Hablemos de nuevo (y mejor) acerca de la des-extinción

 No es extraño que la ciencia sea vista como algo más que una actividad que genera conocimiento. Para algunos es un negocio. Y como tal, están más interesados por presentar resultados de investigación por cuestiones económicas o la espectacularidad de lo descubierto antes que por su aplicabilidad. Buscar un apoyo económico no tiene nada de malo: lo debatible es cuando vendes tu logro como algo mayor a lo que es para jugar con los intereses e ilusiones de muchas personas, y encima lo haces dentro de un campo muy cuestionado de enfoque científico. Esto puede generar confusiones y problemas, y la atención pasa de lo que un avance científico realmente es a lo que supuestamente podría hacer.

Hablemos entonces de una noticia muy comentada la semana pasada. La empresa de biociencias Colossal, enfocada en edición genética con propósitos de des-extinción de especies, reveló que lograron producir una cepa de ratones con siete variantes genéticas del mamut lanudo, siendo unos animalitos con un pelo mucho más largo, abundante y rojizo de lo regular. De acuerdo con George Church, biólogo de Harvard y cofundador de la empresa, el hecho de poder diseñar adaptaciones genéticas es un paso importante en la des-extinción, a través de la genética, de especies como el mamut y el tilacino.

El logro fue comunicado por varios medios y divulgadores como “obtienen ratones peludos con genes del mamut”, lo cual sin duda puede dar la impresión de que se insertó ADN del mamut en la cepa de ratones de Colossal, pero en realidad se trata de un proceso mucho más interesante. Lo que hicieron los investigadores fue revisar y comparar 121 genomas de elefantes y mamuts, con el fin de identificar aquellas variantes genéticas relacionadas con rasgos como el pelaje y las adaptaciones al frío. A continuación, editaron varios genes similares en los ratones a partir de una variación de la técnica CRISPR, de modo que pudiesen obtener variaciones fenotípicas cercanas a las que se conocen en los mamuts. En otras palabras, se podría decir que son ratones “mamutizados”.

Esta última idea refleja un cambio de enfoque que ha tenido el campo de la des-extinción. Desde sus inicios, y con la biología molecular permitiendo aislar el material genético de cientos de especies, se barajó la idea de que podía usarse el ADN conservado de especies extintas para resucitarlas, quizás a través de clonación e inserción de cigotos en especies emparentadas. Cuando con el tiempo pudimos entender que el estado de conservación del ADN no es suficiente para semejante hazaña, se reformuló la idea para, en su lugar, concentrarse en modificar el genoma de especies cercanas a las extintas, algo en lo que la edición genética juega un papel importante, tal como se hizo en Colossal con los ratones mamutizados: editar genes para obtener variantes relacionadas con los rasgos físicos de las especies extintas. En estos casos, más que una des-extinción propiamente dicha, estaríamos hablando de una recreación cercana a la especie extinta, pero no será propiamente dicha especie. En el caso del mamut lanudo, Colossal propone la edición correspondiente en embriones de elefante asiático, la especie más cercana filogenéticamente en la actualidad, para lograr recrear a este gran mamífero extinto en tierras continentales hace unos 10.000 años.

Por supuesto, no todos los científicos son tan optimistas con los hallazgos y proyecciones de este estudio. Algunos señalan, por ejemplo, que de lo revelado, parece que la mayoría de los embriones genéticamente editados no llegaron a término, lo que resulta una limitación importante en la aplicabilidad de la edición. También es debatible que la investigación se haya publicado en un trabajo que no fue revisado por pares. Igualmente se ha criticado que los investigadores no hayan esperado a publicar antes de conocer efectos potenciales a largo plazo en la fertilidad o la propensión al cáncer de los ratones editados. Para algunos la variante de ratones no puede considerarse mamutizada, pues sólo son ratones con genes particulares que, en realidad, no tienen relación con los del mamut: es decir, son variantes genéticas propias de los ratones, no de los mamuts. Y los críticos en general no consideran que esto sea realmente un gran paso en la ciencia de la des-extinción.

En este momento es cuando tengo que hablar de otros motivos para hacer esta entrada. Hace unos diez años –casualmente en este mismo mes-, su servidor escribió una entrada hablando sobre el tema de la des-extinción. Y aunque algunos puntos que toqué en ese entonces se mantienen, en aquel tiempo era un poco más pedante y agresivo en mi escritura, sin duda tomando influencia de otros blogs de divulgación y crítica, por lo que descuidé seriamente el profundizar sobre varios tipos de críticas en torno al tema que nos vuelve a ocupar hoy. Por lo tanto, la presente entrada no es sólo para cuestionar ese nuevo enfoque en el campo de la des-extinción, sino también para corregirme a mí mismo y resarcir las carencias que tuve en aquel momento. Piensen en ello como una especie de reedición de la versión original.

