfluo para
algunos, en tanto nos encontramos en medio de una tragedia para el pueblo
venezolano, sumada a la propia tragedia que es tener
que seguir soportando el yugo chavista. Pero es
precisamente por ello por lo que se vuelve agresivo y hasta peligroso dejar
circular discursos que responsabilizan a su población por el supuesto coqueteo
con fuerzas diabólicas, o que vinculan el desastre con discusiones políticas y
económicas importantes, pero mal enfocadas.
La prioridad ahora
mismo es el pueblo venezolano, sus víctimas y damnificados por el desastre
natural. Y ojo, esto no significa que el terremoto pause las críticas y la
indignación contra el régimen de Delcy Rodríguez y su contubernio con el Agente
Naranja. Se pueden hacer ambas cosas al tiempo, sin necesidad de relatos
religiosos con discriminación mal disfrazada o inquietudes que pueden volverse
conspiranoides. Se necesita a todos bien enfocados.
Por supuesto, no me queda más que volver a enviar fuerza al pueblo venezolano en estos momentos tan difíciles. Que la tragedia no apague la esperanza, y que el dolor no adormezca la necesidad de justicia. Los seres humanos somos muy resilientes, y confío en que puedan recuperarse de esto y seguir luchando para derribar a quienes aún los oprimen.
Arte
de Zidzi Art.
Acudan a su
hilo en Twitter, en el que comparte ideas para que los
artistas en Internet puedan apoyar en Venezuela.
P.D.:
debido a las denuncias contra el régimen venezolano por bloquear o politizar
la ayuda, y para evitar posibles fraudes en redes sociales, se habilitó un
directorio en línea, Donar Seguro, para que las personas sepan a quiénes enviar
recursos para apoyar a las víctimas del terremoto. Si quieren hacerlo y están
en capacidad de ayudar, consulten en https://donarseguro.com/.








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