Transhumanismos, fantasías extincionistas de ayer y hoy, y el movimiento TESCREAL

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 I. Introducción

Si sólo pudiese crear

Un dios desde la máquina

Multiplicar la complejidad hasta que

Gane forma y voluntad

-Fragmento de la canción “Clockwork God”, de Tardigrade Inferno.


Podría decirse que, en estos tiempos, nos encontramos en un nuevo ciclo de visiones catastrofistas. El crecimiento de movimientos de extrema derecha alrededor del mundo y los desarrollos tecnológicos y digitales que entran en conflicto con las necesidades energéticas y acuíferas de las poblaciones, sumado a una crisis climática y ecológica con eventos extremos, tienen a pensadores de distintas corrientes evaluando nuestras posibilidades futuras de supervivencia. Y aunque no es que pretenda seguir un guion o una tendencia, los lectores habrán notado que en tiempos recientes yo mismo he empezado a hablar de estos temas, inquieto como estoy con las noticias climáticas y las pésimas decisiones en materia de política ambiental que se han tomado en naciones como Estados Unidos (El Pensador Sereno 2026a, b).

La incertidumbre ante este escenario es terreno fértil para distintas propuestas acerca de cómo superar las potenciales catástrofes que se avecinan. Mientras que algunos se enfocan, por supuesto, en superar las condiciones socioeconómicas que nos empujan de camino hacia el colapso (El Pensador Sereno, 2026b), otros buscan enfocarse en aprovechar las tecnologías desarrolladas para alterar nuestras capacidades particulares como especie, de modo que podamos adaptarnos mejor a los cambios venideros, sea como solución paralela a resolver las crisis actuales o porque las vemos directamente insuperables.

Si bien estos desarrollos teóricos transhumanistas parecen bastante lejanos para muchos de nosotros, se han vuelto un tema importante de discusión debido a que, para bien o para mal, son la base del movimiento intelectual y tecnológico detrás de gran parte de las mentes de Silicon Valley. Lo que en otros tiempos parecía una gran esperanza para el progreso de nuestra especie se convirtió en otra fuente de inquietud, pues estas mentes han desarrollado una visión tecnológica que parece apostar por la extinción de nuestra propia especie mientras atacan la democracia como un obstáculo para desarrollar la tecnología que nos permita trascender a dicha extinción.

Y dada la presencia de los magnates tecnológicos de Silicon Valley en temas militares y de seguridad tecnológica en la política de varios países, es menester dar un vistazo a las luces y sombras del tecno-optimismo contemporáneo, así como los enfoques y debates acerca de las ideas transhumanistas desde sectores más progresistas y de izquierda. ¿Puede la tecnología ser una verdadera herramienta de emancipación?

 

II. Countdown to Extinction

La extinción humana es tan trivial hoy que pocos tienen algún atisbo de que la idea es una adición un tanto reciente en nuestra biblioteca compartida de conceptos.

-Émile P. Torres, Human Extincion: A History of the Science and Ethics of Annihilation, capítulo 1, “Un apocalipsis sin reino” (2023).

 

Aunque nuestras circunstancias actuales son bastante apremiantes, lo cierto es que la narrativa de la extinción humana ha sido una constante a lo largo de nuestra historia. Tal como describe le filósofe e historiadore intelectual y activista Émile P. Torres en su libro de 2023 Human Extincion: A History of the Science and Ethics of Annihilation (Extinción humana: historia de la ciencia y ética de la aniquilación), si bien hubo un gran período de la historia occidental en el cual la idea de nuestra extinción parecía un escenario imposible, e incluso algo ininteligible o contradictorio, las primeras civilizaciones ya poseían mitos acerca de catástrofes que borraban a casi toda la población, como es el caso de Atrahastis, un poema épico acadio del siglo XVIII AEC en el que el sacerdote homónimo construye un arca bajo instrucciones del dios Ea y sobrevive a una inundación enviada por el dios Enlil, a quien Ea ya había frustrado otros tres intentos de aniquilar a la especie humana. Este relato podría ser la base de la historia de Utnapishtim en la Epopeya de Gilgamesh y el relato del arca de Noé y el gran diluvio en el Génesis bíblico.

A pesar de que los pueblos antiguos eran capaces de imaginar un universo sin nosotros, gran parte de ellos lo veían más como un estado transitorio, en el que la humanidad no sufría una extinción como desaparición completa e irreversible de la especie humana. Dicha tendencia se intensificó durante el largo período de influencia cristiana en las llamadas civilizaciones occidentales. A este primer período Torres lo llama ánimo de indestructibilidad, como parte de una periodización de cinco ánimos existenciales durante el pensamiento de Occidente en torno a la extinción. Debido a la idea de que todo lo que podía existir existe ahora y siempre -la llamada Gran Cadena del Ser-, y a nuestro estatus ontológico como seres duales de cuerpo y alma, la idea de una extinción humana no sólo era vista como virtualmente imposible, sino incluso contradictoria (Torres, 2023).

Esto cambió hacia 1850, con el descubrimiento de la segunda ley de la termodinámica, cuando transicionamos hacia un ánimo de vulnerabilidad existencial y fatalidad cósmica, en el que fuimos conscientes de que el planeta se haría inevitablemente hostil a toda forma de vida, de modo que la extinción humana se volvió un escenario posible. Entre 1945 y finales de 1980/principios de los 90, nos dominó el ánimo de autoaniquilación inminente, gracias al inicio de la era atómica y el temor a un conflicto termonuclear, así como la proyección de escenarios catastróficos de contaminación y cambio climático que hacían nuestra extinción una posibilidad bastante cercana. Entre las últimas décadas del siglo XX y el inicio del nuevo milenio, descubrimos que las catástrofes naturales podían ser no sólo regionales y localizadas, sino globales e incluso espaciales (como asteroides y cometas), por lo que el ánimo existencial fue que la Naturaleza podría matarnos en cualquier momento inesperado. Finalmente, desde inicios de la década del 2000 llegamos a dos desarrollos importantes, la importancia moral de evitar nuestra extinción comprendiendo las amenazas ambientales, y el descubrir que eventos antropogénicos como el cambio climático, la pérdida global de la biodiversidad y la sexta gran extinción son bastante urgentes y catastróficos, por lo que nos domina el ánimo de que lo peor aún está por venir (Torres, 2023).

Arte de Wes Benscoter para la portada del álbum The Anthropocene Extinction, de la banda Cattle Decapitation.

Pero Torres no sólo habló de la extinción humana desde los marcos de estos ánimos existenciales, sino también de las implicaciones éticas y evaluativas de que nuestra especie desaparezca para siempre, un campo al que llama ética existencial, la cual se pregunta si sería correcto o incorrecto causar o permitir nuestra extinción; si tal evento en sí mismo puede ser bueno, malo, o neutral; si esto depende de las circunstancias en que ocurra; y si tenemos la obligación moral con nosotros o nuestros futuros descendientes de evitar la extinción, entre otras (Torres, 2023). Todo esto es importante tenerlo en cuenta, porque será una base para discusiones posteriores en este ensayo.

Torres identifica también cuatro olas de éticas existenciales, un poco más flexibles en límites que los ánimos existenciales, pero bastante influidos por estos. Las raíces de la ética existencial pueden encontrarse hacia inicios del siglo XVIII; no obstante, la primera ola, de calamidad, pesimismo y el mayor crimen concebible, se manifestó desde inicios del período moderno hasta aproximadamente 1950. En este período encontramos visiones éticas conflictivas, unas señalando que nuestra inexistencia sería mala debido a la pérdida de cosas que nos importan o de la realización de la felicidad futura, y otras que veían nuestra extinción como algo deseable debido a la cantidad de sufrimiento en vida, así como algunas que se cuestionaban si la propia existencia humana era significativa (Torres, 2023).

La segunda ola, entre 1950 y los dos miles, coincidió con el surgimiento del ánimo de autoaniquilación inminente. Fue una ola de explosión en las percepciones, donde se necesitaba una ética que pudiese tener en cuenta la posibilidad de omnicidio, la destrucción de toda la población humana, y se presentaron también visiones y argumentos alternativos que iban desde proteger nuestra supervivencia colectiva para dar paso a grandes desarrollos tecnológicos que mejoraran las vidas futuras, pasando por teorías de afectación personal (es decir, que aunque desaparecer por completo en una catástrofe sería malo, el resultado no tanto), hasta perspectivas ambientalistas radicales y misántropas (Torres, 2023). Esta diversidad de ideas y propuestas serían importantes en el desarrollo de las siguientes olas.

La tercera y cuarta ola de ética existencial se superponen en parte, pues mientras la tercera ola de valor astronómico, largoplacismo y una extinción por mortandad surgió hacia inicios de los dos miles y perdura hasta hoy, la cuarta ola de enfoques alternativos nació apenas hacia 2017. La tercera ola está fundamentada en ideas transhumanistas, el utilitarismo como base ética y la escatología física que convierten nuestra extinción en una tragedia moral cósmica, definiendo tanto una tendencia de priorizar el reducir el riesgo de extinción como otra que aboga por el antinatalismo, la idea de desalentar la reproducción dado el daño neto y sufrimiento de venir a este mundo. Por su parte, los enfoques éticos en la cuarta ola coinciden en ser no utilitarios ni consecuencialistas, ya sea desde una postura contractualista de evitar la extinción por el impacto que tendría para quienes viven en el momento y por nuestro valor en sí, o desde la perspectiva que nuestra desaparición sería, en balance, algo bueno (Torres, 2023).

