domingo, 3 de junio de 2018

Lo que sigue tras la frustración de la primera vuelta

Como ya saben los lectores, el pasado domingo 27 de mayo se celebró la primera vuelta de las elecciones por la Presidencia de Colombia. Los ganadores e inmediatos contendientes en la segunda vuelta fueron, sin mucha sorpresa (de su parte, claro) fueron Iván Duque, el candidato del extremista senador Álvaro Uribe Vélez (y su ficha para el regreso del uribismo al Palacio de Nariño), y Gustavo Petro, el representante de la (resurgente) izquierda colombiana.

Hay mucho para decir de todo lo que ocurrió durante estas elecciones. Los que me siguen en Facebook habrán visto un resumen más o menos inmediato que puse al poco tiempo de conocerse los resultados, y después de unos pocos días de meditarlo detenidamente, voy a tratar de ampliar esas percepciones en esta entrada, al igual que exponer lo que viene en estas pocas semanas (la segunda vuelta es el 17 de junio) y lo que considero es más conveniente para que la gente que vaya a votar lo haga a conciencia.

Qué podemos decir, qué podemos decir… ¡¿Qué podemos decir?!

Es notable que estas elecciones hayan sido las más votadas en muchos años. Aproximadamente el 54% de los votantes habilitados en el país se presentaron a las urnas. No es suficiente: casi la mitad se quedó en casa, pero eso resalta la importancia que despertó en muchos colombianos la primera vuelta. Yo lo asociaría tanto al fervor que despertó el hecho de que dos de los tres candidatos progresistas tenían posibilidades reales de pasar a segunda vuelta (Petro y Fajardo) como al hecho de que los candidatos con más opción de enfrentarse en la misma sean los más polarizantes (Duque y Petro). Es complejo que tanto el fervor como el miedo hagan que la gente se movilice. Y aunque es posible que los resultados hayan decepcionado a muchos, lo cierto es que desde que se creó la Constitución de 1991, la concurrencia a segunda vuelta supera por mucho a la primera, por lo que es seguro que los candidatos intentarán apostar ahora por los indecisos.

Notable fue también que entre los tres candidatos progresistas la votación fuera de casi 10 millones de personas, lo cual creo que no entraba en los cálculos de nadie. Particularmente sorpresiva fue la remontada de Sergio Fajardo, que en el tercer lugar estuvo cerca de Petro por unos cuantos miles de votos. Es admirable ver que la gente está muy dispuesta a apostarle a las opciones alternativas, pero también incomoda saber que posiblemente habrían pasado incluso en primera vuelta de haber formado una gran coalición alternativa. Por desgracia, los egos y ambiciones fueron un lastre: Petro atacó una cena donde la coalición se reunió inicialmente porque querían, según él, “reducir a Petro”; Fajardo y Humberto De la Calle se negaron a una consulta entre los tres, a sabiendas de que Petro polarizaba mucho y creyéndose ya ganadores; De la Calle se echó la soga al cuello en la estúpida consulta liberal novembrina; y al final, las aspiraciones de César Gaviria a tomar sobras del poder del próximo Presidente, mejor si era Duque (a quien llamaré de ahora en adelante, y en sintonía con Matador, Tocineto), con la esperanza de un futuro similar para su hijo Simón, enterraron cualquier posible alianza entre los alternativos no petristas.

Aunque las encuestas recuperaron un poco de su credibilidad al marcar correctamente la tendencia de los votantes por Tocineto y Petro (excepto Cifras y Conceptos, que basándose en voto estructural predijo que Vargas Lleras pasaría a segunda vuelta con el candidato uribista), aún se quedaron cortas tanto en la participación masiva, algo imposible de medir con su metodología, como con el crecimiento de la Coalición Colombia. Algunas al parecer ya lo habían registrado, pero la prohibición de publicar resultados una semana antes de las elecciones es una limitante molesta que no permite evaluar el impacto de ciertos sucesos, como ocurrió con la sensación de los colombianos tras la firma del acuerdo de paz con las FARC en 2016, que pudo incidir en el exiguo triunfo del No.

