lunes, 19 de enero de 2015

El dilema de Abraham

Recientemente vi compartida en el muro de un amigo una curiosa imagen que hace una comparación entre dos casos de madres que asesinaron a sus hijos, y la historia de Abraham y el intento de sacrificio de Isaac. Los tres casos comparten una misma característica, y es que las personas actuaron porque Dios así se los ordenó. Y como suele pasar, mientras las dos mujeres fueron declaradas como enfermas mentales y condenadas como sus crímenes, Abraham es en cambio ensalzado como un ejemplo de fe y obediencia.


El llamado dilema de Abraham ha hecho correr ríos de tinta a filósofos, teólogos y escépticos. Sería difícil encontrar una persona en este lado del globo que no conozca ese pasaje de Génesis. Aun así, hagamos el resumen: Dios habla en una ocasión a Abraham y le dice que ofrezca en holocausto a su hijo Isaac (según los judíos y cristianos; para los musulmanes, es Ismael el hijo a ofrendar), en un cerro de la región de Moriah. El anciano, fiel a su creador, lleva a Isaac hasta el sitio señalado, pero cuando está a punto de sacrificar a su hijo, un ángel de Dios le ordena que no dañe al muchacho, pues ya ha probado su fe, al estar dispuesto a sacrificar a su hijo. Simple y llanamente, esa es la historia.

Para la mayoría de los cristianos y musulmanes, Abraham es el ejemplo máximo de fe abnegada y obediencia inflexible. En cambio, para los escépticos y no creyentes hay mucho que analizar con respecto a este dilema. El primer problema, y el más obvio para un escéptico, es el evidente doble rasero que usan los creyentes. Siempre es curioso ver cómo son rápidos en llamar enfermos mentales a las personas que alegan haber cometido crímenes por una petición divina, pero mantienen a Abraham incólume. Y a su favor, es cierto. Por lo general, muchos de estos asesinos sufren de problemas psicológicos que les hace creer escuchar las voces de otros en su cabeza. O, también muy frecuentemente, son simplemente pretextos egomaníacos para hacerse ver como inocentes a sí mismos, y de alguna forma ennoblecerse o simplemente magnificar sus actos, como es probablemente el caso del Luis Alfredo Garavito. Pero, entonces, ¿por qué Abraham es diferente al resto? Y siguiendo el mismo espíritu crítico, ¿por qué creer entonces que los líderes religiosos, como pastores protestantes o sacerdotes católicos, realmente se comunican con Dios?

En la publicación que observé, alguien dio una respuesta que puede describirse así: el caso de las mujeres es diferente porque sus hijos murieron. En cambio, Isaac vivió, y eso es prueba de que realmente era Dios quien había pedido el sacrificio a Abraham, siendo sólo una prueba de obediencia. Loable, pero insuficiente. Es decir, ¿qué se diría entonces si el niño hubiera sido sacrificado? ¿Que Abraham había actuado de acuerdo a la petición de Dios, y su fe y obediencia estaban por encima del afecto terrenal que debía sentir por su hijo? ¿Cómo diferenciaríamos eso de las mujeres que mataron a sus hijos? ¿Acaso ellas también serían reivindicadas como ejemplos de fe, o por el contrario las consideraríamos asesinas de todos modos? ¿Bajo qué pautas podríamos diferenciar estos casos? ¿Y cómo podemos asegurar que muchos de los ruidosos y efusivos líderes religiosos de la actualidad no son más que trepidantes orates? Surgen, entonces, muchas preguntas en torno a una respuesta tan débil.

Las implicaciones médicas y psiquiátricas de un evento hipotético como el dilema de Abraham (porque hasta ahora no se ha demostrado que realmente existió tal personaje) son un punto fuerte, pero la discusión es mucho más rica y compleja que eso. En este caso, el problema es más ético, pues se refleja en actos posteriores de los movimientos religiosos. Una pregunta clara. ¿Actuó Abraham de forma ética al tratar de sacrificar a Isaac?


