El problema del transmedicalismo


 Introducción

Es otro Mes del Orgullo en el que he tenido que ver directamente las ya clásicas peleas intestinas dentro de la comunidad LGBTQI+ en redes. Gays de derecha rechazando todo lo que sea queer, lesbianas transfóbicas o bifóbicas que atacan a aquellas bisexuales que tienen parejas del sexo opuesto, el típico desconocimiento de las personas asexuales o arrománticas. Ya he tenido que hablar al respecto en otras ocasiones dentro del blog (El Pensador Sereno, 2023; 2024; 2025), así que, a este punto, por desgracia hace parte del paisaje habitual en junio.

Lo que no esperaba era ver una pelea entre dos figuras bien conocidas en la comunidad trans por todos los motivos equivocados: Jenna Taylor y Brianna Wu. Taylor es una ex atleta y activista bastante activa en redes como Twitter, en donde comparte sus perspectivas acerca de la comunidad transgénero y la identidad. Por su parte, Wu es una desarrolladora de juegos, sobreviviente de la época del Gamergate e identificada como demócrata, aunque es más conocida en estos días por su radical postura proisraelí, al punto que en estos días decidió abandonar a los demócratas y alisarse con el Partido Republicano para defender mejor a Israel de sus críticos.

Ambas comparten (o compartían: ya hablaremos más adelante al respecto) una misma perspectiva acerca de la identidad transgénero: que sólo aquellas personas que presentan disforia de género deben ser consideradas trans y recibir terapia y transición médica, y que es responsabilidad de la persona trans pasar por un proceso completo de transición, incluyendo la reasignación genital, para ser consideradas del género que corresponde a su identidad, o incluso ser llamadas “verdaderas trans”. Es decir, tanto Taylor como Wu son transmedicalistas.

El transmedicalismo es una posición controversial dentro de la comunidad transgénero, y aunque sus proponentes dicen respaldarse con la precisión médica y reconocen las inquietudes de la población general ante la presencia de personas trans dentro de los espacios segregados por sexo, se transforma en una visión que no sólo es excluyente hacia gran parte de la propia comunidad trans, sino que los pone de frente contra sectores políticos que no están interesados en reconocer la identidad de género en ninguna presentación. Pero, ¿de qué trata entonces el transmedicalismo? ¿Por qué se le ve con tanta desconfianza?

¿Qué es el transmedicalismo?

Antes de continuar, tenemos que hacer una distinción entre transmédico y transmedicalismo. Transmédico es simplemente un adjetivo que habla de aquellos aspectos de la identidad trans que son de consideración médica: la disforia (en caso de presentarse), la necesidad de un cuidado médico apropiado, las terapias hormonales, la cirugía y en general todas las ventajas y beneficios de salud de la afirmación de género (Transmedicalism, 2026a). Puesto que las personas trans pueden experimentar disforia y que la intervención médica ofrece una mejora en su bienestar, referirse a estos sucesos como transmédicos es sólo un descriptor, no un marco ideológico.

Por su parte, el transmedicalismo sí es una ideología marcada. Se basa en tomar los aspectos médicos de la vivencia transgénero como bases para la construcción no sólo de políticas de respetabilidad, sino también de limitación al acceso a terapias afirmativas (Transmedicalism, 2026a). Bajo este criterio, las identidades trans son una condición médica, de modo que tanto la disforia como la transición médica no sólo son necesarios, sino requeridos para que la identidad de la persona trans sea legitimada.

En dichos términos, si bien el transmedicalismo toma elementos de la experiencia interna, como la disforia de género, acaba limitando la legitimidad y autenticidad del individuo a su configuración corporal o, mejor dicho, a la forma en que pueda modi

ficarla de acuerdo a los parámetros de un modelo masculino o femenino estandarizado. Es decir, más que tu identidad de género y tus procesos mentales y emocionales asociados a ella, la prioridad es que tu cuerpo se amolde por completo a ella, independiente de a qué nivel desees modificarlo, hasta alcanzar la “verdadera transexualidad” (Transmedicalism, 2026b).

