lunes, 9 de octubre de 2017

Santa Marta está asustando

Primero que nada debo ofrecer una disculpa si alguno tenía interés de leer esta entrada la semana pasada. Esperaba tenerla lista para el pasado domingo, pero las ocupaciones laborales y algunos inconvenientes menores me tienen alejado de sentarme a reflexionar. Son semanas difíciles, así que es complicado sacar el tiempo para sentarse a plasmar todas las ideas que tengo, aunque esas sí que llevan tiempo rondando en mi cabeza, esperando organizarse aquí.

Como les comentaba en la entrada pasada, mientras estaba redactándola ocurrió un hecho lamentable en Santa Marta que llenó de indignación a la gente. Un vigilante llamado Rafael Viloria fue asesinado en la mañana, a plena luz del día, por unos pandilleros que lo atacaron a puñaladas y pedradas en frente de la mirada de medio centenar de personas, las cuales no intervinieron a pesar de las súplicas de auxilio del hombre, e incluso algunos (entre ellos, la madre de uno de los delincuentes) animaban a los jóvenes a seguir con el espectáculo de brutalidad. Dos de los asesinos ya fueron capturados.

No acababa la ciudad de reponerse de esta tragedia, cuando ocurrió otro hecho sangriento. Dos estudiantes universitarios, amigos desde el colegio, fueron asesinados en el cerro El Reposo por tipos en motocicleta. Lo incómodo es que el sector es zona habitual para consumidores de psicoactivos, y como los muchachos al parecer eran consumidores regulares de marihuana, las autoridades manejan la hipótesis de que fue un ajuste de cuentas por microtráfico, y no ha faltado el que diga que se lo merecían por andar de viciosos.

Finalmente, dos hombres fueron capturados por la Policía en la ciudad bajo los cargos de abuso sexual a una menor de 14 años. Esto pasaría como un hecho indignante casi usual, pero lo más inaudito es que en páginas en Facebook donde se hizo eco de la noticia, algunas personas, de forma muy repulsiva, se enfurecieron por lo que vieron como un ataque a la honra y buen nombre de los sujetos, ya que seguramente la víctima dio su consentimiento, y según eso hay muchas niñas vagabundas (parafraseo lo que dijeron) que se acuestan con hombres por dinero, y que luego se hacen las víctimas.

En un tono menos trágico, pero igualmente humano e indignante, en los parques restaurados en la ciudad son cada vez más los juegos infantiles y máquinas de ejercicio que aparecen dañadas o desprendidas, con una frecuencia tal que, siguiendo la réplica del alcalde Rafael Martínez, ya estamos hablando prácticamente de sabotaje, si no es que simplemente se trata de una atroz falta de conciencia ciudadana en el mejor de los casos.

En síntesis, Santa Marta está de terror. Hay mucho que decir de todo esto, pero en general me preocupa la idiosincrasia de la gente, la pasividad de las autoridades y el futuro que le espera de mantenerse semejante combinación.

El primer caso es tétrico, deprimente e indignante hasta la furia. ¿Es posible que medio centenar de personas dejaran morir ante sus propios ojos a una persona mientras esta pedía ayuda? Algunos excusarían a los espectadores diciendo que no quisieron enfrentarse a los pandilleros por miedo, ¡pero los superaban por como diez a uno! Que todos tuvieran miedo suena atractivo, pero insuficiente. Desde mi punto de vista, y sin querer ponerme en el lugar de los que dejaron que esto pasara, creo que también fue indiferencia, la insensibilidad ante hechos atroces, la fatiga de compasión. Nos hemos acostumbrado tanto a la violencia, a la ausencia de las fuerzas del orden y la justicia, que presenciar en vivo y en directo un homicidio es simplemente como un boletín de última hora: algo que interrumpe el diario vivir y poco más. Es una muestra más de cuán bajo estamos cayendo como sociedad.


