miércoles, 21 de diciembre de 2016

Niños del hombre y su cercana realidad

A más de un año de mi última traducción de un artículo o nota interesante, este servidor encontró un corto artículo en la BBC con una interesante reflexión. Una de las cosas más divertidas -y a veces, también las más deprimentes- que uno puede hacer con los trabajos de ciencia ficción es compararlos con la obra real. Puede uno maravillarse al darse cuenta de lo visionario que fue Julio Verne, o lo imaginativo que podía ser H.G. Wells. A menudo, nos damos cuenta que algunos aspectos negativos de los trabajos de ficción, especialmente aquellos con contenido político y social como 1984 o Un mundo feliz, parecen cobrar vida en el convulso y superpoblado mundo de hoy.

Como aficionado de la cultura pop, y sobre todo de trabajos de ficción, encuentro con curiosidad que el trabajo analizado en la presente entrada es Niños del hombre. Basado en un trabajo de P.D. James del mismo nombre, es una película de 2006 dirigida por Alfonso Cuarón, y protagonizada por Clive Owen y Julianne Moore, siendo para muchos uno de esos raros casos en que la película supera al libro en calidad. Con un estilo sobrio, Niños del hombre nos presenta una Londres desolada y sucia en 2027, 18 años después de que la humanidad se volviera infértil, lo cual ha derrumbado la sociedad. Es justamente la sencillez y contundencia de la película lo que hace que, a una década de su estreno, se esté haciendo peligrosamente real en muchos aspectos.

Como siempre, hay un enlace al artículo original en el título. Las imágenes en la entrada provienen de dicho texto.

Por qué Niños del hombre nunca ha sido tan impactante como ahora
Por: Nicholas Barber
Año: 2016


El thriller distópico de Alfonso Cuarón es una de las películas más aclamadas del siglo 21 –y su versión del futuro es ahora perturbadoramente familiar. Nicholas Barber vuelve la cabeza.


Nada queda anticuado más rápidamente que las películas basadas en el futuro. Las visiones del mañana en la gran pantalla siempre reflejan la era en la cual fueron hechas –de ahí los trajes disco de Flash Gordon. Muy pronto se convierten en pintorescas reliquias más que en extrañas profecías de la forma de las cosas por venir. Pero entonces, por otro lado, está Niños del hombre. El febril thriller distópico de persecución de Alfonso Cuarón se ubica en una década en el tiempo, 2027, pero también salió hace una década. Ahora, deberíamos estar riéndonos entre dientes de cuán lejanas y desubicadas fueron sus predicciones, en su cuadro general y su minucioso trasfondo. En vez de eso, es tentador preguntarse si Cuarón tuvo acceso a una bola de cristal.

Niños del hombre es una de las películas más aclamadas de tiempos recientes: la encuesta de críticos internacionales de BBC Culture la ubicó como la 13ª mejor película del siglo 21. En parte, eso es por el estilo impactante e inmersivo de sus secuencias de acción brillantemente coreografiadas, las cuales fueron grabadas en largas tomas ininterrumpidas. También es por cuán creíble fue su representación de un futuro cercano desordenado y mugriento, pero si Niños del hombre parecía precisa hace diez años, parece mucho más precisa hoy.

La explosión que abre Niños del hombre es horriblemente creíble –fue grabada en una localidad en Londres (Créditos: Alamy/Universal Pictures)

Basado muy vagamente en una novela de 1992 por la gran autora de crimen, P.D. James, el filme narra la historia de Theo (Clive Owen), un servidor público que solía ser un activista político, pero que ahora anda penosamente por la vida en un estupor alcohólico. Su espíritu radical es reavivado cuando es contactado o más bien secuestrado por su amor perdido hace tiempo, Julian (Julianne Moore), la líder de un movimiento de resistencia contra el gobierno. Ella le pide una serie de “papeles de tránsito”, enviándolo de esta forma en un camino que lo conducirá a su redención, o a su muerte –o ambas.

Si la trama remite a dos clásicos de ficción de los años 1940, Casablanca y 1984, el escenario es asombrosamente contemporáneo. Cuarón no usa títulos o discursos para explicar lo que ha pasado con la civilización, pero, a juzgar por los viejos periódicos que atisbamos, la sociedad ha sido sacudida por el cambio climático, la polución, los accidentes nucleares, la división social, y los bombardeos terroristas. Sin embargo, todos los problemas en Gran Bretaña han sido atribuidos a los solicitantes de asilo, quienes son encerrados en jaulas, y después transportados en autobuses a infernales barriales de miseria. “Pobres refugiados”, dice el amigo hippy de Theo, Jasper (Michael Caine). “Después de escapar de las peores atrocidades, y de hacer todo el camino hasta Inglaterra, nuestro gobierno los persigue como cucarachas”.

