sábado, 24 de julio de 2021

Catálogo para una crítica balanceada de la ficción (Parte I)

En abril de 2021, el actor y comediante Hank Azaria ofreció en un podcast una disculpa pública por el racismo o su participación en alguna forma de racismo estructural, al haber interpretado por décadas al personaje de Apu en Los Simpson. Como sabrán, hace unos años el comediante Hari Kondabolu desarrolló un documental llamado El problema con Apu, en el que formaba un caso francamente endeble contra el personaje y el trabajo de Azaria, donde a mi juicio la queja más legítima era el tema de ser un acento falso y estereotípico, no que lo interpretara un blanco sefardí. Podrían haber optado porque Azaria consultara acentos locales de la India para hacer una interpretación más respetuosa, pero los productores de la serie han preferido reasignar los personajes “no blancos” a actores de minorías –irónicamente, Kevin Michael Richardson sí interpretó a un ciclista caucásico en un episodio de la reciente Temporada 32-, y Apu fue semi-retirado de la serie (ahora se limita a apariciones como personaje de fondo) mientras se decide abordar al personaje desde otra ruta creativa.

El documental ha generado reacciones en la industria animada, donde muchas empresas han tomado decisiones similares, y otros actores de voz han “pedido disculpas” por interpretar a personajes fuera de su etnia –eso sí, sólo actores caucásicos, al parecer-. El problema es que la equivalencia entre la actuación de voz y el blackface, como hicieron Kondabolu y Whoopi Goldberg en el documental, no me parece sostenible, porque hasta donde sé no hay algo como un fenotipo distintivo de voz entre diferentes etnias, y el tema de los acentos (que puede ser un motivo de discusión) podría resolverse con un poco de preparación, tanto del actor como de los productores y guionistas. El hecho de que tu voz sea lo que prestas para un papel es una ventaja porque puede ser usada con prácticamente cualquier personaje, y estoy de acuerdo con Harry Shearer, la voz del señor Burns (y quien ha sido uno de los más críticos con los mismos Simpson) en que limitar las opciones de estos papeles por cuestiones étnicas no es el enfoque adecuado.

El caso es que la noticia de la disculpa de Azaria me hizo pensar en cómo fallamos muchas veces (y hablo en plural, porque también me ha pasado) en ejercer y abordar las críticas a los productos de ficción. Hoy en día hay muchos debates por supuestos casos en que la “cultura de la cancelación” se fue lanza en ristre contra alguna serie o película, pero que casi siempre resultan casos sacados de todo contexto por el amarillismo en redes sociales. Sin embargo, sí es cierto que hay muchas críticas mal planteadas a distintos productos, tanto de conservadores que detestan la creciente presencia de minorías étnicas y sexuales, como de progresistas que moralizan sobre diseños de personajes o el uso de los mismos dentro de una historia. Y lo peor es que muchas veces las empresas, ante el riesgo monetario, deciden ceder a muchas de esas críticas sin fundamentos serios.

Por ello, se me ocurrió hacer una especie de catálogo con argumentos que deberíamos tener en cuenta a la hora de criticar una obra de ficción. No lo vean como una lista estricta de cómo hablar de un trabajo artístico, sino más bien como un puñado de sugerencias que nos vendrían bien a futuro, para que la próxima vez no nos estemos quejando porque una universitaria bajita tenga un enorme pecho, o perder la cabeza cuando alguien comenta que es curioso que Joss Whedon hiciera tantos planos… particulares de los atributos posteriores de Diana y las Amazonas –estoy seguro que están familiarizados con ambos ejemplos-. Algunos puntos aplicarán, otros no: depende que la crítica que vayamos a hacer, o de lo que intentamos responder. Trataré de ser sintético en cada caso, y poner un ejemplo más o menos breve (pero que sirva para comprender los puntos), ya que igual son bastantes sugerencias.