Le filósofe también se ocupa de distinguir entre al menos seis escenarios de extinción. Así, nos habla de extinción demográfica (desaparición física de Homo sapiens, población reducida a cero), extinción filética (H. sapiens desaparece al evolucionar en uno o más linajes posthumanos nuevos), extinción terminal (desaparición completa y permanente de H. sapiens, sin ningún sustituto de humanidad), extinción final (H. sapiens desaparece sin  dejar atrás ningún descendiente), extinción normativa (H. sapiens y/o sus sucesores sufren cambios que generen la pérdida de propiedades normativamente importantes, como nuestra sintiencia o estatus moral) y extinción prematura (extinción que ocurre si y sólo si H. sapiens desaparece antes de alcanzar un objetivo o telos considerado valioso o importante) (Torres, 2023).

Más de un escenario de extinción puede guardar una relación por el otro: por ejemplo, la extinción final puede darse de forma demográfica o terminal, pero no es un requisito para que ocurran ambos tipos de extinción. Así mismo, su diversidad es importante para entender las preguntas que surgen en torno a la ética de la extinción, y cómo se combaten o promueven los distintos escenarios; es decir, si hablamos de enfoques proteccionistas o pro-extincionistas de la especie humana (Torres, 2023). La diferencia puede parecer bastante clara; no obstante, dependiendo del concepto de extinción, la supervivencia de la especie humana que tienen algunos en mente podría no ser la más conveniente para la población en sí, como veremos más adelante al revisar las ideologías de Silicon Valley.

 

III. Superando los límites de nuestra humanidad

De una forma más rotunda y convincente que en ocasiones anteriores, el discurso transhumanista nos dice que la ciencia ficción es en el fondo un género realista de la literatura y que la investigación científica puede ya poner en nuestras manos lo que hasta ahora parecía el producto de la imaginación desbordada de los artistas.

-Antonio Diéguez, Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano, capítulo 1, "¿Qué es el transhumanismo?" (2017).

Ninguna conversación sobre el transhumanismo puede darse sin al menos una referencia a Ghost In The Shell, historia que goza de una nueva adaptación al anime en 2026.

En un mundo en el que vivimos gran parte de nuestro tiempo pegados a las pantallas de dispositivos electrónicos, comunicándonos a través de redes sociales, o compartiendo y divulgando información a través de blogs, podcasts y similares, a menudo surge la pregunta de si nos encontramos en una realidad como las descritas en la ficción cyberpunk (GlobalData, 2024), universos de logros tecnológicos avanzados acompañados por las mismas dinámicas de inequidad social y pobreza extrema. Y si bien estamos bastante lejos de desarrollos tecnológicos vistos en obras como Transmetropolitan, Blade Runner o Ghost In The Shell, sí que podemos ver reflejadas en la realidad varias cosas de las cuales dichas obras nos han advertido por décadas, como propaganda de polarización y discursos de odio en redes sociales impulsadas por las corporaciones, una desigualdad económica que incrementa el crimen, tecnología portátil, prótesis en desarrollo, hackeo, plagas y una sociedad cada vez más solitaria e individualista, alienada por los avances tecnológicos (Tepfenhart, 2023). Puede que no vivamos en un mundo cyberpunk, pero poco a poco nos vamos acercando a ello.

Por supuesto, los grandes avances tecnológicos han también inspirado desde hace varias décadas a hipotetizar formas de trascender nuestras limitaciones como especie, tanto físicas como fisiológicas, incluso la muerte misma. Fue sir Julian Huxley, biólogo evolutivo que fue clave en el desarrollo de la síntesis moderna de la evolución, quien popularizó el término transhumanismo, el cual acabó nombrando un movimiento ideológico interdisciplinario e intelectual que busca la transformación de la condición humana a través de la razón aplicada, en particular desarrollando avances científicos y tecnológicos que permitan acelerar la evolución del ser humano más allá de su forma actual; en palabras de Torres, “tomando control de su propia trayectoria evolutiva” (Torres, 2023; Kennedy Philip, 2024). Huxley lo definía como un “humanismo evolutivo”, donde el humano se reconoce a sí mismo como otro producto más de la selección natural, aún en evolución, por lo que puede y debería hacer un esfuerzo para trascenderse a sí mismo (Kennedy Philip, 2024).

El transhumanismo contemporáneo fue impulsado especialmente gracias a Max T. O’Connor, filósofo y futurista británico conocido como Max More, y Nick Bostrom, futurista de Oxford. Mientras que More definió al transhumanismo en el sentido tecnológico en que lo conocemos hoy, de la continuación y aceleración más allá de la actual forma del ser humano (Kennedy Philip, 2024), Bostrom fue cofundador de la Asociación Transhumanista Mundial, hoy Humanity+, desde el cual no sólo ha discutido acerca de la aplicación de genética, nanotecnología y robótica (GNR) a nivel del desarrollo humano, sino que también ha alertado acerca de los numerosos riesgos existenciales a la supervivencia de nuestra especie, eventos cuyo resultado adverso podría aniquilar la vida inteligente en la Tierra en su totalidad, o destruir su potencial (Torres, 2023). Tales riesgos existenciales pueden ir desde el estancamiento tecnológico hasta cosas más sci-fi como la aniquilación a manos de una civilización extraterrestre, y son un concepto fundamental para entender no sólo la ética existencial prevalente (Torres, 2023), sino también las visiones filosóficas y políticas detrás del transhumanismo.

El filósofo español Antonio Diéguez, autor del trabajo Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano, publicado en 2017, se toma el trabajo de distinguir entre varias modalidades de transhumanismo, basadas tanto en su visión crítica o práctica como en las formas en que propone trascender la humanidad. En el primer caso, Diéguez nos habla de un transhumanismo cultural o crítico, al que me referiré con más detalle en la parte final de este ensayo, y un transhumanismo tecnocientífico, que es de lo que estaré hablando a lo largo del texto (Diéguez, 2017). Este, por supuesto, nos habla de mejorar o transformar nuestras capacidades biológicas a través de la tecnología aplicada, incluyendo, pero no limitándose, la GNR.

A su vez, el transhumanismo tecnocientífico se divide en dos vertientes: una enfocada en el desarrollo de inteligencia artificial (IA), ingeniería de software y robótica, a la que podríamos referirnos como transhumanismo postbiológico, y una enfocada en avances genéticos y farmacológicos, que llamaremos transhumanismo biomédico. Mientras que el transhumanismo postbiológico proyecta un futuro en el que los seres humanos habremos sido sustituidos por robots superinteligentes y alcanzaremos la inmortalidad virtual a través de la transferencia o volcado de nuestra mente y consciencia en copias digitales, el transhumanismo biomédico defiende la transformación biológica a través de la eliminación o potenciación de distintos genes, la transferencia de genes de otras especies, o incluso el diseño e inserción de genes nuevos, alcanzando mejores atributos físicos y fisiológicos, una mayor longevidad e incluso la inmortalidad (Diéguez, 2017). A pesar de la diferencia en las herramientas y tecnologías empleadas, ambas vertientes tecnocientíficas tienen el mismo objetivo de alcanzar un organismo diseñado y mejorado, y no son mutuamente excluyentes.

Pero los enfoques tecnológicos no son la única forma en que se pueden clasificar las corrientes transhumanistas. Es importante reconocer también las filosofías sociales y políticas que las mueven, el tipo de organización que teóricamente nos conducirá por el mejor camino hacia la posthumanidad. Por ello, para explicar con detalle las ideas que alimentan las fantasías de los magnates tecnológicos de Silicon Valley necesitamos hablar de los sistemas teóricos en las cuales se dividen los movimientos transhumanistas. Hay cuatro especialmente importantes aquí: el transhumanismo democrático, el transhumanismo libertariano[1], el extropianismo y el singularitarianismo (Kennedy Philip, 2024).

El extropianismo y el singularitarianismo son más importantes para la siguiente sección, así que hablaré antes de los dos primeros movimientos, por mucho los más desarrollados y popularizados dentro de la esfera transhumanista. Mientras que el transhumanismo democrático, también llamado tecnoprogresismo, propone que los proyectos tecnológicos transhumanistas sean patrocinados por el gobierno y de acceso libre, con un Estado fuerte que garantice las libertades civiles y derechos de las minorías para que estos desarrollos estén al alcance de todos los ciudadanos, independiente de su género, etnia, religión, sexualidad y sobre todo clase económica, el transhumanismo libertariano aboga por que las garantías del derecho y acceso a las mejoras transhumanistas estén a cargo de la soberanía individual y el libre mercado, en una suerte de sociedad abierta y anarcocapitalista (Roux, 2009; Salguero, 2021; Kennedy Philip, 2024). Ambos movimientos se consideran herederos del racionalismo humanista nacido en la Ilustración, enfatizando el papel de la ciencia empírica y el razonamiento crítico en el desarrollo del conocimiento (Mazarakis, 2016; Kennedy Philip, 2024).

El objetivo general del transhumanismo es, pues, transicionar hacia un estado aumentado del ser, sea en una entidad biológica con facultades cognitivas incrementadas, una mayor longevidad e incluso nuevas capacidades sensoriales; un ser completamente artificial, cuyos procesos cognitivos sean el resultado de modelos de IA; o un cíborg que combine atributos biológicos y cibernéticos (Diéguez, 2017; Torres, 2023). Este es el posthumano, un ser que va más allá de las definiciones y atributos que asociamos con los humanos contemporáneos, y que puede dar lugar a sistemas de organización y civilizaciones que superen todo lo que concebimos en la actualidad (Torres, 2023; Kennedy Philip, 2024). Ahora, no hay que confundir posthumano con posthumanismo; este último representa un movimiento filosófico que no está necesariamente relacionado con el transhumanismo, pero hablaremos más adelante al respecto.