No es infrecuente que dentro de los círculos del transmedicalismo se emplee la escala de Benjamin, una escala de orientación sexual publicada por el endocrinólogo y sexólogo Harry Benjamin en 1966 para tratar de clasificar el travestismo y lo que entonces se conocía como transexualidad en distintos subtipos de un mismo espectro, y que hoy no se considera útil como herramienta de diagnóstico (Ekins, 2005; Kumar et al, 2022). A pesar de que el propio Benjamin afirmaba que las seis categorías de su escala no debían considerarse estrictamente separadas entre sí, y dejaba abierta la posibilidad de que futuros estudios dieran lugar a un mejor entendimiento de la identidad de género -tal como acabó ocurriendo-, su trabajo ha sido repopularizado por activistas transmedicalistas para justificar su visión excluyente de la transición médica y lo que se considera una “verdadera persona trans”.

De hecho, algunos de dichos activistas han acuñado el término síndrome de Harry Benjamin (HBS, por sus siglas en inglés) para referirse a las identidades trans como una condición neurológica diferente de la comunidad trans en un sentido amplio -es decir, no sólo las experiencias internas, sino también los elementos sociales y culturales asociados a la identidad de género- (Valah, 2026a). Este tipo de activistas no sólo buscan presentarse como figuras “legítimamente” trans, alejadas de las visiones teóricas dominantes dentro de la comunidad, sino que emplean también la escala de Benjamin, refiriéndose a menudo a sí mismas como “HBS tipo VI”. También prefieren usar el término transexual para referirse a sí mismos, en contraposición a transgénero.

Si bien comparten un marco analítico similar, el HBS y el transmedicalismo son dos grupos distintos entre sí, y se distinguen a su vez del separatismo transexual, aunque los tres se consideran dentro del grupo de transexuales bajo el paraguas trans (Transmedicalism, 2026a). Transexual es, por supuesto, como se le refiere a una persona transgénero que ha realizado una transición médica completa, incluyendo la reasignación genital o, dicho de un modo más afirmativo, cirugía afirmativa de género. Es un término un tanto debatido hoy en día, puesto que puede dar lugar a estigmatización y jerarquización de validez dentro de la comunidad trans (Zambon, 2023), de modo que ha sido semiabandonado, pero por el bien de la discusión en este ensayo, usaré el término transexual cuando sea necesario, mientras que los términos transgénero o trans serán empleados en un contexto más general.

Por supuesto, aunque los tres grupos sean transexuales con un marco analítico en común, y se pueden solapar entre sí, son cosas diferentes (Transmedicalism, 2026a). No todos los transmedicalistas son separatistas o HBS; algunos simplemente creerán que es como el “camino” que debería seguir toda persona trans. Tampoco los separatistas son todos transmedicalistas o HBS; algunos querrán ser tomados como algo diferente a las personas trangénero, pero sin considerarse neurológica o médicamente distintos. Y por supuesto, la mayoría de personas consideradas transexuales no son ninguna de estas tres cosas.

Fundamentos del gatekeeping

Para entender los argumentos del transmedicalismo, necesitamos tener claros dos conceptos clave: incongruencia de género y disforia de género. Mientras que el primero se refiere a una incongruencia marcada y persistente del individuo entre la identidad de género experimentada y su sexo asignado al nacer, el segundo es la angustia y afectación funcional generadas por dicha discordancia percibida entre el sexo asignado y la identidad de género (Brown, 2025; Healthdirect, 2026). En ese sentido, lo que entendemos como personas transgénero o de género diverso -lo que incluye identidades no binarias, genderqueer, entre otras- son aquellas que experimentan incongruencia de género.

