La importancia de una ética ecocéntrica
Introducción
En la interminable conversación sobre la conservación de ecosistemas y el control de especies invasoras, en concreto del caso de los hipopótamos en Colombia, uno de los aspectos más frustrantes es lograr que la gente entienda que hay un componente ético detrás de las decisiones tomadas, incluso las que parecen más crueles, como la eutanasia. Hay una desconexión entre animalistas y ecólogos, no sólo en la comprensión de temas de ecología y conservación ambiental, sino también en el lenguaje que utilizamos al hablar de ética.
Tan sólo estos días, el
portal de noticias La Nueva Prensa publicó una columna de opinión
escrita por Yenny Rozo, una ingeniera civil que fue coautora ciudadana del
proyecto de ley para reconocer a los animales como seres sintientes en
Colombia, hablando acerca del fracaso histórico del manejo del caso de los
hipopótamos. Rozo cuestiona con certeza la negligencia de los gobiernos a
intervenir con tiempo en la especie invasora hasta un punto en que la
traslocación y la esterilización ya no son suficientes. Por otro lado, vuelve a
poner la discusión en un marco de ciencia y técnica vs ética y sensibilidad,
afirmando que se ha olvidado el valor de la vida, y que se está “normalizando”
la eutanasia -o, en sus palabras, la cacería y la muerte- como solución
institucional (Rozo, 2026).
Damos entonces un giro
de 360° para volver una y otra vez al mismo punto de desconocer la
argumentación ética basada en la salud de los ecosistemas. Con un tono similar
escribió el psicólogo Carlos Naranjo en una columna invitada de La Silla
Vacía el mes pasado, en donde intenta argumentar a favor de la protección
de los hipopótamos bajo el argumento de la sintiencia, y desdeña el enfoque ecocéntrico
de la conservación como ver a los organismos “como piezas intercambiables de
un rompecabezas ecológico”, donde no importan los animales como individuos
(Naranjo, 2026).
He hablado con
anterioridad del enfoque ecocéntrico en la conservación. Sin embargo, no me he
detenido a explicarlo con profundidad y, sobre todo, contrastarlo con otros
enfoques éticos en nuestra relación con el ambiente y las especies que conviven
dentro de él. Por ello, la entrada de hoy no sólo se trata de hablar de la
necesidad de una ética ecocéntrica en la conservación de especies, sino también
en cómo podemos reconciliarla con nuestras necesidades y en un marco crítico
hacia las prácticas con las que ponemos en riesgo la biodiversidad y nuestra
propia supervivencia.
¿Qué es el ecocentrismo?
Para entender qué es
una ética ecocéntrica, hagamos un pequeño repaso de las clases de colegio. Un ecosistema
es un sistema natural compuesto por un conjunto de seres vivos que interactúan
entre ellos y con el entorno físico que habitan. Es decir, está compuesto por
lo que llamamos factores bióticos (los organismos que lo ocupan) y factores
abióticos (temperatura, suelo, régimen de lluvias, entre otros).
Pero no se trata
solamente de factores bióticos y abióticos. La palabra clave aquí es interacción.
El ecosistema se sostiene por las relaciones que se forman entre los seres
vivos y con las condiciones abióticas, lo cual permite un flujo constante de
materia y energía. Las relaciones entre seres vivos son muy variadas:
depredación, competencia, simbiosis mutualistas, parasitismo, entre otras. Y
cuando estos organismos mueren y se descomponen, sus nutrientes siguen siendo
parte del ciclo.
Estas interacciones no son espontáneas: son el resultado de millones de años de evolución de las especies y transformación del ambiente físico. Es una red delicada en donde, si un elemento se altera o desaparece, no es fácilmente reemplazable. Eso significa que, a la hora de proteger las especies, uno como científico debe pensar no en su carisma o si es de provecho para nosotros o no, sino en su importancia dentro de la red en el ecosistema. Cuando se trabaja en conservar los ecosistemas, se debe entenderlos en su totalidad y contexto histórico. Esto es parte de lo que llamamos ética ambiental.