Y hablando de impactos, parece que el efecto Maduro que temía el columnista de Semana Alfonso Cuéllar no ocurrió, o al menos no se sintió de momento. Para que entiendan: dado que Petro siempre fue (y aún es) muy afín al gobierno de Hugo Chávez, y sólo recientemente se desligó del régimen madurista al calificarlo de dictador, cosa que no hizo con el Comandante (quien en muchos aspectos sí que lo era), sin mencionar que apoyó públicamente la manipulada Asamblea Constituyente en Venezuela era posible que la previsible reelección del sucesor de Chávez generara un batacazo en la opinión pública al recordarles la idea conspiranoica de que un gobierno de izquierda nos llevaría a un colapso como el del vecino país. Sin embargo, parece que la estrategia de Petro de marcar sus diferencias con el gobierno chavista, aunque demasiado tardía y para muchos nada sincera, aligeró un poco la percepción. A pesar de la gran diferencia de votos que sacó Tocineto, lo cierto es que una buena porción de los mismos muy probablemente vinieron de otra fuente (a explicar en el siguiente párrafo), y el aporte del efecto Maduro fue poco o ninguno.

Un consuelo importante, aunque sólo a medias, fue la gran quemada de Vargas Lleras. El favorito de los partidos presidenciales, a pesar de que hasta hace poco rechazaba los acuerdos de paz, el que por ocho años (no nos digamos mentiras) estuvo haciendo campañas con subsidios y viviendas del estado, no alcanzó siquiera un 10% del total de la votación. Por una parte, debido a que las maquinarias y caciques regionales a los que recurrió no fueron estúpidos y decidieron apostarle al caballo ganador; es decir, Tocineto (de ahí buena parte de su votación total). Por otra, porque Vargas Lleras es el epítome de la política tradicional, el clientelismo, el oportunismo y la corrupción, al aliarse con decenas de políticos cuestionados, sacar su candidatura por firmas para evitar relacionarse con el desprestigiado Cambio Radical, el cual después se “adhirió” a su campaña de la cual nunca se desprendió realmente, al asumir del papel del candidato de un presidente al cual había criticado vehementemente por sus decisiones con el acuerdo de paz, y acoger como vicepresidente a un ministro hipócrita que hizo campaña por el Sí para después decir que había votado No en el plebiscito por “convicción”. Tampoco ayudó su personalidad seca, arrogante y belicosa, ni sus innumerables exabruptos como el ya memético coscorrón a un guardaespaldas, o como cuando hace poco dijo ser de los que no lloran, no supo dar un momento feliz en su vida, y llamó “chimbas” a las preguntas que le hacía la periodista Yolanda Ruiz.

Otro derrotado al que hay que ver con mejores ojos es a Humberto De la Calle. El candidato del Partido “Liberal” aceptó con bastante humildad los resultados y llamó a una posible alianza entre Fajardo y Petro, tanto que muchos ciudadanos empezaron una campaña llamada #UnaVacaPorDeLaCalle para recolectar parte de la deuda que el negociador de los acuerdos con las FARC debe asumir tras la fallida consulta interna de su partido. Hay que destacar como dije que, entre todos candidatos, fue por mucho el que llevó la campaña con más mesura y elegancia, aunque quizás eso le costó tanto en las urnas. Por supuesto, el inútil gasto de la consulta de noviembre y las proyecciones futuras de César Gaviria también le jugaron en contra. Como plus, hay que admitir que en los debates mostró tener bastante carácter, aunque quizás reaccionó de tal forma mucho después de lo necesario para la campaña.

¿Y qué podemos decir de Tocineto? Como comenté en Facebook, la verdad es que de sus muchos seguidores que vi en Twitter y –sobre todo- en Facebook fue muy poco lo que vi acerca de sus propuestas. Parecería que la razón por la que todos los uribistas votaron por el hombre fue porque así Petro no dejará el país junto con las FARC como la dictadura castrochavista de Venezuela, ni homosexualizará a la población infantil. Obvio eso sería una generalización apresurada, pero como comento es patético que en meses de campaña esos hayan sido prácticamente los únicos argumentos con los que yo me topé (y me sigo topando) para votar por Tocineto. Ah, y por supuesto, porque fue el que dijo Uribe. Lo que curiosamente también era el Juan Manuel Santos al que tanto insultan ahora.