Explicado esto, pasemos a hablar del argumento principal del transmedicalismo. Sus proponentes sostienen que la disforia de género es el concepto médico requerido para ser capaz de acceder a una terapia afirmativa de género, y de este modo ser considerada una persona trans (Transmedicalism, 2026b). Ambos atributos, siendo susceptibles de ser evaluados a nivel médico, se convierten entonces en marcadores biológicos de las identidades trans. En otras palabras, para los transmedicalistas, la disforia de género y la transición médica son biológicamente necesarias para dar reconocimiento a tu identidad de género.

Esto no sólo promueve una comprensión anticuada de la identidad de género, en la cual era reducida a la disforia en sí -convirtiendo la propia identidad trans en una condición médica-, sino que también ignora las dimensiones sociales, culturales y personales de la identidad en el actual modelo biopsicosocial de la sexualidad (Greenbergs et al, 2017; Nimbi et al, 2021; Christian et al, 2022). Con ello, el transmedicalismo codifica su argumento principal en un esencialismo biológico, en el que sólo los elementos biológicos como la genética y el desarrollo ontológico determinan y moldean la identidad de género.

Al limitar el reconocimiento de las identidades trans de acuerdo con la corporalidad y la disforia, el transmedicalismo también reduce la identidad de género al binario estricto de lo masculino y lo femenino. Por lo tanto, aquellas identidades no binarias en sus distintas formas, de género no conforme, y aquellas personas que no están interesadas o no pueden buscar la transición médica son, o consideradas “menos trans”, o directamente excluidas de lo que consideran una identidad trans legítima (Transmedicalism, 2026c). De hecho, los transmedicalistas tienden a rechazar también que se permita el acceso de las personas trans no disfóricas a la terapia afirmativa, bajo el argumento de que se desvían recursos y acceso médico a personas que no los necesitan, lo que empeoraría la calidad de acceso para las “verdaderas” personas trans.

El transmedicalismo propone entonces ejercer lo que se suele llamar gatekeeping o guardia de entrada. Este concepto, originado en ciencias sociales para referirse al control o limitación de acceso a información, ideas o campos (EBSCO, 2026), consiste en una aplicación estricta de los criterios de elegibilidad de una persona trans por parte de los médicos para determinar su “aptitud” a la hora de acceder a una transición médica, siendo por supuesto la disforia de género el criterio definitivo, al menos desde la perspectiva transmedicalista (Verbeek et al, 2022).

Como podrán imaginar, el énfasis en la transición médica como requisito para el reconocimiento de las identidades trans significa que el transmedicalismo tiende a respaldar la exclusión de personas trans en espacios segregados por sexo a nivel público y privado, así como en espacios deportivos. Dicha exclusión es justificada hacia aquellas personas trans que no hayan pasado por el proceso de transición médica, aunque para algunos ni siquiera la transición médica desde temprana edad debería permitir una inclusión de atletas trans en los deportes.

¿Qué dice la ciencia al respecto?

Es posible que la descripción acerca de la tesis principal del transmedicalismo pueda sonar un poco tendenciosa, pero la verdad es que no hay otra forma de explicarla. Su defensa de la disforia de género como criterio principal para acceder a la transición se basa en la comprensión que se tenía previamente acerca de las identidades trans, donde la propia disforia era la identidad trans. Así mismo, limitan cualquier influencia en la “verdadera” identidad trans a sus factores biológicos.

No obstante, mucho se ha avanzado en nuestro conocimiento acerca de la identidad de género, no sólo a nivel médico y biológico sino también cultural e histórico (El Pensador Sereno, 2023a; 2023b). La visión transmédica actual está muy lejos de la transmedicalista, y pretender retroceder lo avanzando no sólo es poco científico, sino directamente nocivo hacia miles de personas, especialmente menores y adolescentes. Paso a hablar entonces del conocimiento hoy en día acerca de las identidades de género, y cómo el transmedicalismo termina siendo desmentido.

