miércoles, 19 de octubre de 2016

Reflexiones sobre el fin de la vida

Mis padres murieron hace años. Yo estaba muy unido a ellos. Todavía los echo terriblemente de menos. Sé que siempre será así. Anhelo creer que su esencia, sus personalidades, lo que tanto amé de ellos, existe -real y verdaderamente- en alguna otra parte. No pediría mucho, sólo cinco o diez minutos al año, por ejemplo, para hablarles de sus nietos, para ponerlos al día de las últimas novedades, para recordarles que los quiero”.
Carl Sagan, en El mundo y sus demonios (1995).

Sí, no es probablemente el tema más agradable a tocar para muchas personas, pero siempre es interesante observar lo que se espera de ello. No, no tiene nada que ver con que este mes sea octubre: de hecho, estaba esperando durante mucho tiempo a tener la oportunidad de una entrada de número impar cuya mitad sea también impar (los lectores antiguos sabrán de mi cosa con los números impares), pero la aplacé por mucho tiempo debido a que siempre surgían temas que simplemente no podía ignorar. En fin, aquí estamos.



Para ser una persona que se apasiona con ilustraciones gore y diferentes expresiones artísticas de la muerte, la verdad es un tema en el que evito pensar. Soy espantosamente propenso a fijarme por mucho tiempo en un tema en particular, llegando incluso a perder el sueño (me ha pasado antes de algún examen o un evento importante), y ciertamente meditar sobre el tiempo limitado de mi existencia no parece precisamente una forma agradable de pasar la noche. Además, como diría Gabo en El general en su laberinto, no tengo la felicidad de creer en la vida del otro mundo, aunque eso me da la ventaja de desear aún más aprovechar esta, con todo y que en estos tiempos me resulta muy difícil hacerlo. Por otro lado, me doy cuenta que es algo prácticamente natural en el ser humano: el miedo a la muerte. Es de él que han derivado todas esas fantásticas mitologías y leyendas que muchos hoy en día insisten tercamente en seguir como verdades absolutas.

Es curioso cómo tantas personas aseguran no temer a la muerte, aunque a decir verdad es mucho más fácil decirlo cuando no la tienes a unos pocos minutos de ocurrir, o cuando llega de improviso. Nos dicen que no debemos temerla, que cuando ocurre no podemos sentirla porque nuestro cerebro se está apagando, pero la verdad es que eso suena poco tranquilizante para la gente del común. Es cierto, sí, que muchos se preparan para ella, en especial cuando tu vida ha sido una de sufrimiento y dolor, o porque sientes que estás satisfecho con lo hiciste; sin embargo, ninguna de esas personas ha vuelto de la muerte para decirnos cómo se sintió, si dudaron en algún momento, si tuvieron pánico.

Ahora, lo que probablemente nos incomoda más a muchos de la muerte, haya o no algo del otro lado, es que nos perdemos lo que será del mundo: cómo continúa nuestra familia, cómo evoluciona la sociedad, y todo lo que pueda pasar en esta bola de barro antes de que el Sol se convierta en gigante roja y nos fría o ya de plano nos devore. Nadie puede negar que siempre es interesante ver lo mucho que cambia la vida a medida que crecemos, y perderse el resto del juego siembre cierta nostalgia.

Momento friki: ¿alguien vio Liga de la Justicia Ilimitada? En el episodio El retorno, el androide Amazo persigue a Lex Luthor, aparentemente para vengarse de él por usarlo antaño, pero luego revela que está intrigado de cómo Luthor, un hombre que tiene todo a su alcance, nunca está satisfecho, y quiere averiguar el porqué de ello. El multimillonario se da cuenta de que el androide realmente trata de descubrir su propio propósito, y le revela que su deseo es, precisamente, mantenerse en el mundo tanto como sea posible, ver hasta dónde llega la evolución y el progreso (de paso sugiriéndole al confundido Amazo que se dé a sí mismo propósito, teniendo todo el poder, conocimiento y eternidad que Luthor desea), entregando a su vez uno de los pensamientos más recurrentes en la mente de los hombres:

"La verdad es que... a pesar de todo mi esfuerzo para dejar mi marca en la historia de todo lo que he logrado, en tan sólo unas cortas generaciones mi nombre será olvidado para siempre. Ni el más grande de nosotros puede competir contra el tiempo... y la muerte."

No es de extrañar que desde la epopeya de Gilgamesh, las leyendas, obras literarias y muchos otros trabajos de ficción tengan personajes dispuestos a encontrar el secreto de la vida eterna. La inmortalidad física (que hasta ahora he estado hablando mayormente del cuerpo, no del alma) puede ser representada como algo asombroso, y una gran oportunidad de disfrutar el mundo y todo lo que contiene (se me ocurre como ejemplo Hob Gadling, en The Sandman), o más frecuentemente como una carga pesada que puede llevar a la decrepitud, la erosión moral o la locura. Es muy recurrente en la literatura usar la búsqueda de la inmortalidad como un recurso para explicar por qué el valor de la vida se basa precisamente en su brevedad. Casualmente acabo de terminar Más allá del planeta silencioso, parte de la Trilogía cósmica de C.S. Lewis (las mismas alegorías descaradamente cristianas de Narnia, pero es un libro mucho más sobrio y disfrutable), y justo en el libro se trata de hacer ver a un personaje cómo la muerte es algo natural, y por ello debemos perder el miedo hacia ella, pues es el destino final de todo ser vivo (obviamente, con parafernalia cristiana añadida).