El juego de la culpa

¿Les suena de algo? La migración masiva fue un gran problema en 2006, así que no es sorpresa que fuera central para Niños del hombre. Pero, hace una década, nadie había predicho la crisis de refugiados sirios, o que el presidente electo de los Estados Unidos propondría registrar a los musulmanes, o que el Reino Unido votaría para abandonar la Unión Europea después de una campaña que se enfocara en el número de inmigrantes. Hoy, es difícil ver los encabezados de las noticias televisivas en Niños del hombre sin jadear ante su presciencia: "La comunidad musulmana exige un alto a la ocupación militar de las mezquitas.” “El proyecto de ley de seguridad nacional es ratificado. Después de ocho años, las fronteras británicas permanecerán cerradas. La deportación de inmigrantes ilegales continuará.” En 2006, todo esto parecía suficientemente plausible, pero quizás un poco estridente, un poco exagerado.

Alfonso Cuarón quería crear la “anti-Blade Runner”: su distopía está llena de escenarios que las audiencias encontrarían familiares (Créditos: Warner Bros.)

Dejando la política aparte, la razón por la cual Niños del hombre apenas ha envejecido en 10 años es que Cuarón no puso a sus personajes en un paisaje extravagantemente artificial, sino en uno esencialmente familiar. “La regla uno en la película es reconocimiento”, explicó Cuarón en un documental making-of. “No queríamos hacer Blade Runner. De hecho, hablamos de ser la anti-Blade Runner en el sentido de cómo nos estuvimos acercando a la realidad. Eso fue difícil para el departamento de arte porque yo decía, ‘No quiero ingenio, quiero referencias a la vida real.’”

El comentario “anti-Blade Runner” es ligeramente duro, en que la metrópolis multicultural, bañada por la lluvia, de la película de Ridley Scott, la cual transcurre en 2019, se mantiene mejor que la mayoría de las ciudades futuras. Pero pueden ver lo que Cuarón quiere decir. Niños del hombre no tiene androides o naves espaciales. Los escasos embellecimientos futuristas, tales como las carteleras de video, ya están pasando de ciencia ficción a hecho científico.

Los carros abollados de la película pueden ser diferentes de los nuestros, pero no flotan sobre el camino, y no tienen las luces de neón o el zumbador ruido de máquinas que son materia prima de ciencia ficción. La vestimenta en Niños del hombre es casi igual a la de ahora, también. En lo que a la mayoría respecta, el mundo de la película recuerda los mundos de 2006 y 2016, sólo que más lamentables. Mi detalle favorito propio es el desteñido suéter de Theo de los Olímpicos de Londres 2012, incluso si el logo creado por los diseñadores de vestuario del filme tiene más clase que la atrocidad que fue usada para los Juegos reales de 2012.

De vuelta a la realidad

Entre los detalles puntuales, la única desviación evidente de la realidad funciona a favor de la película: en Niños del hombre, nadie usa celulares o navega en Internet. Es imposible creer que eso será verdad en 2027, pero debido a que la tecnología smartphone avanza tan rápido, cualquier teléfono que aparezca en una película de ciencia ficción siempre son distractoramente no muy correctos. Fallando en eso en conjunto, el filme parece menos anticuado, no más.

La premisa central del filme, una pandemia de fertilidad donde no ha nacido ningún niño en 18 años, es un concepto que no es familiar (Créditos: Alamy/Universal Pictures)

Pero la decisión más efectiva de Cuarón fue grabar tantas escenas en las calles de Londres, sin añadir gran cosa excepto graffitis, basura y miseria en general (y, hablando como londinense, no he notado que la capital se haya puesto más limpia en la pasada década). Esta decisión paga dividendos en la estremecedora secuencia de la explosión por bomba que abre la película. La escena fue grabada en Fleet Street en el centro de Londres, con la Catedral de San Pablo visible en la distancia. En 2006, era un asombroso logro logístico. Si la misma secuencia se grabara hoy, probablemente sería conjurada en su lugar en un computador. Pero mientras que los fondos digitales tienden a parecer artificiales con unos cuantos años de retrospectiva, la explosión al comienzo de Niños del hombre aún es sorprendentemente creíble.

El único aspecto del filme que no parece hacerse real es su premisa central. La idea es que no han nacido seres humanos en los últimos 18 años, así que cuando Theo conoce a Kee, una mujer africana que milagrosamente está embarazada, tiene que protegerla de los muchos grupos que quieren explotar su condición. Obviamente, sabemos que esta pandemia de infertilidad no ha pasado: en Niños de hombre, la persona más joven del planeta había nacido en 2009. Pero incluso como concepto, este en particular no resuena con nuestras actuales ansiedades, porque la sobrepoblación es más preocupante que la disminución de la población.

Deliberadamente vago sobre cómo el embarazo de Kee puede cambiar el destino de la raza humana, Cuarón la presenta como un confuso símbolo de esperanza más que como un individuo que podría tener un efecto significativo en geopolítica. Si la película se trata de ella, entonces, deja de ser un vívido mensaje del futuro inminente, y empieza a ser una parábola mística de ciencia ficción. Pero quizás sea para mejor. El resto de Niños del hombre es tan incómodamente cercana a la realidad que su único destello de fantasía resulta siendo como un alivio.

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