domingo, 22 de marzo de 2020

Errores comunes antes o durante las epidemias que debemos superar


Introducción

Como no creo que el lector promedio de este blog viva con la cabeza metida en el piso, seguro están enterados que, debido al recrudecimiento del brote de SARS-CoV-2 alrededor del mundo (al punto que ya fue declarado pandemia), varios países han tenido que tomar medidas drásticas para contener la expansión del virus, como declarar cuarentena entre la población, limitar la acumulación de productos por parte de clientes, cerrar aeropuertos y restringir la movilidad de la población entre y dentro de sus territorios, a fin de no repetir situaciones lamentables como las de Italia o España.



Se dice que en situaciones de crisis es donde la especie humana muestra su verdadero talante, pero por desgracia rara vez ocurre de una forma que podamos llamar colectiva o intrínseca. La verdad a menudo prima el individualismo, el “primero yo, segundo yo, y tercero yo”, por lo cual el manejo de una crisis saca más bien el carácter de cada persona por separado. Y por triste que sea, como buenos animales, el egoísmo primitivista es de las cosas que más vemos en tales circunstancias.

Entre estos episodios, repetidos a lo largo de la historia humana, se encuentran las epidemias. Sea a nivel local o como una pandemia atroz, los brotes masivos de enfermedades infecciosas han tenido patrones comunes en el comportamiento social de nuestra especie que terminan contribuyendo a facilitar su dispersión. También, por supuesto, han ocurrido en ocasiones circunstancias históricas que dieron pie al surgimiento de epidemias, y que se vieron muy favorecidas por distintos errores cometidos.


No es mi intención compartirles la depresión con un post pesimista. Al contrario, como concluyó el popular youtuber Dross (no me linchen) en su reciente top 7, hemos salido de situaciones mucho más graves que esta pandemia actual, y lo cierto es que ahora contamos con recursos mucho mejores para defendernos. Al contrario, lo que busco es que entiendan y no repitan las equivocaciones del pasado y el presente, para tratar de mitigar el impacto de estas nuevas plagas. Así que, repasemos un poco de historia y veamos cuáles han sido los errores y circunstancias que contribuyeron a las epidemias que nos han azotado desde los albores de la civilización.

Deficiencias en salubridad y salud. Esta es una de las más obvias: un país con carencias graves en su sistema de salud y en la salubridad será siempre más vulnerable a una epidemia, por lo cual en casos como el actual siempre hay una preocupación especial por los países en desarrollo y los más pobres.

Hoy en día aún nos topamos con esta problemática. Por ejemplo, tan sólo en 2018 se estimaron unos 228 millones de casos nuevos de malaria, y más del 90% de ellos se encuentran en el África subsahariana, donde el impacto socioeconómico de la enfermedad es tan severo que están entrelazados: no es sólo la pobreza la que contribuye a la persistencia de la malaria, sino que es la misma extensión de la enfermedad la que genera dicha pobreza. También, si nos fijamos en los brotes epidémicos de Ébola, veremos que han ocurrido en países con limitados recursos en salud, y a menudo azotados por conflictos (volveré a este punto en el siguiente error), lo cual deriva en su extensa duración (para citar un caso, el brote de 2013 en África Occidental se prolongó por tres años). Y a nivel de salubridad, en un caso puntual, la razón por la que a los grupos de riesgo más vulnerables al SIDA se les llamaba inicialmente “el club de las 4 Hs”, es porque entre ellos se encontraban los heroinómanos y otros consumidores de drogas intravenosas que a menudo compartían las agujas (en un artículo de National Geographic de 2003 se estima que casi el 90% de los pacientes con VIH en Rusia son adictos que comparten material infectado).


A nivel de la historia, no tenemos más que recurrir a la epidemia más famosa: la Peste Negra. Si bien es cierto que las condiciones de higiene y salubridad en la Edad Media no eran tan terribles como nos han hecho creer algunos trabajos de ficción (de hecho, los artísticos renacentistas eran por mucho más repugnantes), sí es cierto que la densidad poblacional en las ciudades europeas y la ausencia de grandes infraestructuras de alcantarillado y desagüe, combinada con la ciencia médica un tanto rudimentaria de la época, facilitó la proliferación de los principales transmisores de la enfermedad: las ratas.

