domingo, 26 de enero de 2014

¿Hasta dónde es real la hipótesis Gaia?

Por sugerencia de un primo (a quien considero una persona crítica y muy íntegra), decidí leer hace dos meses un par de libros de divulgación científica: Cómo crear el universo, de Peter W. Atkins, y La trama de la vida, de Fritjot Capra. Ya había escuchado que este último es considerado un charlatán por sus ideas salpicadas de espiritualismo oriental (que no me molesta, pero me confunde a veces), pero dejando de lado las obvias referencias a esto y a algunos comentarios que parecen sacados de la geometría sagrada, el texto ofrece información científica interesante, y es tan entretenido como el primer libro.

Dentro de los temas que trabaja, uno, el de los modelos de autorealización, destaca por la defensa de una de las teorías más controvertidas, y aun así más populares, de los últimos años: la hipótesis Gaia. Esta describe básicamente que la Tierra actúa como un sistema autorregulado, donde los seres vivos interactúan con los elementos inorgánicos para mantener las condiciones necesarias para la vida.

Aunque la hipótesis Gaia ha tenido una amplia aceptación en años recientes, aún cuenta con férrea oposición en algunos aspectos. Cabe entonces una duda: ¿la hipótesis Gaia es realmente científica? ¿Hasta qué grado puede ser real?

La hipótesis fue formulada por el químico John Lovelock en los años sesenta. Lovelock había sido contratado por la NASA para ayudar a desarrollar instrumentos que permitieran detectar vida en Marte. Durante este trabajo, el químico especuló que podía detectarse vida en un planeta a través de un análisis de la composición atmosférica del mismo. Cuando, con ayuda de una colega, pudo realizar estas pruebas, descubrió que en Marte, la atmósfera tenía muy poco oxígeno, muy poco metano y mucho dióxido de carbono. En comparación, la atmósfera terrestre posee niveles bajos de dióxido de carbono, y mucho oxígeno y metano.


Lovelock atribuyó los niveles de los gases terrestres a la presencia de seres vivos, que mantenían la atmósfera fuera de un equilibrio químico: en cambio, en Marte, la poca cantidad de metano y oxígeno era un indicativo que no existían más reacciones químicas posibles en su atmósfera, y por lo tanto ya no era posible la existencia de vida (aunque la NASA no quiso prestar atención a la tesis de Lovelock, debido al presupuesto invertido en sondas de detección, años después la confirmaron, al no hallar rastro alguno de vida). Usando estos resultados, Lovelock formuló una incipiente hipótesis de autorregulación que fue llamada Gaia, por sugerencia de un colega suyo, en honor a la diosa griega de la Tierra.


Posteriormente Lovelock desarrolló la hipótesis junto a la microbióloga Lynn Margulis (fundadora de la teoría endosimbiótica). Ambos lograron definir un sistema de bucles de retroalimentación que vinculan seres vivos y materia inorgánica, de forma tal que son estos los reguladores de las condiciones aptas para la vida en la Tierra. Hoy en día, estos bucles se pueden comprobar, por ejemplo, en el ciclo del carbono, el cual cuenta con varios mecanismos que regulan sus proporciones, como por ejemplo la absorción por parte de los océanos. En otras palabras, la vida regula las condiciones para que exista vida.

Pausa al respecto. La hipótesis Gaia fue muy criticada en sus inicios (aún hoy en día lo es) porque los científicos no podían concebir la idea de que los seres vivos regularan sus propias condiciones sin ver un trasfondo teleológico en ello. El mismo nombre de la hipótesis, Gaia, hacía pensar a los científicos en un sentido espiritual de la hipótesis, y de hecho, esta ha sido ligeramente secuestrada por los seguidores de ideas New Age. Sin embargo, ni Lovelock ni Margulis tuvieron la intención, ni la creencia de un propósito detrás de la autorregulación, sino que concibieron la regulación como una consecuencia de los bucles de retroalimentación.