Tanto el transhumanismo democrático como el libertariano se basan en nociones tradicionales del sujeto político, así como en los ideales modernistas del progreso y la emancipación, razón por la cual han sido tanto respaldados como duramente cuestionados (Mazarakis, 2016; Salguero, 2021). De nuevo, profundizar en estas críticas más generales vendrá más adelante en el ensayo, pero vale resaltar que, mientras que al transhumanismo democrático se le ha criticado por priorizar el acceso a rasgos biológicos y anatómicos asociados a una vida plena a costa de asimilar y neutralizar la heterogeneidad y autonomía presentes en las poblaciones humanas, reduciendo al individuo a una simple pieza dentro un sistema utópico de dinámicas capitalistas (Mazarakis, 2016; Khan &  Anum, 2025), al transhumanismo libertariano se le acusa por subestimar el hecho de que, en el capitalismo tardío, las corporaciones multinacionales tienen un gran poder sobre la toma de decisiones a nivel político, de modo que el capitalismo ejercería un control autoritario basado en el principio de eficiencia (Mazarakis, 2016). Ambos sistemas, pues, tratan al posthumano como un medio para alcanzar objetivos éticos o existenciales de la humanidad, un “inhumano tecnológico” resultado de un totalitarismo homogeneizador.

Póster de Repo Men (2010), una película distópica en la que tus órganos artificiales pueden ser “embargados” de tu cuerpo, mientras sigues con vida, si no puedes pagarlos a tiempo.

A nivel de sus enfoques tecnocientíficos, el transhumanismo también ha enfrentado críticas bastante frecuentes. A varios teóricos del transhumanismo postbiológico se les ha cuestionado por sus predicciones pomposas acerca del desarrollo de la IA, la integración humano-máquina y el volcado mental, que no se corresponden con el estado actual del campo tecnológico (Diéguez, 2017), así como problemas éticos y filosóficos en torno a la IA, la experiencia cíborg y la consciencia artificial (Diéguez, 2017; Gebru & Torres, 2024). Por su parte, el transhumanismo biomédico es criticado por tratar de alterar algún tipo de propiedad o atributo esencial e inalterable del ser humano, tratando su cuerpo y su biología como condiciones mejorables o incluso superables (Diéguez, 2017; León XIV, 2026), y porque existen varias potenciales consecuencias negativas a nivel genético o social que por lo menos necesitan considerarse (Diéguez, 2017).

En su libro, Diéguez señala las deficiencias detrás del argumento de los atributos esenciales e inmutables en el ser humano, recordando que la especie humana es una entidad con una existencia sometida a cambios, que la evolución es un proceso constante de final abierto, y que somos también el resultado de las herramientas y tecnologías que usamos desde nuestros inicios (2017), por lo que la biotecnología es sólo un paso más avanzado en esa senda. Por otro lado, reconoce las dificultades de establecer cuáles son las cualidades o atributos que consideramos “deseables” o “útiles”, el potencial coercitivo de estas tecnologías, y el descuido de los transhumanistas en torno al aspecto social de nuestra especie y el papel que esto representa en las transformaciones que se realicen (Diéguez, 2017). En ese sentido, también es necesario tener en cuenta los fines y propósitos de los mejoramientos biológicos que se propongan.

 

IV. TESCREAL, los culebreros del siglo XXI

Los TESCREAListas han sido capaces de desviar recursos hacia intentar construir una IGA e impedir su versión de un apocalipsis en el futuro cercano, mientras disuaden al público de escudriñar en los daños reales que causan en sus intentos de construir la IGA.

-Timnit Gebru y E.P. Torres, “The TESCREAL bundle: Eugenics and the promise of utopia through artificial general intelligence” (2024).


Uno de los desarrollos más importantes y codiciados a ojos de las empresas tecnológicas en tiempos recientes son los modelos de lenguaje de gran tamaño (por sus siglas en inglés, LLM), modelos de aprendizaje profundo compuestos por una red neuronal artificial con miles de millones de datos, preentrenados con grandes volúmenes de datos, y que pueden realizar un aprendizaje sin supervisión, de modo que se les puede utilizar para realizar variadas tareas complejas (AWS, 2026). Estos LLM, que es de lo que realmente hablamos hoy en día cuando se menciona la IA, se han convertido en una inversión económica muy atractiva desde 2022, gracias a los chatbots generativos como ChatGPT, Gemini, Claude y Grok, al punto que, en el último cuarto del año pasado, representaron casi el 60% del crecimiento económico de EE.UU. (Levine, 2026). Gracias al desarrollo de la “IA”, empresas como OpenAI y Palantir se han hecho con jugosos contratos en gobiernos como Estados Unidos y Reino Unido, desarrollando softwares especializados en análisis masivo de datos y sistemas de integración de datos con aplicación en seguridad y defensa militar (Abuchaibe, 2026).

La IA se ha convertido en una fuente de promesas y temores. Promesas, porque supuestamente nos llevarán a una nueva era de productividad, innovación y desarrollo científico y tecnológico; temores, porque se teme que la automatización a través de ellas genere altos índices de desempleo en ciertas áreas, y la construcción de centros de datos para alimentar sus procesos requieren de espacio y recursos energéticos enormes con consecuencias ambientales serias (Oltman, 2026; Torres, 2026a). Si bien es cierto que las perspectivas laborales y de innovación por ahora son bastante exageradas (Oltman, 2026), las IAs se han convertido en una nueva proyección transhumanista para las mentes tecnológicas de Silicon Valley, los tecno-optimistas, con el gran objetivo de crear una inteligencia general artificial (IGA, por sus siglas en inglés), un sistema de IA que pueda realizar todas las tareas cognitivas de un humano y sea capaz de superarlos en la mayor parte de los trabajos de valor económico (Thomas, 2024; Gebru & Torres, 2024).

Estos tecno-optimistas nos aseguran que todo problema material puede resolverse a través de la tecnología, incluso si es generado por la propia tecnología. Así fue como lo manifestó Marc Andressen, empresario e ingeniero de softwares, quien publicó en 2023 un ensayo apropiadamente titulado El Manifesto Tecno-Optimista, en el cual combina ideas aceleracionistas y tecnocapitalistas en el que visualiza la tecnología como el producto de una verdadera organización de naciones unidades de puro talento, con la cual podemos alcanzar la grandeza y nuestro potencial completo como seres humanos, e incluso transformarnos a través de ella (Andressen, 2023). Notablemente, el texto señala como enemigos a ideas como el desarrollo sostenible, la responsabilidad social, el socialismo, y cualquier cosa que estanque el progreso tecnológico de la humanidad.

A pesar de todas estas palabras, para ser quienes nos ofrecen un futuro brillante para la especie humana, no parece que los tecno-optimistas estén muy preocupados por el humano en sí, sea el individuo o la condición humana. Fue muy comentada la entrevista que ofreció en 2025 Peter Thiel, fundador de Palantir, a The New York Times, en especial por un momento en que su entrevistador, Ross Douthat, le preguntó si prefería que la raza humana sobreviviese, y Thiel pausó y tartamudeó por varios segundos, a lo que Douthat le señaló: “Estás dudando” (Douthat, 2025). Thiel se excusó diciendo “Hay muchas preguntas implícitas en esto”, antes de responder que sí ante la insistencia de su interlocutor, y continuar hablando de su interés en que la humanidad sea radicalmente transformada a través de la tecnología.

El cíbercerebro, según el manga Kengan Omega.

¿Qué es, entonces, lo que está guiando a los tecno-optimistas de Silicon Valley? ¿Es poder económico y político? ¿Realmente quieren mejorar a la humanidad, o buscan un tipo específico de humanidad? ¿Por qué Thiel se mostró tan dubitativo hacia la pregunta de si prefería que nuestra especie sobreviviese? Lamentablemente, parecen que sus objetivos provienen del viejo e insistente ideal de la eugenesia, el mejoramiento de la especie a través de la selección de rasgos considerados “deseables” o “aptos” (El Pensador Sereno, 2025). El vínculo entre los ideales transhumanistas y la eugenesia ha sido un tema de discusión frecuente, pero lo que sí es claro es que el transhumanismo promovido por Silicon Valley hace parte de un conjunto de ideologías con raíces eugenistas, referidas por Torres junto a la científica computacional Timnit Gebru, en un artículo de 2024, como el conjunto TESCREAL (Gebru & Torres, 2024).

Gebru y Torres señalan que el conjunto TESCREAL es el motor ideológico detrás de la carrera por la IGA entre los tecno-optimistas de Silicon Valley, y su financiación proviene de sujetos acaudalados con ideales utópicos semejantes al de los eugenistas de principios del siglo XX, que comparten en mayor o menor medida un conjunto de siete ideologías enraizadas en esta visión (Gebru & Torres, 2024), y que, en tiempos recientes, han mostrado también ciertas tendencias pro-extincionistas (Torres, 2026b). Este movimiento TESCREAL se convierte en un enorme riesgo social y político, puesto que sus Mesías se enfocan en alcanzar un futuro posthumano a costa de dejar de lado las problemáticas que enfrenta nuestra sociedad actual, y buscan alcanzar el crecimiento tecnológico a través de promover su influencia política, entrando en conflicto directo con las democracias liberales como las conocemos (Sojit Pejcha, 2024).