Contra el bien general

No tardaron, por supuesto, las alianzas. La repugnancia de los extremos a los que han llegado ciertos políticos es de contemplar en HD, pero por ahora empecemos con la previsible, aunque no por ello menos oportunista, adhesión de Vivian Morales a la campaña uribista. Tras renunciar a la candidatura por ser ignorada y cuestionada por los medios (y por los votantes, pues nunca superó el margen de error en las encuestas), no bastaron más que unas cuantas palabras de Tocineto en una carta para unirse a un grupo político al que ella puso en aprietos durante la Fiscalía y cuestionó como senadora, y quienes la señalaron de corrupta y vendida por mucho tiempo. De poco valieron las advertencias del prófugo Andrés Felipe Arias, pues tanto Uribe como Tocineto se pasaron sus quejas por donde no da el sol, y con el cuento de la defensa de la familia tradicional recibieron a la Morales. Así, y con la derrota del pastor Jorge Trujillo (¿quién?) el domingo, el lechoncito se erige como el candidato de la derecha cristiana en Colombia.

Tampoco tuvo vergüenza Vargas Lleras, que tras la aplastante derrota en las urnas buscó el ala que mejor lo cobijaba y se llevó los puntos de su propuesta política hasta los pies de Uribe… perdón, de Tocineto. De manera similar, casi todos los congresistas del grupo santista, con “honrosas” excepciones, se ofrecieron de inmediato a una alianza con el porcino, aunque entrando por la puerta de atrás, como corresponde a quienes criticaron de frente la perspectiva destructiva de un nuevo gobierno uribista, con lo que básicamente regresaron a su viejo nicho uribista. Y los conservadores, que no estaban todos del lado de Pastrana cuando se alió con el senador Uribe, se metieron de inmediato bajo la sombrilla, pues el Partido Conservador siempre ha buscado alianzas con el mejor postor, y ni soñarían en trabajar con un izquierdista como Petro. Cuando menos parecen respetar mejor sus viejos principios, por estúpidos que sean, que el Partido “Liberal”.

El Partido “Liberal”… Esa ha sido la entrega más repulsiva de estos pocos días post-elecciones, y creo que la mayoría estamos de acuerdo en esto. En una prevista, y aun así repugnante e impactante, traición de los pocos principios que todavía tenían (como al forzar la salida de Morales de sus filas al exigir que se firmara un acuerdo de no disciminación), César Gaviria prostituyó su poco fortín político y se alió con la campaña uribista, lo que en pocas palabras quiere decir que la Unidad Nacional del gobierno de Santos pasó a estar en completo control de Tocineto. Unos pocos miembros del partido, y entre ellos el senador Juan Manuel Galán, rechazaron por completo las acciones de Gaviria al convertir el partido en su equipo personal de marketing familiar (o más bien, como señala María Jimena Duzán, salvar a su hijo Simoncito de las denuncias del caso Odebrecht), y llamaron a la resurrección de un Nuevo Liberalismo, como el que su padre Luis Carlos Galán creó en los ya lejanos ochenta, en vista de que el Partido Rojo (no merece llamarse Liberal) desechó el espíritu progresista que se supone deberían representar. Cabe destacar que su hermano Carlos Fernando, en Cambio Radical, también hizo algo similar con la alianza de Vargas Lleras; él y Juan Manuel no han sido los más consistentes con las ideas progresistas, pero al menos supieron reconocer la desvergüenza de sus líderes, aunque ya muy tarde. Como muchos han señalado en redes sociales, Gaviria ha quedado como el ejemplo de lo más bajo y arrastrado a lo que puede llegar un político en Colombia.

Tampoco aceptó De la Calle la decisión de su partido, aunque desde su postura ha optado por votar en blanco, ya que no se siente representado ni por Tocineto ni por Lord Petrosky; recientemente, el grupo de jóvenes de El País Primero se unió a la campaña petrista. Sergio Fajardo decidió votar también en blanco, aunque en su comunicado afirmó que era su opción personal, y que la gente que votó por él puede sentirse libre de escoger su camino propio. Desafortunadamente, esa reacción cayó muy mal entre los petristas y otros votantes, pero ya llegaremos a eso. En el resto de la Coalición Colombia, el Polo Democrático optó por apoyar en su mayoría a Gustavo Petro, como ya habían hecho varios miembros durante la campaña, con la obvia excepción de Robledo y el MOIR, quienes irán por el voto en blanco. Finalmente, la Alianza Verde dio vía libre a sus miembros electos de apoyar a Petro o al voto en blanco, pero ordenó abstenerse de hacerlo con Tocineto, quien consideran es un peligro para la democracia de la nación.