Conflictos geopolíticos. En síntesis, las guerras. Los conflictos entre poblaciones a menudo dan lugar a epidemias, puesto que tanto el hacinamiento de una ciudad sitiada como las condiciones insalubres de un campamento dan pie a que se diseminen epidemias severas. De manera similar, el contacto entre diferentes poblaciones también incrementa el riesgo de intercambio de diversos patógenos que pueden ser peligrosos para grupos que no han desarrollado inmunidad alguna, o carecen de un sistema adecuado de salud. El caso más conocido, por ejemplo, sería el del impacto de la viruela en el imperio mexica durante la invasión de Cortés, pero hay otros que podemos resaltar incluso en tiempos modernos: como destacaba en el apartado anterior, la fragmentación territorial debido a guerras civiles en países como Sierra Leona y Liberia dificultaron mucho la contención del brote de Ébola en África Occidental. No obstante, toquemos un par de casos históricos.

Durante el segundo año de la Guerra del Peloponeso (431-404 AEC), Atenas, consciente de la superioridad de los hoplitas de Esparta en un combate a campo abierto, decidió enfocarse en llevar la guerra a nivel marítimo, y mientras tanto llevó a la población de asentamientos cercanos a refugiarse dentro de la polis, la cual de por sí tenía una gran población. Ese hacinamiento provocó el brote de una epidemia que mató entre 70.000 y 100.000 personas, entre ellos el líder ateniense Pericles, lo cual algunos consideran contribuyó a la decadencia del dominio de Atenas y su posterior derrota. Hoy en día, gracias a hallazgos arqueológicos y registros de la época, historiadores y médicos sugieren que la Plaga de Atenas fue causada por tifus, el cual habría entrado a la ciudad por el puerto del Pireo, única fuente de suministros.

La Peste de Atenas, cuadro de Michiel Sweerts.

También tenemos el caso de la “gripe española”, la pandemia más mortífera de los tiempos contemporáneos. Aunque no se sabe con exactitud el origen de la cepa, se sabe que a finales de 1917 había reportes de unos extraños casos de influenza en campamentos militares de Estados Unidos y el Reino Unido durante la Primera Guerra Mundial. El hacinamiento y la amplitud geográfica de la Gran Guerra contribuyeron a la transmisión y, posiblemente, la mutación del virus, lo cual lo convirtió en una pandemia que tan sólo en dos años llegó a matar entre 70 y 100 millones de personas a lo largo del mundo, cobrando la vida de personajes importantes como el reelecto presidente de Brasil, Francisco de Paula Rodrigues Alves, el poeta francés Guillaume Apollinaire y el pintor austríaco Egon Schiele, pero a la cual también le sobrevivieron figuras como Alfonso XIII de España, Franz Kafka y Walt Disney.

Difusión del pánico y desinformación. Aquí me quiero centrar en este como un error más moderno, puesto que el pánico en otras épocas va muy asociado a las supersticiones, tema del siguiente error, mientras que en los tiempos actuales la desinformación va mucho de la mano con las teorías de conspiración sobre tal o cual gobierno (por lo general Estados Unidos) y una desconfianza general en la ciencia.

Por ejemplo, y retomando el caso del Ébola, en su momento comenté sobre una teoría conspiratoria acerca de su falsedad, tan descabellada como irresponsable. No obstante, resulta que semejante cadena tan rara sí podría haber sido concebida por un africano, dado que en las poblaciones afectadas por la fiebre hemorrágica hay un fuerte rechazo a la medicina “occidental”, ya que entra en conflicto con muchas tradiciones de los pueblos afectados, y muchos la consideran causante de la epidemia misma, por lo cual muchas veces se dificulta implementar las medidas sanitarias requeridas. Otros, como la cadena del supuesto africano, hablan de que la enfermedad era un fraude, y los tratamientos de las organizaciones de salud eran los causantes de las muertes. Y los más temerosos llegaban a creer que los médicos estaban robando los órganos de los pacientes afectados por Ébola.



Con la actual pandemia de SARS-CoV-2 no ha faltado esto, por supuesto. Ya les había mencionado un poco sobre la idea de que Contagio estuvo inspirada en un plan previo para generar la epidemia, pero por supuesto la hipótesis de un virus diseñado ha sido persistente a través de estas semanas. Mi amigo David ya desmintió varias ideas conspiranoicas sobre el origen de la cepa, y no dejan de salir nuevas hipótesis. Ahora hay un hilo en Twitter que asegura (sin pruebas, por supuesto) que el virus fue creado a partir del SARS y el VIH, y una supuesta revelación de Noam Chomsky sobre el SARS-CoV-2 como una estrategia de Estados Unidos y el grupo Bildeberg para debilitar a China y establecer el “Nuevo Orden Mundial”, paparruchas que no voy a compartir aquí porque, como dije, mi interés no es generar pánico con fantasías mamertas más propias de un tipo con sombrero de aluminio que de una persona seria.