Por eso uno no va
diciendo en ciencia, por ejemplo, que debe plantarse más en los desiertos:
porque entendemos que estos ecosistemas aparentemente escasos de vida son
también el resultado de millones de años, y también cuentan con una compleja
red de interacciones entre las especies y su ambiente. Uno combate la
desertificación (la degradación de suelo fértil en árido como resultado de
actividades humanas), mas no los desiertos en sí. Lo segundo puede sonar
adecuado desde una perspectiva superficial humana de bienestar (más plantas y
animales = ambiente sano), pero es en realidad poco ético, porque sería una
perturbación drástica a un ecosistema que cuenta con un desarrollo propio y una
red trófica y flujo de energía específico como sistema natural.
Explicado esto, podemos
entonces hablar del tema que nos ocupa. El ecocentrismo es una filosofía
dentro de la ética ambiental en conservación que propone que todas las partes
de un ecosistema, tanto las bióticas como las abióticas, tienen un valor
intrínseco, de modo que una posición moral debe tomarse buscando el ecosistema
en su totalidad por su papel en los procesos naturales, en lugar de hacerlo
desde la perspectiva de las necesidades humanas (Environmental Ethics, 2021). No
hay ecosistemas superiores a otros: todos tienen el mismo valor dentro de la
ecosfera terrestre. Es decir, preservar el ecosistema por su valor propio, no
por el de las especies o por cómo podamos aprovecharlo.
El ecocentrismo como concepto fue propuesto por primera vez por el filósofo y conservacionista Aldo Leopold, considerado el padre de la ecología silvestre, en su colección de ensayos A Sand Country Almanac. En este trabajo, Leopold hablaba acerca de una “ética de la tierra” que expandía el concepto de comunidad más allá de los seres humanos, incluyendo todos los elementos del planeta: suelos, aguas, plantas y animales. Bajo este concepto, nuestras relaciones están interconectadas con el ambiente que nos rodea y todos sus componentes, de modo que necesitamos llevar una relación de cuidado con los ecosistemas. En palabras de Leopold: “Cuando vemos la tierra como una comunidad a la cual pertenecemos, podríamos empezar a usarla con amor y respeto” (Leopold, 1949; Environmental Ethics, 2021).
Vale la pena indicar,
por supuesto, que culturas anteriores, como algunos grupos indígenas, han
mantenido una relación con su ecosistema que va en línea con los principios
ecocéntricos, con prácticas que buscan minimizar el impacto humano en los
recursos naturales (Environmental Ethics, 2021). Pero fue a partir de esta
visión de Leopold que se fue desarrollando un enfoque filosófico concreto en
ecología y conservación acerca de nuestra relación con los ecosistemas y las relaciones
dentro de estos. Los principios ecocéntricos también pueden verse reflejados en
el concepto de ecología profunda de Arne Naess (1973), donde el valor y el
bienestar de la vida no humana en el planeta es independiente a nuestras
propias necesidades (Cryer et al, 2017).
Creo que pueden
entender entonces a qué nos referimos con un enfoque ecocéntrico cuando
hablamos de conservación. Cuando intentamos, por ejemplo, proteger la selva
amazónica de la deforestación o la minería ilegal, la base argumental no debe
ser en torno a nuestras necesidades; de lo contrario, primaríamos despejar
porciones de selva para uso de ganadería o agricultura, o la extracción de
metales raros para tecnología. El enfoque debe ser hacia proteger todos los
elementos del ecosistema: las plantas que componen la densa selva, los animales
que allí habitan, los suelos que les dan sustento, las fuentes hídricas que los
alimentan y, al final, también las comunidades humanas que habitan y se
relacionan con todos estos componentes.
De esto último se
desprende que el ecocentrismo como enfoque ético y filosófico no se limita a la
conservación de ecosistemas. También ofrece un marco analítico para proteger a
algunas comunidades humanas de los procesos extractivistas de naciones más
poderosas. Por ejemplo, la minería en algunos países africanos ofrece
beneficios socioeconómicos importantes para países ajenos a África, pero tienden
a afectar profundamente a aquellos de donde se extraen los recursos, por los
recursos económicos que acaban en manos externas y por las consecuencias
ambientales. Un enfoque ecocéntrico en estos casos es necesario, porque no
podemos predecir hasta qué punto se pueden realizar labores extractivas antes
de deteriorar el ambiente y la vida humana (Nivia, 2024). Entonces, debemos
enfocarnos en preservar no sólo a las comunidades, sino también los ecosistemas
en los que habitan: enfocarnos en mantenerlos dentro de las mejores condiciones
posibles en cuanto a sus factores bióticos y abióticos, y las interacciones
dentro de su red de flujo de energía.