En otras palabras, nuevamente el fenómeno Uribe ha puesto a la mayor parte de las fuerzas políticas de Colombia en su bolsillo, y aunque quisiera ser optimista, sospecho que gracias a las maquinaciones y ambiciones de corruptos y miserables, la probabilidad de que la segunda vuelta tenga sabor a jamón serrano es muy alta.



Buenos presagios

Habiendo ya expuesto toda la situación durante y después de la primera vuelta, debo empezar entonces con una diatriba un tanto personal sobre mi postura hacia la segunda vuelta, las posturas que están tomando petristas y votantes del centro sobre el destino de dichos votos y las opciones del voto en blanco. Hace unos casi cuatro años expuse en una entrada de Nacionalismo inútil una pequeña opinión sobre el abstencionismo y el voto en blanco; parte de esa opinión ha cambiado, pero en esencia mi postura es prácticamente la misma, como verán aquí. Es posible, además, que en algunos momentos empiece a tomar un tono más fuerte, pero dada la manera tan fina en que muchos están pidiendo apoyo de los indecisos y “neutrales”, prácticamente estaría en sintonía, aunque no necesariamente con ellos.

No. No me gusta Gustavo Petro. Hay más afinidad ideológica con él que con Tocineto, todo hay que decirlo, y es cierto que ha participado de luchas importantes contra la corrupción y los nexos de decenas de políticos con paramilitares, pero como político me parece deficiente en varias cosas. Soy enfático en sostener que en personalidad y comportamiento político es exactamente igual a Uribe. Su proyecto político es interesante y muy bueno en varios aspectos, pero también bastante discutible y un tanto irreal para cuatro años: hay muchas promesas que no deja enteramente claras de cómo ejecutar, y ya sabemos que en Bogotá su desempeño como Alcalde, si bien no fue el desastre que sus detractores acérrimos aseguran, tampoco destacó como la maravilla que él y sus seguidores pregonan. No creo que sea una persona totalmente íntegra o de buen criterio en sus posturas y decisiones, pues apoyó la reelección de Álvaro Uribe en el Congreso y la de Alejandro Ordóñez como Procurador -y no me cuelen la excusa de que fue por decisión de bancada, que en el Polo hubo objetores de conciencia para ambos casos-, aun considera a Chávez un gran estadista, ignorando que ya hacía años que el régimen venezolano crecía en pasos dictatoriales, y sólo tardíamente reconoció a Maduro como un autoritario. No, Petro me genera muy poca confianza. Y aun así, a pesar del escepticismo que me genera un personaje como él, voy a darle mi voto.

No es por él. En otras circunstancias, habría votado en blanco sin que me temblara la mano. Si Colombia fuera más educada y agradecida, la segunda vuelta sería disputada entre De la Calle y Fajardo, pero no pasó, y estamos atascados entre los dos extremos de la política. Y eso implica dos escenarios no precisamente seductores, pero que ni por asomo son iguales. Y en vista de que las propuestas de Tocineto implican un escenario muchísimo peor para el país, cosa que ya he explicado de otras formas, prefiero ir contra él votando por Petro.