1. Mantén siempre a la mano el uso del principio de caridad.

Esto debería ser el eje primordial de cada crítica que hagamos o abordemos: en palabras del Rabino Meir, “una persona no dice cosas sin razón”. El principio de caridad sugiere que, para evitar un debate dominado por la irracionalidad y la falta de respeto o argumentación lógica, debemos interpretar las afirmaciones del interlocutor en la mejor y más racional forma posible. O sea, si una persona hace una afirmación, debemos asumir que está tratando de decir algo sensato o racional, y no señalarla con un dedo acusador con las peores invectivas y estigmatizaciones típicas en estos tiempos, donde parece que estamos más ocupados en presumir de nuestra conciencia moral que en ejercerla de un modo racional. Eso no genera un espacio de debate del que puedan nacer acuerdos, sino que termina fragmentando la diversidad de opiniones, llevando las más controversiales al extremismo y generando temor en las que buscan concordancia. Evitemos esto.

Un ejemplo rápido, para que se entienda, es el caso de la usuaria que llamaba transfóbicos a todos los que comentaban el dilema de si el personaje de Yamato en One Piece debía considerarse hombre o mujer. En ese artículo tengo expuesto de forma bastante amplia sobre el tema de la ambigüedad y significado contextual de muchos pronombres japoneses, y por eso es que puedo entender que haya muchos lectores que cuestionen si realmente podemos considerar al hijo de Kaidō como un personaje trans (de mi parte, como lo manifesté ahí, creo que por el momento no). Sin embargo, la mencionada usuaria no se molestó en siquiera abrir ese espacio de consideración: no, fue replicando el mismo meme acusador en cada comentario, porque para ella cualquier atisbo de discrepancia con lo que interpreta de la identidad de Yamato era transfobia. Y esto no es especialmente útil a la hora de responder a necesarias inquietudes sobre si es lícito limitar la interpretación de la identidad de género de un personaje por un argumento lingüístico debatible.

(Entre paréntesis: una explicación que se me ocurrió, a la luz de recientes capítulos del manga, es que su conflicto con Kaidō naciera porque, más que respeto con su supuesta identidad, su padre se esforzó en criar a Yamato como un hombre, y de forma abusiva para que se convirtiera en shogun de Wano a pesar de ser mujer –lo que explicaría que la narración la presente como “hija” a pesar de que todos la llaman hijo-, y que la frustración del Yonkō nazca porque “eligió ser un hombre” siguiendo el ejemplo del guerrero que casi lo derrotó, Oden. Cierro paréntesis.)

2. Procura tener en cuenta siempre el contexto sociocultural y temporal de la obra que estás abordando. Las culturas y las épocas anteriores no son una excusa, pero pueden funcionar como un marco para comprender lo que ves representado.

Una de las cosas primordiales a la hora de ejercer un comentario crítico es que las culturas cambian no sólo espacial sino temporalmente, así que es importante tener siempre en cuenta el contexto sociocultural y temporal de un trabajo de ficción cuando vas a hacer una crítica o replicar a una. Eso no significa que no se pueda evaluar el pasado con los criterios morales del presente, sino que tenemos que ser consecuentes con que ese pasado involucraba otros valores. Por ejemplo, no es que no se pueda criticar esa caricatura de Bugs Bunny donde se burlaban de los japoneses con estereotipos que hoy entendemos como racistas, sino que al hacerlo debemos tener en cuenta que 1): el corto salió en 1944, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, a la cual Estados Unidos entró por causa del ataque japonés a Pearl Harbor; y 2): caricaturas como los cortos de Looney Tunes estaban destinadas a un público adulto, antes de que la masificación de la televisión en los 60 generara un cambio en el objetivo demográfico de las producciones animadas. Entonces, no es que fuera un corto racista nada más por el gusto de ser racista, sino que nació en un contexto sociopolítico complejo, y buscaba dejar en ridículo al adversario de la nación en aquel momento: entendido así, se puede hacer la correspondiente crítica a la forma de presentar su mensaje sin tener que caer en un absolutismo moral.

Como espero que sea obvio, esto no significa que un producto de ficción de otra cultura no pueda ser cuestionado porque “esos son sus valores y hay que respetarlos”. Eh, no: las opiniones y creencias no se respetan; las personas sí, así que se puede cuestionar lo primero, y ello no significa que se esté atacando a lo segundo. Como un ejemplo menos negativo, a la hora de abordar la forma en que los shōnen nekketsu recurren al “poder de la amistad” –a veces abusando de ello-, vale la pena leer un poco sobre la filosofía confucianista que ha influido en las sociedades asiáticas; de paso, eso también permite entender por qué, curiosamente, la película animada de Mulan de Disney representó (hasta cierto punto) mejor el espíritu del poema chino original que el live action de 2020, a pesar de estar mucho más occidentalizada.