Un análisis de este punto fue hecho por el filósofo Søren Kierkegaard en su obra Temor y temblor. Para él, considerado el primer filósofo existencialista, y cristiano devoto, es evidente que un sacrificio humano es un acto atroz y carente de toda ética, y plantea que es fácil considerar los actos de Abraham como los de un asesino: aclara, sin embargo, que Abraham obra “en virtud del absurdo”, es decir, teniendo presente siempre la esperanza de que en algún momento Dios detendría o compensaría el holocausto, ya fuera dándole otro hijo, resucitando a Isaac, o deteniendo su mano, siendo absurdo, para Kierkegaard, que Dios cambiara de parecer en el momento crítico. El filósofo también trata de comprender la tensión que sufrió Abraham, y para él el relato indica que, efectivamente, el hombre confiaba en que ocurriría algo que salvara a su hijo:

Es evidente que si Abraham, en el momento de alzar la pierna para encaramarse en su asno, se hubiese dicho: puesto que Isaac está perdido puedo muy bien sacrificarlo aquí mismo, en casa, y así me evito el largo viaje hasta el monte Moriah, yo no habría tenido nunca necesidad del patriarca, mientras que ahora me inclino siete veces ante su nombre y setenta ante su acción. Que tal idea no le pasó ni siquiera por la mente lo demuestra la alegría que conoció al recuperar el hijo; se llenó de goce interno y no necesitó de preámbulos ni tiempo alguno para mudar su opinión acerca de lo finito y sus delicias”.

Kierkegaard termina diciendo que, siendo un salto de fe, el dilema de Abraham es difícil de analizar desde un punto de vista ético, puesto que los actos de fe se encuentran por encima de estos cuestionamientos. En su opinión, evidentemente, el acto de Abraham fue correcto. Claro, puede objetarse que la percepción del filósofo danés era sesgada debido a su devoción cristiana (lo que no evitó, por cierto, que cuestionara la corrupción de la Iglesia danesa), pero esto no necesariamente le quita fuerza a su análisis.

No obstante, ¿es realmente tan fácil y aceptable la conclusión de Kierkegaard? Me temo que no es tan simple, y más de un filósofo lo vio así. Por ejemplo, Jean-Paul Sartre coincide en que Abraham era preso de una angustia ante el acto que iba a realizar, pero duda que realmente fuera Dios o un ángel el que se comunicara con él. Es decir, es la objeción clásica al dilema: se debe ser muy insensato o muy loco para estar dispuesto a sacrificar a un niño porque una voz así lo ordena, sin las pruebas de que dicha voz proviene efectivamente de un ser superior. Para Emmanuel Levinas, por otra parte, si Abraham hubiera actuado realmente como un religioso, con un salto de fe, habría sacrificado a Isaac a pesar de las palabras del ángel (¿quizás viéndolo como una última prueba a su fe, como una tentación?). Es claro, pues, que la fe no puede estar por encima de la ética, pues una vez que se abandona un análisis racional y ético de un salto de fe de esa naturaleza, se da vía libre para justificar actos semejantes, como los actos criminales de fundamentalistas religiosos, o los asesinatos cometidos por las mujeres que mencionaba al principio. Es decir, ellos también actuaban supuestamente por fe. ¿Y cómo podríamos indicar que obraron de forma incorrecta, si cumplieron con lo que una voz les ordenó?

Para mí, uno de los análisis más interesantes que he leído es el que hace el escritor Dan Simmons a través de sus obras Hyperion y La caída de Hyperion, los dos primeros libros de la tetralogía Los Cantos de Hyperion, y los cuales recomiendo efusivamente. Simmons utiliza un universo futurista de ciencia ficción enmarcado en el estilo de las epopeyas griegas para describir el viaje de siete peregrinos al planeta Hyperion, en busca de una expiación a sus experiencias y acciones. Cada personaje es analizado de forma muy filosófica y profunda. Entre estos, destaco al profesor Sol Weintraub, judío, cuya hija sufre de una extraña enfermedad que la hace rejuvenecer progresivamente, siendo un bebé de pocos días al llegar a su destino. Sol ha escuchado en sueños una voz que le pide que sacrifique a su hija, pero el hombre se opone, estando en desacuerdo con la idea de ofrecer a un hijo en sacrificio por mandato de Dios, y viaja a Hyperion con el fin de sacrificarse a sí mismo en lugar de la pequeña.

No obstante, en los últimos momentos de vida de su hija, Sol finalmente acepta ofrecerla al Alcaudón (entidad que actúa como el enlace de las historias de los peregrinos), dándose cuenta que la voz que escuchaba en sus sueños no era otra que la de su propia hija. En ese momento crucial, el profesor comprende que el acto de Abraham no fue obediencia, ya que no era él quien estaba siendo probado: era él quien probaba a Dios:

Al impedir el sacrificio en el último momento, al detener el cuchillo, Dios se había ganado el derecho —a ojos de Abraham y sus descendientes— de transformarse en el Dios de Abraham[…].La Deidad tenía que conocer la determinación de Abraham, tenía que sentir el dolor y el compromiso de destruir lo que para Abraham era lo más valioso del universo. Abraham no procuraba sacrificar, sino averiguar definitivamente si ese Dios merecía confianza y obediencia. Ninguna otra prueba serviría”.