Porque el porcino no es más que la marioneta de Uribe, y eso lo sabe cualquiera con dos dedos de frente. Y aunque el maravilloso pasado del gobierno de Uribe debería ser suficiente para una repulsión generalizada ante el potencial triunfo de Tocineto, como sé que a muchos ni siquiera les importa lo que hizo el hombre les regalo razones de más para desconfiar: en un eventual gobierno uribista, ese adefesio que se hace llamar Centro Democrático tiene un proyecto legislativo presentado donde propone la eliminación de las Altas Cortes para creación de una sola, la elección del fiscal general de la Nación por parte del Presidente, acabar las funciones electorales de los magistrados ante dicha selección, eliminar la Comisión de Acusación y crear un órgano de investigación criminal que aligere la carga de la Fiscalía, lo que en castizo sería resucitar el cuestionado DAS, la entidad usada por el Gran Colombiano para hacer seguimiento a magistrados y políticos opositores. De triunfar semejante proyecto, el Ejecutivo estaría en manos de Tocineto, el Congreso de la nueva alianza uribista, y el propuesto Tribunal Constitucional Supremo seguramente estaría en sus manos, lo que equivale a un colapso de la independencia de las ramas del poder. Y eso es mucho más cercano a una dictadura como la venezolana que cualquier sandez que pudiera proponer Petro.

“¡Oye, pero no apoyes a Petro diciendo que es el menor de los males!” Oh, de malas. Que vaya a votar por Petro, o mejor dicho en contra de Tocineto, no significa que tengamos que hacernos pasito ni fingir cariño. Si no quedó la opción por la cual voté, me toca escoger por dos opciones que me representan poco o nada, y debo tragarme mis escrúpulos para optar a conciencia por una de ellas, sus seguidores van a tener también que tragarse sus escrúpulos y aguantarse que vote por dicha opción no por convicción, sino por principios propios. La ventaja con Petro es que no es muy probable que sufra de epilepsias antidemocráticas de perpetuarse en el poder, y aun si lo hiciera todavía tendríamos el contrapeso del Congreso y las Cortes para frenar sus desvaríos. Con el escenario planteado en un triunfo de Tocineto, tal cosa no sería posible. Y no nos digamos mentiras, que si alguien ha sido agresivo para tratar de endosar votos tras el domingo, esos son los petristas. Y aclaro de una vez que no son todos, pero sí una parte muy importante.

No había terminado la noche del domingo, y literalmente decenas de seguidores de Petro (o gente que votó por él) ya estaban maldiciendo entre dientes en redes sociales asegurando que los votantes de centro se iban a ir con Duque, y ciertamente en todo este tiempo he visto muy pocos que realmente lo hagan. Sí, obviamente yo soy sólo un caso de muchos, y mi experiencia no es evidencia suficiente, pero independientemente la reacción de muchos petristas en estos días ha sido desmedida y asquerosa, y no soy el único que lo ha visto. La estúpida decisión de Fajardo de ir por el voto en blanco les ha dado más motores: lo llaman tibio hijueputa, le rebuscaron que en el 97 apoyó a Uribe cuando era gobernador (convenientemente, no veo a ninguno quejarse cuando Petro apoyó la reelección y el nombramiento de Ordóñez), señalando que es (supuestamente, no estoy seguro) primo de la esposa de Uribe, como si familia fuera igual a apoyo, y en síntesis cualquier cosa que lo relacione con el bloque derechista de Uribe, porque si alguien no está con Petro, entonces al parecer es un uribista más. Y ni qué decir de cómo han tratado a periodistas que no votaron por Petro.

Tampoco se han salvado los que van a optar por el voto en blanco en segunda vuelta, ya sean líderes de opinión o gente cualquiera (volveré más adelante con mi opinión al respecto). Los acusan de cobardes, de Pilatos, de agrandados morales, de que van a regalar el país a Uribe y cosas muy similares, y de vez en cuando les explican por qué Petro es mejor opción que Tocineto. Petristas: la cosa ha escalado demasiado y muy mal. Bájenle ya al tono, que incluso su mesías tuvo que salir en Twitter al menos dos veces a pedirles que dejen la agresividad. Escogieron la peor estrategia para tratar de convencer a indecisos y votos en blanco, y adivinen a quién están ayudando con esa estupidez.