Fotografía de un macho de quagga, subespecie extinta de cebra común, en el Zoológico de Londres durante los años 1865-1870.

Por supuesto, no puedo negar que la idea de la des-extinción tiene un buen gancho, pues apela tanto a emociones como a inquietudes que tenemos. Muchas especies extintas desaparecieron por causa de las acciones humanas, así que parece una justa actitud el esforzarse en recuperarlas; así mismo, los hallazgos en tecnología de edición genética pueden contribuir para programas de conservación en especies en riesgo de extinción. Además, reintroducirlas a sus ecosistemas originales puede ayudar a recuperar relaciones tróficas y de flujo de energía que se perdieron con su extinción, lo que podría entonces contribuir a su recuperación y fortalecer su resiliencia. Y hay que decirlo, la idea de convivir con mamuts o ver de nuevo al curioso tilacino o al dodo sin duda llena de júbilo y asombro. Entonces, existen razones éticas, ecológicas y por qué no, estéticas también, para apoyar los esfuerzos en des-extinción.

(Entre paréntesis: no voy a considerar argumentos que vi en redes sobre aprovechar económicamente las especies recreadas por comida o entretenimiento. Aparte de parecerme una ridiculez hasta irrespetuosa resucitar o recrear un animal extinto sólo para explotarlo, es un reflejo de mentalidades ingenuas y capitalistas sobre el uso de la ciencia y tecnología que debemos superar con urgencia. Cierro paréntesis.)

Pero claro, la realidad es un poco más complicada que eso, y así como existen razones para respaldarla, pues también hay razones utilitarias, éticas y ecológicas para cuestionar la des-extinción, tanto en su forma original como en su nuevo enfoque de recreación a partir de especies cercanas. Y a diferencia de lo que hice hace una década, le daré su correspondiente espacio a cada una, pues son tan importantes las consideraciones en costo/beneficio y los debates éticos como las problemáticas ecológicas que limitan el alcance y la efectividad de lo que puede decirnos el reciente logro de Colossal.

Empecemos hablando entonces del tema económico. Una de las críticas más importantes que se hacen a la investigación en des-extinción es que se esfuerzan tiempo y recursos en la “resurrección” de especies prehistóricas como el mamut lanudo –y hago énfasis en el mamut lanudo tanto por este estudio como por ser la especie emblemática de este campo-, cuando la tecnología no está ni cerca de ser probable de lograr semejante hazaña, existen cientos de especies en peligro que se beneficiarían de los recursos que se invierten en dicha quimera –los proyectos de des-extinción serían escandalosamente costosos-, y la reintroducción de especies extintas dentro de un ambiente que ya desapareció hace milenios o sigue afectado por los problemas que contribuyeron a su extinción en primer lugar acabaría teniendo un resultado decepcionante (sobre esto profundizaré más adelante). Como señaló el genetista Adam Rutherford en una columna de The Guardian, en un momento en el que la ciencia se ve amenazada por recortes enormes de presupuesto por parte de gobiernos como los de Trump, en especial en temas ecológicos y de conservación, se necesita el respaldo del público y del gobierno, y deberían ser prioritarias las especies existentes que requieren nuestro apoyo.

Podría decirse que es posible trabajar en la conservación de especies y al mismo tiempo tratar de recuperar aquellas extintas. Incluso podrían postularme, como mencioné antes, que los logros obtenidos en investigación con des-extinción podrían aplicarse en programas de conservación y reintroducción de especies a su territorio histórico. Si es así, ¿dónde está el enfoque en dichas especies? ¿Por qué se mantiene el empeño en la resurrección/recreación del mamut, cuando existen muchas otras especies actuales de las que se puede obtener una información genética más completa, y por lo tanto más útiles de investigar a nivel de clonación o edición? Es obvio que la idea de recuperar especies extintas ya hace tiempo es más atractiva a nivel público, estético… y económico.

Porque por supuesto, vende mucho más y llama más recursos la idea de resucitar al mamut lanudo que proteger las poblaciones del escarabajo enterrador americano (Nicrophorus americanus), en peligro crítico de extinción, no sólo por cuestiones estéticas, sino porque también transmite esa sensación de poder del ser humano, de ser capaces de revertir lo inevitable, de conquistar incluso la muerte en cierto modo. No tiene nada de malo intrínsecamente hacer experimentos científicos teniendo como meta conseguir apoyo económico, pero sí es cuestionable hacerlo desde, y presentarlo como, promesas que, o son imposibles de cumplir (como la des-extinción propiamente dicha), o encuentran salidas que no cumplen realmente con los propósitos de las promesas (como la recreación).

