martes, 4 de mayo de 2021

El cascarón roto

 

Esta era una entrada que tenía proyectada con otro enfoque, sobre lo que hemos debido aprender a un año de pandemia, pero sería imposible de mi parte no decir nada ante la situación que se está atravesando actualmente en Colombia, en especial porque en su tiempo decidí también hacer un recuento del estallido social en Chile durante 2019, y la brutal represión por parte del Gobierno de Sebastián Piñera. Tras ver la forma en que transcurrieron las cosas durante la semana pasada, y la decisión del (sub)Presidente Duque de autorizar la “asistencia militar” a las ciudades foco de protestas, sentí de inmediato una vibra represiva similar a lo que ocurrió aquí en el sur. Por desgracia, mis temores no fueron infundados.

Sé que a muchas personas por fuera de Colombia debe faltarles el contexto sobre lo que ha ocurrido, y cómo es que la gente se atrevió a salir a marchar a las calles a pesar de encontrarnos en un pico de la pandemia mucho más agresivo que los anteriores, en un país que a fecha de hoy (3 de mayo) lleva casi tres millones de casos positivos de COVID-19, más de 75 mil muertos, y varias unidades de cuidados intensivos (UCI) a lo largo del territorio al borde del colapso por la ocupación. Así que buscaré plasmar aquí todo lo que dio origen a estas noches de violencia e incertidumbre.

En esta ocasión dejaré de lado el tema de los saqueos y los desmanes durante las protestas, que en realidad fueron menos en esta ocasión. No porque crea que no merece reproche ese argumento simplón y pseudohistórico que usan muchos a favor (que sí lo merece, quizás en otro momento lo aborde), o porque no sea la excusa perfecta para que el gobierno evite concertar y prefiera aplicar represión (porque desafortunadamente lo es), sino porque creo que ya he dicho suficiente sobre mi postura al respecto en otras entradas, reiterar sobre lo mismo sería entrar al juego de desviar la discusión, y quiero llegar a los problemas más graves en menos tiempo.

¿Por una docena de huevos?

A mediados de abril, el entonces ministro de Hacienda, el ya infame Alberto Carrasquilla, radicó en el Congreso el proyecto de reforma tributaria (la tercera del período (sub)presidencial de Duque), la cual aspiraba a recaudar 26,4 billones de pesos, con el fin de cubrir el amplio déficit fiscal que se viene arrastrando desde el 2019, en medio de una crisis económica agravada por los embates de la pandemia -el desempleo en enero llegó a una tasa de 17,3%, y el año pasado la pobreza monetaria cerró en un 42,5%, lo que significa que 3,6 millones de colombianos cayeron en la línea de pobreza-, así como formalizar los programas sociales como el Ingreso Solidario, que se vieron en necesidad de implementar ante la incertidumbre laboral de un país donde casi la mitad del empleo es informal, y el 67% de la población gana menos de $632.000 pesos colombianos (COP) mensuales ($166,20 USD). A pesar de las impresiones preliminares, la reforma es necesaria.

Pero como dicen, el diablo está en los detalles, y el problema es que, en otra de sus muestras de diálogo de sordos entre Carrasquilla y su equipo con Duque, la propuesta de la reforma, con otro fastuoso título como “Ley de Solidaridad Sostenible”, se fue de nuevo contra la clase media, aumentando el número de personas de estratos medios que debían pagar renta, y gravando con un fuerte IVA una mayor cantidad de productos, mientras reducía la tarifa al impuesto de patrimonio, sin tocar a los súper-ricos, siendo que de acuerdo con La Pulla, retirar el IVA no dejaría de afectar los precios de los productos, sino que ampliar el impuesto al patrimonio habría permitido que más de 32 mil persona de altos ingresos contribuyan, entre otras exenciones tributarias que, de ser retiradas, permitirían aliviar la carga impositiva sobre la clase media.