La incongruencia de género es considerada actualmente una variación normal de la identidad humana, con bases genéticas y neurológicas asociadas (El Pensador Sereno, 2023; Brown, 2025), y a su vez con influencia de contextos ambientales (es decir, ambiente familiar, cultural y/o social) en su desarrollo, mientras que la disforia es un diagnóstico de trastorno mental reconocido en el DSM-V. No todas las personas trans experimentan disforia de género, pero todas las personas con incongruencia de género pueden necesitar apoyo médico para la afirmación de su género (Healthdirect, 2026). La terapia afirmativa de género contempla distintos niveles de afirmación, de acuerdo con la edad y las necesidades de la persona, e incluye procesos de transición social y médica (WPATH, 2012; Brown, 2025; Healthdirect, 2026).

El sistema de gatekeeping para el acceso a terapia afirmativa de género es problemático, pues enfatiza una “preparación mental” antes de iniciar el tratamiento que no es claramente definida y se vuelve difícil de alcanzar (Verbeek et al, 2022). Por otro lado, el énfasis en la disforia de género como requisito para la terapia afirmativa, o tratarlo incluso como HBS, patologiza la identidad trans en sí misma, y se convierte en un criterio de exclusión contra personas que pueden necesitar la transición, pero no experimentan disforia (Lipshie-Williams, 2020; Transmedicalism, 2026c). Finalmente, esto puede dar lugar no sólo a un modelo paternalista, donde el médico es quien determina el valor de la identidad de la persona, sino que crea barreras de acceso para las personas trans, tal como ocurre en el NHS de Reino Unido, infame por sus listas de espera de años para conseguir el acceso a terapia afirmativa de género gracias a su modelo estricto de gatekeeping (Verbeek et al, 2022; ONS, 2024; Transmedicalism, 2026c).

Por ello, el modelo que se tiende a enfatizar desde la evidencia disponible es el consentimiento informado, donde el acceso a las intervenciones afirmativas de género se basa en discusiones con el paciente que exponen los riesgos y beneficios del tratamiento, y se evalúa cualquier condición de salud mental que pueda influir en el resultado del tratamiento afirmativo (Coleman et al, 2022; Verbeek et al, 2022). El consentimiento informado ha sido la principal tendencia en cuanto al modelo de terapia afirmativa de género recomendado, en particular al ser implementado en la octava versión del Manual de Estándares de Cuidado de la Asociación Profesional Mundial para la Salud Transgénero (WPATH) (Coleman et al, 2022), y se ha reportado mayor satisfacción con este modelo en comparación con el gatekeeping (Deutsch, 2012; Zwickl et al, 2019; Spanos et al, 2021; Esposito, 2024).

Los transmedicalistas tienden a criticar el modelo de consentimiento informado, porque aseguran que, sin un diagnóstico correcto de disforia, muchas personas que no son “verdaderas” trans, pueden tomar decisiones precipitadas a la hora de buscar afirmación de género, y esto puede conducir a mayores tasas de arrepentimiento y destransición (Transmedicalism, 2026c). No obstante, esta afirmación -la cual, dicho sea de paso, replica argumentos similares a los de discursos antitrans- no cuenta con suficiente respaldo. Las tasas de desistimiento y destransición entre pacientes son en general excepcionalmente bajas, y la mayoría de estos casos ocurren más por factores externos, como presión familiar, estigma social y dificultades laborales, que por insatisfacción con el proceso o “reconocimiento” de una identidad cisgénero (Turban et al, 2021; Irwig, 2022). De hecho, un modelo de gatekeeping incrementa precisamente el riesgo de destransición al retrasar el acceso al cuidado afirmativo a través de las barreras que genera (Verbeek et al, 2022; Bricki, 2025).

En contraste a la visión transmedicalista, el modelo afirmativo actual reconoce también las identidades no binarias y de género diverso, y entiende que, aunque muchas de estas personas no buscan atención sanitaria por experiencias previas con profesionales de la salud, los médicos deben estar abiertos a que algunos pacientes no binarios soliciten algún nivel de terapia afirmativa de género, sea hormonal o quirúrgica (Brown, 2025). Bajo el consentimiento informado, tales personas deben ser claramente informadas de los objetivos y limitaciones de los tratamientos, pues puede que algunos efectos no sean del todo compatibles con los objetivos del individuo. Pero, de nuevo, esto no es diferente a lo que se explica acerca de cualquier tratamiento o intervención en medicina.