Y ya que les gusta señalar cosas del pasado, les recuerdo también que en 2010 Petro defendió el voto en blanco en segunda vuelta. “¡Oye, pero él le propuso una alianza a Mockus en ese entonces, y lo rechazaron!” Se me rompe el corazón. Si Petro hubiera querido dar un mejor ejemplo de conciencia y compromiso con el momento que atravesaba el país, y que es lo que alega ahora, habría votado igualmente por Mockus no por convicción, sino por saber que la idea de que un lacayo de Uribe quedara en el poder y continuara su nefasto legado era más peligrosa. Suerte tuvimos que Santos tuviera más carácter (o menos escrúpulos) y traicionara al Gran Colombiano. Fajardo ya había rechazado, probablemente de manera insensata, aliarse con él en primera vuelta, y era previsible que quizás mantendría esa línea para la segunda. ¿Por qué se supone que aceptaría ahora después que ambos se han atacado mutuamente? Ah, claro, que ahora Petro es el que va a segunda vuelta.

Sí, van de maravilla en su misión.


Los tres candidatos progresistas cometieron grandes errores en perspectiva: Petro por atacar desde un principio la naciente coalición creyendo que iban contra él, Fajardo rechazando cualquier alianza por creerse ya ganador, y De la Calle por someterse a la idiota consulta novembrina del Partido Rojo. A estas alturas ya no vale la pena analizar quién fue más egocéntrico o si hubo algún santo: esto no es el Cónclave del Vaticano. Hay que buscar mejores formas de sumar personas a la causa contra el regreso de Uribe a la Casa de Nariño, e insultarlos y llamarlos cobardes no es la forma.


Pero entonces, sospecho que muchos ya no están en plan de sumar, sino simplemente de insultar y burlarse. Ya he visto que creen que el centro nunca existió, que no tienen que convencer a nadie, que las acciones de Uribe en su gobierno y el oportunismo de los políticos son evidencia suficiente, como si los resultados del plebiscito en 2016 y los siete millones del candidato uribista no estuvieran dando un mensaje por sí mismo sobre lo que piensa la gente. Hay muchas denuncias de fraude a favor de Tocineto, cierto, pero hasta que no haya evidencias más sólidas y profundas, es muy ingenuo creer que una gran parte de esos votos vienen de gente afín con las ideas de Uribe, haga lo que haga, o que simplemente tienen miedo de Petro. Si creen que no tienen que hacer el trabajo de convencer a nadie, es claro quiénes son los verdaderos arrogantes.

Miren, Angélica Lozano eligió apoyar a Petro, tal como había decidido antes apoyar al candidato progresista que pasara a segunda vuelta, y ya hay varios que se sienten decepcionados porque decidió apoyar a un candidato que sienten no los representa en lo más mínimo. ¡Esa es la gente a la que deben convencer! Hay muchos que, por más que no quieran ver a Tocineto de Presidente, sencillamente no sienten ninguna afinidad por el candidato de izquierda y no lo apoyarán incluso en un momento tan crítico para el país. A esas personas pueden intentar convencerlas, y es posible que a pesar de todo lo logren. Pero con mejores argumentos: muestren las propuestas de Petro (miren, por ejemplo, cinco importantes diferencias en temas sociales y económicos de los programas de gobierno de ambos candidatos, que suele ser lo que más le preocupa a la gente), expliquen los riesgos de un nuevo gobierno uribista (ya mencioné arriba el problema de la pérdida de contrapesos entre las ramas del poder), pero sobre todo manejen mesura y respeto.

Suficiente de la diatriba contra los petristas cansones. Vamos con los votantes de centro. De entrada, aquellos que esperaron a que Fajardo hiciera pública su decisión de voto, o incluso eligieron únicamente lo que Fajardo dijera, simplemente no tienen criterio propio. En mi caso, yo ya tenía decidido qué hacer en caso de que ocurriera lo que ocurrió finalmente en las urnas: optar por el progresista que pasara a segunda vuelta, aun si era arrastrando al lastre del Partido Rojo como le hubiera tocado a De la Calle. Para ser personas que detestaban el fanatismo caudillista que tanto pulula dentro de las campañas del porcino y Petrosky, pues actuaron con muy poco criterio propio. Ustedes no fueron por una opción alternativa: sólo buscaron un caudillo nuevo.