Cómo influye el enfoque ético en la conservación
El ecocentrismo no es,
por supuesto, el único enfoque ético que existe en torno a nuestra relación con
el ambiente y los ecosistemas. El ambiente más clásico y antiguo es, por
supuesto, el antropocentrismo, la perspectiva ética de que las
necesidades y el bienestar humano deben ser privilegiados por encima del
bienestar de otras especies. La jerarquización de los seres vivos en una escala
donde nuestra especie es superior y puede aprovechar a las otras como recursos
viene por lo menos desde tiempos de Platón y Aristóteles, y los eruditos
cristianos medievales hicieron un caso de que las otras especies fueron creadas
para servir subordinadas a nuestras necesidades (Franks et al, 2018).
El enfoque androcéntrico ha validado no sólo el uso de otros animales como fuente de recursos materiales -alimento, vestimenta-, sino también con propósitos de entretenimiento, algo en lo que desembocaron los jardines zoológicos antes del cambio de paradigma hacia la conservación e investigación (El Pensador Sereno, 2025). Por supuesto, algunos enfoques androcéntricos pueden tener en cuenta las necesidades de los animales no humanos, desde enfoques consecuencialistas y utilitarios, pero siempre teniendo como prioridad a los humanos (Franks et al, 2018).
En contraste, el biocentrismo
es una perspectiva ética que se enfoca en el bienestar de los seres vivos
individuales de todas las especies. Planteamientos acerca del valor de las
especies no humanas pueden encontrarse desde el siglo XVII, y las nociones
acerca de la igualdad humana, que retaban algunas justificaciones utilitarias
de actividades crueles como la esclavitud, empezaron a ser extendidas hacia
otras especies, algo reflejado en el movimiento antivivisección del siglo XIX,
pero fue el teólogo y médico alemán Albert Schweitzer quien definió una ética
de reverencia por la vida que abogaba por una preservación de la vida en
general, en la que el ser humano no sólo debe evitar dañar a otras formas de
vida, sino también trabajar activamente en promover su bienestar, sin
jerarquizar entre las especies (Franks et al, 2018).
Una ética biocéntrica es la base no sólo detrás de argumentos a favor del vegetarianismo y el veganismo como formas de vida, sino también de movimientos a favor de los derechos de los animales. También sustenta el trabajo de los grupos de caridad que trabajan con animales callejeros, y grupos de acciones más directas como las organizaciones de liberación animal son igualmente biocéntricas (Franks et al, 2018). Por lo general, aunque no siempre, los criterios de la sintiencia y el dolor son empleados también para fortalecer la visión biocéntrica (Naranjo, 2026).
Por supuesto, ambos
enfoques tienen problemas asociados. El antropocentrismo, como expliqué, maneja
una jerarquía que no tiene en cuenta ni las necesidades de otras especies ni su
relación con el ecosistema, y ha contribuido a través de la explotación
capitalista a catástrofes ambientales como la deforestación, la extinción de
varias especies y el colapso de las poblaciones de muchas otras, así como una
industrialización cárnica que muy a menudo mantiene a las especies domesticadas
en condiciones terribles. El biocentrismo logra tener en consideración a otras
especies, pero también puede ser problemática porque es una perspectiva
plenamente individual: analiza las necesidades de los animales como individuos,
sin considerar su relación con el ambiente o con otras especies, o su papel
dentro de las poblaciones, por lo que pueden oponerse a medidas de conservación
como el control de especies invasoras y animales ferales.
Y a pesar de que
asegura no jerarquizar, algunos de los argumentos que emplea para defender la
dignidad animal sí pueden generar una jerarquización en la protección de
especies, como vimos en la columna de Naranjo, donde considera que un
hipopótamo no puede ser manejado igual que el pez león por tener
características sociales al parecer superiores (Naranjo, 2026). Esto a pesar de
que la sintiencia, un argumento que también usa para pedir evitar el control
letal del hipopótamo, es también un atributo del pez león. Y es que el
biocentrismo en la conservación y el animalismo tiende mucho hacia una visión
carismática y sentimental de las especies, por lo que los esfuerzos para
proteger organismos menos atractivos o cercanos filogenéticamente a nosotros
son menores, lo que se puede considerar una injusticia ambiental (Kolahi,
2025).