Nuevamente, desde el transmedicalismo se ha señalado que las personas trans no disfóricas y no binarias deben ser restringidas en acceso a la terapia afirmativa, porque estarían tomando recursos médicos de aquellos que “realmente” los necesitan (Transmedicalism, 2026c). No obstante, los recursos médicos no son una torta donde cada pedazo que se le otorga a alguien le resta torta a los demás. Si me permiten seguir con la analogía, el problema no son las porciones, sino el tamaño de la torta, y la mayor amenaza a esto último proviene principalmente de movimientos políticos trans-escépticos o directamente transfóbicos, que buscan limitar o eliminar por completo la terapia afirmativa de género (Serano, 2024a; Bricki, 2025).

Lo más problemático de esto es que este gatekeeping propuesto termina debilitando tanto la accesibilidad a tratamiento médico como la cohesión social y la autonomía de la comunidad trans. Al centrarse en rechazar a un gran sector del paraguas trans debido a una visión limitada por la disforia de género, los transmedicalistas dejan la palabra final sobre la terapia afirmativa de género no en manos de los pacientes, sino de profesionales y organizaciones que no tienen sus intereses en consideración.

Claudicar ante la asimilación

Como dije antes, el transmedicalismo no sólo respalda un gatekeeping para la terapia afirmativa de género que no se sostiene bajo la evidencia disponible, sino que también tiende a apoyar la segregación de las personas trans -a veces, incluso aquellas con transición médica completa- hacia los espacios de su sexo asignado al nacer, e incluso en una tercera categoría. Igualmente, rechazan aquellas identidades no binarias, e incluso pueden llegar a propagar la desacreditada tesis del contagio social, considerando a estas generaciones jóvenes de trans una “tendencia”. Todo esto en pos de tener un mayor reconocimiento de la sociedad, pero sin “invadir” los espacios que corresponden a las personas cisgénero (Valah, 2025).

Esto es lo que se conoce como políticas de respetabilidad, una filosofía que propone que los cambios sociales pueden lograrse con más facilidad cuando se presentan las demandas de una forma aceptable y ajustada a la esfera oficial (Harris, 2014; Nuñez-Franklin, 2026). Algunos grupos progresistas optan por hacer sus luchas a través de este marco filosófico, bajo el argumento de que se trata de una visión comunitaria y moral, que antepone el bienestar de la población a una expresión más libre de las necesidades (Valah, 2025). Incluso es alentado desde posturas conservadoras, las cuales plantean que la forma en que nos comportamos unos con otros depende de una red de expectativas informales que construye reputación, una economía moral de la vida social que no se puede ignorar (Loury, 2026).

No obstante, ¿realmente hay bases objetivas para ceder en temas como los espacios segregados por sexo? Si nos vamos por ejemplo a los baños, el escenario más usado en políticas de exclusión a través de la figura del “depredador trans”, la realidad es que la evidencia apunta no sólo a que este es un mito exagerado, sino que las personas trans tienden a ser más las víctimas que los perpetradores en casos de acoso y violencia en baños públicos (Serano, 2021; GLAAD, 2025; Herman et al, 2025). De hecho, su exclusión y la evasión de estos espacios por miedo a dichos malos tratos tienen efectos negativos serios en la salud mental de personas trans y no binarias (DeChants, 2024).

La participación de personas trans en los deportes es un tema un poco más complejo, puesto que la evidencia científica al respecto aún es relativamente limitada, pero esto es precisamente porque, a diferencia de los temores de sectores conservadores, el número de atletas trans en competencia es reducido, y lo es aún más a nivel de competencias internacionales (Office of Transgender Initiatives, 2025; Redfield, 2025). Sin embargo, la evidencia disponible en la actualidad señala que los tratamientos hormonales de transición pueden influir lo suficiente en atletas trans para permitirles competir con un rendimiento similar al de sus colegas cis (Serano, 2024b; Sieczkowska et al, 2026). Por supuesto que hace falta más investigación, pero apoyar la exclusión a pesar de la evidencia disponible sería inadecuado.