Y, ¿qué significa TESCREAL? Es un acrónimo en inglés de las siete ideologías que, como decía, componen la visión utópica y futurista de los tecno-optimistas de Silicon Valley, y que son un reflejo de la segunda ola de la eugenesia moderna, la cual se presenta como una “eugenesia liberal” que busca mejorar los rasgos humanos a través de la ingeniería genética y la biotecnología sin el uso de políticas coercitivas a nivel poblacional, pero con el mismo potencial de socavar las libertades que la primera ola (Gebru & Torres, 2024). Estas ideologías, las cuales emergieron más o menos en su orden dentro del acrónimo, son:

-Transhumanismo: este no hace falta explicarlo, puesto que ya lo hablamos a detalle en la sección anterior. Lo que dejé para mencionar ahora es que Julian Huxley, el popularizador del término, era en efecto un proponente de la eugenesia, pero enfocada no en alcanzar la mejor versión del ser humano, sino transcender por completo la humanidad misma, una idea a la que Gebru y Torres se refieren como un transhumanismo temprano (2024).

-Extropianismo: esta ideología es considerada una forma de transhumanismo (Kennedy Philip, 2024), siendo Max More su mayor proponente como cofundador del Instituto de Extropía en los años 80 (Gebru & Torres, 2024). Extropía es un concepto metafóricamente antónimo a la entropía, y se refiere a un sistema con una capacidad de mejora en su inteligencia, información y vitalidad, tendiendo a un orden más sofisticado; en consecuencia, el extropianismo es un enfoque de expansión sin límites, autotransformación, optimismo dinámico, tecnología inteligente y orden espontáneo, donde los avances científicos y tecnológicos nos dirigirán hacia la capacidad de vivir indefinidamente (Gebru & Torres, 2024; Kennedy Philip, 2024).

-Singularitarianismo: esta es otra variante del transhumanismo basada en el concepto de singularidad tecnológica, un punto en el que el progreso tecnológico alcance una tasa tan veloz que genere una ruptura en la historia humana, donde el ser humano se fusione con la máquina de forma indistinguible, o cuando la inteligencia artificial llegue a superar el potencial del cerebro humano y se deslinde de su control, transformándose en una superinteligencia artificial (SIA) (Gebru & Torres, 2024; Kennedy Philip, 2024), de modo que nos corresponde guiar el camino hacia esa singularidad hacia el beneficio humano. En cualquiera de los dos casos, la singularidad tecnológica nos permitiría alcanzar la posthumanidad y extendernos a través del espacio, llenando el universo con nuestra propia consciencia (Gebru & Torres, 2024).

-Cosmismo: impulsado principalmente por el transhumanista Ben Goertzel, el cosmismo se enfoca en predecir el potencial de transformación del universo mismo por parte de nuestros descendientes posthumanos. Una vez los humanos se fusionen con la tecnología y colonicen el universo a su alrededor, la posthumanidad podría ser capaz de crear mundos virtuales, y desarrollar tecnología y ciencia espaciotemporal que sobrepasen nuestra imaginación (Gebru & Torres, 2024).

-Racionalismo: esto no se refiere a la corriente filosófica moderna, sino a una comunidad surgida en torno al sitio web LessWrong, un foro dedicado a mejorar el razonamiento humano, por lo que entre sus objetivos se encuentra el “entrenamiento en racionalidad”, sobre todo enfocado hacia alcanzar resultados positivos en la IA, a la que consideran una herramienta importante en el futuro de la humanidad (Gebru & Torres, 2024). Aunque la comunidad racionalista no es directamente transhumanista, son muchos los racionalistas afines al transhumanismo.

-Altruismo efectivo (EA): el EA es un enfoque ético probabilístico que busca generar el mayor impacto positivo posible a través de nuestras acciones con recursos finitos, combinando la empatía con la razón. Si bien inicialmente se propuso como una forma de contribuir de forma eficiente a la reducción de la pobreza extrema en el mundo desarrollado, las principales figuras del EA se han inclinado hacia sugerir que nuestra obligación moral es maximizar la cantidad total de “valor intrínseco en el mundo” -concepto llamado utilitarismo totalista-, de modo que, basados en cálculos acerca del tamaño poblacional estimado de la humanidad tras colonizar el universo accesible, nuestros esfuerzos deben dedicarse a que estos humanos futuros tengan vidas positivas netas, pues entre más de ellas haya, mejor sería el universo (Torres, 2021; 2023; Gebru & Torres, 2024).

-Largoplacismo: si el EA postula que nuestro objetivo de lograr el mayor bien posible requiere enfocarse más en el futuro que en el presente, dado que en el futuro hay una mayor cantidad astronómica de “valor”, el largoplacismo lleva esta conclusión más lejos, enfatizando que nuestros esfuerzos deben dirigirse en el desarrollo de tecnologías que favorezcan las vidas de los miles de millones de (post)humanos que nacerán en el futuro, por lo que no debemos gastar tiempo y recursos en resolver los problemas contemporáneos más allá de lo necesario para garantizar el futuro lejano (Gebru & Torres, 2024; Sojit Pejcha, 2024). Según el largoplacismo, pues, nuestro deber y responsabilidad es tomar acciones que incrementen la probabilidad de cumplir nuestro potencial a largo plazo y mitiguen los riesgos existenciales. Para proponentes como Bostrom, mientras no se trate de un riesgo existencial, incluso eventos trágicos como las dos guerras mundiales, el SIDA o el desastre de Chernobyl son triviales desde la perspectiva largoplacista (Torres, 2021; Gebru & Torres, 2024).

Probablemente hayan escuchado recientemente del EA y el largoplacismo, pues por ejemplo Sam Altman, fundador de OpenAI, ha manifestado haber sido partidario del EA en el pasado, y Musk es un largoplacista confeso, obsesionado con las tasas de natalidad en descenso y asegurando que nuestro deber se encuentra en maximizar la felicidad y la consciencia hacia el futuro (Gebru & Torres, 2024). Estas dos ideologías en particular son las que cuentan con mayor capacidad de aplicación a nivel ético y filosófico dentro del conjunto TESCREAL, y por lo mismo son especialmente nocivas en el presente. Ambas alientan una visión de la moral como un problema de optimización que se desentiende de la experiencia humana, donde problemas actuales como la desigualdad a gran escala, la crisis climática y el colapso ecológico por las especies en riesgo de extinción no son prioritarios a resolver; algunos de sus proponentes incluso exhortan dejar de lado el intentar ayudar a los países más pobres, puesto que no tienen capacidad de impactar en el desarrollo tecnológico y económico necesarios para incrementar la calidad de vida de los miles de millones de humanos futuros (Torres, 2021; Sojit Pejcha, 2024).

Por lo mismo, el movimiento TESCREAL es uno fuertemente capitalista y profundamente corporativista, que defiende la acumulación de riqueza por parte de los grandes tecno-optimistas de Silicon Valley, pues son ellos los que, en su narrativa de la liberación, nos traerán la evolución de la humanidad más allá de nuestros límites físicos, evaluando todo en términos de potencial, productividad económica, rendimiento y eficiencia, manteniendo así las dinámicas de inequidad material (Devenot, 2023; Sojit Pejcha, 2024). Irónicamente, todos estos valores nos han empujado a la crisis existencial actual del cambio climático y la degradación ecológica a través del capitalismo más salvaje posible (Torres, 2021). En tal sentido, la búsqueda de tecnologías más avanzadas para evitar la extinción puede precisamente llevarnos hasta la propia desaparición de la especie humana.

No obstante, dependiendo de cómo se definan los términos “humanidad” y “extinción”, puede que no todos los seguidores de TESCREAL estén opuesto a la extinción humana; de hecho, algunos son notablemente pro-extincionistas. Mientras que, por ejemplo, la definición de humanidad que solemos emplear es una estrictamente limitada a los miembros de la especie H. sapiens, un TESCREALista puede referirse ya sea a los descendientes biológicos de nuestra especie, que pueden o no tratarse de H. sapiens, o a una posthumanidad postbiológica, en la cual nuestra consciencia ha sido transferida a cuerpos artificiales (Torres, 2025; 2026b). Por lo tanto, cada vez que uno de estos sujetos hable de que les gusta la humanidad o son pro-humanos, como hace Elon Musk, es mejor fijarse bien, porque es muy probable que no esté hablando sensu stricto de la especie humana en su estado actual.

En el caso de la extinción, Torres -quien ha admitido haber abrazado en un tiempo pasado las ideologías de TESCREAL- advierte también la necesidad de tener en cuenta dos definiciones de extinción previamente descritas: la extinción terminal y la extinción final. Aquellos que apoyan la idea de una posthumanidad digital que nos reemplace rechazarán la extinción final, pero están muy abiertos a tolerar una extinción terminal, puesto que técnicamente la “humanidad” sobrevivirá a través de estos posthumanos postbiológicos; algunos, como Eliezer Yudkowsky, incluso han sugerido que procrear hijos biológicos sería moralmente incorrecto en un escenario de posthumanidad. Según el movimiento TESCREAL, la misión de la humanidad por consiguiente es crear los seres posthumanos que podrán construir la utopía interestelar y de singularidad tecnológica que visualizan ahora (Torres, 2026b).