Seamos claros: el SARS-CoV-2 es de origen natural. Un estudio reciente publicado en Nature Medicine comparó las secuencias genómicas de la cepa con otros coronavirus y confirmó lo que otros análisis ya sospechaban: las mutaciones presentes en su arquitectura y estructura molecular son resultado de evolución natural, compartiendo rasgos con cepas de coronavirus presentes en murciélagos y pangolines, por lo que se descarta alguna manipulación artificial, cosa que de todos modos es muy difícil de lograr en un laboratorio, y mucho más lograr convertirlo en una supuesta arma biológica (a ver, que sería más práctico soltar una cepa de viruela en Beijing). Es más: ya en 2015 un estudio había advertido que distintas cepas de coronavirus presentes en murciélagos fruteros tenían potencial para una transmisión cruzada a los humanos. En estos momentos, compartir información equívoca y teorías de conspiración por mero antiyanquismo y desconfianza en la ciencia no sólo es necio: es irresponsable y criminal.

¿Así o más directo? Y no: Cuba no tiene ninguna vacuna, y el interferón no sirve para curar un coronavirus.

Supersticiones y tradiciones. Aquí no quiero hablar de la religión en particular, sino del pensamiento metafísico en un sentido general y tradiciones asociadas, pues no son sólo las instituciones clericales las que en ciertos momentos empeoran una epidemia, sino también determinados ritos y costumbres culturales. Y seguro que lo primero que pasa por la cabeza de muchos es la historia del exterminio de gatos durante la Edad Media y cómo contribuyó eso a la diseminación de la Peste Negra, pero aparte de un bulo papal de Gregorio IX donde se les asociaba con rituales satánicos pero sin convocar a su sacrificio, fechado un siglo antes del inicio de la Peste, se trata de una leyenda sin sustento histórico.

Sí es cierto, por otro lado, que el carácter de ordenamiento social de las religiones ha contribuido al carácter mortal de algunas epidemias. Las procesiones religiosas que se dieron durante la época de la Peste Negra agravaron la transmisión de la enfermedad debido a la migración de fieles, y los monasterios vieron a cientos de monjes fallecer debido a su reclusión y a la condición de santuario que se les ofrecía a los enfermos. En 1918, en plena gripe española, un obispo de Zamora desdeñó las medidas sanitarias para convocar a misas, conduciendo a que el pueblo español terminara con una mortalidad 10 veces mayor entre sus enfermos de influenza, en comparación con otras ciudades del país. Y la histórica oposición de la Iglesia Católica y otras denominaciones religiosas al uso del preservativo también ha hecho daño en los esfuerzos por limitar la propagación del VIH. Aún hoy en día, casos como el de la infame paciente-31 de Corea del Sur, que se estima pudo haber contagiado a más de mil personas por asistir a una congregación cristiana, o la irresponsabilidad de pastores que, enceguecidos por su fe, desoyen las recomendaciones de salud sobre grandes reuniones, dan cuenta de la religión como un factor de riesgo. Y seguro que no inspira mucha confianza el hecho de que Popayán, ciudad reconocida en Colombia por sus procesiones de Semana Santa, decidiera no suspenderlas a pesar de la actual coyuntura nacional.


Ciertas tradiciones también han generado problemas a la hora de contener epidemias. Uno de los factores más dramáticos en los brotes epidémicos de Ébola es que en muchos pueblos africanos hay un acompañamiento constante a los enfermos por parte de la familia, así como con los fallecidos, lo cual incrementa el riesgo de transmisión del virus al entrar en contacto con fluidos corporales del afectado; en Liberia, por ejemplo, no fue raro que familias enteras fallecieran por ese cariño. Así mismo, los rituales medicinales tradicionales siguen siendo importantes en muchos países (sin mencionar más baratos), por lo cual las campañas médicas que han combatido el Ébola desde su descubrimiento han tenido que adaptar su conocimiento y metodología sanitaria a la idiosincrasia tradicional, lo cual también ha generado cambios culturales de importancia en varios pueblos.

Y por supuesto, no olvidemos que las cepas virales surgidas en China y el sudeste asiático en las últimas décadas, incluyendo el actual SARS-CoV-2, tienen su origen en las costumbres agrícolas, alimenticias y “medicinales” de distintos pueblos. La deforestación excesiva obliga a diferentes especies a convivir en un espacio relativamente pequeño, lo que facilita la transmisión de distintos patógenos entre sí. De manera similar, murciélagos, civetas y pangolines son explotados por su carne u órganos en diferentes países, entre ellos China, donde el pangolín sufre una intensa presión de tráfico ilegal por culpa de la medicina tradicional, siendo el mamífero más traficado del planeta. Esta persecución es otro ingrediente para la transmisión y mutación de diferentes microorganismos, tal como se ha evidenciado en el estudio mencionado antes. Es necesario replantearse el valor de diferentes herencias culturales que a largo plazo constituyen una amenaza no solo para nuestra especie, sino para el planeta en general, pues estas mutaciones pueden, en ocasiones, afectar a otros organismos.