No ayudó, por supuesto, que un par de días después de radicar la reforma, Carrasquilla participara en una entrevista con la nefasta Vicky Dávila, estrella de la decadencia periodística del hebdomadario que solía ser Semana, donde aseguró que una docena de huevos debe costar unos $1.800 COP –en realidad cuestan entre seis mil y ocho mil pesos, unos 1,58 a 2,10 USD-, lo que fue recibido con fuertes críticas por la evidente desconexión que tiene con la situación del pueblo, recordando ese otro momento vergonzoso cuando Duque afirmó que un empleado de panadería debía estar ganando cerca de dos millones de pesos al mes, y haciendo un paralelo con el alza en los costos del metro que detonaron las protestas del octubre chileno.

Y a pesar de los comprensibles temores de que la gente saliera a marchar en medio de un repunte de la pandemia, el pasado 28 de abril la gente salió a las calles, pues más allá de la crisis global de salud y los nefastos alcances de la reforma, hay un descontento prolongado por la pésima (sub)gestión de Duque que viene desde antes de la pandemia, como consecuencia de los problemas a nivel económico y social y la crisis de seguridad –temas que expliqué en una entrada hace casi dos años-, los cuales ya habían propiciado un estallido social en noviembre de 2019. La pandemia sólo reprimió el ímpetu de la indignación de la población, el cual fluyó de nuevo el pasado septiembre con el asesinato de Javier Ordóñez a manos de miembros de la Policía, y la brutal represión contra las protestas. Y quedó ahí, encauzada, hasta que la incapacidad de Duque para conectarse con la población, pese a llevar un año con su ridículo programa de Prevención y Acción, le costó caro.

En vista del inusitado éxito que tuvieron las manifestaciones, y siendo que en particular la ciudad de Cali se mantuvo en paro constante –con el sector de Puerto Resistencia como símbolo y ejemplo de la lucha-, en especial en ciertos sectores después de episodios violentos de acción desproporcionada por parte de la Fuerza Pública, las manifestaciones continuaron durante todo el fin de semana en gran parte del país, lo que generó más enfrentamientos y represión, cubierto de una forma vergonzosa por medios como el hebdomadario mencionado y Noticias RCN, donde de plano mintieron de forma alevosa con una protesta en medio de Cali que hicieron pasar como “celebración”. Duque decidió solicitar el retiro del IVA de la reforma tributaria, pero al mismo tiempo propuso la inconveniente “asistencia militar” a los mandatarios locales, en esencia ofreciendo militarizar las capitales luego de unos infelices llamados por miembros de su partido a que se legitimara el uso de las armas por parte del Estado (volveremos a esto en los siguientes puntos), mientras reiteró que no retiraría la reforma.

Las protestas no cesaron, y luego de cinco jornadas, el (sub)Presidente tuvo que ceder y pedir el retiro de la reforma, consolidando su mayor derrota política desde el rechazo a sus objeciones a la JEP, mientras que en horas de la tarde Carrasquilla renunció a la cartera de Hacienda, culminando así casi tres años de petulancia e incapacidad. Sin embargo, es de conocimiento que en el “paquetazo” de Duque van otras reformas como la de salud, la cual busca unificar los regímenes contributivo y subsidiado, y convertir las empresas prestadoras salud (EPS) en aseguradoras, privatizando por completo el sector salud.

Como era de esperarse, las protestas no han cesado, y anoche cerramos con la que fue la noche más sangrienta de los últimos días: al menos cinco personas asesinadas y 33 heridas en Cali, decenas de denuncias de abuso policial a lo largo del país, acompañados de videos que son francamente aterradores, e incluso un ataque intimidatorio a una misión de la ONU presente en la ciudad. A fecha de hoy (4 de mayo) el saldo cierra con 21 muertos, más de 800 heridos y 87 personas desaparecidas.

¡Ajúa!