Si los protocolos de terapia afirmativa de género se ven favorecidos por el consentimiento informado en lugar del gatekeeping, y la evidencia en torno a los supuestos riesgos de permitir la presencia de personas trans en espacios públicos segregados por sexo es, en el mejor de los casos, insuficiente, cabe entonces preguntarse: ¿a quién está beneficiando realmente la defensa de las políticas de respetabilidad? ¿A la comunidad trans en general? ¿A las transexuales transmedicalistas en específico? ¿O más bien a un modelo social que protege estructuras históricas de exclusión?

La historia ha reflejado en varias ocasiones que intentar alcanzar la igualdad de derechos desde las políticas de respetabilidad acaba afectando los movimientos sociales. El movimiento sufragista en Estados Unidos decidió no sólo aprovechar a sus miembros de estatus social más pudiente como representantes de sus simpatizantes en prisión, sino que también marginaron y rechazaron la presencia de mujeres negras y nativas, creyendo que de tal forma podrían hacerse más aceptables para los blancos sureños que se oponían al sufragio universal, pero con ello retrasaron por décadas la causa hasta el Acta de Derecho al Voto de 1965 (Nuñez-Franklin, 2026). De manera similar, los movimientos políticos negros se han estancado en tiempos recientes, debido precisamente a la adopción de las políticas de respetabilidad, donde sus líderes, incluyendo al ex presidente Barack Obama, se enfocaron en “corregir” los problemas culturales percibidos de su comunidad, poniendo un énfasis en el esfuerzo individual, mientras que ignoraron las barreras estructurales que dificultan el avance de las comunidades más pobres. En ese sentido, las políticas de respetabilidad acabaron trabajando en acomodar la política negra a un neoliberalismo que sólo los tiene en consideración como engranajes de un sistema socioeconómico (Harris, 2024).

A pesar de conflictos internos, los movimientos activistas por los derechos de las personas LGBTQI+ lograron avanzar mejor en el reconocimiento y aceptación social al incluir formalmente a los miembros más marginados (como drag queens, trans y trabajadores sexuales) que aquellos movimientos que trabajaron en acomodarse al molde social (Christiansen, 2009; Transmedicalism, 2026d), y es posible que hubiesen alcanzado la igualdad de derechos más temprano si la pandemia del sida no hubiera surgido justo en los 80. En contraste, el abandono -y en algunos casos, oposición activa- por parte de grupos autoproclamados LGB a los derechos de la comunidad trans no ha frenado la desaprobación de las minorías sexuales en años recientes tras el embate de la ultraderecha (Jones, 2026; Reed, 2026). Y es que una de las formas en que los movimientos sociales decaen es la asimilación dentro del establecimiento político y económico, porque en ese momento las prioridades de tales grupos cambian, y se enfocan más en encajar dentro del modelo social propuesto desde dicho establecimiento que en trabajar por las necesidades de su base constituyente (Christiansen, 2009).

La defensa de un gatekeeping y la exclusión social de personas trans no transexuales acaba creando una barrera ideológica entre los transmedicalistas y el resto de la comunidad trans. Peor aún, termina fragmentando su activismo social, puesto que sitúa las responsabilidades de la integración social sobre el individuo trans, ignorando por completo las barreras estructurales y médicas que dificultan el acceso a la terapia afirmativa de género (Verbeek et al, 2022; Transmedicalism, 2026d). No es de sorprender, por supuesto, que el transmedicalismo tienda también a ser defendido por personas de una posición económica y social bastante superior al promedio ciudadano.

Brianna Wu.