Ocho toneladas de escamas de pangolín, procedentes de Nigeria, confiscadas en Hong Kong en 2019. Toneladas.

Decisiones políticas. Estupideces como la que decidió Boris Johnson en un principio para Reino Unido (menos mal que un informe serio lo hizo darse cuenta de su insensatez), o la vacilación de presidentes como Duque y Piñera a la hora de asumir medidas drásticas para contener la llegada del SARS-CoV-2, no son algo nuevo en la historia de las epidemias humanas. Tal como mencioné al principio de esta entrada, situaciones de crisis como una epidemia demuestran el talante de los líderes. Y por decirlo de un modo amable, muchos se quedan cortos al respecto.

Por ejemplo, durante la pandemia de influenza de 1918, debido a que aún se combatía la Gran Guerra, los censores de la época, a fin de mantener la moral de la gente y el ejército, minimizaron los reportes de fallecidos por la enfermedad en varios de los países involucrados en el conflicto, lo cual hizo que la gente no tuviera conciencia de la situación sino hasta mucho tiempo después, y además retrasó el control de la enfermedad. De hecho, si se le conoce como gripe española es porque en España, que no participó en la guerra, la ausencia de censura hizo que se tuviera la impresión de que la pandemia era mucho más grave allí.

Y aunque China ha sido aplaudida por su manejo de la actual pandemia en sus principales ciudades, lo cierto es que también se le ha señalado de haber informado tarde a la OMS de su situación, y de censurar a muchos médicos y periodistas que empezaron a reportar sobre la gravedad del síndrome respiratorio. Y hay que decir que este comportamiento no es ni ajeno a su régimen autoritario ni tampoco algo nuevo: durante la epidemia de SARS a inicios del milenio, el brote inició a mediados de noviembre en la provincia de Guandong, pero el gobierno censuró la prensa por fuera de esta región y no reportó a la OMS del riesgo sino hasta febrero del año siguiente; además, debido a las condiciones de cooperación entre el gobierno chino y la OMS, se le negó la entrada a Guandong a un equipo médico enviado al país. No fue sino hasta abril que el gobierno, azotado por las críticas dentro y fuera de sus fronteras, decidió cambiar sus políticas en cuanto al manejo de la enfermedad.

Discriminación. Tristemente, esta también es una constante a lo largo de la historia de las epidemias que nos han azotado; de hecho, a menudo son las epidemias una causa directa de ello. Ya vimos un ejemplo vergonzoso al respecto en Neiva, Colombia, donde la casa de dos hermanas contagiadas de SARS-CoV-2, fue apedreada por la gente, a pesar de que ambas se encontraban en recuperación en el Hospital Universitario de Neiva, y en la reducción de ventas en restaurantes chinos por la estúpida paranoia de los samarios que les había mencionado en la primera entrada sobre el coronavirus.

No es inusual que los contagiados de enfermedades como viruela, lepra y tuberculosis sean rechazados, discriminados y aislados por la gente de forma bastante cruel debido al egoísmo y la ignorancia, lo que en ocasiones también ha hecho empeorar las condiciones de control de una epidemia. Cuando se descubrió inicialmente el SIDA, se le consideraba una enfermedad exclusiva de homosexuales y otros grupos de riesgo (el infame club de las 4 Hs), así que la atención y rechazo se centró en ellos, lo cual permitió que el VIH se propagara rápidamente, en especial en zonas como África y el Caribe. No se tomó conciencia de la gravedad de la pandemia y la importancia de los preservativos hasta que se detectaron los primeros casos entre heterosexuales y se comprendieron las causas de la enfermedad.

Los haitianos, que desde la década de 1970 estaban migrando a Estados Unidos, fueron uno de los grupos asociados y discriminados por causa del SIDA.

