martes, 29 de abril de 2014

Demasiado sensibles

Hace unos días, en una entrevista, el candidato presidencial Enrique Peñalosa contaba algunas de sus anécdotas de juventud en Estados Unidos. Entre esas, contó que tuvo que trabajar como obrero en una construcción por más de dos años, y que era “tan raso, que era el único empleado no negro de la obra. No digo blanco, porque como latino sólo estaba a mitad de camino”.

De inmediato, muchas personas pertenecientes a las negritudes elevaron quejas de indignación ante lo que les parecía un comentario racista y discriminatorio. Incluso, la organización Chao Racismo afirmó que la frase de Peñalosa “perpetua la reproducción de estereotipos e imaginarios infortunados para los afro. Con su manifestación asegura de forma vehemente que un obrero raso siempre debe ser negro y los trabajos de más baja calificación, remuneración e informalidad son destino forzoso y exclusivo para afrodescendientes”. Por ello, exigieron una disculpa del candidato, para evitar que se vulneren sus derechos.

Si usted no ve dónde está el insulto en la declaración de Peñalosa, no se preocupe: yo tampoco. Simplemente relataba una historia de su juventud. Claro, la frase quizás hizo evidente que en Estados Unidos, los afroamericanos suelen ser relegados a trabajos poco especializados (aunque hoy en día los inmigrantes ocupan muchos de esos espacios, y la cuota racial también balancea un poco), pero, ¿acaso decir eso es racismo? No: es simplemente decir la verdad acerca de lo que fue y sigue siendo un hecho social. Peñalosa no estaba tratando de decir que el negro está relegado a trabajar como un obrero, pero para muchos de nosotros es obvio que la discriminación laboral en muchos casos conduce a esto. Y el entenderlo de esta forma no nos hace racistas.

Desgraciadamente, muchos no lo vieron así, y ahora un excongresista interpuso una demanda penal a Peñalosa por racismo. Aún en el caso de que Peñalosa hubiera sido intencionalmente racista con su declaración, denunciarlo por hablar no es precisamente válido. La libertad de expresión consiste precisamente en decir lo que se piensa, aunque al otro no le gusta. Y sí, esto cobija a racistas, homofóbicos, misóginos, líderes religiosos que discriminan a los no creyentes, y otros más. Cosa con la que yo no estoy de acuerdo, pero la ley es ley.

Alguno verá una intención política tras la demanda. Dejando eso de lado, este confuso episodio revela que en las minorías sociales (y me incluyo por ser no creyente), nos hemos vuelto más sensibles y victimizados. Tendemos a malinterpretar o manipular las declaraciones de X o Y persona para gritar: “¡Discriminación!” a voz en cuello. Afrocolombianos que encuentran ofensivísima la palabra “negro” en general, ya sea en un chiste, como frase de amistad o cariño (como la expresión “mi negrita” de los enamorados, así la chica sea blanca como el queso), aun si no es usada hacia ellos; mujeres que pretenden criminalizar el piropo (que duélale a quien le duela, no es acoso, por grosero que sea, a menos que ocurra día tras día de la misma persona, y en una misma área), y que se molestan si uno no dice “niños y niñas”, o escribe ese adefesio lingüístico de “niñ@s” (sobre el lenguaje incluyente hablaré en otra entrada); ateos que gimen cuando un pastor acusa a los no creyentes de “inmorales”, y que echan la culpa de los males de la sociedad al crecimiento del ateísmo.


Algunos alegatos tienen razón. Sería insensato negar que aún exista en Colombia una fuerte discriminación hacia mujeres, negros, ateos, LGBTI y otras minorías. Ignorar esto es un acto de miopía atroz. Sin embargo, no podemos empezar a buscar infractores a cada vuelta de esquina. Hay que saber entender las frases. Hay que saber comprender los contextos. Hay que saber leer entre líneas. Y sobre todo, hay que comprender que nuestro trabajo para terminar con la discriminación es una labor social, consistente principalmente en la adecuada educación acerca de las diferencias que pueden existir entre las personas, formulación de ejemplos positivos, y la construcción de políticas que no sean condescendientes, sino simplemente justas y adecuadas. Nada logramos con llamar criminal al machista que lanza un piropo sucio, o al empleado que llama “negrero” a un jefe explotador. El trabajo es educar, no quejarse.

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