De ahí la respuesta dubitativa de Thiel en la entrevista del NYT: él reconoce que la IA es vista como un mecanismo para alcanzar el transhumanismo y crear esta especie posthumana, sea como un cíborg o un ser completamente digital -algo a lo que Torres se refiere como eugenesia digital-, y no está enteramente seguro de que sea una fantasía (Douthat, 2025; Torres, 2025). Thiel prefiere la opción de “optimizar” su sustrato biológico y conservar su propio cuerpo[2], aunque, como Torres menciona, esto no es mutuamente excluyente con la eugenesia digital (Torres, 2025). Algunos de estos eugenistas sugieren incluso que podríamos desarrollar IAs completamente autónomas para reemplazar a nuestra especie sin ningún tipo de transferencia digital o sustrato humano: un posthumano forjado completamente desde cero.

Esto incluso ha generado debates dentro de los intelectuales TESCREAListas. Si la extinción terminal puede ocurrir sin que haya una extinción final, ¿debería la humanidad sensu stricto sobrevivir, o deben los posthumanos dejar que desaparezca? Hay cuatro posibilidades: una de coexistencia, en la que la humanidad cohabite junto a la posthumanidad; una de reemplazo, en el que la posthumanidad debe reemplazarnos; una de indiferencia, en el que la supervivencia de la humanidad es un asunto moralmente neutro; y una de resignación, que aplaza discutir la cuestión e ir descubriendo la respuesta mientras llegamos a esa situación (Torres, 2026b). Sorprendentemente -o quizás no tanto-, la visión de reemplazo es bastante popular dentro del movimiento TESCREAL, aunque algunos intentan defenderla con la propuesta de que el reemplazo sea un proceso voluntario, algo a lo que es irreal pensar que accederíamos como humanos.

En cuanto a la coexistencia, defendida por personajes como Yudkowsky, Jeffrey Ladish y el propio Bostrom, cuenta también con sus propios problemas. No es difícil suponer que una especie posthumana superior a nosotros en todo aspecto acabaría por someternos a nivel político y económico -algo parecido a VIKI en la película Yo, robot-, y no tardarían en vernos como una presencia que consume espacio y recursos que ellos podrían utilizar (Torres, 2026b), aunque Diéguez sugiere, por ejemplo, que, con una distancia fenotípica tan grande a nivel de inteligencia, no tendríamos que suponerles una competencia en recursos para ellos (Diéguez, 2017). Por otro lado, dado que ya el filósofo Derek Schiller ha argumentado que deberíamos impulsar la extinción de nuestra especie para entregar los recursos del planeta (Schiller, 2027), si esta posthumanidad aplicase los mismos razonamientos morales y cálculos utilitarios, podría llegar tranquilamente a la misma conclusión de que la mejor forma en que los seres humanos podamos contribuir a un mejor futuro sea a través de nuestra no existencia, por lo que se encargarían de eliminarnos ellos mismos (Torres, 2025; 2026b).

Visiones tan radicales y cuestionables no son extrañas del conjunto TESCREAL. Además de la influencia genealógica de la primera ola de la eugenesia, Gebru y Torres denuncian que sus miembros comparten convicciones escatológicas utópicas y apocalípticas profundamente entrelazadas, y varias actitudes discriminatorias como racismo científico, antisemitismo, rechazo a la inmigración, y supremacismo blanco, además de una fijación con la inteligencia medida a través del CI (2024). Así mismo, se les ha señalado por intersecar sus visiones sobre la sociedad y la humanidad con ideologías patriarcales, transfóbicas e incluso fascistas (Jäger & LJ, 2025).

Con la notable excepción de Andressen, la mayoría de los tecnomagnates en Silicon Valley han rechazado la etiqueta de TESCREAL para referirse a sus propuestas e ideologías, sea porque lo consideran un término peyorativo o un insulto, porque acusan a sus formuladores de ser gente woke, o porque simplemente no entienden qué es lo que implica (Torres, 2026c). Gebru y Torres también han recibido críticas por caracterizar mal la carrera tecnológica y rechazar el crecimiento económico y el progreso (Brennan, 2024), o refiriéndose a TESCREAL como una teoría de conspiración (Hughes, 2023). Si bien es verdad que puede dar la impresión de una visión conspiranoide, y el término no es fácil de explicar en un inicio, el concepto de TESCREAL es puramente descriptivo: no hay un tono de conspiración, sino un rastreo del origen y configuración de las ideologías que han moldeado la carrera tecnológica de Silicon Valley en busca de la IGA y la SIA (Torres, 2026c).

Una vez explicado todo esto, ¿son acaso factibles las visiones y propuestas del conjunto TESCREAL? ¿Estamos cerca de desarrollar una IGA tan óptima que pueda reflejar o incluso superar nuestras capacidades cognitivas, y una SIA tan avanzada como para dejarle la tarea de resolver nuestros problemas actuales, y empezar a construir nuevos proyectos tecnológicos? ¿Una mente autónoma y artificial, tan compleja e incomprensible para nosotros, que bien podría ser comparable a un dios? ¿O acaso estos tecno-optimistas no son más que un montón de vendedores de aceite de serpiente, culebreros que nos impresionan mostrándonos supuestas maravillas y vendiéndonos ungüentos para todos los males de nuestra sociedad?

Fotograma del videoclip para “Clockwork God”.

El recorrido que llevamos sigue siendo motivo de debate, pues hay innovaciones prometedoras en algunos modelos transformadores, pero lo cierto es que actualmente existen muchos retos en torno a inquietudes éticas y riesgos de seguridad en torno a la IGA (Gebru & Torres, 2024; Lewis, 2024), no digamos ya alcanzar una SIA, materializados ya en “fugas” de modelos (Arjona, 2026a). La IA es casi más una narrativa que una tecnología digital; se ha convertido en una experiencia psicodélica, en la base de la imaginación hiperbólica colectiva en torno a las soluciones potenciales a las crisis climáticas, ambientales y políticas, cuando la realidad es que ni siquiera son capaces de comprender las respuestas que construyen (Devenot, 2023; Schnell, 2026). En este punto, la IA se ha inclinado hacia el territorio de fucking magic (puta magia) dentro del marco crítico AM/FM de la ingeniería y la ficción: una fantasía técnica antes que práctica, pero mucho más fácil de vender y comercializar que una solución real y concreta (Sloane, 2024; Berry, 2025).

Por otro lado, la industria de la IA ha recibido miles de millones de dólares en inversión, pero la financiación circular y la competencia de China con modelos de pesos abiertos, sumado a los costos de los chips y tarjetas de RAM, y las discusiones en torno a los centros de datos, han iniciado una caída de las acciones de la IA y pérdidas de billones de dólares (Arjona, 2026b; Economía El Diario, 2026; Morris, 2026; Yahoo! Finanzas, 2026). Los tecno-optimistas de Silicon Valley quieren convencernos a fuerza de que la IA es inevitable y el único camino posible en el avance de la humanidad, pero cada vez es más evidente que hay una enorme burbuja financiera apenas sostenida por unas pocas empresas contadas a dedo, que no sobrevivirá si llega a caer una compañía como OpenAI (Zitron, 2026). Es inevitable que las herramientas de IA generativa hagan poco a poco parte de espacios educativos o científicos; no obstante, con las limitaciones físicas, energéticas y éticas, está lejos de ser una tecnología sin alternativas factibles, y con un crecimiento sostenible y garantizado hasta el desarrollo de una superinteligencia (Watkins, 2025; Gálvez Kozlovski, 2026; Oltman, 2026).

No vamos mucho mejor con las ilusiones de la colonización espacial. Dejando de lado que estamos lejísimos de cualquier avance hacia los cuerpos postbiológicos que, como sugieren los ideólogos TESCREAListas y pro-extincionistas, serían requeridos para soportar las largas travesías a través del espacio (Torres, 2026b) -aún si fuese sólo nuestro cerebro y médula espinal en un cuerpo artificial a manera de Ghost In The Shell-, la tecnología espacial para alcanzar Marte tampoco estará disponible en el futuro cercano (Wismayer, 2026), al punto que Musk, quien afirmó en 2011 y luego en 2016 que llegaríamos al planeta rojo en 10 años, declaro que una ciudad en la Luna será la nueva prioridad de su compañía SpaceX (Doménech, 2026). La posibilidad de terraformar o establecer colonias con toda la adecuación necesaria también es remota en estos momentos, y es curioso que los obsesionados con la colonización espacial muestren poco interés en desarrollar proyectos comparables para mitigar, por ejemplo, la crisis climática del planeta que ya habitamos (Wismayer, 2026). En un todo, la visión utópica TESCREAL sufre del mismo problema de todas las visiones enfocadas en el progreso tecnológico como eje principal del desarrollo y emancipación social: pensar que los avances tecnológicos que solucionen nuestros grandes problemas de la civilización y el planeta surgirán más rápido de lo que crecen dichos problemas.

 

V. La esperanza transhumanista como dominación tecnocrática

Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades.

-Papa León XIV, Magnifica Humanitas, capítulo tercero, ‘Técnica y dominio’ (2026).


