jueves, 3 de septiembre de 2015

Por la irreverencia cultural

La semana pasada, nos enteramos que dos mujeres dalit (intocables) de 15 y 23 años en el estado Uttar Pradesh, en India, fueron condenadas por un consejo local de ancianos de una casta superior a ser violadas y expuestas desnudas en público. ¿Su crimen (si es que tal castigo puede siquiera considerarse)? En realidad, ninguno -de hecho los consejos de ancianos en India no tienen validez jurídica-. Su “castigo” viene porque su hermano tuvo relaciones con una mujer casada y huyeron del pueblo. En otras palabras, ellas deben pagar por los actos de su hermano.

Inmediatamente muchas organizaciones de derechos humanos protestaron en el mundo ante tal barbaridad. Amnistía Internacional lanzó una campaña para pedirle al Estado de la India que proteja a las dos mujeres. Lo curioso del asunto es contemplar el silencio de todos esos relativistas culturales que afirman que cada cultura es diferente, y que no podemos juzgarlas desde nuestra perspectiva occidental. Pensar en esto me hace darme cuenta que se necesita algo de irreverencia -no, no la irreverencia sin cerebro de muchos jóvenes- hacia la cultura y tradición de otros pueblos, y especialmente hacia las absurdas pretensiones de los relativistas.

Pido disculpas de antemano si el presente texto se hace rudo en ocasiones, pero es casi imposible dirigirse de forma amable hacia defectos de razonamiento tan patentes como el relativismo y la subjetividad al analizar una situación.

Durante mucho tiempo hemos vivido engañados bajo un doble rasero que nos permite hacer distinciones a la hora de emitir juicios sobre una costumbre o acto cultural, dependiendo del pueblo que la lleve a cabo, incluso aunque son semejantes, sin percibir que eso tiende a ser condescendencia o discriminación soterrada, o incluso peor: la justificación de muchas violaciones de derechos humanos. Y eso debe terminar pronto.

¿Es realmente comparable la burka con el bikini como instrumento de opresión, siendo que una prenda siempre es usada por decisión propia, mientras que la otra es generalmente impuesta? ¿Por qué creemos que los sacerdotes que aseguran que los desastres naturales ocurren por la homosexualidad de la gente son crueles charlatanes, pero consideramos que los wiwa de la Sierra son autoridad cuando afirman que un rayo que mató a los suyos es retribución de la naturaleza? ¿Por qué criticamos a los farsantes que dicen que pueden interpretar los sueños para conocer nuestro futuro, pero aceptamos que los wayuu tengan un sistema judicial donde las agresiones en sueños pueden incluso considerarse una ofensa real? ¿Cómo podemos permitir que en India aún se discrimine a las personas con base en un sistema de castas, y que dos mujeres sean condenadas a vejación por un crimen que ni siquiera cometieron?

Y sobre todo, ¿por qué nos resistimos a insinuar que tales sociedades son menos avanzadas o mejor dicho, más primitivas que la nuestra?

Sí, exactamente así te ves cuando lo defiendes.

Digamos que es comprensible nuestra reticencia. Aún cargamos con un sentimiento de culpa atávica. La Conquista, el colonialismo, llevan a cuestas un pasado brutal y opresor que es imposible de ignorar -aunque no es que, por ejemplo, los mayas o aztecas fueran muy diferentes-. La industrialización definitivamente ha tenido un impacto muy negativo en el medio ambiente, y amenaza a largo plazo nuestra propia supervivencia. Con tales cosas, no parece sensato enorgullecernos de nuestra sociedad moderna. Es por todo lo anterior que, de repente, los relativistas culturales creen que no tenemos ninguna clase de autoridad para juzgar las expresiones culturales de otros pueblos, por injustas o atroces que puedan ser.

El problema es que esta es una enorme falacia. Al razonar de esta manera, estamos ignorando que nuestros logros culturales, nuestros avances, sobrepasan por mucho los errores y crímenes que se hayan cometido en el pasado. Logramos superar la influencia de las supersticiones y la religión a través del uso de la razón, y gracias a ello nuestra sociedad alcanzó en pocos siglos lo que tal vez le hubiera tomado muchísimo más tiempo. Logramos crear una declaración de derechos fundamentales, no con los designios de un creador universal, sino usando la razón para comprender aquello que debe protegerse en cada ser humano, aquello que debemos respetar en nuestras interacciones. Derechos que muchas de esas culturas que neciamente protegemos bajo la premisa del relativismo cultural violan con bastante frecuencia -si quieren un ejemplo de sociedades grandes que no tuvieron una Ilustración, basta con voltear a Oriente Medio-. Las culpas atávicas sólo generan condescendencia y subjetividad cuando se intenta razonar, y esa es la receta perfecta para un deficiente análisis crítico de los hechos.