Porque por supuesto, y como he reiterado también antes, la Fuerza Pública y el cuestionado ESMAD siempre se exceden en la fuerza ejercida para reprimir las manifestaciones, incluso cuando son pacíficas. Como expliqué el año pasado cuando ocurrieron las protestas de septiembre, debido a que la Policía Nacional de Colombia sigue siendo una institución militar adjunta al Ministerio de Defensa, están preparadas para responder a los manifestantes como una institución militar ante subversivos, no como una civil ante civiles, por lo cual son proclives a ejercer acciones que se salen de toda proporción, y no se trata entonces de unos pocos casos de “manzanas podridas”, que es la retórica favorita del (sub)Gobierno. La reforma a la Policía se está pidiendo a gritos desde hace años, y las críticas al Esmad existen desde su conformación, pero hasta ahora siguen haciéndose los sordos.

Hemos tenido montones de vídeos aterradores desde el primer día de las protestas, pero sin duda las últimas noches han sido más crudas, sobre todo después del miserable trino que el senador y ex Presidente Álvaro Uribe publicó el viernes pasado, donde pedía respaldar el derecho de los soldados y los policías a usar sus armas –trino que fue eliminado por Twitter tras denuncias por “glorificación de la violencia”-. El joven que recibió un disparo mortal en la cabeza tras propinarle una patada a un policía; la madre que pedía que la mataran junto al cuerpo de su único hijo, que ni siquiera hacía parte de las protestas; el caso de Nicolás Guerrero en Ibagué; el bus lleno de pasajeros en Manizales que terminó con una lata de gas lacrimógeno dentro; denuncias de violencia sexual a manos de agentes del Estado; los continuos ataques de intimidación a los periodistas que cubren las protestas, en especial cuando registran abusos…  Es imposible pretender que hay alguna proporción o uso racional de la fuerza en estas acciones.

Es incluso más insultante cuando todos aquellos que están al mando del Ejército y la Policía en esta situación extraordinaria -es decir, el (sub)Presidente y el Ministro de Defensa, Diego Molano- siguen jugando a reducir las críticas a la represión a muestras de vandalismo y desmanes, que están garantizando la seguridad, que nadie dio órdenes de disparar contra los manifestantes (como veremos más adelante, puede que ni sea necesario), y que el ESMAD y el Ejército están haciendo las cosas bien y son “héroes”. Y todo eso mientras un neonazi ha estado instruyendo ideológicamente el proceder de las Fuerzas Armadas...

En todo sentido hay una completa ausencia de autocrítica, y una percepción de un gobierno monolítico, imposible de conmover ni de alcanzar con los justos clamores del pueblo, lo cual hace aún peor las solicitudes de sectores del uribismo para que Duque declare conmoción interior, que le otorgaría poderes especiales para emitir decretos con fuerza de ley, restringir manifestaciones, e incluso suspender mandatarios locales y controlar los medios de comunicación. ¿Imaginan algún resultado positivo de semejante figura?

Uribe y la farsa de la “Revolución Molecular Disipada”

El viudo de poder nunca ha dejado de fastidiar en su celo por crear un Maximato que le permita mantenerse en el Gobierno, y su insistencia por presentarse como el “salvador del país” ante las cada vez peores trastadas de Duque, que no tiene capacidad para imponerse ni ante sus propios ministros, deja claro que sabe que la apuesta no le salió bien. Por eso hace declaraciones cada vez más osadas, desconectadas del patético intento de poder que trata de exhibir Duque, como el trino que fue borrado por Twitter. Sin embargo, ahora redobló la apuesta con unas recomendaciones que muchos al principio tomamos como una especie de oferta de cursos de psicohomeopatía cuántica o algo así, pero pronto otros revelaron que contenían un mensaje mucho más oscuro.

Resulta que ese quinto punto sí tiene un sentido. Como explicó la periodista Natalia y punto en este hilo de Twitter, y corroboró el investigador Richard Tamayo Nieto en este artículo de El Espectador, la “revolución molecular disipada” es un concepto teórico inventado por Alexis López, un entomólogo chileno (sí: es un investigador de insectos, no un politólogo) que deformó la teoría de revolución molecular de Felix Guatari para proponer que una serie de acciones menores de resistencia social son efectuadas de modo planificado para escalar progresivamente hasta generar revoluciones y crisis nacionales, por lo cual acepta que la protesta social debe ser atendida como un objetivo militar. Y es una tesis de la que Uribe ha usado varios conceptos en diferentes trinos.