Cuando en mayo de este año el Vaticano publicó la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, el mundo se sorprendió al ver que incluía varias reflexiones y advertencias acerca de la IA. En un texto claramente asesorado por filósofos y expertos en el desarrollo de estos modelos, el Papa advierte no sólo acerca de las limitaciones y sesgos de las IAs, las cuales reflejan las tendencias de aquellos que reunieron la información para alimentarlas, sino también del peligro de la deriva tecnocrática del poder, en el que lógicas corporativas y mercantiles se sobreponen a decisiones sociales y económicas, y unos pocos magnates son quienes reúnen el poder de plataformas, infraestructuras y datos (León XIV, 2026). Dejando de lado la obviedad de que el texto tiene una clara motivación religiosa en sus reflexiones, el Papa exhorta a que los principios del bien común, la dignidad de la persona, la solidaridad y la justicia social sean los principales criterios para evaluar el poder y alcance de estas nuevas tecnologías. La IA debe estar al servicio de la humanidad, y no la humanidad sometida a través de la IA.

La encíclica papal llamó la atención, entre otras cosas, por citar un fragmento de El Señor de los Anillos, la famosa saga de fantasía de J.R.R. Tolkien, que León XIV usó para hacer un llamado a la responsabilidad y participación de cada uno de nosotros en resolver los grandes problemas de la actualidad, dentro de nuestras propias capacidades (León XIV, 2026). “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”. Curiosamente, en el capítulo del cual se extrae la cita, pronunciada por el mago Gandalf, hay una mención previa al riesgo de confiar en las palantir, las piedras videntes usadas en la historia de la Tierra Media para ver a grandes distancias o comunicarse entre otros (Morla, 2026).

Este detalle no parece casualidad, siendo que Palantir es precisamente el nombre de una de las empresas tecnológicas más importantes e influyentes de la actualidad, y cuyo dueño y fundador, Thiel, es abiertamente hostil a las democracias liberales y la convivencia civil (de Sus, 2025; Morla, 2026), y lleva una obsesión con la figura del Anticristo, al que identifica con variadas cosas como una oposición a sus proyectos tecnocráticos, la regulación a las IAs, e incluso con la activista ecologista Greta Thunberg (Almond, 2025; Acuña Asenjo, 2026). La presencia de Palantir en la esfera militar y de seguridad en varias naciones y la visión de Thiel representan todo lo opuesto a las ideas presentadas en Magnifica Humanitas.

De hecho, unas semanas antes de la publicación de la encíclica papal, Palantir publicó en su cuenta de la red social Twitter[3] un manifiesto de 22 puntos que resume las ideas del libro La república tecnológica, publicado el año pasado y coescrito por Alex Karp, cofundador de Palantir y doctor en filosofía, y Nicholas Zamiska. Dicho manifiesto presenta ideas como la necesidad de un poder duro en las sociedades y el servicio militar como deber universal, rechaza cualquier discusión ética y política sobre el uso de la IA en la tecnología militar, defiende la privatización del Estado, la IA como base de un nuevo orden geopolítico, y tendencias antiliberales y supremacistas (Miranda & Gressani, 2026). Y aunque se trate específicamente de Palantir, este texto resume de forma íntegra la tendencia ultraconservadora y la intromisión política de Silicon Valley en las instituciones democráticas de potencias occidentales.

Es aquí donde se halla el verdadero peligro del movimiento TESCREAL: no en sus fantasías tecno-optimistas que desperdician tiempo y recursos económicos, sino en el poder e influencia que han alcanzado en estos últimos. Personajes como Musk, Thiel, Karp y Altman tienen una fuerte influencia en naciones como Estados Unidos -Thiel llegó incluso a poner a un protegido suyo, J.D. Vance, como vicepresidente-, su visión largoplacista ha llegado a replicarse incluso desde reportes en la ONU (Mustafa, 2025), y recientemente ha hecho sentir su presencia en los países del Cono Sur. Musk es un activo partícipe de la política, habiendo no sólo hecho parte del nefasto Departamento de Eficiencia Gubernamental que cerró miles de proyectos nacionales e internacionales en Estados Unidos con la excusa de reducir el gasto público, poniendo en riesgo varios programas de ayuda fundamentales y la vida de millones de personas (Tarnoff & Slobodian, 2026), habiendo causado ya la muerte de 1,6 millones de forma indirecta (Torres, 2026d), sino que también es un amplio difusor de políticas de extrema derecha, respaldando abiertamente a partidos ultraconservadores como ADF en Alemania y Reform UK en Reino Unido, e instigando también pogromos xenófobos en este último país durante el último bienio (Buckle & Sargent, 2026).

No debe sorprendernos esto en absoluto. Las ideologías que componen el conjunto TESCREAL acaban llevando a la conclusión lógica de que, en aras de impulsar el desarrollo humano a través de los avances tecnológicos, es necesario hacer a un lado las regulaciones económicas y éticas y el control político sobre las compañías tecnológicas (Zuboff, 2026), algo por lo que, de hecho, Timnit Gebru fue expulsada de Google en 2020 al cuestionar, entre otras cosas, la falta de barreras éticas apropiadas en el desarrollo de IAs (Metz & Wakabayashi, 2020). Así, es de esperarse tanto las tendencias postfascistas e iliberales de sus principales defensores a nivel corporativo como su convergencia y atracción sobre movimientos libertarianos y reaccionarios misóginos (Troy, 2023). Dueñas de los espacios digitales, estas empresas dirigidas por tecnócratas han acabado por controlar tanto la seguridad como el flujo de información e incluso la participación política, social y económica. Esto es a lo que la socióloga y escritora Shoshana Zuboff se refiere como capitalismo de vigilancia, un sistema económico en el que toda experiencia humana es invadida y explotada por los grandes directivos de las corporaciones, totalitarios con ánimo de lucro (Zuboff, 2026).

Con el dominio de la élite tecnocrática de las Big Tech, ¿a qué nos enfrentamos, políticamente hablando? El escritor Manuel Acuña Asenjo lo llama simplemente tecnocracia digital, un conjunto de fuerzas hegemónicas que buscan establecer un régimen corporativo de corte tecnológico a través de la construcción de una red transnacional de apoyo que logre acceder al Estado por la vía electoral para desmontarlo progresivamente desde dentro, generando así las condiciones para una libre empresa que opera de forma independiente (Acuña Asenjo, 2026).

Un concepto mucho más popular y extendido es el de tecnofeudalismo, de la mano de economistas como Cédric Durand y Yanis Varoufakis. Para estos autores, el capitalismo se ha transformado en una entidad omnipresente que reemplazó los mercados por una especie de feudo digital, donde los usuarios participan de la producción de capital tan solo por ingresar a las plataformas, y las empresas toman control de los datos y las actividades sociales para guiar sus conductas de consumo (Moscorp, 2024; D’Addario, 2025). Este tecnofeudalismo acaba parasitando al capital, convirtiendo a los propietarios de la producción de valor en vasallos de un capitalismo de nube nacido con la privatización de la Internet, cuando el espacio digital terminó cercado y centralizado en manos de las empresas tecnológicas (Moscorp, 2024).

Por otra parte, el investigador y escritor Evgeny Morzov ha cuestionado duramente la hipótesis de tecnofeudalismo, en particular la versión desarrollada por Varoufakis, señalando que sólo está describiendo el funcionamiento natural y eterno del capitalismo, en la captura de consumidores y construcción de redes propietarias que ahora están mediadas por su presencia digital, además de ignorar que los gigantes tecnológicos no sólo ayudan a las empresas a vender, sino también a producir sus productos (Denvir, 2023; Morozov, 2025). En ese sentido, las Big Tech siguen sometidas a los designios de los mercados de capitales, algo en lo que falla la hipótesis de Varoufakis porque, según Morozov, busca identificar primero el modo de producción dominante y luego atribuir las acciones de los actores económicos a dicho modo (Denvir, 2023).

Otra teoría importante para comprender las transformaciones políticas que vemos es el tecnofascismo, un concepto ya utilizado en la crítica tecnológica desde los años 80 y desarrollado en tiempos recientes por filósofos como Norman Ajari y Frédéric Neyrat, y periodistas especializados como Nastasia Hadjadji y Olivier Tesquet, que propone una forma de poder basada en la lógica del desarrollo técnico, y en la cual las infraestructuras tecnológicas privadas concentran una gran cantidad de influencia y poder a través de la información y el control de datos, más allá de los mecanismos democráticos que se supone deben limitar y regular esta recomposición del poder (Dubiau, 2026; González Fabra, 2026). Los sistemas de vigilancia y la IA, que organizan y producen la información en la esfera digital, se vuelven fundamentales en la consolidación del poder en manos de las tecnocracias de Silicon Valley (González Fabra, 2026), razón por la cual el manifiesto reciente de Palantir fue calificado por expertos como un documento tecnofascista.

El tecnofascismo no aparece como una ruptura directa con las democracias liberales, sino que se presenta como una superación de las mismas a través de la privatización progresiva de la soberanía al delegarse poder del Estado hacia las corporaciones, un antidemocratismo radical que distancia a las masas del ejercicio de la democracia, y un modo de gobierno basado en infraestructuras tecnológicas sin control democrático que orienten los comportamientos sin necesidad de coacción directa (Dubiau, 2026). Si bien la teoría es un poco más limitada en cuanto a la poca profundización de los mecanismos económicos que dan origen a las tendencias tecnofascistas, no deja de ofrecer un análisis importante en torno al papel de las nuevas tecnologías en la erosión de libertades y las corrientes antidemocráticas que la constituyen (Dubiau, 2026; González Fabra, 2026).