En el libro Environmental
Ethics and Behavioral Change (Franks et al, 2018), se contrasta los tres
enfoques mencionados con un ejemplo: los visones, criados por peletería. La
ética antropocéntrica dicta que esta práctica es razonable, ya que el interés
principal debería ser que los criadores puedan obtener ganancias de ella, y
beneficiar también a las personas que comercian y compran los productos creados
a partir de la piel y el pelaje. La ética biocéntrica reconocería la miserable
vida de los visones, a menudo retenidos en espacios demasiado pequeños y
hacinados, y abogaría por el cierre de las granjas de peletería o directamente
liberar a todos los visones cautivos. Por su parte, la ética ecocéntrica puede
reconocer que las vidas de los visones criados por peletería como algo nada
natural, pero entiende que liberarlos de golpe en las cercanías sería peligroso
para el ecosistema, pues se trata de depredadores que pueden afectar las
poblaciones de otras especies y fuentes de agua (Franks et al, 2018). En tal
caso, la acción ideal probablemente sería trasladarlos a un santuario de
animales.
Veamos entonces el caso de los hipopótamos invasores en Colombia a través de los tres enfoques éticos. La ética biocéntrica es la que ha primado por años en torno al manejo, primero ignorándolos tras el sacrificio de “Pepe”, y luego con enfocar los esfuerzos en esterilización y traslocación. Y no ha funcionado: se calcula que tenemos ya más de 200 ejemplares en el Magdalena medio, y en Barrancabermeja se están acercando de forma muy peligrosa a la población. La esterilización es demasiado costosa, difícil y lenta, y no resuelve el problema de la presencia de los animales en el ambiente; por su parte, enviar a los animales a otros países tiene muchas dificultades logísticas y legales, y las solicitudes al respecto han sido en su mayoría rechazadas o ignoradas (El Pensador Sereno, 2026).
Por su parte, aunque la
ética antropocéntrica no ha sido tan relevante, ha surgido con fuerza en estos
últimos años. Algunas personas han propuesto mantener a los hipopótamos
cercanos a poblaciones como Doradal como parte de una atracción turística natural,
lo que beneficiaría a las comunidades rurales (Ferré-Sadurní, 2026). También se
sabe que algunas crías de hipopótamos han sido capturadas y vendidas, por lo
que hay un tráfico floreciendo con este enorme artiodáctilo (Pachón, 2021;
Naranjo, 2024).
Y como ejemplo de que a
veces las éticas pueden mezclarse, la propuesta del refugio y centro de
rehabilitación Vantara de acoger 80 hipopótamos y trasladarlos a India parece
más cercana a la visión original de Pablo Escobar de tener un zoológico privado
-incluyendo denuncias de posibles vínculos con redes internacionales de tráfico
(Sirur, 2025; Cuitiva, 2026)-. Pero a los animalistas colombianos, que
defienden dicha propuesta, parece importarles más ganar la batalla ética y
moral humana del debate que considerar los riesgos de salud de la captura,
traslado y presencia de los animales en India, o la falta de planes de
reintroducción en Vantara (Radio Mitre, 2025).
La ética ecocéntrica es
clara: el bienestar de las especies nativas y las relaciones y nichos dentro
del ecosistema deben ser priorizadas ante una especie invasora. La eutanasia
hace parte del plan de manejo no porque sea más fácil, sino porque en términos
costo/esfuerzo es la más efectiva para poder cumplir con la tasa de extracción
de hipopótamos del ambiente a un ritmo que reduzca de forma eficaz su
crecimiento poblacional (El Pensador Sereno, 2020). Como lo he explicado en
otras ocasiones, el control de una especie invasora se basa en incrementar
dicha tasa de extracción por encima de la tasa de natalidad de la población, y
como muchas invasiones son detectadas cuando su área de ocupación ya es
bastante grande, la tasa de extracción no puede basarse solamente en
esterilizar o traslocar a los individuos (El Pensador Sereno, 2020; 2021).