Hablemos entonces de la cuestión ética. Aquí, a diferencia de mi entrada original, tengo que tener en cuenta tanto al individuo que actúe como la hipotética madre en el experimento como al hipotético hijo. Como bien señala Rutherford, alterar genéticamente un cigoto o embrión para dar lugar implica muchas cuestiones que algunos no parecen considerar. El tiempo de gestación de la especie extinta vs. el tiempo en la especie existente, si los recursos de la madre (por ejemplo, la leche materna) son suficientes para permitir el desarrollo embrionario o alimentar a la cría de una especie que no es la suya, correspondientes diferencias conductuales… El hecho de que se proyecte con especies filogenéticamente cercanas no es suficiente, puesto que seguimos hablando de millones de años de diferencia, con lo que existen variables que no se están teniendo en cuenta.

Puede parecer irónico o contradictorio que lo traiga a colación, pero otro punto ético importante a considerar es tenido en cuenta por el filósofo Ben Bramble en su fallido artículo sobre eutanizar a especies depredadoras, sólo que él lo usa para justificar de forma chapucera una postura muy poco científica. Estamos hablando de unos pocos cambios genéticos –Colossal reconoce que una edición genética más precisa requeriría trabajar en miles de genes, así que prefieren enfocarse en unos cientos- que tardarían generaciones en asentarse, y que causen diferencias conductuales y ecológicas entre las crías y sus padres de la especie molde que afectarán el cuidado parental y las relaciones entre individuos, lo cual puede provocar mucha tensión y, por lo tanto, afectar la supervivencia del individuo recreado. Esto es especialmente importante si consideramos que, bajo el enfoque actual de recreación de especies extintas, ni siquiera vamos a obtener la especie extinta, sino un tercer organismo similar, pero que podría no compartir las mismas necesidades fisiológicas y comportamientos. Y no olvidemos que la edición genética también tiene riesgos importantes de producir defectos congénitos o afectar la fertilidad del individuo, por lo que, de nuevo, experimentos como los de Colossal se beneficiarían mejor de un seguimiento a largo plazo de los individuos editados.

Como Rutherford señala, ya contamos de hecho con un triste ejemplo de lo difícil que puede llegar a ser la aplicabilidad de la des-extinción, con el extinto bucardo (Capra pyrenaica pyrenaica), una subespecie de la cabra montesa extinta en el 2000. Tres años después de este lamentable suceso, causado por la cacería y la competencia con otros ungulados tanto silvestres como domésticos, un proyecto consiguió por fin una cría clonada a partir de tejido de Celia, el último ejemplar de bucardo conocido, pero murió a los pocos minutos de nacimiento debido a un defecto físico en el pulmón; otros 54 embriones habían sido implantados en cabras, pero ninguno logró desarrollarse o sobrevivir a la gestación. El bucardo tiene así el dudoso honor de ser la única especie –o subespecie- que se ha extinguido dos veces.

Cuerpo disecado de Celia, la última de los bucardos, en exhibición en el Centro de Visitantes de Ordesa en 2013.

Y estamos hablando de un organismo que no sólo existió justo hasta el cambio de milenio, por lo que deberíamos contar con un material genético de calidad decente –de hecho el proyecto de clonación del bucardo inició unos años antes de su extinción-, sino que además la cabra montesa todavía existe a través de otras subespecies, por lo que tendríamos otros genomas de referencia. ¿Es acaso menos arriesgado el proceso de edición genética de acuerdo con las variantes de especies extintas de las que no conocemos más que unos fragmentos de toda su información genética? ¿Realmente sería ético experimentar con un organismo en desarrollo, teniendo tantos riesgos y variables impredecibles?

Finalmente queda la cuestión ecológica. Aquí no tendría que explicar demasiado, porque el argumento en esencia es el mismo de hace diez años, pero por el bien de esta entrada, ampliemos de nuevo. Una limitación importante en la des-extinción de especies es que su reintroducción en su territorio original es muy difícil, si no es que de plano imposible, ya que su ambiente desapareció por completo hace miles de años, o actualmente se encuentra afectado por los mismos problemas que contribuyeron a su extinción en primer lugar. De paso, estos detalles vuelven ilusoria la idea de que podrían contribuir a la restauración de los ecosistemas.

En el caso de especies extintas en tiempos prehistóricos como el mamut, no es sólo que su hábitat se haya reducido: es que directamente ya no existe. El mamut lanudo vivía en condiciones climáticas y ambientales específicas al período de glaciaciones, y las tundras esteparias, en su momento el bioma más extenso del planeta, que daban espacio y sustento a la especie desaparecieron por completo. Si tu hábitat ya no existe, realmente no tienes nada que restaurar, mucho menos en un planeta con un clima cada vez más cálido. Además, la especie desapareció en general hace unos 14.000-10.000 años –un par de poblaciones insulares en el Ártico sobrevivieron hasta hace unos 4.000 años-, muy probablemente tanto por la reducción de su hábitat y el cambio en las condiciones climáticas como por la presión de cacería de las poblaciones humanas: todo su espacio fue ocupado por otros biomas y otras especies que cuentan con una red trófica ya establecida. Pretender introducir una especie que desapareció hace milenios en otros ecosistemas sólo sería una alteración que se suma a las que el descuido y explotación de la especie humana ya comete, o simplemente conduciría a una segunda extinción, dada su dificultad para ajustarse a condiciones tan distintas a las que la especie experimentó.

