lunes, 9 de enero de 2017

Sobre la defensa personal femenina

Actualmente, la enseñanza de defensa personal ha tomado auge. Ante la percepción generalizada de inseguridad en muchos países, las personas no pueden esperar a una reacción tardía o inexistente de las fuerzas del orden público, y recurren a utilizar sus propios medios para repeler un asalto o una agresión de mayor nivel. Por supuesto, esto puede tener diferentes grados de éxito, dependiendo de varios factores, pero convengamos en que es una forma práctica de protegerse uno mismo.

Las mujeres son un grupo especialmente vulnerable a ciertos delitos y peligros, como son los crímenes sexuales. Por ello, hay escuelas que presentan técnicas de defensa personal femenina dado el caso de una agresión sexual, haciendo énfasis, no obstante, en que el uso de tales técnicas depende de las circunstancias (por ejemplo, ante un arma de fuego es algo muy arriesgado), y que nunca está de más un artículo como gas pimienta o algo similar, que permita poner una distancia entre el agresor y la mujer.


Muchos aplauden la enseñanza de la defensa personal en contra de una violación, pues le da una mayor sensación de seguridad a la mujer. No obstante, si bien no me he topado con esto, estoy consciente que dentro del feminismo radical hay voces en contra de este tipo de medidas, ya que para ellas -y esto es bien sabido-, cualquier enseñanza en torno a que las mujeres prevengan o eviten una potencial violación es equivalente a culparlas por el crimen, y que bien harían en enseñarle a los hombres a no abusar sexualmente de la mujer.

Sabiendo lo incómodo que es un tema como este, me aventuro a señalar que tal postura del feminismo radical es un despropósito completo, y una grave falta de comprensión de la situación real en el mundo. Ignorando de momento los países donde forzar sexualmente a una mujer prácticamente no es mal visto, o al menos sí se le responsabiliza directamente a una mujer -es decir, gran parte del mundo musulmán-, expondré al menos tres razones por las que yo considero que rechazar la enseñanza de defensa personal a la mujer es absurdo e incluso sexista en sí mismo.

1. No vivimos en una utopía. Crudo, pero simple. Las personas que piden caminar por una calle oscura sin temor a ser robadas, abusadas o asesinadas tienen toda la razón al pedir un mundo en el que no haya violencia y crimen. Sin embargo, la realidad es que no vivimos en ese mundo. Aún en los países más desarrollados existe ese tipo de riesgo ante ciertas situaciones cotidianas; un riesgo menor en muchos casos que, por ejemplo, lo que ocurre en Colombia, pero existente al fin y al cabo. Y desafortunadamente, en muchos casos la policía no tiene un tiempo de respuesta apropiado para ayudar a las personas.

Por supuesto, lo menos que podemos pedir es una mejora sustancial no sólo de las fuerzas del orden público, sino también del sistema de justicia, que a menudo permite que ladrones y acosadores salgan al poco tiempo. Pero, mientras tanto ocurre, no es una mala idea buscar formas de defendernos y protegernos a nosotros mismos. No parece justo, aunque sí es una opción pragmática ante la realidad. Y dado que, como lo mencioné al principio, las mujeres son un grupo vulnerable especialmente a delitos sexuales, la defensa personal o el uso de artículos de defensa son una opción accesible y sensata. En todo caso, no es obligatorio aprender algo así, y por supuesto no se puede dejar de pedir que la policía cumpla con su cometido de proteger al ciudadano.

2. Los violadores no cambian con enseñanza.  Esto fue señalado en una entrada anterior: la mayoría de los hombres, y una gran mayoría, están en contra de la violación, y comprenden lo que significa un “No”. El reducido porcentaje de abusadores sexuales -hombres y mujeres, que al cabo hay de ambos sexos- son, en muchos casos, personas con una psique compleja, y no van a cambiar su camino por ninguna enseñanza.

Esto no significa que no se deba educar a las personas sobre cómo comportarse con el sexo opuesto. Recordemos que el machismo es aún imperante en muchas sociedades, y eso puede minimizar el problema de la violencia contra la mujer al no dimensionarlo correctamente, o achacándole la culpa a la víctima sobre sus desgracias; por ende, luchar contra esos pobres aspectos culturales puede ayudar a combatir percepciones arcaicas como la violencia intrafamiliar, tan aceptada para muchas personas incluso en nuestro país. Desafortunadamente, esto de poco sirve cuando el violador es una persona trastornada a la que no le importan las reglas sociales. Ante eso, nuevamente, hay una ventaja objetiva en aprender técnicas de defensa personal contra este tipo de criminales.

3. Degrada a las mujeres como débiles e indefensas. En un todo, pretender que no es necesario o sensato que las mujeres aprendan precauciones como la defensa personal es machista en sí mismo. Reduce su género, precisamente, a seres que no pueden defenderse ni lograr nada por sí mismas, dependiendo entonces de los hombres para su protección. Dejar la integridad de la mujer a merced de la educación de una persona ineducable como es un violador es decirle que ella no tiene ningún poder para cambiar su situación si llega a verse una oportunidad favorable (digamos, por ejemplo, que el agresor no lleve un arma).

Nuevamente, esto no quita responsabilidad al deber cívico de la policía de garantizar la seguridad de los ciudadanos, ni a las campañas de educación de plantear estrategias que eliminen los prejuicios e ideas machistas dentro de la sociedad. Lo que trato de plantear es que, si hay ventajas en el aprendizaje de técnicas de defensa en caso de una agresión, decirle a una mujer que no tiene por qué saber de ello es meterla dentro de un frasco de cristal, esperando que no le pase nada y que todo se resuelva solo. Y esa es una perspectiva sumamente sexista y degradante.

-O-

En síntesis, es un tema complicado. Como siempre, invito a las personas en desacuerdo a reflexionar un poco. Ciertamente, sería ideal que pudiéramos caminar por una calle sola sin que nos pase nada. Sin embargo, también a nosotros nos cabe tener cierto sentido común, y si tenemos a nuestra disposición herramientas que puedan garantizar o al menos mejorar nuestra protección, lo ideal es aprender a usarlas.

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