Tampoco veo mucha coherencia con los votantes por Fajardo que prefieren irse ahora con la propuesta de Tocineto. A estos no los entiendo en verdad, y se me ocurren a lo tonto dos hipótesis. O 1): estaban buscando un candidato alternativo a Petro en general porque son de derecha, y Fajardo les parecía menos extremo que Tocineto (y si no fueron con De la Calle o Vargas Lleras, tampoco creo que vean con buenos ojos el acuerdo con las FARC ni el gobierno santista); o 2): simplemente le apostaron al caballo que veían ganador, y cuando Fajardo no pasó se sumaron al proyecto uribista. Las dos razones me parecen terribles porque, y en esto tienen razón los petristas que los critican, jamás buscaron realmente un cambio. Nada de lo que ofrece Tocineto es remotamente concebible como democrático y progresista, y los únicos cambios visibles son un giro de 360° hacia el pasado (sí, 360°). Si desde el principio ya venían con semejante disonancia cognitiva, no sé qué tan efectivo pueda ser tratar de convencerlos de cambiar su voto.

Quedan entonces las personas que van a votar en blanco y los abstencionistas. A ambos se les ha echado demasiada mierda encima, y si bien yo considero que estas opciones no son las mejores para una segunda vuelta tan compleja, rechazo nuevamente los ataques desmedidos contra tales votantes. Me sumo, sin embargo, al clamor general que les pide al menos reconsiderar su voto, pero con las salvedades que siguen.

El mensaje es por igual a votantes y candidatos que van por el blanco: no me resulta difícil comprender su postura. Ninguno de los dos candidatos que ahora van a ser elegidos en segunda vuelta ha sabido vender la suficiente tranquilidad con su posible mandato para hacerse vencedor. La mayoría de ustedes, si no es que todos, no pueden creer que vaya a salir algo bueno de un Presidente títere de un senador que en ocho años de Presidencia nunca tuvo reparos en perseguir opositores, buscar alianzas corruptas e incluso justificar ejecuciones extrajudiciales, y que ahora propone destruir el equilibrio de poderes del Estado. Y aún con todo esto, tampoco nos sentimos enteramente representados por un candidato populista que apela al resentimiento entre clases y las necesidades de la gente para proponer ideas de gran alcance y poca ejecución, y que ha tenido que retroceder muy a medias con ideas estúpidas como buscar una nueva Constitución que no le estorbe y el apoyo a gobiernos nada democráticos. Con esa perspectiva, es muy comprensible manifestar nuestro descontento contra la política actual con un voto en blanco, o incluso abstenerse por completo de votar.

Sin embargo, la realidad en estos momentos es que desde la Constitución del 91, se han realizado avances en materia de derechos a minorías, defensa de ideas opuestas a la tradición e importantes progresos que aún requieren ajustes hacia la paz. Y aunque los dos candidatos de segunda vuelta son incómodos para muchos, es en estos momentos la candidatura de Iván Duque (y noten la seriedad del asunto, que vuelvo a llamarlo por su nombre) encarna, tanto en ideas propias como las de sus aliados, la desintegración de todos esos avances que ya he mencionado aquí. Y ante tal panorama, un voto en blanco sólo es un voto menos que podría frenar a la gran mayoría que escogerá, basada en rencores viejos, engaños manipuladores y convicciones obsoletas, al arquitecto de dicha desintegración. Por eso les pido que reconsideren con objetividad su decisión. No es un voto por Petro, ni una patente de corso para que lleve la Presidencia a su antojo: es una herramienta para proteger el pluralismo y la defensa de nuestros derechos.

Y si a pesar de esto no puedo convencerlos, sólo me queda una petición por hacer: no se queden en el blanco o la abstención. Demuestren que no sólo van por la satisfacción de hacer lo correcto a sus ojos. Enfréntense a aquel que quede como gobernante del país: háganle saber que no se tolerarán desmanes ni megalomanías. El comediante George Carlin decía que son aquellos que no votan ni eligen a un presidente inepto los que tienen mayor derecho a protestar por ello: hagan que sea así. Vigilen casa paso del próximo Presidente. Demuestren que tienen suficiente criterio para no quedarse con la comodidad de su voto, que piden cordura y competencia de la próxima persona que ocupe la Casa de Nariño.

No siendo más, me despido por ahora. Si hay personas en desacuerdo con lo que he expuesto aquí, les pido como siempre que se tomen su tiempo para reflexionar. No sé si pueda escribir otra entrada en los próximos días, pero en todo caso es seguro que nos veremos después del 17 de junio.

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