3. Una opinión o una crítica a una obra de ficción no constituye una cancelación. De manera similar, cuestionar un aspecto que podría ser abordado de mejor forma en una historia no constituye una crítica destructiva.

Como dije al principio, el temor a la “cultura de la cancelación” ha generado una paranoia tal que muchos en redes sociales malinterpretan (o intencionalmente sacan de contexto) cualquier opinión o crítica a una obra de ficción, pasada o presente, como si fuera una cancelación, siendo que muy a menudo ese no es el caso. De manera similar, también veo de vez en cuando reacciones negativas cuando alguien habla de una obra que le parece buena, pero que tiene algún aspecto mal trabajado o que se podría mejorar: hay gente que se lo toma como si fuera un ataque brutal que convierte todo lo demás de dicha obra en basura. Otra cosa es si se trata de opiniones debatibles o con poca solidez en sus argumentos, pero la debilidad argumental no es equivalente a una petición de censura (volver al Punto 1). Ninguna obra está exenta de ser sometida a debate o crítica, y el hacerlo no convierte por defecto a quien lo haga en un censor.

Un ejemplo reciente y bastante resonado fue la polémica con el personaje Pepe Le Pew de los Looney Tunes. En una columna de opinión en el New York Times, escrita por Charles M. Blow, un periodista de 50 años, hablando sobre otro tema, una mención breve sobre Pepe como un ejemplo de caricatura que “normalizaba la cultura de la violación fue enteramente sacada de contexto y convertida por muchos medios poco interesados en informar en una petición de eliminar al personaje por parte de los millenials y la “generación de cristal”, a lo cual penosamente vi sumarse a personas que creería tienen un mejor criterio al abordar noticias falsas. El periodista amplió después en sus redes lo que quería decir en ese comentario, como respuesta a las críticas, a pesar de que Pepe ni siquiera era el eje de la columna.

¿Presentó argumentos al menos razonables para una afirmación tan fuerte? Sí. ¿Son debatibles? Sí, como toda opinión. ¿Habló de cancelar al personaje dentro y fuera de su columna? No. Pero, parece que el prejuicio de muchos hacia la “generación de cristal” y la indignación por las cancelaciones reales pesó más que hacer una lectura profunda de la noticia original, y sin duda coincidir con la revelación de que el personaje no aparecería en Space Jam 2 no ayudó mucho. Para tener un mejor contexto de lo que realmente ocurrió, creo que estos vídeos de La Zona Cero y El Reviewer Random lo exponen muy bien.

Otro ejemplo: si a alguien le parece que un manga de combates como Shumatsu no Valkyrie podría haber sido mucho más rico argumentalmente con mayor presencia de diosas y heroínas humanas en su reparto, o con una mayor diversidad de divinidades de culturas más allá del típico panteón grecorromano y algunas religiones asiáticas, no está diciendo que el manga sea una basura, que quienes lo consuman sean machistas, o que el autor esté moralmente equivocado por no haberlo hecho; sólo está exponiendo su opinión de un aspecto de la obra que podría ser mejor. ¿Es tan devastador opinar de esa manera?

4. Una crítica a la moralidad de una obra, o de un personaje en ella, no es una crítica a tu formación moral o tu vínculo con la obra. Trata de enfocarte en los argumentos, y no lo conviertas en una lucha de identidades (Corolario: defiéndete si alguien ataca directamente tu moralidad por tu aprecio a una obra o personaje).