Al final, Sol recibe su expiación, y la niña es efectivamente curada. Simmons responde el dilema de Abraham invirtiendo el peso del deber: si Dios era realmente tan justo y benévolo como pretendía, era su responsabilidad detener la mano de Abraham, pues habría impedido que se cometiera un acto que era atroz dentro de un planteamiento ético, e igualmente desde el religioso. Un Dios que pedía a un hombre sacrificar a su propio hijo no merecería la devoción de nadie si dejaba que una sola gota de sangre se derramara del muchacho, pues alguien así no guarda el menor respeto para sus propias criaturas. Nacen, entonces, otras preguntas. ¿Por qué considerar un Dios de amor a aquel que pide a un hombre anciano sacrificar a su hijo, simplemente para probar su devoción? ¿Por qué guardar respeto alguno por dicha entidad, si el sólo acto de solicitar un sacrificio es ya atroz? ¿Por qué, entonces, molestarse en rendirle culto, si el detener la mano del anciano no evita razonar que su prueba era a todas luces irracional?

La razón por la que esta interpretación del dilema resulta tan llamativa es porque nos remite a una crítica hacia la fe y la obediencia ciega, y es el punto en el cual los límites entre nuestras buenas acciones y los actos sin ética se desdibujan por un imperativo divino. ¿Cómo es posible que encontremos lícito quitar una vida en nombre de Dios, cuando él mismo ordena no matar, y cuando la razón, la ética y la ley nos enseñan toda la vida que esto es un grave crimen? ¿Por qué discriminar de forma activa a aquellos que no comparten nuestras mismas creencias, si se supone que debemos tratar al prójimo como a nosotros mismos? Y este tipo de laxitud ética no se limita a la religión, sino a cualquier sistema de obediencia a una figura de liderazgo o una ideología. ¿Es aceptable que exista gente de izquierda que aún hoy considere incuestionable el asesinato a sangre fría de desertores y opositores de un régimen o una revolución porque “la ética no tiene lugar en la política”? ¿Cómo aceptar las directrices de una persona que justifica la interceptación ilegal de comunicaciones entre líderes opositores o críticos, en una clara violación a la privacidad del individuo?

Es evidente, al final, que el dilema de Abraham es fuente de un gran número de cuestionamientos de índole ética y religiosa. Al final, Kierkegaard seguramente tenía la razón al asegurar que el patriarca hebreo llevaba gran tensión por el acto de sacrificar a su propio hijo, y esperaba que Dios obrara de alguna forma para evitarlo; consta en la Biblia que miente a Isaac cuando este pregunta por el cordero para el holocausto, asegurando que Dios lo proveerá. No es descabellado suponer que, efectivamente, Abraham confiaba en que el Señor detendría su mano, o haría alguna otra cosa para resolver tan complejo dilema. Pero esto no condona el acto en sí mismo: la petición de un ser superior de que sacrificara a su propio hijo es atroz y cuestionable en sí misma, desde la religión y desde la fe.

Que Abraham estuviera dispuesto a sacrificar a Isaac, aun si esperaba que Dios detuviera su mano, es a todas luces una inmoralidad y un crimen. No es tan diferente a las mujeres asesinas que vimos, pues los tres estuvieron dispuestos a usar el cuchillo. Para el lector cristiano que haya tenido la paciencia y el interés de leer este ensayo hasta el final, no me queda más que hacerle una pregunta final. Si un día escuchara una voz asegurando que es Dios, y le pidiera sacrificar a sus hijos, ¿qué tan dispuesto estaría usted a bajar el cuchillo? Siendo una persona respetuosa de la vida, consciente de la ética, ¿estaría usted dispuesto a enfrentarse a esa voz divina? ¿Estaría usted dispuesto a enfrentarse a Dios?

2 comentarios:

  1. Me pareció muy interesante el artículo.
    Me pregunto, ¿cuál es la necesidad de qué un dios omnisciente le pida algo así a Abraham si ya sabía lo que iba a pasar?

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    1. Integrar el concepto de omnisciencia divina con el de libre albedrío siempre ha sido problemático para las religiones abrahámicas. Saludos.

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