Salgamos de la historia del mamut lanudo y pensemos en una especie extinta en tiempos recientes. Pensemos en el tilacino o lobo marsupial, un carnívoro australiano que desapareció a la vista del ojo público en 1936 con la muerte del último ejemplar en cautiverio –aunque un estudio de 2023 especula que la población silvestre podría haber sobrevivido hasta los años 1980 e incluso 2000-, y con el cual Colossal también ha estado trabajando para recrearlo a partir del dunnart de cola gruesa, asegurando incluso que desarrollaron un útero marsupial artificial. Contemplemos nuevamente las razones de la extinción del tilacino: caza indiscriminada por los humanos debido a que se le creía un peligro para los animales domésticos; destrucción de su hábitat; cambios climáticos en tiempos recientes; y la competencia con el dingo –el cual, para quienes no lo sepan, no es realmente un cánido nativo de Australia, sino un descendiente de poblaciones ferales de perros domésticos-. Estas condiciones persisten hasta la actualidad. Recrear al tilacino para reintroducirlo en su hábitat original sería someterlo de nuevo a estas problemáticas, y nos arriesgaríamos a una segunda extinción por lo que, antes de entretener la idea de des-extinguir la especie, el esfuerzo debería ser primero y principal restaurar las condiciones que permitieron que el animal prosperara en la vida real.

Y es que, volviendo a lo que he señalado varias veces, existen muchas especies actuales en peligro y muchas regiones y ecosistemas que requieren enormes esfuerzos de conservación. Las propuestas de des-extinción son interesantes, pero son distractoras, éticamente cuestionables y potencialmente infructuosas a nivel ecológico. La restauración de ecosistemas y la lucha contra el cambio climático necesitan primar en cuanto al apoyo económico y político, si es que de verdad se pretende perder el tiempo con recrear especies desconocidas para que intenten suplir el nicho ecológico de las que ya desaparecieron.

Dicho eso, ¿tendríamos que estar dedicando esfuerzos en la des-extinción? Creo que los dilemas éticos de la experimentación necesitan considerarse mejor, tanto para los embriones alterados como para las madres, y por lo menos, en el caso del tilacino, es claro que Colossal lo tuvo en cuenta al buscar desarrollar un útero artificial. En todo caso, como ya se ha dicho, seguimos hablando de desarrollar individuos que no serían ni la especie progenitora ni la especie extinta, un híbrido a reintroducir en un hábitat que desapareció o que no lo puede sostener, y para el que realmente es debatible que esté adaptado. ¿Es ética entonces una intervención de ese nivel con tantas incertidumbres? ¿Lo hacemos realmente por el bien de los ecosistemas, por justicia ambiental, o simplemente porque nos interesa ver vivas a esas especies?

Porque querer verlas vivas por la salud de los ecosistemas y querer verlas vivas sólo por querer verlas son dos cosas completamente diferentes, y lo segundo es simplemente nuestro ego hablando. A mí también me encantaría ver vivo al mamut, o conocer a la huia de Nueva Zelanda, pero si fuese a costa de su bienestar por la pérdida de su hábitat natural, que no existe ya o no se ha podido recuperar, pues lo cierto es que no lo vale. Debemos ser cuidadosos de no promover una visión científica solamente por placeres intelectuales o estéticos. Y por supuesto, si lo que pretendes desarrollar es un tercer organismo, sólo que con ciertas similitudes a una especie extinta, ¿realmente estarías contribuyendo a los ecosistemas con ello?

Ilustración de J.G. Keulemans, pintada hacia 1900, de una pareja de huias (hembra a la izquierda, macho a la derecha), junto a una hembra de color blanco.

No creo que los hallazgos en proyectos de des-extinción sean completamente inútiles. Creo que la información podría utilizarse en programas de conservación de especies existentes. Pero considero que estamos muy lejos de lograr algo que podamos considerar una verdadera des-extinción, y realmente dudo que lo consigamos. Entonces, me parece que deberíamos ser un poco más humildes y mesurados en cuanto al alcance de estudios como los de Colossal.

Siempre es bueno tener algo de optimismo con lo que podemos lograr a través del progreso científico. Pero que la ilusión no nos haga engañarnos a nosotros mismos y a otros con ilusiones que están muy lejos de cumplirse. Sobre todo cuando toman nuestra atención y la desvían de otras cuestiones que sí podemos resolver.

 

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