Lovelock lo explicó con un modelo matemático conocido como el Mundo de Margaritas, en el cual el planeta está sembrado por margaritas negras, que absorben luz solar, y margaritas blancas, que reflejan luz solar. Al principio, el planeta es muy frío, y existirán unas cuantas margaritas negras y pocas blancas. Si el planeta disminuye su temperatura, las margaritas negras se reproducen más, absorben la luz del Sol y aumentan la temperatura terrestre, lo que genera que aparezcan más margaritas negras y aumente la temperatura progresivamente. Si el planeta es demasiado cálido, las margaritas blancas se reproducen más, reflejan la luz y disminuyen su temperatura, equilibrando el planeta. Los niveles de temperatura son, entonces, equilibrados por flores negras cuando el planeta es demasiado frío, y por flores blancas cuando es demasiado caliente, manteniendo una homeostasis; en un punto, el aumento de radiación solar hará la temperatura demasiado alta para ser regulada por las margaritas, y la vida se extinguirá.


Este modelo ha sido mejorado en años recientes, pero la idea principal, de que la autorregulación de las condiciones de vida en la Tierra es un proceso consecuente y natural, se mantiene. Hoy en día, quedan pocas dudas de que la Tierra es, entonces, un sistema que mantiene una interacción entre los seres vivos y los elementos, permitiendo mantener así las condiciones para la existencia de la vida.

Sin embargo, en su explicación, Capra llega a hablar incluso de “metabolismo planetario” y que la Tierra puede considerarse un ente organizador vivo (no sé si de forma metafórica o literal, aunque, dada la cercanía del autor al idealismo hinduista, es muy probable que hable de forma literal). Para justificar esta afirmación de que toda la Tierra está viva, presenta una analogía de Lovelock entre la Tierra y un árbol.

Cuando el árbol crece, hay sólo una fina capa de células vivas en su perímetro, justo debajo de la corteza. Toda la madera de su interior –más de un 97% del árbol- es materia muerta. De manera parecida, la Tierra está cubierta por una fina película de organismos vivos -la biosfera-, que profundiza en los océanos unos diez mil metros y asciende otro tanto en la atmósfera […]. Ni la atmósfera sobre nuestras cabezas, ni las rocas bajo nuestros pies, están vivas, pero ambas han sido considerablemente moldeadas y transformadas por los organismos vivos, exactamente igual que la corteza y la madera del árbol de nuestro ejemplo. Tanto el espacio exterior como el interior de la Tierra son parte del mundo de Gaia.

Debo aquí hacer objeción. En primer lugar, porque la analogía no es del todo correcta. La madera del árbol fue obviamente modificada por las células vivas. Pero hay un hecho, y es que esa madera fue, en su mayor parte, materia viva. Células. Son sus restos los que componen la leña, la corteza, y los conductos de agua y componentes inorgánicos del suelo. En síntesis, el árbol es en su totalidad un ser vivo porque todos sus componentes están o estuvieron vivos.

La Tierra es un sistema diferente. Este planeta no nació de una semilla, sino del polvo acumulado del espacio. Fue, durante mucho tiempo, una enorme masa inerte. Luego, ciertas condiciones hicieron que surgiera la vida, la cual interactuó con los componentes inorgánicos para equilibrar las condiciones necesarias para su existencia. Sí, los seres vivos han modificado la corteza terrestre y la atmósfera, pero ellos no estuvieron desde el principio. Ni la atmósfera ni la corteza fueron materia viva en un inicio, así que la comparación con el árbol es equivocada. Sólo una porción de la Tierra está viva.

Pero además, la interpretación de Capra abre la puerta a una problemática, y es que al entender la Tierra como un ser vivo, está abriendo la puerta a los pseudocientíficos ambientalistas y los amantes del New Age, que pueden conducir a una pésima interpretación de una buena teoría, al darle algún sentido espiritual. Es más correcto entender el planeta como un gigantesco ecosistema, con las interacciones de un ecosistema promedio a escala global, que como un organismo vivo.

Por supuesto, la hipótesis de Gaia aún requiere de ciertos ajustes (por ejemplo, el papel de la selección natural en los organismos y la autorregulación del planeta). Pero por lo pronto, es una teoría que cuenta con un fundamento científico sólido, y por ello, yo me declaro simpatizante de la misma.

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