Como criaturas prosociales, los seres humanos nos guiamos por una fuerte necesidad de pertenencia a un grupo, y esto conduce a menudo al tribalismo y la irracionalidad, en donde asimilamos los valores de la comunidad de la cual hacemos parte, a tal grado que cualquier comentario que se haga sobre ellos lo tomamos como una afrenta a nuestro carácter moral. Y como productos artísticos, las obras de ficción generan una admiración tan profunda, un sentimiento de comunidad y afinidad emocional tan grandes, que también se puede caer en ese tribalismo, así que muchas veces actuamos reaccionarios ante cualquier crítica al producto que consumimos. Por ello, es necesario recordar que debemos separar las críticas a las ideas de una obra o un personaje de nosotros mismos: no nos están atacando a nosotros, ni están necesariamente atacando nuestros valores o lo que significa esa obra para nosotros.

No obstante, en ese mismo orden de ideas, también hay personas que intentan asociar la moralidad de un espectador al tipo de obra o personaje que es de su agrado, lo cual también es injusto. Es muy pretencioso y moralista interpretar la visión personal de otros a partir de sus aficiones, porque presupone una falta de criterio en el espectador. ¿Han visto a esa gente que siempre que hay un partido de fútbol, repite la cháchara moralina de que hay peores problemas que una eliminación, que creen que las personas no pueden pedir ni un pequeño espacio de tiempo para descansar de la incertidumbre, o que por ver un partido ya se olvidaron del paro nacional? Bueno, es la misma actitud.

Un ejemplo clásico es el cliché del protagonista pervertido en los mangas y animes shonen, tipo Maestro Roshi (Dragon Ball), Sanji (One Piece), Mineta (Boku no Hero Academia) o Meliodas (Nanatsu no Taizai). Es parte de esa comedia nipona que en tiempos más actuales ya muchos encontramos fastidiosa (de hecho, en Japón igual) por el tema del consentimiento y el respeto a la intimidad, en especial porque hay autores que no saben manejar ese “humor” y generan escenas nefastas. A muchos seguidores de las series mencionadas les molesta que se señale el problema de estas actitudes, y si admiran a algunos de estos personajes pueden tomarlo incluso como una afrenta porque sienten que están atacando no sólo sus gustos personajes, sino también su propio carácter moral –siendo justos, no ayudan esas voces radicales ocasionales que directamente sí acusan a espectadores de machistas porque les guste un personaje como Sanji-. Pero no tiene por qué ser así: que alguien critique los aspectos problemáticos de una obra no es acusar de descriteriados a sus lectores… a no ser que te digan que Bakugo es un cretino porque "sus padres lo maltrataban", cosa que no tiene pies ni cabeza con lo expuesto en la historia (perdón, divago).

Ok, también me desagrada este enano sucio porque legítimamente tiene poco contenido, pero no creo que haya que crucificar al que lo encuentre gracioso, ni mucho menos llamarlo pajero o machista.

5. Presentar un tema controversial en una obra no implica necesariamente que se está romantizando o normalizando. Dependerá del contexto y del tratamiento que se le dé.

Este es uno de los puntos más importantes, porque es uno de los argumentos superficiales más comunes y pobres en redes sociales. La ficción no es sólo una forma de entretenimiento, sino también de exploración: una obra puede abordar temas sociales, filosóficos e incluso científicos, desde diferentes aristas o en contextos particulares, sean escenarios fantásticos o más cercanos a nuestro mundo. Sin embargo, hay algunas personas que parecen asumir de golpe que las obras de ficción deben restringir el tratamiento de ciertos temas controversiales o tabú, y caen en el error de que si, por ejemplo, una serie de televisión aborda cosas como la depresión o el consumo de drogas, o que toca situaciones cercanas a ideologías nocivas del mundo real, consideran que se están romantizando o incluso haciendo una apología de las mismas.

Y no es que esto no pudiera ocurrir en una obra, pero sí es un error etiquetarla de inmediato como una apología negativa sólo por tener un tema, sin tener en cuenta cómo presenta dicho tema, así que hay que recordar el principio de caridad y fijarnos en esos detalles. Pensemos por ejemplo en 13 Reasons Why o la ya infame Cuties. Ambas producciones audiovisuales han sido duramente criticadas por presentar una supuesta incitación al suicidio y la hipersexualización de las menores, respectivamente; sin embargo, la primera jamás busca justificar el suicidio de Hannah, y la segunda es de hecho una denuncia de la hipersexualización infantil. Lo que sí se puede criticar, y que de hecho se hizo mucho, es que el lenguaje visual empleado en ambas producciones en los momentos clave de sus historias (como la escena de suicidio de Hannah, que fue más gráfica de lo que las asociaciones de psicología recomiendan en obras audiovisuales) no fue el adecuado para transmitir su mensaje (y en el caso de Cuties, el poster internacional de Netflix fue además una elección desastrosa de mercado). Pero, entonces, hay que evitar confundir los medios o técnicas de transmisión de un tema con el respaldo o justificación del mismo.