En contraste a la visión de Naranjo acerca del control de especies (2026), la sintiencia o los aspectos sociales y conductuales de una especie invasora no se tienen en consideración para las estrategias de un plan de manejo: son estandarizadas para cualquiera de ellas, sea un animal o planta, sin jerarquización por carisma o filogenia. En lo que aporta la sintiencia es que la eutanasia sea aplicada de modo que se minimice el sufrimiento del animal lo máximo posible. Pero desde una perspectiva ecocéntrica, no podemos darnos el lujo de pensar en términos individuales de bienestar, porque hay un marco holístico de especies, factores ambientales y redes de flujo de nutrientes, materia y energía que debe ser priorizado en protección. Puede parecer impersonal o “un rompecabezas”, pero eso es porque se busca visualizar el bienestar del todo, del ecosistema y las relaciones que lo constituyen, teniendo en cuenta no sólo el bienestar de una especie, sino de todas las especies y las condiciones que necesitan para vivir.
¿Es posible conciliar el
ecocentrismo con las actividades humanas?
Por supuesto, una de
las mayores dificultades de la ética ecocéntrica es cómo lograr aplicarla en un
contexto capitalista, donde muchas industrias realizan actividades de gran
impacto ambiental para obtener recursos importantes en el desarrollo energético
y tecnológico. El ecocentrismo como enfoque de conservación ayuda mucho cuando
trabajamos en problemas locales como las especies invasoras o proyectos de
extracción propuestos cerca de comunidades vulnerables. Sin embargo, cuando
intentamos desarrollarlo en un contexto global, no es fácil hacer comprender a
ocho mil millones de personas o mejor dichos, a las grandes industrias y
organizaciones que ostentan el poder, que no podemos seguir manteniendo el
mismo ritmo extractivista si queremos sobrevivir por más generaciones en un
planeta con condiciones que nos favorezcan.
Podrían pensar que el
concepto de desarrollo sostenible, que busca mantener un progreso y satisfacer
las necesidades de las naciones sin comprometer la estabilidad del medio
ambiente, nació como una respuesta ecocéntrica a los excesos del capitalismo y
el extractivismo, pero en realidad no es así. El desarrollo sostenible es un enfoque
puramente antropocéntrico, que no promueve realmente la conservación ambiental
sino una explotación con imagen sostenible, que sigue enfocándose en el
crecimiento y el desarrollo de las sociedades humanas, y para colmo se enfoca
en que el problema no es el capitalismo, sino la falta de desarrollo de las
naciones pobres que les impide emplear prácticas ambientalmente sostenibles
(Nivia, 2024). No sorprende, pues, que la extracción y uso de combustibles
fósiles haya visto poca oposición real de los proponentes del desarrollo
sostenible, pues incluso los materiales necesarios para las tecnologías
“verdes” por las que se apuesta como transición energética requieren de métodos
de extracción que siguen necesitando del petróleo y el gas como matriz
energética para cumplir con el rendimiento que se exige (Rojas, 2026).
Una perspectiva ecocéntrica tampoco está exenta de verse influenciada por el antropocentrismo, lo cual da lugar a otros enfoques intermedios que pueden limitar una perspectiva holística, como el conservacionismo (no confundir con la conservación) y el preservacionismo. El conservacionismo se enfoca en limitar el uso de los recursos naturales por parte de nuestra especie, pero sólo hablando desde un valor estrictamente utilitario, de su uso potencial por parte nuestra, con el fin de asegurar tener una reserva a futuro; es el enfoque tras las vedas y restricciones de pesca industrial, por ejemplo. Por su parte, el preservacionismo apoya la conservación de recursos naturales para el uso humano, pero por razones más allá de las instrumentales; sigue teniendo un toque ecocéntrico porque el valor se lo otorgamos nosotros, de modo que, sin conocimiento de las relaciones tróficas de los ecosistemas, podemos fácilmente ver más valor en preservar un bosque que un desierto (Butler, 2018).