Independiente de la teoría crítica que apliquemos, el surgimiento de estos poderes tecnocráticos encarna las razones por las cuales tanto el transhumanismo democrático como el libertariano son movimientos política y filosóficamente limitados, al descuidar en sus análisis el alcance de la opresión corporativa de las corporaciones tecnológicas y el poder del modelo capitalista sobre las decisiones políticas a gran escala (Mazarakis, 2016; Khan & Anum, 2025). Esto, por supuesto, es algo de lo que se ha escrito y presentado en pantalla por décadas desde el género cyberpunk y la ciencia ficción, tanto a modo de advertencia como de sugerencia para la reimaginación de propuestas transhumanistas verdaderamente emancipatorias, que superen las inequidades reforzadas a través de las compañías tecnocráticas (Khan & Anum, 2025). Como tal, confiar nuestra seguridad y futuro como especie a un puñado de empresarios largoplacistas, más interesados en crear la primera superinteligencia o replicar a la mayor Motoko Kusanagi que en solucionar nuestros problemas actuales, no sólo es una apuesta difusa en resultados, sino bastante peligrosa en su alcance presente.

 

VI. Del transhumanismo al posthumanismo

Pensar en el transhumanismo sobre los cimientos del pensamiento modernista es seguir fomentando las mismas fantasmagorías que mágicamente pretendemos que van a llenar todos los espacios vacíos que dejen las cosas, aquellas cosas de las cuales no queremos, o no sabemos, cómo darles una solución.

-Juan Felipe Salguero, "¿El futuro es libertario o democrático? La metanarrativa del transhumanismo" (2021).


Como hemos podido ver con el conjunto TESCREAL y el grupo de tecnócratas de Silicon Valley, un ideal abstracto del progreso hacia el transhumanismo puede acabar fortaleciendo las mismas estructuras políticas y económicas opresivas de las cuales el ideal transhumanista pretendía emanciparnos en la transición hacia la posthumanidad. Esa es, de hecho, la crítica filosófica más general que prevalece contra el transhumanismo democrático y el libertariano. Ambos toman el conocimiento como un fin en sí mismo para la emancipación global, partiendo desde una idea lineal del progreso donde el punto final de la evolución humana y social resolverá todas nuestras contradicciones, sea a través de una utopía comunista o “anarcocapitalista” (Mazarakis, 2016). Las políticas transhumanistas nos ofrecen una esperanza especulativa y emancipatoria, de que algún día nuestra situación será mejor o nos habremos librado de ella, pero esta base en las narrativas modernistas del progreso no logra enfrentar las críticas que afrontaron estas grandes narrativas con los horrores tecnológicos y las sociedades neoliberales del siglo XX (Mazarakis, 2016; Salguero, 2021).

Dejando de lado las críticas posmodernas, tampoco podemos olvidar que los ideales transhumanistas nacieron a partir de los movimientos eugenistas del siglo anterior, por lo que en esencia llevan una fuerte e ineludible carga racista y capacitista, que patologiza las vulnerabilidades humanas y las trata en términos de discapacidad, sin responder realmente al reconocimiento y necesidades de las personas vulnerables (Salguero, 2021; Fasoli, 2023; Gebru & Torres, 2024). Susan Levin, filósofa y autora del libro Posthuman Bliss? The Failed Promise of Transhumanism (¿Felicidad posthumana? La promesa fallida del transhumanismo), critica igualmente al transhumanismo como una denigración de las capacidades humanas, que medicaliza nuestra corporeidad, recurre a racionalizaciones utilitarias, y simplifican enormemente la evolución y biología del ser humano desde una perspectiva computacional, como si nos tratásemos de centros de información con unidades fácilmente manipulables (Ebbets, 2021).

Un enfoque en la eficiencia máxima del individuo o en una serie de rasgos que asociamos con una vida plena y digna de ser vivida es una deshumanización del propio ser humano, una que pretende “rehumanizarnos” en un molde específico a los ideales y propósitos de esta visión transhumanista (Mazarakis, 2016; Salguero, 2021). Es difícil que construir una visión utópica en torno a estas ideas no caiga en sistemas coercitivos, en especial si es combinado con la influencia de ideologías TESCREAL como el EA y el largoplacismo. No hace falta ser un sociólogo postestructuralista para notar un riesgo tan grande.

Hay un meme muy reconocido en torno a la saga Robocop que bien podría encarnar la crítica al transhumanismo libertariano: un policía asesinado al que resucitaron como máquina para hacerlo volver a trabajar.

Aceptando, no obstante, la posibilidad de que se pueda acceder a una tecnología transhumanista aplicada a las necesidades individuales de forma completamente voluntaria y asequible, no dudo que habría muchas personas, en particular discapacitadas, que podrían considerarlo una opción. Yo mismo, siendo uno, no me opongo del todo a la idea, aunque no llevo una relación conflictiva con mi autismo, y en estos momentos preferiría nadar en medio del río Bogotá con un tajo en el pecho que prestarme para un proyecto tan nebuloso como el Neuralink de Musk (Perez, 2025). Al mismo tiempo, como biólogo, soy consciente de que nuestro cuerpo es el resultado de un proceso evolutivo que no siempre dio lugar a las mejores estructuras corporales posibles -por ejemplo, la disposición de los fotorreceptores en nuestra retina, que da lugar a imágenes invertidas que nuestro cerebro luego corrige-, y que nuestra naturaleza, si podemos hablar de alguna, no es un atributo fijo e inmutable (Diéguez, 2025), de modo que no cuesta reconocer que nuestra biología es mejorable.

El punto es: ¿sería posible entonces proyectar una visión política transhumanista más allá de los libertarianismos y las democracias liberales? ¿Podemos rescatar el ideal de avance hacia la posthumanidad de las nociones eugenistas de las cuales surgió, desde una perspectiva realmente libertaria?

El transhumanismo de izquierda sugiere que es posible. Esta es una corriente política con influencia del pensamiento de autores como James Hughes -autor de Citizen Cyborg, un trabajo influyente en el transhumanismo democrático- y Aaron Bastani, que reconoce el potencial de inequidad económica y biológica en dejar la biotecnología y los incrementos transhumanos en manos de compañías, por lo que propone una descentralización de las tecnologías emergentes y el desarrollo de automatización e IAs de acceso abierto, de modo que se elimine la escasez y la necesidad de mercado laboral al mismo tiempo que las limitaciones físicas (Sirius, 2025). Este transhumanismo de izquierda es vasto en interpretaciones, desde tendencias socialistas y marxistas, pasando por propuestas más autoritarias, hasta otras inclinadas hacia el verdadero libertarismo.

Una propuesta transhumanista de izquierda importante que se ha planteado es el transhumanismo marxista. La influencia del pensamiento de Karl Marx se ha podido reconocer en algunos teóricos transhumanistas y aceleracionistas de izquierda como Hughes, Bastani, James Steinhoff, Nick Srnicek y Alex Williams, y en el cosmismo ruso a finales del siglo XIX, que ya se planteaba los objetivos de inmortalidad y colonización espacial dentro de una visión revolucionaria de corte marxista (Fanjul, 2023; Rogacz, 2024), de modo que no debería sorprendernos que algunos hayan trazado un hilo conectando la visión actual con elementos prototranshumanistas en la obra del pensador alemán (Steinhoff, 2014; 2021). Marx reconocía la naturaleza humana como un atributo que se modificaba en cada época histórica por la que pasaba la sociedad, lo que, según los transhumanistas marxistas, abre las puertas hacia entender el concepto de ser humano de nuevas formas (Rogacz, 2024).

De manera similar, el transhumanismo y el marxismo estarían vinculados por un concepto ontológico del sufrimiento como relación materialista entre la naturaleza y el humano, y la importancia de las condiciones materiales para la revolución social, por lo que pueden complementarse mutuamente en sus objetivos (Steinhoff, 2014; 2021; Maidansky & Biryukov, 2021). Por tanto, se ha propuesto que las contradicciones internas del actual movimiento transhumanista, integrado en un modelo capitalista e individualista, pueden conducir hacia una liberación a través del desarrollo tecnológico, siempre que se encuentre enmarcada dentro de la perspectiva marxista del antagonismo entre capital y trabajo (Steinhoff, 2014; Armesilla Conde, 2018). Esto no ha evitado críticas de otros intelectuales marxistas, quienes señalan que no es sostenible alcanzar una tecnología de IA descentralizada y de acceso abierto en una sociedad de clases, y que los objetivos y problemas a resolver del transhumanismo y el socialismo distan entre sí, por lo que un transhumanismo marxista no es una síntesis política coherente (Rechtenwald, 2013; Noonan, 2021).

Otra tendencia en el transhumanismo de izquierda, y que considero con mejor recepción, es el anarcotranshumanismo. Partiendo de la idea de “deberíamos buscar expandir nuestra libertad física tal como nuestra libertad social” (Blueshifted & Gillis, 2016), esta corriente apoya el uso y desarrollo de la tecnología en la expansión de la libertad humana y la felicidad, no sólo como una herramienta de emancipación de las jerarquías y los sistemas opresivos, sino también como un rechazo a los esencialismos fijos y la búsqueda de control y autonomía sobre la conformación y funcionalidad del propio cuerpo (Blueshifted & Gillis, 2016; Brix, 2018; reimagining, 2023). El anarcotranshumanismo reconoce el rechazo a las tecnologías emergentes por causa de la opresión socioeconómica que sufrimos, pero señala que la tecnología como concepto es neutral en sí, y por lo mismo se requiere de un enfoque anarquista en ética y estrategia, no sólo para contextualizar los desarrollos tecnológicos a nivel social, político y ecológico, sino también para liberarlos de las infraestructuras centralizadas y el monopolio del Estado y el capital (Brix, 2018; reimagining, 2023).