Otro ejemplo más reciente se dio con Shingeki no Kyojin, en particular con la recta final del manga y las decisiones de Eren Jaeger, el protagonista. Este manga ha hecho varios paralelismos en su historia con regímenes totalitarios y la persecución y demonización a minorías étnicas, lo que, por supuesto, no ha pasado desapercibido por muchos, pero (abro spoilers) sin duda fue la decisión del protagonista de liberar a los Titanes de los Muros en el Retumbar para masacrar a la población humana por fuera de Paradis y acabar así con la persecución a los eldianos. De ahí, algunos lectores llegaron a comentar la obra de Isayama enaltece (?) los ideales del nacionalsocialismo a través de los paralelismos trazados con el pueblo eldiano y las acciones de Eren (cierro spoilers).

El problema es que eso es una lectura muy superficial de los temas del manga, y de la forma en que los presenta. Ante todo, Shingeki es una obra que nos habla de la libertad, de la forma en que podemos llegar a sacrificarla por el temor, lo que hacemos para conquistarla, y de luchar por un cambio. Y al mismo tiempo es una obra que critica los alcances del temor: la intolerancia, la discriminación y la deshumanización del otro, a través de un contexto bélico donde ningún lado está exento de culpa ni es un completo victimario, con matices y complejidades de individuos e instituciones. Como bien explica Jauri (te extrañamos, Chikorita) en este video sobre la política de SNK, a propósito de la polémica, no son fortuitos los paralelismos con episodios históricos como el fascismo y la “Solución Final” del régimen nazi, pues se sirve de ellos para explorar la parte más oscura de la humanidad, pero al mismo tiempo para destacar cómo, a pesar de las horribles circunstancias, pueden surgir personas dispuestas a romper con el ciclo de violencia y odio, mientras critica el concepto de que un fin noble debe alcanzarse a cualquier precio posible.

En otras palabras, no sólo no enaltece la ideología nacionalsocialista, sino que directamente critica el totalitarismo y los extremismos que pueden surgir incluso en los movimientos revolucionarios. Entiendo que los capítulos finales sí que rompen un poco con ese mensaje por las reacciones de algunos personajes, pero eso no empaña la clara dirección que se mantuvo durante el resto de la historia. Para que quede claro, en síntesis, cuando veas un tema polémico en una obra de ficción, no te quedes sólo con la envoltura: trata de comprender qué es lo que quieren transmitir y cómo lo intentan transmitir.

6. Sé honesto cuando analices una obra o un personaje: no destaques sus rasgos más problemáticos ignorando sus cualidades, ni viceversa, y procura no reflejar tus temores y prejuicios en ella.

Esto podría resumirse en una frase más corta: evita el sesgo de confirmación, la tendencia de interpretar y aceptar sólo los datos que favorecen nuestro argumento en particular. Esto no es nada inusual, y de hecho ocurre mucho en las redes sociales cuando se comenta o responde a alguna opinión sobre un personaje de ficción (ensayen a hablar de Katsuki Bakugo en Twitter, si les gusta la adrenalina), o la obra de un autor con posturas ideológicas controversiales. Por ejemplo, luego de los desafortunados comentarios de J.K. Rowling sobre la comunidad transgénero, he visto a muchos en redes llamándola también homofóbica, antisemita y similares por causa de las alegorías que son criaturas del universo de Harry Potter como los hombres lobo y los duendes. La realidad es que es más probable que Rowling recurriera a metáforas pobremente ejecutadas y estereotipos literarios ya establecidos (el banquero judío, por ejemplo) por no tener tanta experiencia en escritura, no por ser conscientemente racista –lo que no significa que no se pueda cuestionar tales alegorías-, pero si alguien famoso dice algo que no nos gusta, entonces buscamos la forma de que cada cosa que haya escrito o dicho sea aún peor para transformarle en un paria. Eso no es un ejercicio crítico honesto.