¿Qué hay de la inmortalidad del alma? Porque, es obvio que muchos de los que buscan la inmortalidad física no esperan un más allá muy interesante o con sensaciones físicas perceptibles (pensemos en el más allá de los griegos, donde quienes no van a los Elíseos o al Tártaro son básicamente sombras), o temen lo que les aguarda. Y decirle a una persona que la vida termina con el cuerpo descomponiéndose es algo emocionalmente insatisfactorio. Sí, sí: sé que es mejor una verdad incómoda que un engaño dulce, pero lo que es mejor no siempre es llamativo ni aparentemente bueno para las personas, y no es de extrañar que muchas personas rechacen una visión tan escéptica y supuestamente nihilista de la muerte. Claro que, si hablamos de nihilismo, es difícil superar una fe que prácticamente enseña la abnegación al sufrimiento con tal de recibir consuelo en la otra vida, ¿no es cierto?

Y he ahí el punto. Los que creen que la vida no termina tras la muerte esperan también disfrutar una eternidad espiritual, sea con dioses o no. Admitámoslo, muchos son perfectamente capaces de aceptar un más allá sin un creador represivo y autoritario, con tal de que aún exista la eternidad para su mente y espíritu, si no fuera por el hecho de que no soportamos que no haya “justicia” eterna para rectos y pecadores. En lo personal, a mí me importaría un comino la ausencia divina, y de hecho la disfrutaría más: una eternidad de alabanzas, como suelen representar la otra vida los cristianos, debe ser la visión más rancia y aburrida de la eternidad en mitología alguna. Además, de ser espíritu y gozar de una libertad, sin estar atado a ningún cielo o infierno, me gustaría poder ver todo lo que hay en el planeta, siendo consciente de que mi vida muy seguramente me limitará al respecto, y de ser posible viajar por el Universo, y poder contemplar todo lo que me ofrece. Eso sería algo maravilloso, y de verdad quiero creer que podría ser posible.


Sin embargo, soy una persona escéptica después de todo. Querer no es lo mismo que tener, ni creer es igual a saber. Vuelvan al fragmento de Sagan al inicio de esta entrada. Más adelante, el científico deja claro que, por mucho que comprenda a las personas que hablan con las tumbas de sus seres queridos, o que creen en que es posible que existan en otro plano, o en su caso, que deseaba que sus padres siguieran vivos de alguna forma, no se puede uno engañar ante las pretensiones de nuestra mente y la falta de escrúpulos de los supuestos espiritistas. “[…] Entiendo que esos sentimientos pueden hacerme presa fácil de un timo poco elaborado; como también a personas normales poco familiarizadas con su inconsciente o aquellas que sufren un trastorno psiquiátrico disociativo. De mala gana recurro a mis reservas de escepticismo”.

Como humanos somos seres muy emocionales. Sabemos que nuestras emociones representan un papel muy importante en nuestra percepción de lo que nos rodea, y si somos conscientes de ello entonces debemos mantener la guardia ante nuestra interpretación y fe en visiones religiosas presentadas como verdades absolutas. Y sabiendo todo esto, debo admitir que hasta ahora yo no he encontrado ninguna evidencia de que exista un más allá. Soy una persona abierta: si encuentro algún indicio, algo que de verdad demuestre que sobrevivimos más allá de la muerte, estoy dispuesto a creer, pero por el momento no tengo ninguna razón para creer en ello. Mucho menos cuando tenemos montones de evidencia en contra de los charlatanes que dicen hablar con los muertos, o los videos y fotos de fantasmas. Sólo pensemos en que, por ejemplo, el ilusionista Harry Houdini dejó una clave para su esposa Bess antes de morir, en caso de existir otra vida, que ningún médium pudo descubrir en diez años, y hace poco dos mil espiritistas fueron corchados con el mensaje secreto de un noruego que falleció el año pasado por cáncer y quiso usar su muerte como una evidencia en contra de los charlatanes. Nada mal, ¿cierto?

Creo que, al menos en mi caso, el evitar pensar en la muerte viene no sólo de una natural melancolía en mi ser, sino porque soy joven aún, y siento que aún no he logrado muchas de las cosas que quiero para mi vida. Probablemente nadie consigue todo lo que quiere de verdad, es cierto, pero hay muchas cosas que no son difíciles de conseguir, y es frustrante en ocasiones no poder siquiera con eso. A pesar de todo trato al máximo de mantener una actitud más alentadora, precisamente porque aún soy joven, ya tengo un título, y no sufro especialmente de mala salud, así que aún tengo tiempo para esforzarme y alcanzar las metas que deseo.

Y bueno, es todo lo que quería decir con respecto al tema. Espero que, por lo menos, buena parte de los lectores tengan la suficiente madurez para enfrentarse a la realidad de la vida como una sola, y que está en cada quién aprovecharla como lo desee.

6 comentarios:

  1. Nosotros somos los seres vivos que más hemos dejado más marca en planeta, y además otras especies que viven mucho menos que nosotros no se andan preocupando de estas cosas. Vaya cruel ironía

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    1. Es el peso y el precio de tener una conciencia de uno mismo y de su lugar en la existencia.

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  2. Y algo más ¿tu sueles monologar mucho?

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    1. Osea que si te gusta monologar o lo sueles hacer con frecuencia

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    2. Más o menos, creo. Muchas veces me quedo pensando en tal o cual cosa, y en varias ocasiones me encuentro hablándome a mí mismo.

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