No es lo peor. López, quien usa el caso del octubre chileno para sostener su hipótesis, argumenta que cuando los chicos de secundaria evadían los pagos para subir al metro de Santiago, estaban en realidad buscando desestabilizar al país hasta que se lograra la Constitución, por lo cual debían haber sido tratados como un problema de seguridad nacional. Y con ese precedente de hipótesis neofascista, López fue invitado dos veces a la Universidad Militar Nueva Granada a instruir sobre cómo enfrentar estas manifestaciones, asumiendo que todo movimiento social en realidad es un acto bélico que tiene como objetivo generar caos y zozobra en el país, y reforzando así la visión institucional de que las protestas son mediadas por insurgencias camufladas, por lo cual deben ser abordadas de forma militar (léase, atacando directamente a los manifestantes). Y esto, a pesar de que no tiene ninguna validez empírica, es estudiado por la Policía y el Ejército con dedicación, lo cual explica muchas similitudes entre el proceder abusivo del ESMAD y la violencia ejercida por las fuerzas de Carabineros en Chile.

Lo más diciente de todo es que López resulta ser literalmente un neofascista (no, no un postfascista: un neofascista) que dice no ser nazi mientras es un negacionista del Holocausto que en el 2000 fue capturado por el gobierno de Ricardo Lagos antes de celebrar el Primer Encuentro Ideológico Internacional del Nacional Socialismo en Chile, y fue importante en el controvertido movimiento Patria Nueva Sociedad (PNS). Que Uribe se adscriba a las tesis falaces de un personaje como López, y que además defienda tal marco de enfoque en el proceder de las Fuerzas Armadas, revela mucho de la forma en que concibe el país. Así que, compatriotas colombianos, creo que ya es oficial: podemos llamar fascista a Uribe sin temor a exagerar.

Los pasos por recorrer

De momento, los ánimos siguen caldeados. Aún hay protestas, denuncias de intentos de incinerar CAI con policías adentro, y más ataques violentos por parte de otros agentes del Estado. Mientras tanto, tras retirar la reforma tributaria, Duque empezó a reunirse con los partidos con el fin de acelerar la concertación para el nuevo texto, pero sin llamar a los partidos de oposición, quienes por su parte ya manifestaron que no se sentarán a la mesa de diálogo mientras continúe la represión violenta. Y contra el Mindefensa se radicó otra moción de censura, tal como ocurrió con el indolente Guillermo Botero y el nefasto Carlos Holmes Trujillo, quienes ocuparon su puesto antes.

Son momentos difíciles, sin duda, y considerando la situación que están enfrentando mis coterráneos, debo pedirles, como han hecho otros en redes sociales, que procuren mejor guardarse en la noche y no exponer su vida. No es que no crea que no hay razones para marchar, y creo que he dejado muy claro en esta entrada que sí que las hay, pero considerando la forma violenta en que están procediendo las fuerzas armadas, en verdad no hay garantías para protestar con seguridad.

No obstante, no podemos quedarnos tampoco tranquilos. Es necesario que sigamos ejerciendo la presión en las calles, en las redes sociales, en las plataformas. La inconformidad no puede quedarse estancada de nuevo, y teniendo que estar lejos de casa y encerrado la mayor parte del tiempo, intentaré contribuir desde este teclado. Mucha fuerza a todos.


4 comentarios:

  1. Una entrada muy completa. Abordas diversos enfoques sin descuidar ninguno. Lo de Colombia ha sido una bomba de tiempo desde que se ha dado prioridad a generar riqueza de personas que ni tributan en su gran mayoría o evaden.

    Un gran saludo.

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    1. Muchas gracias. No fue una tarea fácil, y por desgracia me dejó bastante maltrecho anímicamente, pero aquí sigo. Saludos igualmente.