Como motivo de este acto de brutalidad descarnada, volvieron las discusiones de si es válido que, dada la incompetencia de la Policía en muchas situaciones, la gente tome la justicia por su propia mano. Ya he discutido al respecto antes, y mantengo mi postura: eso es primitivo, estúpido y peligroso. Una bala en la cabeza para los criminales sólo crea más criminales, y con el tiempo es una pendiente resbalosa, pues con autoridad pronto se desdibujan los límites entre lo que podría ser el mundo y lo que creemos que debería ser, y cualquiera que no encaje dentro de nuestra visión del mundo se convierte en una potencial amenaza. Entiendo que sea una idea atractiva, pero por favor recuerden que las guerrillas en Colombia empezaron justamente como movimientos de autodefensa durante la violencia partidista de los cincuenta, y pronto se convirtieron en criminales terroristas y narcotraficantes. Los paramilitares surgieron como respuesta a la incapacidad del Estado para detener a la guerrilla, y pronto se convirtieron en criminales y terroristas aún más brutales que trataban con estos mismos “chips” a cualquier persona que les oliera a izquierda, y buen parte sin ser siquiera guerrilleros. Es increíble que todavía haya gente tan desubicada, no sé si por ingenua o por cínica, como para proponer semejante cosa.

Del segundo hay que decir que no son claras las razones del doble homicidio. Sin embargo, si los muchachos consumían marihuana, eso no es motivo para considerarlos delincuentes o malas personas. Es plausible que precisamente por esa mentalidad, algunos criminales que hoy en día se encargan de hacer las mismas “labores” de los paracos (pero que no son paracos, esos desaparecieron, y según más de un uribista hasta falta hacen) los convirtieran en objetivo de limpieza social, pero creo (o más bien, espero) que las cosas en Santa Marta aún no escalan hasta este punto. Si acaso vendían droga, el ajuste de cuentas fue un acto desmedido, y que pudieran estar haciendo algo ilegal no los hace menos víctimas, aunque quizás más consciente de lo que podría sucederles. Pero de nuevo, sólo son suposiciones.

En cuanto a los comentarios sobre los capturados por abuso sexual, me repugna muchísimo que a estas alturas de la vida haya mujeres tan machistas (porque los comentarios que mencioné venían principalmente de ellas) que asuman de inmediato que una menor de edad abusada seguramente era una zorra ofreciéndose a hombres mayores por dinero, y que capturarlos por ello es una mancha a su honor. Tal como señaló con mucha sabiduría otra mujer en respuesta a semejante imbecilidad, con 28 años o con 60 un hombre de verdad no se metería con una menor de edad, ya sea que se ofreciera o no: querer excusarlo con suposiciones tan asquerosas es tan inaudito que casi parece comedia negra, y nadie que se precie de ser un ser humano consciente pensaría semejante cosa. ¿Cómo se supone que queremos desterrar la cultura machista, si hasta las mismas mujeres lo quieren perpetuar atacando a su propio género, al punto de excusar algo tan abominable como la pederastia y la efebofilia?

No sé qué más decir. No sé realmente qué pensar de la forma en que razona la gente hoy en día. Es terrorífico y doloroso que la supuesta bahía más linda de América esté nadando en indiferencia, ausencia de empatía y crueldad. Nos queda un largo camino por delante si queremos realmente progresar, porque por más que estemos viendo avenidas restauradas y parques nuevos, es casi imposible crecer como sociedad, como cultura y como ciudad si ni siquiera somos capaces de comprender a nuestro prójimo.


Adenda: hace unos días, seis personas fueron asesinadas en una vereda en Tumaco, Nariño, durante marchas en contra de la erradicación de cultivos ilícitos (al parecer por incumplimiento de los programas de apoyo del Gobierno para la sustitución de dichos cultivos) en hechos que aún son confusos, aunque hasta ahora todo indica que fue la misma Policía la que abrió fuego contra los manifestantes -de hecho, una comisión de verificación enviada a la zona fue atacada con aturdidoras y tiros al aire por la misma Policía-. Este caso deja en evidencia no sólo los problemas de los planes de erradicación y sustitución de cultivos ilícitos por parte del Gobierno, sino también la falta de apoyo a los campesinos involucrados en esta problemática, y la poca consideración de las fuerzas del orden público ante dichas personas.

2 comentarios:

  1. Y eso que Santa Marta no está en la lista de las ciudades más violentas de Colombia.

    Respecto a lo que dices yo siempre he dicho que pueden hacer mil leyes, pero si no hay un antes un cambio de cultura, de paradigma, no se puede hacer nada

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    1. Es precisamente lo que yo pienso: esa mentalidad como tan aldeana (en el sentido de creer que somos lo mejor) y a la vez apática con nuestra propia situación es lo que tenemos que desterrar primero si queremos hacer que las cosas funcionen.

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