También determinadas etnias o grupos sociales asociados con una epidemia, tal como ocurre ahora mismo con la creciente sinofobia en el mundo, han sido maltratados durante estos episodios, con resultados muchas veces desproporcionados. Volviendo con la Peste Negra, frailes, peregrinos y gitanos, grupos que se desplazan mucho, fueron perseguidos como causantes de la enfermedad, pero quienes llevaron la peor parte, gracias a la dominancia del cristianismo, fueron los judíos dado que, por su rituales higiénicos y su aislamiento en guetos, sufrieron menos por la plaga, lo cual generó que fueran acusados de envenenar los pozos de las ciudades para contaminar a la gente (en la época se desconocía el papel de las pulgas en la transmisión) y condujo a masacres en ciudades como Toulon, Barcelona, Erfurt y Flandes. El episodio más incoherente fue la masacre de Estrasburgo, el Día de San Valentín de 1349, donde más de dos mil judíos fueron quemados vivos por la población de una ciudad a la que ni siquiera había llegado la Peste.

El pogromo de Estrasburgo, de Emile Schweitzer

Irresponsabilidad individual. La percibida inminencia de la muerte y la incertidumbre del futuro dan lugar a un individualismo extremo en las poblaciones en tiempos de epidemia, lo que conlleva a su vez a un relajamiento del comportamiento social y al desdén por normas y reglamentos. Las implicaciones sociales y económicas de este “pánico moral” son desastrosas.

De acuerdo con el historiador Tucídides, quien tuvo que vivir de primera mano la Plaga de Atenas, el miedo a morir provocó que muchas personas no sólo se entregaran a los excesos, pensando en que tal vez no verían otro amanecer, sino que también dejaban morir en soledad a los enfermos, puesto que nadie se atrevía a transportarlos; apilaban los cadáveres sin siquiera cubrirlos bien de tierra en fosas comunes (algo respaldado por la arqueología); los templos fueron descuidados y convertidos en santuario de moribundos e inmigrantes; y muchos metecos (ciudadanos no griegos), sin derechos políticos que se refugiaron en la polis falsificaron sus documentos para hacerse pasar por atenienses y gozar de sus facultades sociales. Aunque hoy en día es motivo de discusión, muchos señalan que esta degradación social, junto con la muerte masiva de personas, contribuyó a la pérdida de poder político y militar de la ciudad-estado y a su posterior derrota en la Guerra del Peloponeso.

Con la actual crisis del SARS-CoV-2, muchos países han dejado ver también la cara más egoísta e irresponsable de su población. En Estados Unidos, muchos jóvenes se están tomando a broma las recomendaciones de cuarentena por el percibido error de que sólo la gente más anciana o inmunodeprimida tiene riesgo de contagiarse o morir, pese a que la OMS hizo un fuerte llamado a considerar que las acciones de la juventud “pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte para otra persona”. Los graves casos de España e Italia ocurrieron precisamente porque muchas personas se relajaron también en sus rutinas sociales ante la situación o, por el contrario, entraron en un pánico tal que no obedecieron el aislamiento y se desplazaron a sus ciudades de origen, incrementando el riesgo de infección. Y la gente en Bogotá que decidió salir de la ciudad por el puente festivo antes del simulacro programado de cuarentena se encontró con la sorpresa de que no se les permitirá entrar de regreso el lunes, menos ahora que el país por fin decidió asumir cuarentena desde el próximo martes, una medida necesaria pero tardía. Como mencionaron en Bully Magnets, haciendo referencia al caso de la Plaga de Atenas y la falta de conciencia social en estos tiempos, “en caso de epidemia… no seas un ateniense de porquería”.




Conclusiones


Como mencionaba al principio, no me interesa generar pánico con esta entrada. Y sé que tal vez sea difícil verla con un tono optimista, pero mi vocación personal me lleva a ser realista. Lo que quiero es que, al menos en el mejor de los casos, los lectores tengan muy en cuenta una serie de comportamientos a nivel social, individual y estatal, que a lo largo de la historia han dificultado mucho la lucha contra grandes epidemias. Estas son cosas que debemos considerar siempre a la hora de hacer un mercadito, asistir al médico o poner un voto en las urnas pero, sobre todo, a la hora de pensar en un futuro.

Las enfermedades y epidemias son algo natural a la historia de muchas especies, y como primates no somos la excepción. Lo que debemos hacer es basarnos en las experiencias que ya hemos tenido en nuestra existencia, y tratar no sólo de tomar decisiones racionales en momentos de crisis, sino también mantener la cordialidad y la responsabilidad con nosotros mismos y las personas a nuestro alrededor. Saludos.

Adenda: como consecuencia del pánico por la pandemia, las pésimas condiciones de las instituciones carcelarias y la corrupción del INPEC dieron lugar en Colombia a un motín en la cárcel La Modelo, que dejó un saldo de 23 muertos. ¿En algún momento entenderemos en Colombia que los presidiarios también son ciudadanos sujetos de derechos?

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