Como he dicho en otras ocasiones, este también es el principal problema de El problema con Apu (not pun intended). Kondabolu se enfocó tanto en la actuación de voz de Hank Azaria que prácticamente no hubo una observación sobre la construcción del personaje, uno de los secundarios con más episodios donde brilla como la estrella principal, incluso recuperándose parcialmente de su flanderización en temporadas recientes. En ese sentido y como dije al principio, si bien son comprensibles las observaciones sobre el trabajo vocal de Azaria, el enfoque sesgado del documental evita que haya una valoración balanceada entre el aspecto técnico de Apu (su voz) y su aspecto artístico (su caracterización y presencia en la serie), así que reitero que no es un documental que se pueda tomar en serio.

Y ya que hablábamos de personajes pervertidos, la razón por la que algunos como Roshi, Sanji o Jiraiya de Naruto son tan queridos por los seguidores es porque son más que clichés de mal gusto. Son personajes que también poseen cualidades positivas, cumplen con papeles importantes en sus series como mentores o guerreros, y sus momentos pervertidos son retratados de forma patética, sufren de consecuencias por ellas, o mantienen ciertos estándares morales a pesar de todo, así que sería injusto reducir toda su caracterización a su comportamiento con las mujeres –eso no evita, por supuesto, que se puedan cuestionar-.

Pero si hay líderes en eso de reflejar los propios prejuicios e ideas preconcebidas sobre obras de ficción, esos serían...

Así es: los conservadores, y en especial los cristianos de corrientes evangélicas. Aunque ya es un tema que se toma con más mofa que seriedad en estos días –cosa que no siempre deberíamos hacer, como mencionaré en el siguiente punto-, como eso de que les faltaban el respeto a sus creencias porque Dios era mujer en la serie de Buenos presagios (que generó una cómica petición de cancelación… a Netflix), todos los que fuimos niños en los noventa y principios de los dos miles conocemos el revuelo que hubo con esos inmundos pasquines donde llamaban satánicas a series animadas como Pokémon y Dragon Ball Z, jugando con el miedo y la culpa de miles de niños (algo que por desgracia experimenté) y sus padres. Por supuesto, sus argumentos no son muy objetivos que digamos, y es que al final del día es una proyección de sus angustias doctrinales en cada circunstancia social, independiente de que no todos compartan su misma cosmovisión: es intentar limitar la libertad creativa de las obras de ficción porque no se ajustan a sus parámetros morales. Y esto es algo que debe evitarse a toda costa.

7. Cuando intentes replicar a una crítica, trata de comprender los conceptos aplicados por el otro en lugar de descontextualizarlos.

No es inusual que cuando nos encontremos con ciertas opiniones más bien tajantes o que al menos en aspecto son absurdas, las pongamos en ridículo o las minimicemos por fuera de su contexto, en especial cuando hay alguna experiencia personal con las obras a las cuales se refieren –eso va para un próximo punto-. A veces es refrescante, no lo niego, y en ocasiones el ridículo puede ayudar a que algunas personas se den cuenta de lo absurdos que son ciertos argumentos y conceptos que usan, pero si la intención es presentar una respuesta más o menos objetiva de las críticas hacia una obra de ficción, es mucho más valioso fijarnos detenidamente en el trasfondo conceptual de sus argumentos.

Un ejemplo reciente lo comentamos hace varios párrafos, cuando Charles M. Blow habló del ejemplo de Pepe Le Pew en su columna. A muchos los vi burlándose con eso de “pues yo crecí con los cortos de Pepe, y no soy un violador”, pero eso es una reducción al absurdo de lo que explicó Blow después en su cuenta de Twitter. Como explicó también el Reviewer Random, a lo que se refería con “normalizar la cultura de la violación” es que esas escenas de Pepe persiguiendo a una aterrada Penélope pueden hacer que le perdamos poco a poco la seriedad de situaciones donde el consentimiento es ambiguo, y vale la pena señalar que: 1) los cortos de los Looney Tunes estuvieron enfocados a un público adulto hasta inicios de los sesenta; 2) aún a principios de los sesenta, el tema del consentimiento de la mujer era poco valorado en la sociedad; y 3) la misma Warner Bros se hizo consciente de lo problemático que era el personaje, razón por la cual fue suavizando su carácter desde los noventa y sobre todo en las series del nuevo milenio. Entonces, ni la bobada de “yo crecí con eso” es un argumento suficiente, ni las afirmaciones de Blow carecen de cierto contexto y valor.