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  2. Hola Martín.
    Pues no sé que decir respecto a Colombia que no se haya dicho ya, salvo que no sé si vaya siquiera a pasa a segunda vuelta un candidato decente a la presidencia. De todos lo que, a título personal me llaman más la atención son Camilo Romero, Jorge Robledo (que es como de los más "limpios" de la Coalición de la Esperanza) y Rodolfo Hernández (que aunque es inteligente y no ha estado metido en nada serio, tengo reservas con este). De hecho, me siento más atraido por la Coalición de la Esperanza. Sin mencionar que, aunque en principio apoyo la idea e intención inicial de la Primera Línea, hay que purgar los sectores que se están corrompiendo, como el que se tomó el Portal Américas (ahora llamado "Portal Resistencia") o los que tensaron la cuerda en la calle matando (asumiendo hasta el momento, sin intención) a un motociclista.

    Y que bueno que Chile enterró a Pino-shit de una vez y para siempre (a pesar de la baja participación en las Megaelecciones) y bien que la derecha haya perdido casi todas las gobernaciones y en especial que en Valparaíso haya ganado el activista ambiental defensor del derecho al agua Rodrigo Mundaca, y que los sectores alternativos (izquierdas, centristas e independientes) dominen la Convención Constituyente, no sé qué pienses de colectividades como Lista del Pueblo o INC, también se ven constituyentes tanto interesantes como pintorescos como los del MODATIMA (organización a la cual pertenece Mundaca), la cientifica Cristina Dorador, Daniel Stingo, la machi Linconao, la académica y presidenta de la CC Elisa Loncón, la activista Natividad Llanquilleo, Alvin Saldaña o la "Tía Pikachu". No sé cómo te parezcan, en especial la última.
    Y ya que se acercan las elecciones ¿Qué piensas de los posibles candidatos Daniel Jadue, Joaquín Lavín o Pamela Jiles mejor conocida como "La abuela"?
    De todas formas, yo sí creo que en Chile habrán grandes cambios, o al menos significativos https://www.latercera.com/investigacion-y-datos/asi-piensa-la-nueva-convencion/ y está bien si quieres quedarte más tiempo en Chile o incluso naturalizarte.

    A propósito del continente, la cosa se ve complicada, especialmente por lo del Perú, si bien Castillo no me agrada (realmente la única opción decente era Verónika Mendoza), hay que entender por qué ganó un sujeto como ese, pues representa al Perú profundo, rural, marginado, olvidado y opacado por Lima https://www.las2orillas.co/en-que-momento-se-jodio-el-peru/ además, hasta el momento, ha ganado limpiamente y no tiene procesos o investigaciones en su contra. También es preocupante y decepcionante que los "defensores de la democracia" se hayan unido a la Keikomanía (olvidando o no importandoles lo que esta señora representa) y a sus alegatos infundados de fraude, por lo que se ve, el fujimorismo se va a dedicar a ponerle palos en la rueda a Castillo sólo para joderlo tanto como sea posible (como lo han hecho con sus antecesores). Como dice una frase que ví en Facebook: "Si ganan es democracia, pero si pierden es fraude".
    Yendo para otro lado, veo esperanza en que Bolsonaro esté bajando en las encuestas, aunque tiene una fanaticada bastante ruidosa y delirante, y que Lula haya sido absuelto y, por consiguiente, pueda ganarle y evitar otros cuatro años de ese esperpento en el poder.

    Y no sé que tanto conozcas o estés al tanto de la política israelí, pero es bueno que el cretino de Benjamín Netanyahu haya salido del poder, y si bien la "Coalición de Unidad Nacional" tiene partidos de todos los sabores (incluyendo un partido árabe), lástima que tuvieron que pactar con el partido ultraderechista Yamina y tuvierno que darle por dos años el cargo de PM al polémico Naftalí Bennett, sólo esperar que modere sus posturas, al menos hasta 2023, cuando abandonaría el cargo. Pero no deja de ser bueno la salida del poder de un corrupto populista ultraderechista como Netanyahu del poder.

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  3. Y algo que faltó por agregar, decían que la izquierda no sabía perder, pero, por lo visto, la derecha ha sido peor. Y no sólo lo digo por lo que pasa en Perú.

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