Decir que nuestras sociedades son más avanzadas por los logros que hemos alcanzado, sean tecnológicos o culturales, no es cuestión de racismo. El racismo implica una inferioridad biológica, y no es lo que yo estoy afirmando aquí. Simplemente, las sociedades europeas presentaron circunstancias históricas, ambientales, entre otras, que les permitieron desarrollarse hasta un estado mucho más avanzado que sociedades indígenas o tribus africanas. Puede decirse que, efectivamente, esas sociedades son más primitivas, pero esto no es discriminarlas, sino simplemente comprender que se encuentran en un estado de desarrollo mucho menor al que podrían alcanzar.

Y no, señores: ni las costumbres ni las tradiciones culturales merecen respeto. Se respeta que las personas decidan seguirlas -hasta cierto punto-, pero eso no las hace inmunes de ser cuestionadas, criticadas o ridiculizadas, especialmente si involucran lesionar a terceros, si terminan violando sus derechos fundamentales. Pecar de subjetivo y condescendiente cuando se analiza la conveniencia de mantener las tradiciones de algunos pueblos es muy peligroso, pues es ignorar e incluso permitir que se violen derechos humanos. Y lo podemos ver: hombres en muchos países de Asia que se casan con niñas que ni siquiera alcanzan la pubertad; ablaciones de clítoris; mujeres condenadas a la lapidación; criminales azotados y torturados; homosexuales condenados a la horca. Ejemplos hay muchos. Y ninguno merece reverencia alguna. Sea occidental, africano, indígena, asiático, etc., ninguno de ellos merece que se respete su cultura si esta implica sufrimiento o irracionalidad.


En muchas de estas atrocidades es difícil intervenir, puesto que muchas se encuentran en países que las tienen claramente establecidas en la ley (por ejemplo, los países musulmanes). No obstante, en otros países, donde lo que existe son jurisdicciones especiales, es más sencillo: las leyes del país se aplican a todos sus habitantes. No puede haber nadie por fuera de ello, por mucho que su pasado haya sido difícil. Los sentimentalismos no pueden, y no deberían, ser carta blanca para aceptar tranquilamente cualquier discriminación o violación a los derechos humanos dentro de una comunidad. Y no, no estoy hablando de imponerse por la fuerza, sino de educar, de integrar adecuadamente a nuestra sociedad a todos esos pueblos a los que tercamente insistimos en mantener aislados, como en una caja de cristal.

La conclusión en sencilla: si de verdad queremos que casos tan repudiables como el de las jóvenes en India termine, tenemos que ser honestos y consecuentes con nuestra intención, y dejar de pensar que no podemos juzgar a otras culturas desde Occidente. Después de todo, si no se pueden juzgar los actos de otros desde la lógica relativista, ¿por qué criticar las expansiones colonialistas? ¿Por qué aborrecer a Hitler? ¿Por qué cuestionar la Conquista misma? La premisa se cae sola por su propio peso.

El paso fundamental para lograr construir una humanidad más democrática, más respetuosa, es precisamente ser irrespetuoso a las costumbres que no merecen respeto. Es un proceso duro, es difícil, pero crear un cuerpo común de valores y reglas es muy necesario si de verdad se quiere crear una sociedad ideal, a diferencia de los relativistas culturales, cuyo proteccionismo por el multiculturalismo permite que tantos actos irracionales y crueles sobrevivan hasta nuestros días.

8 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Recibir eso de Gabriel Andrade es un mérito, y tiene razón, es bastante bueno.

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    2. ¡Muchas gracias! Sí, eso le comenté en Facebook. Es cosa de orgullo saber que mis reflexiones llegan a pensadores de ese nivel.

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  2. Tendre que seguir el blog del Dr. Andrade parece.

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  3. Una observación: la segunda pregunta del quinto párrafo se lee de manera extraña, como si faltara una parte.

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