El ecocentrismo también
ha recibido algunas críticas. En la revista International Socialism, Ian
Angus llamó “falsa dicotomía” al conflicto entre el antropocentrismo y el
ecocentrismo, y aunque señaló correctamente la necesidad de integrar una visión
económica y política para enfrentar la destrucción ambiental, me parece que
hace una crítica bastante pobre acerca de las limitaciones del ecocentrismo
como “falsa idea” y la supuesta vaguedad de los conceptos empleados (Angus,
2021). Por otro lado, ignora que existen eventos ecológicamente desastrosos
preindustriales y precapitalistas, como la casi extinción de los caracoles
marinos usados para obtener púrpura de Tiro (Forstenpointner et al, 2007), o
las prácticas de agricultura que contribuyeron al colapso de la civilización
maya del período clásico (Gwinneth et al, 2025), las cuales sugieren que una
visión antropocéntrica sí tiene una fuerte influencia en nuestra relación
general con el ambiente, más allá de su uso en la justificación capitalista.
Y no es que esté descartando el papel del capitalismo en retroalimentarse con una visión antropocéntrica que justifica la depredación desmedida de los ecosistemas. Pero ignorar las bases científicas detrás de la argumentación por un ecocentrismo, y reducirlo a sólo una cuestión de filosofía ética, hace también insuficiente construir una propuesta socioeconómica y política que supere el sistema actual. También da lugar a análisis imprecisos, como asumir que la diferencia de manejo de especies invasoras y especies domésticas o de cultivo es exclusivamente económica o incluso nacionalista. El problema va más allá del modelo económico, aunque sin duda se beneficia mucho de ello.
Esta
es una forma pésima de analizar el problema. Por supuesto que las fronteras son
estúpidas, en especial si hablamos de ecosistemas: precisamente por eso es que
no podemos tener especies invasoras como un hipopótamo en el Magdalena medio.
Por otro lado, también
se le ha acusado al ecocentrismo de minimizar las excepcionalidades de la
especie humana, de relativizar el riesgo de bienes y valores, y de guardar una
misantropía latente que ve a la humanidad como un elemento incidental, y un
antiespecismo igualitario que puede tender hacia propuestas absurdas, como la
reducción drástica de la población o el control de natalidad a través de la
eugenesia (Frantz et al, 2025), si bien estas ideas, encontradas en algunos
grupos animalistas y ecofascistas, tienden a basarse más en posturas
biocéntricas y utilitarias, respectivamente. Bajo esta perspectiva crítica, que
seamos la única especie capaz de reflexionar sobre sus acciones y su relación
con el ecosistema implica que cierto antropocentrismo sigue presente, y que
debemos establecer jerarquías de valores que tengan esto en cuenta (Albus,
2021; Frantz et al, 2025).
No obstante, esto también puede dar lugar a propuestas que buscan trascender la dicotomía entre ecocentrismo y antropocentrismo a través de perspectivas éticas con una base metafísica que se aleja de nuestra realidad material, como un teocentrismo que subordina las necesidades humanas y los recursos naturales a un bien supremo dentro de una relación vertical y jerárquica (Frantz et al, 2025). Creativo, sin duda, pero si hacer que la maquinaria capitalista comprenda la importancia de las redes tróficas y las relaciones dentro de los ecosistemas para mantener el equilibrio de la ecosfera ya es bastante difícil, no es mucho más fácil hacerlo apelando a una entidad sobrenatural en la que muchos humanos ni siquiera creen, o a la que pueden simplemente subordinar a sus justificaciones antropocéntricas como el ser humano que tiene potestad sobre todas las criaturas de la Tierra siendo creado a imagen y semejanza de Dios.
¿Cómo se está
trabajando entonces con una perspectiva ecocéntrica? Bien, la base de la agricultura
ecocéntrica es crear una relación sinérgica entre la actividad humana y el
ambiente, en lugar de enfocarse en el rendimiento o reducir daño, como ocurre
con el desarrollo sostenible (Sustainability Directory, 2025). Como tal, un
marco agroecológico busca integrar principios ecológicos en el diseño y
manejo agrícola para crear agroecosistemas sostenibles que maximicen los
procesos naturales del medio ambiente -por ejemplo, fortaleciendo la fertilidad
del suelo a través de compostas, cultivos de cobertura o ciclos de cultivo, en
lugar de usar fertilizantes artificiales-, estrategias de manejo del agua, y la
integración de la biodiversidad circundante a través de prácticas como
agroforestería o corredores naturales (Dumont et al, 2025; Sustainability
Directory, 2025).