El transmedicalismo también acaba imponiendo un estándar corporal que no es del alcance o interés de toda persona transgénero. No sólo porque las personas no binarias y de género diverso usualmente no buscan transiciones tan avanzadas, sino también porque la cirugía afirmativa de género, vista como el objetivo final de una transición médica completa, tiende a no ser prioritaria, si bien su prevalencia ha ido aumentando recientemente (Nolan et al, 2019). Depende, por supuesto, del grado individual de disforia, pero el US Transgender Survey de 2022, la mayor encuesta realizada a la población transgénero en Estados Unidos (más de 92.000 participantes), encontró que cirugías genitales como la vaginoplastia y la orquiectomía son deseadas por el 47 y el 48% de las personas AMAB -asignadas masculinas al nacer- encuestadas, respectivamente, mientras que la faloplastia, la vaginectomía y los implantes testiculares fueron del interés de menos del 20% de personas AFAB -asignadas femeninas al nacer- encuestadas en todos los casos (Rastogi et al, 2025). Y son aún menos quieren logran acceder a este nivel de transición médica.

No ignoro, por supuesto, que el bajo interés en cirugías afirmativas a nivel genital esté también moldeado por las barreras de acceso a salud, la discriminación dentro de los propios servicios de salud, y las limitaciones económicas (Baker & Restar, 2022; Gonçalves et al, 2024; Pletta et al, 2025), en particular en regiones como América Latina (REDLACTRANS, 2017; 2025; Gonçalves et al, 2024). Aun teniendo eso en cuenta, seguiría existiendo un porcentaje importante de personas trans y no binarias que no experimentan inconformidad con su configuración genital. Exigir una transición médica completa como requisito para ser considera un “verdadero transexual” desconoce tanto la autonomía como las condiciones socioeconómicas de muchas personas, con lo que, más que una propuesta de respetabilidad, el transmedicalismo se convierte en una visión supremacista.

Y esto no lo digo con el ánimo de satanizar. El gatekeeping, las políticas de respetabilidad, el esencialismo biológico y la patologización en torno a la disforia de género dentro del discurso transmedicalista acaban replicando estructuras lógicas que fundamentan sistemas supremacistas históricos, como la segregación racial y la homofobia (Transmedicalism, 2026e). Al modelar la inclusión y reconocimiento de las personas trans a una transexualidad específica y asimilable a la sociedad imperante, desconociendo contextos económicos, sociales e incluso étnicos y raciales, se está priorizando la dominancia de un modelo “apropiado” de persona trans, usualmente blanca anglosajona y de posición económica media o alta, en la imagen pública, mientras ponemos sobre todos aquellos que no se ajustan a dicho modelo la responsabilidad por su propia exclusión, creando así una jerarquización de validez en las experiencias trans (Dillon, 2025; Transmedicalism, 2026e). Así mismo, aceptar las narrativas de miedo en torno a la presencia de personas trans en espacios segregados y la inclusión simbólica fomenta la marginación y división de la comunidad trans y sus luchas.

Lo más triste de todo es que, no importa cuánto presionen los transmedicalistas por limitar el reconocimiento de las identidades disidentes a la “verdadera transexualidad”, cuánto intenten promover el HBS como una condición médica real y su escala propuesta como necesaria, o cuánto intenten amoldarse a los roles sociales de género para alcanzar la aceptación social, nunca serán reconocidos como su género experimentado por las personas que más los desprecian. Es notorio que gran parte de los comentarios en posts de Brianna Wu en redes sociales, por ejemplo, son de personas malgenerizándola y llamándola pervertida o groomer, porque aún si ha pasado por una transición completa, y se ha socializado como mujer, en la visión transexcluyente siempre estará condenada a lo que su sexo asignado determina socialmente que debe ser. Es un escenario típico que experimentan personas transgénero complacientes con el sistema, incluso aquellas de postura más conservadora o que siguen refiriéndose a sí mismas por su sexo asignado, como Blaire White o Buck Angel.