Ahora, eso no evita que sean argumentos debatibles. Si hacemos una analogía con la –aún- popular consigna de que “los videojuegos violentos promueven la agresividad en los jóvenes”, los estudios enfocados al respecto de esta última por lo general no son concluyentes a su favor. No excluiría del todo el argumento de Blow, porque aún en la actualidad hay personas que no saben interpretar contextos grises en el consentimiento de la pareja, y sí es verdad que la sobrexposición a determinados mensajes puede ir desensibilizando al público ante ciertas situaciones, pero tampoco creo que sea tan sólido como muchos podrían asumir.

Otro ejemplo es lo que decía un poco más arriba sobre el tema del protestantismo evangélico y su obsesión enfermiza por señalar de diabólico a cualquier obra de ficción que no cumpla con sus estándares doctrinales. Si nos esforzamos por ir más allá de las risas y nos fijamos en sus argumentos, ¿de dónde nace esa percepción tan negativa? En esencia, que cada expresión sociocultural debería estar encaminada a glorificar la figura divina, por lo que cualquier serie que no solo no esté dedicada a un mensaje cristiano, sino que además presente escenas que van en contra de sus reglas particulares (violencia, combates, escenas sugerentes, crítica a la religión), o que presente una visión alternativa de relatos cristianos, no es más que un producto inicuo que distrae a las personas del camino de Dios. Y uno puede entender una visión tan rígida por su profesión de la sola scriptura: el problema es que de plano suelen agregar mentiras y exageraciones, como eso de que supuestamente Noé invitó a todos a entrar al arca, pero nadie fuera de su familia le hizo caso (hecho que irónicamente contradice la sola scriptura), o que Pikachu es “el dios de la reencarnación”, y además pretenden que esas obras estén vetadas también a aquellos que ni siquiera profesan su fe, lo cual es imposición. Una vez comprendido esto, no sorprende que hoy en día sea prácticamente imposible no ver sus quejas con cada serie o película que les incomoda como patéticas rabietas que generan poco más que risas.

¿Recuerdan cuando decían que Krillin era el nombre de una bruja que tenía seis cuervos como familiares, y por eso el personaje tenía seis puntos en la frente?

-O-

Habrán notado que el título de esta entrada contiene un “Parte I”, y es que he decidido dividir este tema de abordar las críticas en ficción en al menos dos partes. Podría intentar incluir el resto de los otros puntos aquí, pero junto a los ejemplos necesarios se haría una entrada demasiado larga, y sospecho agotadora para muchos. Por otro lado, debido a que en estos meses no he tenido suficiente tiempo para dedicarle al blog, no quiero permanecer tanto tiempo sin publicar entre entradas, así que sacaré esta primera parte, y más adelante presentaré el resto. No será la próxima, porque quiero antes incluir algunas entradas más cortas que pueda escribir en menos tiempo, pero espero que sea en un par de meses cuando mucho.

Como dije, el tiempo se me ha acortado mucho en estas semanas, porque por desgracia he tenido unos atrasos muy notables en mis estudios y necesito ponerme al día en el menor tiempo posible. Entre eso y periódicas crisis anímicas, ahí tienen la explicación del porqué ha bajado tanto el ritmo del blog desde abril. No quiero dejarlo de lado porque es una de mis pasiones manifestarme por aquí, pero de momento debo priorizar la carrera. De todos modos, procuraré colgar algunos temas más ligeros durante este tiempo, menos extensos, pero igualmente interesantes. Así que nos vemos cuando nos veamos, porque este tema de las críticas a la ficción…

CONTINUARÁ.

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