La agroecología actualmente se está trabajando en varios países, en torno a los principios de mejorar la eficiencia de los recursos, fortalecer la resiliencia de los sistemas e incrementar la equidad social y la responsabilidad. Aunque el potencial de la aplicación de dichos principios a gran escala todavía requiere de exploración, dado que el énfasis ha sido principalmente en construir sistemas locales de alimentos, se ha podido evaluar que pueden ajustarse a distintos contextos socioeconómicos, a las necesidades de los granjeros y las comunidades locales (Mrs. Feather, 2019; Dumont et al, 2025). Y es que la agroecología busca también fortalecer la soberanía alimenticia, la autonomía local y el control de los recursos por parte de las comunidades (Dumont et al, 2025).
Ahora, para poder
conseguir que este marco agroecológico tenga una mayor extensión y
participación, se requiere un gran esfuerzo. Necesitamos trabajar mano a mano
con las comunidades, trabajando con educación ambiental desde temprana edad
(Caciuc, 2014), haciéndolos partícipe de las propuestas y toma de decisiones
con respecto a la transición agroecológica (Dumont et al, 2025), y evaluando
los factores y necesidades que permiten la adopción de tales prácticas (Askar
et al, 2025). El acceso a tecnologías adecuadas para las prácticas, las
infraestructuras adecuadas y un mercado con circuitos de distribución corta
también son importantes para lograr una transición adecuada (Dumont et al,
2025).
Supongo que algunos
podrían señalar que el problema de esa visión ecocéntrica es que parece que la
agroecología se enfoca principalmente en la autonomía local de las comunidades.
Si no se pudiera aplicar a gran escala, a un nivel que nos permita mantener un
sistema globalizado de producción, ¿deberíamos entonces renunciar a ese marco?
¿O quizás es momento de cambiar nuestros sistemas de organización
socioeconómica? La ecosfera ya enfrenta una crisis bastante fuerte con el ritmo
de explotación que llevamos, y de acuerdo con el ecólogo Mauricio Lima, necesitamos
pensar en reorganizarnos, porque la conectividad global no será sostenible una
vez que se termine el petróleo, de modo que probablemente tengamos que formar
sociedades con lógicas territoriales más locales y nuevas formas de convivencia
con nosotros mismos y con los ecosistemas (Rojas, 2026).
No es mi idea ponerme
en plan apocalíptico: el tema del colapso es uno bastante complejo de analizar,
y del que podríamos hablar en otro momento. Pero creo que la perspectiva de
fortalecer la autonomía a nivel local y regional a través de modelos
agroecológicos y una visión estructural ecocéntrica de nuestra organización
social, tanto en el entorno rural como el urbano, no deja de ser un horizonte
importante hacia el cual avanzar, independiente de la probabilidad o
incertidumbre de un colapso de la civilización. Y parte de ese progreso
tecnológico del que tanto aspiramos que nos rescate de una catástrofe debería
ser dirigido a lograr concretar una relación equilibrada con nuestros
ecosistemas y las interacciones que lo componen.
Conclusiones
Debe parecer curioso que
de una conversación sobre los hipopótamos en Colombia haya pasado a hablar de
agroecología y modelos socioeconómicos. Y no es un desvío inesperado. Tal como
dije al principio, un enfoque ecocéntrico es necesario para corregir y
restaurar nuestra relación con los ecosistemas en los que vivimos. La presencia
de especies invasoras como la mencionada es una muestra de cómo nuestra codicia
e irresponsabilidad tienen consecuencias graves sobre el medio natural, y que
enfoques individualistas o centrados exclusivamente en nuestras necesidades no
son suficientes para arreglar el problema.
Replantearnos esta relación requiere no sólo un distinto enfoque ético, sino también nuevas perspectivas sociales y económicas. De eso depende tanto nuestra supervivencia como la de los ecosistemas, los factores bióticos y abióticos que los componen, las interacciones y redes de flujo que ocurren dentro de ella. El conocimiento ecológico, entonces, no puede quedar sólo en recomendaciones sobre el control de especies. Debe ser un trabajo social profundo, que contribuya a reorganizarnos para alcanzar una integración completa con un planeta al que hemos descuidado por demasiado tiempo.
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