Si bien el anarcotranshumanismo también ha recibido críticas en torno a su supuesta incompatibilidad del transhumanismo con ideas ecológicas y sociales del pensamiento anarquista, o que se enfoca en futuros y tecnologías que aún no existen (Kolovuo & Karageorgakis, 2010; Blueshifted & Gillis, 2016), sus defensores argumentan que las visiones transhumanistas pueden y necesitan ser replanteadas desde el anarquismo para superar sus propias limitaciones y los riesgos de perpetuar formas de control (Danaher, 2014; Tompkins, 2026), y que se puede reflexionar sobre distintos futuros sin desconectarse de las luchas presentes, e incluso entender qué necesita priorizarse ahora (Blueshifted & Gillis, 2016). Esto, por ejemplo, ha ayudado a plantear un transhumanismo que no se enfoque en desaparecer la discapacidad, sino que rompa con la necesidad de identificar a las personas por capacidades, buscando superar sus elementos eugenistas y capacitistas (Brix, 2018).

Una crítica más profunda y propuesta alternativa a la visión transhumanista es el posthumanismo -aquel al que Diéguez se refiere en su libro como transhumanismo cultural-, una teoría filosófica basada en el postestructuralismo, la teoría feminista y el pensamiento ecológico, la cual cuestiona los supuestos del humanismo y se contrapone a los límites y definiciones del humano basadas en ideas jerárquicas y clasificaciones binarias del dualismo cartesiano -humano/no humano, hombre/mujer, orgánico/tecnológico, etc.- (Diéguez, 2017; García Mínguez, 2025; Lockhart, 2025). Para el posthumanismo, la tecnología no debe ser temida, pero tampoco reverenciada como la solución divina: por ello, rechazan el enfoque del transhumanismo en ella, considerándolo un tecnoreduccionismo en el que dicha tecnología se transforma en un proyecto jerárquico que no se involucra con un análisis crítico del sujeto humano occidental y modernista (Ferrando, 2013; 2019). Desde la crítica posthumanista, el transhumanismo no consiste en una ruptura con el humanismo, sino una continuación tecnológicamente intensificada que sigue atrapada dentro de un aparato ideológico neoliberal y plataformas corporativas que ya están moldeando lo que significa ser humano, de modo que reproduce una idea del posthumano como un vehículo mercantilizado en un futuro preconfigurado bajo la lógica de extracción y control (Lockhart, 2025).

Como alternativa, el posthumanismo explora los estados intermedios entre las dualidades humanistas, con el objetivo de descentralizar al sujeto humano como parte de una red de agentes no humanos, los cuales comprenden máquinas, especies no humanas, y/o sistemas ecológicos, enfatizando en la relacionalidad y la hibridación (García Mínguez, 2025; Lockhart, 2025). Un ejemplo de dicha red lo encontramos en el trabajo seminal de Donna Haraway, Manifiesto cíborg (publicado originalmente en 1985), en el cual usa al cíborg como una metáfora de la relación entre el humano y la máquina, donde no hay una separación ontológica entre ambos, y la tecnología no es más que una extensión de nuestras propias capacidades, lo que vuelve difusas las fronteras entre lo biológico y lo tecnológico (Haraway, 2022). En ese sentido, para Haraway, la posthumanidad no es una meta a alcanzar: el posthumano ya está aquí. Somos nosotros.

Resumen gráfico del artículo de Lockart (2025) acerca del transhumanismo como continuidad capitalista y la alternativa posthumanista. Fuente: Lockart (2025).

Las alternativas ontológicas del posthumanismo se basan en reemplazar el aislacionismo ontológico del transhumanismo por una ontología y tecnogénesis[4] relacional, en la que el ser se construye a través de procesos interdependientes entre las especies, plataformas, ecologías y escalas de tiempo. Los posthumanos que visualiza el posthumanismo son como nodos dentro de una red compleja en lugar de individuos aislados, en un futuro que enfatiza la agencia colectiva, la afinidad multiespecie y el pluralismo tecnológico (Ferrando, 2019; Lockhart, 2025). Por otro lado, se ha criticado que el rechazo posthumanista a los esencialismos corre el riesgo de diluir el valor de la experiencia humana, por lo que también se ha propuesto complementarla con una ontología gradual, que reconozca la capacidad del ser humano en transformar su entorno y su responsabilidad ética, mientras que al mismo tiempo dicha responsabilidad se manifiesta en los procesos interdependientes tecnológicos y ecológicos de los que hace parte (García Mínguez, 2025; Lockhart, 2025).

Al final del día, no olvidemos que todos estos son desarrollos teóricos y proyecciones que buscan aprender lecciones del futuro antes de que ocurra, con el fin de saber cómo responder a nuevas formas de organización social y política, y que, si bien nos ofrecen también advertencias sobre las actuales tendencias tecnocráticas tras el transhumanismo, no pueden ni deben reemplazar la necesidad de abordar los problemas que enfrentamos en el presente, y empezar así a construir el futuro que necesitamos (Blueshifted & Gillis, 2016; García Mínguez, 2025). En la actualidad, la crisis ecológica y climática, el alto consumo de energía y recursos, y las problemáticas sociales y políticas a las que nos enfrentamos, limitan bastante nuestro margen de acción hacia un desarrollo transhumano, y ameritan replantear no sólo la accesibilidad sino la necesidad de algunas de las tecnologías planteadas como objetivos del transhumanismo (Diéguez, 2017; Madorrán Ayera, 2019).

 

VII. Conclusiones


Sé que discutir sobre temas tan complejos como este puede parecer lejano a nuestro contexto latinoamericano, pero es más terrenal y presente para nosotros de lo que parece. En primer lugar, porque el auge de las IAs en Internet y las redes sociales ha generado un debate en torno a su uso como herramientas en la educación, así como inquietudes por su potencial en desinformación y polarización del odio (Ahmed et al, 2026; UNESCO, 2026). En segundo lugar, la creciente presencia de Thiel y los productos informáticos de Palantir en la región, sobre todo gracias a los recientes triunfos presidenciales de las nuevas derechas (Gómez, 2026; González M., 2026; Madariaga, 2026), abre la puerta a una mayor vigilancia digital y erosión de nuestros derechos. Es por ello que enfaticé el grave problema que representan los discursos antidemocráticos y las ideologías eugenistas y radicales que componen la visión futurista y tecnofascista de Silicon Valley.

Por otro lado, las discusiones sobre transhumanismo, posthumanismo y el papel de la tecnología en nuestro desarrollo y futuro pueden ayudarnos a desprendernos de las narrativas tecno-optimistas y promesas hiperbólicas acerca del progreso y la tecnología como soluciones mágicas para escapar de las crisis actuales, y que limitan también nuestra capacidad de imaginar otros futuros (Diéguez, 2017; Cudworth & Hobden, 2018; Salguero, 2021). La tecnología tiene la capacidad de mejorar nuestras condiciones de vida, y por lo tanto debe hacer parte de nuestro futuro y como herramienta de emancipación en un escenario postcapitalista. Sin embargo, mientras las visiones de un futuro transhumanista no sean más que una incertidumbre abstracta, nuestros esfuerzos necesitan centrarse ante todo en prosperar -o mejor dicho, sobrevivir- durante este presente, en lugar de reivindicar las fantasías autoritarias de magnates largoplacistas que por momentos más parecen angustiados ante la realidad de su propia condición humana que por los riesgos existenciales que enfrenta nuestra especie (Corby, 2024; Duran, 2026).

Tal como he planteado en otros escritos, proponer y desarrollar nuevas formas de organización social y uso de recursos será fundamental en las décadas que vienen. Ante el panorama de una crisis ecosocial global que se acerca a un colapso multinivel, necesitamos más que nunca mantenernos vigilantes ante quienes nos proponen escapes irreales de una extinción final mientras pretenden someternos a sus distopías de vigilancia digital y mercantilización de la realidad. Alcanzar un futuro requiere que luchemos por cambios radicales en el presente, y por alternativas éticas y tecnológicas que reconfiguren nuestra relación con nuestro ambiente, nuestras herramientas y entre nosotros mismos, antes de poder abarcar la verdadera posthumanidad.


Notas

[1]Uso el término libertariano como traducción para distinguir el concepto estadounidense libertarian, más ligado a una defensa de la libertad individual dentro de los derechos de propiedad privada y la economía de mercado, del significado histórico de libertario, relacionado con la izquierda y el anarquismo.

[2]En la entrevista, Thiel hace un comentario acerca de las modificaciones corporales en personas “transexuales”, afirmando que quiere ir más allá en su transhumanidad. Es sin duda una curiosa elección de palabras, no sólo por la notable transfobia entre miembros del conjunto TESCREAL, sino también porque las personas trans son consideradas por algunos la verdadera manifestación contemporánea del humano cyberpunk (¿o biopunk?) y la transhumanidad en la modificación de la propia identidad y la autonomía corporal, así como el rechazo a las normativas sociales impuestas (Blueshifted & Gillis, 2016).

[3]Enlace: https://x.com/PalantirTech/status/2045574398573453312

[4]Tecnogénesis se refiere a la interacción entre el ser humano y la tecnología como un proceso continuo en el que coevolucionan y se co-constituyen entre sí, semejante al concepto del ser humano como bioartefacto que describe Diéguez (2017).

 

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