Ni siquiera entre los propios transmedicalistas se salvan de la jerarquización. Como decía al principio, hubo hace poco un conflicto entre Brianna Wu y Jenna Taylor o, más exactamente, entre esta última y un grupo de transmedicalistas, Wu entre ellas. Según contó Taylor en un trino publicado en Twitter, al principio ocurrió por algunas discrepancias en temas trans, y una persona del grupo le dijo que no era “la versión ideal de una transexual”, inclusoo usando la escala de Benjamin para “clasificar” su experiencia. Posteriormente, en una conversación sobre mujeres trans y deportes, Taylor (habiendo sido atleta) defendió su participación, y fue atacada y su experiencia rechazada por el resto del grupo, entre ellas Wu, señalando el deporte como un pasatiempo y el interés en participar en ello como “codificación masculina”.

Fue entonces cuando Taylor, quien hace unos meses fue objeto de críticas por un trino donde dijo que las personas no binarias no son trans (Rose, 2026), se dio cuenta que este grupo no sólo estaba menospreciando su experiencia de vida, sino que estaban tratando de forzarla a moldearse para encajar en sus expectativas transmedicalistas. Intentó hacerle ver al grupo el problema de lo que habían hecho, pero Wu intervino de nuevo de modo condescendiente para preservar la cohesión más que la integridad de Jenna, de modo que esta se retiró, por lo cual ha recibido ataques públicos de Wu, quien incluso la llamó “trani fallida”. En retrospectiva, Taylor se dio cuenta de la fuerte influencia de las dinámicas de grupo y la dependencia emocional a estas, y las formas sutiles en que la necesidad de encajar te lleva incluso a cuestionar tus propias experiencias.

Jenna Taylor.

Si bien Jenna manifiesta haber dejado por completo al grupo de las “verdaderas transexuales” y críticas de género, de momento es difícil saber cuánto de sus viejas posturas se ha replanteado. Y no puedo dejar de notar que tuvo que experimentar la vigilancia y exclusión de primera mano para empezar a comprender lo que realmente estaba defendiendo. Pero esto es un ejemplo de lo que se ha denunciado en general del transmedicalismo: exige definirte no sólo por tu disforia, sino también por tu sufrimiento, uno que nunca será suficiente para aquellos que jamás han tenido intención de validarlo ni una sola vez (Valah, 2026b). ¿Por qué jugar entonces en tales términos?

Conclusiones

La experiencia de las identidades trans es bastante amplia y diversa, escapando no sólo de la forma en que concebimos los roles de género, sino sobrepasando incluso lo que usualmente entendemos de la propia identidad de género. Como muchos pensamientos de corte jerárquico y esencialista, el transmedicalismo es ciego ante dicha variación, perpetuando aquellos estereotipos o roles de los que precisamente escapan las identidades trans en primer lugar. Es un amoldamiento estandarizado sin argumentos o evidencia que lo respalden, y como tal debe ser firmemente rechazado.

En un momento en que la integración, la cooperación y el apoyo mutuo se vuelven necesarios para las personas LGBTQI+ en todo el mundo, y en particular para todas aquellas personas bajo el paraguas trans, se necesita desterrar la visión complaciente de la respetabilidad. No sólo visto desde la necesidad de una comunidad más cohesionada, sino también porque su verdadera libertad requiere de la libertad de cada uno de los individuos que la componen, y dicha libertad se estimula mejor cuando les permitimos ser aquello que cada uno reconoce y necesita de sí mismo, en lugar de tratar de ajustarlos a la fuerza a lo que la sociedad espera que sea.

P.D.: Quiero dejar unas palabras de agradecimiento a Valah, del blog Inconvenient Truths, que ha escrito varios artículos criticando el transmedicalismo, y construyó recientemente una página de recursos que aborda sistemáticamente sus argumentos y debilidades (Valah, 2026c). Dicha página, Transmedicalism, me sirvió como material en la construcción del presente ensayo, y la recomiendo bastante.

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